Voy a pasármelo mejor, de Ana de Alva

LOS PITUS YA SON ADOLESCENTES. 

“La adolescencia es el momento de la vida en que los jóvenes dejan de creer en cuentos de hadas y comienzan a creer en el amor”. 

Anónimo 

Hace tres años vimos Voy a pasármelo bien, de David Serrano (Madrid, 1975), imaginativo, interesante y divertido musical con canciones de Hombres G, en la que contaban el último curso escolar de “Los Pitus”, en el Valladolid de 1989, con sus primeros amores, el acoso escolar y los tiempos donde reinaban la inocencia, la amistad con la oscuridad y demás. La gracia consistía en contar también partes de la edad adulta de los personajes principales, los David y Layla, y ese amor no resuelto. Tres años después… En Voy a pasármelo mejor vuelven “Los Pitus”, ya adolescentes, y hemos pasado de Valladolid a un campamento de verano, guiño a las películas estadounidenses a las que les debe mucho, por ejemplo, aquella maravilla de Cuenta conmigo (1986), de Rob Reiner. Estamos en 1992, si, ¡Vaya año!. Los David, Luis y Paco, a los que se añadió El Cabra, y por supuesto, el comodín que nadie quiere, Marotooo, y seremos testigos de esos cambios hormonales donde la existencia va transformándose en los primeros sentimientos fuertes o al menos así se creen en ese eterno capítulo no acabado que se llama adolescencia. 

El guion lo vuelven a firmar el dúo de la primera, Luz Cipriota y el mencionado David Serrano que ha cedido el testigo de la dirección a una conocida suya, Ana de Alva, una malagueña de 23 años, que la tuvo como actriz en el musical Grease, y además de la interpretación ha dirigido un par de cortos y estudiado en la Ecam. El amor de David y Leyla de la primera ha dejado paso a tres historias: el amor a distancia de los susodichos, porque recuerden que la joven marchó a México, el primer amor de Paco que se siente atraído por Tormo, y el de Luis, que se siente mayor con una de las monitoras que está embarazada. Les ayuda El Cabra, que ya tiene carnet de conducir, y Maroto anda por ahí, ayudando o incordiando, nunca se sabe. Vuelve a ser una comedia musical, donde hay canciones y bailes, ahora con grandes temazos de la época: “Lucha de gigantes”, de Nacha Pop, ya verán qué momentazo, o ese otro del “Amante…”, de Bosé, o el tema más popular de Seguridad Social, los de mi edad ya saben cuál es, o el de Chimo Bayo, sí, ese, y uno de Duncan Dhu, que mejor no desvelar para no estropear el pedazo de momento que se marca la película.

La película ha optado por un equipo técnico joven al que se le ha dado estupendas oportunidades como el cinematógrafo Joan Bordera, que estuvo al frente de La inocencia (2019), de Lucía Alemany, y las tres últimas películas de la directora María Ripoll, en un trabajo donde prima la intimidad y el cuadro visualmente poderoso para acercar las vidas agitadas de los protagonistas. La música de Alejandro Serrano, que ya estuvo con Serrano en Una hora más en Canarias (2010), maneja con inteligencia los intervalos de las canciones citadas y lo hace sin enmarcar demasiado y agilizando la trama. El montaje lo firma Miguel Ariza, con experiencia como cineasta con sus cortometrajes que, en sus 110 minutos de metraje, le da vida, concisión y entretenimiento, sin decaer en ningún instante. Cabe destacar el trabajo de ambientación de la película que, como sucedía con Voy a pasármelo bien, no existen elementos impostados o distorsionantes, sino una mirada cercana y natural a una época, la de finales de los ochenta y principios de los noventa, donde prevalece la transparencia en unos espacios que ayudan a crear esa idea de lo romántico y real que transita por toda la historia. 

Otro de los grandes elementos que funcionan a las mil maravillas en la película es su reparto, que repite tres años después, donde destaca una naturalidad desbordantes, y unas interpretaciones que muestran el coraje y la vulnerabilidad de unos personajes que podríamos ser nosotros, los que vivimos ese tiempo, devolviéndonos a la adolescencia. Un tiempo para vivir, para soñar, pero también, para saber quiénes somos. Un elenco encabezado por Izan Fernández dando vida al enamorado David, las gracias y el peculiar lenguaje de Luis con sus “efectiviguonder” y “yesveriwellfandando”, etc… al que interpreta un “salao” rodrigo Gibaja, el intelectual y reservado Paco lo hace Rodrigo Díaz, y la madura y rebelde Layal es Renata Hermida Richards, el cortito y cercano “El Cabra” es Michel Herráiz, Diego Montejo es Tormo, en un rol muy diferente que en la primera entrega, y javier García es Maroto, un “amigo”, quizás, no sabemos, jeje. Con la presencia de Alba Planas como monitora, una excelente actriz que nos impresionó en la reciente La virgen roja, de Paula Ortíz. No podemos olvidar a Raúl Arévalo y Karla Souza que son los David y Leyla de adultos y aquí reservan su “momento”.

La gran virtud de una película como Voy a pasármelo mejor no es copiar a las películas de adolescentes estadounidenses, sino a través de su herencia, coger todo aquello que las hace diferentes, como su esencia, su aroma y su vitalidad, y trasladarla a la idiosincrasia de España, sin caer en los tópicos ni en todo aquello que hacemos para los otros, sino rastrear nuestra forma de ser y actuar, rescatando aquel tiempo, un espacio donde todavía se podía soñar de otra manera, sin móviles, sin tanta tecnología y volviendo a lo humano, ahora envuelto y sometido a la nueva virguería del mercado. La juventud de Ana de Alva ha aportado frescura y sabiduría a una trama que sabe plantar la cámara y contarnos una aventura, pero también, la complejidad de la adolescencia, esos primeros amores donde se descubre la idea que nos vamos a hacer del amor, donde nos creemos adultos aunque no lo desamor, y donde las cosas parece que van muy deprisa y en el fondo, somos nosotros que nuestra impaciencia nos hace perdernos el tiempo y la paciencia que conlleva vivir y experimentar las situaciones emocionales que se producen en nuestro interior y no sabemos interpretarlas ni mucho menos disfrutarlas. No me enrollo más. Les dejo con “Los Pitus” y sus cosas. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Diamante en bruto, de Agathe Riedinger

LIANE NECESITA SER AMADA. 

“La búsqueda de la aprobación se convierte en una zona errónea sólo cuando se convierte en una necesidad en vez de un deseo”. 

Wayne D. Dyer 

Aunque pudiera parecer lo contrario, la obsesión por ser alguien, por salir del arrabal, por dejar el pasado y convertirse en una persona diferente. Un individuo que adquiera notoriedad y sobre todo, alguien que sea válido, aceptado y amado, no es algo de los tiempos actuales, sino que siempre ha existido. La joven Liane de 19 años vive en Fréjus, en el sur de Francia, con pasado complicado en un hogar de acogida, ahora comparte piso con su madre y hermana pequeña, y vive por y para su belleza, obsesionada con su cuerpo y sus arreglos estéticos, mata su tiempo subiendo fotos en sus redes sociales, y buscándose la vida sacando dinero de aquí y allá, y con sus amigas, bailando, comprando ropa y complementos, y soñando con ser alguien, en su caso, ser una de las integrantes del telereality de moda. Un personaje que ya tuvo su cortometraje Esperando a Júpiter (2017), en que la directora francesa Agathe Riedinger ya exploró la obsesión en la adolescencia por la fama y la belleza y huir de una realidad dura y muy oscura.   

