Un cielo tan turbio, de Álvaro F. Pulpeiro

LOS NO LUGARES.  

“Éste no es el Méjico real. Lo sabes. Todas las ciudades fronterizas sacan lo peor del país”.

Sed de mal, de Orson Welles

Un planeta tan injusto, desigual y funesto como este, no es de extrañar que existan las fronteras. Las fronteras como división antinatural del territorio, como separación horrible entre unos y otros, y sobre todo, como barrera para dividir el país enriquecido del empobrecido. Podríamos hacer una relación larguísima de todo ese cine llamado fronterizo, un cine que no solo se ha dedicado a hablarnos de la frontera como objeto y límite, sino de todo lo que vive o mejor dicho, sobrevive a su alrededor. Esos lugares sin tiempo, lleno de fantasmas, un caleidoscopio de seres, costumbres y formas de encontrar un sustento que llevarse al estómago. El director Álvaro F. Pulpeiro (Galicia, 1990), creció entre Canadá, Brasil y Australia, y se graduó en la prestigiosa Architectural Association School of Architecture de Londres, donde colabora con diferentes artistas, para dar el salto al cine con la películas corta, Sol MIhi Semper Lucet (2015), donde se adentraba en los campos secos y las calles vacías de algún lugar de Texas, para luego debutar en el largometraje con Nocturno: Fantasmas de mar en puerto (2015), en la que seguía la tripulación de un pesquero anclado de Montevideo a la espera de volver al mar,  y luego, volver al cortometraje con La jovencita no envejece, se descompone (2019), anclada en la península de la Guajira, entre Colombia y Venezuela, para seguir el deambular de una joven.

El profundamente personal e inabarcable universo que edifica el cineasta gallego es un lugar sin tiempo ni lugar, un espacio lleno de sombras y cuerpos de aquí para allá, espectros perdidos en un constante movimiento y deambular, expuestos a sus cotidianos destinos y un futuro incierto. Un cine donde no existen el tiempo ni los rostros, solo un vasto espacio donde todo se confunde, que nunca podemos medir ni conocer en su todo, solo una parte, y una parte mostrada de forma difusa, en la que nos perdemos como en un laberinto,  en el que nada ni nadie tiene un objetivo más allá de un presente infinito. Con Un cielo tan turbio, su segundo trabajo, Pulpeiro se adentra en Venezuela, y más concretamente, en esos no lugares que tanto le interesan, las tierras que envuelven o ensombrecen la frontera y sus alrededores, a partir de tres espacios, o no lugares, como un grupo de soldados a bordo de un barco en los mares del Caribe, los migrantes trasladándose por los puestos entre Venezuela y Brasil, y los contrabandistas adentrándose por el difícil desierto de la Guajira con los últimos barriles de petróleo rescatados del embargo.

La película compone su peculiar retrato de un país petroestado, acuciado por el embargo estadounidense, los conflictos internos entre estado y derecha y las múltiples oleadas de migrantes, y lo hace de forma muy interesante y profunda, alejándose del documento tradicional y periodístico, y formando una magnífica composición lleno de sombras y cuerpos que se mueven entre la oscuridad, bajo un cielo nublado lleno de nubes negras, solo iluminado por los neones y esas llamaradas de las refinerías (que recuerdan poderosamente a las de Blade Runner), desplazándose por lugares-limbo, mientras escuchamos la radio que va vomitando noticias entrecortadas de la situación política, social, económica y cultural de Venezuela. La magnífica pare técnica de la película, elemento de suma importancia en una película en la que apenas hay diálogos, donde el director gallego, afincado en Colombia, vuelve a colaborar con antiguos cómplices de sus anteriores trabajos como en la sombría cinematografía de Mauricio Reyes Serrano, creando ese no lugar donde todo vive y muere a la vez, un espacio lleno de vida, eso sí, una vida en tránsito constante, el gran trabajo de edición de Martín Amézaga, que condensa con maestría una película de 83 minutos, en la que sus imágenes van apoderándose de nosotros de forma sutil y pausada.

