El poder del perro, de Jane Campion

UN PERRO QUE LADRA.

“Libra mi alma de la espada; mi amor del poder del perro”

Salmo 22:20 de La Biblia.

La película Bright Star (2009), sobre el poeta John Keats y su amor con Fanny Bawne en la Inglaterra del XIX, era hasta la fecha la última película de Jane Campion (Wellington, Nueva Zelanda, 1954). Una cineasta que ya había demostrado con crecer su grandísimo talento para esto de contar historias con imágenes y sonido, como lo demuestran Sweetie (1989), y Un ángel en mi mesa (1990), antes de cosechar un excelente éxito internacional con El piano (1993), que la aupó a los laureles del cine de autor a escala mundial. Le siguieron otras películas como Retrato de una dama (1996), basada en la novela de Henry James, Holy Smoke (1999), En carne viva (2003), y la citada Bright Star, amén de algunas series y películas colectivas. Con El poder del perro, Campion vuelve a asombrarnos con un sensible y profundo western, basado en la novela de un especialista del género como el estadounidense Thomas Savage (1915-2003), ambientado en la Montana de 1925, en la que dos hermanos antagónicos y dueñas de una prospera ganadería.

Dos hermanos. Por un lado, tenemos a Phil Burbank, rudo, malcarado y hostil, el hombre de la tierra, del sudor, del barro, de cabalgar y ensuciarse, y uno más de la cuadrilla, que representa los valores más ancestrales y viejunos de lo masculino. En el otro lado, nos encontramos con George, amable, de buenas maneras, elegante en el vestir y la cabeza pensante, además del hombre que conduce, con esa idea de hombre moderno, con un trato diferente con la sensibilidad y la dulzura. Los dos hermanos viven en una armonía extraña, una relación que se distancia con la aparición de Rose Gordon, una atractiva viuda muy sola, que empieza una relación sentimental con George. Un pack que también viene con Peter, el hijo de Rose, un joven sensible y muy inteligente que estudia medicina. El grueso de la trama se desarrolla un verano en la hacienda de los Burbank. La película muestra dos conflictos bien diferenciados: en uno, tenemos el cisma que provoca la llegada de Rose en los dominios de Phil, que lo rechazará haciendo la vida imposible a la forastera que él considera. Por el otro, la película muestra un modo de vida, casi de forma antropológica, en un trabajo de hombres, con los caballos, el ganado, el trabajo físico, una masculinidad que nace y muere en la tierra y en esa época de cowboys.

La película no solo se queda la apariencia sin más, sino que profundiza en la intimidad y la soledad de cada uno de los personajes principales, y ahí radica uno de esos grandes aciertos, porque no lo hace de forma explícita, sino que nos lo relata desde lo íntimo, mostrando esa vida pública en el que ofrece un rostro esperado, común en su naturaleza, el que se espera, y luego, en la retaguardia, cuando nadie los ve, descubrimos de qué pasta están hechos, y difiere completamente del que hemos visto. La directora neozelandesa construye el alma de sus personajes desde la sutileza, desde lo más profundo e íntimo de su ser, en esos espacios ocultos e invisibles al resto, donde ellos y ellas se sienten de verdad consigo mismos, alejados de ojos inquisidores, y salen a relucir sus anhelos, sus secretos más ocultos, lo que en realidad son y las formas en que sienten, que chocan con esa idea conservadora y grupal en la que se edifica la sociedad y los prejuicios de entonces.

El poder del perro es un western atípico en muchos sentidos, si que tiene la épica del género, pero no esa de las batallas y el heroísmo, sino aquella otra del paisaje, la memoria de los ancestros y la tierra como bien común, que es salvaje y bella, la misma que atesoraba Horizontes de grandeza (1958), de William Wyler, con la que guarda muchos puntos en común, así como con Días del cielo (1978), de Terrence Malick, donde la historia pasa de largo, y las situaciones se centran en la cotidianidad del anónimo, aquel que trabaja la tierra para hacerse una vida, que no es poco. Campion cuida cada detalla y encuadre de la película, como hace en su filmografía, en la que la parte técnica es una asombrosa majestuosidad que nos deja hipnotizados, como la cinematografía que firma Ari Wegner, del que habíamos visto sus trabajos en Lady Macbeth (2016), de William Oldroyd, y en In Fabric (2018), de Peter Strickland, con esos espectaculares encuadres, donde abundan los planos desde el interior al exterior, entre los quicios de la puerta y las ventanas, que recuerdan a los westerns de John Ford, el exquisito y rítmico montaje de Peter Sciberras, habitual del cine de David Michôd, que hace un grandísimo trabajo de concisión en sus ciento veintiocho minutos de metraje.

Qué decir del brutal trabajo de música de Jonny Greenwood, del que cada vez que lo escuchamos nos transporta a esos mundos de forma magistral y bellísima, destilando poesía y sencillez, que recuerda a su trabajo en la película Pozos de ambición, uno de sus tantas colaboraciones para Paul Thomas Anderson, y los otros departamentos que también destacan por su sobriedad y detalle como el arte de Grant Major, y la caracterización de Noriko Watanabe, dos viejos conocidos de la directora. Pero la película no sería lo que es sin el inmenso trabajo de interpretación del cuarteto protagonista, que no solo brillan por su sencillez y cercanía, sino que hacen todo un alarde de la no interpretación, aquella que se sustenta en las miradas y gestos, esa que no necesita el diálogo, como hacían en los orígenes, cuando el sonido no existía, toda una marca de la casa en el cine de la neozelandesa que, en El poder del perro, significa la película, con el inconmensurable Benedict Cumberbatch, quizás el mejor actor de su edad, porque es capaz de hacer lo difícil tan sencillo, como esos momentos en soledad bañándose en el lago, donde conocemos la verdad del personaje. Un trabajo que debería enmarcarse, para mostrarlo a todos aquellos que algún día soñaron con ser actores, por el londinense es todo un virtuoso en el oficio de interpretar.

También brillan la calidez y sensibilidad de Kirsten Dunst, que decir de una mujer que lleva tantos años trabajando en tantas buenas películas. Aquí en la piel de una mujer compleja, una mujer que se siente extraña y acosada por su mal cuñado, una mujer que se refugia en el dolor y la tristeza, alguien estigmatizada, alguien que necesita ayuda y sobre todo, mucho cariño. Jesse Plemons es George, el “hermano”, la cara amable y sensible de la trama, un actor que hace de la intimidad y la sencillez su mejor arma, alguien que habíamos visto en los repartos de películas de Spielberg, Frears, Scorsese, Charlie Kaufman, y finalmente, Kodi Smith-McPhee en la piel de Peter, que fue el niño que acompañaba a Viggo Mortensen en La carretera, y es un asiduo de los blockbusters, aquí en un personaje introvertido pero muy sorprendente, amén de un reparto que destaca por su verosimilitud y naturalidad. El poder del perro de Jane Campion es una de las mejores películas de los últimos años, porque recupera la grandeza del género, con sus paisajes indómitos, sus personajes complejos y atrevidos, por su aguda y rica indagación en los diferentes roles y juegos de poder e identidades como la homosexualidad, y sobre todo, por la reflexión de todas esas personalidades mostradas, ocultadas y encerradas en las que nos encontramos a nosotros mismos y a los demás. Una bellísima y brutal película que no deja a nadie indiferente y celebramos con inmensa alegría la vuelta al largometraje de Campion y deseamos volver a reencontrarnos con su grandísimo cine, ese que no necesita explicarse, solo sentirse. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a David Pantaleón

Entrevista a David Pantaleón, director de la película «Rendir los machos», en el marco de L’Alternativa. Festival de Cinema Independent de Barcelona, en el Teatre CCCB en Barcelona, el viernes 19 de noviembre de 2021.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a David Pantaleón, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y al equipo de comunicación de L’Alternativa, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Rendir los machos, de David Pantaleón

LA HERENCIA DE LOS CABRERA.

“El amor tiene un poderoso hermano, el odio. Procura no ofender al primero, porque el otro puede matarte”

F. Heumer

La acción arranca con la muerte de Guillermo Cabrera, el patriarca de Quesos Cabrera, la empresa más fructífera del norte de Fuerteventura. En su herencia, obliga a Alejandro y Julio, los dos hijos varones con los que no se habla, que cumplan su última voluntad si quieren heredar, ya que la empresa pertenece a Alicia, la hija predilecta del finado, que mantiene a raya las ambiciones contrarias de sus hermanos. El encargo consiste en atravesar toda la provincia hasta el otro extremo en el sur, con siete machos cabríos que serán entregados a su máximo rival en el negocio. El problema es que los dos hermanos se llevan a matar, como deja patente la estupenda secuencia que abre la película, con los dos batallando en la subasta para llevarse el mejor macho de la temporada.

El cineasta David Pantaleón (Valleseco, Gran Canaria, 1978), lleva desde el 2006 dirigiendo películas cortas y mediometrajes, tanto de ficción como documental, que pasan de la veintena, entre las que destacan Hibernando (2009), A lo oscuro más oscuro (2013), La pasión de judas (2014) y El becerro pintado (2017), que se han presentado en nombrados festivales como los de Rotterdam, Oberhausen, L’Alternativa, Málaga y Alcine, entre otros. Amén de participar como actor en películas tan prestigiosas como Blanco en blanco (2019), de Théo Court y la reciente Eles transportan a morte, de Helena girón y Samuel M. Delgado. Para su primer largometraje, el cineasta grancanario nos sitúa en un viaje por llanura desértica de Fuerteventura, a lomos de dos hermanos que no se hablan, y transportando siete machos, en un relato en el que apenas hay diálogos, solo el sonido físico, el del viento, sus gritos para mover el ganado y el ruido de los machos, y el otro sonido, el que no escuchamos pero sentimos, toda la atmósfera soterrada y densa que empuja a dos seres que deberán lidiar juntos una travesía que odian y no desean compartir, en una tensión constante que parece no tener fin.

Pantaleón recluta a cómplices de sus anteriores trabajos, como la cinematógrafa Cristina Noda, el montador Darío García (que ha trabajado en documental, la serie La peste y en la reciente Las gentiles, de Santi Amodeo, entre otras), el otro editor Himar Soto, que ya había trabajado con el director en el departamento de sonido de la película La pasión de Judas. Y luego, otros profesionales de renombre como el sonidista Joaquín Pachón, con nombres como los de Isaki Lacuesta, Carla Subirana y Eloy Enciso, entre otros, y el diseño de producción de Leonor Díaz, mano derecha de Chema García Ibarra. Con un guion de Amos Milbor y el propio director, el relato sigue a los dos hermanos Cabrera y los siete animales por el vasto terreno, pedregoso y hostil, con el aroma del mejor western crepuscular y fronterizo, en los que el espacio es una losa y una bestia para sus individuos, completamente engullidos por él, en una película donde el tiempo pesa y es denso, donde los días y las noches se van amontonando en los hermanos y ese entorno devastador y vacío, con pocos personajes a parte de ellos, casi espectrales, como fantasmas perdidos, sin rumbo ni identidad, y esas paradas inquietantes, con ese vendedor ambulante, o ese otro solitario cansado de las cabras y el queso, y ese otro, el negociante rival, con esa celebración tan kitsch y hortera, con esos momentazos con el fotógrafo.

La cámara de Pantaleón se muestra quieta y observadora, como una especie de testigo privilegiado que mira y filma, sin juzgar y mucho menos interfiriendo en sus individuos y sus existencias, con esos maravillosos cuadros que agranda el espacio y encierra a sus dos personajes y siete animales, moviéndolos como si estuvieran en un inquietante laberinto del que no encuentran la salida. Julio y Alejandro Cabrera son el sol y la noche, uno tranquilo y el otro, inquieto, uno, capaz de todo y el otro, expectante y esperando su momento. Dos caras de la misma moneda, o quizás, solo dos tipos engullidos por su herencia familiar y perdidos en sí mismos y su odio ancestral ante su padre y ante todo. Un reparto excepcional que consigue dar naturalidad y autenticidad a los personajes complejos, callados y observadores. Los hermanos Alejandro y Julio Rodríguez Rivero, hermanos del director, encabezan un reparto de pocos personajes, a los que los acompañan Lili Quintana como Alicia, la hermana de los Cabrera, una enemiga a su pesar, y José Mentado Rivero como el otro negociante.

Pantaleón ha construido su película a fuego lento, deteniéndose en sus personajes y sus complicadas relaciones con los otros y en su entorno, constatando con Rendir los machos todo lo que ha venido trabajando hace más de quince años, con historias que miran a los mitos, tradiciones y leyendas, ya sean inventadas o reales, o lo que sean, y las vuelve a mirar, profundizando en sus orígenes y las estrechas relaciones que tienen con las personas, y sobre todo, los contextos tanto físicos como emocionales de las gentes de las canarias, y lo hace con el rigor formal muy identificativo en sus anteriores trabajos, donde la cotidianidad siempre es un pretexto para mostrar una forma de vida atávica que perdura en un mundo que avanza deshumanizándolo todo, en ese constante enfrentamiento entre lo rural y lo moderno, y mostrar como perduran trabajos tradicionales como el pastoreo, donde se trasladan animales como los machos cabríos y las gentes se pelean por ser más que el otro, y sobre todo, por seguir una tradición que parece pertenecer a otro tiempo, a otro mundo y a otra realidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Un pequeño mundo, de Laura Wandel

EN EL COLEGIO DURANTE EL RECREO.

“En el patio, todo el mundo intenta ocupar su sitio. La infancia es la época de los primeros descubrimientos, cuando la vida y las relaciones son muy intensas. También es cuando diseñamos y construimos nuestro paisaje interior. Los primeros años de colegio influyen en ese paisaje, que a menudo determina nuestra opinión del mundo cuando somos adultos”.

Laura Wandel

El cuadro que abre esta inmensa y sobrecogedora película es uno de esos planos que se instalan de por vida en nuestra retina. Nora, de 7 años, muerta de miedo, en la puerta del colegio, se abraza fuertemente a su hermano mayor Abel, mientras llora desconsoladamente. Es su primer día de escuela, no quiere entrar, no quiere despedirse de su amparo familiar y adentrarse en ese mundo desconocido donde no están los suyos para cuidar de ella. La cámara está muy cerca del encuadre, casi pegada a ellos, como una extremidad más. Sentimos su aliento, su pena y sus emociones. El plano la seguirá hasta el interior del reciento, en un maravilloso plano secuencia, y el ruido ensordecedor del vestíbulo cortará este arranque espectacular por su contención, su narrativa, y su forma de explicar cada detalle sin la necesidad de explicar demasiado. Una apertura que nos acompañará durante el resto del metraje.

Con esos planos secuencias que serán la tónica de todo el relato, y sobre todo, la altura de la cámara, a la misma altura que Nora, porque veremos la película a través de ella, a través de sus sentimientos, alegrías y tristezas. Pertenecer a ese microcosmos que es el colegio y su recreo es la razón de ser de cada niño y niña, ser reconocido, ser uno más, jugar y relacionarse con los otros, no ser juzgado y sobre todo, no ser violentado y apartado por la razón que sea. La adaptación de Nora se emancipará de su hermano mayor, y la historia girará en torno al acoso que sufre Abel por parte de sus compañeros. Nora quiere ayudarlo pero no es fácil, todo es nuevo y diferente, y nada es sencillo. La cineasta Laura Wandel (Brussels, Bélgica, 1984), que había destacado en sus películas cortas, debuta con un largometraje directo, que se olvida del exterior para centrarse en las paredes del colegio, y sobre todo, en todo lo que ocurre durante el recreo, en ese espejo deformante de la sociedad, donde cada uno quiere ocupar su espacio, pertenecer a sus quehaceres de juegos, carreras y demás actividades.

La cineasta belga opta por el sonido ambiente, en un magnífico trabajo de sonido de Thomas Grimm-Landsberg, donde no hay música incidental, creando esa atmósfera de ruidos, gritos y golpes, que marca aún más en situar en off, en fuera de campo, toda esa violencia cruel y desatada. Dos colaboradores en su película corta Les corps Étrangers (2014), vuelven a trabajar con Wandel, como Frédéric Noirhomme, del que habíamos visto su trabajo en Hedi( 2016), de Mohammed Ben Attia, realiza una grandiosa cinematografía componiendo una película llena de intensidad, con una cámara convertida en Nora, su sombra, su mirada y su todo, y Nicolas Rumpl en la edición, agilizando y poniendo un gran ritmo a los breves setenta y dos minutos de Un monde, en su título original. Si la parte técnica brilla con luz propia, los intérpretes están a la misma altura, con los adultos, que apenas se ven o simplemente se agachan para hablar con los niños y entrar en plano, en los que encontramos a Karim Leklou, que hace de padre de los dos protagonistas, que hemos visto en Un profeta (2009), de Jacques Audiard, entre muchas otras, y Laura Verlinden como la maestra de Nora, un gran apoyo para ella, que era una de los integrantes de la inquietante familia de Happy End (2017), de Haneke.

Mención aparte tienen los dos niños de la película, porque aparte de soportar todo el entramado, se convierten en las piezas clave para explicar todo lo que vemos en sus poderosas imágenes. Infantes que nos recuerdan a los que retrataron en Ponette (1996), de Jacques Doillon, en Nana (2011), de Valérie Massadian, y Verano 1993 (2017), de Carla Simón, y aquellos párvulos del recreo de Récréations (1998), de Claire Simon. Tenemos a Günter Duret como Abel, que había tenido alguna pequeña experiencia previa, en un personaje complejo, la víctima que quiere guardar silencio por vergüenza, por miedo y sobre todo, por no sentirse desplazado, y la debutante Maya Vanderbeque como Nora, la auténtica heroína de la película, que quiere ayudar a su hermano peor nos abe como, y luego, se siente perjudicada por la situación que no sabe manejar, uno de esos personajes llenos de energía, con esa mirada que traspasa y explica tanto de lo que está sucediendo en el interior de esa niña, que no quiere sentirse fuera de esa sociedad del colegio, y por otra parte, tiene la necesidad de ayudar a su hermano, porque sabe que nadie le va a ayudar si ella se calla. Dos grandísimos descubrimientos por parte de la directora porque sin ellos la película sería otra cosa o quizás, no sería película.

Habrá que estar muy atentos a la filmografía de Laura Wandel, que esperemos que se siga desarrollando y podamos seguir disfrutando de su mirada, de su sensibilidad y sobre todo, de su inteligencia cinematográficas, de su manera de filmar y de sentir, de adentrarse en temas complejos y difíciles de plasmar en una película sin caer en el sentimentalismo y la condescendencia, alejándose de estereotipos de buenos y malos, y sumergiéndose en todos los aspectos que cohabitan en ese patio, como en todos los patios de cualquier colegio. Temas que dejan sin aire, pero que con la sabiduría que ella lo hace, creando esa atmósfera penetrante, dura y llena de violencia y crueldad, y como los niños y niñas reaccionan ante ese espacio de odio y sin sentido, y dentro de sus posibilidades se hacen comprender e interactúan con los demás, todo un mundo como explica la película, todo un universo que se desarrolla en el tiempo del recreo, en ese espacio que tanto dice de nuestra sociedad, de nuestras relaciones y de lo que en definitiva, somos cada uno de nosotros. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Bruna Cusí

Entrevista a Bruna Cusí, actriz de la película «Mía y Moi», de Borja de la Vega, en el marco del D’A Film Festival, en el Hotel Regina en Barcelona, el lunes 3 de mayo de 2021.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Bruna Cusí, por su tiempo, generosidad y cariño, y a Eva Herrero y Marina Cisa de Madavenue, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad.

Entrevista a Ricardo Gómez y Borja de la Vega

Entrevista a Ricardo Gómez y Borja de la Vega, actor y director de la película «Mía y Moi», en el marco del D’A Film Festival, en el Hotel Regina en Barcelona, el lunes 3 de mayo de 2021.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Ricardo Gómez y Borja de la Vega, por su tiempo, generosidad y cariño, y a Eva Herrero y Marina Cisa de Madavenue, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad.

Entrevista a Eneko Sagardoy y Joe Manjón

Entrevista a Eneko Sagardoy y Joe Manjón, intérpretes de la película «Mía y Moi», de Borja de la Vega, en el marco del D’A Film Festival, en el Hotel Regina en Barcelona, el lunes 3 de mayo de 2021.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Eneko Sagardoy y Joe Manjón, por su tiempo, generosidad y cariño, y a Eva Herrero y Marina Cisa de Madavenue, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad.

Mía y Moi, de Borja de la Vega

DOS HERMANOS Y LOS OTROS.

“La gente que siempre ha hecho lo correcto no sabe ni la mitad sobre la naturaleza y caminos de hacer lo correcto que aquellos que se equivocaron”

Thomas Hardy, “Un par de ojos azules”

Los ambientes opresivos y hostiles, tanto física como psíquicamente, las malsanas relaciones familiares, las secuelas de la guerra, y el peso traumático del pasado, fueron muchos de los elementos que estructuraron buena parte del cine español de los setenta, el llamado período del “tardofranquismo”. Los Saura, Gutiérrez Aragón, Borau, Martín Patino, Bigas Luna, Erice y compañía, vieron en el mundo familiar y soterrado el marco ideal para hablar de un país y sus ciudadanos sumidos en la tristeza del pasado y un presente que todavía no vislumbraba nada esperanzador. Mía y Moi, la opera prima de Borja de la Vega, recoge todo ese sentimiento y lo adapta en una película en la persisten el peso y traumático pasado entre dos hermanos ya adultos que vivieron el mal trato del padre a su madre, y fallecida ésta, se reencuentran en una aislada y solitaria casa familiar para sanar las heridas, sobre todo, las de él, Moi, que está sumido en una fuerte depresión, los acompaña Biel, la pareja de Moi, un ser de luz, alguien que cuida, que siempre está, alguien que nunca los abandonará. En el otro lado del espejo, llega Mikel, el ex de Mía, ese amor tóxico que ella no logra dejar, un tipo malcarado, chulesco y matón, que enturbiará la ya enturbiada y oscura situación.

De la Vega es representante de actores, ha trabajado en distribución, ha dirigido webseries, incluso teatro, así que conoce mucho el mundo de la interpretación, y basa toda su historia minimalista, una sola localización, la omnipresente casa y sus laberínticos físicos y emocionales, y apenas cuatro personajes, deteniéndose en dos elementos que sustentan el decorado. Por un lado, tenemos a dos hermanos en duelo por la muerte de la madre, un amor fraternal solo de ellos, intenso y cerrado, y su “lugar”, esa casa llena de su memoria, sus recuerdos, buenos y no tan buenos, los días de verano, azules y negros, con esa playa que compartían junto a la madre. Y luego, están los otros, “los invitados” a esta reunión familiar, que son Biel y Mikel, dos caras completamente diferentes, una especie de Dr. Jekyll y Mr. Hyde. Dos tipos que pondrán la dulzura o el picante según vaya avanzando la trama. El pasado, sus traumas, su heridas abiertas, el amor desde diferentes ideas y actitudes, el fraternal de los dos hermanos, el romántico entre Moi y Biel, que ahora no pasa por su mejor momento, y el tóxico, el que protagonizan Mía y Mikel, y después, “los otros” que se van originando entre los personajes, esas relaciones por las circunstancias que algunas producen extrañeza, y otras directamente, pavor.

El retrato avanza sigilosamente, sin pausa, a través de las miradas y gestos de los personajes, de sus interacciones, con esos encuadres que los captura a través de su cotidianidad, de sus quehaceres, de aquello que miran, que piensan, que sienten, todo contado desde dentro, desde cada interior, de la capacidad del intérprete por mostrar y mostrarse sin ser evidente, sin ser reiterativo, componiendo cada plano desde esa distancia que nos deja vía libre para ver, conocer y experimentar la película y todo aquello que nos está contando. La exquisita y naturalista luz del cinematógrafo Álvaro Ruiz, el reposado y milimétrico montaje de Pablo Santidrián, y la tenue y sosegada música de Pablo Martos, todos debutantes como jefes de equipo, ayudan a crear esa atmósfera compleja y cálida en la que transita la historia. Con algunos instantes de ligereza como esa escalera por la que suben para cazar algo de cobertura para sus llamadas, o aquellos instantes íntimos entre los dos hermanos donde se sumergen en el pasado común, en aquellos días de verano azules, que aunque pocos, también los hubieron.

El cuarteto protagonista consigue transmitirnos con leves detalles toda la luz y oscuridad de cada uno de los personajes, empezando por un magnífico Ricardo Gómez dando vida al desdichado Moi, en un rol muy alejado de lo que venía haciendo enfrentándose a un tipo torturado, perdido en su inmensidad, que encuentra consuelo en su hermana, mientras el mundo o lo de fuera parece haber desaparecido. Bruna Cusí que vuelve a deleitarnos con su inmensa naturalidad y cercanía, haciendo fácil lo difícil, y llevando al límite un personaje muy complicado como el de Mia, con muchas caras como somos los humanos, en unas, una adorable hermana y sustento de todo, y en otras, arrastrada por un deseo diabólico que la martiriza y la anula. Eneko Sagardoy hace de Biel, seguramente el personaje más cercano, más transparente y positivo de la película, alguien capaz de todo por amor, por ayudar y por estar, que nunca es fácil cuando tu amor lo está pasando mal y no hace por ayudarse ni recibir ayuda. Y finalmente, Joe Manjón es Mikel, un tipo tan duro y malvado como lo era Ray Liotta en Algo salvaje, que llega para generar conflicto y sobre todo, para llamar a la noche, y su oscuridad y miedo.

Tiene Mía y Moi, muchas semejanzas con La película de nuestra vida (2016), de Enrique Baró, vista también en el D’A hace unos años, en la que también había una casa y los recuerdos que allí se vivieron en aquellos veranos familiares. El uso del espacio y su interrelación con los recuerdos que habitan tiene mucho que ver con el cine de Malick, o con el western, peor el western desmitificador como el de Hellman o Reichardt, donde no hay héroes ni grandes gestas, sino personas y sus quehaceres diarios, con toda esa quietud, extrañeza y oscuridad que se va apoderando de los lugares, de los físicos y mentales, de todas esas nubes negras que van oscureciendo el ambiente, de toda esas malsanas relaciones que se van generando, en la que todo parece que vaya estallar en cualquier momento. De la Vega ha construido una película sencilla, que mira de frente, pausada, y veraniega, pero con todo lo que significa la estación en cuestión, con sus días azules y alegres, y sus otros días, esos que no quieres levantarte de la cama, esos que te asfixian, esos que recuerdas todo lo que te dolía y te duele, esos en que tanto la vida da miedo, y todo puede ocurrir. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Marta Marco

Entrevista a Marta Marco, actriz de la obra de teatro «53 Diumenges», de Cesc Gay , en el Teatre Romea en Barcelona, el miércoles 2 de diciembre de 2020.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Marta Marco, por su tiempo, generosidad y cariño, y a Marta Suriol de La Costa Comunicació, por su tiempo, amabilidad, generosidad y cariño.

Escapada, de Sarah Hirtt

LA UTOPÍA (IM) POSIBLE.

“La utopía está en el horizonte. Camino dos pasos, ella se aleja dos pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá. ¿Entonces para qué sirve la utopía? Para eso, sirve para caminar.”

Eduardo Galeano

En mitad de la noche, en una casa alejada de todo, en una tierra rodeada de viñas, en algún lugar del Ampurdán en Girona, unos encapuchados asaltan la casa y entran con algunas dificultades en su interior. Seguidamente, un grupo de personas reducido acceden al interior y se instalan. Después, conoceremos que la casa es propiedad de tres hermanos, entre ellos Jules, uno de los del grupo, que pertenece a un movimiento okupa, junto a su compañera Lucía y la hija pequeña de ambos. Otro de los hermanos, Gustave, un transportista con graves penurias económicas, desea fervorosamente vender para salvar su negocio, y finalmente, Lou, la benjamina perdida entre los deseos contrapuestos de los hermanos y con la necesidad de descubrir nuevas experiencias. Y en esas estamos, en un tira y afloja entre la vida que propone el sistema de trabajo y materialismo, y la otra vida, aquella alejada de los convencionalismos, perteneciendo a un grupo de cooperativismo y democracia alternativa, con el abundante peligro de esconderse y salvar mil y un obstáculos legales.

La puesta de largo de Sarah Hirtt (Braine-l’Alleud, Bélgica, 1985) nos habla de hermanos muy diferentes, con formas de vida antagónicas, de pasados dolorosos y presente conflictivo, también, de sociedades alternativas, de lucha contra el capitalismo y de hermandad frente a los problemas, de pensamientos y reflexiones que chocan y se debaten efusivamente, aunque, en ocasiones, no sea fácil entenderse en las distintas formas de ver la vida y organizarla. Eso sí, la directora belga no cae en ningún momento en el panfleto incendiario de decantarse por una forma de vida u otra, la película expone todos los puntos de vista de manera creíble y honesta, explicando todos los detalles y mostrando las contradicciones y conflictos que se van generando, entre las disputas entre los hermanos y las propias del movimiento okupa, y todo contado de forma realista y natural, en un verano que a simple vista nos pudiera parecer idílico, con esa forma alternativa de vida y sociedad, pero pronto chocará con las amenazas externas, las gestadas por el hermano mayor, que se destapa con una postura conservadora y seguir con su vida material, aunque se encuentre a punto de la bancarrota, y la hermana pequeña, con su idea de conocer mundo y financiarla con la venta futura de la casa. Y no sólo eso, sino el tío que viene a sacar la tajada que cree corresponderle, o la hija de éste, que ya imagina la parte que le tocará.

Ante este dilema, la película que se acerca a la tragicomedia en algunos momentos, haciendo hincapié en lo naturalista y lo íntimo, en otras ocasiones, se adentra en el drama interno y personal, cuando algún que otro personaje le asaltan las dudas y su forma de vida y sobre todo, su inmediato futuro. Hirtt nos cuenta el relato desde todos los puntos de vista posibles, con personajes de aquí y ahora, que muestran carácter, humanismo y contradicciones, que luchan contra un sistema feroz y deshumanizado con las armas que tienen a su alcance, una vida en comunidad, socialista, fraterna y sobre todo, una vida diferente, más próxima a las necesidades humanas y más solidaria y justa. Dos formas de economía antagónicas, que inevitablemente chocan y generan un conflicto grave y profundo.

La directora belga confía su película en sus personajes, complejos y en eterno conflicto con los demás y con ellos mismos, personajes de carne y hueso, valientes y con miedo según las circunstancias, pero eso sí, nunca arquetipos de una idea, sino en continuo conflicto, con dudas existenciales, con caracteres opuestos y debatiendo las formas de vida, economía y social que están generando con su trabajo y sus ilusiones, interpretados por actores y actrices de toda índole, mezclando jóvenes valores, con profesionales y amateur,  como François Neycken que da vida a Gustave, Yohan Manca como Jules y Raphaëlle Corbisier en el rol de Lou, que todavía no habían tenido papeles importantes, consiguiendo esa naturalidad que tanto demanda la película, con las aportaciones de intérpretes más consagrados como María León como Lucía, con su desparpajo y naturalidad, Sergi López como trabajador social, Fermí Reixach o Bruna Cusí, como familiares impertinentes, y actores amateur afines al movimiento okupa como Iván Altamira o Marta Durruti, descendiente del famoso anarquista Durruti.

Hirtt ha construido una película muy reflexiva, auténtica y contemporánea, que se puede ver como una tragicomedia de nuestro tiempo, con alegrías y tristezas, con amores y desamores, con ideales y utopías, algunas reales y otras, no tanto, con los conflictos que nos aceptan diariamente, peor vistos desde miradas diferentes, desde el conflicto y las ideas, que incide en muchas problemáticas que han emergido con la crisis económica que ha asolado en todos los ámbitos sociales, generando esos debates pertinentes sobre las formas de vida tradiciones en contraposición con formas de vida alternativas, creando ese caldo de cultivo entre defensores y detractores, y no sólo eso, sino también, todas las contracciones, conflictos y demás, tanto internos como externos, que se van destapando y confundiendo y debatiendo ideas y la materialización de las mismas. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA