Canción sin nombre, de Melina León

LA HIJA ROBADA.

“Si no peleas para acabar con la corrupción y la podredumbre, acabarás formando parte de ella”.

Joan Baez

Erase una vez una chica andina peruana de veinte años que se llamaba Gerogina Condori. La venta ambulante de patatas, el folklore de su tierra quechua, y el amor de Leo, con el que esperan una niña. Un día, Georgina va a Lima a parir en una clínica clandestina. Al nacer, le impiden ver a su hija y la echan de malas maneras. Cuando vuelve con Leo, no queda rastro de la clínica. Georgina, triste y desesperada, acude a Pedro Campos, un joven periodista que le ayuda a investigar el caso. Estamos en el Perú de finales de los ochenta, más concretamente en el año 1988, el país es un polvorín, azotado por la terrible inflación, la corrupción y el auge del terrorismo de Sendero Luminoso. Ante ese panorama desolador y miserable, la empresa de Georgina y Pedro sería muy ardua y difícil. La cineasta peruana Melina León, que ya había deslumbrado con su cortometraje El paraíso de Lili (2009), en la que relataba a una niña rebelde que descubría que la actitud personal es política, también, ambientado en el Perú de finales de los ochenta, y estrenado en el prestigioso festival de New York, tiene más de veinte premios internacionales.

Ahora, nos llega su opera prima, con el revelador título de Canción sin nombre, las canciones andinas que escuchamos en la película, las mismas canciones que nunca podrá escuchar su hija. León nos cuenta su relato a través de una película muy estilizada, donde el formato de pantalla es el 4/3, cuadrado, y la utilización del blanco y negro como forma de expresión, bañado de esa neblina oscura y pesada que acoge todo el relato, una magnífica luz obra de Inti Briones, que ya estuvo en su cortometraje, y es responsable de Tarde para morir joven, de la chilena Dominga Sotomayor, entre otras. Una cinematografía asombrosa y paciente, con esos planos fijos, inamovibles, acompañados de pocos movimientos de cámara, elegantes y sutiles, o la excelente partitura musical que firma Pauchi Sasaki, y el estupendo montaje que firman la propia directora, acompañados de Manuel Bauer y Antolín Prieto. Un guión que firman León y Michael White, donde nos guían Georgina y Pedro, por ese laberinto kafkiano y mísero en el que se ha convertido la inexistente justicia peruana y sus gobernantes, más interesados en masacrar económicamente las arcas del estado, que en los problemas sociales y económicos de los ciudadanos.

La película está llena de contrastes, ya desde el idioma, donde conviven con naturalidad el quechua y el castellano, lo rural, donde viven los andinos, con sus costumbres y su existencia precaria y tranquila, en contraposición con Lima, la urbe, que veremos a trozos, por partes, donde se cuece todo el berenjenal de corrupción que tiene asumido en el caos al país, donde todavía se arrastran ideas conservadoras, como las que sufrirá el propia periodista cuando avanza en sus investigaciones, con su relación homosexual con el actor cubano (un personaje que se parece mucho al que hacía Jorge Perugorría en la inolvidable Fresa y chocolate), que está ensayando El zoo de cristal, de Tennesse Williams, una obra que define la trama de la película, y el Perú que retrata, porque nos muestra el conflicto existente en una familia del sur de los EE.UU. de la gran depresión, entre los deseos personales y la realidad social.

El gran trabajo de sobriedad y contenido que hacen los intérpretes de la película, empezando por Pamela Mendoza, que hace de Georgina Condori, la mujer pobre y sin recursos, que hará lo imposible por recuperar a su hija, junto al buen hacer de Tommy Párraga, que también estuvo en el cortometraje de León, da vida a ese periodista que todavía cree en su trabajo y ayuda al necesitado, a aquel que necesita que su caso tenga luz, tenga visibilidad, con un estado que no permite enterrar a los muertos, que beneficia al poderoso en detrimento del débil, que hace y deshace para proteger los intereses económicos, que sirve al delincuente y pisotea al pobre. La cineasta peruana ha construido una película sobria y contundente, reposada y verdadera, donde nos muestra a dos personas humildes e íntegros, sumergidos en la maraña política y corrupta de un Perú lleno de sombras y espectros, de gentuza sin escrúpulos que utilizan al pobre para abastecerse, ya sea robándoles sus hijos o metiéndolos en actividades delictivas, como el instante que el periodista habla con el senador, y éste justifica la corrupción del país, y le insta a olvidarse del asunto.

León emerge como una cineasta honesta y rompedora, capaz de retratar la verdad de aquel Perú ochentero, con la contundencia del veterano, mostrando sin dar demasiadas explicaciones, dotando a su película de momentos llenos de fuerza y sensibilidad, instantes que se instalan en el alma, huyendo de sentimentalismos y recovecos argumentales, todo se muestra con claridad y aplomo, y elevando su nombre a los grandes debuts del cine, visibilizando una cinematografía como la peruana, haciéndola internacional y visible, y el enorme premio que es que una cinematografía como la peruana, casi inexistente en la cartelera de nuestro país, tenga ese rinconcito para los espectadores más inquietos y curiosos. La directora peruana no ha hecho una película alegre y esperanzadora, su mirada es triste y desoladora, aunque también, es consciente de la realidad que retrata, de la miseria moral que quiere transmitir con su relato descarnado y deshumanizado, donde lo íntimo y personal entronca con la realidad triste y amarga del país. Quizás no podremos hacer que el mundo sea más justo, solidario y humano, pero sí que podremos seguir en la lucha, en la pelea, en levantarnos cada vez que nos caemos, en seguir firmes en nuestra idea comunitaria y humanista, aunque, encontremos más derrotas que victorias, siguiendo y creyendo en la mejor lucha que hay, que es aquella que se hace sin esperanza. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Urubú, de Alejandro Ibáñez

EL RÍO ESTÁ EXTRAÑO.

“Lo que se les dé a los niños, los niños darán a la sociedad”

Karl A. Menninger

Desde el primer momento Alejandro Ibáñez (Madrid, 1980), deja claro el legado de su padre, el gran Chicho Ibáñez Serrador (1935-2019), al que le dedica la película. Y más tarde, en el ejemplar prólogo de la película, cuando muestra unas imágenes de ¿Quién puede matar a un niño? (1976), deja claras las intenciones de la película, rendir un sincero homenaje a su padre y mentor. Hace un año, en el Festival de Sitges, Ibáñez presentaba Historias para no dormir – Reality, un cortometraje de 20 minutos para Save the Children, última producción de Chicho, en el que se denunciaban las penosas situaciones en las que viven cientos de miles de niños en el mundo. El hijo del maestro quería honrar la memoria de su padre, homenajeando una de sus películas para cine más brillante y demoledora, convertida en una cinta de culto, que denunciaba los horrores cometidos por los adultos contra los niños.

Ibáñez nos traslada hasta Manaos, al norte de Brasil, la capital del extenso estado de Amazonas, donde conocemos a Tomás, un fotógrafo y ornitólogo venido a menos que sueña con inmortalizar al urubú albino (Ave rapaz carroñera americana, de plumaje negro brillante, en que el albino es muy difícil de observar), y se lleva consigo a su familia, Eva, su mujer que intenta salvar un matrimonio a la deriva, y Andrea, la hija de ambos, que como cualquier niño de su edad en la actualidad, está obsesionada con lo virtual. Después del empujón del profesor Díaz, se embarcan con el capitán Nauta (segundo apellido del director, en un personaje que se reserva para él), y viajan río abajo, quizás los momentos más intensos y brillantes de la película son los del viaje por el río, donde la cámara se posa y se evidencia la ruptura entre el padre y el resto de la familia, y notamos la angustia y la opresión que lentamente se va apoderando de los personajes a medida que se van adentrando en un universo hostil, solitario y abrasador, que contrasta con la belleza natural y exótica de la zona. O ese momento inquietante en que el río amazonas y el río negro se juntan sin mezclarse.

El director madrileño firma el guión, escrito junto a Carlos Bianchi y Alejandra Heredia, en el que compone su película de manera profunda y atmosférica en este primer tramo, donde encontramos las imágenes más poderosas y sugestivas, donde destaca el trabajo de los cinematógrafos Daniel Úbeda y Diego Barrero, que ya estuvieron en Historias para no dormirReality. Cuando se adentran en el corazón de la jungla, en plena selva amazónica, la película pierde algo de fuerza, cuando quiere parecerse más a su homenajeada, perdiendo un poco el fantástico equilibrio entre homenaje y relato que venía dando. Aunque, su paisaje y el suspense, sobre todo, cuando los personajes empiezan a deambular por la zona, mantiene el interés de la cinta. Ibáñez logra una película honesta, que no quiere ser más que su antecedesora, sino ensalzar sus instantes más tensos y terroríficos que le sobran, reinterpretando algunas secuencias, que todos recordamos, y sumergiéndonos en esa madeja de laberinto infernal del que no hay escapatoria.

El trío protagonista no desluce e absoluto, brillando más en la travesía por el río, y componiendo con raza y energía en los instantes de la selva, con Carlos Urrutia, que interpretó un par de obras teatrales producidas por Chicho, hace del padre moribundo emocionalmente y alejado de su familia, Eva que hace la actriz Clarice Alves, certificando el fin de su matrimonio e intentando salvarse con su hija de la locura de venir a la selva por un maldito pájaro, Jullie D’Arrigo interpreta a Andrea, que descubrirá en la espesura de la selva su verdadero destino, y finalmente José Carabias como el profesor Díaz, un rol breve, pero muy interesante. Chicho Ibáñez Serrador decía: “Solo hay algo que da más miedo que una película de terror, la realidad”, y con esa premisa realizó ¿Quién puede matar a un niño?, en 1976, una película de terror-denuncia, dando voz a unos niños que, cansados de las miserias y horrores de los adultos se revelaban contra ellos. Cuarenta y cuatro años las cosas han cambiado muy poco, todavía existen barbaridades contra los niños, y son los tristes protagonistas de hambrunas, conflictos armados, abusos y abandonos. La tarea del cine es esa, denunciar y promover conciencias, el resto lo tenemos que hacer entre todos, dejarnos de absurdos triunfos personales, egoísmos y demás aspectos oscuros de la condición humana, y empezar a trabajar por un mundo más humano, respetuoso, justo y tolerable. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Monumental, de Rosa Berned

PERSONAS COMO NOSOTROS.

“Sabemos lo que somos, peor aún no sabemos lo que podemos llegar a ser”

William Shakespeare

En Monos como Becky (1999), fascinante y hermosísimo documento del maestro Joaquim Jordá, exponía la enfermedad mental desde las personas, dese sus sueños e inquietudes, desde sus más profundos anhelos y existencias, enterrando tantos prejuicios, miedos y barreras que la sociedad ha impuesto a los enfermos de salud mental. Una película que ayudó a mirar a los enfermos como personas, huyendo de la compasión y el victimismo, y sobre todo, situándolas en un marco humanista. Un proceso parecido es el que ha emprendido la directora Rosa Berned (Madrid, 1981), que ya había tratado de una manera diferente la inmigración a través de interesantes cortometrajes, debutando con un relato desde el alma, desde la mirada, desde la cercanía, desde la espontaneidad de un grupo de personas de salud mental, que asisten a un taller de teatro, donde cine y teatro se funden, donde cada uno de ellos empieza a soltar amarras, a bucear en sus dolorosos recuerdos del pasado, y sobre todo, a cambiar, a convertirse en personas diferentes, en esta película catártica, en este proceso único y honesto, que convierte a estas personas en seres que miran al presente con otros ojos, donde el miedo empieza a doler menos y la vida se viste de amor, amistad y abrazos.

Una película nacida de la experiencia de Pilar Durante, productora de la cinta, con más de tres décadas trabajando como terapeuta ocupacional con personas con enfermedad mental, y el incondicional apoyo de Rosa García, la integradora social, y asistente de dirección, y la propia directora, que crearon talleres de fotografía y de teatro, y durante el proceso se encontraron con un grupo de siete personas que sufren de enfermedad mental: María Jesús Rodríguez, Pedro Lara, Silvia Jiménez, Nieves Rojo, Emilio Garagorri, Manuel Jiménez y Julia Vera. Siete personas adultas que a través del taller van experimentando sus propias enfermedades, sus existencias, sus pasados, y su identidad, y la cámara de Berned, con la ayuda del rítmico y naturalista montaje de Amaya Villar Navascués, registra la vida, todos esos momentos en los que asistimos como testigos de excepción a sus aperturas emocionales, donde se muestran lo que son, con sus rupturas emocionales, sus pasados de maltratos y abusos por parte de sus progenitores, sus trastornos, sus intentos de suicidio, sus manifestaciones reivindicativas a ser tratados como personas y no como niños u objetos, a sus luchas para acabar con el estigma de la salud mental, sus presentes, donde se van abriendo a los demás, y sobre todo, compartiendo su dolor y sus alegrías, donde reivindican los abrazos y la vida, en contraposición a tanta pastilla e invisibilidad.

Descubrimos a siete seres maravillosos, con sus luces y sombras, con sus pesadillas y alegrías, llenos de bondad y gratitud, en un relato honesto e íntimo, que apenas habla de salud mental, lo necesario, el resto lo dedica a descubrirnos el interior de esas personas, unas personas que podríamos ser nosotros, si hubiéramos pasado por situaciones parecidas a las de ellos. Berned ha construido una ópera prima de gran calado emocional, llena de sabiduría e inteligencia, una conmovedora y nada compasiva lección de humanismo, rescatando todas las bondades y herramientas del arte, en este caso del teatro y el cine, como terapias catárticas que ayudan de forma profunda y personal a aliviar y reconducir los males emocionales, extrayendo todo aquello que daña y reparándolo, a través de lo que sentimos y como lo extraemos, del proceso para sentirse bien, mirando de frente nuestros dolores, miedos e inseguridades, pasando del aislamiento emocional a el espacio de compartir, de explicar, de hablar, de sacar todo aquello que nos hace mal, para convertirlo en algo que podamos compartir con los demás, y de esa manera, sentirnos más ligeros y aliviados.

La película no solo documenta el taller de teatro, sino que entra en sus hogares, en las relaciones familiares y personales, los acompaña en sus profundas reflexiones sobre la vida, la muerte, la existencia, el tiempo, etc…Un documento honesto y sensible, que trata la enfermedad mental sin condescendencia ni sentimentalismo, sino de forma sincera y personal, de frente, sin miedos ni atajos, cara a cara, mostrándola en toda su crueldad, pero también, el otro lado, ese que proyecta el taller de teatro, que ayuda a curar heridas, siendo otros, expresando lo que tanto cuesta en la realidad, atreviéndose a sentir lo que tanto duele, a trabajar cada día en ser lo que otros tanto tiempo le negaron, a aceptarse para que los demás acepten, a sentirse libres, independientes y seguros, a sobrellevar la enfermedad y a no sentirse solos y vacíos, a saber compartir la alegría y el dolor, en fin, a vivir con todo lo que ello conlleva, pero con menos miedo. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA


<p><a href=”https://vimeo.com/408473182″>MONUMENTAL_TRAILER#1</a&gt; from <a href=”https://vimeo.com/user68631998″>Producciones As&iacute; es la Vida</a> on <a href=”https://vimeo.com”>Vimeo</a&gt;.</p>

 

Amor en polvo, de Suso Imbernón y Juanjo Moscardó

QUE LOS ÁRBOLES NO TE IMPIDAN VER EL BOSQUE.

“El sexo sin amor es tan hueco y ridículo como el amor sin sexo”

Hunter S. Thompson

Erase una vez… Pablo y Blanca. Él, el acérrimo inconformista, apasionado de la arqueología y el eterno aspirante a esa vida que tanto se retrasa. Ella, abogada a sol y a sombra, moderna y equilibrada, y sobre todo, valiente. Son pareja y están enamorados, aunque su vida sexual no funciona, o sea, que es un auténtico desastre, monótona, aburrida y cero pasión. Blanca, siempre será ella la que dé el paso, propondrá a Pablo un intercambio de parejas, una nueva forma de revitalizar la pasión y su amor. Quedan con dos amigos solteros, Mia, amiga de Blanca, descreída en el amor y una auténtica devoradora de los sexual, atrevida y muy juguetona. Frente a ella, amigo de Pablo, está Lucas, el publicista de London City, un tipo amante de sí mismo y obsesionado con un polvo en el bosque que lo ha dejado pillado de una mujer. Así están las cosas, unos, la pareja Pablo y Blanca, listos para salir al bar donde han quedado con su intercambio, se lanzan a discutir, una discusión que irá a más, y empezarán a replantearse no solo sus relaciones sexuales, sino su relación. En el bar, ya han llegado Mia y Lucas, que empiezan a hablar, se gustan, y follan.

Los cineastas valencianos Suso Imbernón (que firma el montaje de la película), y Juanjo Moscardó (del que habíamos visto como guionista Juegos de familia, de Belén Macías)  y  después de su exitoso corto Maldita, en el que abordaban el terror desde los ojos de un niño muy fantasioso, realizan su opera prima con un guión escrito por el propio Moscardó, María Laura Garganella (guionista, entre otras, de No tengas miedo, de Armendáriz) y María Mínguez (autora de Vivir dos veces, de María Ripoll) plantean un relato de ahora, entre cuatro personajes y dos espacios, la citada casa de Pablo y Blanca, y el bar de encuentro en el que se conocen Mia y Lucas. Dos lugares en los que unos y otros, se discutirán o se amaran según el caso, en un divertido juego de apariencias y trasparencias en torno al amor en pareja y el sexo, sobre todos aquellos deseos que tenemos y no nos atrevemos porque somos fieles a nuestra pareja, y cómo no, sobre todo aquello que ocultamos a la pareja por miedo a las represalias, al fin y al cabo, a todo aquello que sentimos y deseamos y, como decía Groucho Marx, nunca nos atrevemos a llamarlo por su nombre, por miedo, inseguridad, o simplemente, porque nos cuesta soltarnos, liberarnos y, atrevernos a romper con esa idea de la pareja romántica y fiel para toda la vida.

Imbernón y Moscardó construyen un relato ágil, divertido y sincero, llegando a sus breves y contenidos 78 minutos, con ese aroma de las grandes comedias hollywodienses, o los deliciosos enredos del gran Neil Simon,  en las que no podían faltar los ingredientes mágicos como las verdades, confesiones inesperadas, mentiras, secretos, pasiones desaforadas, autoengaños, y sobre todo, revelaciones que lo cambiarán todo para siempre. Un tono que nos recuerda a esa comedia madrileña ochentera del estilo de Sé infiel y no mires con quién, de Trueba, o La vida alegre, de Colomo, donde modo jocoso y divertido, también se planteaban los juegos del amor y el sexo. O esa comedia fresca y jugosa más reciente como El otro lado de la cama, de Martínez-Lázaro o Kiki, el amor se hace, de Paco León. Una comedia alrededor del amor y el sexo, que tiene ese punto disparatado y salvaje, llenos de enredos y topetazos, para profundizar en un tema tan reflexivo como el amor en los tiempos actuales y el sexo como vehículo esencial en la pareja y en la vida social para cualquier persona.

Amor en polvo  pone sobre la mesa temas candentes y en boca de muchos que forman parte de cualquier relación de pareja como la falta de pasión, la rutina sexual, los prejuicios acerca del amor y del sexo, las ideas prefabricadas sobre lo que debe ser una relación y el sexo, y todas esas cosas e ideas que nos encierran en los autoengaños y represiones que nos imponemos. La película habla de todos estos temas y lo hace desde su modestia y sobre todo, su excelente ritmo y puntos de giro del relato en cuestión. Uno de sus elementos mejor construidos es la elección de su reparto, bien encabezado por una formidable Macarena Gómez como Mia (también como productora asociada) de la que ya conocíamos su vis cómica, pero aquí la lleva hacia otros lugares muy sorpresivos, mostrando las múltiples facetas de una actriz estupenda. A su lado, un Luis Miguel Seguí en Lucas, seductor y elegante, pero muy inseguro, que fabrica un personaje lleno de requiebros y sorpresas.

Frente a ellos, la pareja en crisis, Enrique Arce, la pareja que no defrauda, pero tampoco sorprende, enfrascado en su orden establecido, y en su cotidianidad sin grandes cambios, todo bien ordenado y establecido, el típico looser simpático, pero muy torpe y cobarde, que se lanza al vacío y se arrepiente nada más saltar, bonachón pero predecible. A su vera, Lorena López como Blanca, la auténtica revelación de la película, que ya nos había encantado en la reciente Asamblea. Una mujer auténtica, de bandera, pero no por su físico, sino por su personalidad, un carácter hecho de tiras y aflojas, de obstáculos, encandilándonos con su gesto, llenando la pantalla con esas miradas comprensivas y atizadoras que dedica a su pareja, esa vitalidad, fuerza y echa’pa lante, que es capaz de lo que sea para sacar su relación del pozo en el que se encuentra, una mujer arrolladora, llena de energía y sobre todo, maravillosa revelación de esta comedia que nos abre nuevas ventanas a nuestra perezosa y monótona vida amorosa y sobre todo, sexual. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Rocambola, de Juanra Fernández

LA GUARIDA DEL LOBO.

“Abandonad toda esperanza quienes aquí entráis”

La Divina Comedia. Dante Alighieri

El cineasta Roger Corman (Detroit, EE.UU., 1926) se ha hecho un nombre importantísimo en la historia del cine con películas de género, con presupuestos ajustadísimos y extrayendo todo lo posible a las historias, sus personajes y las tramas de terror y psicológicas. El director Juanra Fernández (Cuenca, 1970) ha construido sus dos películas a partir de los códigos de Corman. En Para Elisa (2013) nos introducía en un inquietante cuento de terror que protagonizaban una joven y la niña que cuidaba, y el misterio oculto en una de las viviendas del edificio. Ahora, en Rocambola (título inspirado en un ladrón de guante blanco, un personaje literario creado por el novelista francés del siglo XIX Ponson du Terrail) vuelve a sumergirnos en un relato psicológico, en el interior de una casa aislada, y pocos personajes, bajo la estructura de La divina comedia, de Dante Alighieri, partiendo su historia a través de tres episodios o tres cantos, pero en orden inverso: Paraíso, Purgatorio Infierno.

El director conquense nos presenta a Dante, un joven ladrón profesional que llega a una casa que presumiblemente parece cerrada y vacía. Su sorpresa será mayúscula cuando descubre a una pareja que parece los dueños, Saeta, un antiguo militar e Ingrid, su novia. Lo que parecía un golpe fácil, llevará a Dante a un maléfico juego del gato y el ratón, en que Saeta necesita que Dante le abra la caja fuerte donde hay tres lingotes de oro. Fernández saca provecho a los dos personajes, como sus roles van cambiando a medida que avanza el metraje, y conociendo realmente sus verdaderas personalidades, la inteligencia y la astucia de Dante, que se mueve como un lince por la casa, frente a Saeta, un despiadado y malvado psicópata sin ningún tipo de escrúpulos que hará lo que sea para conseguir su objetivo. La casa, con sus diferentes niveles y gran patio, es otro elemento esencial para el relato, convirtiéndose en un laberinto lleno de escondites, trampas y pasadizos ocultos, en que tanto Dante como Saeta empezarán una persecución violenta en que los dos tratarán de conseguir sus necesidades.

La luz angustiosa y cercana de Juan Miguel Morante, que también firma el montaje, ayuda a conseguir esa atmósfera malsana y penetrante que tanto declama la película, así como la edición, cortante y asfixiante que consigue amordazarnos y ser uno más en esta potente y sólida trama que maneja con soltura aspectos de thriller psicológico, de terror y misterio, así como una aventura doméstica de supervivencia, donde la vida pende de un hilo constantemente. Un relato que basa su base en dos personajes, en una especie de duelo al sol, necesitaba de dos intérpretes solventes y carismáticos para llevar dos roles nada sencillos como son Juan Diego Botto, magnífico en su papel de Saeta, un psicópata mal nacido y despreciable, con ese parche en el ojo que aún lo ayuda a dar esa facha desagradable, acompañada de esa voz seca y bronquítica de tíos duros y violentos con muy malas pulgas que necesitan de muy poco para segar una vida. A su lado, Jan Cornet como Dante, la antítesis de Saeta, enfundado en su ropa negra, sigiloso, callado y listo, que se mueve veloz y hace menos ruido que una pluma (como demostrará en los instantes iniciales de la película, cuando se mueve como un pantera por la casa) atrapado en la boca del lobo, y demostrando su carisma para enfrentarse a Saeta e intentar salir con vida.

El vértice de este duelo a muerte lo protagoniza Ingrid (protagonizada por Sheila Ponce, actriz fetiche del director) la novia de Saeta, que también tendrá su transformación desbordaba por los acontecimientos en el interior de la casa. Fernández, además de novelista, se ha convertido con dos películas, en un autor de género a tener en cuenta, sabiendo sortear las limitaciones presupuestarias, ha construido una cinta de terror psicológico de primer nivel, seduciendo al espectador con ese tono seco y violento que arroja la película, sumergiéndonos en una cinta diurna, donde no es necesaria la noche para crear esa atmósfera llena de miedo y dolor, en que sus personajes parecen una cosa y en realidad son otra bien distinta, donde cada segundo cuenta, en que una casa aislada, cerrada y aparentemente vacía, puede no estarlo, y albergar los más siniestros sucesos, la violencia más atroz y ocultar un tesoro en forma de oro, porque al fin y al cabo, tanto Dante como Saeta tienen algo en común, conseguir ese preciado dinero, aunque utilicen formas muy diferente de conseguirlo. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a José Luis Montesinos

Entrevista a José Luis Montesinos, director de la película “Cuerdas”, en el Hotel Medinaceli en en Barcelona, el martes 18 de febrero de 2020.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a José Luis Montesinos, por su tiempo, generosidad y cariño, y a Sandra Carnota de ArteGB, por su tiempo, amabilidad, generosidad y cariño.

Entrevista a Miguel Ángel Jenner y Paula del Río

Entrevista a Miguel Ángel Jenner y Paula del Río, intérpretes de la película “Cuerdas”, de José Luis Montesinos, en el Hotel Medinaceli en en Barcelona, el martes 18 de febrero de 2020.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Miguel Ángel Jenner y Paula del Río, por su tiempo, generosidad y cariño, y a Sandra Carnota de ArteGB, por su tiempo, amabilidad, generosidad y cariño.

Cuerdas, de José Luis Montesinos

SOLA ANTE LOS MIEDOS.

“Mi padre fue ingeniero y tenía la intención de seguir sus pasos, pero las películas se convirtieron en mi verdadera pasión. La planificación cuidadosa es importante en ingeniería, así que usé esa experiencia para enfocarme en la preproducción de películas. Con los bajos presupuestos que tenía, no podía permitirme que el elenco y el equipo esperaran durante días en una película de 10 días mientras descubría cómo y qué disparar”

Roger Corman

Hay películas que hacen de su modestia su mejor virtud, no pretendiendo hacer algo que se escapa de sus medios de producción, sino adecuándose a sus limitaciones y sobre todo, extrayendo el máximo rendimiento artístico a las escaseces presupuestarias. Cuerdas, primera película de José Luis Montesinos (Tarragona, 1978) cumple con toda esa idea, construyendo un relato de terror en un ambiente doméstico, y encadenando a su protagonista a una silla y a su inmovilidad, creando así una peculiar e interesante cinta angustioso y brillante. Montesinos había despuntado en el mundo del cortometraje con películas como  La historia de siempre (2010) y El corredor (2015) de corte social en los que indagaba en temas como la pareja o las consecuencias de difíciles decisiones.

En su puesta de largo sigue alimentando la tensión y lo asfixiante que ya estaba en sus anteriores trabajos, y nos sumerge en una historia anclada en el presente, pero muy deudora de un pasado oscuro y muy turbio. Nos encontramos con Elena, una joven tetrapléjica que ha perdido a su hermana gemela en un accidente, y después del hospital, regresa a casa para compartirla junto a su padre Miguel, relación conflictiva en que la hija reprocha demasiadas cosas a un progenitor que también sufrió lo suyo con la muerte de la madre tiempo atrás. Debido a la situación de Elena, el padre ha provisto a su hija de un perro adiestrado para ayudarla. Aunque las cosas se tuercen, el padre queda fuera de juego, el perro se vuelve rabioso y la niña se queda sola, encerrada en su casa y con la amenaza del perro. El director tarraconense nos convierte en un personaje más, junto a la joven atrapada en su silla y en ese paisaje doméstico que acaba de conocer.

La película se instala en los días para contarnos una sutil y una trama muy bien elaborada (en un guión que firman Montesinos e Iakes Blesa, que ya trabajaron juntos en El corredor)  donde van apareciendo obstáculos y tensiones que van cercando la voluntad de Elena. Una joven que deberá no solo lidiar con ese presente difícil y acorralado en el que se encuentra, sino también con los traumas del pasado y el accidente que lo cambió todo. Cuerdas no solo hace referencia a las cuerdas físicas y evidentes en las que se encuentra Elena postrada en su silla, sino a las otras, las que no se ven, las emocionales, las más complejas de sobrellevar, las que tarde o temprano hay que enfrentar para calmar las emociones y reconciliarse con uno mismo. En el relato encontramos muchos momentos de tensión y angustia, al más puro estilo de terror clásico, donde la supervivencia se torna en el foco de atención, aunque también nos encontramos con otros momentos de tensa calma en los que Elena rinde cuentas con su pasado, y sobre todo, con su hermana y su recuerdo.

Montesinos se arropa de otros cómplices que han caminado junto a él en el cortometraje como la presencia en la cinematografía de Marc Zumbach, auténtico alma mater del director, que consigue transformar esa luz cotidiana y doméstica en una luz densa y compacta que oscurece el ambiente y enmarca cualquier habitación u objeto en una sensación de miedo y peligro. Y el gran trabajo de Luis de la Madrid (uno de los editores más importantes dentro del género de terror, colaborador entre otros de nombres tan ilustres como Balagueró, Paco Plaza o Guillermo del Toro) consigue un trabajo estupendo con ese ritmo in crescendo donde a medida que avanza la trama, nos vamos encontrando más atrapados y solos. Un estupendo reparto encabezado por Paula del Río, que ya la vimos despuntar en El desconocido y La sombra de la ley, ambas de Dani de la Torre, creando una Elena que deberá arreglárselas para sobrevivir sola ante la terrible amenaza de ese perro asesino que recuerda a El perro blanco, de Fuller o aquel otro en El perro, de Antonio Isasi-Isasmendi, junto a ella Miguel Ángel Jenner, auténtico actor fetiche de Montesinos, y brillante actor de doblaje, entre otros trabajos, interpreta con sobriedad y esa mirada penetrante, hace aquí el padre de Elena, un hombre de segundas oportunidades que hace lo imposible para que su hija consiga sobrellevar su discapacidad de la mejor manera posible.

Cuerdas  nos va sumergiendo sin prisas ni estridencias en su trama lineal y sencilla, en el que todo va enrollándose como si fuese una madeja difícil de desentrañar, casi sin darnos cuenta, imbuidos en ese perro convertido a su pesar en una amenaza firme y peligrosa contra la persona que aparentemente tenía que proteger. Un relato certero y profundo, que no cae en entorpecer su estructura ni sacarse conejos de la chistera, sino en cogernos desde el primer minuto con esa tensión y terror tan cercano y corpóreo, con el aroma de las películas de Corman, el Giallo, o Sola en la oscuridad, de Terence Young, protagonizada por Audrey Hepburn, con la que tendría varias similitudes, u obras más de aquí como algunas obras de Jess Franco, Chicho Ibáñez Serrador, Los sin nombre, Tesis, etc… Títulos que evidencian como lo hace Cuerdas, que la modestia se puede convertir en el mejor aliado para contar un cuento de terror sobrio, interesante y profundo. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Bliss, de Joe Begos

LA CEREMONIA DEL CUADRO.

“En torno a ellos, la bestialidad de la noche alza el vuelo con sus alas tenebrosas. Ha llegado la hora del vampiro”

Stephen King en El misterio de Salem’s Lot

Dora Madison es una joven pintora que atraviesa una profunda crisis creativa que le impide terminar su último lienzo que considera será su gran obra. Mientras, acechada por la angustia y la desesperación, y acuciada por su marchante y las deudas, encuentra su tabla de salvación en la noche, a la que se lanza a un abismo frenético en la periferia de Los Ángeles, consumiendo drogas, en especial “Bliss”, una potentísima mezcla de cocaína y DMT, tomando alcohol frenéticamente, y dejándose llevar por su íntima amiga Courtney, y el esposo de ésta, el enigmático Ronnie, en una lujuria desenfrenada de juegos sexuales. La existencia de Dora pronto empezará a notar, no solo los gravísimos efectos de alucinaciones y distorsiones de la realidad, sino que tanto mental como físicamente, sentirá una avidez descontrolada por alimentarse de sangre fresca.

La tercera película de Joe Begos (Rhode Island, EE.UU., 1987) es un salto cualitativo en su corta pero intensa filmografía, dejando atrás las historias impactantes y sorpresivas como Almost Human (2013) y la interesante propuesta sobre poderes mentales que fue The Mind’s Eye (2015). Ahora Begos, con su inseparable Josh Ethier, productor y montador, vuelve a centrarse en el terror, su género de referencia, pero lo hace desde una perspectiva muy diferente, centrándose en una artista obsesionada con una pintura que no solo explora sus miedos físicos y mentales, sino que su materialización la llevará a sumergirse en un viaje lisérgico lleno de endiablados laberintos que le harán replantearse toda su existencia, encontrando en su camino lo más oscuro y profundo de su alma. Un recorrido parecido al que vivía el protagonista de El retrato de Dorian Grey, de Oscar Wilde, alguien que pactó permanecer joven a cambio que en el cuadro se reflejase su verdadero aspecto. Una situación similar es la que vive Dora Madison, mientras ella va experimentando sus viajes a lo desconocido mediante drogas, alcohol, sexo y sangre, va observando como la pintura va cambiando su significado y convirtiéndose en aquello que su crisis creativa le impedía pintar.

Begos nos lleva de la mano por la existencia caótica y desordenada de Dora, contándonos todos sus instintos vitales de forma íntima, personal y profunda, su relación liberal y extraña con su chico Clive, y las relaciones oscuras con su amiga Courtney, enmarcándonos en esos barrios periféricos de la ciudad de Los Ángeles, donde podemos oler la suciedad y la hípervelocidad con la que se vive y suceden las cosas, en que la cámara del cinematógrafo Mike Testin, con ese grosor y abrupto del 16mm, reafirma esa tensión psicológica que vive el personaje de Dora, que es seguida sin descanso, en que la película actúa en forma de diario describiendo todos sus actos y las consecuencias de ellos, sometiéndola a un descenso a los infiernos sin tregua en que la joven sentirá y experimentará como nunca lo había hecho. El cineasta estadounidense impone un fuerte ritmo a través de esas cuantas noches que parecen no tener fin, bien acompañadas por esa cámara que escruta y traspasa a sus personajes, con esa música rockera de grupos estadounidenses de la escena independiente, que ayudan a profundizar en el embate psicológico a la que es sometida Dora.

Una película como esta necesitaba a una actriz capaz de llevar el peso del relato y sobre todo, hacer creíble un personaje que se lanza al abismo sin dudas y a saco, y la encuentra en la enigmática, fascinante y provocativa interpretación de la magnífica Dezzy Donahue metiéndose en la piel de Dora Madison, esa artista perdida, vacía y cansada, incapaz de mirar y crear un cuadro que se adapte a sus emociones, viéndose bocada a un infierno oscuro, penetrante y adictivo, que derrocha oscuridad, terror y sensualidad, con la compañía de sus colegas de viaje alucinante, vampírico y sangriento, con la compañía de sus efectivos y creíbles intérpretes como Tru Collins como la diabólica Courtney, Rhys Wakefield como Ronnie (que recuerda al aspecto que se gastaba Tom Hiddleston en Sólo los amantes sobreviven, de Jarmusch), Jermey Gardner como Clive, ese novio que se muestra escéptico a todo lo que va ocurriendo, y no es para menos.

Un buen cuento de terror de vampiros, con sus dosis de gore, con ese aroma que tenían otros títulos del género como Las vampiras, de Jess Franco, El ansia, de Tony Scott, Los viajeros de la noche, de Bigelow, The Addiction, de Ferrara, Trouble Every Dayk, de Denis o la citada de Jarmusch, títulos del cine de vampiros diferentes, extraños y fascinantes, que transgredieron las leyes del género con el fin de abrir nuevas vías a una forma de ver y sentir el vampirismo, adaptándolo a los nuevos tiempos, alejándose de los cuentos medievales góticos, y contextualizándolos a los tiempos de ahora, mezclándolos con la actualidad más ferviente, donde hay espacio para que se conviertan en otro tipo de gentes y acciones, como ser artistas en crisis, profundizando en la adicción de las drogas, y sobre todo, explicando con detalle el vacío moderno que tanto acecha a las personas de ahora, ese vacío que nos convierte en víctimas condenadas a vagar sin sentido por una sociedad demasiado hipérbole, competitiva e individualista que, encuentra en las pastillas y los diferentes alucinógenos las nuevas formas de resistencia a tantos males emocionales. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Almost Ghosts, de Ana Ramón Rubio

RESISTIR FRENTE AL OLVIDO.

“El cine elimina el olvido y reconstruye la memoria”.

Ricardo Muñoz Suay

En 1985 con la apertura de la red interestatal de autopistas de EE.UU. se ponía fin a la “Route 66”, la llamada entre otros nombres como The Mother Road (La carretera madre) carretera que vio la luz en el año 1926, y durante casi sesenta años atravesó 4000 kilómetros de Chicago hasta Los Ángeles. Muchos pueblos que vivían del trasiego de gentes y automóviles que la cruzaban, se vieron abocados al olvido, y muchos de sus habitantes emigraron a las grandes ciudades para conseguir una vida mejor. Otros, quizás los más temerarios o valientes, se mantuvieron firmes a su pueblo y se lanzaron a idear formas de negocio que mantuvieron vivas sus vidas y sobre todo, sus pueblos. Almost Ghosts recoge el testimonio de tres de esos hombres que rescataron del olvido la mítica “Route 66” y mantuvieron su llama latente a través de sus ingeniosas y atrevidas fórmulas de negocio para atraer curiosos, turistas y nostálgicos de la mítica carretera.

La directora valenciana Ana Ramón Rubio, después de años fogueándose en las series web o televisivas, debuta en el largometraje con una película íntima y honesta, en la que rescata del olvido la memoria de aquellos pueblos, a través de tres tipos únicos, resistentes y sobre todo, admirables como Harley Russell, 73 tacos, un músico mediocre como él se considera que mantiene una tienda de la memoria de la ruta 66 a través de miles de objetos, su show musical y las performances que dedicaba a todos aquellos que se acercaban a su tienda en Erick (Oklahoma). También conoceremos a ángel delgadillo, de 91 años, el último barbero de Seligman (Arizona) que levantó junto a otros supervivientes de la América vaciada una asociación para mantener vivo el espíritu de la famosa ruta atrayendo a curiosos y turistas. Y finalmente, Lowell Davis, un octogenario artista que convirtió su fantasma pueblo Red Oak II en Missouri, en un museo rescatando casas, objetos y demás, con el fin de restaurarlas y darles una nueva vida al pueblo, recuperando el brillo y la memoria de antaño.

La directora valencia recorre con su reducido equipo los 4000 kilómetros de la ruta desde Chicago hasta Los Ángeles, mostrándonos esos pueblos, muchos de ellos convertidos en polvo y arena, con casas y estructuras en ruina, filmando con detalle y precisión esos espacios de la memoria, del olvido en tantos casos, donde la vida pasó de largo, donde todos se fueron, donde el tiempo se detuvo sin vida. Aunque la película no se queda en la estampa nostálgica o triste, sino que va mucho más allá, porque esa realidad dura y olvidada existe y la película la muestra con la veracidad más precisa, pero también, muestra esa otra realidad, la que protagonizan los tres supervivientes citados, esos tipos que se resisten a morir con sus recuerdos y les dan la vuelta, convirtiéndolos en un medio de vida, en una manera de mantener vivo el espíritu de la ruta 66, y ofreciéndola a todos aquellos que quieran conocerla y revivirla en sus espacios de la memoria, contra el olvida, manteniendo la esencia rural, la de los pequeños lugares, la de las gentes humildes, las vidas de aquellos que nacerán y morirán en el mismo lugar, la de unos tipos llenos de humanidad y respeto por lo que fueron y lo que son, sintiéndose orgullosos de su tierra o lo que queda de ella, y mostrándosela a los demás.

Tres tipos únicos, llenos de vida, con pasado histórico y presente radiantes de vida, amor y felicidades, que pertenecen a aquellos viejos vaqueros, que después de más de mil batallas por lo largo y ancho del mundo, volvían al hogar a descansar, fumándose un cigarro mientras sentados en el viejo porche miraban el sol esconderse en el horizonte. Tres almas, tres supervivientes, tres seres que reivindican lo rural, lo tranquilo y la calma, convirtiéndose en la fuerza más resistente y activa frente a las multinacionales, y el materialismo que destroza los espacios, contribuyendo a la desaparición de la memoria y homogeneizándolo todo, creando espacios sin tiempo, monocordes y estúpidos. Rubio construye un documento necesario y magnífico sobre las sombras del pasado, y los individuos del presente, y hace un hermosísimo y sensible retrato sobre aquellas vidas sencillas y cotidianas de la América profunda, que podría ser el mundo rural de cualquier país, ese que muere cada día, ese que los gobiernos olvidan con tanta frecuencia por ese codiciado progreso que los elimina creando mega urbes de producción y consumo exacerbado, excluyendo de raíz todas esas formas de vida rural y ejemplos de negocio en consonancia con la memoria, el rescate de tantos pueblos y gentes, respeto al medio ambiente,  y contribuyendo de forma activa a la economía rural. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA