Amanda T, de Àlex Mañas. TNC

LA NIÑA HERIDA.

Una tarde gélida del pasado domingo me acercó a la Sala Tallers del TNC para ver el montaje Amanda T, escrito y dirigido por Àlex Mañas (Barcelona, 1974). Cuando accedo a la sala, los dos actores ya están en el escenario, apoyados en una mesa, mientras charlan entre ellos y observan como los espectadores vamos acomodándonos en nuestras butacas. Se avecina una tarde intensa de teatro, la sala está llena. Los dos intérpretes abandonan el escenario. Después de unos minutos, las luces de la platea se apagan, e inmediatamente, se iluminan las del escenario. La primera escena o corte, nos muestra el domicilio de un afamado productor musical (descripción del lugar que irán apareciendo en la pantalla, así como diferentes vídeos)  en el que Amanda y el productor, que se han conocido por la red, se han citado y ahora charlan, entre un tono amable e inquietante. La chica quiere ser cantante, sube videos bailando e imitando a sus iconos de la música. El productor parece más interesado en la chica que en su talento musical. Mañas ya escribió y dirigió este mismo montaje en la Sala Atrium en otoño del 2016, con Xavi Sáez y Greta Fernández, él repite, pero ella, no. Ahora el papel lo interpreta Laia Manzanares.

Amanda T nos habla del caso real de la joven Amanda Todd que sufrió un ciberacoso después de mostrar sus pechos, una imagen que se hizo viral y llegó a todas las casas de sus allegados y entorno, un acoso opresivo que tuvo sus cómplices, e hicieron de la vida de la joven un horror, con problemas depresivos que la llevó a suicidarse con 15 años en el 2012,  después de publicar un video de 9 minutos explicando, mediante textos escritos en folios, la pesadilla de su historia y los motivos de su trágico final. Un video que la obra reproducirá íntegramente, interpretado por Laia Manzanares, que veremos mediante cortes, para abrir cada escena. Mañas no ha querido solo hablar del caso de Amanda Todd, sino mediante su caso, hablarnos de otros casos de acoso por las redes, en el que hace un viaje de afuera hacia adentro, describiéndonos a una adolescente que soñaba con ser cantante, una chica totalmente normal e integrada, alguien con esa energía propia de su edad, que con 13 años enseñó sus pechos y a partir de ese momento, su vida se convirtió en la peor de sus pesadillas, y no pudo volver a tener esa vida tranquila y alegre que la caracterizaba.

Mañas construye una obra donde la luz marca y enmarca con sombras, casi expresionista, la triste realidad de Amanda y aquellos acosados, planteando una obra minimalista, apenas vemos una mesa, una silla y un banco pequeño, y algunos objetos, con la originalidad de la papiroflexia que añade un plus de novedad y magia. Eso sí, la pantalla gigante de video se convierte en ese “Big Brother” maligno y pesadillesco, que es una arma de doble filo, una herramienta fantástica para darse a conocer y lo que haces, compartiendo y rompiendo barreras de comunicación con el mundo, pero también, en una bestia sin escrúpulos donde delincuentes y malvados se ocultan para acosar y delinquir. El dramaturgo y director nos envuelve en una especie de laberinto emocional donde los dos actores escenifican el relato de Amanda, desde su familia, el acoso en los diferentes institutos, la relación por las redes con su acosador, y también, con un amigo, y la destrucción emocional de la adolescente, su depresión, ansiedad, su soledad, y su descenso a los infiernos, donde cuando no pudo más, y se sintió muy sola, acabó con su vida.

Mañas nos habla de muchas cosas, pero lo hace desde el alma de Amanda, radiografiando la crónica de alguien desde los 13 a los 15 años, para hablarnos no solo del mundo de la red, sino también, de los cómplices que los ciberacosadores encuentran en la vida pública, todos los supuestos amigos y compañeros de clase e instituto que machacaron a Amanda y contribuyeron a su trágico final, haciendo hincapié a la mirada de un mundo cada vez más individualista, nada empático y excesivamente cruel, con aquellos a los que se considera más débiles, más sensibles y sobre todo, a esas personas que consideran inferiores porque han mostrado sus pechos a quién consideraban respetuosos con su intimidad. La obra es directa, impactante y fría, como un cuento de terror donde el ogro acaba asesinando a la joven inocente, en el que Mañas imprime a cada una de sus escenas varios planteamientos, que van desde el terror puro, pasando por la fábula, incluso a través de lo cómico, como ese reality show donde debaten sobre las causas de Amanda y la sociedad enferma y deshumanizada en la que vivimos.

La pareja protagonista se van sumergiendo en sus diferentes roles de manera sencilla, inteligente y muy natural, en que los espectadores entramos en ese juego fascinante y enriquecedor, con Xavi Saéz (al que vi en verano en la obra Esmorzar amb mi en la Beckett) resulta convincente y cercano, bien en su papel de acompañante de Amanda, y cumpliendo con su cometido. Laia Manzanares encarna a Amanda Todd, y lo hace a través de una naturalidad aplastante, porque Laia tiene esa mirada convincente y penetrante que enamora, con ese cuerpo menudo y frágil que puede interpretar con calidez y naturalidad esos roles femeninos adolescentes y jóvenes, ese tipo de actrices muy jóvenes que muestran una fuerza y sensualidad para interpretar personajes duros y difíciles, como lo hacen Saorsie Ronan o Elle Fanning, actrices que han venido para quedarse y agarrar personajes complejos y libres.

Laia Manzanares demuestra en cada personaje, por mínimo que sea, que su talento es extraordinario, porque se lanza al abismo en cada momento,  como demuestra en la secuencia más impactante de El reino, de Sorogoyen, en su breve pero extraordinaria presencia en la serie Matar al padre, de Mar Coll, o el rol que hacía en la serie Merlí) aunque el que escribe la reconoció y aplaudió como una de las actrices más brutales de su edad en la obra Temps salvatge, de Josep Maria Miró, dirigida por Xavier Albertí, vista durante la temporada pasada en la sala gran del TNC, encarnando de manera sencilla y espectacular a la adolescente triste y perdida rodeada de lobos y amargura en esas casas uniformes llenas de soledad y falsedad. Ahora, vuelve a interpretar a un personaje difícil y complejo, a una niña herida, a alguien triste y perdido, que atraviesa una situación de mierda, con tantos monstruos al acecho, sin fuerzas para responderles, una niña desterrada del paraíso por enseñar sus pechos, por mostrarse sincera e ingenua en ese mundo de lobos hambrientos y gentuza de la peor calaña, que aprovechan la debilidad de los seres más sensibles para sacar sus garras y alimentarse de su miseria. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Razzia, de Nabil Ayouch

LAS REVOLUCIONES ÍNTIMAS.

“Dichoso aquel que puede actuar de acuerdo a sus deseos”

(Proverbio bereber)

La película arranca en las Montañas Atlas en Marruecos en 1982, hablándonos de Abdallah, un maestro rural apasionado e inquieto, que debido a la islamización del gobierno, que viene acompañada de las imposiciones de la lengua y las enseñanzas radicales árabes, tiene que abandonar su pueblo y emigrar a la ciudad huyendo del gobierno. Luego, el discurso de la cinta se traslada a la Casablanca del 2015, en pleno bullicio de esa población joven desamparada e invisible que protesta enérgicamente en las calles debido a su dura situación social. En ese entorno, y con algunos flashbacks donde los dos tiempos se irán explicando, donde entenderemos como el estallido revolucionario de la situación actual, tiene su origen en aquellos primeros años 80 con la radicalidad del gobierno. Nabil Ayouch (París, Francia, 1969) ha construido una interesante filmografía en la que explora de manera crítica la sociedad marroquí, la tierra de sus orígenes, un entorno donde la población sobrevive a pesar de los pesares, centrando su mirada en la intimidad de sus personajes, y su cotidianidad más cercana.

Abrió su carrera con Mektoub (1997) donde ofrecía un brutal retrato de una mujer violada y su posterior estrés postraumático,  en Ali Zaoua, príncipe de Casablanca (2000) explicaba las dificultadas de un puñado de niños que viven en la calle en condiciones infrahumanas y albergan el sueño de viajar a Europa, Los caballos de Dios (2012) se adentraba en un grupo de jóvenes  de los arrabales de Casablanca, en su proceso de radicalización y empujados a un atentado suicida, y en Much Loved (2015) retrataba la durísima cotidianidad de unas prostitutas en Marraquech, película que levantó las iras de los más radicales, incluso agrediendo a una de las protagonistas. Ayouch hace un cine incómodo, un cine político, un cine de preguntas, de personas, de situaciones adversas, de almas castigadas, de seres diferentes, extraños en su propia tierra, seres desfavorecidos, personas que sueñan en un mundo diferente, mejor, un mundo más tolerante, menos fiero, y sobre todo, menos difícil.

En Razzia, en un guión construido con la actriz Maryam Touzani (que interpreta a Salima) como viene siendo habitual en su cine, construye un mosaico coral de varias almas en la ciudad de Casablanca, una ciudad dura, áspera, bulliciosa y ahora, levantada en cólera, en la que nos encontramos a Salima, una mujer atractiva y sensual, que sufre las críticas por su forma de vestir, y además, tiene que soportar la intolerancia de un marido que va de moderno, pero todavía se muestra excesivamente tradicional. También, conoceremos a Hakim, un joven homosexual que sueña con ser músico y vive señalado tanto por su padre como por sus vecinos de la Medina más tradicional y pobre, y a Joe, judío dueño de un restaurante que sufre el antisemitismo de una joven prostituta, e Inés, una adolescente rica, encerrada en una vida vacía, que se mueve entre la modernidad y la tradición, mientras explora su sexualidad. Cuatro almas inquietas, diferentes y llenas de vida, en una sociedad que las persigue, las insulta, las reprueba, y las castiga por ser cómo son, por desviarse del camino correcto o convencional, por soñar con una vida alejada de toda esa radicalidad, intolerancia y violencia.

El cineasta de origen marroquí retrata con detalle y gestualidad a sus cuatro criaturas encerradas en ese agujero negro, en ese microcosmos de una ciudad a la deriva, de un espacio inquietante y radicalizado, un lugar lleno de sombras despechadas, de vidas rotas y sin futuro, en el que estas cuatro almas se convierten en un interesante y ejemplar de esas personas silenciadas, que viven sin vivir, que se mueven como espectros, que cada huyen más de sí mismos, envueltos en esa paranoia intolerante de los más radicales, que quieren un mundo uniforme, sumiso y sin alma. Ayouch penetra con suma delicadeza y sensibilidad en el alma de sus personajes, sumergiendo al espectador en sus miedos e inseguridades, a través de pequeños detalles, de retratarlos sin juzgarlos, de adentrarse en sus caracteres con proximidad pero sin conducirlos, dejándolos libres para que se muestren como son, sin explicarlos en exceso, y detallándolos con sumo cuidado, dejando a los espectadores que saquen sus propias conclusiones y evidencias, envolviendo su relato en esa mayoría silenciosa, que intenta adaptarse a un mundo imposible, sumergido en sus tradiciones deshumanizadas y atentado contra todo aquello que muestra libertad individual y nuevos aires.

Una película magnífica en su forma y fondo, describiéndonos todo ese material humano con pulcritud y sinceridad, llevándonos por las diferentes vidas a lo Altman, donde cada personaje acaba erigiéndose como un tema a tratar, sin caer en lo esquemático, sino en todo lo contrario, buceando con astucia y ritmo en los diferentes vínculos emocionales que los atraen y los separan, pero siempre desde el deseo de contarnos esas almas desde puntos de vista diferentes, extrayendo lo mejor y lo más profundo de cada uno, en el que la película se convierte en un mapa humano de primer orden, en el que Casablanca se convierte en esa ciudad, sólo mágica y exótica en el cine (con esos guiños a la famosa película) porque su realidad más inmediata nos viene a decirnos que la ciudad arde en deseos de cambio, de caminar de otra manera, de romper con lo tradicional y levantarse en una nueva sociedad, más tolerante, más viva y sobre todo, más humana, respetando a todos y cada uno de sus habitantes, sean como sean, y quieran lo que quieran.

Invitación de boda, de Annemarie Jacir

DE PADRES E HIJOS.

Si ha habido un director que ha explorado con más verosimilitud y profundidad las tensiones y conflictos que se generan entre padres e hijos, este no es otro que Yasujiro Ozu (1903-1963). El maestro japonés nos hablaba con sobriedad y genialidad de la tradición y la modernidad, del Japón milenario y el moderno, de las antiguas costumbres y la occidentalización del país, y todo ello, desde los diferentes puntos de vista entre padres e hijos. El nuevo trabajo de Annemarie Jacir (Belén, Palestina, 1974) está planteado entre ese encuentro, entre un padre y su hijo, un padre, Abu Shadi, de sesenta años, profesor y divorciado y un hijo, Shadi, arquitecto que vive en Roma, y la jornada que compartirán llevando a cabo la “Wajib” (deber social) una tradición palestina que consiste en que los varones de la familia deben entregar las invitaciones de boda en mano a familiares y amigos, ya que la hija de Abu Shadi se casa en un mes. El cine de Jacir está construido en base al conflicto palestino a través de sus relaciones humanas. En su primera película La sal de este mar (2008) que fue la primera película dirigida por una mujer en Palestina, se centraba en las vicisitudes de dos amigos palestinos, uno que se queda y el otro, que desea huir, o Al verte (2012) en la que relataba las penurias de unos refugiados palestinos en la Jordania de 1967.

Wajib le sirve de excusa para hablarnos del conflicto palestino desde dos perspectivas muy diferentes, la del padre que tiene que relacionarse con los judíos y la del hijo que emigró y ahora su mirada es otra, una mirada desde fuera. Jacir nos sitúa en Nazaret, y nos sumerge en una road movie urbana, llevándonos en el interior de un automóvil que viaja por un sinfín de calles y barrios estrechos y ruidosos, donde de manera metódica y paciente, padre e hijo, irán entrando en las casas y apartamentos y dejando las invitaciones, escuchando las diferentes ideas y pensamientos, no sólo sobre el conflicto palestino, sino también, de las costumbres y tradiciones enfrentadas a la modernidad de los más jóvenes. Una misma premisa compartida con El sabor de las cerezas (1997) de Kiarostami, donde un suicida viajaba en coche por el interior de Irán en la búsqueda de alguien que le ayudase a cumplir con su objetivo,  para retratarnos las diferentes realidades y posiciones del Irán de aquel momento.

La directora palestina realiza un trabajo parecido, siguiendo el marco del maestro iraní, nos introduce en la realidad palestina, en las diferentes formas de observar el conflicto, desde la perspectiva de un padre que jamás ha salido de su tierra y tiene que relacionarse con los judíos diariamente, incluso con aquellos que colaboran como delatores con el gobierno israelí, situaciones que le llevan a discutir con el hijo, una persona que decidió salir de esa opresión en la que vivía y huir hacia otros lugares más tranquilos y observar su tierra desde la distancia para verla con otros ojos. La jornada transcurrirá entre idas y venidas, entre momentos más íntimos con otros en los que las tensiones salen a la superficie y las diferentes posiciones tanto a nivel social como político, enfrentan a padre e hijo, en una cinta que pone el dedo en la llaga no sólo de la situación actual de Palestina, sino de tantos años de historia donde opresor y oprimidos han tenido que convivir generando multitud de problemas y tragedias.

Jacir construye un dispositivo sencillo y directo, en el que aborda desde muchos puntos de vista, los problemas sociales, económicos y políticos en el contexto de las gentes corrientes, de aquellos que lo sufren diariamente, en los que en algunos instantes la película se mueve casi por el terreno documental, en el que vemos las formas de vida y costumbres de los palestinos de a pie, y en otras, el relato se mueve en los aspectos políticos más complejos en los que parece que entre padre e hijo va a estallar aquello que tanto tiempo han guardado y nunca lo han enfrentado al otro. La directora palestina mira a su pueblo y a sus gentes de forma honesta, sin juzgarla, mostrando todas las ideas y posiciones políticas enfrentadas, entre las viejas costumbres representadas en los más mayores que desean perpetuarlas, aunque sea a su manera, o los más jóvenes que se niegan a seguir en esa tierra invadida, masacrada y olvidada, en la que es imposible vivir o al menos, tener una vida digna.

Dos intérpretes en estado de gracia, que se muestran convincentes en sus composiciones, y dirimen este enfrentamiento entre padre e hijo, entre la Palestina  tradicional con la más moderna, entre aquella que se ha acostumbrado a perder, con esa otra que se niega a rendirse, unos personajes bien construidos y especiales, entre los que destaca la figura de Mohammad Bakri, uno de los actores árabes más prestigiosos, que tiene una filmografía excelsa con directores renombrados como Cosa-Gavras o Amos Gitai, bien acompañado por Saleh Bakri, su hijo en la vida real, conformando una pareja de padre e hijo, que describe con acierto y verosimilitud muchos de los problemas a los que se enfrentan las familias en la Palestina actual, con sus posicionas antagónicas, que deben lidiar en su cotidianidad, y sobrellevarlo como puedan en una sociedad difícil, llena de problemas y con momentos de gran tensión, que explica lo más inmediato, como aquello pasado, donde se habla de todos los males que ocurrieron, y no olvida a aquellos que ya no están.


<p><a href=”https://vimeo.com/261092113″>Trailer INVITACI&Oacute;N DE BODA (WAJIB)</a> from <a href=”https://vimeo.com/festivalfilms”>FESTIVAL FILMS</a> on <a href=”https://vimeo.com”>Vimeo</a&gt;.</p>

El tesoro, de Corneliu Porumboiu

eltesoro_cartel_70x100-21SUEÑOS ENTERRADOS EN UNA CAJA DE METAL.

A principios del siglo XXI, un nutrido grupo de cineastas rumanos como los Cristian Mungiu, Radu Muntean, Cristi Puiu, Calin Peter Netzer y el propio Corneliu Porumboiu, entre otros, renovaron la cinematografía rumana con una mirada que profundizaba sobre su memoria más reciente, centrada en los últimos años de la dictadura comunista de Ceaucescu, su caída, y los posteriores años que trajeron la ansiada libertad, que trajo más sombras que claros. Un cine formalmente cuidado, minimalista, seco, sin concesiones, comprometido socialmente y a nivel político, y que goza de éxito fuera de sus fronteras, con grandes premios en festivales internacionales de prestigio. Un cine de fuerte arraigo social que explora los condicionamientos morales de una población muy machacada que, comenzaba a ir hacia adelante, aunque muy lentamente, después de muchos años en la más terribles de las oscuridades.

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Porumboiu (Vaslui, Rumanía, 1975) es una de sus figuras más exponentes de este nueva remesa de autores con títulos como 12:08 Al este de Bucarest (2006), centrada en dos personajes que recordaban los años de la revolución, en Politist, adjectiv (2009), planteaba un conflicto moral de un policía que se negaba a detener a un joven por ofrecer droga, y en When evening falls on Bucarest of Metabolism (2013), seguía la difícil situación de un director de cine en pleno rodaje y la filmación de una secuencia, en The second game (2014) rescataba, junto a su padre, la memoria y los recuerdos personales a través de un partido de fútbol de 1988. En este nuevo trabajo, Porumboiu, que filma en digital por primera vez, se adentra en un relato extremadamente sencillo, en el que Costi, de vida convencional y algo gris, junto a su mujer e hijo, un hijo al que le cuenta cada noche la historia de Robin Hood, recibe una propuesta insólita de su vecino, Adrian (que pasa apuros económicos graves por culpa de su hipoteca) que consiste en viajar a su pueblo familiar y allí buscar un tesoro escondido en el jardín que enterró su bisabuelo cuando entraron los comunistas, pese a las reticencias iníciales de Costi,  finalmente accederá a la misión.

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Porumboiu centra casi toda su película durante la noche en el jardín, cuando los tres hombres (al que se suma un especialista en detectar metales) emprenden la búsqueda ansiada del tesoro, que ayudará a uno a pagar sus deudas, y a Costi a demostrar a su hijo que él también puede ser un héroe que reparta dinero entre los pobres como Robin Hood. El cineasta rumano va dilatando el tiempo de forma ejemplar, lo que al inicio parecía una empresa fácil, se va complicando ya que el agujero cada vez es más profundo y no hay rastro del tesoro. Además, si en un primer tramo, la narración se basa en primeros planos y su contracampo, cuando aterrizan en el jardín, la cámara se abre, y la forma se abraza a los planos generales y el punto de vista de Costi, que es el personaje que nos guía por la película. Poromboiu sigue preocupado por cuestiones como la historia, en que la casa, y la historia que encierra, le sirven como excusa para hablarnos de  más de siglo y medio de memoria rumana, porque se remonta hasta la revolución de 1848, y de ahí en adelante, la segunda guerra mundial con los nazis ocupando la casa, luego, con la llegada de los comunistas que la convirtieron en un jardín de infancia, y más tarde, con la caída de Ceaucescu, que fue un local de striptease, para finalmente volver a propiedad de la familia de Adrian. El tono minimalista, y la luz tenue, presidida por ese foco que deslumbra, en la que nos convoca a una historia sobre la memoria, en que el presente, difícil y triste, dominado por las penurias económicas, sirve como telón de fondo para investigar un pasado convulso que quizás ayude a impulsar en las dificultades actuales.

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Los personajes de Porumboiu se mueven por sus intereses y bajos instintos, la caza del tesoro está por encima de todo, la ansiada libertad en forma de democracia, no ha ayudado a vivir mejor, a tener una vida más digna, y entonces, les ha llevado a moverse como hienas en busca de una ilusión en forma de tesoro que acabe con sus dificultades. La tensión dramática de la película va in crescendo, pero de forma sutil, las horas de la noche van cayendo encima de cada uno de los personajes, y su paciencia se va resquebrajando, las discusiones y hostilidades entre los distintos personajes provocan esos silencios incómodos y el malestar por el trabajo de cavar y desesperarse por no encontrar nada de lo prometido. Poromboiu se centra en una trama de individualismos en las que juega con los espectadores en una especie de thriller social y costumbrista, con toques de comedia del absurdo, y vuelve a plantearnos una fábula donde ahonda en el conflicto moral, como en sus anteriores películas, que no sólo recuerda a grandes clásicos como El tesoro de Sierra Madre, del genial Huston, sino que ofrece una radiografía oportuna y crítica de la Rumanía actual, en la que todo lo soñado ha quedado reducido a unos cuantos bienes materiales carísimos en los que la vida ha quedado relegada, como lo muestra el elocuente y revelador cierre de la película.

Mi “perfecta” hermana, de Sanna Lenken

min_lilla_syster_my_skinny_sister-701289940-largeLAS MISERIAS DEL ÉXITO.

“En el mar del amor. Nadaré hasta ti. Eres tan hermosa y estás en mi corazón para siempre”

Stella tiene 11 años, no muy agraciada, y saca buenas notas. Pero ella adora a su hermana mayor, Katja, que es guapa y una excelente patinadora, y sus padres están encantados. Stella la imita, hace patinaje artístico, pero no está muy dotada para ello, e intenta llamar su atención. Un día, Stella se da cuenta de un terrible secreto que esconde Katja, y la relación entre ambas dará un vuelco inesperado. La puesta de largo de Sanna Lenken (1978, Gotemburgo, Suecia), con experiencia un par de temporadas con la serie juvenil Double life, y trabajos que le han llevado por festivales de todo el mundo.

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Su película se centra en la mirada de una niña de 11 años, en el tránsito de dejar la infancia y entrar en la adolescencia, con todos los cambios que conlleva, y la relación que tiene con su hermana, una relación de amor-odio, y sobre todo, de una idea falsa de cómo tienen que ser los adolescentes hoy en día. Una idea basada en el éxito y la perfección, elementos que nos pueden llevar a los lugares más oscuros y siniestros.Lenken cuenta su película con extrema delicadeza y sensibilidad, el conflicto va apareciendo de un modo sencillo, sin aspavientos ni grandes complejidades, de una forma cotidiana, un problema que va afectando a las dos hermanas y luego, invade de lleno el núcleo familiar. Una película compleja, que se sumerge en el oscuro mundo de las emociones, que explora el difícil mundo de la adolescencia, con todas sus contradicciones y anhelos, centrándose en los problemas de trastorno alimentario, que cada vez atacan sin piedad a los jóvenes que quieren ser las personas que se espera de ellos, y se olvidan, de quiénes son realmente. Dejan de lado sus sueños e ilusiones, para convertirse en seres obsesionados con el estudio o el deporte para ser los mejores, para llegar a más, subir más alto, para finalmente, no encontrar la satisfacción esperada.

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La cineasta sueca filma a sus criaturas optando por la cercanía, en los que podemos seguir sus respiraciones, alegrías o angustias, cierra sus planos, acotando el espacio cinematográfico para no perder detalle de lo que se nos cuenta, en la que el primer plano de los personajes se convierte en protagonista de la acción, invadiendo nuestra mirada. El excelente trabajo de todos los intérpretes, mención especial tienen las dos jóvenes protagonistas que componen a las dos hermanas, Rebecka Josephson y Amy Deasismont (escogidas después de un arduo casting que se alargó un año), que dotan de una gran humanidad y credibilidad a sus personajes. Una cinta que recoge el espíritu de la novela El retrato de Dorian Grey, de Wilde y también, cierto aroma a ¿Qué fue de Baby Jane?, en la que también hay cabida para el humor, que nos habla de secretos, de manipulación y vergüenza, del miedo que sentimos por no llegar a ser quién se espera de nosotros, y en ese mundo oscuro y terrible el que nos adentramos, para seguir siendo esa persona extraña en la que nos estamos convirtiendo, encerrándonos en nosotros y perdiendo la verdadera razón que nos empujó a disfrutar con lo que hacíamos. Una sociedad deshumanizada y perversa que nos obliga a siempre tener éxito y crecer cada día más, sin importar verdaderamente las circunstancias, siempre hacía arriba, olvidándonos de que queremos en realidad y sobre todo, de quiénes somos, de nuestra verdadera identidad y nuestros sueños.

Entrevista a Clara Roquet

Entrevista a Clara Roquet, directora de “El adiós”. El encuentro tuvo lugar el viernes 8 de enero de 2016, en el Parc de la Ciutadella de Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Clara Roquet, por su tiempo, generosidad y cariño, a la gente de Lastor Media, por su paciencia, amabilidad y simpatía, y a una joven desconocida que tuvo el detalle de tomar la fotografía que ilustra esta publicación.

Nahid, de Idah Panahandeh

Poster Nahid 70x100.aiSER MUJER EN IRÁN.

La mayor parte de la potente e interesante cinematografía iraní que llega a nuestras pantallas, se ha especializado en retratar las dificultades sociales, económicas, políticas y culturales que padecen sus habitantes en un estado regido por leyes extremadamente tradicionales y patriarcales. Muchos de esos cineastas han focalizado sus películas en retratar a las mujeres, las más perjudicadas por las imposiciones estatales. Desde Kiarostami en Ten (2002) o Shirin (2008), Panahi en El espejo (1997) o Offside (2005), Samira Makhmalbaf en La manzana (1998) o A las cinco de la tarde (2003), o Asghar Fahardi en A propósito de Elly (2009) o Nader y Simin, una separación (2011), han sabido extraer la parte sociológica y emocional de estas mujeres que se ven inmersas en situaciones dolorosas y terribles por reivindicar su feminidad e independencia.

La debutante Ida Panahandeh (1979, Teherán, Irán) – que lleva desde el 2005 realizando cortometrajes, documentales y tv movies, retratando a las mujeres y sus dificultades vitales y cotidianas – coge el testigo de sus otros colegas iranís para sumergirse en Nahid, una mujer que vive al norte de Irán, y se enamora por primera vez de Masoud, un apuesto maduro que regenta un hotel a las orillas del Mar Caspio. La intención de la pareja es contraer matrimonio, pero Nahid, cuando se divorció de Ahmad, una bala perdida que le hace la vida imposible, acordó mantener la custodia de su hijo si no volvía a casarse. Ante este difícil conflicto, la pareja opta por un matrimonio temporal, que aunque no está prohibido por la ley, lleva a Nahid a un laberinto sin salida donde deberá enfrentarse a su entorno familiar que rechaza su decisión. Panahandeh, con la ayuda de su coguionista, Arsalan Amiri, construye una película fría y gris, filmada durante el otoño, en una ciudad pequeña y austera, sumergiendo a sus personajes en existencias tristes y solitarias, donde emerge la mirada de Nahid, plagada de detalles y gestos, dotada de una profundidad que inquieta y conmueve. El conflicto kafkiano en el que se verá sometida diariamente hará mella en su interior, los problemas injustos e inhumanos que, no sólo la somete el estado, sino también su familia, la dejará en un callejón oscuro de difícil salida. Panahandeh huye del drama panfletario y paternalista, se interesa por el drama humano en el que se ven esclavizadas muchas mujeres iraníes que no les dejan llevar una vida en libertad e independiente.

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Un relato social, pero también profundo y humanista, que nos descubre a una mujer valiente y fuerte que deberá luchar para ser ella misma, en una sociedad represiva y dictatorial, y en continua amenaza, como ese mar violento que mira cuando se ve con su amante a escondidas. Nahid es una mujer joven, que además de tener que lidiar con un hijo rebelde y difícil, tiene que soportar a su ex, un adicto al juego de vida oscura, y además, enfrentarse al rechazo de una familia que la juzga y la encierra. Su única ilusión es mantener la custodia de su hijo y comenzar una nueva vida con Masoud, el hombre que la escucha y trata como una mujer y, sobre todo, como una persona libre, independiente y feliz. Queda patente el esfuerzo de Panahandeh en encauzar todos sus elementos narrativos, y construir una trama que va in crescendo, con planos cortos y cerrados en su mayoría, donde imprime esa angustia y vacío que siente su protagonista, que Sareh Bayat interpreta llena de matices creando una composición maravillosa y entregada (que muchos recordarán por su personaje de Razié en Nader y Simin, papel que desencadenaba el conflicto y le valió el reconocimiento en el Festival de Berlín) componiendo un personaje cimentado a través de sus miradas y silencios, convirtiéndose en uno de los grandes aciertos de este drama emocional, de vocación realista, donde un mujer de hoy tiene que enfrentarse a todos y todo, por su maternidad, y el amor que siente por el hombre que la ama.