Entrevista a Bruna Cusí

Entrevista a Bruna Cusí, actriz de la película “Mía y Moi”, de Borja de la Vega, en el marco del D’A Film Festival, en el Hotel Regina en Barcelona, el lunes 3 de mayo de 2021.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Bruna Cusí, por su tiempo, generosidad y cariño, y a Eva Herrero y Marina Cisa de Madavenue, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad.

Entrevista a Ricardo Gómez y Borja de la Vega

Entrevista a Ricardo Gómez y Borja de la Vega, actor y director de la película “Mía y Moi”, en el marco del D’A Film Festival, en el Hotel Regina en Barcelona, el lunes 3 de mayo de 2021.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Ricardo Gómez y Borja de la Vega, por su tiempo, generosidad y cariño, y a Eva Herrero y Marina Cisa de Madavenue, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad.

Entrevista a Eneko Sagardoy y Joe Manjón

Entrevista a Eneko Sagardoy y Joe Manjón, intérpretes de la película “Mía y Moi”, de Borja de la Vega, en el marco del D’A Film Festival, en el Hotel Regina en Barcelona, el lunes 3 de mayo de 2021.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Eneko Sagardoy y Joe Manjón, por su tiempo, generosidad y cariño, y a Eva Herrero y Marina Cisa de Madavenue, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad.

Mía y Moi, de Borja de la Vega

DOS HERMANOS Y LOS OTROS.

“La gente que siempre ha hecho lo correcto no sabe ni la mitad sobre la naturaleza y caminos de hacer lo correcto que aquellos que se equivocaron”

Thomas Hardy, “Un par de ojos azules”

Los ambientes opresivos y hostiles, tanto física como psíquicamente, las malsanas relaciones familiares, las secuelas de la guerra, y el peso traumático del pasado, fueron muchos de los elementos que estructuraron buena parte del cine español de los setenta, el llamado período del “tardofranquismo”. Los Saura, Gutiérrez Aragón, Borau, Martín Patino, Bigas Luna, Erice y compañía, vieron en el mundo familiar y soterrado el marco ideal para hablar de un país y sus ciudadanos sumidos en la tristeza del pasado y un presente que todavía no vislumbraba nada esperanzador. Mía y Moi, la opera prima de Borja de la Vega, recoge todo ese sentimiento y lo adapta en una película en la persisten el peso y traumático pasado entre dos hermanos ya adultos que vivieron el mal trato del padre a su madre, y fallecida ésta, se reencuentran en una aislada y solitaria casa familiar para sanar las heridas, sobre todo, las de él, Moi, que está sumido en una fuerte depresión, los acompaña Biel, la pareja de Moi, un ser de luz, alguien que cuida, que siempre está, alguien que nunca los abandonará. En el otro lado del espejo, llega Mikel, el ex de Mía, ese amor tóxico que ella no logra dejar, un tipo malcarado, chulesco y matón, que enturbiará la ya enturbiada y oscura situación.

De la Vega es representante de actores, ha trabajado en distribución, ha dirigido webseries, incluso teatro, así que conoce mucho el mundo de la interpretación, y basa toda su historia minimalista, una sola localización, la omnipresente casa y sus laberínticos físicos y emocionales, y apenas cuatro personajes, deteniéndose en dos elementos que sustentan el decorado. Por un lado, tenemos a dos hermanos en duelo por la muerte de la madre, un amor fraternal solo de ellos, intenso y cerrado, y su “lugar”, esa casa llena de su memoria, sus recuerdos, buenos y no tan buenos, los días de verano, azules y negros, con esa playa que compartían junto a la madre. Y luego, están los otros, “los invitados” a esta reunión familiar, que son Biel y Mikel, dos caras completamente diferentes, una especie de Dr. Jekyll y Mr. Hyde. Dos tipos que pondrán la dulzura o el picante según vaya avanzando la trama. El pasado, sus traumas, su heridas abiertas, el amor desde diferentes ideas y actitudes, el fraternal de los dos hermanos, el romántico entre Moi y Biel, que ahora no pasa por su mejor momento, y el tóxico, el que protagonizan Mía y Mikel, y después, “los otros” que se van originando entre los personajes, esas relaciones por las circunstancias que algunas producen extrañeza, y otras directamente, pavor.

El retrato avanza sigilosamente, sin pausa, a través de las miradas y gestos de los personajes, de sus interacciones, con esos encuadres que los captura a través de su cotidianidad, de sus quehaceres, de aquello que miran, que piensan, que sienten, todo contado desde dentro, desde cada interior, de la capacidad del intérprete por mostrar y mostrarse sin ser evidente, sin ser reiterativo, componiendo cada plano desde esa distancia que nos deja vía libre para ver, conocer y experimentar la película y todo aquello que nos está contando. La exquisita y naturalista luz del cinematógrafo Álvaro Ruiz, el reposado y milimétrico montaje de Pablo Santidrián, y la tenue y sosegada música de Pablo Martos, todos debutantes como jefes de equipo, ayudan a crear esa atmósfera compleja y cálida en la que transita la historia. Con algunos instantes de ligereza como esa escalera por la que suben para cazar algo de cobertura para sus llamadas, o aquellos instantes íntimos entre los dos hermanos donde se sumergen en el pasado común, en aquellos días de verano azules, que aunque pocos, también los hubieron.

El cuarteto protagonista consigue transmitirnos con leves detalles toda la luz y oscuridad de cada uno de los personajes, empezando por un magnífico Ricardo Gómez dando vida al desdichado Moi, en un rol muy alejado de lo que venía haciendo enfrentándose a un tipo torturado, perdido en su inmensidad, que encuentra consuelo en su hermana, mientras el mundo o lo de fuera parece haber desaparecido. Bruna Cusí que vuelve a deleitarnos con su inmensa naturalidad y cercanía, haciendo fácil lo difícil, y llevando al límite un personaje muy complicado como el de Mia, con muchas caras como somos los humanos, en unas, una adorable hermana y sustento de todo, y en otras, arrastrada por un deseo diabólico que la martiriza y la anula. Eneko Sagardoy hace de Biel, seguramente el personaje más cercano, más transparente y positivo de la película, alguien capaz de todo por amor, por ayudar y por estar, que nunca es fácil cuando tu amor lo está pasando mal y no hace por ayudarse ni recibir ayuda. Y finalmente, Joe Manjón es Mikel, un tipo tan duro y malvado como lo era Ray Liotta en Algo salvaje, que llega para generar conflicto y sobre todo, para llamar a la noche, y su oscuridad y miedo.

Tiene Mía y Moi, muchas semejanzas con La película de nuestra vida (2016), de Enrique Baró, vista también en el D’A hace unos años, en la que también había una casa y los recuerdos que allí se vivieron en aquellos veranos familiares. El uso del espacio y su interrelación con los recuerdos que habitan tiene mucho que ver con el cine de Malick, o con el western, peor el western desmitificador como el de Hellman o Reichardt, donde no hay héroes ni grandes gestas, sino personas y sus quehaceres diarios, con toda esa quietud, extrañeza y oscuridad que se va apoderando de los lugares, de los físicos y mentales, de todas esas nubes negras que van oscureciendo el ambiente, de toda esas malsanas relaciones que se van generando, en la que todo parece que vaya estallar en cualquier momento. De la Vega ha construido una película sencilla, que mira de frente, pausada, y veraniega, pero con todo lo que significa la estación en cuestión, con sus días azules y alegres, y sus otros días, esos que no quieres levantarte de la cama, esos que te asfixian, esos que recuerdas todo lo que te dolía y te duele, esos en que tanto la vida da miedo, y todo puede ocurrir. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Marta Marco

Entrevista a Marta Marco, actriz de la obra de teatro “53 Diumenges”, de Cesc Gay , en el Teatre Romea en Barcelona, el miércoles 2 de diciembre de 2020.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Marta Marco, por su tiempo, generosidad y cariño, y a Marta Suriol de La Costa Comunicació, por su tiempo, amabilidad, generosidad y cariño.

Escapada, de Sarah Hirtt

LA UTOPÍA (IM) POSIBLE.

“La utopía está en el horizonte. Camino dos pasos, ella se aleja dos pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá. ¿Entonces para qué sirve la utopía? Para eso, sirve para caminar.”

Eduardo Galeano

En mitad de la noche, en una casa alejada de todo, en una tierra rodeada de viñas, en algún lugar del Ampurdán en Girona, unos encapuchados asaltan la casa y entran con algunas dificultades en su interior. Seguidamente, un grupo de personas reducido acceden al interior y se instalan. Después, conoceremos que la casa es propiedad de tres hermanos, entre ellos Jules, uno de los del grupo, que pertenece a un movimiento okupa, junto a su compañera Lucía y la hija pequeña de ambos. Otro de los hermanos, Gustave, un transportista con graves penurias económicas, desea fervorosamente vender para salvar su negocio, y finalmente, Lou, la benjamina perdida entre los deseos contrapuestos de los hermanos y con la necesidad de descubrir nuevas experiencias. Y en esas estamos, en un tira y afloja entre la vida que propone el sistema de trabajo y materialismo, y la otra vida, aquella alejada de los convencionalismos, perteneciendo a un grupo de cooperativismo y democracia alternativa, con el abundante peligro de esconderse y salvar mil y un obstáculos legales.

La puesta de largo de Sarah Hirtt (Braine-l’Alleud, Bélgica, 1985) nos habla de hermanos muy diferentes, con formas de vida antagónicas, de pasados dolorosos y presente conflictivo, también, de sociedades alternativas, de lucha contra el capitalismo y de hermandad frente a los problemas, de pensamientos y reflexiones que chocan y se debaten efusivamente, aunque, en ocasiones, no sea fácil entenderse en las distintas formas de ver la vida y organizarla. Eso sí, la directora belga no cae en ningún momento en el panfleto incendiario de decantarse por una forma de vida u otra, la película expone todos los puntos de vista de manera creíble y honesta, explicando todos los detalles y mostrando las contradicciones y conflictos que se van generando, entre las disputas entre los hermanos y las propias del movimiento okupa, y todo contado de forma realista y natural, en un verano que a simple vista nos pudiera parecer idílico, con esa forma alternativa de vida y sociedad, pero pronto chocará con las amenazas externas, las gestadas por el hermano mayor, que se destapa con una postura conservadora y seguir con su vida material, aunque se encuentre a punto de la bancarrota, y la hermana pequeña, con su idea de conocer mundo y financiarla con la venta futura de la casa. Y no sólo eso, sino el tío que viene a sacar la tajada que cree corresponderle, o la hija de éste, que ya imagina la parte que le tocará.

Ante este dilema, la película que se acerca a la tragicomedia en algunos momentos, haciendo hincapié en lo naturalista y lo íntimo, en otras ocasiones, se adentra en el drama interno y personal, cuando algún que otro personaje le asaltan las dudas y su forma de vida y sobre todo, su inmediato futuro. Hirtt nos cuenta el relato desde todos los puntos de vista posibles, con personajes de aquí y ahora, que muestran carácter, humanismo y contradicciones, que luchan contra un sistema feroz y deshumanizado con las armas que tienen a su alcance, una vida en comunidad, socialista, fraterna y sobre todo, una vida diferente, más próxima a las necesidades humanas y más solidaria y justa. Dos formas de economía antagónicas, que inevitablemente chocan y generan un conflicto grave y profundo.

La directora belga confía su película en sus personajes, complejos y en eterno conflicto con los demás y con ellos mismos, personajes de carne y hueso, valientes y con miedo según las circunstancias, pero eso sí, nunca arquetipos de una idea, sino en continuo conflicto, con dudas existenciales, con caracteres opuestos y debatiendo las formas de vida, economía y social que están generando con su trabajo y sus ilusiones, interpretados por actores y actrices de toda índole, mezclando jóvenes valores, con profesionales y amateur,  como François Neycken que da vida a Gustave, Yohan Manca como Jules y Raphaëlle Corbisier en el rol de Lou, que todavía no habían tenido papeles importantes, consiguiendo esa naturalidad que tanto demanda la película, con las aportaciones de intérpretes más consagrados como María León como Lucía, con su desparpajo y naturalidad, Sergi López como trabajador social, Fermí Reixach o Bruna Cusí, como familiares impertinentes, y actores amateur afines al movimiento okupa como Iván Altamira o Marta Durruti, descendiente del famoso anarquista Durruti.

Hirtt ha construido una película muy reflexiva, auténtica y contemporánea, que se puede ver como una tragicomedia de nuestro tiempo, con alegrías y tristezas, con amores y desamores, con ideales y utopías, algunas reales y otras, no tanto, con los conflictos que nos aceptan diariamente, peor vistos desde miradas diferentes, desde el conflicto y las ideas, que incide en muchas problemáticas que han emergido con la crisis económica que ha asolado en todos los ámbitos sociales, generando esos debates pertinentes sobre las formas de vida tradiciones en contraposición con formas de vida alternativas, creando ese caldo de cultivo entre defensores y detractores, y no sólo eso, sino también, todas las contracciones, conflictos y demás, tanto internos como externos, que se van destapando y confundiendo y debatiendo ideas y la materialización de las mismas. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Los caballos de Dios, de Nabil Ayouch

les_chevaux_de_dieu_afficheLA SEMILLA DEL MAL

Volad, caballos de Dios, y  las puertas del paraíso se abrirán para vosotros

La relación del cineasta Nabil Ayouch (París, 1969) con el barrio de chabolas de Sidi Mumen, en Casablanca (Marruecos), nació en 1999, cuando rodó algunas secuencias de su primera película Ali Zaoua. Después de los atentados suicidas de mayo del 2003, volvió al barrio y filmó una pieza de 16 minutos donde hablaba con las víctimas, los supervivientes y sus familias. Aquel cortometraje fue el germen de hacer una película sobre los suicidas de los atentados, Adquirió los derechos del libro Les Étoiles de Sidi Mumen, de Mahi Binedine, donde el enfoque se parecía al pensado por Nayouch.

El cuarto trabajo del realizador francés-marroquí se centra en dos hermanos, Yachine y Hamid, y su familia, y arranca en el año 1994 y se cierra en el año 2003, los dos viven junto a su madre, que acarrea con todos, su padre depresivo, un hermano en el ejército, el otro casi autista y ellos dos. Hamid es el jefe del barrio y protector de Yachine, al que apodan “la araña negra” como el famoso portero, por su afición al fútbol. Cuando Hamid es enviado a la cárcel por traficar con drogas. Entonces, Yachine se dedica a trabajar con el chatarrero del poblado, y así huye de la violencia, la miseria y las drogas. Cuando sale de prisión, Hamid vuelve convertido en un fundamentalista islámico, y convence a su hermano y los amigos de éste para que acudan a la mezquita, donde serán adoctrinados como mártires contra los enemigos del Islam. Ayouch apoya su relato en la relación de los dos hermanos, como Caín y Abel, dos formas de entender la misma situación, dos hermanos que a lo largo del metraje, pasan por distintas fases, cambiando sus propios roles de actitud y creencias. Una película donde no hay ningún tipo de mensaje de adoctrinamiento del islam ni nada parecido, ni siquiera existe nada a modo de panfleto a favor de los suicidas, sino todo lo contrario, el realizador se introduce en el alma de estos jóvenes, en la humanidad de unos seres sin futuro, unos hombres dejados por el estado a su desdicha, que sobreviven en un poblado lleno de peligros y maldades.

Una película divida en dos partes, en la primera, la violencia y las drogas que reina en el barrio se convierten en el pan de cada día, y en la segunda mitad, el fundamentalismo religioso se apodera de la cinta, convirtiéndose la película en un estudio de cómo este tipo de líderes espirituales captan a los jóvenes desarraigados y a través de sus métodos de acercamiento a Dios, los van alejando de sí mismos, y de su entorno, para de esta manera, convertirlos en terroristas suicidas. Una obra contundente y visceral, como un puñetazo en el estómago que deja sin aliento, que atrapa desde lo más sencillo, una película necesaria y honesta, que se alzó con la Espiga de Oro en la 57 edición de la Seminci. Un ejercicio que nos retrae a obras como American history X, donde se expone el sinsentido de la violencia, ¿dónde nace?, ¿cómo se origina?, ¿qué fin busca? ¿Por qué existe?, muchas preguntas las planteadas en el film de Ayouch, preguntas difíciles y complejas que requieren una profunda reflexión por parte de la sociedad y sobre todo, los gobiernos, y sus políticas exteriores.