El excelente trabajo de diseño de sonido que firma Tomas Blazukas, en un arrollador retrato sensorial de Venezuela o de esos no lugares del país sudamericano, así como el formidable trabajo de música de Sergio Gutiérrez Zuluaga, completamente fusionada con la parte sonora, creando esos ruidos y composiciones muy fantasmales, más propias del cine fantástico, pero extraordinariamente fusionadas con esas realidad ficticia que filma con pulso y sabiduría el director gallego. Un cielo tan turbio no está muy lejos de algunos trabajos de Bonello como el de zombi Child (2019), donde se mezclaba con audacia el fantástico y la realidad más política del país, y sobre todo, del imaginario visual y sonoro del cine de Pedro Costa, con sus individuos-espectros que pululan en sus universos cerrados y periféricos, en la que sin discursos ni nada que se le parezca, construye todo un entamado político de la situación de sus respectivos países, a través de la más pura, cercana e intimidad de esas personas no personas como los inmigrantes, los pobres y los contrabandistas, todos los que viven en las sombras como modo de supervivencia. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Cry Macho, de Clint Eastwood

ELEGÍA DEL COWBOY.

“El secreto de una buena vejez no es otra cosa que un pacto honrado con la soledad”.

Gabriel García Márquez

Después de Mula (2018), parecía que Clint Eastwood (San Francisco, EE.UU., 1930), dejaba de actuar y dirigir en sus películas. Tres años después, la cosa no ha sido así, y el bueno de Clint nos ofrece una de sus películas. En Cry Macho, sigue con esa mirada hacia los perdedores y olvidados que tanto llenan sus casi cuarenta títulos como director. Basándose en la novela homónima de N. Richard Nash, que además firma el guion con Nick Schenk, guionista de Gran Torino y Mula, el grandísimo cineasta californiano nos sitúa en el año 1979, en Texas, en la piel de Mike Milo, una vieja gloria del rodeo ahora retirado en su casa añorando un tiempo que jamás volverá. La cosa anda así: su antiguo jefe, un tipo al que parece que le debe su vida cuando los malos tiempos apretaban de lo lindo, le pide que vaya a México y traiga de vuelta a su hijo Rafo. Milo viaja hacia el otro lado, cruza la frontera y el Río Grande a lomos de su vieja camioneta. Da con el chaval y Macho, su gallo de pelea, y emprende el camino de vuelta. Hay será cuando empiecen los conflictos, con los esbirros de la madre pisándoles los talones y atrapados en los distintos pueblos fronterizos pasaran el tiempo como pueden.

El director estadounidense maneja el cine de manera formidable, coloca la cámara en el lugar que mejor retrata los personajes y los paisajes por los que van, con ese aire clásico que tenían los grandes westerns, si bien las grandes praderas y aventuras han pasado a mejor vida, y la película retrata pequeños pueblos donde la vida parece detenida, muy olvidados de todos y todo, con esas cantinas regentadas por viudas amables que están dispuestas a echar una mano o dos, o esos propietarios de caballos que necesitan que un viejo y experimentado cowboy le eche un cable con sus nuevos animales. Eastwood nunca se sale de su camino, sabe hacia dónde se dirige su película, construyendo con pausa y reposo, como una brizna de aire, la relación de sus personajes, en este caso, la del viejo cowboy y el niño mexicano, muy diferentes y distantes, pero que irán acercándose más de lo que creen, y sin dejar de lado las otras historias, aquellas que ayudan a alimentar la película y sobre todo, a dotarla de profundidad, como la de la viuda mexicana y la historia de amor que va fraguándose.

El realizador americano sigue admirando a los clásicos, sin perder de ojo las nuevas circunstancias que les ha tocado vivir, porque si formalmente su cine tiene un aroma indiscutible de los westerns crepusculares que arrancaron a finales de los cincuenta hasta finales de los setenta, donde El último pistolero (1976), de su admirado Don Siegel, tiene mucho que ver con el tono y sobre todo, en el que Milo sería un reflejo muy cercano del protagonista, un John Wayne muy envejecido decía adiós al cine y a la vida, despidiéndose con una forma de hacer cine que ya no existía. La habilidad de Eastwood de construir un relato donde coexisten de forma natural y calmada, el drama íntimo, el thriller elaborado, la road movie personal y profunda, y el western, no solo nos felicitamos por volver a ver al gran cineasta tanto delante como detrás de la cámara, sino que, si Cry Macho, sin pretenderlo, resulta una película muy redonda, llena de grandes hallazgos formales y un gran vestido para la vuelta a la actuación de un tipo demasiado grande para el cine que se hace ahora.

La exquisita y cálida cinematografía de Ben Davis, la delicadísima música de Mark Mancina, y el magnífico ejercicio de montaje de David S. y Joel Cox, que lleva editando las películas de Eastwood desde Ruta suicida (1977), acompañándolo en casi toda su filmografía como director. El reparto vuelve a ser creíble, conciso y soberbio, empezando por el propio Eastwood, que además de cimentar un personaje digno y honesto, se acerca a la vejez no desde la enfermedad, sino desde la vida, desde la mirada tranquila y experimentada del que debe cumplir su cometido, mirando a los demás sin juzgar a unos ni a otros. Un tipo de los que ya no quedan, un tipo que arrastra su pena pero no la contagia a los demás. Un gran tipo, que sabe que su tiempo ha finalizado, y ahora debe ayudar a los demás para seguir su vida. Bien acompañado por Eduardo Minett, el joven debutante que da vida al rebelde Rafo. Dwight Yoakam, como su amigo y padre del niño mexicano, uno de esos intérpretes de reparto que hemos visto en las mil y una películas, la actriz chilena Fernanda Urrejola como la madre del chaval, Natalia Traven como la cantinera mexicana.

Quizás Cry Macho sea la última película que veamos del genial cineasta, deseamos que no sea así, y que podamos disfrutar de algo más, solo el tiempo lo dirá. En todo caso, es un gran privilegio seguir viendo películas de este señor del cine. Un tipo que arrancó su carrera de actor a finales de los cincuenta, y la de director doce años después, o dicho de otra manera, de los ciento veinte años de historia del cine, Eastwood ha estado más de la mitad, toda una proeza para un hombre que se moría en una serie de televisión, y una llamada de un tal Sergio Leone, no solo le cambió la vida como intérprete, sino que lo llevó con el tiempo a ponerse tras las cámaras y convertirse en uno de los grandes cineastas del siglo XX, y por lo que todavía podemos disfrutar, del primer tercio del nuevo siglo. Solo nos queda desear buena salud a Mr. Eastwood y que siga alimentando el cine con sus relatos de hombres maduros y mayores, personajes perdidos en el infinito, paisajes olvidados que todavía tienen vida y qué vida, y sobre todo, miradas hacia todo ese cine que hizo grande el cine, y nos hizo mejores personas. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Sordo, de Alfonso Cortés-Cavanillas

EL SILENCIO DE UN HOMBRE.

Nos sitúan en el año 1944 en plena posguerra y en algún lugar junto a la frontera, cuando un grupo de guerrilleros entra en España como avanzadilla de la que se llamó “La Reconquista” para acabar con Franco. La operación se va al traste cuando el ejército le sabotea la demolición de un puente, el grupo es reducido, apresado Vicente, el jefe del grupo, y Anselmo, amigo del alma de éste, se queda sordo debido a la explosión y huye despavorido al monte. A partir de ese instante, se inicia una persecución sin cuartel de las fuerzas del orden para capturar al fugitivo, que se encuentra solo, asustado y sordo. Alfonso Cortés-Cavanillas quedó fascinado cuando leyó el cómic Sordo, de David Muñoz y Rayco Pulido, y se puso manos a la obra para llevar a la gran pantalla este relato introspectivo e íntimo sobre un hombre solo que intenta sobrevivir a pesar de las circunstancias adversas y sus enemigos que le acechan. Cortés-Cavanillas aglutina una gran experiencia en el medio televisivo, además de haber debutado en el 2012 con Los días no vividos, un drama apocalíptico protagonizado por Ingrid Rubio en el que ya estaban, entre otros, Asier Etxeandia que da vida al huido y perseguido Anselmo, y Ruth Díaz que interpreta a Elvira, en una de las secuencias más tensas de la película.

El guión firmado por Juan Carlos Díaz y el propio director enmarca la acción en bellos y fascinantes paisajes del norte, donde el pueblo, los bosques y la tierra forman parte de ese escenario donde la vida y la muerte siempre están pendiendo de un hilo fino y excesivamente frágil. Un relato en el que seguiremos el aliento, el sudor y la sangre de Anselmo, un animal herido indefenso y asustado que se mueve como una alimaña nerviosa por el interior del bosque, con esa luz sombría y oscura de Adolpho Cañadas, colaborador habitual de Cortés-Cavanillas, que recuerda a la de Teo Escamilla para El corazón del bosque, de Manuel Gutiérrez Aragón, en la que la película está emparentada, por argumento, situación geográfica y luz, aunque en aquella el conflicto era interno entre maquis. Un western en toda regla, un western ambientado en la difícil y sangrienta posguerra española, donde los vencedores, que encarnan tipos como el Capitán Bosch, imponen su ley y obediencia a palos y tiros, mientras el Sargento Castillo, que vivió la contienda bélica aboga más por una reconciliación que se antoja imposible. Por otro lado, los vencidos, encarnados por el oculto Anselmo, el detenido Vicente, torturado y machacado, y Rosa, la mujer de Vicente, callada y con miedo.

La fábula de corte histórico mezcla momentos de pura acción al mejor estilo Ford, con esa persecución a caballo por la pradera, con otros como el Leone de la Trilogía del dólar o el Corbucci de El gran silencio, película-espejo en la que Sordo encontraría uno de sus reflejos más cercanos, y esos otros donde el spaguetti-western hizo diabluras, como la secuencia que presentan a la francotiradora rusa en esa taberna de pueblo, al mejor estilo de tiros y sangre, con el sello de Peckinpah, o esos relatos fronterizos que tan buenos westerns fronterizos ha dado que todos los amantes del género recuerdan. O el cine de Melville con Le Samuraï, donde lucha física e interna eran los sólidos pilares de un relato noir moral y magnífico. Quizás en algunos instantes la película se alarga demasiado, y un metraje más reducido hubiera ayudado a aligerar su carga dramática e imponer un ritmo más acorde con sus imágenes. No obstante, la película mantiene su pulso narrativo en muchos momentos y sabe contagiarnos con sus imágenes poderosas y sublimes, esa música valiente y personal de Carlos Martín Jara, que recuerda a algún que otro maestro del género, y ayuda a compartir las tensiones dramáticas tanto de su desdichado protagonista como de la triste acción que cuenta.

Y qué decir de su espléndido y ajustado reparto en el que sobresalen un espectacular y brillante Asier Etxeandia echándose la película a sus espaldas, interpretando a un tipo idealista y revolucionario que cree en la libertad y en el sueño de derribar a Franco, y poco a poco se deberá enfrentar a una realidad muy distinta, un tipo perdido y solitario que no oye a nadie ni siquiera a él mismo, situación que lo hace más vulnerable y peligroso, casi un espectro en la bruma y en el interior del bosque, bien acompañado por un antagonista de altura el que encarna Aitor Luna dando vida a ese capitán despiadado y firme, creyente y fascista hasta la médula, que impondrá su propia ley del talión, Imanol Arias, siempre estupendo y natural que da vida a ese sargento cansado de tanta guerra e intenta parar esa sangría inútil como puede, Marián Álvarez como Rosa, que encarna a tantas mujeres con los maridos presos, huidos o asesinados que tanto abundan en la posguerra y el franquismo, Hugo silva, casi irreconocible, muy diferente a sus papeles más ligeros, da vida a ese guerrillero sensato y sobrio que no se fía de nada ni de nadie, y ve su lucha necesaria pero también muy difícil, y por último, Olimpia Melinte como esa mercenaria rusa, despiadada y cruel, que no cesará en su empeño de dar caza a ese indio huido y enemigo.

Un cuento bien urdido a nivel argumento y narrativo, elegantemente filmado y con hechuras de película sólida y compleja, con momentos de acción física e introspectiva, donde conocemos el ambiente y la tragedia que recorría todos los lugares del espacio en esos instantes, con esos rostros despedazados por la tragedia de la guerra e intentando sobreponerse a tanta ausencia, sangre y negrura, y otros, imponiendo su ley a fuerza de martillo y palos, en el eterno conflicto entre unos y otros, una lucha que define la historia del país, sobre lo que sucedió después de la guerra o podríamos decir que la guerra acabaría en el 82, u otros dirán que la guerra sigue y sus heridas siguen sin cerrarse y el país es irreconciliable, quizás unos cazan y los otros son cazados, o intentan no serlo, porque como se desarrollan las diferentes acciones de la película, quizás todos en algún instante de nuestras vidas hemos sido como Anselmo y tantos otros idealistas que soñaron con cambiar realidades duras y llenas de odio, y hemos intentado seguir con vida cueste lo que cueste y manteniendo viva la llama de un ideal y una lucha que en el fondo sabemos de antemano que no resultará. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA


<p><a href=»https://vimeo.com/357358754″>SORDO TRAILER DEFINITIVO</a> from <a href=»https://vimeo.com/dypcomunicacion»>DYP COMUNICACION</a> on <a href=»https://vimeo.com»>Vimeo</a>.</p>

El niño, de Daniel Monzón

Náufragos en la frontera

«Las fronteras son los estercoleros de los países». Esta frase extraída de la monumental, Sed de mal (1958), de Orson Welles, podría ser un buen titular para El niño, la esperada película de Daniel Monzón, la quinta de su filmografía, después de la revolución cinematográfica que fue Celda 211 (2010), extraordinario thriller carcelario que cosechó excelentes críticas y tuvo un amplio respaldo del público. Igual que el genio norteamericano, Monzón sitúa su trama en un lugar fronterizo, en este caso, el estrecho de Gibraltar, en esos 16 kilómetros que separan el tercer Mundo de la Unión Europea, y con tres países implicados, España, Marruecos y Reino Unido, entre  policías, jóvenes sin futuro, ávidos de dinero fácil, narcotraficantes, contrabando y corrupción. El realizador mallorquín, ayudado por una gran producción que derrocha medios e inteligencia, estructura su relato a través de dos miradas, dos personajes: Jesús, un idealista policía, solitario y cansado de perder siempre contra los peces gordos, que lleva dos años detrás de una red de contrabando de cocaína, con la ayuda de su inseparable compañera, Eva, que entre los dos protagonizan una historia de amor entre líneas, y al otro lado del espejo, El niño (llamado así por su forma temeraria de enfrentarse al riesgo), un joven desarraigado, que vive al margen de la ley, jugándose la vida pasando hachís/cocaína de un lugar a otro con lanchas a gran velocidad. Monzón, con la fiel compañía de Jorge Cuerricaechevarría en la escritura, en su cuarta colaboración juntos, fabrica un buen e intenso policíaco, trepidante, cargado de tensión, y con trepidantes escenas de acción cargadas de adrenalina (resultan espectaculares las protagonizadas por el helicóptero que persigue a la lancha con los cargamentos de droga en alta mar), que mantienen un pulso narrativo de altura, que ya sacó a relucir en su Celda 211. Si en aquella todo se desarrollaba en un único escenario cerrado, ahora las localizaciones son cuantiosas, desde el inmenso aeropuerto de Algeciras, donde se amontonan filas interminables de contenedores a la espera de destino, pasando por los miradores turísticos , las aldeas de Marruecos donde se cultiva el polen a golpe de tambor, sin olvidar el verdadero protagonista de la función, ese mar lleno de incertidumbre y (des) ilusiones que acapara buena parte del conflicto.  Quizás la trama decae en la tercera parte del relato, con esa edulcorada historia de amor que desluce el conflicto que se plantea, aunque dicho sea de paso, la parte final con todos los personajes y tramas implicadas, policías, chavales, británicos, marroquíes y albano-kosovares, elevan el tono de la historia, llenando el relato de grandes dosis de espectáculo y dramatismo, cerrando de forma directa y correcta una buena película más cercana a los policíacos de Tavernier, Ley 627 (1992), que a las películas de acción estadounidenses, donde el protagonismo se centra en los personajes y sus relaciones, y no en las historias. No podemos olvidar el inmenso trabajo actoral de la película, una mezcla formidable entre actores consagrados y juventud, encabezado por un magistral Luis Tosar, que alejado de Malamadre, realiza una gran composición como el policía obstinado que rema río arriba a pesar de las dificultades que se va encontrado, el siempre eficaz Eduard Fernández, y al otro lado, los jóvenes, capitaneados por el debutante Jesús Castro, que con su mirada felina y ese desparpajo, lo convierten en uno de los grandes aciertos de la película, acompañado por el siempre correcto Jesús Carroza (el compi inseparable), ya visto en Celda 211, muy bien secundados por el moro/español, Said Chatiby (Halil), el enlace, y la joven marroquí, Mariam Bachir (Amina). Un película noir, inspirada en hechos reales, que continúa la vía hacía un cine que combina de forma admirable realismo con grandes dosis de acción, un cine europeo de primer nivel, que recoge el guante de aquellos cineastas francotiradores de los años 60 y 70.