Viaje al cuarto de una madre, de Celia Rico Clavellino

QUERER ES DEJAR IR.

“La tragedia de la vida comienza con el vínculo afectivo entre padres e hijos”.

Yasujiro Ozu

Es invierno en Constantina, uno de esos pequeños pueblos donde apenas ocurre nada reseñable, como sucede en tantos, una pequeña localidad de la que sólo veremos algunas calles solitarias y el constante rumor de sus gentes, un lugar donde vive Estrella, costurera de oficio, junto a Leonor, su hija, que ha empezado a planchar en un taller. La armonía y la comprensión reinan en el piso que comparten, mientras la vida va sucediendo sin más, entre comidas y series recostadas una junta a la otra, mientras pasan las horas resguardadas en el brasero de gas de la mesa-camilla, en ese espacio pasan los días bien pegaditas, combatiendo el frío hibernal. Pero, toda esa aparente tranquilidad y sosiego de la cotidianidad instalada, se rompe, se resquebraja, todo contando de manera sutil, casi imperceptible, cuando Leonor tiene la necesidad de abandonar el nido familiar y vivir su propia vida. Su intención es ir a Londres, un lugar que imagina diferente, donde poder ser ella misma, y enfrentarse a las cosas vitales por sí misma (aunque al final sea para lavar platos o cuidar de niños). Leonor no sabe como decírselo a su madre, le cuesta, lo evita. La madre que vive siendo madre, deberá mirarse al espejo y descubrir quién es ahora que su hija ya no está en casa.

La puesta de largo de Celia Rico Clavellino (Sevilla, 1982) es una película íntima y personal, que nos sitúa en el espacio doméstico, donde la película se desarrolla casi en su totalidad, en el que nos habla de forma muy cercana, como si nos estuvieran susurrando al oído, las relaciones afectivas, no siempre suaves, de una madre y una hija. Dos personas que han creado un universo propio, en el que se han convertido en uno sólo, donde hay confidencias, intimidades y amor. La película nos mueve y emociona al ritmo que marcan las dos mujeres, moviéndose entre el reducido espacio, entre las paredes y las habitaciones de la casa, como esos encuadres donde vemos el cuarto de la hija desde el punto de vista del cuarto de la madre que se ubica enfrente, o ese plano frontal en el que madre e hija reposan sobre el sofá o apoyadas en la mesa mientras escuchamos el sonido de la televisión. La película construye en ese espacio doméstico toda la vida de estas dos mujeres, donde lo que sucede fuera parece no importar, el mundo sucede en esas cuatro paredes, en las cosas que comparten y en las miradas y gestos cómplices o esquivos, que tanto madre como hija se dedican.

Las dos mujeres se mueven por un ambiente cálido y sencillo, sólo roto por el sonido de la televisión, o esos otros sonidos más cotidianos y repetitivos como el de la máquina de coser, el de la máquina de plastificar al vacío el embutido o el del click del brasero al enchufarlo, en el que el magnífico trabajo de sonido de una especialista en la materia como Amanda Villavieja. Sonidos de ellas, de su vida, de sus relaciones, no siempre en línea recta, de las ausencias y las distancias que forman todo su universo. Esa luz velada, con todos grises y colores poco intensos, obra del reputado Santiago Racaj, forman parte del microcosmos familiar, en el que esos planos fijos y sobrios van desplazando el relato imprimiendo ternura y rechazo a esos espacios que forman la relación materno-filial. Con el conciso y depurado montaje de un experto como Fernando Franco, ayudan a convertir ese piso en caldo de cultivo de todas las relaciones visibles e invisibles que cuecen entre las dos mujeres.

Un relato estructurado en tres instantes, en el primero, seremos testigos de la unión y familiaridad entre madre e hija, en el segundo bloque, la hija se irá a Londres y viviremos el punto de vista de la madre, sentiremos el peso de la ausencia y la vida de Estrella sin su hija, su cotidianidad y sus emociones, donde tendrá que descubrirse como mujer y vivir de otra forma diferente, y por último, en el tercer tramo, el regreso de Leonor, en el que tanto madre como hija se volverán a reencontrarse mirándose de manera extraña, pero sabiendo que siempre habrá algo que las vuelva a reencontrarse, porque hay lazos que aunque se alejen nunca se rompen, porque la distancia más dura no es la física, sino emocional, un estado emocional que en ocasiones crea vínculos que, aunque el ser querido se halle lejos, siguen latiendo en el fondo de nuestra alma.

Las primorosas y sobrias interpretaciones de Lola Dueñas y Anna Castillo consiguen a través de lo mínimo lo máximo, a través de detalles y miradas consiguen que esa madre e hija, respectivamente, formen parte de nuestra familia, las encontremos cercanas, como si las conociésemos de toda la vida, cimentando con sumo cuidado y precisión todas esas relaciones soterradas que nos vemos a simple vista, pero están ahí, cociéndose a fuego lento, como si las emociones más importantes de nuestra vida, ocurriesen así casi sin darnos cuenta. Rico Clavellino ha construido una película sencilla y muy conmovedora, sin provocarlo ni echando mano a sentimentalismos, sino basándose en su mirada inquieta y curiosa de cineasta observadora que mira con atención todos esos pequeños detalles, a veces mínimos y muy frágiles, en los que se sustentan las relaciones materno-filiales, como hace con habilidad y sencillez el cine de Mike Leigh, donde todo el mundo ocurre en cuatro paredes. Una película que homenajea a todas las madres, a todas aquellas madres de sus hijos e hijas, que se desviven por sus primogénitos, pase lo que pase, y en las circunstancias que sean, porque no conoceremos un amor tan grande como el de una madre a un hijo o hija.

 

Abracadabra, de Pablo Berger

¡ESTÁS BAJO MI PODER!.

“Tus ojos pesan… Tienes sueño, mucho sueño…”

Uno de esos barrios cualquiera del sur de Madrid, uno de esos espacios periféricos quebrados por alguna carretera de circunvalación que dosifica la gran urbe, uno de esos barrios con edificios colmena sin fin atestados de pisos y miles de historias, cafeterías en las que los cafés con leche y porras son lo más demandado por la concurrencia,  donde se ve mucha tele, hay matrimonios que fingen quererse y hay adolescentes enteraos llenos de pircing, además, se suele comer frente a la tele comiendo riquísimas tortillas de patata con cebolla o algo frito para variar. En este ambiente, tan cotidiano y mundano, sitúa Pablo Berger (Bilbao, 1963) su tercer largo, un ambiente muy propio de su cine, como ya dejó claro en sus interesantes cortometrajes, antes de debutar en el 2003 con Torremolinos 73, comedia esperpéntica ambientada a principios de los 70 en mitad del tardofranquismo, donde una pareja desdichada se dedicaba al porno casero para salir de sus aburridas y precarias existencias, le siguió, casi una década después, Blancanieves (2012) una película completamente diferente, filmada en blanco y negro, muda, que recreaba el cuento de los Grimm ambientándose en la España cañí de los 20. Cinta que acumuló un gran éxito, tanto de crítica como de público.

Ahora, llega con un filme en las antípodas del anterior, como una vuelta de tuerca, algo así como el reverso tenebroso del espejo, acercándose más al paisaje de la España de barrio y cutre de sus cortos, y que también pululaba por su opera prima. El conflicto a priori parece bastante disparatado y también, delirante, a saber, un tipo, Carlos, albañil, rudo y de malos modales con los suyos, se desvive por su Real Madrid, y anda a la greña constantemente con su mujer, Carmen, una bondadosa que se desvive por él, y aguanta y aguante, se encuentra deprimida y vacía, aunque ella no lo sabe. Y la hija de ambos, adolescente en plena revolución hormonal, que se cree mucho y no llega a nada, propio de la edad. Pues eso, un día van de boda, un sobrino de ella, y durante el convite, Pepe, primo de ella, aniñado, de ropa ochentera, enmadrada y secretamente enamorado de su prima, aunque ellos lo saben, pues que Pepe, guardia de seguridad de profesión, pero mentalista de sentimiento, hipnotiza a Carlos y parece que algo sale mal, y desde ese instante, Carlos se comporta de manera diferente, tiene alucinaciones y todo empieza a irle mal, aunque su mujer empieza a sentirse muy atraída por la nueva personalidad de su marido o quién sea.

Carmen y Pepe, con los sabios consejos del Dr. Fumetti, mentor de Pepe y aprovechado en todo lo que se menea, se lanzan a una aventura que les llevará por una cafetería de la Gran Vía, al barrio de Carabanchel a desenterrar a un fiambre, a una sala de fiestas a bailar desenfrenadamente o a un salón de fiestas que oculta un pasado siniestro. Berger construye una película casi atemporal (exceptuando el partido de fútbol actual) donde la gente viste muy de ahora, pero también, muy ochentera, sobre todo, Pepe, que parece Pepito Grillo, el que siempre está ahí para lo que haga falta. El cineasta bilbaíno navega por diferentes géneros, creando un batiburrillo que salta sin complejos y con mucho acierto, de un género a otro, de forma sencilla y honesta, sin aspavientos ni filigranas técnicas, casi de una secuencia a otra, creando ese viaje lunático y muy disparatado, con momentos delirantes, que nos lleva desde la comedia negra, el costumbrismo social, el policíaco de investigación, lo fantástico, o el terror (el momento Villagrán mostrándose el piso del muerto es impagable) o los momentos más absurdos (como el piso naif de Javivi, donde se juega a los enredos inequívocos), aunque todo ello para descubrirnos una historia de amor, una de amour fou, una historia bonita y emocionante, donde una mujer, de vida deprimente, redescubre a alguien, que se parece a su marido, y vuelve a ilusionarse, aunque ella misma tenga la cabeza hecha un lío.

Berger vuelve a construir un relato desde lo femenino, como hiciera en sus anteriores trabajos, casualmente, otra Carmen, la de Torremolinos 73, tomaba las riendas para llevar a cabo su sueño, en Blancanieves, eran la madrastra, interpretada por Maribel Verdú, y la protagonista, la que rivalizaban durante todo el metraje. Ahora, es el turno de Carmen, una mujer de cuarenta y tantos, de buen ver, que hará lo imposible para recuperar a su marido de ese espíritu maligno o no que se apoderado de él. El cineasta vasco se inspira desde la comedia clásica hollywoodiense que le dio al terror una forma de comedia fantástica donde los espíritus burlones y las brujas mágicas hacían de las suyas, o más cercanos, desde la literatura esperpéntica y social de los maestros, o las comedias negras escritas por Azcona, o incluso el cine de Lazaga, con sus comedias costumbristas que daban buena cuenta de una idiosincrasia española reprimida y apocada, que buscaba en el sexo con las turistas una manera de abandonar sus vidas tristes y grises, y reencontrarse, en cierta manera, con algunos de sus sueños olvidados, o ciertos aires de algunas películas de Woody Allen con sus comedias fantásticas combinando amor e hipnosis.

Berger vuelve a contar, en su mayoría, con el equipo técnico que tan buenos resultados le dieron en Blancanieves, con la fotografía de Kiko de la Rica, una luz de colores saturados que refleja al detalle esos ambientes cutres, cotidianos, con buses atestados y olor a fritanga. Alain Baineé en el arte, con esos ambientes recargados de objetos, tanto actuales como ochenteros, Paco Delgado en el vestuario creando esos figurines de ropa de oferta de los chinos, sin olvidar la bisutería de pega, mezclado con los colores vivos y llamativos que leva Pepe, el montaje elegante y sutil de David Gallart, y la música tenue y fantasmagórica de Alfonso Vilallonga, acompañada de una score heterogénea, recogiendo el espíritu que respira toda la película, en la que también escuchamos el imprescindible “Abracadabra” de la Steve Miller Band (en un momento brutal del filme con un pedazo de baile incluido) Mike Olfield (banda musical que acompaña los shows domésticos del “mentalista” Pepe) y otros, como 10cc, Camilo Sesto o La Zowi, entre otros…

Una película cómica, pero también elegante y sofisticada, convirtiéndose quizás, en el mejor título de su director, o al menos, en el trabajo que más recrea ese mundo que bebe de la idiosincrasia tan recurrente en su cine, donde combina un reparto ejemplar que brilla a gran altura con un Antonio de la Torre, totalmente desatado en un personaje volátil que unas veces es un gilipollas y otras, el marido perfecto, Maribel Verdú, en otro personaje de gran riqueza en su altura, como los de Amantes o Belle Epoque, sugiriendo los diversos matices y emociones que respira su personaje de ama de casa por obligación que desea ser feliz, aunque sea por un leve suspiro, el buen hacer de José Mota que crea una interpretación magistral de Pepe, ese primo, algo pirado, endeble, y ciegamente enamorado que hará lo que sea por ayudar a su prima-amor, Josep Maria Pou recreando el maestro mentalista, muy esperpéntico y grasiento, que parece salido de algunas de las comedias de Valle-Inclán, que ejerce de cara dura y atento a las necesidades ajenas, las breves y estimulantes apariciones de dos veteranos como Ramón Barea y Saturnino García, y finalmente, el paisaje de barrio que se respira en toda la película, ejerciendo como guía y antena de las miles de historias de gente cotidiana, ordinaria y mundana que se mueve por esos lugares, que al fin y al cabo, sólo desean lo que todos los mortales, querer y que alguien los quiera, sólo eso, aunque a veces, ese sentimiento, es jodido de conseguir.

 

Entrevista a Mateo Gil

Entrevista a Mateo Gil, director de “Proyecto Lázaro”. El encuentro tuvo lugar el jueves 12 de enero de 2017 en los Cines Renoir Floridablanca en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Mateo Gil, por su tiempo, generosidad, y cariño, y a Sandra Ejarque y Ainhoa Pernaute de Vasaver, por su amabilidad, paciencia y cariño, que también tuvieron el detalle de tomar la fotografía que ilustra esta publicación.

Proyecto Lázaro, de Mateo Gil

proyecto_lazaro-cartel-7111UN HOMBRE SÓLO.

Marc Jarvis se despierta en el año 2084, después de haber estado muerto durante 70 años. Un grupo de científicos le explica que se trata del primer ser humano resucitado de la historia. Con este arranque tan espectacular, se inicia la cuarta película de Mateo Gil (Las Palmas de Gran Canaria, 1972) que incide en los temas que más ha explorado en su carrera: el thriller psicológico (en el que se acentúa el universo emocional de los personajes de forma sobria, oscura y contundente, un cuidado diseño de ambientes cotidianos con apariencias artificiales que convierte el escenario en metáforas a medio camino entre la realidad y el sueño, tramas que inciden en la compleja relación de los personajes, y sobre todo, el protagonista, un ser perdido y cansado, que le cuesta encajar en el mundo que le rodea, y frente a él, un antagonista, que actúa como espejo transformador, que lo domina y somete a su voluntad. Proyecto Lázaro, película de diseño primoroso, tanto en esfuerzo de producción (filmada en Tenerife en 7 semanas y con un equipo técnico principalmente de aquí) como en su temática, en la que investiga la siguiente cuestión: las consecuencias, tanto positivas como negativas, de resucitar a alguien en otro tiempo y en otro lugar, muy diferente al que la persona conoció en su vida.

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Gil se decanta por un relato de ciencia-ficción, pero no con las moderneces de ahora, repletas de efectos digitales, tramas enrevesadas imposibles de seguir y llenas de persecuciones sin fin. El realizador canario huye de todo eso para construir un relato de exquisita textura, de laberíntica estructura, con innumerables saltos en el tiempo, en la que hay ciencia-ficción, claro está, pero teniendo presente la más ferviente actualidad, con el espíritu de los clásicos, como metáfora para describir la sociedad en la que vivimos, también, thriller del bueno, del que se sumerge en los laberintos oscuros de la mente del protagonista, lanzando muchas preguntas que será el espectador que tendrá que responder, cine de género, en el que las cosas van sucediendo dentro de una mise en scéne minimalista, en la desnudez de elementos y espacios, en el que existe un juego estético de colores y artificialidad que ayuda a la película de forma estupenda, creando ese universo irreal, fantástico y de pesadilla que envuelve al protagonista. Hay también reflexión sobre la posición de la ciencia en su trabajo y la forma de plantearlo, las consecuencias humanas de sus experimentos y la validez de sus estudios.

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Gil nos conduce a través de la mirada de Marc Jarvis, el joven apuesto y diseñador de éxito que, un cáncer de garganta, lo aparta de su vida, y sobre todo, de Naomi, su amor. Esperanzado en recuperar su vida, ahora que la enfermedad la va a extinguir, opta por la crionización, para que en un futuro la ciencia logre resucitarlo y así tener una vida que ahora es imposible (planteamiento parecido a la película Abre los ojos, de Amenábar, en la que Mateo Gil fue coguionista, en la que su protagonista, César, amargado por su aspecto físico, recurría a la crionización, aunque éste vivía un sueño virtual de consecuencias desastrosas, en ésta, la cosa va por otros derroteros, preguntándose qué sucedería si el sujeto en cuestión se despertase siete décadas después). Gil es un cineasta de atmósferas, la realidad sufre una metamorfosis en su cine, creando universos paralelos, en la que se crea mundos que parecen de otro tiempo y lugar, con sus propias reglas, ya sea en la Sevilla postexpo, en plena Semana Santa, en la que un pirado con delirios de grandeza se dedicaba a jugar y asesinar en un macabro juego en el que su compañero de piso era su objetivo, o en los desiertos sudamericanos que servían de escenario para que un pistolero viejo y proscrito se intentase esconder de su salvaje perseguidor, y en ésta, en la que sólo conoceremos el futuro a través de los grandes ventanales de la empresa donde está recluido el protagonista, un mundo cerrado, más parecido a una cárcel, en el que Jarvis volverá a nacer y sobre todo, a darse cuenta en quién se ha convertido, y que desea en esta nueva vida, llena de recuerdos de la anterior.

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Un casting internacional para una producción filmada en inglés, entre los que destacan Tom Hugues, intérprete británico visto en varias series, que encarna al bello y atormentado protagonista, a su lado, Elizabeth, su cuidadora, guía y amante, más parecida a las fembots de Blade runner o Eix-machina, que da vida la actriz canadiense Charlotte Le Bon, el jefe de los científicos, el Dr. West, con sus aires de Dr. Frankenstein, y su trabajo paranoico para conseguir sus objetivos cueste lo que cueste, interpretado por el actor Barry Ward, que se ha podido ver en películas de Loach o Winterbottom, y finalmente, la “otra”  chica de la cinta, Naomi, el amor de su vida, el inmortal, el que parece que nunca morirá, interpretado por Oona Chaplin, de extraordinaria frescura y magnetismo, de apellido ilustre y vista en Juego de tronos, y la estimulante presencia de Julio Perillán. Un grupo de técnicos de reconocido prestigio como el músico Lucas Vidal (Nadie quiere la noche o Palmeras en la nieve, que le valió varios premios) el cinematógrafo Pau Este Birba (Buried, Hermosa juventud o Caníbal) o el montador Guillermo de la Cal (con Claudia Llosa y Balagueró) completan la terna de una producción que se aleja de las producciones de género al uso estadounidense, para centrarse en la imaginación de novelistas expertos en la materia como Philip K. Dick o Arthur C. Clarke, o en el aroma de cintas de los años 60 o 70, como THX 1138, Cuando el destino nos alcance o Almas de metal… o más actuales como Gattaca, Minority Report, Moon… Cine de ciencia-ficción, cine de terror psicológico, donde importa mucho más el interior de los protagonistas, sus complejidades y sobre todo, su soledad, ese aislamiento, tanto físico como emocional, en los que se ve inmerso, en un mundo ajeno, como le ocurría al desdichado monstruo de Frankenstein, un mundo que ya no reconoce ni es reconocido, ni tampoco encuentra la forma de hacerlo, un mundo lleno de peligros, de tristeza y oscuridad infinita.