Adú, de Salvador Calvo

RETRATOS DE ÁFRICA.

“La cosa más oscura sobre África ha sido siempre nuestra ignorancia sobre ella”

George Kimble

Después de toda una vida dedicado al medio televisivo, Salvador Calvo (Madrid, 1970) debutó como director con 1898: Los últimos de Filipinas (2016) diario histórico del último destacamento militar que siguió defendiendo la colonia después que España la perdiera. Una película donde se incidía en las miradas personales, la resistencia, y sobre todo, el drama humano de unos hombres dejados de la mano de Dios, donde brillaban un capitán obstinado en la piel de Luis Tosar, o un joven soldado idealista que hacía Álvaro Cervantes. Dos actores que vuelven a repetir en Adú, el segundo trabajo de Calvo, más personal y arriesgado, donde nos sitúa en el corazón de África a través de tres relatos que irán cruzando sus destinos. El segmento más potente y brutal sigue a dos hermanos, Adú, de solo seis años y su hermana mayor Alika, que después de presenciar un terrible crimen tienen que huir de su poblado en Camerún, y emprenderán un peligroso viaje con destino a España, un periplo en el que cobrará la presencia de Massar, un chaval que también desea llegar a la península, donde vivirán las tramas oscuras de tratas de personas, la prostitución como medio de subsistencia, los arriesgados viajes en bajos de vehículos y demás situaciones de riesgo, pero también conocerán la amistad, la fraternidad y el amor de tenerse el uno al otro.

El segundo relato, la película se instala en el viaje a la inversa, el que hace Sandra, una hija rebelde y con problemas de drogas, para encontrarse con su padre, Gonzalo un activista medioambiental de difícil carácter que protege a los elefantes peor mantiene una relación distante con sus colegas africanos. Una relación paterno-filial de idas y venidas, y muchos desencuentros que deberán lidiar y sobre todo, hacer lo posible para entenderse sin juzgarse, una tarea que no les resulta nada fácil a dos personas acostumbradas a hacer la suya. La tercera historia que nos cuenta la película, al igual que la de Adú, está atada a la realidad más triste y oscura, la de los subsaharianos que masivamente asaltan la valla fronteriza de Melilla para entrar en España, y se encuentran a los guardias civiles que la custodian. Un desgraciado accidente mortal en una de esos asaltos, convierte en el centro de la acción a Mateo, un guardia civil que se debate entre la ley del cuerpo o la conciencia personal, con ese cuerpo a cuerpo con Miquel Fernández, dos caras tan diferentes de la misma realidad vivida.

Calvo rescata algunos de sus colaboradores de su anterior película como Alejandro Hernández en tareas de escritura, Roque Baños en la música, y Jaime Colis en el montaje, y recluta a Sergi Vilanova en la cinematografía (que ha trabajado en thrillers como Plan de fuga o El aviso, o en Diecisiete, la última de Sánchez Arévalo) para realizar una cinta que se adentra en la realidad y la complejidad africana, esa que aparece en forma de cifras en los medios occidentales, una realidad con rostro y piel, la de Adú, su hermana o su compañero de viaje, una realidad menor, desprotegida y sola, que vive miles de calamidades como el hambre, la inseguridad y el abandono para llegar a Europa, esa Europa, que al igual que una zona pudiente, alza sus vallas para impedirles la entrada, una realidad triste que contrasta con esa otra realidad de Gonzalo y su hija Sandra, donde los problemas devienen, no de la falta y la carencia, sino de todo lo contrario, el abuso y la despreocupación de tenerlo todo y no saber adónde ir, bien acompañada por esa otra realidad del guardia civil como representante de una ley que no obedece al humanismo sino a la condena y la persecución del inmigrante hambriento que busca un futuro mejor como haría cualquiera en su situación.

Calvo ha construido una película complejo, una historia de detalle, miradas y rostros, donde sufrimos y reflexionamos sobre África y sus infinitas realidades, cotidianidades y contextos, un continente sacudido por siglos de colonización que además, debe subsistir con las migajas que les dejan las grandes multinacionales neoliberales que siguen vaciándoles sus recursos naturales. Una realidad difícil de tratar y de atajar, ya que los estados blancos permiten esa ignominia, y por otro lado, lanzan campañas de concienciación sobre África, esas dos caras cínicas que también muestra la película. Amén de las interesantes y profundas interpretaciones de Luis Tosar, impecable en su registro ambivalente como profesional y padre, bien una Anna Castillo como su hija, una joven desatada y desafiante que todavía anda buscando su lugar en la tierra, o la mirada de Álvaro Cervantes como guardia civil entre la espada y la pared, y las breves pero agradables presencias de actrices de la talla de Nora Navas y Ana Wagener.

Donde la película vuela y se muestra más poderosa es en la fuerza y la intensidad que demuestran los intérpretes africanos debutantes como Moustapha Oumarou como el niño Adú, Zayidiyya Dissou como Alika, y Adam Nourou como Massar, reclutados en un intenso casting, convertidos en el alma de la película y en la esencia que queda en el recuerdo de los espectadores, llevando a cabo unos roles muy difíciles y complejos, en los que se apoya la película en un buen tramo, mezclando con acierto y sobriedad los tres relatos que irán reencontrándose de forma emocional y física por cinco países africanos, mostrándonos de forma directa y personal las diferentes realidades y retratos de un continente vasto, profundo, bello y triste a la vez, donde todo se mezcla, todo se vive de forma intensísima y sobre todo, todo pende de un hilo, en que la vida se abre camino a duras penas, donde toda existencia está a punto de desparecer, donde la realidad que se vive y experimenta obedece a códigos muy distantes de los occidentales, quizás esa sea la mayor tragedia que sufren los africanos, el desconocimiento por parte de Europa de su realidad, su historia y sobre todo, de ese pasado oscuro y violento del que todos somos responsables. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Julio Medem

Entrevista a Julio Medem, director de la película “El árbol de la sangre”. El encuentro tuvo lugar el martes 30 de octubre de 2018 en el Cine Phenomena en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Julio Medem, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Ainhoa Pernaute y Sandra Ejarque de Vasaver, por su tiempo, cariño, generosidad y paciencia.

Entrevista a Álvaro Cervantes

Entrevista a Álvaro Cervantes, actor de la película “El árbol de la sangre”, de Julio Medem. El encuentro tuvo lugar el martes 30 de octubre de 2018 en el Cine Phenomena en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Álvaro Cervantes, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Ainhoa Pernaute y Sandra Ejarque de Vasaver, por su tiempo, cariño, generosidad y paciencia.

Entrevista a Maria Molins

Entrevista a Maria Molins, actriz de la película “El árbol de la sangre”, de Julio Medem. El encuentro tuvo lugar el martes 30 de octubre de 2018 en el Cine Phenomena en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Maria Molins, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Ainhoa Pernaute y Sandra Ejarque de Vasaver, por su tiempo, cariño, generosidad y paciencia.

El árbol de la sangre, de Julio Medem

VERDADES SECRETAS.

En cada una de sus películas Julio Medem (San Sebastián, 1958) nos propone un viaje al subconsciente, hacia más allá de la realidad más cercana, donde la naturaleza y sus animales se funden con el alma de los personajes, en donde abundan los amores difíciles, pasionales y dolorosos, nos invita a una introspección de nuestros sentidos más profundos, a un universo paralelo, donde realidad y sueño se mezclan creando un mundo diferente, sensorial y extraño, un espacio por el que transitamos donde las cosas se ven y sienten de otra manera, ya no son igual, han cambiado, donde los personajes se mueven de manera diferente, donde todo lo que les rodea asume una nueva condición, más cercana a lo mágico, lo diferente y sobre todo, donde se manejan sensaciones y emociones nacidas de lo más profundo de nuestra alma. Un cine pegado a la realidad, a una realidad soñada, ilusoria, imaginativa, terrenal, donde lo mágico penetra en los personajes como arma contra la desesperanza, los miedos y desilusiones de la existencia. En su extraordinario debut Vacas (1992) nos proponía una historia de saga familiar y (des) amores con la primera guerra carlista de fondo, en su siguiente película La ardilla roja (1993) una joven amnésica pasaba sus vacaciones con un músico en crisis en un entorno natural y mágico, en Tierra (1996) Ángel, que se considera mitad hombre y mitad ángel, entra en conflicto en una zona donde habitan dos mujeres complementarias y diferentes, en Los amantes del Círculo Polar, nos retrataba la historia de amor de idas y venidas de una pareja desde su infancia, en Lucía y el sexo (2000) una joven huía de un desamor refugiándose en una isla con la idea de disfrutar del sexo y olvidar.

Después vendría La pelota vasca. La piel contra la piedra (2003) un documental que se desviaba de su universo en el que a través de una serie de testimonios se hablaba en profundidad del conflicto vasco. Cuatro años después presentaba Caótica Ana, una película que le devolvía a su mundo, en el que retrataba a una joven estudiante de arte mantenía una relación tortuosa con una joven. Película que le supuso una profunda crisis creativa que le llevó a emprender proyectos de otra mirada, en la que dirigió Habitación en Roma (2010) donde filmaba por primera vez en inglés, y de manera sencilla una historia de amor efímera de dos mujeres desconocidas, y en el 2015 con Ma ma, aunque había algunos rasgos significativos de su universo, la película andaba por otros lares para hablarnos de la enfermedad terminal de una mujer y la relación con los suyos.

Medem ha vuelto a su mundo, a sus lugares conocidos, y a esa mirada terrenal, pasional y onírica que abunda en su cine, un cine con personalidad propia, abundante en la creación de imágenes poderosas y cautivadoras, en el que los personajes viven realidades complicadas y muy de la tierra. con El árbol de la sangre, vuelve el mejor Medem, hablándonos de una fábula en el que intervienen 14 personajes que se relacionaran a lo largo de 25 años. Arranca la película con los más jóvenes, Rebeca y Marc, enamorados y deseos de conocer las relaciones oscuras y verdades no contadas de su historia y la de sus pasados,  con la firme intención de escribir esa historia,  en un enclave significativo para lo que quieren contarnos, un caserío en la Sierra de Urkiola, en el sur de Bizkaia, y frente a ese árbol que sustenta todas las ramas y raíces de esta historia que empezó 25 años atrás un verano en la Costa Brava y finalizará en otro verano. Medem habla de dos tiempos, el presente, más pausado, más cercano a esa naturaleza del norte, donde la pasión de la juventud se apodera del cuento, donde uno y otro, reescriben la historia de sus familias, que también es la suya propia, con abundantes elipsis, cambios de narrador, con momentos reales y otros imaginados.

En el segundo tiempo, vemos el relato de esas experiencias que nos cuentan Rebeca y Marc, con sus idas y venidas, sus saltos en el tiempo, donde una familia que viene de Rusia, ya que fueron niños de la guerra, se erige como la base de todo, donde dos hermanos serán los artífices de muchas de las historias que nos cuentan, dos palos diferentes, dos toros enfrentados, la racionalidad de Víctor con la furia de Olmo, y las mujeres de sus vidas, unas más importantes y otras, menos o nada, como La Maca, una antigua cantante punk aquejada de esquizofrénica y su hija, la Rebeca que nos cuenta su existencia, o Núria Bellmunt, desde donde arrancan las raíces del árbol, o el inicio de la historia y su encuentro con Olmo, y madre de Marc, o la escritora Amaia Zugaza y su matrimonio con Olmo (personaje que vertebra todo el relato y esa fuerza pasional que arrebata a todas las mujeres de la película) y los respectivos padres, abuelos reales o no, de Rebeca, que ilustran el compendio de personajes, historias y esas verdades secretas de las que nos habla Medem e irán saliendo a la luz a medida que Rebeca y Marc las vayan descubriendo, porque la verdad será desenterrada para dar luz y también, oscuridad, porque hay cosas que difíciles de digerir y necesitan fuerzas para enfrentarse a ellas.

Medem vuelve a la luz de Kiko de la Rica, esa imagen bella y onírica, y llena de naturalidad, que ya tenía Lucía y el sexo, donde realidad y sueño se fundían de manera extraordinaria, y el excelente montaje de Elena Ruiz, con esos dos tiempos con diferentes cambios de ritmo, como la realización y edición de las dos bodas, producidas en diferentes tiempos, lugares y sensaciones. Y no menos acordarnos de la excelente partitura de Lucas Vidal, que consigue sumergirnos en ese universo onírico, apabullante de sensaciones, donde todo lo imaginable tiene su espacio y cobra realidad. Un plantel de intérpretes en estado de gracia arrancando por la naturalidad y la pasión que destilan la pareja protagonista, unos increíbles Úrsula Corberó y Álvaro Cervantes, bien acompañados por Joaquín Furriel, que ofrece un aspecto varonil y visceral, con la sobriedad de Daniel Grao, o la dulzura de Patricia López Arnaiz, y la calidez de Maria Molins, y la delicadeza de Najwa NImri, en un personaje complejo, y los veteranos Emilio Gutiérrez Caba, Luisa Gavasa, Ángela Molina y José María Pou.

Medem ha construido un relato familiar de gran calibre, donde huye de aspavientos emocionales para constarnos una tragedia familiar, donde sus personajes son románticos en mayor o menor medida, porque todos se mueven por instintos y esa sangre que les bulle tan fuerte, donde conoceremos sus verdades, mentiras, deseos, (des) ilusiones y sus pasiones salvajes, en un retrato lleno de múltiples capas narrativas que van de un lado a otro sin descanso, donde cada descubrimiento nos devuelve a más dudas, reflexiones y miedos, donde todo empieza y acaba a cada instante, en el que los personajes, víctimas de su amor infinito, descontrolado y brutal, se convierten en presas de su destino, un destino demoledor, un destino que viene de un pasado oscuro y lleno de incógnitas, un pasado que será revelador para los protagonistas más jóvenes, los que escriben y cuentan su historia, desconociendo esa verdad tan grande que seguramente los acercará a su propia vida de forma muy distinta y más íntima.