Entrevista a Ana Serret Ituarte, Isabelle Stoffel y Violeta Rodríguez, directora y actrices de la película «Apuntes para una ficción consentida», en el marco del D’A Film Festival, en su habitación del Hotel Catalonia Ramblas en Barcelona, el lunes 23 de marzo de 2026.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Ana Serret Ituarte, Isabelle Stoffel y Violeta Rodríguez, por su tiempo, sabiduría y generosidad, y a Henar Ortega de Contarlo Comunicación, por su tiempo, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“Me llamo Violeta Miraballes Llanera. Soy actriz y comparto esta casa con una actriz suiza, Lea Grand. Pero, qué hace un actriz suiza en Madrid. Me dijo que se había enamorado de nuestra lengua y que el acento no era ni lengua, ni texto ni teatro. Además, iba a fulminarlo en cualquier caso. Estaba en ello”.
Hay comienzos y comienzos en el cine. Por eso, viendo la apertura de la película de bellísimo y revelador título Apuntes para una ficción consentida, nos quedamos hipnotizados desde ese primer cuadro en el que observamos un balcón. De repente, una mujer abre la ventana y se posa delante de nosotros, mirándonos sin pestañear. Un personaje que se presenta y actúa como narrador no de su propia vida, sino que nos cuenta la existencia y cotidianidad de Lea Grand, una actriz suiza en Madrid, y sus pormenores de intentar ser actriz en una profesión extremadamente difícil, y más aún cuando no saben ubicarte. El relato se decanta por lo sencillo e íntimo, explicándonos de frente y a hurtadillas una historia particular y muy personal sobre una mujer extranjera en todos los sitios, incluso de sí misma, que no encuentra su lugar, o quizás, está llamando en los lugares equivocados.
La directora Ana Serret Ituarte (Madrid, 1970) se fogueó como asistente y directora de segunda unidad junto a directores como Mario Camus, Fernando Colomo, Gerardo Vera y Mariano Barroso. Ha dirigido un par de documentales La fiesta de otros (2015) y El señor Liberto y los pequeños placeres (2017), y desde hace once años colabora en el imperdible proyecto Cinema en Curs. Lea tiene mucho de Delphine, la mujer que no encontraba a nadie para viajar y lo hace sola en la magnífica El rayo verde (1986), de Éric Rohmer, y no lo digo porque vivan experiencias parecidas, sino por la actitud ante los problemas, ya que ambas resisten ante la adversidad, y lo hacen desde la serenidad y la reflexión, sin hacer aspavientos ni lamiéndose las heridas, sino continuando firmes a pesar de los pesares, firmes en su camino aunque la mochila lleven dudas, miedos y demás. El relato sigue a Lea, que va de aquí para allá con su inseparable bicicleta para conseguir su lugar como actriz, incluso viaja a su país natal, Suiza, para un proyecto. Lea vivirá sus experiencias a modo de capítulos, los apuntes del mencionado título, encontrándose con personajes como su ex, que la sigue dirigiendo en teatro, una joven actriz y compañera de piso, la narradora que hemos citado, un pianista que apenas habla, y un enfermero especialista en murciélagos.
La cinematografía exquisita y cercana, con ese cielo mortecino que acompaña toda la película, que le otorga un aroma romántico y de verdad a la historia, con una Lea metida en una vida en el que continuamente su reflejo la lleva a cuestionarse y lanzarse en libertad. Una luz bien ejecutada que transmite el desasosiego y alegría que siente la protagonista que firma Almudena Sánchez, que tiene en su haber a cineastas como Pablo Llorca, Chus Gutiérrez y documentales tan interesantes como a media voz y Viaje a alguna parte, entre otros. La banda sonora de la película es otro de los elementos rompedores y nada convencionales, porque se usan composiciones clásicas que firman Brahms, Beethoven, Chopin y Bach, interpretados por el músico Javier Porro, que le dan esa dicotomía en la que transita la suiza-madrileña. El montaje lo firma una grande como Marta Velasco, sobran presentaciones, con una larga trayectoria muy reconocida que le ha llevado a trabajar con grandes cineastas, en una elaborada y cuidada edición que nos lleva despacio y sin prisas por este deambular de la citada Lea, en su aventura cotidiana que tiene mucho de antiheroína que no se detiene, y cuando lo hace es para coger impulso y volver a lanzarse y vuelta a empezar, en sus 81 minutos de metraje que pasan volando, donde hay tiempo para charlar, reencuentros y demás sorpresas.
Una película de estas características, tan íntima y tranquila, debía tener una gran actriz como Isabelle Stoffel, habitual del cine de Jonás Trueba, con el que la película tiene cierta fraternidad, componiendo un personaje de verdad, con algún toque de su propia realidad, metido en una trama de cómo ser actriz y no morir en el intento. Le acompañan Violeta Rodríguez como joven y aspirante a actriz, la estimulante presencia de Álex Brendemühl como el ex, y los intérpretes suizos Manfred Liecht y Mona Petri, Francesca Piñon como vecina, y la aparición en un par de secuencias del director Sigrid Monleón. Resulta muy agradable el estreno de una película como Apuntes para una ficción consentida, de Ana Serret Ituarte que debuta en la ficción con toques de realidad, o mejor dicho, ese cine que vive de lo cotidiano, de la verdad de sus entornos, personajes y demás accidentes vitales, porque el cine puede ser muchas cosas, y también, una excelente herramienta para mirarnos, para que nos miren, y sobre todo, aprender de los demás y de nosotros mismos, lo que somos, lo que fuimos y lo que seremos, o quizás, lo que pretendemos ser, entre sueños y realidades, entre lo que somos y lo que imaginamos, entre nuestros deseos y las malditas realidades que se interponen en nuestro camino. Todos esos palos toca la película, con su aroma de fábula de tantos actores y actrices que, por azares o destinos o cómo vds. deseen, aterrizan en un país tan ajeno que acaban de ser de allí aunque los demás crean lo contrario y eso provoque una eterna extranjería allá donde vaya y haga lo haga y sienta lo que sienta. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
Entrevista a Abel García Roure, director de la película «Sumario 3/94», en su domicilio en Barcelona, el viernes 4 de enero de 2025.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Abel García Roure, por su tiempo, sabiduría, generosidad, y al equipo de comunicación de la distribuidora Begin Again Films, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“Cuando hablamos de precariedad tendemos a relacionarla con precariedad laboral y económica, pero la precariedad adopta hoy formas diversas, formas de vulnerabilidad que hablan de la inestabilidad y la exposición a una flexibilidad y temporalidad constante, de la ansiedad en las formas de vivir el tiempo, del tono desechable de las prácticas y de la información…”
Remedios Zafra
Los dos primeros largometrajes de Ignacio Estaregui (Zaragoza, 1978), tanto Justi&Cia (2014), como Miau (2018), se adentran en un tono de comedia para hablarnos de crisis laborales y de vejez. En En Racha (2020), un cortometraje de 17 minutos nos situaba en la mirada de un guardia de seguridad de un palacio en su turno de noche donde el tono era de drama. En Rider, el drama vuelve a estar presente, donde conocemos a Fiorella los 72 minutos de metraje, en el que la joven a bordo de una bicicleta y asumiendo el rol de su compañera de piso, va entregando los respectivos pedidos, mientras va atiendo llamadas de los de allá, de los de acá, y sobre todo, se sumergirá en la entrega de un pedido especial, quizás demasiado oscuro para ella.
El director zaragozano habla de existencias precarias en todos los sentidos: de trabajo, de vivienda y de estudios. Todo está contado en una especie de contrarreloj donde la bomba está a punto de explotar. Una carrera hacia la nada, perseguida por todos y todas, en una constante huida por las calles de Zaragoza, y la urbe humana y demás que pulula por esos espacios más allá de medianoche. Un mundo de sombras, de unos que salen a divertirse o eso es lo que creen, y otros, como Fiona, que no vive en la precariedad más absoluta, temblando cada día por si no le llega la pasta, no puede pagar esto o aquello de más allá. Es una película dura pero no se regodea en la mierda, es decir, cuenta una realidad que rompe el alma, sí, pero lo hace con dignidad, valentía y sobre todo, humanidad, porque hay algo de luz entre tanta desigualmente, desesperanza y deshumanización. El tiempo de la película, el aquí y ahora, es un grandísimo acierto para meternos en la piel y el cuerpo de la protagonista, porque todo es agitación, fisicidad y movimiento, que evidencia el estado emocional tan frágil en el que debe vivir Fio. Aunque a parte de la realidad más cercana y tensa, hay tiempo para esos breve momentos donde la joven circulando en una ciudad casi vacía, reflexiona en una especie de letargo sin fin.
Estaregui se ha reunido de algunos de sus técnicos más cómplices como el guionista S. Sureño, que ya trabajaron juntos en el mencionado En racha, el cinematógrafo Adrián Barcelona, que estuvo en las citadas Miau y En racha, y en películas tan estimables como Para entrar a vivir y Ullate. La Danza de la vida, en una luz que sigue y psicoanaliza a la protagonista, con esos largos travellings que ayudan a crear la sensación de huida y sometimiento. El montador José Manuel Jiménez, también En racha, que tiene una gran filmografía al lado de Achero Mañas, Miguel Ángel Vivas, Isabel de Ayguavives, Koldo Serra y Salvador Simó, entre otros otros, y la ayudante Lucía Casal, que ha trabajado con Jaime Rosales y Àlex Montoya, en un destacado trabajo donde sus citados 72 minutos de metraje son adrenalina pura, agitación y tensión deslumbrantes. El estupendo sonido que firma Pablo Lizárraga, que estuvo en Miau, y en series como El Cid y Las abogadas, y en los equipos de La estrella azul y Saben aquell, que se metamorfosea junto a la música de Luis Giménez, que ha estado en todos los trabajos de Estaregui, donde la película construye un microcosmos auténtico y nada impostado.
Cabe destacar la magnífica interpretación de la actriz venezolana Mariela Martínez, que estuvo en La jefa (2022), de Fran Torres, haciendo de la omnipresente Fio, que pedaleando por la noche maña, se verá expuesta a todo y a todos sumergiéndose aún más en las zonas más oscuras de la ciudad. Una composición que recuerda a la misma situación que vivía Tom Hardy en Locke (2013), rodeado de voces. Este interesante cruce de terror hitchockiano con lo social, con lo de verdad y lo humano, que coproduce Centuria Films, una compañía que ha hecho interesantes producciones como documentales como Garbo, el espía y, Hotel Explotación. Las Kellys y ficciones como Cuando dejes de quererme, entre otras. Recordemos el nombre de su director Ignacio Estaregui, y recuperaremos sus dos anteriores largos, porque nos ha gustado mucho esta pequeña e inmensa película que con talento y verdad ha conseguido acercarnos la vida de muchos de estos “riders” y todo lo que hay detrás de sus vidas como las que se contaban en La historia de Souleyman, de Boris Lojkine, apenas estrenada hace un mes y algo, que también nos situaba en la cotidianidad de un rider en las calles de París y sus innumerables circunstancias de supervivencia. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“Sólo se vive una vez, pero si lo haces bien, una vez puede ser suficiente”.
Mae West
Erase una vez… un tipo llamado Tristán, un escritor frustrado que sobrevive escribiendo frasecillas en sobres de azúcar. Un día, recibe el encargo de llevar el cadáver de su hermano mayor Simón de Avilés hasta Benidorm donde será enterrado bajo un árbol. Empujado por el montante económico, Tristán decide aceptar. Quizás sea la última oportunidad de vivir una experiencia verdadera y salir de esa vida rutinaria y aburrida en la que lleva instalado demasiado tiempo. A los hermanos y cineastas valencianos Javier y Guillermo Polo los conocimos a través de El misterio del Pink Flamengo (2020), dirigida por Javier y en la cinematografía Guillermo, una extraña mezcla de comedia y aventura protagonizada por un tipo obsesionado con los flamencos que le llevará a un alucinante viaje por Estados Unidos. Ahora, nos llega la ópera prima de Guillermo, a partir de un guion firmado por Guillermo Guerrero, Mr. Perfume y Vicente Peñarrocha, del que conocemos como director de películas como Fuera del cuerpo (2004) y Arritmia (2007), y series como Sin tetas no hay paraíso y La fuga, entre otras.
Estamos frente a un interesante cruce de comedia negra con ecos de “indie” estadounidense a lo Hellman, Peckinpah y demás, donde los vaqueros y caballos han sido sustituidos por tipos igual de perdidos y coches ochenteros, con el mejor aroma de las comedias populares negrísimas que asolaron el cine español de entonces, en un relato por el que pululan muchos perdedores o pobres tipos sin suerte o quizás, gentes corrientes metidos en empresas demasiado grandes para ellos. La estructura sigue una road movie, arrancando en Avilés pasando por Soria, Teruel, Calpe hasta el destino final en Benidorm. Pero, la cosa no termina ahí, porque a Tristán lo sigue una asesina a sueldo acompañada por su padre senil, amén de la viajera Álex, una joven que huye o simplemente anda tan perdida y desesperada como el protagonista. También, podemos verla como una crónica social muy de aquí, con una familia rota o demasiado separada, seres en los márgenes de la ley, que hacen y deshacen o quizás hacen lo que pueden dentro de lo poco que saben. La historia entretenida y cercana en la que a esta pareja accidental les pasa de todo, y donde se enfrentan a todo aquello desconocido, peligroso y diferente.
La cinematografía de Pablo García Gallego que trabajó en La viajante (2020), de Miguel Ángel Mejías, consigue esa textura gruesa muy del 16mm y esa inmediatez que tiene toda la historia, construyendo un luz cambiante donde el día y la noche ayudan a ir cimentando emocionalmente a los personajes. La música de Pablo Croissier ejerce un espejo-reflejo de lo que vemos en la pantalla, acompañada de unos grandes temas entre los que destacan las bandas Dover, Pony Bravo, Yo diablo, The Paragons, Camela, Los Rockets y Hogar, entre muchos otros. El montaje lo firman el trío Ernesto Arnal, del que vimos En temporada baja (2022), de David Marqués, Óscar Santamaría, que tiene cortos con David Pantaleón, y Vicente Ibáñez, con más de dos décadas en el campo cinematográfico, en películas como Agua con sal, El amor no es lo que era, ¿Me esperarás?, entre otras, que consiguen una película dinámica, muy física, y con sus partes emocionales, espontánea y libre, con esas dosis de drama cotidiano, comedia negra muy loca y psicótica, tanto en lo físico como en lo emocional, con sus rítmicos 103 minutos de metraje, con referencias a Ola de crímenes, ola de risas (1985), de San Raime, y escrita por los hermanos Coen, y otras famosas de los dos hermanos como Arizona Baby y El gran Lebowski, entre otras.
Su extraordinario reparto encabezado por un desatado Pablo Molinero como protagonista, bien acompañado por Mero González como Álex, y un siempre fabuloso Isak Férriz como “hermano”, una estupenda Antonia San Juan como “asesina”, y Manuel de Blas como su padre senil, Emilio Buale y Luifer Rodríguez como polis enfadados, y la desaparecida Itziar Castro, siempre tan fantástica, y las presencias de Pino Montesdeoca, Manolo Kabezabolo y Eloi Yebra como punkis. si quieren pasar un buen rato no dejen de ver Lo carga el diablo, de Guillermo Polo, porque disfrutarán de lo más nuestro y cañi con ese aire de road movie negra y buenas dosis del cine gamberro estadounidense, pero no de la risa floja y chistes por doquier, sino de todo lo contrario, aquel que se distingue por retratar a personajes de fuera, aquellos que la vida los asume a una existencia anodina y aburrida, pero ellos se empeñan en lo contrario que, aunque les vaya de aquella manera, siguen intentándolo, a pesar de ellos y de su alrededor, todavía mantienen algo vivo que les empuja a creer algo en ellos, no mucho, pero les hace levantarse cada vez que la vida se empeña en lo contrario. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“Para escribir novelas, una mujer debe tener dinero y un cuarto propio”.
Virginia Woolf
En la amalgama de producción nacional resulta muy estimulante una película como Un bany propi, ópera prima de Lucía Casañ Rodríguez (Valencia, 1996), formada en la UPC de su ciudad natal y luego, en el Máster en Dirección de la ESCAC. Porque lo que propone la película es un viaje emocional muy íntimo y profundo de una mujer como Antonia, una ama de casa de 65 tacos de vida muy rutinaria y anodina. Tomando como referencia el ensayo “Una habitación propia”, de Virginia Woolf (1882-1941), el relato se sitúa en los pliegues de la invisibilidad, es decir, en ese espacio donde cada uno de nosotros/as necesitamos encontrarnos y hacer eso que no le contamos a nadie, ya sea por pudor o vete tú a saber. Antonia sueña con escribir historias, pero necesita un lugar tranquilo, un lugar en el que nada ni nadie le moleste, y ese lugar lo encuentra en los baños, ya sean públicos o privados. Ese es su sitio, “su lugar”, el momento en que olvida quién es, su vida diaria y se convierte en una escritora que analiza las vidas de conocidos o desconocidos a través de sus baños.
La trama se centra exclusivamente en Antonia, una señora aburrida y cansada de su monótona existencia, y su viaje doméstico por los baños y sus “análisis” y cómo su vida se va tornando diferente y muy interesante, tanto en sus quehaceres cotidianos que la lleva a conocer a personajes muy alejados a ella como Bob, un punki de gran corazón, que alquila como empleado doméstico, y se muestra distante con su familia, en especial con su marido Alberto, empleado en la sombrerería familiar de toda la vida y un carácter callado y reservado. Una antítesis para Antonia que, en su pequeña hazaña de encontrar su espacio para escribir deberá vencer los recelos ajenos como los de su amiga Conchi, y los propios miedos para llevar a cabo su idea a pesar de todos y todo. No estamos ante una película extravagante ni demasiado extraña, porque se sitúa en lugares y personajes comunes y tremendamente cercanos, eso sí, nos sumerge en aquello que no vemos, en todos esos deseos ocultos y silenciosos que todos tenemos y callamos a los demás. En todos esos mundos propios, incluso universos, y sus lugares, todas esas habitaciones propias e íntimas de las que habla Woolf.
Otro de los aspectos que más llaman la atención de Un bany propi es que hace alarde de su modestia, porque acoge una atmósfera atemporal, que podría remitirnos a finales de los setenta y principios de los ochenta, pero que introduce elementos actuales como los teléfonos móviles, aunque siempre manteniendo esos espacios interiores como idea de laberinto e invisibilidad. Un gran trabajo de cinematografía del casi debutante Borja V. Salom, con una textura que nos acerca a la comedia negra de los cincuenta, en color eso sí, pero un color de colores apagados que contrastan con los colores más vivos del baño de Antonia, en que el trabajo de arte de Maje Tarazona (de la que hemos visto la exitosa serie valenciana L’alqueria Blanca y el largo de ciencia-ficción Kepler Sexto B, entre otras), ha sido muy importante y detallista en este aspecto. La música de Vicent Barrière (con una gran trayectoria al lado de cineastas como Adán Aliaga, Claudia Pinto. Alberto Morais y Avelina Prat, entre otros), ayuda a generar ese reposado traza entre lo cotidiano y lo diferente por el que se transita la historia. El montaje de Pepa Roig, que ha trabajado en cortos y documentales, ayuda a mantener esa línea leve y ascendente que mantiene con pausa la trama, sin acelerarse y sobre todo, cuidando cada gesto y mirada, en sus interesantes 102 minutos de metraje.
Encontrar una actriz que encarne a la encantadora y novelesca Antonia no era tarea fácil, pero la composición y la sensibilidad que aporta una actriz como Núria González es magnífica, porque hace un personaje muy cercano, sin caer en la parodia ni en la risa fácil, sino generando esa empatía de alguien que busca su lugar, su espacio y sobre todo, dar un aliciente diferente a una vida vacía y triste. Le acompañan Carles Sanjaime, actor visto en muchas series y películas, que hace de Alberto, lo contrario a su mujer Antonia, heredero del negocio familiar y una vida demasiado acomodada pero al contrario que su esposa, él no ve nada más. Amparo Báguena es Conchi, una amiga de Antonia que pertenece a su mundo y no al que ella quiere montar, pero ayuda a ser un gran complemento del conflicto. Y finalmente, la presencia de Antonio Martínez “Ñoño”, un tipo raro en el mundo de Antonia que, no parecerá tan así a medida que avance la trama. Tiene Un bany propi, el aroma del universo de Tati, el tono de fábula y cuento moderno del cine de Jeunet y Caro, y el universo cotidiano y extraño de gentes como Juan Cabestany y Julián Génisson, y el espíritu surrealista de lo cotidiano de escritores como Tom Wolfe y Quim Monzó. No se pierdan la película de Lucía Casañ Rodríguez, porque les gustará y sobre todo, les hará cuestionarse muchas cosas de su vida, quizás tantas como le sucede a Antonia, ya me dirán. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“Y el cielo se encuentra nublado/no se ve relucir una estrella,/los motivos del trueno y del rayo/vaticinan segura tormenta./(…) Y son, y son, y son/tiempos de bonanza/que tienen, que traen, que están/llenos de esperanza”.
Fragmento de la letra “Nube y esperanza” cantada por Antonio Soriano
Muchos de los cineastas de la no ficción se acercan a la Guerra Civil Española y el franquismo a través del archivo mediante una vasta colección de imágenes, fotografías y documentación para viajar al pasado y sobre todo, establecer vínculos con el presente más inmediato y todo aquello que continúa y lo que no entre nosotros. Si nos remitimos a la música, encontramos menos películas que se hayan interesado por sus canciones. La que nos viene a la memoria es la imperdible Canciones para después de una guerra (1976), de Basilio Martín Patino, que mediante imágenes y canciones de la época trazaba un retrato de la España de antes y después de la citada guerra. Así que, una película como La marsellesa de los borrachos, de Pablo Gil Rituerto (Madrid, 1983), no sólo es una agradable sorpresa, sino que, además, es una prueba más de todas esas historias invisibles que todavía no han sido contadas.
En el verano de 1961 el grupo italiano Cantacronache recorrió los pueblos del norte de España haciendo 6000 kilómetros y regresando a Turín con 9000 pies de cinta magnética, notas de viaje y cientos de fotografías. Una gran colección sobre la resistencia antifranquista que incluye canciones populares cantadas a capela, testimonios de la dictadura y poemas originales. El cineasta madrileño que conocíamos por sus trabajos como editor para grandes nombres como los de José Luis Guerin, Mercedes Álvarez, Isaki Lacuesta y Marc Recha, hace su puesta de largo con una película que coescribe junto a Alba Lombardía, donde acoge todo el material archivado del viaje de los Cantacronache y con un equipo recorre los mismos lugares 61 años después, en el verano de 2022. Una película que no se sitúa en ningún lado y apuesta por dejarse llevar por todos los materiales a su alcance. Un retrato caleidoscópico en el que escuchamos las grabaciones del 61, vemos las fotografías, y emprendemos una road movie-musical en el que solistas y grupos y conjuntos vuelven a interpretar las canciones tendiendo un puente imaginario entre ayer y hoy, trazando una profunda y honesta reflexión de sobre las canciones antifranquistas y sobre todo, cómo suenan y resuenan ahora.
Gil Rituerto se acompaña de grandes técnicos como el cinematógrafo Daniel Lacasa, del que habíamos visto su trabajo en La granja del pas (2015), de Sílvia Munt, y su actividad como ayudante de sonido en películas como La plaga (2013), de Neus Ballús, y la mencionada Mercedes Álvarez en Mercado de futuros (2011), donde coincidió junto a Rituerto, la excelente música de Lina Bautista, que no tenía empresa fácil porque tenía enfrente un recorrido de canciones, el gran trabajo de sonido directo de Gerard Tàrrega, Giovanni Corona, Cora Delgado y Fernando Aliaga, y el diseño sonoro de la grande Laia Casanovas del Pino que tiene en su haber casi 100 títulos donde hay gente como Almodóvar, series, primeras películas y documental. El montaje que firman el propio director y Marcos Flórez, del que hemos visto películas tan extraordinarias como El último verano, de Leire Apellaniz, Arima, de Jaione Camborda, Nación, de Margarita Ledo, Canto Cósmico. Niño de Elche, de la citada Apellaniz y Marc Sempere Moya, y la más reciente La guitarra flamenca de Yerai Cortés, de Antón Álvarez, entre otras, en un gran uso del material de archivo que tiene su reflejo en el presente en un continuo vaivén de tiempos, texturas y miradas en una película que se ve con emoción y tristeza en sus 96 minutos de metraje.
Todo lo que La marsellesa de los borrachos nos cuenta y reflexiona sobre el significado del pasado, a través de las canciones populares antifranquistas y su vuelta al presente y el estado de las cosas, tiene mucho que ver con el mismo camino que emprendía Avanti Popolo (2012), de Michael Wahrmann, donde las canciones de izquierda que hicieron de resistencia durante la dictadura de Brasil se cruzaban con una historia personal del propio cineasta. Otra película como Cantares de una revolución (2018), de Ramón Lluís Bande, con la presencia del personaje-músico Nacho Vegas, también presente en la película de Gil Rituerto, donde viajaba y recupera el cancionero de los obreros y campesinos asturianos que en octubre de 1934 se alzaron contra la injusticia. Tres películas muy diferentes entre sí que tienen un frente común y reconocible que no es otro que el de recuperar los tesoros ocultos e invisibles de la memoria histórica de Brasil y de España desde el espacio de lo popular, de todos los nadies, que menciona Galeano, de todos y todas las personas que siguieron en la lucha y la resistencia a pesar de los pesares, con sus trabajos, sus propuestas y sus canciones.
No deberíamos dejar pasar una película como La marsellesa de los borrachos, por su gran contribución a recuperar o mejor dicho, a desenterrar un caso totalmente desconocido para el que suscribe, de unos jóvenes italianos en aquella España gris y totalitaria de aquel verano del 1961, y reivindica todo su legado de grabaciones de canciones, testimonios y fotografías, y la maravilla que hace la película que es coger todo ese material, sacarlo a la luz, como demuestran sus emocionantes imágenes del inicio de la película, y sobre todo, mostrarlo a los espectadores sesenta años después. Todo su entramado es una idea magnífica, reinventándose ese puzle de pasado y presente, con continuas viajes que no tienen fin y funcionan en un bucle infinito de reflejos y espejos, con las actuaciones del pasado en el que escuchamos entre otros a personajes como José Agustín Goytisolo, Celso Emilio Ferreiro en galego, y Antonio Soriano, y otras voces anónimas, y las del presente, con el mencionado Nacho Vegas, Maria Arnal y Marcel Bagés, y grupos como La ronda de Motilleja y el Grupo Minero de Turón, y muchas más, que conforman no sólo una película que mira y reflexiona sobre el pasado a través del presente y se pregunta por la vigencia de aquellas canciones que tenían un significado y agrupaba una voz y una resistencia contra la violencia franquista. Quizás ya no tienen esa fuerza pero siguen sonando con emoción. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
El año cinematográfico del 2023 ha bajado el telón. 365 días de cine han dado para mucho, y muy bueno, películas para todos los gustos y deferencias, cine que se abre en este mundo cada más contaminado por la televisión más casposa y artificial, la publicidad esteticista y burda, y las plataformas de internet ilegales que ofrecen cine gratuito. Con todos estos elementos ir al cine a ver cine, se ha convertido en un acto reivindicativo, y más si cuando se hace esa actividad, se elige una película que además de entretener, te abra la mente, te ofrezca nuevas miradas, y sea un cine que alimente el debate y sea una herramienta de conocimiento y reflexión. Como hice el año pasado por estas fechas, aquí os dejo la lista de 30 títulos que he confeccionado de las películas de fuera que me han conmovido y entusiasmado, no están todas, por supuesto, faltaría más, pero las que están, si que son obras que pertenecen a ese cine que habla de todo lo que he explicado. (El orden seguido ha sido el orden de visión de un servidor, no obedece, en absoluto, a ningún ranking que se precie).
“La virilidad es un mito terrorista. Una presión social que obliga a los hombres a dar prueba sin cesar de una virilidad de la que nunca pueden estar seguros: toda vida de hombre está colocada “bajo el signo de la puja permanente”.
Georges Falconnet y Nadine Lefaucheur (1975)
El director español Juan Gautier dirigió en 2015 el cortometraje El aspirante, una historia muy negra y terrorífica sobre las novatadas en los colegios mayores. Casi una década después ha tomado su génesis y ha convertido en un largometraje homónimo un relato situado en 24 horas donde dos jóvenes novatos se ven sometidos a las vejaciones múltiples de los veteranos. (Por cierto, una práctica prohibida por ley desde hace dos años). La película se mueve entre el drama social y el terror en una cinta asfixiante y muy tensa donde en un formidable in crescendo vamos descendiendo de forma vertiginosa siguiendo las vidas de los jóvenes citados. Víctimas y verdugos se mueven por las catatumbas del colegio, entre continuos maltratos y risas, donde sus amos hacen padecer a Carlos y Dani, que pasarán por innumerables estados emocionales desde el miedo, la desesperanza, la euforia y demás.
Gautier se ha labrado una filmografía donde ha realizado cortometrajes de ficción de gran recorrido con más de 86 premios y más de 300 selecciones en certámenes, amén de largos documentales como Sanfermines 78 (2005), Caso pendiente (2012), y Shooting for Mirza (2022), y Tánger gool (2015), en el que mezclaba documento y ficción. Con El aspirante, su segundo trabajo de ficción, inspirado en las peligrosas novatadas, a partir de un guion que firman Josep Gómez Frechilla, Samuel Hurtado y el propio director, donde lo local va dejando pasar a un tema mucho más directo y actual como la masculinidad y sus equivocadas formas de tratarla y gestionarla. Los dos protagonistas en un inquietante juego de roles donde pasan por antagónicas posiciones durante todo el metraje, desde la amistad, el enfrentamiento y la complejidad, en una película que nos sumerge en los tradicionales roles de los hombres y las ansías por pertenecer al grupo aunque para ello traicionen su carácter y sus convicciones. Gautier no hace una película complaciente ni mucho menos, sino que consigue enfrentar a los espectadores con situaciones muy incómodas para generar esas exploraciones personales tan necesarias de quiénes somos y cómo nos relacionamos y sobre todo, el significado de ser hombre en la actualidad.
El cinematógrafo Roberto Moreno, que ha trabajado con Gautier en cinco de sus trabajos, impone un encuadre muy cercano y angustioso, donde seguiremos sin descanso a los protagonistas, generando un espacio de violencia emocional y física, tanto en lo que vemos como el off, en un psicótico laberinto en el que estamos atrapados sin remedio. La música de Cirilo Fernández, que trabajó en Tánger gool, consigue esa continua sensación de agobio y esa montaña rusa de emociones en el que se instala la película, así como el montaje de Mikel Iribarren y Gautier, que trabajó en los largometrajes Los objetos amorosos (2016), de Adrián Silvestre y Amanece (2023), de Juan Francisco Viruega, entre otros, donde destaca su imponente ritmo y concisión en esa frenética noche muy física en sus agobiantes 94 minutos de metraje sin descanso ni respiro. El gran trabajo de sonido de un especialista como Jorge Alarcón en los créditos de películas de Víctor Erice, Carlos Vermut, Icíar Bollaín en más de 120 títulos, porque nos mete en las entrañas todo el mejunje físico y terrorífico al que someten a los novatos.
Un extraordinaria elenco formado por Lucas Nabor, el salvador de Dani que hace Jorge Motos, visto en Lucas, de Álex Montoya, Eduardo Rosa como Pepe, el cabecilla de los verdugos, Pedro Rubio, otro de los matones del colegio, que ya formó parte del reparto del corto El aspirante, y Catalina Sopelana, que formaba parte del elenco de películas tan importantes como Modelo 77, Mantícora y La estrella azul, entre muchas otras y Felipe Pirazán, otro novato. Entre los productores encontramos al propio director, que ha coproducido películas como La vida era eso, Diego Sainz y Manuel Manrique que, en tres años, han producido más de 10 cortometrajes, y el actor y director Zoe Berriatúa, y Rosa García Merino, amén de la mencionada La vida era eso, ha levantado películas como Josefina y No sé decir adiós. No se queden sólo con la excusa argumental de las novatadas de El aspirante, sino que déjense llevar sobre muchas actitudes malsanas que siguen conviviendo en la cotidianidad de muchos hombres, dispuestos a enfrentarse los unos con los otros para mostrar su hombría, su estupidez o qué sé yo, porque el trabajo de Gautier, en algún momento desigual, mantiene una solidez y una naturalidad que ya lo querrían muchos cineastas. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“No sé con qué armas se peleará la tercera guerra mundial, pero la cuarta será con palos y piedras”.
Albert Einstein
El cine de género en la cinematografía española siempre se ha denostado por buena parte de la crítica especializada, en tiempos a, la cosa se martirizó como un mero asunto popular y muy alejado de la realidad social del país. Entraríamos en los amiguismos de turno que tanto abundan por estos lares y una posición elitista de dar caña a todo aquello que olería a taquilla. Afortunadamente, los tiempos han cambiado, y hoy día el cine de género y gracias a cineastas como Álex de la Iglesia, Paco Plaza, Jaume Balagueró y Nacho Vigalondo, entre otros, goza no sólo de popularidad sino también, del aplauso de la crítica. Sigue habiendo, cómo no, ese cine de género vacío y superficial que se produce con el único objetivo de entretener y romper taquillas. Por eso, es de agradecer que aparezcan películas como Nueva Tierra, de Mario Pagano (Caracas, Venezuela, 1975), que nace para entretener pero no olvida su vocación de contar una historia con relato y personajes, y eso la hace tremendamente diferente.
Segunda película de Pagano, después de Backseat Fighter (2016), un oscuro thriller en el que seguía la redención de un policía que se cruzaba con una hermosa prostituta muy rota. Con Nueva Tierra, su segundo largometraje, vuelve a situarnos en la vida y el alma de un hombre, esta vez alguien también roto, porque unos bandidos a los que llaman “La Legión”, han matado a su mujer Maya y han secuestrado a su hija Ada, en una sociedad que ha nacido después que una pandemia haya matado a la mayoría de la población mundial, y los supervivientes viven como en la antigüedad, en plena naturaleza y desde cero. Si la anterior rondaba por el policíaco, ahora el tema se centra en la ciencia-ficción distópica, en la que volvemos a una situación como la que sucedía en El planeta de los simios, aunque no son simios los dominantes, sino tribus salvajes y violentas que se han hecho con el control del resto. Aunque, existen pequeñas resistencias que siguen sobreviviendo a pesar de la continua amenaza de los mencionados. Estamos ante una película de héroe arquetípico, en la que su periplo se basa en las aventuras y peligros que deberá pasar hasta dar con el paradero de su hija, un western en toda regla con su travesía y viaje en una película de carretera por la naturaleza, por bosques, mar, cuevas y monumentos celtas, donde se mezclan religión, espiritualidad y humanismo.
El gran trabajo visual de la película obra del propio director, que aparte de la cinematografía, también firma la producción, el guion y la música, basado en la fisicidad del relato, que consigue introducirnos en una epopeya muy íntima, transparente y artesanal, donde no hay efectos especiales sofisticados que arrinconan la historia, en la que hay persecuciones, luchas y demás, y también, en lo onírico, donde Maya es una parte muy importante, donde vemos la parte interior de León debatiéndose entre la valentía y el miedo, entre la esperanza y la tristeza de sentirse sólo y muy herido. En los momentos oníricos la película cambia de textura y de tono y ahí las situaciones se vuelven algo confusas, porque en lo físico la película se mantiene interesante y misteriosa. El montaje de María Macías, que ya estuvo en Backseat Fighter, y repite con el director venezolano afincado en España, que conocemos por trabajos de toda índole como comedias comerciales como Embarazados, documentales críticos como Cartas mojadas y distopías apocalípticas como Y todos arderán, entre otras, en un reto muy difícil porque había que mantener en ritmo y tono una película en la que ha poco diálogo y mucha acción y se va a los 123 minutos de metraje.
A partir de un entorno natural espectacular, donde la naturaleza contrasta con la maldad humana, con un reparto que brilla y transmite mucha cercanía a través de primeros planos y naturalidad como el protagonista Iván Sánchez, coproductor de la cinta, que hace, quizás, el trabajo más impresionante de su carrera, que fue el policía amargado de Backseat Fighter, y ahora es Léon, un padre y esposo que deberá pasar por las mil y una en un planeta muy hostil pero también algo humano, como las personas que se irá cruzando como Mia y Naima, interpretadas por Vania Villalón y Almar G. Sato, un par de amazonas que lo ayudarán, al igual que Gregorio, uno de esos personajes chamán que hace un irreconocible Imanol Arias, Maya, su guía espiritual lo hace Andrea Duro, Candela Camacho es Ada, la hija secuestrada, el actor venezolano Raúl Olivo también aparece, y Juan José Ballesta y Armando Buika, son dos de “La Legión”, la tribu violenta. Agradecemos la valentía de devolver al género a ese cine sesentero donde primaba la historia y los personajes para hablarnos de los desmanes de la civilización o el salvajismo de las malas decisiones y la infinita y desastrosa codicia que todo lo quiere sin pensar en las terribles consecuencias. La película describe una sociedad en la que todos sobreviven con miedo, y hay unos pocos que someten a la mayoría, eso sí, hay un poco de esperanza y eso ya es mucho, como demuestra el personaje de León que, a pesar del dolor que arrastra por la terrible pérdida que ha sufrido, se levanta y se enfrenta con los violentos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA