Entrevista a Ana Schulz y Cristóbal Fernández

Entrevista a Ana Schulz y Cristóbal Fernández, directores de la película “Mudar la piel”. El encuentro tuvo lugar el martes 2 de octubre de 2018 en el domicilio de los directores en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Ana Schulz y Cristóbal Fernández, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Eva Calleja de Prismaideas y Pablo Caballero de Márgenes Distribución, por su tiempo, cariño, generosidad y paciencia.

Mudar la piel, de Ana Schulz y Cristóbal Fernández

EL AMIGO QUE ME ESPIÓ.

“Detrás de toda cultura, hay inmensas violencias”

Walter Benjamin

La película arranca con una imagen icónica del cine de espías, y reveladora en la película que vamos a ver, observamos dos teleféricos suspendidos en el cielo, desde una distancia prudente desde el suelo, como si estuviésemos espiando a los dos artefactos y sobre todo, a lo que allí acontece (casi como el personaje de Gene Hackman en La conversación, de Coppola) y empezamos a escuchar una conversación entre los dos directores de la película Ana Schulz (Hamburgo, Alemania, 1979) y Cristóbal Fernández (Madrid, 1980) que gira en torno a las dificultades que tienen con la presencia de Roberto en la película y sus diversas exigencias y motivos de su participación en la película. Un teleférico que nos recuerda aquel otro que aparecía en la reciente La próxima piel (con las falsas identidades como nexo común) cuando madre e hijo sentían que sean quiénes fueran, podían amarse sin rencor. Roberto es el espía de los servicios secretos que el gobierno ordenó espiar a Juan Gutiérrez, mediador entre ETA y el estado español en los años 80.

La película se cierne sobre aquella amistad, una amistad férrea e indisoluble que continua después de tantos años, una amistad entre el espía y el hombre al que tenía que espiar, y sobre la reflexión de Ana, hija de Juan, de entender y descubrir la naturaleza de una amistad rodeada de mucha oscuridad, traiciones y mentiras. Ana (fotógrafa de vocación) y Cristóbal (montador de algunos de los autores más interesantes del panorama actual como Oliver Laxe, Juan Barrero, Manuel Muñoz Rivas, Héléna Klotz o Christophe Farnarier, entre otros) debutan en el largometraje con un trabajo en el que se funden elementos tan dispares pero que convergen con absoluta naturalidad y eficiencia, como la home movie (Jonas Mekas y Chantal Akerman) la novela y el cine de espías (con el aroma de las novelas de Frederick Forsyth o Graham Greene) el thriller político (con Costa-Gavras, Lumet, Pakula o Stone) y el cine documental que investiga sobre el hecho cinematográfico y su construcción (con Rouch o Van der Keuken como referentes) todo eso y más es la película.

Mudar la piel es un retrato sobre Juan Aguirre, un hombre de izquierdas, humanista y honesto, que desencadenó un papel crucial en el conflicto vasco, mediando entre los unos y los otros, y que alimentó una estrecha y sincera amistad con Roberto, la persona que enviaron para espiarle, y después de tantos años, continúa la amistad como si nada, sin rencores ni rabia por parte de Juan, como si nada hubiera ocurrido, y ese hecho que pueda sorprender y ser incomprensible, Juan lo toma como algo natural, un hombre que sigue creyendo en la amistad con Roberto y sin entrar en valoraciones morales ni juicios de valor. La película también es una interesante y profunda reflexión sobre la amistad en un entorno hostil, sobre las consecuencias e intereses de unos y otros, sobre dos personajes antagónicos, casi como dos cowboys del far west, distintos, extraños y con intereses en las antípodas, logran conocerse, comprenderse y queriéndose después de todo.

Un personaje como Juan, natural, cercano y sincero, alguien que nada tiene que ver con Roberto, que se encuentra en el otro extremo, con una identidad falsa, con unos intereses oscuros y una mentira urdida desde los mismísimos resortes de las partes más oscuras del estado, un hombre rodeado de misterio y esquivo, alguien borroso, casi invisible, de esos tipos que apenas se ven en algún documento, que parece que alguien conoce, pero que nadie podría decirnos quién es exactamente, como si fuese un fantasmas o producto de nuestra imaginación (como la magnífica y ejemplar fotografía que ilustra si paliativos la relación entre ellos, convertida en la imagen y cartel de la película, en el que Juan, en primer término, muestra con su gesto la transparencia y humanidad que desprende, mientras, Roberto, más alejado que él, apenas se ve, su imagen está difuminada, casi imperceptible, rodeada de ese misterio en el  que indaga la película) junto al collage de imágenes de archivo y testimonios del propio Juan, Roberto, su mujer Frauke Schulz-Utermöhl, y los propios realizadores, logran sumergirnos en ese mundo de apariencias, de no verdades y lugares esquivos.

Schulz y Fernández han construido un hermoso y extraordinario documento que investiga el cine desde sus herramientas más básicas, desde todo aquello que puede filmarse y verse, a todo aquello que resulta esquivo e imposible de filmar, de la fragilidad e incertidumbre que rodea el cine documental, de los curiosos personajes y los intereses que se mueven en las aguas fangosas y negras de la política, y sobre todo, la película es un bellísimo retrato sobre la amistad más puro, honesta y sencilla de dos hombres que las circunstancias hicieron que coincidieran y que ellos creían ir de la mano y en el mismo bando, y la vida y las diferentes situaciones escondían otro desenlace, aunque como explica Ana en la película, en ocasiones, el cine es una herramienta eficaz e interesante para escarbar y desenterrar hechos olvidados y oscuros, pero al fin y al cabo, hay cosas que no pueden llegar a entenderse por mucho que sigas buscando, hay cosas que sólo los principales protagonistas conocen, o no.

100 días de soledad, de José Díaz

EL PARAÍSO ÍNTIMO.

“Fui a los bosques porque quería vivir deliberadamente, enfrentar solo los hechos esenciales de la vida, y ver si no podía aprender lo que ella tenía que enseñar, no fuese que cuando estuviera por morir descubriera que no había vivido. No quería vivir lo que no era vida. Ni quería practicar la renuncia, a menos que fuese necesario. Quería vivir profundamente y chupar toda la médula de la vida, vivir tan fuerte y espartano como para prescindir de todo lo que no era vida…”

H. D. Thoreau

Volver a los bosques, a la naturaleza, vivir la experiencia ancestral de nuestros antepasados, dejar la efervescencia del mundo actual, caminar sin más, sentir cada paso, cada huella, dejar las cargas tanto emocionales como materiales de nuestra existencia urbana, y dejarnos llevar por los sonidos, los cambios, los animales y la vegetación de los bosques, de ese inmenso universo que tanto nos llena, pero a la vez que poco experimentamos. El 12 de septiembre de 2015 arrancó una experiencia, la de José Díaz, un fotógrafo y naturalista asturiano enamorado de los bosques, de su diversidad y misterio, una experiencia que le llevaría a vivir en los bosques durante 100 días, hasta el 19 de diciembre del mismo año. Una película experiencia que sería completamente filmada por el mismo, a modo de diario audiovisual, en el que vamos a vivir la experiencia en primera persona de vivir en los bosques en los tiempos actuales.

Tomando como referencia a H. D. Thoreau (1817-1862) el filósofo de la naturaleza, como el mismo se definía, y su experiencia de dos años viviendo en una cabaña en el bosque que retrató en su libro Walden o la vida en los bosques (1854). José Díaz deja a su mujer e hijos y se embarca en esta aventura hacia la naturaleza, hacia el parque natural de Redes, reserva de la biosfera, en las altas montañas de Asturias, viviendo en una cabaña, sin más compañía que la propia naturaleza, su vegetación, sus montes, animales, y un caballo, unas gallinas y su soledad. Un documento excepcional e íntimo donde vemos al protagonista asombrarse desde lo más insignificante hasta lo más grandioso, experimentando los sonidos y los cambios del bosque, viviendo el tiempo como un estado espiritual, y soportando con ahínco los días duros de nostalgia, de frío y soledad. Los espectadores somos testigos de esta experiencia de un modo íntimo y natural, escuchando la naturaleza y las reflexiones de Díaz, que vive experiencias de toda índole, desde las hazañas de descubrimiento de todo lo que le rodea, y las suyas propias, de descubrimiento íntimo, de sus pensamientos y dejarse llevar por ese magnífico entorno y su innata fortaleza para sobrellevar los contratiempos y los conflictos, tanto físicos como emocionales.

La película captura toda la diversidad y misterio que encierran los bosques y sus habitantes, desde sus cambios meteorológicos, la luz de los días otoñales hasta las capas de nieve del invierno que acecha, los caminos y senderos para llegar a cimas donde divisar la inmensidad del entorno, las filmaciones nocturnas escuchando los sonidos de la fauna, o las esperas pacientes para encontrarse con aves, jabalíes, venados o rebecos, incluso algún que otro lobo, todo ello filmado desde la cercanía, mostrando esos encuentros, esos conflictos que surgirán y la belleza imperecedera de un espacio que crece y existe sin la mano del hombre, alejado de todo el bullicio inútil de la llamada civilización. José Díaz es una especie de Robinson Crusoe moderno, sin más compañía que su entorno natural, experimenta cada paso, cada aliento, y cada pensamiento, escuchando esos lugares, comiendo lo que dan los animales y la agricultura, sin cazar, manteniendo un espíritu de energía y sabiduría por ese entorno que ama y respeta, como las antiguos habitantes que vivían de la naturaleza respetándola y disfrutándola, sin intervenir en su evolución, diversidad y belleza. Díaz tiene la colaboración en la dirección de Gerardo Olivares, un experimentado en la filmación de la naturaleza en sus películas de ficción como Entrelobos o El faro de las orcas, y la producción de José María Morales, autor entre otras de películas como Nómadas del viento, las dos de Olivares, y también, la producción de Guadalquivir o Cantábrico. Los dominios del lobo, ambas de Joaquín Gutiérrez Acha, y el arduo y delicioso montaje del cineasta Juan Barrero.

Una película donde su protagonista se despoja de toda la carga materialista de nuestras sociedades bulliciosas e individualistas para adentrarse en un universo diferente, como si hubiera viajado a otro planeta, a otra dimensión, donde todo es diferente, sus tiempos, sus espacios, sus habitantes, todo respira un orden natural, bello y extraño, en el que la tierra sigue latiendo y cada sonido y movimiento se visualiza de forma diferente, sencilla y natural, en el que nosotros dejamos de ser quién éramos para convertirnos en un ser espiritual, en una forma de vida humanista, en un descubrimiento de nosotros mismos, de preguntarnos quiénes somos, que hacemos en nuestra existencia, y dejarnos llevar por ese inmenso universo que nos transporta a lo más profundo de nuestro ser, sumergiéndonos en otro estado, alejado de lo que somos y lo que tenemos, porque en este universo natural, nos adentramos en espíritus que vivimos con intensidad cada detalle por ínfimo que sea, sólo disfrutando de cada minúsculo detalle que se cruza por delante de nosotros, desde una brizna de aire, el sonido de un animal o la lluvia fina que cae sin cesar.

Entrevista a Lupe Pérez García

Entrevista a Lupe Pérez García, directora de “Antígona despierta”. El encuentro tuvo lugar el viernes 15 de mayo de 2015, en la cafetería del CCCB de Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Lupe Pérez García, por su tiempo, paciencia y generosidad, al equipo del Festival Internacional de Cine de Autor de Barcelona, por haber programado la película durante el festival, y a la joven que estaba sentada a nuestro lado y amablemente tomó la imagen que ilustra la publicación.

Entrevista a Juan Barrero

Entrevista a Juan Barrero, director de “La jungla interior”. El encuentro tuvo lugar el Miércoles 15 de octubre en Barcelona, en el vestíbulo del Cine Zumzeig.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Juan Barrero, por su tiempo y sabiduría, a Eva Herrero de MadAvenue,  por su generosidad y paciencia, y a Daniel Arrébola de apetececine.wordpress.com, que hizo de cámara, por su generosidad y complicidad.

 

La jungla interior, de Juan Barrero

La-jungla-interiorFilmar el otro

En El aficionado (1979), de Krzysztof Kieslowski, un empleado de fábrica adquiere una cámara de Super 8 con la intención de filmar a su mujer y a su hija recién nacida. Con el tiempo, graba todo lo que ocurre a su alrededor, aislándose de manera que sólo se relaciona con la realidad a través de su objetivo fílmico. Algo parecido le ocurre a Juan, el objeto-personaje del realizador Juan Barrero, salmantino de nacimiento, pero sevillano de adopción, que en su primer trabajo en el largometraje, se ha sumergido en su propia vida para contarnos un relato que evoca fantasmas, deseos, frustraciones e inquietudes personales. Un ejercicio inclasificable que a partir del documento real se adentra en su propio universo psicólogico y sus anhelos más profundos. Un viaje personal que se desarrolla en varios lugares sin seguir una estructura lineal, arranca en la casa familiar de Béjar -Salamanca-, donde Gala –personaje de Gala Pérez Iñesta, compañera del realizador-, se interesa por la vida de Enriqueta, una tía de Juan, que tuvo una relación homosexual clandestina. El realizador se adentra en lugares cerrados llenos de tiempo y polvo, fotografías en b/n, secretos perdidos y recuerdos sin memoria. Luego, se traslada a la jungla salvaje de Costa Rica, -imágenes que parecen extraídas de algún documental de Herzog-, donde Juan realiza una expedición científica, para continuar en Sevilla, donde tiene lugar el peso de la acción. El cine, y la cámara que lo registra, como objeto de pensamiento, un medio para enfrentarse a una realidad ajena, que lo ha aislado, lo ha convertido en otro, y utiliza el medio expresivo de la imagen para reflexionar sobre ella e intentar entenderla. Una película híbrido, entre el documento que nace y respira vida, y una ficción como vehículo para contarnos este maravilloso, fascinante y cruel juego de espejos, que se instala en la intimidad, que filma y acaricia el cuerpo de Gala, recorriendo cada parte de forma impulsiva y cercana, explorando cada pliegue de su piel, descifrándose como objeto de deseo y rechazo.  El objetivo captura un organismo con total impunidad, que va transformándose de tamaño y forma, sometido a los efectos del embarazo de la joven. Juan, a través de su cámara, filma los cambios profundos que se van desarrollando en ese cuerpo, que cambia y muta hacía otro. Dos personajes, el masculino que intenta comprender y aceptar su paternidad, que no quiere, y el femenino, que además de encontrar su propio refugio en la música, con su violín, vive su embarazo con la ilusión e incomodidades habituales, pero con el sueño de la maternidad. Dos cuerpos en tránsito que no acaban de encontrarse, ni encontrar su lugar. Diario filmado que nos habla de la vida capturada,  como los trabajos de Johan van der Keuken en Las vacaciones del cineasta  (1974), o las experiencias de Jonas Mekas, Naomi Kawase y Chantal Akerman, o el trabajo de Elías León Siminiani en Mapa (2012), entre muchas otras. Una película libre, cercana, sensorial, que juega a filmarse y a filmar el otro, que brilla en su tratamiento del sonido y la música (Bach, Mahler, Part…) un salto al vacío en toda regla, que invita al espectador a acercarse a este exorcismo intenso y profundo, que a través de su dispositivo doméstico sencillo y honesto, nos revela un cineasta con una mirada propia y brillante.