La ópera prima de Riedinger opta por un formato cuadrado que acerque la vida agitada de la citada Liane, con ese impresionante prólogo en que la joven baila alrededor de un poste en mitad de la noche, imaginando otra vida y otro lugar. La omnipresente protagonista nos va guiando a través de un espacio periférico, donde todo queda muy lejos, como evidencian esos largos paseos junto a las autovías que encajonan su casa. Diamante en bruto (en el original, “Diamant Brut”), no se encoge en mostrar una existencia donde mandan la tiranía y los cánones de belleza establecidos, en una atroz dictadura donde vales según tu apariencia tan rígida a una estética sujeta a los designios de la moda y la publicidad de turno, donde todo es construirse un cuerpo a medida de lo que demanda el espectáculo o más bien, la fama efímera, en el que acompañamos a una joven que sólo vive para mejorar su cuerpo, ser aceptada por los followers y tener sus cinco minutos de fama que mencionaba Warhol, correr a toda prisa por esa validación que llene algo de su vacío existencial, de una vida a golpes, tan falta de amor y cariño, y por ende, de algo profundo y de verdad. Liane vive en su propio reality donde la mugre se decora con purpurina, vestidos destellantes y noches de baile en la tarima creyéndose la reina del lugar o más bien del polígono sin futuro alejado de todo y todos.  

El aspecto técnico de la película brilla con gran intensidad porque aborda con dureza y sensibilidad cada aspecto de la vida de la protagonista. La cinematografía de Noé Bach, de la que conocemos su trabajo en Los amores de Anaïs, Animalia o la última de Desplechin, con una cámara que es una extensión más de Liane, que la sigue sin descanso, y no la juzga, sólo la observa sin prejuicios ni nada que se le parezca. La música de Audrey Ismaël, conocida por sus películas con la cineasta Vanessa Filho, consigue una composición detallista y nada complaciente, que respira junto a la gran cantidad de temas reguetoneros que animan la vida, la alegría efímera y la tristeza de la joven. El montaje de Lila Desiles, responsable de cintas como Un escándalo de estado y Mars Express que, en sus intensos 103 minutos de metraje, nos llevan por una alucinada montaña rusa llena de altibajos, tropiezos, euforia, lágrimas, inquietud, soledad y sobre todo, una maraña enrevesada de emociones en este cuento de hadas, que tendría pinceladas de La cenicienta, popular por la versión de los hermanos Grimm, en la piel, el cuerpo y sobre todo, la mirada de Liane, esclava de su cuerpo y atrapada en una realidad que quiere embellecer como los brillos y destellos que inventa para decorar su ropa y así sentirse otra. 

Si la película vuela alto es gracias a la brillante interpretación de Malou Khebizi, premiada como la mejor actriz revelación de los César, y no es para menos, porque su Liane es una apisonadora en todos los sentidos, en la que nos regala una composición inolvidable en el que se abre en canal, tanto física como emocionalmente, en el caleidoscópico de matices y detalles por los que pasa en este viaje al alma, a los sueños, a las pesadillas y la esclavitud en la que se atrapan tantas jóvenes por salir del atolladero y ser alguien y sobre todo, ser amadas. Le acompañan otra composición de altura como la de Idir Azougli que hace de Dino, otra alma perdida, azotada y en busca de paz, y el ramillete de amigas y demás personajes como Kilia Fernane, Ashley Romano, Alexandra Noisier, y la madre que es Andrea Bescond, entre otros. No deberían dejar escapar Diamante en bruto, de la directora Agathe Riedinger, porque habla mucho de la sociedad tan superficial, vacía y estúpida en la que vivimos diariamente, y aún más, no tiene visos de mejoría, sino de que aún vayamos más a la deriva, más perdidos y con esa obsesión de ser alguien a través de la validación de los demás/seguidores, también ávidos de aceptación en una locura constante en este muestrario absurdo de aparentar con ser otro/a, y encontrar fuera lo que no somos capaces de resolver en el interior de nuestras desoladas almas. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

La acusación, de Teddy Lussi-Modeste

EL PROFESOR DENUNCIADO POR ACOSO A UNA ALUMNA.  

“Mi película es un grito, y si hay un grito, es porque hay esperanza. Porque un grito está hecho para ser escuchado. La sociedad, para ser sociedad, necesita más que nunca que se lleve a cabo está transmisión entre profesores y alumnos”. 

Teddy Lussi-Modeste 

Hace algún tiempo hablando con un amigo profesor, me comentaba la dificultad de ejercer su profesión actualmente. Explicaba que, más que ejercer de docente con sus alumnos, éstos, con el beneplácito de la institución y de sus padres, iban imponiendo una forma de educación muy alejada de la labor de un profesor. La situación que plantea la película La acusación (en el original, “Pas de Vagues”, traducido como “Sin generar conflictos”), me ha refrescado las reflexiones sobre su trabajo de mi amigo profesor, ya que trata sobre una alumna que, completamente equivocada y presionada por sus compañeros, acusa de acoso a un joven e idealista profesor Julien. A partir de ese instante, la cosa se irá tornando cada vez más oscura, y el profesor se sentirá muy sólo, con un instituto sin herramientas para resolver el conflicto, y dejando al espacio, un entorno de por sí complicado al tratarse de un barrio de los suburbios, en que los alumnos irán en contra del citado docente. 

El director Teddy Lussi-Modeste (Grenoble, Francia, 1978), tiene dos películas como director: Jimmy Rivière (2011), y El precio del éxito (2017), sobre un gitano que rompe con su pasado, y un joven de barrio obrero que le llega el éxito. Amén de coescribir los guiones de Una chica fácil, de Rebecca Zlotowski y Jeanne du Barry, de Maïwenn. En su tercera película rescata un hecho real que vivió durante su etapa como profesor en un instituto de la periferia, en un guion que coescribe junto a Audrey Diwan, la excelente directora de El acontecimiento, en el que no sólo nos sitúa en el centro de la acción entre un profesor y sus alumnos, en un acercamiento muy natural y magnífico, como hacían en Entre les murs (2008), de Laurent Cantet, en el que se trata de forma contundente y nada complaciente, la respuesta de la institución ante hechos que generan un gran conflicto en el centro. La película se posa en el rostro y el gesto de Julien, el profesor implicado, pero no por eso genera una trama superficial, ni mucho menos, porque añade otras miradas que construyen una historia muy compleja sobre la fragilidad que existe en la actualidad, donde se han construido espacios esenciales de respeto y dignidad, aunque, en muchas ocasiones, se derriban estos valores y se acusa sin pruebas y muy a la ligera. La película, muy inteligentemente, cuestiona los procesos y las inexistentes herramientas que existen ante casos de esta especie.

El director se arropa de un gran equipo técnico empezando por el cinematógrafo Hichame Alaouie, que tiene en su haber grandes nombres como los de Joachim Lafosse, Nabil Ayouch y François Ozon, en un encuadre asfixiante y rompedor, donde el instituto se convierte en una jaula para Julien, con pocos exteriores, y con el 35mm para crear esa textura que evidencia la intimidad en la que se desarrolla el relato. La implacable y sutil música de Jean-Benoît Dunckel, la mitad del gran dúo “Air”, al que recordamos por sus composiciones para Maria Antonieta, de Sofia Coppola, Verano del 85, del citado Ozon, y la reciente Esperando la noche, de Céline Rouzet. Unas melodías que no limitan a acompañar la soledad en la que se mueve el protagonista, sino que va introduciendo esos momentos de auténtica tensión y terror que va creando la película. El montaje de Guerric Catala, un autor con más de 30 títulos en su filmografía, entre los que destacan los cineastas Mélanie Laurent, Marion Vernoux y Emmanuel Courcol, entre otros. Su edición acoge los intensos y agobiantes 91 minutos de metraje, en un in crescendo, donde todo se torna cada vez más oscuro y tremendo.

No resultaba tarea fácil encontrar al actor que encarnará a Julien, y el director ha encontrado a un cercano y corporal François Civil, que hace poco nos convenció siendo el mismísimo D’Artagnan, amén de películas con Cédric Klapisch. Su Julien transmite todo ese entramado emocional que está viviendo y lo hace de una forma muy visceral y sin cortapisas, muy de verdad. Mencionamos a sus “alumnos/as” como Toscane Duquesne hace de Leslie, Mallory Wanecque, Bakary Kebe, y Shaïn Boumedine en un rol importante que mejor no desvelar, y los “otros”, sus colegas que hacen lo que pueden y algunos menos que eso ante la situación que se produce. En La acusación, de Teddy Lussi-Modeste nos hablan de un caso real que podría generarse en cualquier instituto, y seguramente, sucedería más o menos lo que ocurre en la película, porque ante casos de este tipo, se genera un ambiente incierto, en que la atmósfera se vuelve del revés, y donde la duda, primero y luego, la necesidad de culpabilidad vuelve a todos muy oscuros e indefensos frente a unos hechos de esa magnitud. Recordarán películas que se mueven por los mismos parámetros como Sala de profesores, de Ilker Çatak y Amal, de Jawad Rhalib, ambas de 2023, que nos explican que puede ocurrir cuando los protocolos existentes no ayudan y lo enredan todo aún más. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Diamanti, de Ferzan Özpetek

LA SARTORIA CANOVA ABRE SUS PUERTAS.  

“El cine nunca es arte. Es un trabajo de artesanía, de primer orden a veces, de segundo o tercero lo más”. 

Luchino Visconti 

Hubo un tiempo que el cine italiano, de la mano del gran Luchino Visconti (1906-1976), se convirtió en una de las cinematografías más importantes en el apartado de vestuario, porque de la mano del magnífico diseñador Pietro Tosi (1927-2019), erigió ese departamento en uno de los más sofisticados y elegantes, dotando a la ropa un significado muy especial, no visto hasta ese momento. Películas como El gatopardo (1963), La caída de los dioses (1969), Muerte en Venecia (1971) y Ludwig (1972), entre otras. Un cine y una época ya desaparecida. Un cine y una época que el director Ferzan Özpetek (Fenerbahçe, Turquía, 1959), que cuando empezó trabajando como ayudante de directores como Massimo Troisi conoció la sastrería donde trabajaba el citado Tosi. En Diamanti, su película número 14 mira aquel pasado y construye un gran homenaje a aquella sastrería, ahora llamada como “Sartoria Canova”, donde hacen los trajes para el cine. 

A partir de un guion de Elisa Casseri, Carlotta Corradi (que trabajó con Özpetek en a serie Los ángeles ignorantes), y el propio director, nos sitúan en la mencionada sastrería que capitanea la temperamental y recta Alberta, que aprendió el oficio en París al lado del gran Balenciaga, y la reservada y apocada Gabriella, que arrastra la pena de su hija fallecida. Con el fabuloso prólogo en que, el propio director turco nacionalizado italiano, convoca a sus actrices a una comida y les explica la película que estamos a punto de ver. Cine y realidad, o más bien, cine dentro del cine, donde el cine registra la vida o viceversa, quién sabe. En la sastrería conocemos al resto de empleadas, todas mujeres, con sus conflictos personales y secretos inconfesables. Estamos ante una película que evoca un tiempo y una forma de hacer cine ya desaparecida. La película convoca un tiempo pasado, o lo que es lo mismo, nos sitúa en una recreación o en sueño, en un año como el 1973, con los encargados de alguna película de Visconti. El relato va por dos caminos. En uno, nos envuelven en la magia del cine, en la dificultad de encontrar el traje que se acomode al personaje, y por ende, a la actriz. Por el otro, vamos conociendo la intimidad de las empleadas, en sus hogares, sus situaciones personales, algunas muy duras. 

Özpetek construye una película llena de detalles, en que se respira el aroma de las películas de época del mencionado Visconti, donde cada objeto y color estaba muy pensado. Una cuidadosa cinematografía que firma Gian Filippo Corticelli, con el que ha hecho 8 películas, en que la cámara se mueve de manera elegante por las diferentes habitaciones de la doble planta de la sastrería, en unos deslizantes planos secuencia donde prima el movimiento y la belleza de los colores del espacio. Muy trabajados los departamentos de arte de Silvia Colafranceschi y vestuario de Sefano Ciammitti, así como la música del dúo Giuliano Taviani y Carmelo Travia, que ya trabajaron en varias películas de los Taviani. El montaje de Pietro Morana, otro gran cómplice del director de Hamam, el baño turco, con el que ha trabajado cuatro cintas, en un gran trabajo nada sencillo ya que la película se va a los 135 minutos de metraje, pero en ningún instante se apaga su luminosidad y ajetreo, tanto en el interior de la sastrería, con sus problemas y tejemanejes, y en el exterior de la misma, donde cada una de las mujeres vive su realidad cómo puede, en una sociedad donde todavía las mujeres debían luchar el doble para ser reconocidas y sobre todo, lidiar con unos conflictos que no resultaban muy complejos. 

Si el cine del director de La ventana de enfrente destaca es por su gran trabajo con el elenco de sus películas. En Diamanti recluta para la causa a alguna de sus actrices cómplices como Luisa Ranieri como Alberta, la voz cantante con su peculiar oscuridad en París, ya lo verán. La fascinante Jasmine Trinca hace de Gabriella, una alma rota y ausente que lleva su pena como puede. Y las sastras: Geppi Cucciari, Nicole Griamudo, Loredana Cannata, MIlena Mancini, Anna Ferzetti, Lunetta Savino, Aurora Giovinazzo, y más, la nerviosa diseñadora Vanessa Scalera, la mamá Mara Venier Silvana, las “actrices” Kasia Smutniak y Carla Signoris, y algún que otro hombre, como el director Stefano Accorsi, y otros. Un plantel que interpreta con naturalidad que consigue transmitir toda esa comunidad femenina que, gracias a la compañía y la solidaridad, construyen una familia que aborda con valentía y coraje las vicisitudes y demás oscuridades que deben afrontar en la Italia setentera. La película tiene esa dosis de realidad, tan dura y compleja, aunque lo que transmite es esa luz mágica que tenía el cine de entonces, donde cada traje era una obra de arte muy especial e importante, donde cada detalle era fundamental, en que cada pliegue y cada costura tenía su razón de ser. Un lugar donde los sueños se materializan, donde el trabajo, la magia y la fantasía hacían su labor. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Breve historia de una familia, de Lin Jianjie

EL HIJO ÚNICO. 

“No es la carne y la sangre, sino el corazón lo que nos hace padres e hijos”. 

Friedrich Schiller

El género siempre ha resultado un vehículo eficiente para dar cabida a los problemas sociales, culturales, políticos y económicos de cualquier país. En Breve historia de una familia (en el original, Jia ting jian shi), ópera prima del director chino Lin Jianjie, nos envuelve en un relato casi doméstico, muy íntimo, si exceptuamos algunas secuencias exteriores, donde todo ocurre en las cuatro paredes del lujoso apartamento de la familia de clase media Wei. En ese espacio gélido, silencioso y elegante se introducirá la presencia de Shuo, el compañero de instituto de Wei. Un chaval que viene de un entorno problemático, huérfano de madre y con padre estricto y duro. La cosa parece ir bien, o al menos es lo que parece, porque la película se instala en un estado donde hay que leer entre líneas, ya que es más importante todo aquello invisible, lo que no sugieren unas imágenes muy bien construidas, apelando a la sobriedad y concisión. La historia es aparentemente sencilla, tiene esa vocación, aunque no se dejen llevar por sus sofisticados planos y encuadres, porque hay mucho más, oculto y al acecho en esta nueva deriva del extraño que llega al hogar aparentemente feliz y tranquilo como sucedía en la magnífica Teorema, de Pasolini. 

Estamos ante una película, tal y como anunciamos en este texto, que interpela directamente a la realidad contemporánea del gigante asiático, donde la política del hijo único ha dejado muchos traumas en la sociedad. Aquí se añade la clase social, la acomodada, esa clase media a la que pertenecen los Wei frente a esa clase más baja y deteriorada que viene Shuo. Un choque frontal y sin medias tintas, desde donde Jianjie estructura tu propuesta, y además, introduce un nuevo elemento fascinante como el thriller psicológico, si me permiten, a lo Chabrol y Haneke, donde la cotidianidad va dando pasitos cortos hacia algo mucho más oscuro, en que el interior acaba imponiéndose. Quizás esa posición alejada del énfasis convencional, puede asustar a algunos espectadores, más ávidos al trazo grueso donde se interpela a las emociones sin matices ni detalles, sino de forma directa. En Breve historia de una familia los cauces van por otros menesteres, cosa que hace peculiar y muy interesante la película, ya que logra construir una atmósfera absorbente y muy asfixiante donde cada mirada, cada detalle y cada gesto resultan muy importantes en las complejas relaciones que se van estableciendo entre los cuatro personajes en liza. 

Para lograr toda la fusión entre la realidad social china y el género encontramos a grandes profesionales como el cinematógrafo Zhang Jiahao que, como he adelantado, construye un magnífico espacio cinematográfico donde el apartamento de los Wei acaba resignificando las clases no sólo del país, sino de la propia familia, con esas habitaciones amplias y sin obstáculos que difieren con la maraña de emociones que anidan en el interior de cada individuo. La elegancia y sofisticación de la luz y los encuadres resultan esenciales para sumergirnos en esa cotidianidad que se va tornando muy oscura a medida que va avanzando la historia. La música del danés Toke Brorson Odin resulta ejemplar, llena de matices y detalles que ayudan a fabricar ese descosido que se va generando, en una composición sutil y nada explicativa, sino todo lo contrario. El montaje del también danés Per K. Kierkegaard, que tiene en su haber nombres tan importantes como los de Susanne Bier, Jannik Johansen y Ole Bornedal, entre otros. Los 99 minutos de metraje están construidos con un tempo reposado, sin prisas, acogiendo una atmósfera muy inquietante, donde el terror va capturando cada pequeña circunstancia, muy del cine polaco, ya saben: Polanski, Skolimowski, Zulawski, entre otros.

La cinta ha contado con un reparto muy experimentado empezando por los dos jóvenes Sun Xilun como el enigmático Shuo y Lin Muran como Wei, que llevan desde que eran niños entre platós de cine y televisión. Les acompañan Zu Feng, que da vida al padre, con dos décadas a sus espaldas que le ha llevado a trabajar con el gran Zhang Yimou, Wang Xiaoshuai y Lou Ye, y Guo Keyu como la madre, que empezó en la adolescencia como actriz, además de componer y cantar. Un plantel que mira mucho, calla más y va entretejiendo toda una telaraña de relaciones subterráneas donde lo oscuro va emergiendo de forma pausada, sin sobresaltos. Una película como Breve historia de una familia no debería verse como un thriller convencional esperando la catarsis, porque de esa forma el respetado público saldrá del cine muy desilusionado. Véanla sin esperar nada, como los grandes momentos que ocurren en la vida, totalmente inesperados, porque así la disfrutarán mucho más, convirtiéndose en una especie de detectives, y observen esta implacable disección sobre la familia y todo lo oscuro que se cierne sobre ellas, donde cada detalle, cada elemento y cada mirada dice infinitamente más que cualquier frase de diálogo, porque si nos paramos y miramos a nuestro alrededor, veremos que todo lo que ocurre, tiene su origen por algún motivo, aunque de buenas a primeras no sepamos verlo. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Adiós Buenos Aires, de Germán Kral

¿TODO ESTÁ PERDIDO?. 

“Uno tiene que pelear por lo que cree, aunque sea una causa perdida.”

La declaración de Atilio que lee Julio

La historia se remonta a noviembre de 2001 cuando la Argentina estaba atravesando una de las peores crisis económicas de su historia. En la ciudad de Buenos Aires resiste Julio, que heredó la tienda de zapatos en la que ya no entra nadie y acumula polvo y deudas. Su existencia se salva gracias a su grupo “Vecinos de Pompeya” con su bandoneón en el que tocan clásicos temas de tango en un boliche de cuarta cada vez más vacío, que hacen que la realidad no parezca tan dura o quizás, por un instante, la olvidan imaginando con tiempos diferentes, incluso, mejores. Debido al panorama desolador, Julio ha decidido exiliarse a Berlín y comenzar de cero. Su hija de 12 años no está muy feliz con la idea y, además, la cosa se revuelve con la aparición de Mariela, una taxista luchadora con la que tiene un accidente en un cruce. Cuando el destino parecía llevarlo fuera del país, la realidad le recordará que no resultará tan fácil dejar el país en la práctica, porque aunque el país se vaya a la mierda, quizás todavía se puede hacer alguna cosa por él, y por uno mismo. 

El director Germán Kral (Buenos Aires, Argentina, 1968), y emigrado en 1991 a Alemania. Desde 1993 ha trabajado con Wim Wenders en diversas ocasiones, amén de interesantes documentales como Imágenes de la ausencia (1998), sobre sus padres, y sobre música como Música cubana (2004), siguiendo la estela de Buena Vista Club Social, donde recupera a sus músicos, El último aplauso (2009), sobre el popular Bar El Chino donde se tocaba tango, y Un tango más (2015), sobre famosos bailarines de tango. Con Adiós Buenos Aires (en el original “Chau Buenos Aires”), deja el documental para instalarse en la ficción donde la música vuelve a estar muy presente y es el vehículo que da vida a unos personajes tristes, melancólicos y sin esperanza. Una película que no habla de rabia y resentimiento, sino de desilusión. Una desilusión que todavía sigue ahí, sin ir más abajo, gracias al tango, a aguantar el grupo aunque ya nadie vaya a verlos, y donde no generan dinero, sólo unas cuántas empanadas. A pesar de eso y de todo, siguen ahí, como el letrero luminoso del local, que va perdiendo la luz fluorescente lentamente, metáfora del sentimiento que anida en el interior de los personajes, y por ende, de un país en plena catástrofe.  

Estamos ante un buen guion que se mueve entre la tragicomedia, entre el Neorrealismo italiano y la Comedia pícara, que firman el propio director junto a Stephan Puchner, que ya trabajó con el director en Música cubana, y el gran Fernando Castets, conocidísimo por sus grandes películas con Juan José Campanella, El mismo amor, la misma lluvia (1999), El hijo de la novia (2001) y Luna de Avellaneda (2004), y otras con Gerardo Herrero y Emilio Aragón, y una serie con Daniel Burmann. La excelente música de Gerd Bauman, que hizo con Kral Imágenes de la ausencia y Un tango más, y su trabajo con el director alemán Marcus H. Rosenmüller, donde consigue dar ese toque en el que se mezcla sensibilidad y dureza. Amén de grandes clásicos del tango como «Pasional»«Desencuentro»«Cambalache»«Honrar la vida». La cinematografía del dúo Daniel Ortega y Cristian Cottet, del que conocemos sus trabajos en La antena y la serie El reino vacío, de Marcelo Pinyeiro, que construye con mucha naturalidad una cinta donde hay realidad, algo de fantasía y sobre todo, mucha duda. El montaje de otro dúo teutón como Patricia Rommel, que tiene en su haber grandes películas junto a directores/as como Wolfgang Becker, Carolina Ling, Angelina Jolie y Florian Henckel von Donnersmarck, y Hansjörg WeiBbrich, con más de 60 títulos al lado de Schmid, Bille August, Schrader, von Trotta, Sokúrok y Serebrennikov. Un trabajo excepcional, detalle y preciso donde se fusiona todo y con suavidad en sus 93 minutos de metraje. 

La historia se mueve bien en todos los sentidos en buena parte por la excelencia del guion, la buena dirección de Kral y un gran plantel que da vida con sencillez y honestidad a unos personajes quijotescos que aguantan el tirón como pueden, unos mejor que otros, aportante una humanidad y dignidad donde el grupo y la comunidad son esenciales para sobrevivir. Tenemos a Julio en la piel de Diego Cremonisi, el bandoneonista, al que hemos visto en Invisible, Rojo, y films de Eduardo Pinto. Le acompañan Mariela que hace Marina Bellati, en cintas de Gustavo Taretto, Miguel Cohan, Juan Taratuto y Ana Katz, y los del grupo como los teclados de Carlos Portalupii, el bonachón adicto al juego en plena recuperación, Manuel Vicente, el violinista idealista en las causas perdidas, Rafael Spregelburd, el playboy y mecánico, todo un buscavidas, el veterano Mario Alarcón, con más de 4 décadas de carrera que da vida al gran cantante retirado Ricardo Tortorella, y otros como El Polaco que regenta el boliche que da vida David Masajnik, todo un experto en los fenómenos espaciales de tiempo y lugar. Tienen mucho del grupito de Rufufú, de Monicelli, pero con más tristeza, más melancolía y más argentinos. 

Una película como Adiós Buenos Aires no busca respuestas a tantas preguntas, sino en seguir de pie cuando toda tu vida y por cercanía, tú país se va hundiendo sin remedio. En esos momentos de apocalipsis de verdad, la película nos cuenta las diferentes actitudes de los personajes ante semejantes hechos que son capaces de terminar con la esperanza más férrea. Tampoco es una película que trate con condescendencia ni blanquee las situaciones a las que se enfrentan sus individuos, no va de eso. Si no que es al contrario, porque muestra un abanico muy distinto ante la avalancha de pobreza y escasez. Unos deciden quedarse y otros, como el protagonista Julio, marchar. Dos opciones diferentes pero igual de complejas. Además, añade la idea del grupo y la comunidad y el amor que se tienen y el  acompañamiento ante el desastre. La comunicación como vía esencial y vital para mantenerse a flote. Ayudarse como único camino cuando a tí te va mal. Una película a contracorriente de una sociedad cada vez más individualista, consumista y vacía. Este grupo se es algo es que todavía no ha perdido su dignidad como espetaba el personaje de Darín en aquel tremendo discurso que espetaba en la fantástica y mencionada Luna de Avellaneda, recuerden, no están sólos aunque les hagan creer el contrario. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Volver a ti, de Jeanette Nordahl

LA VULNERABILIDAD DEL AMOR. 

“La gente empieza viendo una cosa y acaba viendo la contraria. Empieza amando y acaba odiando, o sintiendo indiferencia y después adorando. Nunca logramos estar seguros de qué va a sernos vital ni de a quién vamos a dar importancia. Nuestras convicciones son pasajeras y endebles, hasta las que consideramos más fuertes. También nuestros pensamientos”. 

En “Los enamoramientos”, de Javier Marías

Una de las grandes “tragedias” de la existencia es la distancia tan abismal que, a veces, ocurre cuando los sentimientos resultan tan diferentes y alejados a las circunstancias en las que nos vemos sometidos. Momentos en que las ideas y planes establecidos se tambalean porque el azar, lo inesperado y lo incontrolable se impone de forma aplastante en nuestras insignificantes vidas, removiéndolo todo de tal manera que nos sitúa en una situación de fragilidad y extrema vulnerabilidad, en que la vida nos despierta de un sopapo y nos viene a explicar su verdadera significado. Esos “bombazos” emocionales sólo nos vienen a resituarnos en un lugar que no nos gusta y en realidad, es el esencial, porque en las crisis existencias es donde conocemos nuestra verdadera esencia como seres humanos. 

En Volver a ti (“Begyndelser”, en el original, traducido como “Principantes”), la segunda película de Jeanette Nordahl (Olstykke, Dinamarca, 1985), sitúa a sus protagonistas Ane y Thomas en una deriva muy real y también, muy incómoda. Ellos han decidido que sus vidas tomarán caminos separados, aunque todavía no han informado a sus dos hijas: Clara, adolescente y Marie, niña. La cosa se tuerce y mucho cuando un grave problema de salud de Ane obliga a no tocar nada y qué la cosa siga igual de forma fingida. Pero… “La vida te da sorpresas…” que cantaba Rubén Blades, y la cosa se tuerce aún mucho más, dejando a la “familia” en una situación aún más frágil, incómoda y compleja. La directora danesa que conocemos por sus series Cuando el polvo se asienta y Memorias de una escritora, y su primer largo Wildland (2020), que también hablaba de la familia, en ese caso, de una núcleo con apariencia normalidad que oculta una vida oscura y criminal. A partir de un guion escrito por Rasmus Birch, que tiene en su haber películas como Cuando despierta la bestia y Plan de salida, y la propia directora, el relato se instala en la vulnerabilidad de nuestros sentimientos y en cómo mutan las decisiones que creíamos firmes. 

Una cinematografía íntima y transparente, tremendamente cotidiana y cercana, que firma Shadi Chaaban, del que vimos La última reina, consigue introducirnos con suavidad y gran sensibilidad las sutilezas y detalles que llenan la historia, sin recurrir a ningún truco cinematográfico ni nada por el estilo. La música de un grande como Nathan Larson, con más 50 títulos en su filmografía, entre los que destacan sus trabajos con cineastas de la talla de Stephen Frears, Todd Solondz y Lukas Moodysson, construye con una cercanía que traspasa la pantalla un cine sobre la fragilidad humana, donde cada mirada y cada gesto presiden cada encuadre y plano. El montaje de Rasmus Gitz-Johansen, que ha trabajado con el reconocido Tomas Alfredson y series como Memorias de una escritora, donde coincidió con Nordahl, traza sin estridencias una sutil mirada sobre lo que somos, sobre las complejidades entre lo que decidimos y lo que deseamos, y las dificultades entre los sentimientos y la realidad que tenemos delante, a partir de unos personajes de verdad, que están trazados con cotidianidad, observando sus zonas amables, oscuras y otras, las que no podemos describir, en unos fascinantes 96 minutos de metraje. 

Una película que juega con lo que no se ve y la vulnerabilidad de la naturaleza humana, tan compleja y a la vez, tan llena de miedo, debía tener una pareja de intérpretes a la altura de unos personajes nada fáciles de componer. Tenemos a Trine Dyrholm, que también coproduce la cinta, una de las grandes actrices danes de las dos últimas décadas al lado de nombres como los de Vinterberg, Bier, Pernille Fischer Christensen, Scherfig y Annette K. Olesen. Su Ane es un gran reto que la actriz dignifica e interpreta con dignidad y verdad, con esos grandes momentos en la piscina y todos los demás, donde la mirada traspasa generando una vida alucinante. A su lado, otro actor inmenso como el sueco David Dencik como Thomas, con gran recorrido internacional y no es la primera que coincide con Dyrholm. Un personaje que defiende con gran exactitud y transmitiendo todos los innumerables matices. Las estupendas hijas que hacen Bjork Storm en la piel de Clara, la adolescente que será crucial en el devenir de la trama, y Luna Fuglsang Svelmoe como la pequeña Marie. Y Johanne Louise Schmidt que tiene el incómodo rol de Stine, la otra. La mujer en la sombra de la familia. 

Una de las cualidades que alberga una película como Volver a ti es su mirada nada complaciente a la condición humana, porque a modo de cirujano hábil va hurgando en las heridas de cada uno y extrayendo aquello que nos gustaría olvidar o simplemente, obviamos por miedo a enfrentarnos a esa parte de nosotros. La película en ese sentido es directa y va de frente, porque no es moralista, ni mucho menos, intentando encontrar inocentes ni culpables, aquí la cosa va de mostrar la fragilidad de nuestras emociones y lo fácil que nos resulta dejar de creer en aquello que creíamos firme y viceversa. También nos confirma como gran retratista de la oscuridad humana a la directora danesa Jeanette Nordahl, que sin caer en grandes historias y sobre todo, en piruetas argumentales ni mucho menos emocionales, consigue un relato de gran intensidad emocional sin caer en la sensiblería ni en nada que se le parezca, aquí hay mucha verdad, de la que nos hace vernos en los espejos que no queremos mirarnos, en los que devuelven reflejos incómodos, difíciles y que nos abofetean nuestras creencias, ideas, decisiones y sentimientos poniéndolas en un continuo cuestionamiento. Así somos, tan fuertes como frágiles. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

The Last Showgirl, de Gia Coppola

LA ESTRELLA APAGADA. 

“La vida es mucho más pequeña que los sueños”. 

Rosa Montero 

Han transcurrido 30 años desde Showgirls, de Paul Herhoven, en la que conocíamos a una joven Nomi Malone, interpretada por Elizabeth Berkley, que llegaba a Las Vegas con la intención de convertirse en una star como bailarina en uno de los casinos más importantes de la ciudad. En su experiencia encontrará más sombras que luces. En The Last Showgirl, de Gia Coppola (Los Ángeles, Estados Unidos, 1987) conocemos a Shelly Gardner, una cincuentona que bien podría ser el futuro de la citada joven Malone. Los años de esplendor y de las chicas favoritas de la ciudad han pasado a mejor vida, y el espectáculo, en horas bajas, anuncia que en unas pocas semanas cerrará sus puertas para convertirse en otro show muy diferente. No es una película nostálgica ni nada que se le parezca, porque el pasado es un recuerdo muy borroso, como algo de un tiempo que, a día de hoy, parece que nunca existió, o los pocos que quedan de aquella época, ya son demasiado mayores y apenas recuerdan algo, y los que sí, añoran más la juventud que fue y ya no es. 

El tercer largometraje de Gia, nieta del gran Francis Ford Coppola, después de Palo alto (2013) y Popular (2020), deja los conflictos de la juventud que poblaban sus dos primeras películas, para introducir un elemento diferente como el de una bailarina stripper que pasa de los cincuenta. A partir de un guion de Kate Gersten, que la conocemos por sus series Mozart in th Jungle, The Good Place y Up Here, entre otras en el que una mujer debe dejar una vida dedicada al mundo del espectáculo y reiniciarse en otra vida, en otra ocupación, además, de retornar a la relación con una hija que, debido a su empleo nocturno, tuvo que dar a otra familia. Muchas batallas son las que enfrenta Shelly Gardner, la más veterana del lugar, al igual que su inseparable amiga de miles de batallas como Annette, que ahora reparte sus encantos de camarera en un casino de juego. Las dos más que contarse batallitas, ahogan sus penas, pequeñas alegrías y algunas tristezas bebiendo, queriéndose y sobre todo, acompañándose que, en sus circunstancias, ya es mucho. Son dos vaqueros que tanto le gusta retratar al bueno de Peckinpah, barridos por los tiempos, o simplemente, que no se han podido adaptar a unos cambios y una modernidad que va demasiado deprisa, tan veloz que arrasa a aquellos que pertenecen a otro mundo, a otros mundos. 

La cinematografía que firma Autumn Durald Arkapaw, que empezó con el cortometraje Casino Moon (2012), de Gia Coppola, y ha seguido trabajando con ella en sus tres largos, hace un trabajo excepcional al que le ayuda el 35mm que da ese aspecto que consigue sumergirnos en una ciudad vacía, desierta y abandonada, donde las risas, la luz y el color se han trasladado a otras zonas, y los interiores, donde vemos cada detalle, cada matiz y cada arruga, sin caer nunca en la condescendencia ni en el efectismo, sino en contar una verdad, desde lo natural y la transparencia. La música de Richard Wyatt, del que hemos visto Barbie (2023), de Greta Gerwig, aporta una melodía que se adapta a la despedida y el reset que debe de hacer la protagonista, y todo de manera abrupta, sin tiempo ni concesiones. El gran trabajo de montaje firmado por la pareja Blair McClendon, que es el editor de Charlotte Wells, la directora de la magnética Aftersun (2022), y Cam McLaughlin, que ha trabajado con Lone Scherfig, Guillermo del Toro y el citado Coppola, construyen una película de 84 minutos de metraje, en el que todo se cuenta a partir de una sencillez en todos los sentidos, siguiendo la pericia de la protagonista que, no se deja llevar por la desesperación y empieza a levantarse con fuerza. 

Un reparto brillante en el que destaca la poderosa e íntima interpretación de Pamela Anderson, en su mejor papel hasta la fecha, en una gran recuperación como los vividos por Pam Grier en Jackie Brown (1997), de Tarantino, o el más reciente de Demi Moore en La substancia, en una película con la guarda algunas coincidencias. Anderson con sus 57 tacos, sale maquillada y al natural, luciendo arrugas y mucha naturalidad, muy alejada de aquel sex-symbol explotado hasta la saciedad a partir de su presencia en la serie noventera Baywatch. En un camino donde realidad y ficción se cruzan en que la maquinaria de Hollywood explota los cuerpos normativos donde la sexualidad está en venta, como sucede en la película de Gia Coppola. Le acompañan una soberbia Jamie Lee Curtis que hace de Annette, una mujer que se ríe de sí misma y de una ciudad convertida en una caricatura y puro esperpento. Dave Bautista es el encargado del show que desaparece, muy alejado de sus películas palomiteras y haciendo un personaje de carne y huesos. Y luego, actrices jóvenes como Kerman Shipka y Brenda Song, la antítesis de la Anderson, Billie Lourd como la hija reaparecida, y la breve pero interesante presencia del siempre peculiar Jason Schwartzman. 

Muchos espectadores pueden comentar que The Last Showgirl tiene caminos ya recorridos, sí, pero eso no debería suponer ningún agravio hacía la película, sino al contrario, podemos acercarnos a ella sin prejuicios ni convencionalismos que la hagan desmerecer antes de ser vista. Vayan sin ataduras ni ideas preconcebidas, porque la película que protagoniza una espectacular Pamela Anderson que, a pesar de todas las hostias, ha sabido reconducir su carrera y apostar por un cine tranquilo, independiente, y sobre todo, un cine que habla de la verdad de la condición humana, de todas las estrellas fugaces y apagadas que hay entre nosotros, de las que se quedan después que se van todos, las que siguen confiando en su talento, las que se esfuerzan cada día para seguir soñando, aunque todo y todos le digan lo contrario o peor, lo equivocada que está. Gia Coppola ha hecho un retrato de tantos fantasmas y espectros que siguen deambulando por los espacios ya vacíos y sucios de las grandes ciudades, anteriormente escaparates donde todo estaba en venta: los cuerpos de las mujeres y su sexualización, y ahora, lo que queda de todo eso, quizás es la mirada de verdad de alguien como Shelly Gardner, sin maquillaje, sin brillantes, sin plumas, sin focos, con sólo un rostro reflejado en un espejo. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA 

Los bárbaros, de Martín Guerra y Javier Barbero

JÓVENES SIN NADA QUE HACER.  

“Tal vez aprender a ser joven pueda llevarnos toda una vida. Pero, de esto se trata, ¿no? Vivir sin miedo, celebrar el presente, ganarle el pulso a la muerte”.

Martín Guerra y Javier Barbero

En los primeros instantes de Los lunes al sol (2002), de Fernando León de Aranoa, vemos a sus protagonistas Santa, José y Lino, los tres amigos sin trabajo, miran a su alrededor o lo que queda de él, se miran entre ellos, y preguntan por el día qué es. Es otro lunes más o menos. Es otro día. Es otro instante, en compañía, atrapados por una desidia de desesperanza, tristeza y sobre todo, de quedarse así, sin hacer nada. Los tres jóvenes protagonistas de Los bárbaros, de Martín Guerra (Perú, 1979), y Javier Barbero (España, 1980), les sucede algo parecido, se han quedado sin trabajo, y por ende, sin esperanza, sin nada y sin futuro, y pasan el rato en un edificio a medio construir que ha quedado detenido, al igual que sus existencias. Las dos películas, separadas por más de dos décadas, se mueven por los mismos no lugares, sumergidos en unos rostros, también separados por los años, pero parecidos, tan parecidos que parece que la estupidez de la economía del país no tiene fin. 

Guerra ha pasado por el teatro, la fotografía y la música, y Barbero por los departamentos de cámara de cinematógrafos como Diego Dussuel y Mauro Herce, y se encargó de la luz en Apuntes para una película de atracos (2018) León Siminiani, y ambos dirigieron Los invencibles (2014), un cortometraje sobre una familia que descubrirá junto a un lago algo inesperado. Con Los bárbaros se adentran en el espíritu que recorría 25 Watts (2001), de Pablo Stoll y Juan Pablo Rebella, en el que tres jóvenes estaban ahí sentados, miran de aquí para allá, sin nada que hacer, y casi esperando algo que nunca llega, contemplando un mundo que no pillan y que tampoco los pilla a ellos, y absortos en una indiferencia que los hace invisibles. Los protagonistas “bárbaros” son Marcos, que vigila una obra mastodóntica que cuando deja de seguir, él se queda allí sin nada mejor que hacer, y compartiendo el esqueleto de estructuras metálicas con dos más, Celine, una inmigrante polaca que es su novia, tan perdida, tan apática y tan sin nada cómo él, y  Marco, un inmigrante peruano que salta entre las nadas, que tiene una novia sí o no, y hace trabajillos sin más futuro que el día de cada día, y finalmente. Tres almas en pena en mitad de una crisis inmobiliaria, la del 2008, que los ha dejado náufragos de todo. 

La detallista y concisa cinematografía de José Luis Solomón ayuda a encontrar esa luz etérea que tanto ayuda a rastrear las emociones de este trío, que habla muy poco, y mira mucho, a ellos y a lo que tienen delante. Un montón de estructuras que no sirven para nada, tan vacías y tan paradas como ellos. De Solomón conocemos sus cortos y documentales, entre los que destaca el reciente Mi hermano Alí, de Paula Palacios. Tenemos que destacar el grandioso trabajo de Cristóbal Fernández, habitual de Oliver Laxe, que aquí firma la música, unas composiciones que construyen toda esa aura entre cotidiana, inquietante y soledad que transita por toda la película, donde resulta tan importante ante la falta de información de estas tres almas, que viven en un presente continuo, sin más, un día más o menos. Los 102 minutos de metraje están muy bien contados y elaborados en la edición del citado Fernández, porque no se cuenta de más ni de menos, captando la desidia que los ha dejado varados en esta especie de isla de periferia y cemento, con ese aire frío que silva en un invierno más o menos, metidos en esa casucha-caravana de andar por casa, alrededor del fuego, como si fuesen unos nómadas esperando o no mejor suerte para la siguiente temporada si es que habrá. 

Un buen reparto entre los que destaca el gran Àlex Monner, en un personaje que le va como anillo al dedo, ya que desde su forma de mirar, qué bien mira este actor, con la mirada triste y esos andares como desandando sus pasos, inspeccionando lugares como una especie de zombie. Le acompañan Job Mansilla como Marco, en un rol de buscavidas muy alejado de su trabajo como humorista popular que ha aparecido en películas de su país al lado de Sergio Barrio y Gonzalo Ladines, entre otros. Eliza Rycembel es Celine, una joven en un limbo como sus compañeros de no fatigas y desesperanza, es una enorme actriz polaca muy internacional que hemos visto tan potentes como Las inocentes (2016), de Anne Fontaine, Corpus Christi (2019), de Jan Komasa, la serie Nasdrovia, rodada en España, y La promesa de Irene (2023), de Louise Archambault, entre otras. Y la presencia de Greta Fernández, una de las actrices jóvenes más potentes del panorama nacional, que hace poco la vemos, también en un rol breve pero importante, en la argentina La llegada del hijo. Ahora, se mueve entre la tristeza y sus lecturas, pero con algo de futuro en su precario empleo como cajera de súper de barrio.

Los jóvenes de Los bárbaros recuerdan mucho a los chavales de barrio que pululaban por Barrio (1998), del citado Aranoa. No obstante, muchos de los personajes del cineasta madrileño son así, almas en suspenso, atrapados en una vorágine que no va con ellos, absortos en sus deseos e ilusiones que constantemente chocan con una realidad deprimida y vacía. No esperen una película muy positiva y alegre en Los bárbaros, tampoco es una película negativa que abogue a los espectadores a lanzarse al vacío. Porque además de presentar la desesperanza de unos jóvenes que la crisis ha derrotado, no son almas que se hundan y vaguen por la ciudad, sino que se mantienen ahí, sin hacer nada, contándose algo y haciéndose compañía, o algo que se le parezca, esperando o no que la cosa cambie o simplemente, se torne de otra forma. Martín Guerra y Javier Barbero han construido una historia a la que no le falta algo de humor, al estilo Aranoa, no el de risa fácil, sino aquel que se ríe de uno mismo, sumergido en sus cosas y capturados en espejos que no existen, ahí sin más, quizás “Tomando el sol”, como cantaba Albert Pla con sus colegas. Ante la barbarie de esos secuaces sedientes de dinero con el pelotazo inmobiliario, levantémonos en su contra desde la más pura desidia, indiferencia y aburrimiento. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Esmorza amb mi, de Iván Morales

DES-AMOR, DES-ENCUENTROS. 

“Tras arder siempre, nunca consumirme; y tras siempre llorar, no consolarme; tras tanto caminar, nunca cansarme; después de tanto mal, no arrepentirme; ni haber, por tanto olvido, recordado (…)”

De Francisco de Quevedo cantado por Manzanita en “Naino”

Todo empezó como un guion que no logró rodarse. Más tarde, se convirtió en una obra de teatro que se representó con mucho éxito en la Sala Beckett en la temporada de 2018. Ahora, vuelve a la casilla de salida y Esmorza amb mi, de Iván Morales (Barcelona, 1979), se convierte en una película que nos habla de cuatro almas del Raval barcelonés que están en tránsito, o más bien, en una especie de limbo emocional, en el que arrastran sus existencias como pueden. Tenemos a Natàlia, que trabaja en un pub y lleva años haciendo un docu sobre el desamor, que acaba de tener un accidente que la hace ver la vida de otra forma. Está Salva, ahora enfermero que dejó atrás una vida de camello del barrio, y ahora, intenta construir un futuro diferente junto a Carlota, que estuvo a punto de palmarla de sobredosis y ahora también se está reconstruyendo, y finalmente, Omar, el agitador de los tres anteriores, alguien que iba para músico, pero todo cambió y ahora, se pierde por las noches, sin rumbo, sin vida y amargado. 

Morales es un artista muy inquieto y cinéfago empedernido, debutó como guionista con 19 tacos en Mi dulce (2000), ha hecho mucho teatro como autor, director y adaptador, y lleva más de 30 años como actor en películas y series junto a Judith Colell, Darío Argento, Daniel Monzón, etc…, además de haber dirigido algunos cortos como el multipremiado Sushi (2023). Ahora debuta en el largo con un guion coescrito con Almudena Manzú y Marta Armengol, muy imaginativo ya que está contado a lo Rashomon y las Vidas cruzadas, de Altman, en el que en forma episódica vamos adentrarnos en los pasados y presentes de cada personaje, y por ende, su relación con los restantes. Una historia llena de honestidad y sobre todo, de humanismo, que planta su cámara para hablarnos de aquello que nos duele, aquello que nos sobrepasa, y todas esas cosas que tenemos en nuestro interior, y que tanto cuesta sacar y compartirlas con los demás. La enorme experiencia teatral del director ayuda a sumergirnos en personajes complejos, con miedo, vulnerables y muy creíbles y cercanos, de esos que traspasan la pantalla con una gran naturalidad. Individuos que son como nosotros, escapando de sí mismos e intentando ayudarse y ayudar al otro. 

La película está muy cuidada formalmente transmitiendo una fuerza visual con unos planos y encuadres que observan, pero guardando la distancia adecuada y sin entrometerse en juzgar y otros menesteres. Aquí se busca una verdad y se consigue con transparencia y nada condescendiente. La magnífica cinematografía de Agnès Piqué, que conocíamos por sus trabajos con Laura Ferrés, y los documentales Canto cósmico. Niño de Elche, Mentre siguis tu y Las novias del sur. El gran trabajo musical que va ejerciendo de agitador junto al citado Omar, donde escuchamos el temazo de Manzanita, que encabeza este texto, otro gran tema de la cantante urbana Lia Kali, y las composiciones de Nara is Neus, que hizo la de La revolución de las musas y Nora Haddad, codirectora de Alteritats. El excelente trabajo de montaje que firma Jaume Martí, con más de 40 títulos en su filmografía, y el montaje adicional de Xavi Esteban, que ya hizo el del mencionado Sushi, construyen un relato enrevesado pero nada complicado, creando ese intenso cruce de miradas, gestos y acciones que los personajes van y vienen, cruzándose en su historia y en las otras, en un interesante ejercicio cinematográfico que devuelve la artesanía al cine, al hecho de no sólo contar una historia sino contarla con todos los medios expresivos a su alcance para hacerla seductora al público. 

El inmenso reparto elegido por Iván Morales brilla con gran intensidad en sus personajes rotos, quebrados y sonámbulos por una Barcelona de verdad, muy alejada del Posa’t guapa y diferentes movidas que nada tienen que ver con la realidad social que vive la mayoría. El director reivindica la Barna auténtica o lo que quede de ella. Tenemos a una especial Anna Alarcón, la única actriz que repite personaje de la obra, junto a un impresionante Álvaro Cervantes, el músico maldito o el que fue y ya no es. Iván Massagué imponiendo carácter y fragilidad y Marina Salas más de lo mismo, y una breve pero interesante presencia de Oriol Pla, que no dejará a nadie indiferente, quizás, el actor más camaleónico de la farándula de este país. Todos componen desde la verdad, desde el alma, como esos intérpretes polacos de las películas de Zulawski, Skolimowski y Kieslowski, que se abren en canal en sus películas, creando un torbellino de emociones desbordante hacia el abismo. O las almas que tanto le gusta retratar a Leigh, esas gentes de barrio que deambulan por las ciudades en un no tiempo donde todo lo que conocieron parece haberse borrado o simplemente marchado y ellos no se han enterado. 

Celebramos con gran entusiasmo la puesta de largo de Iván Morales, mola qué tipos de Barcelona, tan sanos y creativos, nos abran su mirada a otra ciudad, más real, más humana y más cercana, que se aleje de esas historias de la parte de arriba, que son de otro rollo, pero se agradece más visiones y diferentes miradas que no había. Morales se ha parido un pedazo de película que habla de todos nosotros/as, y lo hace desde la verdad, desde lo más íntimo, desde lo más profundo, y también desde lo más incómodo, complejo y duro, porque la vida tiene lo que tiene y es lo que es, con sus ratos maravillosos y otros, en los que lo mandarías todo a hacer puñetas y más allá. Déjense llevar por los personajes que construye con acierto e inteligencia el director porque los conoce muy bien, porque los trata con sinceridad, y porque no quiere que sean como los que ya conocemos, sino otros, diferentes porque se han filmado muy poco en los últimos tiempos. al fin y al cabo lo que explica la película no es un almuerzo más porque Esmorza amb mi reivindica la necesidad de los seres humanos de querer y sentirse queridos, pero no como la mayoría, sino de verdad, de la que sacude la caja torácica, aquella que no se olvidará nunca. Ustedes ya me entienden, y si no, ya lo verán cuando les pase. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA