Entrevista a Ángeles González-Sinde y Gabriela Ybarra

Entrevista a Ángeles González-Sinde y Gabriela Ybarra, directora y novelista de la película «El comensal», en el marco del BCN Film Fest, en el Hotel Casa Fuster, el domingo 24 de abril de 2022.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Ángeles González-Sinde y Gabriela Ybarra, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Katia Casariego de Revolutionary Press, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Susana Abaitua

Entrevista a Susana Abaitua, actriz de la película «El comensal», de Ángeles González-Sinde, en el marco del BCN Film Fest, en el Hotel Casa Fuster, el domingo 24 de abril de 2022.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Susana Abaitua, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Katia Casariego de Revolutionary Press, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

El comensal, de Ángeles González-Sinde

LAS HERIDAS QUE COMPARTIMOS.

“Cuentan que en mi familia siempre se sienta un comensal de más en cada comida. Es invisible, pero está ahí. Tiene plato, vaso y cubiertos. De vez en cuando aparece, proyecta su sombra sobre la mesa y borra a  alguno de los presentes. El primero en desparecer fue mi abuelo paterno”.

Las tres películas que ha dirigido Ángeles González-Sinde (Madrid, 1965), tienen mucho que ver con la literatura. En La suerte dormida (2003), la escribió junto a la escritora Belén Copegui, en Una palabra tuya (2008), se basó en una novela de Elvira Lindo, y en El comensal, la novela homónima autobiográfica de Gabriela Ybarra, le sirve para volver a dirigir, después de un tiempo dedicada a escribir guiones en películas y series y otras actividades. El relato se mueve entre dos tiempos. El Bilbao de 1977 con las primeras elecciones democráticas, donde asistimos al secuestro del industrial vasco Javier Ybarra y las terribles consecuencias en sus hijos con Fernando, el mayor como portavoz. Y la Navarra de 2011, en el que Fernando de sesenta años y su hija Icíar se enfrentan a la enfermedad de Adela, la esposa y madre respectivamente.

Un guion férreo e inteligente que firma la propia directora, con la colaboración de Gabriela Ybarra, que demuestra su sabiduría en estas lides, ya que ha escrito guiones para nombres tan consagrados como los de Manuel Gutiérrez Aragón, Ricardo Franco, Gerardo Herrero, Luis Puenzo y Daniela Fejerman, entre otros, en una película se mueve indistintamente entre los dos tiempos, creando un complejo puzle psicológico en que las circunstancias del pasado remiten constantemente en el presente, sin caer en esas reconstrucciones demasiado fieles y frías y olvidándose de la humanidad e intimidad doméstica que tanto vivieron los hijos del industrial secuestrado. Padres e hijos y la herencia de las heridas y sobre todo, como unos y otros gestionamos el dolor y el pérdida. Por un lado, tenemos el dolor social con ETA, con cuarenta años de actividad y 829 víctimas mortales, y por otro, un dolor íntimo con la enfermedad y fallecimiento de la madre. Dos pérdidas, dos ausencias que, tanto hija como padre afrontan de formas antagónicas y ahí radica el conflicto central de la película. González-Sinde construye una película elegante, bien contada y magníficamente interpretada.

Una película bien trabajada técnicamente, tanto en el pasado como el presente, en el que cada espacio habla mucho de los sentimientos de los personas y sus actitudes. Con ese aire opresivo, como de película de terror del 77 y ese otro aire más cálido peor que se irá ennegreciendo del 2011, en un gran trabajo del cinematógrafo de Juan Carlos Gómez, que tiene en su haber a nombres como los de Achero Mañas, Daniel Sánchez Arévalo y Gracia Querejeta, entre otros. El magnífico trabajo de edición de Irene Blecua, que condensa los cien minutos de la película de forma interesante y certera. Y finalmente, la excelente música de Antonio Garamendi, un recién llegado en esto del cine, que consigue el acompañamiento perfecto en unas imágenes que hablan de dolor y tristeza y las herramientas para asumirlo y continuar, pero desde la aceptación y lo compartido, muy lejos del sentimentalismo de otras producciones, y en ese sentido, la música lo ilustra de forma esencial y da todo ese lugar que no se ve un valor aún más grande, como deja patente en la secuencia que cierra la película, donde brillan una muy buena composición y estructura, donde todo encaja de forma sencilla y cercana.

Un relato que se apoya mucho en el silencio y en las miradas, debía tener un reparto a la altura y lo consigue con Adriana Ozores, que ya protagonizó La suerte dormida, dando vida a Adela, la madre, que soporta los avatares vitales con entereza y humildad, todo un ejemplo. Mención aparte tiene la interpretación Fernando Oyaguez en la piel del Fernando del 77, ese hermano mayor que debe lidiar con el secuestro del progenitor y tranquilar a sus hermanos y hermana pequeña. Todo un reto para el joven actor que sabe transmitir todo la dureza y el dolor que siente y sobre todo, enfrentarse a un conflicto my difícil y que le sobrepasa. Después, tenemos a la pareja protagonista, a un estupendo Ginés García Millán como Fernando del 2011, el padre que prefiere seguir, no hablar, ni del pasado ni de nada, y frente a él, Susana Abaitua que da vida a Icíar, la hija que es todo lo contrario al padre, porque ella quiere saber, quiere mirar al pasado para construir un presente más de compañía y de diálogo, porque comparte con su padre la tragedia de perder al padre o la madre con la misma edad.

Aplaudimos y nos emocionamos con el regreso a la dirección de Ángeles González-Sinde, con un relato sobre las heridas de ETA, sobre todo ese peso que los personas arrastran, y la parte central de la película, como afrontar ese dolor con los nuestros, sentarnos y mirarnos, y luego, explicarnos, que todo lo que ocultamos salga y lo sepa el otro, para compartir el dolor, todas las heridas del pasado, y así construir un presente más ligero de cargas y culpas y tristezas, y más alegre, tranquilo y en paz, porque la paz para las víctimas no llega cuando ETA dejó de matar, sino que llegará cuando las víctimas hablen entre ellos y ellas y se expliquen lo que sienten y lo que les duele, y poco a poco, dejen de tener miedo de hablar, de ocultarse, de mirar debajo del coche, y caminar con tranquilidad por la calle. El comensal es el libro que había que escribir y la película que había que hacer, que coincide con poco tiempo de distancia con Maixabel, de Icíar Bollaín, una película que al igual que esta, aboga por la reconciliación, por el perdón, y por avanzar juntos después de todo, como única herramienta para aliviar el dolor y dejar de tener miedo. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

 

Entrevista a Óscar Aibar

Entrevista a Óscar Aibar, director de la película «El sustituto», en el Hotel Seventy en Barcelona, el lunes 25 de octubre de 2021.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Óscar Aibar, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Núria Terrón y Elio Seguí de Ellas Comunicación, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Ricardo Gómez

Entrevista a Ricardo Gómez, actor de la película «El sustituto», de Óscar Aibar, en el Hotel Seventy en Barcelona, el lunes 25 de octubre de 2021.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Ricardo Gómez, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Núria Terrón y Elio Seguí de Ellas Comunicación, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Pere Ponce

Entrevista a Pere Ponce, actor de la película «El sustituto», de Óscar Aibar, en el Hotel Seventy en Barcelona, el lunes 25 de octubre de 2021.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Pere Ponce, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Núria Terrón y Elio Seguí de Ellas Comunicación, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

El sustituto, de Óscar Aibar

LA SOLEDAD DEL PERDEDOR.

“Un héroe lo es en todos sentidos y maneras, y ante todo, en el corazón y en el alma”.

Thomas Carlyle

Erase una vez un tipo llamado Andrés Expósito, alguien de infancia dura, un poli curtido en los barrios obreros llenos de quinquis de finales de los setenta. Alguien que deja Madrid buscando el aire y la tranquilidad de la costa levantina, más concretamente el de Denia (Alicante), junto a su mujer e hija pequeña, que aquejada de una enfermedad, necesita respirar mejor. Estamos en la primavera-verano de 1982, con los juicios del 23-F, y el Mundial de Fútbol que se celebra en España para aparentar al mundo una modernidad falsa, que escondía otra realidad más siniestra y violenta. En un lugar tranquilo, aparentemente, Andrés se encontrará con un pasado terrible que las autoridades ocultan y sobre todo, lo protegen. El séptimo trabajo de Óscar Aibar, Barcelona, 1967), sigue la línea de algunas de sus películas, recordamos Atolladero (1995), su opera prima, donde en un pequeño pueblo de una Texas pos atómica, el joven ayudante del sheriff, interpretado por Pere Ponce, hacía lo imposible por largarse ante la oposición del cacique de turno, y El bosc (2012), a partir de un cuento de Albert Sánchez Piñol, un interesante cruce entre la retaguardia de la Guerra Civil Española en un pequeño pueblo del bajo Aragón, y otros mundos fantásticos.

No es la primera vez que el cine de Aibar se cuece a partir de un hecho histórico real, en su segunda película Platillos volantes (20014) recogía unos extraños sucesos ocurridos en la Terrassa de 1972, en los que dos amigos creían haber recibido una llamada de los extraterrestres. En el cine del director barcelonés siempre encontramos un denominador común, sus protagonistas son tipos a contracorriente, individuos que se desplazan de lo normativo para hacer la guerra por su cuenta, gentes solitarias, de pocos amigos o ninguno, héroes cotidianos e invisibles, que intentan romper esa paz impuesta y hacer su propia guerra, aunque para ellos deban pagar un precio demasiado alto. Andrés Expósito es un tipo así. Alguien que empieza a investigar una muerte, la del compañero que sustituye, a escondidas, solo con la única ayuda de Colombo, un cincuentón amargado, enfermo y vilipendiado en la comisaría, que guarda un secreto que compartirá con Andrés. La investigación lo llevará a conocer a Eva, una joven doctora demasiado ambiciosa, y le enfrentará a la oposición de Barea, su corrupto y franquista jefe.

Aibar, con el guion que firma junto a María Luisa Calderón, rescata un suceso histórico y totalmente oculto, la de un grupo de nazis que descansan escondidos en la paradisíaca Denia, disfrazados de respetados alemanes y promotores inmobiliarios, y viviendo a cuerpo de rey, donde nos llevarán las pesquisas de Andrés con la ayuda del decadente Colombo. La película goza de una grandísima factura técnica, el arte de Uxua Castelló (que ha trabajado en películas de Coixet, Querejeta y Ballús, entre otras), el sonido de Eduardo Esquida, que ya estuvo en El gran Vázquez (2010), donde Aibar registraba la vida y milagros del famoso dibujante de cómics, la excelente composición musical del francés Manuel Roland, el ágil, exquisito y extraordinario montaje de una grande como Teresa Font, que se encargó del de Fanny Pelopaja (1984), y de Luna caliente (2019), ambas de Aranda, con las que dialoga muy estrechamente El sustituto, y la brutal, imaginativa y solidez de la cinematografía de Álex de Pablo (habitual en el cine de Sorogoyen), y el brutal trabajo de caracterización de Pepe Quetglas, toda una institución en el cine español en el que lleva medio siglo trabajando.

Qué decir del magnífico elenco de la película, encabezado por un asombroso Ricardo Gómez, con ese bigote y esa planta poderosísima, que este mismo año ha interpretado a Moi, un tipo depresivo en la interesante Mia y Moi, y luego, este Andrés, un personaje diez años más mayor que él, que con esa imagen nos recuerda al Poncela de Las aventuras de Pepe Carvalho, y el Raúl Arévalo de La isla mínima, todo un reto que el actor madrileño supera con creces, dotando a su personaje de credibilidad, fuerza y vulnerabilidad. A su lado, una interesante Vicky Luengo en la piel de Eva, la doctora que ayudará a Andrés, y también velará por sus intereses, una femme fatale en toda regla que no estaría muy lejos de la  Phyllis Dietrichson de Perdición, en otra buena composición de la joven actriz. Colombo, el poli cansado, enfermo y agujereado, al que da vida un inmenso Pere Ponce, que aparece en cinco de la siete películas dirigidas por Aibar, en un personaje caramelo, en las antípodas de aquel joven de Atolladero, quizás el futuro de aquel que no logró salir del pueblo, que parece sacado de las películas de Peckinpah, tipos de vueltas de todo, perdedores de siempre, vaciados de vida, llenos de alcohol, y metidos en mil y historias y ninguna beneficiosa. Y luego, toda esa retahíla de secundarios, que ayudan a que el conjunto desprenda naturalidad, composición y cercanía como ese jefe que hace Joaquín Climent, más en el bar que en la comisaría, nostálgicos del antiguo régimen, o el joven fascista de Fuerza nueva que hace Pol López, un actor tremendo, esa putita que hace la extraordinaria Marta Poveda, y los nazis, el actor belga Frank Feys, que lleva muchos años trabajando en el cine español, hace de Klaus, un respetable hombre de negocios y un miserable oculto, y el veterano Hans-Peter Deppe da vida al nazi doctor muerte, ahora un tranquilo anciano en su retiro dorado.

Aibar hace su mejor película, porque tiene tensión, una violencia seca, como esa espectacular secuencia de persecución que recuerda a las mejores cintas del género policiaco, con una atmósfera acojonante, llena de matices y detalles cuidados al máximo, donde cada objeto tiene su presencia y su porqué, como esa navaja que recuerda a aquella otra que aparecía en Leo (2000), de José Luis Borau. El sustituto tiene una trama creíble y reposada, y unos personajes muy cercanos, que a veces se salen con la suya, y otras, pierden de forma abrupta, y en el centro Andrés que recuerda tanto a la soledad de Will Kane de Solo ante el peligro, y al Terry Malloy de La ley del silencio, con el mejor aroma del noir que tanto elevó la genialidad de Melville, y el thriller político e íntimo que se hacía en el cine estadounidense de los setenta con los Lumet, Schlesinger, Boorman, etc…, con unas imágenes sucias, que rompen el alma y desencadenan el abismo, con las películas Marathon Man, Odessa y Tras el cristal en el horizonte, sumergiéndonos en un lugar tranquilo donde nunca pasa nada, porque el mal en persona, representado en esos nazis ancianos que se han escondido muy bien, ayudados por las autoridades de la nueva democracia española que tanto se parece al franquismo, que los mismos gobernantes decían que ya formaba parte del pasado. Una sinrazón pero en fin, ahí seguimos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Un mundo normal, de Achero Mañas

NO SEGUIR LAS NORMAS.

«La vida es un teatro pero tiene un reparto deplorable»

Oscar Wilde

Siempre me ha sorprendido cuando alguien de mi entorno se ha descrito como alguien normal, porque, entre otras cosas, nunca he entendido que significa “ser normal”. Si ser normal significa que la sociedad y las personas que la conforman te aceptan tal y como eres, estaría bien ser normal, pero he aquí la cuestión, la sociedad y los demás te aceptan si cumples con algunos requisitos, unas normas establecidas, y no me refiero a las normas sociales, sino, sobre todo, a las emocionales, seguir un camino trazado en el que debes renunciar a tus sueños para convertirte en alguien aceptado por los otros, en alguien que se parece al resto, en alguien, que quizás, no se identifique contigo. Ernesto es uno de esos tipos, cuarentón, integro y honesto, uno de esos directores outsiders que sabe lo que quiere, y que no cejará en su empeño, por muy descabellado que sea. Uno de esos tipos que pululaban por las películas de Huston, Fuller o Ray, llenos de vida, inadaptados, y sobre todo, humanos. Ernesto se ha separado, vive con su hija Cloe, una veinteañera que estudia derecho, aunque a ella le encantaría hacer dibujo. Y una madre, Carolina, rebelde, inquieta y nada común. Todo cambia cuando la madre fallece, y Ernesto, contra viento y marea, e incomprendido por todos y todo, decide llevar a cabo la última voluntad de su madre, tirar su cuerpo al mar.

Achero Mañas (Madrid, 1966), que llevaba una década sin ponerse tras las cámaras, después de Todo lo que tú quieras (2010), también una historia que giraba en torno a una ausencia, en la que el protagonista decide enfrentarse a sus prejuicios y barreras emocionales para suplantar a su mujer, y así, de esa manera, ayudar a su hija de cuatro años. La muerte vuelve a girar en torno a un relato que se divide en dos partes. En la primera, conocemos a esta peculiar familia, tan rara y extraña como todas, con sus peculiaridades y extravagancias, sus pequeñas mentiras y sus roces emocionales. La muerte de la abuela trastoca toda esa realidad cotidiana, y en la segunda mitad de la película, nos lleva a una road movie con destino a la costa, en la que padre e hija, intentarán llevar a cabo la voluntad de Julia. Mañas que arrancó su carrera como actor trabajando con directores ilustres como Ridley Scott, Aristarain, Gutiérrez Aragón, Cuerda, etc… debutó como realizador con El bola (2000), sobre los abusos que recibía un chaval por parte de su padre, llenándolo de premios y reconocimientos de la crítica y el público. Tres años más tarde, con Noviembre, daba rienda suelta a los intérpretes con una historia sobre un grupo de teatro de calle, guerrillero, libre y diferente.

Cuatro relatos en veinte años, que nos hablan de seres que deben romper las normas para ser ellos, ser diferentes a los demás para no dejar de ser normales, individuos que se lanzan a la vida, a pesar de los golpes, a pesar de tantos obstáculos, a pesar de todo, creyendo en lo que hacen, y sobre todo, creyendo en sí mismos. En Un mundo normal, Ernesto hace las cosas, por muy descabelladas que parezcan en un principio, y luego asume las consecuencias, que las habrá. No es alguien que se detiene frente a la adversidad, sino todo lo contrario, sigue firme en su decisión, no queriendo ser comprendido, porque, a veces, resulta inútil, sino porque lo siente así. El cineasta madrileño construye una tragicomedia sobre la existencia, sobre nuestras decisiones, y sobre cómo las llevamos a cabo, sobre la normalidad, y sobre todo, que para ser normales nunca debemos dejar de ser lo que somos, porque si no seremos normales, si, pero frustrados, vacíos y desolados.

Mañas vuelve a contar con los técnicos que ya estuvieron en Todo lo que tú quieras, con la aportación de David Omedes en la cinematografía, y José Manuel Jiménez en la edición, dos piezas fundamentales para conseguir esa luz tenue y apagada de Madrid, para llevarnos por la luz mediterránea y brillante de Valencia, acompañado de un montaje con brío, que sabe manejar el tempo como es debido, metiéndonos en esa mezcla de relación materno-paterno-filial que se desarrolla en la película, y construyendo esta peculiar y curiosa tragicomedia sobre la identidad y nuestras relaciones humanas, donde vuelve el mundo del teatro y los actores y actrices, como en sus anteriores películas, quizás el Alex que interpretaba José Luis Gómez en su anterior trabajo, sería una especie de futuro de Ernesto, que también, tendría elementos de Leo, el padre transformista, que rompía las reglas sociales para ser otra y ayudar a su hija. Ernesto sería una mezcla de esas dos formas de enfrentarse a la vida, y sobre todo, a los conflictos. Una actitud de tomar partido y no quejarse sin hacer nada.

La película nace a partir de una conversación de Mañas con su madre, en la que el director imagina cómo reaccionaría ante tamaña decisión. Su alter ego, el hijo que hará lo imposible por materializar la voluntad de su madre fallecida, un impresionante y magnífico Ernesto Alterio, que hacía tiempo que no lo veíamos tan soberbio y rompedor, que además de homenajear a esos directores dignos que reivindicar el cine libre e independiente, en un tiempo que las plataformas de streaming se están quedando con el pastel, como reivindica la película. A su lado, Gala Aymach, hija real del director, maravillosa revelación por su sensibilidad y mirada, que debuta como actriz, haciendo de Cloe, la hija que acompaña a su padre en este periplo emocional y vital, que también, tendrá tiempo para reflexionar y tomar las riendas de su vida. Con Pau Durà, como ese hermano talentoso intérprete de piano, que no se decide a ser él mismo. Magüi Mira como la abuela, una mujer de carácter, decidida y a u manera. Y por último, Ruth Díaz, la ex de Ernesto y madre de Cloe, que intentará poner algo de cordura, aunque no será fácil entre tanta “normalidad”. Mañas ha vuelto a lo grande, con una película de aquí y ahora, sensible, libre y conmovedora, sobre un puñado de criaturas que son muy normales, pero llenas de singularidades, y sobre cómo estas, encajan en una sociedad cada vez más superficial, acomplejada y frustrada. Una historia de carne y hueso, humanista que nos conciencia que la vida es demasiado corta y en cualquier momento se apaga, y nos deja sin tiempo para ser esas personas que siempre quisimos ser. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA