Negro púrpura, de Sabela Iglesias y Adriana P. Villanueva

LA FIEBRE DEL ORO GALLEGA.

“Entonces, era otro mundo. Un mundo diferente pero un mundo que quisiera yo verlo, enseñároslo y ver como es… porque era un paraíso.”

Oliver Laxe, Alberto Gracia, Eloy Enciso, Xacio Baño, Fon Cortizo, Jaione Camborda, Diana Toucedo, Ángel Santos, Álvaro Gago, Ángeles Huerta, son algunos de los cineastas galegos que han irrumpido en el panorama nacional durante el siglo XXI. Un cine heterodoxo, muy personal, muy diferente, y brillantísimo. Un cine que mira su tierra, sus gentes, su memoria, y sobre todo, mira a su interior. A este grupo, al que cada año se van incorporando nuevas voces, hay que añadir las integrantes de Illa Bufarda, una productora cinematográfica que componen: Sabela Iglesias (Xanceda, A Coruña, 1987), Adriana P. Villanueva (Corcubión, A Coruña, 1987), y Pilar Abades (Lamela, Pontevedra, 1985). Con trabajos en el campo del corto y mediometraje, en 2015 llamaron la atención con el largo Fíos Fóra, que ponía el foco en las mujeres gallegas trabajadoras del textil. Con Negro Púrpura se adentran en el cine etnográfico, para hablarnos del “Claviceps purpurea”, más conocido como el cornezuelo, y llamado cornuello, en muchos lugares de Galicia,  un hongo alucinógeno que brota en los cereales, y más concretamente en el centeno que, a primeros de siglo, en el noroeste de Galicia, se convirtió en todo un fenómeno social, cultural y económico para la zona, convirtiéndose en una pieza muy codiciada, el “Oro negro”, lo llamaban.

Iglesias y P. Villanueva se encargan del montaje y el sonido, respectivamente, amén de la dirección, y Abades de la cinematografía, en una película que es muchas películas dentro de sí misma, y no parece tener ni principio ni final, solo muchas historias y relatos que se arremolinan en torno al hongo dorado, una pieza de gran valor que cambió la vida a todos y todas. Tenemos un viaje al pasado, a la memoria de sus gentes, a través de los testimonios de habitantes de los pueblos que vivieron su particular “Fiebre del oro”, tanto los testigos como los descendientes, nos van trazando un trozo de su historia relacionada con el cornezuelo. Un relato que nos lleva a las infinitas propiedades del preciado hongo: su uso durante las plagas medievales, la medicina popular que lo usaba para provocar abortos, la codicia de las grandes farmacéuticas, ingrediente para fabricar LSD, y la CIA como material indispensable para su uso militar. Toda esa fiebre provocó el elevado precio del hongo que se exportó a todo el mundo, en especial a los Estados Unidos.

Con toda esa información que va y viene, las directoras galegas nos sumergen en un mundo que ya no existe, en un tiempo lejano, en unas gentes y en una memoria enterrada, y lo hacen desde una sencillez formal y elegante que deslumbra, construyendo un caleidoscopio de infinitas historias y relatos donde el tiempo desparece, donde todo parece invocar al pasado siempre desde el presente, como esa maravilla de secuencia al inicio de la película donde en un plano fijo y con tres octogenarios, apoyado con un leve y conciso diálogo, nos explican la despoblación acusada de su pueblo y los de alrededor. La música de la película tiene una mención aparte, porque el músico Paulo Pascual compone una banda sonora extraordinaria a través del Theremin, que desprende un sonido muy peculiar, creando una melodía que casa a las mil maravillas con el entretejido de las imágenes y los testimonios y relatos de la película, recreando ese puzle infinito de curiosidades, planteamientos y vivencia de las gentes relacionadas con el cornello. Un obra de verdad y poética, que nada tiene que envidiar al cine de Rouch y Philibert, del que esta bebiendo, y de la película El cielo gira (2004), de Mercedes Álvarez, en su tratamiento del paisaje, el relato y la voz en off, y la reciente Nación, de Margarita Ledo, en rescatar una memoria no contada, una memoria esencial y capital para entender de donde y de quiénes vivimos.

Iglesias, P. Villanueva y Abades, o lo que es lo mismo, Illa Bufarda, no solo entienden el cine como una herramienta fundamental para devolvernos un pasado no contado, un pasado que requiere su tiempo, su relato y sus existencias, sino que también, y esto es muy importante, y en eso se asemejan a sus coetáneos gallegos, lo hacen de forma atractiva, bellísima, con ese tono y profundidad de lo mágico y lo fantástico, al estilo de los London, Stevenson y Conrad, recreando un tiempo de otro tiempo, un tiempo que parece irreal, un tiempo que mirado desde ahora, tiene ese halo de misterio constante, de vidas extrañas, de seres como de otro tiempo y otro planeta. Negro púrpura  es un viaje inmenso, lleno de caminos y atajos, de idas y venidas, por todos esos pueblos, ahora my vacíos, con sus gentes, muy mayores, pero llenos de tiempo e historia, y también, la película reivindica el maravilloso y vital testimonio de los mayores, de todas esas personas que vivieron otro tiempo, otro lugar y otra vida, tan diferente a esta y con un hongo que nacía en sus tierras y se convirtió en su oro particular. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Clara Martínez Malagelada

Entrevista a Clara Martínez Malagelada, co montadora de la película “Billy”, de Max Lemcke, en la sala de montaje de su próxima película en Barcelona, el lunes 20 de septiembre de 2021.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Clara Martínez Malagelada, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Sandra Carnota de ArteGB, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Max Lemcke

Entrevista a Max Lemcke, director de la película “Billy”, en su domicilio en Hospitalet de Llobregat, el viernes 17 de septiembre de 2021.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Max Lemcke, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Sandra Carnota de ArteGB, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad.

Billy, de Max Lemcke

LOS VERDUGOS NUNCA MUEREN.

“Hay que recuperar, mantener y transmitir la memoria histórica, porque se empieza por el olvido y se termina en la indiferencia”

José Saramago

La película arranca bajo dos líneas narrativas en las que se va a sustentar todo su entramado. Por un lado, vemos imágenes de la película El hombre que mató a Billy el niño (1967), de Julio Buchs, uno de los tantos spaghetti western que durante los sesenta y setenta se filmaron en España. Nos muestran una persecución, la misma que emprendió la película Billy, con la labor fundamental de desenterrar la figura de Antonio González Pacheco, alías “Billy el niño” (1946-2020), un policía metido a matón a sueldo del franquismo a través de la temida Brigada Político Social. La segunda línea tiene que ver con el personaje en cuestión, que murió durante la filmación de la película. Dos elementos paradigmáticos y muy reveladores de cómo el sistema democrático de España ha gestionado la memoria, la falta de implicación en recuperar la memoria histórica del franquismo, llevar al banquillo a sus torturadores y asesinos, y sobre todo, y lo más deleznable, alargar los procesos judiciales para que las víctimas vayan desapareciendo y así, reconstruir ese período funesto de la historia del país a través de un siniestro pacto de silencio, donde todo cambie para seguir como siempre.

El cuarto trabajo como director de Max Lemcke (Madrid, 1966), sigue escarbando en los grandes problemas de la sociedad. En Mundo fantástico (2004), nos puso en la piel de dos aspirantes a actrices con una existencia difícil, muy activa, que recogían ínfimos frutos. Con Casual Day (2007), se metió de lleno en el mundo laboral y esas estrategias para fomentar la competitividad y la individualidad entre los empleados, y en 5 metros cuadrados (2011), la compra de una vivienda por parte de una joven pareja se eternizaba y se llenaba de múltiples trabas y conflictos. Con Billy se mete de lleno en el franquismo, ese periodo oscuro que la democracia de este país se ha empecinado en borrarlo y llenarlo de sombras. El cineasta madrileño compone una película que se sustenta a través de variados e interesantes elementos y marcos. Por un lado, tenemos el documental testimonial, donde varias víctimas de “Billy”, en los lugares de infausto recuerdo (como lo hacía Rithy Panh en S-21: La máquina de matar de los Jemeres Rojos), explican sus orígenes de activismo político en la década de los setenta, sus detenciones y sus torturas a manos del susodicho. A esas imágenes se le van entrelazando material de archivo, en un trabajo my serio de found footage, con otros momentos musicales con canciones de protesta de la época en las que escuchamos a nombres tan importantes como Serrat y María del Mar Bonet, entre otros, y finalmente, imágenes de películas de ficción, la citada sobre el famoso pistolero, Siete días de enero, (1979), de Juan Antonio Bardem, sobre los asesinatos de los abogados de la calle Atocha, donde un personaje estaba basado en “Billy el niño”.

Todo ese compendio de imágenes propias y ajenas, ayuda a reconstruir o podríamos decir, a desenterrar la figura del célebre torturador, del que vemos algunas imágenes de archivo con el aspecto de entonces y el actual, pasando por incógnito por Madrid, situación que cambió cuando la justicia Argentina quiso extraditarlo, pero la Audiencia Nacional desestimó la demanda en abril del 2014. Billy ayuda a conocer a este siniestro personaje, y solo por eso, ya merece un lugar importante en el documental de este país, aunque no solo se queda ahí, va mucho más allá, porque nos habla de las cloacas oscuras del tardofranquismo y la transición, desmontando toda esa estructura que se empeña en entronizar un período sangriento y extremadamente convulso, descabalgando todos sus no héroes y desmitificándolo todo, en que un tipo como Antonio González Pacheco, se convierte en un personaje completamente revelador de las chapuzas y malas gestiones de la democracia con el franquismo.

El extraordinario trabajo de montaje de la película que firman Clara Martínez Malagelada y Julie Trillo, consiguen ritmo, contenido, sensibilidad, tensión y convierten su relato y su narración breve, de tan solo 70 minutos, en un caleidoscopio imaginativo, profundo, absorbente, valiente y magnífico en el trato al material encontrado, a los testimonios y la conjunción de todos esos elementos y miradas y texturas para construir un documento que destapa a verdugos y sistemas podridos, pero lo hace con intensidad, naturalidad y sobriedad. Billy  tiene mucho de cine de guerrilla, porque no ha recibido ninguna ayuda estatal, y su financiación se ha conseguido gracias al micro mecenazgo de personas que han contribuido a su producción, otro síntoma triste y sintomático de la relación del poder con ese pasado franquista, en una inútil tarea de meter la mierda bajo la alfombra y esperar la desaparición de testigos y olvido de todos. Billy, al igual que otras películas que siguen escarbando como El silencio de otros y Lesa Humanitat, por citar algunas de las más recientes, que no solo demuestran la ineficacia del estado mal llamado democrático, sino que ayudan a seguir esclareciendo y nombrando a todos los que asesinaron, a todos los desaparecidos, y a los que siguen hablando de lo que vivieron, aunque en este deshonroso país no hagan nada el poder que debe, por humanidad, hacerlo. Habrá que seguir haciendo películas, escribiendo libros, cantando canciones, investigando y trabajando incansablemente para que nada de todo eso quede en el olvido. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

El cine de aquí que me emocionó en el 2020

El año cinematográfico del 2019 ha bajado el telón. 365 días de cine han dado para mucho, y muy bueno, películas para todos los gustos y deferencias, cine que se abre en este mundo cada más contaminado por la televisión más casposa y artificial, la publicidad esteticista y burda, y las plataformas de internet ilegales que ofrecen cine gratuito. Con todos estos elementos ir al cine a ver cine, se ha convertido en un acto reivindicativo, y más si cuando se hace esa actividad, se elige una película que además de entretener, te abra la mente, te ofrezca nuevas miradas, y sea un cine que alimente el debate y sea una herramienta de conocimiento y reflexión. Como hice el año pasado por estas fechas, aquí os dejo la lista de 13 títulos que he confeccionado de las películas de fuera que me han conmovido y entusiasmado, no están todas, por supuesto, faltaría más, pero las que están, si que son obras que pertenecen a ese cine que habla de todo lo que he explicado. (El orden seguido ha sido el orden de visión de un servidor, no obedece, en absoluto, a ningún ranking que se precie).

1.- ARIMA, de Jaione Camborda

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2,. <3, de María Antón Cabot

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https://242peliculasdespues.com/2019/05/30/entrevista-a-maria-anton-cabot/

3.- LAS LETRAS DE JORDI, de Maider Fernández Iriarte. 

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4.- ASAMBLEA, de Álex Montoya

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5.- EL ÚLTIMO ARQUERO, de Dácil Manrique de Lara

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6.- LA ISLA DE LAS MENTIRAS, de Paula Cons

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7.- BLANCO EN BLANCO, de Théo Court

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8.. LA BODA DE ROSA, de Icíar Bollaín

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9.- LOS EUROPEOS, de Víctor García León

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10.- LAS NIÑAS, de Pilar Palomero

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https://242peliculasdespues.com/2020/09/07/entrevista-a-pilar-palomero/

https://242peliculasdespues.com/2021/02/24/entrevista-a-sofi-escude/

https://242peliculasdespues.com/2020/09/06/entrevista-a-zoe-arnao/

11.- L’OFRENA, de Ventura Durall

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https://242peliculasdespues.com/2020/09/23/entrevista-a-anna-alarcon/

12.- UNO PARA TODOS, de David Ilundaín

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https://242peliculasdespues.com/2020/09/21/entrevista-a-david-ilundain/

13.- CARTAS MOJADAS, de Paula Palacios

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https://242peliculasdespues.com/2020/10/10/entrevista-a-paula-palacios/

14.- AKELARRE, de Pablo Agüero

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15.- NO NACIMOS REFUGIADOS, de Claudio Zulian

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16.- MESETA, de Juan Palacios

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17.- LÚA VERMELLA, de Lois Patiño

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18.- NIEVA EN BENIDORM, de Isabel Coixet

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19.- HIL KANPAIAK (CAMPANADAS A MUERTO), de Imanol Rayo 

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20.- DEAR WERNER (WALKING ON CINEMA), de Pablo Maqueda

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21.- LA VAMPIRA DE BARCELONA, de Lluís Danés

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22.- PA’TRÁS NI PA’TOMAR IMPULSO, de Lupe Pérez García

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23.- MY MEXICAN BRETZEL, de Núria Giménez Lorang

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https://242peliculasdespues.com/2020/12/15/entrevista-a-nuria-gimenez-lorang/

24.- EL AÑO DEL DESCUBRIMIENTO, de Luis López Carrasco

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25.- BABY, de Juanma Bajo Ulloa

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26.- A STORMY NIGHT, de David Moragas

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https://242peliculasdespues.com/2021/03/09/entrevista-a-david-moragas/

Entrevista a Luis López Carrasco

Entrevista a Luis López Carrasco, director de la película “El año del descubrimiento”, en el marco del programa “Dies Curts”, en la Filmoteca de Catalunya en Barcelona, el viernes 21 de mayo de 2021.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Luis López Carrasco, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Jordi Martínez de Comunicación de Filmoteca de Catalunya, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad.

La viajante, de Miguel Mejías

LA HUIDA IMPOSIBLE.

“Percibir la eternidad en el rumor de un insecto”

Paul Éluard

La película se abre con un plano extraño e inquietante, una cámara de cine sobre un trípode, en lo que parece un lugar aislado, un desierto. Pero, la cámara no nos mira, sino que está hacia abajo. Luego, en el interior de un bote tapado, un escarabajo boca abajo se retuerce intentando infructuosamente salir, situación que se repetirá más adelante con una ligera variación, pero el mismo efecto de quietud, vacío y laberinto que siente la protagonista. Dos instantes que tienen mucho entre sí, dos momentos que definen enormemente el proceso emocional en el que se encuentra Ángela, un personaje que lo conoceremos en tres episodios. En el primero, que recibe el título de “La ciudad, La madre”, donde los recuerdos y la memoria juegan un papel importante en la relación de Ángela y su madre. En el segundo, “Tierras sin nombre”, la joven abandona la ciudad a bordo de su automóvil  para adentrarse en zonas aisladas como el desierto, y otras zonas boscosas y aisladas, donde recogerá a Miquel, un hombre cansado y misterioso que vuelve a su casa. El episodio que cierra la película, “Ansia de infinitud”, la relación entre Ángela y el hombre se hace más intensa emocionalmente hablando.

El director Miguel Mejías (Tenerife, 1991), había dado que hablar por sus interesantes cortometrajes como Icelands (2016) y Nocturnos (2017), entre otros, emprende en su opera prima, coescrita junta a Amanda Lobo, una película sumamente singular y seductora, conduciéndonos por una historia intimista, donde apenas hay diálogos, y filmada mediante un intenso y magnífica trabajo de cuadro y cinematografía que firma Pablo G. Gallego, donde imperan las luces mortecinas, neblinas y demás texturas, con otras, más nocturnas, con luces de neón y demás, que recuerda a los universos de Kar-Wai y los de Winding Refn de The Neon Demon, el magnífico trabajo de montaje del propio director, Oscar Santamaría (que había hecho el de Julie, de Alba González Molina), y Sergio Jiménez (editor de gente tan interesante como Luis López Carrasco, Ion de Sosa, y la reciente Karen, de María Pérez Sanz), donde el tiempo se pausa o se alarga según el momento, creando esa idea de fábula entre la realidad y el sueño. El excelso trabajo de sonido de Ángel Fragua y en mezclas, Raúl Capote, para diseñar todo ese mundo que vemos y sobre todo, oímos, convirtiendo el sonido en un espacio orgánico donde todo tiene vida y muestra emociones complejas y de verdad, como la música que firma Eduardo Paynter y Alberto Cobián, que junto a los temas que escuchamos, imprimen a la película esa sensación única y absorbente en el que nunca sabemos dónde estamos ni para qué, en una especie de infinito bucle en que todo el espacio y todo su entorno se mueve entre la realidad abstracta, el sueño y las formas difíciles e indefinibles.

Los insectos que se va encontrando Ángela, esos animales que parecen ser el motivo del viaje de Ángela, acaban siendo reflejo del alma complicada de la protagonista, como el citado escarabajo, la mariposa como símbolo de esa libertad difícil de definir, o ese gusano que se mantiene encima de la frágil rama sin saber su destino. La viajante es una película que quiere volar libre, creando esa imagen y sonidos envolventes, para construir su especial y sugerente universo por el que transita el relato, aunque podríamos acercarla a los anti westerns que tanto le gustaban a Hellman, como El tiroteo o esa cult movie como Carretera asfalta en dos direcciones, donde encontramos individuos como Ángela o Miquel, personas huyendo de algo o alguien, sin rumbo, sin vida, solo viajando, o los personajes propios de Antonioni, vacíos, sin alma, en continuo movimiento físico y sobre todo, emocional, como la Vitti de La aventura y El desierto rojo, y qué decir de aquellos que recorrían el desierto en El reportero, intentando encontrar un destino a sus existencias, y los tipos que caminan sin destino y solitarios que tanto le gusta filmar a Gus Van Sant.

Dos grandiosos intérpretes que dicen mucho hablando tan poco, que ya los pudimos ver compartiendo película en Diamond Flash (2011), de Carlos Vermut. Una Ángela Boix, con esa mirada y aspectos que traspasan la pantalla, convertida en actriz fetiche de Mejías, vuelve al universo del canario, encarnando a esa antiheroína que se quiere escapar de todo y sobre todo, de sí misma, de sus recueros, de su vida vacía, como esos encuentros fugaces del inicio de la película, de un vacío y de un todo que la ahoga. Junto a ella, Miquel Insua, uno de esos actores con un rostro de tiempo y vida, que nos recuerda a uno de esos vaqueros llenos de polvo y alcohólicos que solo querían descansar y nada más, hace de ese profesor cansado y amargado, que nada quiere, nada necesita y regresa a casa sin más. Mejías que filma y nos filma con esa cámara de cine de Súper 8 que filma los diferentes lugares, a ellos, a los insectos, que irá capturando la vida o la vida que se escapa y no volverá jamás, donde el cine, que juega un rol fundamental en la película, como metáfora de ese tiempo que se nos escapa imposible de retener.

Los espectaculares lugares que recorremos, en este viaje emocional y muy físico, encantados con su belleza y fantasmagoría, perdidos en el tiempo, de otros mundos, espacios sin vida, por las mañanas, donde Ángela y Miquel mantienen esas conversaciones sobre de dónde vienen y hacia donde se supone que van, y por las noches, la necesidad de aislamiento y soledad la comparten en bares y clubs de carretera donde el sonido y la música se imponen a los diálogos, porque la idea de el director tinerfeño es hacer su película muy visual y sonora, donde las imágenes y el sonido nos expliquen todo lo que encierran estos dos personajes, que huyen o regresan, al fin y al cabo es lo mismo, olvidarse de todos, y estar con uno mismo, existiendo en soledad, con ese vacío que tanto nos sigue o persigue, imposible de aislarlo, porque cuando todo desaparece, solo quedamos lo que somos, todo ese enjambre de vidas no vividas, recuerdos, personas ausentes, lugares extraños y sobre todo, el sueño de huir de nosotros mismos, aunque en la realidad, o en la realidad que nos vamos creando, eso no sea posible, quizás solo en nuestra imaginación, en aquello que vemos y tenemos la necesidad de filmar, de capturar para la eternidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Lucas, de Álex Montoya

TODOS NECESITAMOS UN POCO DE CARIÑO.

“Es mucho más difícil juzgarse uno mismo que juzgar a los demás. Si logras juzgarte correctamente serás un verdadero sabio”.

Antoine de Saint-Exupéry

Durante el momento más crítico de la pandemia, la plataforma Filmin estrenó Asamblea (2019), la opera prima de Álex Montoya (Valencia, 1973), de formación arquitectura, pero de vocación cineasta, oficio con el que lleva batallándose desde 1999, en los que ha dirigido la friolera de 14 cortometrajes, con los que ha cosechado más de 170 reconocimientos por todo el mundo. Asamblea era una película sencilla y directa, llena de tensión y sobria, sobre el transcurso de la última reunión de propietarios antes del verano, filmada en una sola localización, con el tono de tragicomedia, entre los que destacan unos finísimos diálogos y el extraordinario reparto que estaban en un gran nivel con nombres como los de Francesc Garrido, Cristina Plazas, Nacho Fresneda, Marta Belenguer, entre otros. Ahora, cuando la pandemia empieza a darnos tregua, y después de su exitoso paso por el Festival de Málaga, Montoya estrena su segundo largo, Lucas, que nace de un cortometraje que rodó en el 2012, recuperando así la existencia trágica de un chaval que, después de una accidente donde ha muerto su padre y él ha salido cojo, se ve viviendo con una madre en su vida que pasa bastante de su hijo, que tiene que soportar burlas y la condescendencia de sus compañeros de instituto.

La existencia de Lucas cambia cuando conoce a Álvaro, un fotógrafo al que le gustan las niñas, que le propone unas fotos para hacerse un perfil falso en los chats. Lucas desesperado por tanta carencia, ya sea emocional como material, acepta la propuesta. El director valenciano ha construido una filmografía desde una mirada hacia la periferia de su tierra, donde abundan seres que pululan entre la falta, ya sea emocional o de otra índole, personas que buscan desesperadamente que los atiendan un poco, en ese sentido, el cine de Montoya se acerca mucho al cine de Fassbinder, colocando en el centro de todo a esas personas con muy poco que andan a la deriva en busca de algo de consuelo y amor, perdidos en un mundo demasiado en el “yo”, y nada en el “nosotros”. Lucas nos pone el foco en un adolescente perdido, metido en un duelo duro por el que se culpabiliza, y sin encontrar la comprensión de una madre que no quiere que la llame así. Álvaro es esa persona a la que nunca debería conocer Lucas, pero la persona menos recomendable a priori, se convierte en ese ser que lo escuchará, lo atenderá y sobre todo, lo protegerá, aunque sea con fines personales.

Montoya plantea una película sobre los prejuicios que mueven el mundo, y por los que nos guiamos la mayoría, juzgando a la ligera sin antes conocer, y conocer de forma profunda y de verdad, planteamientos similares manejaba la película El bola (2000), de Achero Mañas. Ahora, la cosa no va de malos tratos, sino de pedofilia, donde encontramos pinceladas de películas como Harold y Maude (1971), de Hal Ashby, y La flaqueza del bolchevique (2003), de Manuel Martín Cuenca, muy bien mezclado con los ambientes que proponían tanto Rosetta (1999), de los Dardenne, o Sweet Sixteen (2002), de Ken Loach, donde niños debían coger las riendas de su familia ante la imposibilidad de tener una vida “normal”. El director levantino vuelve a contar con cómplices que han ido en su viaje todos estos años, como los de Sergio Barrejón, coguionista que ya estuvo en Lucas, cuando fue un cortometraje, Jon D. Domínguez en la cinematografía y producción, Siddhartha Barnhoorn, en la música, y en la interpretación los fieles Jorge Cabrera, Irene Anula y Jordi Aguilar.

Lucas consigue conmovernos, hacernos reflexionar y sobre todo, nos posiciona en el lugar del otro, para que lo miremos de verdad, sin titubeos ni prejuicios, para que conozcamos al otro, de frente, mirándolo a la cara, encontrándonos con su humanidad. Un guion donde encontramos dos partes bien diferenciadas. La primera, totalmente urbana, donde se refleja el agobio y la tensión que sufre Lucas en ese entorno asfixiante, y aparece Álvaro, casi como una especie de ángel de la guarda, que lo sacará de ese momento, y lo llevará fuera, donde arrancará la segunda parte, completamente desarrollada en los márgenes de la ciudad, en una casa frente a los arrozales y alejada de todos. Montoya ha construido una película transparente, de esas que calan muy hondo, que nos plantea como pensamos y como juzgamos, y nos coloca en el corazón de un relato que tiene mucho de nosotros y de los otros, bajo el rostro de dos personas que deben de esconderse de los demás, porque su “verdad”, aquello que ocultan, es demasiado doloroso para los demás, y deben alejarse para volver a sentirse personas, echando sus demonios interiores e intentando seguir adelante con mucha menos carga culpabilizadora.

Si su parte técnica destaca por su arrojo, transparencia, intimidad, y fisicidad, por la gran capacidad de sacar lo máximo con lo mínimo, donde lo urbano se convierte en un laberinto donde Lucas es obligado a estar. Aunque es en el apartado artístico donde la película arroja sus mejores y más brillantes momentos es en su magnífico trabajo interpretativo de todo su elenco, arrancando con Jorge Motos que da vida al desdichado Lucas, Jorge Cabrera, fogueada en mil personajes, tiene aquí su gran oportunidad con Álvaro, que maneja a las mil solturas y lo convierte en un tipo atormentado que debe huir para ser él mismo. Jordi Aguilar, que ya estuvo en Asamblea, vuelve al universo Montoya con Manu, el novio de Irene, que hace Irene Anula, la madre del chico, por decir algo. Lucas es ante todo una historia muy bien contada, la cámara se coloca donde toca, y sobre todo, sus intérpretes dan vida, y transmiten con claridad y logran componer unos personajes humanos, complejos y llenos de oscuridades, que andan a la espera de encontrarse con un poco de cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a María Pérez Sanz

Entrevista a María Pérez Sanz, directora de la película “Karen”, en el marco del D’A Film Festival, en el Hotel Regina en Barcelona, el viernes 30 de abril de 2021.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a María Pérez Sanz, por su tiempo, generosidad y cariño, y a Sandra Carnota de ArteGB Comunicación, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad.

Karen, de María Pérez Sanz

LA VIDA DESPUÉS DE TODO.

“No hay nada más extraño en una tierra extraña que el extraño que viene a visitarla”

Todos, absolutamente todos, somos muchas personas, quizás demasiadas, o no, muchas almas anidan en nuestro interior, la que somos, la que fuimos, la que queríamos ser, la que soñábamos con ser, y todas aquellas que imaginábamos y finalmente no fuimos. La escritora Karen Blixen (1885-1962), también fue muchas mujeres, con muchos nombres, como los de Tania, Tanne, Isak Dinesen, pseudónimo con el que firmó grandes novelas como la famosa “Memorias de África”, que Sydney Pollack adaptó en 1985 haciendo una bellísima película. Hacer una película sobre su vida entraña muchos desafíos, aunque María Pérez Sanz (Plasencia, Cáceres, 1984), ya sabía lo que era cuando un extranjero visita una tierra extraña y se hace con ella en un sentido emocional, como ya contó con el artista alemán Wolff Vostell en su ópera prima Malpartida Fluxus Village (2015).

En Karen, con un guion que firma junto a Carlos Egea, opta por el otro lado del espejo, más bien por su reflejo, porque filma todo lo que queda de una vida, todo aquello que no se relata, todo aquello que queda suspendido en el aire, todo lo irrelevante, o tal vez no, porque la película nos sitúa en África, en el particular paraíso de Karen en Kenia, en la que ya no hay lugar para las grandes aventuras, los amores apasionados, ni nada de épica ni heroísmo, solo la persona, con sus quehaceres cotidianos, como esos maravillosos encuadres con los que arranca la película, y ese caminar pausado y sin rumbo de Karen y su criado-escudero que es Farah Aden, el musulmán somalí, que no solo actúa como su sombra, sino como su confesor, su interlocutor, su guía, su guardián y sobre todo, como su hermano al que consultar cada aspecto de su vida o lo que queda de ella. La cineasta extremeña hace una pieza de cámara, como las que le encantaban a Brecht, construida a partir de silencios, de esa cadencia rítmica, en la no pasa nada y está pasando todo.

En Karen no escuchamos música, apenas un tema al inicio, y otro, que acompaña a los títulos finales, el resto es el sonido de la vida, el de la sábana africana, aquí imaginada en la dehesa extremeña cerca de Trujillo, licencia que se permite la película, como el idioma castellano de los personajes, licencias que casan con asombrosa naturalidad en el relato, acompañando la vida y la cotidianidad de estos personajes, mientras descansan y sueñan con todas esas vidas que no vivieron, rodeados de ausencias, de fantasmas y de la calidez, el desasosiego y la tranquilidad de unos días, que seguramente serán los últimos, aquellos que despiden África y por consiguiente la vida. La desmitificación que hace del personaje convirtiéndola en la persona, con ese aroma que tienen los mejores anti westerns de Hellman y Peckinpah, los experimentos de Albert Serra y Lisandro Alonso, en la que toda la grandeza de los personajes queda reducida a las cuatro paredes de la vida doméstica, a aquello que pasa desapercibido, a la vida cuando no hay vida, a las emociones cuando las que creíamos verdaderas ya no nos ilusionan, a la vida en sus pliegues, en sus contornos, en sus márgenes, como deja demostrado ese momento cuando la célebre escritora desayuna comiéndose un huevo y masticando una tostada acompañada de café.

Sus largos paseos por sus tierras, sus silencios como sus conversaciones aparentemente intrascendentes entre Karen y Farah, o mejor dicho entre una mujer herida y cansada, Sabu, término que utiliza el criado para dirigirse a Karen, en las que hablan de las estrellas perdidas como ellos bajo la luna africana, o el instante en que ella come un melocotón y Farah le insiste que ha vuelto un hombre al que debe dinero, o esa otra, cuando reparten los sueldos a los aparceros Kikuyu, o los continuos rezos de Farah, o los paseos nocturnos de Karen, solo interrumpidos por una escena en que Amelia, una amiga de Karen, le visita y le cuenta una historia muy personal, el resto son la mujer y su criado, una relación que sin ruido y con mucha parsimonia los va acercando más de lo que imaginan, mucho más de lo que aparentemente se podría pensar, igualándolos, haciéndolos una unidad de destino como menciona Karen. El aspecto técnico de la película es prodigioso con el magnífico 16mm de Ion de Sosa en la cinematografía, que consiguen darle esa piel y textura a la atmósfera cargada e íntima, y sobre todo, ese otro aspecto espiritual que recorre cada fotograma de la película, y el laborioso montaje que firman Sergio Jiménez (que había editado El año del descubrimiento) y Carlos Egea, componiendo una película que vive de lo que captura con una sencillez y sensibilidad abrumadora, y aquello que no se ve, con esas elipsis y esos instantes donde la vida va a través del tiempo detenido.

Una pareja protagonista maravilloso, que brilla con luz propia en una película que tiene la misma importancia cuando callan y se miran, que cuando dialogan y comparten la vida y el más allá. Por un lado, tenemos a Christina Rosenvinge, más dedicada a su faceta musical, que no veíamos en cine desde Todo es mentira y La pistola de mi hermano, allá por los noventa. Aquí, deslumbra en su persona de Karen, haciéndola humana, pequeña y real, con esa intimidad que traspasa su piel y su cuerpo, con ese gesto y mirada de perdida, de vida mirada, de tiempos pasado, de vidas vividas y aceptadas. Frente a ella, Alito Rodegers Jr. Como Farah, que lo hemos visto en muchos papeles en televisión y en cine, a las órdenes de nombres tan importantes como Olea, Almodóvar y Chus Gutiérrez, entre otros, da vida a ese criado, y la presencia estimulante de Isabelle Stoffell, que habíamos visto en las películas de Jonás Trueba. Farah es mucho más que un sirviente para Karen, un hermano, un guía, su sombra y su reflejo en sus últimos días en África donde los recuerdos se acumulan, donde la vida se mira desde la distancia, donde las cosas adquieren un valor espiritual. Pérez Sanz no ha hecho un biopic al uso, ni ha cogido nada de ese género tan grandilocuente y vacío, sino todo lo contrario, porque la directora extremeña ha construido el anti biopic, la no biografía, o mejor dicho, la biografía sin más, todos aquellos instantes de la vida, y del vivir, que parece que a las grandes historias no les interesa, o podríamos decir, que las historias pasan de estos aspectos vitales de la vida, que si los miramos con detenimiento y pausa, acaban siendo los más importantes, los que cuentan más de nosotros, de quiénes somos y cómo sentimos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA