La vida de los demás, de Mohammad Rasoulof

EL VALOR DE RESISTIR.  

“La tiranía totalitaria no se edifica sobre las virtudes de los totalitarios sino sobre las faltas de los demócratas”.

Albert Camus

En El verdugo (1963), de Luis García Berlanga, un pobre diablo que trabaja en una funeraria se enamora de la hija del verdugo, y no le queda otra, que pasar por el aro del sistema, es decir, ser verdugo como el suegro, y así, aprovecharse de las ventajas del puesto, una vivienda asequible y un trabajo con futuro, en un país donde el estado pone trabas para las primeras necesidades. La parte oculta no es otra que encontrar a primos, emborrachándolos de beneficios vitales, para que el estado siga ejecutando a reos, un trabajo que hagan otros, los ciudadanos de a pie. Seguramente, El verdugo, es una de las obras más contundentes y fundamentales, no solo para hablar de las prácticas deshumanizadas del franquismo, sino para reflejar el control estatal contra el ciudadano, y someterlo a sus necesidades. En La vida de los demás, último trabajo de Mohammad Rasoulof (Shiraz, Irán, 1972), vuelve a los temas sociales y políticos, componiendo una crítica feroz contra su país, que le han llevado a un férreo arresto domiciliario a la espera de sentencia, como nos anuncia el texto que vemos previo a la película.

En Sheytan vojud nadarad, título original de la película, nos habla de forma directa y sin atajos de la pena de muerte y todas las personas que, directa e indirectamente, participan en ella. Somos testigos de las prácticas terroríficas de Irán, de la utilización sistemática de sus ciudadanos, y sobre todo, de su juventud, para alienarlos a través del terror y la manipulación para que cometan actos irreversibles contra sus propios conciudadanos, una práctica horrible que no solo la película muestra de manera fría, sino que nos sumerge en las consecuencias morales y sociales para aquellos que han participado creyendo que cumplían con su deber. La pena de muerte y aquellos que las ejecutan son el eje central de la cinta, pero la película no solo se queda en la denuncia de un estado totalitario y corrupto, sino que profundiza en los conflictos morales de los ejecutores de esas sentencias de muerte, y sobre todo, en las terribles consecuencias que deben arrastrar no solo los protagonistas, sino lo que provocan todos esos actos en su entorno más cercano.

El director de cine iraní construye una película dividida en cuatro relatos, todos dirigidos por él, bajo los títulos de El mal no existe, donde seguimos la cotidianidad de Heshmat, un hombre corriente de cuarenta años, sus quehaceres diarios junto a su mujer e hija, sin más, en la que se nos muestra un día cualquiera, en una ciudad como otra, donde damos cuenta que oculta algo a los demás. En el segundo capítulo de título Ella dijo: “Puedes hacerlo”, nos sitúan en una habitación donde encontramos a cinco jóvenes haciendo el servicio militar obligatorio de dos años de duración que, entre otras cosas, tienen la desagradable tarea de ejecutar a los condenados a muerte. Un joven como otro, Pouya, elegido para llevar a cabo la ejecución,  hará lo imposible para librarse. En el tercer segmento, Cumpleaños, Javad, un joven soldado que ya ha sido verdugo en una ejecución, aprovecha un permiso de tres días para pedir matrimonio a su amada Nana, y se enfrentará a las catastróficas consecuencias de ese acto que lo perseguirá constantemente, cuando el destino se interpone en su camino. Y por último, en Bésame, el acto que cierra la película, que entronca con uno de los capítulos, encontramos a Bahram y Zaman, un matrimonio maduro que viven de las abejas en un pueblo alejados de todo y todos, reciben la visita de la joven Darya, que nos remitirá al pasado y a sus actos, y como repercuten en el presente más inmediato.

Rasouluf usa el cine como vehículo para hablar de las prácticas oscuras y represivas de la dictadura iraní, y sobre todo, como afectan a la vida cotidiana de sus ciudadanos que, al igual que José Luis Rodríguez, el pobre diablo de El verdugo, es usado como mano ejecutora de las leyes injustas y deshumanizadas que se llevan a cabo en el régimen de los Ayatolás. Un cine que nos habla de frente y directamente, sin vericuetos ni estridencias narrativas ni formales, componiendo una forma sencilla y realista, que huye de los subrayados y el discurso malintencionado. La rigurosidad de la película se centra en una narrativa sencilla y naturalista, que imprime la fuerza en la contundencia de su relato y en la actuación de sus intérpretes, y nos sumerge en las cuestiones morales de cada uno de los implicados, de forma compleja e inteligente. Un cine que lo acerca al universo de Panahi, también arrestado por el régimen debido a sus críticas contra un sistema represivo, y Farhadi, cineastas que utilizan un conflicto cotidiano para hablarnos de forma emocional de toda la represión a la que son sometidos los ciudadanos y ciudadanas de Irán. La película se alarga hasta los 150 minutos, pero en ningún momento su fuerza narrativa y argumental decae, todo lo contrario, su in crescendo es demoledor, no hay tregua, ni compasión con todo lo que ocurre y como afecta a sus personajes, y a cada relato de los cuatro que lo componen, su ritmo y sobre todo, su cuestión moral van en aumento, obligándonos al espectador a ser partícipe de sus historias y el contenido de ellas, nos obliga a mirar y conocer la intimidad que deben de arrastrar.

Una película bellísimamente filmada con el inmenso trabajo de cinematografía de Ashkan Ashkani, viejo conocido del director, y el cuidadísimo montaje que firman los hermanos Mohammadreza y Meysam Muini que saben manejar con elegancia el tempo de los diferentes relatos, bien resueltos en sus momentos de pausa y tensión, como su extraordinario reparto, apoyado en las miradas para explicar todo lo que sienten, que sabe dotar de humanismo, complejidad e intimidad a todo lo que les va ocurriendo. El cine de Rasoulof en un inicio se decantó por la alegoría como elemento para criticar el estado, pero a partir de 2010, su cine ha entrado en otro campo, el de la crítica feroz y directa, de forma clara y concisa, eso sí, centrándose en lo humano como espacio para que su crítica sea más realista, donde lo humano y la resistencia ante la injusticia de sus personajes adquiere un gran valor en torno a lo que cuenta y como lo hace, lanzando un motor de fe y algo de esperanza que inevitablemente saldrá de nuestro interior, de todo aquello que nos hace humanos frenteo a un estado de terror. Un cine que se parece a aquel cine italiano de los Bertolucci, Rossi, Bellocchio, Pasolini, y demás, que a través de lo humano, construían relatos del ciudadano pisoteado y reprimido por la maquinaria estatal, una organización que crea y distribuye dinero a su antojo y arbitrariamente, dejando al de abajo, al que realmente trabaja para el futuro del país, totalmente vendido y explotado. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

El año de la furia, de Rafa Russo

LA BESTIA ESTÁ LLEGANDO.

“La violencia no es sino una expresión del miedo”

Arturo Graf

Desde el año 1964 en adelante, Sudamérica se vio abocada a violentas y sangrientas dictaduras militares que desmantelaron económica, física y emocionalmente países como Brasil, Bolivia, Paraguay, Perú, Ecuador, Colombia, Chile, Argentina, etc… Períodos muy oscuros que vieron como sus frágiles democracias eran absorbidas por juntas militares apoyadas por los EE.UU., para detener los avances democráticos y sobre todo, la ilusión de una nueva sociedad más humana, justa, solidaria y equitativa. Habíamos visto muchas películas sobre las dictaduras argentinas y chilenas, de la uruguaya no tantas, por eso es de agradecer esta mirada, y su forma, ya que se sumerge en las vidas de unos cuántos uruguayos de Montevideo que viven en ese  Uruguay, que tampoco fue una excepción de sus país vecinos, y vio como durante la primavera de 1972, en el país empezaba el conocido como “El año de la furia”, que desembocó en la dictadura que estalló el 27 de junio del siguiente año, que llevó al país a un período de oscuridad, miedo y violencia que finalizó 12 años después. El director Rafa Russo (Madrid, 1962), de padres argentinos, ha destacado como guionista en interesantes propuestas como la comedia romántica de Lluvia en los zapatos, el drama íntimo de aunque tú no lo sepas y La decisión de Julia, o las películas para televisión dirigidas por Laura Mañà, sobre figuras femeninas de nuestra historia. Como director de largometrajes tiene el drama romántico Amor en defensa propia (2006) y Snowflake (2016), documento sobre la sensibilidad química múltiple.

Con El año de la furia vuelve a la dirección mezclando con acierto y sensibilidad el thriller político y el drama romántico y personal, de unos personajes que viven en el convulso Montevideo previo a la dictadura. Diego y Leonardo son dos guionistas-creadores del programa de televisión satírico “La máquina de la risa”, también, se encuentran Susana, una prostituta que se enamorará de Rojas, un militar torturador, y Emilia y Jenny, madre e hija, que viven en la pensión donde paran casi todos. Russo compone una película de muchos rostros y piezas, generando un relato íntimo sobre unos personajes que ante los acontecimientos vertiginosos que van oscureciendo sus vidas, van optando por enfrentarse, por mirar a otro lado, y sobre todo, por sobrevivir en una sociedad que se va llenando de desaparecidos y cadáveres. La película no solo se queda en el ciudadano normal y corriente, como acostumbran este tipo de cintas, sino que incluye muy acertadamente el otro lado del espejo, la del militar represor, que en cierto modo, también es una víctima más de estamentos más poderosos y de intereses nacionales para acabar contra cualquier atisbo de libertad y democracia.

La luz naturalista y mortecina que firma el cinematógrafo Daniel Aranyó, que se ha especializado en interesantes thrillers como La distancia, algunos dirigidos por Daniel Calparsoro, o Regresión, de Amenábar, ayuda a ennegrecer sutilmente tanto las vidas de los protagonistas, como el camino violento que se encamina el país, como el sólido montaje de Marta Salas, fogueado en series televisivas como las estupendas El ministerio del tiempo y Vivir sin permiso, entre muchas otras. Si hay algo en lo que destaca enormemente la película de Russo es su ajustado y extraordinario reparto que fusiona intérpretes argentinos tan solventes como Alberto Amman y Joaquín Furriel, dando vida a los amigos y diferentes guionistas, Martina Gusmán es la prostituta metida en una relación compleja y peligrosa, y la presencia siempre magnífica del gran Miguel Ángel Solá como militar superior de muy malas pulgas. Y la otra parte, experimentados intérpretes españoles como Daniel Grao, cada día más y mejor actor, compone a Rojas, ese militar dividido entre su patria y su corazón, Sara Salamó, como la activista e hija de Maribel Verdú, una madre que arrastra un amor frustrado.

El año de la furia es una película sobre política, pero sobre todo, es una película sobre la condición humana expuesta a acontecimientos que le superan, a rendirse o continuar resistiendo, al miedo como lugar donde ocultarse ante el dolor, a dejarse llevar por lo que sentimos o simplemente, derrotarse a aquello que se debe hacer, a la complejidad de nuestros sentimientos y también, es una película sobre hechos históricos que no deberían haberse producido, y como afectan a las personas como nosotros, aquellos que sus vidas se ven truncadas por los intereses nacionales que nada tienen que ver con los nuestros. Una película con el aroma de los mejores títulos de Costa-Gavras, a los títulos clásicos de Lang o Curtiz, con sus amores imposibles, el telón de fondo político, y las vidas en constante peligro, las novelas de Greene, Forsyth, Montalbán o Marsé, y las canciones románticas que nos devuelven a aquello que fuimos, a aquello que no volveremos, y sobre todo, a aquello que perdimos, a todo lo que perdimos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

El año del descubrimiento, de Luis López Carrasco

DE AQUELLOS POLVOS VIENEN ESTOS LODOS.

“Quizá la más grande lección de la historia es que nadie aprendió las lecciones de la historia”.

Aldous Huxley

Desde su revelador título El año del descubrimiento, Luis López Carrasco (Murcia, 1981), destaca en su película la de abrir la caja de Pandora, revelar lo oculto, mostrar lo tapado, reflexionar sobre lo olvidado, rescatar una parte de la historia que ya nadie recuerda, que parece que no ocurrió, que no existió, que hay que recordar y sobre todo, volver a mirarla y entenderla, o al menos, no olvidarla. En 1992, cuando España, llena de satisfacción y esplendor, se preparaba para mostrarse al mundo a través de dos eventos como las Olimpiadas en Barcelona y la Expo Universal en Sevilla, dos acontecimientos que nos sacarían del ostracismo de años de franquismo, de un país pobre, aislado y acomplejado. Pero, también, en ese mismo año, en Cartagena, en el sudeste del país, sus ciudadanos vivían otra realidad muchísimo más sombría y oscura, ya que debido a la reconversión industrial del PSOE, como pago para entrar en la Unión Económica Europea, se estaba desmantelando la industria murciana, llevando al paro y a la ruina a miles de familias. Los trabajadores llevaban meses de luchas y manifestaciones, hasta que el 3 de febrero de ese año, unos cócteles molotov provocaron el incendio del parlamento murciano.

El director murciano, del que lo conocíamos por su participación en el colectivo Los Hijos, junto a Javier Fernández Vázquez y Natalia Marín Sancho, con títulos tan interesantes como Los materiales (2009), Circo (2010) y Árboles (2013), entre otros, su labor como productor para gente como Ion de Sosa o Velasco Broca, y sus títulos en solitario, El futuro (2013), revisión de aquel 1982, con la victoria del PSOE, a través de una fiesta de unos jóvenes mientras hablan y escuchan música. En Aliens (2017), repasaba la vida de la artista Tesa Arranz, a partir de material de archivo. El cineasta afincado en Madrid, mira el pasado a través del presente más inmediato, pero lo hace desde las formas y el tratamiento de entonces, en El futuro, usaba el súper 8 para trasladarnos a ese tono doméstico que podría tener una fiesta casera filmada por alguien, pero no lo hace solo como medio estético, sino para sumergirnos en ese trozo de tiempo que le interesa para provocar la reflexión, para rescatar ese espacio de tiempo que tanto tiene que ver con lo que vivimos ahora.

En El año del descubrimiento lo vuelve a hacer. Para hablarnos de aquel tiempo del 92, la cara oculta de la fiesta, aquella que hiela la sangre, López Carrasco se rodea de un dispositivo sencillo, pero tremendamente eficaz, en un bar de Cartagena, entre desayunos, (des) encuentros y aperitivos, convoca a jubilados que participaron en aquellas luchas obreras del 92, junto a jóvenes desempleados, y los entrevista por separado, o los filma mientras hablan, pero lo hace con la textura y el formato de video, tan popular en los años noventa, a través de primeros planos muy cerrados, y utilizando la doble pantalla, en la que mientras uno habla, vemos al otro/s en contraplano, con la cinematografía de Sara Gallego Grau. Con un guión que firman Raúl Liarte y el propio director, el relato arranca con el franquismo, los años del hambre y las terribles consecuencias de los padres de los que hablan, luego se adentra en el grueso de la historia, las movilizaciones del 92 en Cartagena, con los testigos de aquellos hechos, tanto de un lado, con los trabajadores, como del otro, un ex jefe de policía, para contarnos a través de los testimonios e imágenes de archivo, todo lo que se coció en aquellos tiempos de reivindicaciones laborales y todo lo que fue. Y finalmente, con la ayuda de unos jóvenes en el paro, se habla de la lucha obrera del 92, y la realidad de ahora, con los trabajos precarios, la falta de oportunidades, el sindicalismo y el no futuro que les depara.

Si tuviéramos que citar un referente de El año del descubrimiento podría ser otra obra capital en el documental político español como Informe general sobre unas cuestiones de interés para una proyección pública (1977), de Pere Portabella, que hablo con políticos para reflexionar sobre el franquismo y la transición, que tuvo una segunda parte en Informe General II – El nuevo rapto de Europa (2015), donde la crisis económica y el desmoronamiento de la sociedad del bienestar eran los ejes en cuestión. López Carrasco lo hace desde el contraplano, el de la gente cotidiana, el de los que se levantan diariamente para ir a trabajar, si los dejan y no les ponen obstáculos. Los hombres y mujeres anónimos que también cuentan la historia y que en raras ocasiones tiene la voz y el tiempo necesario para explicar esa parte de los acontecimientos más real y cruda. Son doscientos minutos de película, bien editados por Sergio Jiménez. Doscientos minutos en los que se habla de todo, de política, de trabajo, de lucha, de sindicatos, de gobernantes, de sociedad, de franquismo, de dónde venimos y hacia dónde vamos, de lo que fueron nuestros padres y lo que somos nosotros ahora, de un tiempo de la historia crucial en la historia de este país, con el final del franquismo, la transición, la victoria socialista del 82, el desmantelamiento de la industria en los noventa, las Olimpiadas y la Expo del 92, y el incendio del parlamento murciano, que quedó en el olvido, o simplemente, se hizo lo posible para olvidarlo, porque quizás los hechos que ocurren solo son verdad si alguien los cuenta y deja testimonio de lo ocurrido, porque si no son otros, con intereses políticos o económicos que cuentan la historia a su antojo, para que los ciudadanos que vendrán, los del futuro, la vean como los poderosos quieran.

López Carrasco no solo ha hecho una película magnífica y emocionante, que se erige como un poderosísimo retrato de aquel tiempo y este, de todo lo que se hizo y lo poco que se hace hoy en día, de una película que va más allá, que es todo un fresco histórico, social y político, contundente y maravilloso, por todo lo que cuenta y cómo lo hace, con ese tono accesible, sencillo, transparente y honesto para todos. El año del descubrimiento es la película que había que hacer, la que reflexiona y escucha y, sobre todo, rescata del olvido hechos que no deberían olvidarse, porque los verdaderos influencers de hoy en día, deberían ser aquellos hombres y mujeres que se enfrentaron al poder a fuerza de lucha y resistencia para proteger sus trabajos y su pan, que deberían convertirse en ejemplos a seguir para todos los que estamos ahora, para todos los que nos quedamos quietos, sin hacer nada, cuando nuevamente los poderosos siguen desmantelando nuestras vidas y llevándolas al abismo más oscuro. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

El Hoyo, de Galder Gaztelu-Urrutia

ROMPER LAS CADENAS.

“Lo importante no es mantenerse vivo sino mantenerse humano”.

George Orwell

Goreng despierta en el nivel 48 de el hoyo, le acompaña el libro de El Quijote, tiene como compañero de nivel a Trimagasi, un veterano del lugar que conoce al dedillo, o eso dice, la estructura y la vida en el hoyo. La plataforma baja una vez al día con la comida que les sobra a los de arriba y después de unos pocos minutos, continuará su trayecto hacia abajo. Se desconoce el número de niveles, eso sí, una vez al mes se repite la rutina y cambias de nivel. Y sobre todo, reza para que toque un nivel de los de arriba, porque si es alguno de abajo, la escasez de comida llevará a sus habitantes a tomar medidas extremas. La puesta de largo de Galder Gaztelu-Urrutia (Bilbao, 1974) es una metáfora de la sociedad clasista en la que vivimos, donde no existe la compasión ni la humanidad, sino una durísima supervivencia anclada en el egoísmo, la competitividad y el individualismo como únicas formas de sobrevivir en un universo deshumanizado y lleno de miseria y horror. La obra recrea esa inquietante atmósfera austera y desnuda, a partir de esos niveles, con solo dos personajes, uno acabado de llegar y el otro veterano, en el que vamos conociendo tanto lo físico, con esa plataforma que va y viene con comida o no, dependiendo del nivel que te toque, y lo emocional, donde lo psíquico juega un papel muy intenso donde lo humano se verá sometido a las circunstancias de un lugar que puede resultar siniestro y terrorífico.

La cinta hace de su modestia su mejor virtud, planteándonos una estructura sencilla y muy seductora, a partir de un guión obra de David Desola y Pedro Rivero (uno de los autores de Psiconautas, los niños olvidados, una excelente muestra de cine de animación enraizado en la distopía profundizando en las convenciones sociales) que plantea una sociedad jerárquica y aleatoria, donde los de abajo, meros despojos que viven de la basura que tiran los de arriba, asumiendo las condiciones inhumanas de los de arriba, de aquellos que viven en la abundancia, donde la comida se convierte en una alegoría de la sociedad, como el mayor de los tesoros y reflejo de las diferencias sociales. Gaztelu-Urrutia construye una primera parte más estática, donde abundan diálogos y algún que otro falshback en una película muy lineal, y una segunda mitad, más física donde el tiempo avanza más rápidamente, en el que nos propone un juego de múltiples capas narrativas donde a medida que avanza el metraje, nos va abriendo una capa más y descubriendo los terribles secretos que anidan en el hoyo, una especie de cárcel, donde voluntariamente o no, acceden personas de toda condición social, económica y cultural, independientemente del sexo, raza o religión.

Situada a medio camino del thriller oscuro y terrorífico y el retrato social, nos concentraremos en Goreng, un tipo extraño muy diferente a lo que se encuentra en el hoyo, con un libro como compañía, que querrá romper las normas del lugar, aceptando sus reglas pero de manera personal, yendo más allá, intentando encontrar la forma de cambiar una estructura sombría por una más humana, convirtiéndose en ese antihéroe peculiar y raro que pululan por las películas distópicas en las que alguien un día despierta y comienza a caminar diferente al resto y hacerse preguntas y sobre todo, a ejecutar unas ideas revolucionarias y contrarias a todos los demás. La luz tenebrosa y aciaga de Jon D. Domínguez, se convierte en el mejor cómplice para sumergirnos en este retrato alegórico que realiza una crítica demoledora a una sociedad perdida, a la deriva, llena de soledades amargadas e inútiles, donde el amor ha desaparecido, donde reina el odio, la mentira, la venganza y la muerte como únicas formas de subsistencia. La penetrante y extraordinaria música de Aranzazu Calleja da ese toque esencial e íntimo que tanto necesita este tipo de películas.

La película bebe de ese cine psicológico y distópico producido en su mayoría en la serie B estadounidense donde sucesos anclados en la ciencia-ficción servían para retratar la sociedad capitalista y la condición humana a través de sus miedos y paranoias. Un potente cast en el que sobresale la capacidad tanto física como gestual de un Iván Massagué en estado de gracia, en su mejor personaje hasta la fecha, convertido en ese extraño tipo que quizás tiene la forma de cambiar la estructura horrible y mortal de tan siniestro lugar, bien acompañado por Zorion Egilor, que consigue con esa mirada penetrante y esa voz cavernosa enriquecer a un tipo que oculta más que habla. Emilo Buale compone a un ser desesperado, a alguien que emprende un camino salvaje y muy peligroso para alcanzar un sueño que parece imposible. Antonia San Juan es otro personaje desesperado, alguien que ya nada tiene que perder, y sobrevive sin más. Y finalmente, Alexandra Masangkay convertida en esa mujer misteriosa y muda que busca incesante a un hijo que parece no existir.

El Hoyo es un thriller oscuro y extraordinario sobre lo más profundo de la condición humana, que mantiene un pulso narrativo intenso y espectacular durante todo su metraje, sumergiéndonos en una marabunta de emociones, tensiones y conflictos de primer órdago, con ese ambiente agobiante y terrorífico por el que maneja toda la cinta, sin descanso, sin parpadeo posible, sujetándose con firmeza la butaca, dejándonos llevar por este impresionante descenso a los infiernos del alma humana, erigiéndose en una excelente muestra de cine potente y magnífico sobre aquellos miedos profundos que nos atenazan diariamente en una sociedad cada vez más vacía, ajena a las necesidades humanas, donde el amor se compra y donde todo tiene precio, incluso las vidas de las gentes, donde unos y otros viven o podríamos decir que sobreviven soportando unas leyes económicas, sociales y culturales que no les satisfacen y además, los convierten en meros autómatas de sus propias existencias, reduciendo sus vidas a una explotación diaria donde lo material se ha convertido en la felicidad absoluta, donde lo emocional ha perdido su sentido y se ha transformado en meras excusas para regocijarse en la opulencia, la ostentación, el lujo y las posesiones como único bienestar humano. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Amanda T, de Àlex Mañas. TNC

LA NIÑA HERIDA.

Una tarde gélida del pasado domingo me acercó a la Sala Tallers del TNC para ver el montaje Amanda T, escrito y dirigido por Àlex Mañas (Barcelona, 1974). Cuando accedo a la sala, los dos actores ya están en el escenario, apoyados en una mesa, mientras charlan entre ellos y observan como los espectadores vamos acomodándonos en nuestras butacas. Se avecina una tarde intensa de teatro, la sala está llena. Los dos intérpretes abandonan el escenario. Después de unos minutos, las luces de la platea se apagan, e inmediatamente, se iluminan las del escenario. La primera escena o corte, nos muestra el domicilio de un afamado productor musical (descripción del lugar que irán apareciendo en la pantalla, así como diferentes vídeos)  en el que Amanda y el productor, que se han conocido por la red, se han citado y ahora charlan, entre un tono amable e inquietante. La chica quiere ser cantante, sube videos bailando e imitando a sus iconos de la música. El productor parece más interesado en la chica que en su talento musical. Mañas ya escribió y dirigió este mismo montaje en la Sala Atrium en otoño del 2016, con Xavi Sáez y Greta Fernández, él repite, pero ella, no. Ahora el papel lo interpreta Laia Manzanares.

Amanda T nos habla del caso real de la joven Amanda Todd que sufrió un ciberacoso después de mostrar sus pechos, una imagen que se hizo viral y llegó a todas las casas de sus allegados y entorno, un acoso opresivo que tuvo sus cómplices, e hicieron de la vida de la joven un horror, con problemas depresivos que la llevó a suicidarse con 15 años en el 2012,  después de publicar un video de 9 minutos explicando, mediante textos escritos en folios, la pesadilla de su historia y los motivos de su trágico final. Un video que la obra reproducirá íntegramente, interpretado por Laia Manzanares, que veremos mediante cortes, para abrir cada escena. Mañas no ha querido solo hablar del caso de Amanda Todd, sino mediante su caso, hablarnos de otros casos de acoso por las redes, en el que hace un viaje de afuera hacia adentro, describiéndonos a una adolescente que soñaba con ser cantante, una chica totalmente normal e integrada, alguien con esa energía propia de su edad, que con 13 años enseñó sus pechos y a partir de ese momento, su vida se convirtió en la peor de sus pesadillas, y no pudo volver a tener esa vida tranquila y alegre que la caracterizaba.

Mañas construye una obra donde la luz marca y enmarca con sombras, casi expresionista, la triste realidad de Amanda y aquellos acosados, planteando una obra minimalista, apenas vemos una mesa, una silla y un banco pequeño, y algunos objetos, con la originalidad de la papiroflexia que añade un plus de novedad y magia. Eso sí, la pantalla gigante de video se convierte en ese “Big Brother” maligno y pesadillesco, que es una arma de doble filo, una herramienta fantástica para darse a conocer y lo que haces, compartiendo y rompiendo barreras de comunicación con el mundo, pero también, en una bestia sin escrúpulos donde delincuentes y malvados se ocultan para acosar y delinquir. El dramaturgo y director nos envuelve en una especie de laberinto emocional donde los dos actores escenifican el relato de Amanda, desde su familia, el acoso en los diferentes institutos, la relación por las redes con su acosador, y también, con un amigo, y la destrucción emocional de la adolescente, su depresión, ansiedad, su soledad, y su descenso a los infiernos, donde cuando no pudo más, y se sintió muy sola, acabó con su vida.

Mañas nos habla de muchas cosas, pero lo hace desde el alma de Amanda, radiografiando la crónica de alguien desde los 13 a los 15 años, para hablarnos no solo del mundo de la red, sino también, de los cómplices que los ciberacosadores encuentran en la vida pública, todos los supuestos amigos y compañeros de clase e instituto que machacaron a Amanda y contribuyeron a su trágico final, haciendo hincapié a la mirada de un mundo cada vez más individualista, nada empático y excesivamente cruel, con aquellos a los que se considera más débiles, más sensibles y sobre todo, a esas personas que consideran inferiores porque han mostrado sus pechos a quién consideraban respetuosos con su intimidad. La obra es directa, impactante y fría, como un cuento de terror donde el ogro acaba asesinando a la joven inocente, en el que Mañas imprime a cada una de sus escenas varios planteamientos, que van desde el terror puro, pasando por la fábula, incluso a través de lo cómico, como ese reality show donde debaten sobre las causas de Amanda y la sociedad enferma y deshumanizada en la que vivimos.

La pareja protagonista se van sumergiendo en sus diferentes roles de manera sencilla, inteligente y muy natural, en que los espectadores entramos en ese juego fascinante y enriquecedor, con Xavi Saéz (al que vi en verano en la obra Esmorzar amb mi en la Beckett) resulta convincente y cercano, bien en su papel de acompañante de Amanda, y cumpliendo con su cometido. Laia Manzanares encarna a Amanda Todd, y lo hace a través de una naturalidad aplastante, porque Laia tiene esa mirada convincente y penetrante que enamora, con ese cuerpo menudo y frágil que puede interpretar con calidez y naturalidad esos roles femeninos adolescentes y jóvenes, ese tipo de actrices muy jóvenes que muestran una fuerza y sensualidad para interpretar personajes duros y difíciles, como lo hacen Saorsie Ronan o Elle Fanning, actrices que han venido para quedarse y agarrar personajes complejos y libres.

Laia Manzanares demuestra en cada personaje, por mínimo que sea, que su talento es extraordinario, porque se lanza al abismo en cada momento,  como demuestra en la secuencia más impactante de El reino, de Sorogoyen, en su breve pero extraordinaria presencia en la serie Matar al padre, de Mar Coll, o el rol que hacía en la serie Merlí) aunque el que escribe la reconoció y aplaudió como una de las actrices más brutales de su edad en la obra Temps salvatge, de Josep Maria Miró, dirigida por Xavier Albertí, vista durante la temporada pasada en la sala gran del TNC, encarnando de manera sencilla y espectacular a la adolescente triste y perdida rodeada de lobos y amargura en esas casas uniformes llenas de soledad y falsedad. Ahora, vuelve a interpretar a un personaje difícil y complejo, a una niña herida, a alguien triste y perdido, que atraviesa una situación de mierda, con tantos monstruos al acecho, sin fuerzas para responderles, una niña desterrada del paraíso por enseñar sus pechos, por mostrarse sincera e ingenua en ese mundo de lobos hambrientos y gentuza de la peor calaña, que aprovechan la debilidad de los seres más sensibles para sacar sus garras y alimentarse de su miseria. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Razzia, de Nabil Ayouch

LAS REVOLUCIONES ÍNTIMAS.

“Dichoso aquel que puede actuar de acuerdo a sus deseos”

(Proverbio bereber)

La película arranca en las Montañas Atlas en Marruecos en 1982, hablándonos de Abdallah, un maestro rural apasionado e inquieto, que debido a la islamización del gobierno, que viene acompañada de las imposiciones de la lengua y las enseñanzas radicales árabes, tiene que abandonar su pueblo y emigrar a la ciudad huyendo del gobierno. Luego, el discurso de la cinta se traslada a la Casablanca del 2015, en pleno bullicio de esa población joven desamparada e invisible que protesta enérgicamente en las calles debido a su dura situación social. En ese entorno, y con algunos flashbacks donde los dos tiempos se irán explicando, donde entenderemos como el estallido revolucionario de la situación actual, tiene su origen en aquellos primeros años 80 con la radicalidad del gobierno. Nabil Ayouch (París, Francia, 1969) ha construido una interesante filmografía en la que explora de manera crítica la sociedad marroquí, la tierra de sus orígenes, un entorno donde la población sobrevive a pesar de los pesares, centrando su mirada en la intimidad de sus personajes, y su cotidianidad más cercana.

Abrió su carrera con Mektoub (1997) donde ofrecía un brutal retrato de una mujer violada y su posterior estrés postraumático,  en Ali Zaoua, príncipe de Casablanca (2000) explicaba las dificultadas de un puñado de niños que viven en la calle en condiciones infrahumanas y albergan el sueño de viajar a Europa, Los caballos de Dios (2012) se adentraba en un grupo de jóvenes  de los arrabales de Casablanca, en su proceso de radicalización y empujados a un atentado suicida, y en Much Loved (2015) retrataba la durísima cotidianidad de unas prostitutas en Marraquech, película que levantó las iras de los más radicales, incluso agrediendo a una de las protagonistas. Ayouch hace un cine incómodo, un cine político, un cine de preguntas, de personas, de situaciones adversas, de almas castigadas, de seres diferentes, extraños en su propia tierra, seres desfavorecidos, personas que sueñan en un mundo diferente, mejor, un mundo más tolerante, menos fiero, y sobre todo, menos difícil.

En Razzia, en un guión construido con la actriz Maryam Touzani (que interpreta a Salima) como viene siendo habitual en su cine, construye un mosaico coral de varias almas en la ciudad de Casablanca, una ciudad dura, áspera, bulliciosa y ahora, levantada en cólera, en la que nos encontramos a Salima, una mujer atractiva y sensual, que sufre las críticas por su forma de vestir, y además, tiene que soportar la intolerancia de un marido que va de moderno, pero todavía se muestra excesivamente tradicional. También, conoceremos a Hakim, un joven homosexual que sueña con ser músico y vive señalado tanto por su padre como por sus vecinos de la Medina más tradicional y pobre, y a Joe, judío dueño de un restaurante que sufre el antisemitismo de una joven prostituta, e Inés, una adolescente rica, encerrada en una vida vacía, que se mueve entre la modernidad y la tradición, mientras explora su sexualidad. Cuatro almas inquietas, diferentes y llenas de vida, en una sociedad que las persigue, las insulta, las reprueba, y las castiga por ser cómo son, por desviarse del camino correcto o convencional, por soñar con una vida alejada de toda esa radicalidad, intolerancia y violencia.

El cineasta de origen marroquí retrata con detalle y gestualidad a sus cuatro criaturas encerradas en ese agujero negro, en ese microcosmos de una ciudad a la deriva, de un espacio inquietante y radicalizado, un lugar lleno de sombras despechadas, de vidas rotas y sin futuro, en el que estas cuatro almas se convierten en un interesante y ejemplar de esas personas silenciadas, que viven sin vivir, que se mueven como espectros, que cada huyen más de sí mismos, envueltos en esa paranoia intolerante de los más radicales, que quieren un mundo uniforme, sumiso y sin alma. Ayouch penetra con suma delicadeza y sensibilidad en el alma de sus personajes, sumergiendo al espectador en sus miedos e inseguridades, a través de pequeños detalles, de retratarlos sin juzgarlos, de adentrarse en sus caracteres con proximidad pero sin conducirlos, dejándolos libres para que se muestren como son, sin explicarlos en exceso, y detallándolos con sumo cuidado, dejando a los espectadores que saquen sus propias conclusiones y evidencias, envolviendo su relato en esa mayoría silenciosa, que intenta adaptarse a un mundo imposible, sumergido en sus tradiciones deshumanizadas y atentado contra todo aquello que muestra libertad individual y nuevos aires.

Una película magnífica en su forma y fondo, describiéndonos todo ese material humano con pulcritud y sinceridad, llevándonos por las diferentes vidas a lo Altman, donde cada personaje acaba erigiéndose como un tema a tratar, sin caer en lo esquemático, sino en todo lo contrario, buceando con astucia y ritmo en los diferentes vínculos emocionales que los atraen y los separan, pero siempre desde el deseo de contarnos esas almas desde puntos de vista diferentes, extrayendo lo mejor y lo más profundo de cada uno, en el que la película se convierte en un mapa humano de primer orden, en el que Casablanca se convierte en esa ciudad, sólo mágica y exótica en el cine (con esos guiños a la famosa película) porque su realidad más inmediata nos viene a decirnos que la ciudad arde en deseos de cambio, de caminar de otra manera, de romper con lo tradicional y levantarse en una nueva sociedad, más tolerante, más viva y sobre todo, más humana, respetando a todos y cada uno de sus habitantes, sean como sean, y quieran lo que quieran.

Invitación de boda, de Annemarie Jacir

DE PADRES E HIJOS.

Si ha habido un director que ha explorado con más verosimilitud y profundidad las tensiones y conflictos que se generan entre padres e hijos, este no es otro que Yasujiro Ozu (1903-1963). El maestro japonés nos hablaba con sobriedad y genialidad de la tradición y la modernidad, del Japón milenario y el moderno, de las antiguas costumbres y la occidentalización del país, y todo ello, desde los diferentes puntos de vista entre padres e hijos. El nuevo trabajo de Annemarie Jacir (Belén, Palestina, 1974) está planteado entre ese encuentro, entre un padre y su hijo, un padre, Abu Shadi, de sesenta años, profesor y divorciado y un hijo, Shadi, arquitecto que vive en Roma, y la jornada que compartirán llevando a cabo la “Wajib” (deber social) una tradición palestina que consiste en que los varones de la familia deben entregar las invitaciones de boda en mano a familiares y amigos, ya que la hija de Abu Shadi se casa en un mes. El cine de Jacir está construido en base al conflicto palestino a través de sus relaciones humanas. En su primera película La sal de este mar (2008) que fue la primera película dirigida por una mujer en Palestina, se centraba en las vicisitudes de dos amigos palestinos, uno que se queda y el otro, que desea huir, o Al verte (2012) en la que relataba las penurias de unos refugiados palestinos en la Jordania de 1967.

Wajib le sirve de excusa para hablarnos del conflicto palestino desde dos perspectivas muy diferentes, la del padre que tiene que relacionarse con los judíos y la del hijo que emigró y ahora su mirada es otra, una mirada desde fuera. Jacir nos sitúa en Nazaret, y nos sumerge en una road movie urbana, llevándonos en el interior de un automóvil que viaja por un sinfín de calles y barrios estrechos y ruidosos, donde de manera metódica y paciente, padre e hijo, irán entrando en las casas y apartamentos y dejando las invitaciones, escuchando las diferentes ideas y pensamientos, no sólo sobre el conflicto palestino, sino también, de las costumbres y tradiciones enfrentadas a la modernidad de los más jóvenes. Una misma premisa compartida con El sabor de las cerezas (1997) de Kiarostami, donde un suicida viajaba en coche por el interior de Irán en la búsqueda de alguien que le ayudase a cumplir con su objetivo,  para retratarnos las diferentes realidades y posiciones del Irán de aquel momento.

La directora palestina realiza un trabajo parecido, siguiendo el marco del maestro iraní, nos introduce en la realidad palestina, en las diferentes formas de observar el conflicto, desde la perspectiva de un padre que jamás ha salido de su tierra y tiene que relacionarse con los judíos diariamente, incluso con aquellos que colaboran como delatores con el gobierno israelí, situaciones que le llevan a discutir con el hijo, una persona que decidió salir de esa opresión en la que vivía y huir hacia otros lugares más tranquilos y observar su tierra desde la distancia para verla con otros ojos. La jornada transcurrirá entre idas y venidas, entre momentos más íntimos con otros en los que las tensiones salen a la superficie y las diferentes posiciones tanto a nivel social como político, enfrentan a padre e hijo, en una cinta que pone el dedo en la llaga no sólo de la situación actual de Palestina, sino de tantos años de historia donde opresor y oprimidos han tenido que convivir generando multitud de problemas y tragedias.

Jacir construye un dispositivo sencillo y directo, en el que aborda desde muchos puntos de vista, los problemas sociales, económicos y políticos en el contexto de las gentes corrientes, de aquellos que lo sufren diariamente, en los que en algunos instantes la película se mueve casi por el terreno documental, en el que vemos las formas de vida y costumbres de los palestinos de a pie, y en otras, el relato se mueve en los aspectos políticos más complejos en los que parece que entre padre e hijo va a estallar aquello que tanto tiempo han guardado y nunca lo han enfrentado al otro. La directora palestina mira a su pueblo y a sus gentes de forma honesta, sin juzgarla, mostrando todas las ideas y posiciones políticas enfrentadas, entre las viejas costumbres representadas en los más mayores que desean perpetuarlas, aunque sea a su manera, o los más jóvenes que se niegan a seguir en esa tierra invadida, masacrada y olvidada, en la que es imposible vivir o al menos, tener una vida digna.

Dos intérpretes en estado de gracia, que se muestran convincentes en sus composiciones, y dirimen este enfrentamiento entre padre e hijo, entre la Palestina  tradicional con la más moderna, entre aquella que se ha acostumbrado a perder, con esa otra que se niega a rendirse, unos personajes bien construidos y especiales, entre los que destaca la figura de Mohammad Bakri, uno de los actores árabes más prestigiosos, que tiene una filmografía excelsa con directores renombrados como Cosa-Gavras o Amos Gitai, bien acompañado por Saleh Bakri, su hijo en la vida real, conformando una pareja de padre e hijo, que describe con acierto y verosimilitud muchos de los problemas a los que se enfrentan las familias en la Palestina actual, con sus posicionas antagónicas, que deben lidiar en su cotidianidad, y sobrellevarlo como puedan en una sociedad difícil, llena de problemas y con momentos de gran tensión, que explica lo más inmediato, como aquello pasado, donde se habla de todos los males que ocurrieron, y no olvida a aquellos que ya no están.


<p><a href=”https://vimeo.com/261092113″>Trailer INVITACI&Oacute;N DE BODA (WAJIB)</a> from <a href=”https://vimeo.com/festivalfilms”>FESTIVAL FILMS</a> on <a href=”https://vimeo.com”>Vimeo</a&gt;.</p>

El tesoro, de Corneliu Porumboiu

eltesoro_cartel_70x100-21SUEÑOS ENTERRADOS EN UNA CAJA DE METAL.

A principios del siglo XXI, un nutrido grupo de cineastas rumanos como los Cristian Mungiu, Radu Muntean, Cristi Puiu, Calin Peter Netzer y el propio Corneliu Porumboiu, entre otros, renovaron la cinematografía rumana con una mirada que profundizaba sobre su memoria más reciente, centrada en los últimos años de la dictadura comunista de Ceaucescu, su caída, y los posteriores años que trajeron la ansiada libertad, que trajo más sombras que claros. Un cine formalmente cuidado, minimalista, seco, sin concesiones, comprometido socialmente y a nivel político, y que goza de éxito fuera de sus fronteras, con grandes premios en festivales internacionales de prestigio. Un cine de fuerte arraigo social que explora los condicionamientos morales de una población muy machacada que, comenzaba a ir hacia adelante, aunque muy lentamente, después de muchos años en la más terribles de las oscuridades.

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Porumboiu (Vaslui, Rumanía, 1975) es una de sus figuras más exponentes de este nueva remesa de autores con títulos como 12:08 Al este de Bucarest (2006), centrada en dos personajes que recordaban los años de la revolución, en Politist, adjectiv (2009), planteaba un conflicto moral de un policía que se negaba a detener a un joven por ofrecer droga, y en When evening falls on Bucarest of Metabolism (2013), seguía la difícil situación de un director de cine en pleno rodaje y la filmación de una secuencia, en The second game (2014) rescataba, junto a su padre, la memoria y los recuerdos personales a través de un partido de fútbol de 1988. En este nuevo trabajo, Porumboiu, que filma en digital por primera vez, se adentra en un relato extremadamente sencillo, en el que Costi, de vida convencional y algo gris, junto a su mujer e hijo, un hijo al que le cuenta cada noche la historia de Robin Hood, recibe una propuesta insólita de su vecino, Adrian (que pasa apuros económicos graves por culpa de su hipoteca) que consiste en viajar a su pueblo familiar y allí buscar un tesoro escondido en el jardín que enterró su bisabuelo cuando entraron los comunistas, pese a las reticencias iníciales de Costi,  finalmente accederá a la misión.

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Porumboiu centra casi toda su película durante la noche en el jardín, cuando los tres hombres (al que se suma un especialista en detectar metales) emprenden la búsqueda ansiada del tesoro, que ayudará a uno a pagar sus deudas, y a Costi a demostrar a su hijo que él también puede ser un héroe que reparta dinero entre los pobres como Robin Hood. El cineasta rumano va dilatando el tiempo de forma ejemplar, lo que al inicio parecía una empresa fácil, se va complicando ya que el agujero cada vez es más profundo y no hay rastro del tesoro. Además, si en un primer tramo, la narración se basa en primeros planos y su contracampo, cuando aterrizan en el jardín, la cámara se abre, y la forma se abraza a los planos generales y el punto de vista de Costi, que es el personaje que nos guía por la película. Poromboiu sigue preocupado por cuestiones como la historia, en que la casa, y la historia que encierra, le sirven como excusa para hablarnos de  más de siglo y medio de memoria rumana, porque se remonta hasta la revolución de 1848, y de ahí en adelante, la segunda guerra mundial con los nazis ocupando la casa, luego, con la llegada de los comunistas que la convirtieron en un jardín de infancia, y más tarde, con la caída de Ceaucescu, que fue un local de striptease, para finalmente volver a propiedad de la familia de Adrian. El tono minimalista, y la luz tenue, presidida por ese foco que deslumbra, en la que nos convoca a una historia sobre la memoria, en que el presente, difícil y triste, dominado por las penurias económicas, sirve como telón de fondo para investigar un pasado convulso que quizás ayude a impulsar en las dificultades actuales.

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Los personajes de Porumboiu se mueven por sus intereses y bajos instintos, la caza del tesoro está por encima de todo, la ansiada libertad en forma de democracia, no ha ayudado a vivir mejor, a tener una vida más digna, y entonces, les ha llevado a moverse como hienas en busca de una ilusión en forma de tesoro que acabe con sus dificultades. La tensión dramática de la película va in crescendo, pero de forma sutil, las horas de la noche van cayendo encima de cada uno de los personajes, y su paciencia se va resquebrajando, las discusiones y hostilidades entre los distintos personajes provocan esos silencios incómodos y el malestar por el trabajo de cavar y desesperarse por no encontrar nada de lo prometido. Poromboiu se centra en una trama de individualismos en las que juega con los espectadores en una especie de thriller social y costumbrista, con toques de comedia del absurdo, y vuelve a plantearnos una fábula donde ahonda en el conflicto moral, como en sus anteriores películas, que no sólo recuerda a grandes clásicos como El tesoro de Sierra Madre, del genial Huston, sino que ofrece una radiografía oportuna y crítica de la Rumanía actual, en la que todo lo soñado ha quedado reducido a unos cuantos bienes materiales carísimos en los que la vida ha quedado relegada, como lo muestra el elocuente y revelador cierre de la película.

Mi “perfecta” hermana, de Sanna Lenken

min_lilla_syster_my_skinny_sister-701289940-largeLAS MISERIAS DEL ÉXITO.

“En el mar del amor. Nadaré hasta ti. Eres tan hermosa y estás en mi corazón para siempre”

Stella tiene 11 años, no muy agraciada, y saca buenas notas. Pero ella adora a su hermana mayor, Katja, que es guapa y una excelente patinadora, y sus padres están encantados. Stella la imita, hace patinaje artístico, pero no está muy dotada para ello, e intenta llamar su atención. Un día, Stella se da cuenta de un terrible secreto que esconde Katja, y la relación entre ambas dará un vuelco inesperado. La puesta de largo de Sanna Lenken (1978, Gotemburgo, Suecia), con experiencia un par de temporadas con la serie juvenil Double life, y trabajos que le han llevado por festivales de todo el mundo.

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Su película se centra en la mirada de una niña de 11 años, en el tránsito de dejar la infancia y entrar en la adolescencia, con todos los cambios que conlleva, y la relación que tiene con su hermana, una relación de amor-odio, y sobre todo, de una idea falsa de cómo tienen que ser los adolescentes hoy en día. Una idea basada en el éxito y la perfección, elementos que nos pueden llevar a los lugares más oscuros y siniestros.Lenken cuenta su película con extrema delicadeza y sensibilidad, el conflicto va apareciendo de un modo sencillo, sin aspavientos ni grandes complejidades, de una forma cotidiana, un problema que va afectando a las dos hermanas y luego, invade de lleno el núcleo familiar. Una película compleja, que se sumerge en el oscuro mundo de las emociones, que explora el difícil mundo de la adolescencia, con todas sus contradicciones y anhelos, centrándose en los problemas de trastorno alimentario, que cada vez atacan sin piedad a los jóvenes que quieren ser las personas que se espera de ellos, y se olvidan, de quiénes son realmente. Dejan de lado sus sueños e ilusiones, para convertirse en seres obsesionados con el estudio o el deporte para ser los mejores, para llegar a más, subir más alto, para finalmente, no encontrar la satisfacción esperada.

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La cineasta sueca filma a sus criaturas optando por la cercanía, en los que podemos seguir sus respiraciones, alegrías o angustias, cierra sus planos, acotando el espacio cinematográfico para no perder detalle de lo que se nos cuenta, en la que el primer plano de los personajes se convierte en protagonista de la acción, invadiendo nuestra mirada. El excelente trabajo de todos los intérpretes, mención especial tienen las dos jóvenes protagonistas que componen a las dos hermanas, Rebecka Josephson y Amy Deasismont (escogidas después de un arduo casting que se alargó un año), que dotan de una gran humanidad y credibilidad a sus personajes. Una cinta que recoge el espíritu de la novela El retrato de Dorian Grey, de Wilde y también, cierto aroma a ¿Qué fue de Baby Jane?, en la que también hay cabida para el humor, que nos habla de secretos, de manipulación y vergüenza, del miedo que sentimos por no llegar a ser quién se espera de nosotros, y en ese mundo oscuro y terrible el que nos adentramos, para seguir siendo esa persona extraña en la que nos estamos convirtiendo, encerrándonos en nosotros y perdiendo la verdadera razón que nos empujó a disfrutar con lo que hacíamos. Una sociedad deshumanizada y perversa que nos obliga a siempre tener éxito y crecer cada día más, sin importar verdaderamente las circunstancias, siempre hacía arriba, olvidándonos de que queremos en realidad y sobre todo, de quiénes somos, de nuestra verdadera identidad y nuestros sueños.

Entrevista a Clara Roquet

Entrevista a Clara Roquet, directora de “El adiós”. El encuentro tuvo lugar el viernes 8 de enero de 2016, en el Parc de la Ciutadella de Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Clara Roquet, por su tiempo, generosidad y cariño, a la gente de Lastor Media, por su paciencia, amabilidad y simpatía, y a una joven desconocida que tuvo el detalle de tomar la fotografía que ilustra esta publicación.