Sesión salvaje, de Paco Limón y Julio César Sánchez

CUANDO EL CINE ESPAÑOL SE LIBERÓ.

“Demostrar que se puede ser a la vez un icono cultural de primer orden y el apóstol del trash”

(En referencia al cineasta John Waters)

Cine comercial, cine popular, cine industrial, cine de serie B español, cine de barrio, cine taquillero, cine de género o cine de explotación, solo son algunos de los calificativos que los expertos y aficionados  han utilizado para denominar a un cine español que nació en los 60 y llegó hasta los 80. Un cine en el que cabía de todo: desde spaguettis western, las denominadas películas de acción donde había films de guerra, de aventuras y cosas por el estilo, cine de terror. Después, con la muerte del dictador, apareció el cine del destape, comedias donde las señoritas aparecían ligeras de ropa, y cine quinqui, donde se hablaba sin tapujos de sexo y drogas. Películas que gustaban al público, convirtiéndose algunas en fenómenos sociales del momento, con vocacion internacional e intérpretes foráneos de renombre mediante las famosas coproducciones que, además de sortear a la temible censura, exportaban el cine fuera de nuestras fronteras. Un cine que ayudó y de qué manera al despertar social, sexual y moderno de muchísimos espectadores, después del oscuro pozo de la dictadura, y que visto desde la distancia se ha convertido en una crónica social y cultural de aquella España franquista, por un lado, y por otro, en aquella otra España que empezaba a caminar en la reciente democracia.

Los directores españoles Paco Limón, que algunos recordarán por dirigir una cinta de terror Doctor Infierno  (2007) y guionista de cómics, y Julio César Sánchez, periodista, realizador de televisión y productor asociado, juntan fuerzas para dirigir una película que no es solo un documento donde se hace una crónica sobre los hechos, las películas y las personas, sino que también, es una interesante reflexión de aquellas circunstancias desde la actualidad, con la ayuda de intérpretes y cineastas de antes y ahora, que no solo reivindican aquel cine con el que crecieron, sino que reivindican su autoría y su relevancia en la educación cinematográfica del público español. En la película escucharemos testimonios de gentes como  Alex de la Iglesia, Nacho Vigalondo, los recientemente desparecidos Javier Aguirre, Álavaro de Luna y Jorge Grau, Eugenio Martín, Simón Andreu, Fernando Esteso, Lone Fleming, Emilio Linder, Enrique López Lavigne (uno de los productores del documental)  Antonio Mayans , Esperanza Roy, Loreta Tovar, José Lifante, Fernando Guillén Cuervo o Mariano Ozores, entre muchos otros. Testigos de un tiempo donde el cine más popular gozaba de la atención del público, en el que algunos explicarán aquellas ilusiones de chaval disfrutando con estas películas, y los profesionales que las hicieron, los que están y los que no.

La película a pesar de la cantidad de testimonios e imágenes no resulta en absoluto extenuante, sino todo lo contrario, emociona, es vibrante, y reflexiona sobre aquel cine de género y el que se hace hoy en día, haciendo un recorrido, deteniéndose en todos y todo, a veces cronológico y otros no, donde se repasan entre muchos otros títulos inolvidables como Condenados a vivir, de Romero Marchent, El bueno, el feo y el malo, de Leone, El diputado, de Eloy de la Iglesia, No profanar el sueño de los muertos, de Jorge Grau, La noche del terror ciego, de Armando de Ossorio, Pánico en el Transiberiano, de Eugenio Martín, las películas de Chico Ibáñez Serrador, de Juan Piquer Simón, Carne apaleada, de Javier Aguirre, el cine de Paul Naschy, el de Jess Franco, el de Mariano Ozores, el de José A. de la Loma, o aquellas películas del destape con títulos imposibles donde prevalecía el humor del distribuidor. En la película también se hace mención del Videoclub, aquel lugar de barrio donde rebuscabas, recuperabas o descubrías películas que se acumulaban en aquellas estanterías, o preguntabas incesantemente por aquel título que ardías en deseo de ver.

Limón y Sánchez han construido una película con un grandísimo ritmo y energía, que combina a la perfección los testimonios, con cineastas actuales con aquellos profesionales que hicieron las películas, amén de los fragmentos de las películas de las que se hablaba, y ciertos aspectos de la historia del país muy significativos como los terribles problemas con la censura, donde el cine de terror gozaba de cierta libertad, siendo uno de los primeros en mostrar desnudos y demás, o el cine quinqui que mostró drogas, sexo o violencia, o indagó en temas de actualidad invisibles hasta entonces, y las relaciones con los intérpretes y profesionales extranjeros, y un sinfín de anécdotas que hacen de Sesión salvaje, uno de los grandes documentos no solo del cine más popular o comercial, sino una oda extraordinaria al cine en general, un grandioso a todos aquellos profesionales que hicieron este cine, y sobre todo, y esto es lo que eleva la película y su contenido, es la reivindicación sincera y veraz de muchos títulos denostados por muchos profesionales en su tiempo por el simple hecho de convertirse en taquilleros, o recibir durísimas críticas por desplazarse del cine de autor, muy duro con el franquismo, y de encaminarse por un cine de desahogo que a la postre muchas películas realizan una crítica igual o más que muchas películas, del franquismo y el sentir de los españoles de entonces. Limón y Sánchez consiguen hacer disfrutar al respetable con la película, en este viaje en el tiempo que evoca aquel cine y aquel tiempo, sino que lo recoloca en la actualidad, su legado en muchos profesionales de ahora, y sobre todo, en todas las virtudes, carencias y formas en las que se hizo y queda. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Dulcinea, de David Hebrero

ALGUIEN QUE NOS QUIERA.

Connor tiene graves problemas emocionales, se ha construido una realidad paralela en la que se engaña a su familia y sobre todo, se miente a sí mismo. Después de una de sus huidas para no enfrentarse a los demás, vuelve y su novia se ha liado con su hermano, pierde su empleo, su madre ha fallecido y su padre no quiero ni verlo. Ante este panorama, Connor recae en sus problemas y opta por el suicidio, pero con la ayuda de su terapeuta Martha se aborta el intento. A partir de ese instante, y con la ayuda de un anillo mágico, la vida de Connor se abrirá a su desidia y huidas constantes, y experimentará una segunda oportunidad para relacionarse con los demás y reencontrarse a sí mismo. El director español David Hebrero de apenas 23 años que debuta en el largometraje, estudió en Madrid y luego se trasladó a Los Ángeles con 18 años, en la que trabaja como cinematógrafo y gaffer, donde conoció al actor Steven Tulumello y juntos escribieron el guión de Dulcinea, un relato en el que hay ingredientes de la famosa novela de El Quijote, de la que su protagonista está obsesionado desde que era un niño,  la ciudad de Madrid, temas como la búsqueda de la felicidad, la insatisfacción personal, y el ideal del amor escenificado en el personaje de Dulcinea, ese amor inventado que el caballero de la triste figura buscaba sin cesar en sus aventuras imaginarias con su fiel escudero Sancho.

Hebrero y Tulumello han levantado una película a golpe de timón y muy independiente, en una historia que se filmó durante un año y medio, en varios países, en la que el propio director hace la cinematografía, y junto a Tulumello coproducen la cinta. El relato es una comedia romántica con toques fantásticos, y se cuenta con agilidad, ritmo y frescura, llevándonos a través del desdichado Connor, aunque buena culpa tiene él mismo de su mala fortuna, por diferentes ciudades, desde L. A., la ciudad donde reside hasta Madrid, la ciudad soñada, la ciudad que su amor por la clásica novela de Cervantes le ha llevado a visitar, esa ciudad donde cree que conocerá al amor de su vida, en esa continua espiral de huida en la que todo acaba siendo imaginado o soñado, alejándose de una realidad en la que todo resulta duro y complejo para Connor. En Madrid, entre la realidad y el sueño, o entre lo inventado o lo vivido, conocerá a Isabella, una joven pintora que se pierde por las calles ilustrando aquello que le fascina. Entre Connor e Isabella nacerá el amor, aunque hay gato encerrado y las cosas nunca son fáciles, porque el anillo mágico que le cedió Martha, la terapeuta tiene algo de trampa, y Connor se verá imposibilitado de iniciar una relación con Isabella.

Ante tantas idas y venidas de Connor, y ese continuo volver a empezar, la idea de evasión del anillo se convierte en todo lo contrario, un laberinto emocional de difícil solución, y sobre todo, más telarañas en la existencia del perdido Connor. La película tiene comicidad, naturalidad, sueño, como esos instantes donde el relato se envuelve en misterio y aventura con la aparición de Alonso, una especie de Quijote de nuestro tiempo que todavía cree en ese amor ideal de Dulcinea, y también, en amor, o podríamos decir, en ese búsqueda incesante en ese amor ideal, que no real, que sufren la mayoría de mortales occidentales de nuestro tiempo, en esa idea confusa e idealizada del amor como tabla de salvación de todos los males habidos y por haber. Una fábula de nuestro tiempo, con ese aroma a películas como Atrapado en el tiempo, Lluvia en los zapatos o la más reciente Amor a segunda vista, donde desafortunados jóvenes entraban en un laberinto de tiempo y amor en el que tenían que volver a empezar cada día para reconciliarse con el amor perdido, como le ocurre a Connor, en esta comedia romántica con la que podríamos darnos de bruces en cualquier esquina de nuestra ciudad, con esa pareja que se acaba de conocer y caminan y ríen por las calles, conociéndose y conociendo una ciudad, en la fabulan sobre su pasado, su presente y quizás, su futuro.

El buen hacer interpretativo de Steven Tulumello dando vida a Connor, un tipo peculiar que hace y deshace su universo soñado según le conviene, que deberá aprender que la vida real es mucho más interesante que la soñada, aunque en ocasiones los sueños nos pueden salvar de una realidad demasiado dura e incómoda, junto a él, la calidez y belleza de Sara Sanz, convertida en Isabella, ese ideal romántico que pretende Connor, llevado en volandas por el sueño quijotesco del amor ideal, o de la abnegación de una realidad tan aburrida y superficial, o Germán Torres que da vida a un peculiar y actual Don Quijote, con su aire de caballerosidad y esperpento, personaje imaginario-real que se tropieza Connor mientras recita en castellano pésimo a Cervantes, y vive con él alguna aventurita que otra mientras los dos se imaginan a caballo reconquistando doncellas de encantadora belleza ya enamoradas o ínsulas perdidas en el subconsciente, o Thelma de Freitas como Martha, la terapeuta que ayuda a Connor, y una especie de hada madrina, como en los cuentos, que abre la puerta de un paraíso perdido a Connor, aunque como todos los universos soñados también tienen su parte oscura y tenebrosa, quizás Connor deberá descubrirlas y vivir con ellas y sabrá que en la mayoría de ocasiones la aventura más extraordinaria de nuestras vidas siempre se vive en nuestro interior y quizás, muy cerca de casa. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Ariadna Cabrol, Yanet García, Coral González y Elvira Herrería

Entrevista a Ariadna Cabrol, Yanet García, Coral González y Elvira Herrería, actrices de la película “Bellezonismo”, dirigida por Jordi Arencón, en el Hotel Fairmont Rey Juan Carlos I en Barcelona, el lunes 8 de julio de 2019.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Ariadna Cabrol, Yanet García, Coral González y Elvira Herrería, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Sonia Uría de Suria Comunicación, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño.

Entrevista a Jordi Arencón

Entrevista a Jordi Arencón, director de la película “Bellezonismo”, en el Hotel Fairmont Rey Juan Carlos I en Barcelona, el lunes 8 de julio de 2019.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Jordi Arencón, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Sonia Uría de Suria Comunicación, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño.

Lejos del fuego, de Javier Artigas

PODERES EXTRAÑOS.

“No quiero escuchar todo lo que dicen, ni quiero creerme todo lo que veo. No quiero decir todo lo que sé, ni todo lo que pienso. No quería decirlo, pero tú tienes poderes extraños sobre mí.”

La juventud perdida, o esa juventud y su tiempo en el ocaso, en ese limbo extraño y complejo donde los recuerdos de los primeros años de juventud forman parte de la memoria, porque el presente ha cambiado y nosotros con él, ha emprendido un camino que nos ha separado de aquellos amigos inseparables por entonces. Después de un año sin verse, un grupo de cuatro amigas vuelven a encontrarse, en ese espacio incierto en el que ya no eres joven y despreocupado, y te encuentras en una incertidumbre vital de grandes dimensiones, acumulando problemas emocionales, y muy perdido, en mitad de la nada y sin saber qué elegir ni adónde ir. El cineasta valenciano debutante Javier Artigas nos sumerge en una relato de aquí y ahora, que mucho tiene que ver con su edad y su tiempo, en el que nos habla casi en susurros, en un marco intimista sobre las rupturas emocionales de esos jóvenes que no lo son tanto, que han tomado caminos diferentes y ahora se sienten vacíos y vagabundos y extraños de su propia vida.

Artigas sitúa su película en un futuro no muy lejano, en el que los problemas inmigratorios han cambiado las sociedades creciendo enormemente la violencia de odio y discriminación, aupando a los gobiernos a fascistas, y el cambio climático ha hecho estragos en la vida cotidiana, donde ya no llueve, y la única estación existente es un verano tórrido y eterno. Valencia, con sus tradiciones de fiesta y fuegos, en mitad de las Fallas, se coloca como trasfondo de la acción, ya que la ciudad se encuentro sumida en un caos violento y de fuego, en este futuro distópico a la vuelta de la esquina, tan reconocible y doloroso. Artigas nos traslada lejos de la ciudad, lejos de todo ese caos social y emocional, para situarnos en un casa de pueblo, en un lugar casi fantasmal, en el que no se ven habitantes, en un sitio aislado donde las cuatro amigas y el hermano de una de ellas, pasarán un par de días envueltas en sus problemas y sus inquietudes emocionales.

Conoceremos a Palo, la instigadora de todo esta encerrona, que ayuda a su hermano menor, Toni, sometido a una relación tóxica, mientras ella intenta olvidar los errores del pasado, dejando atrás una relación compleja con su madre que los ha abandonado y la de un chico que la llevó por situaciones muy dolorosas. Virus, la fallera mayor, es una chica que necesita ser el centro de atención y el cariño de los demás, aunque su vida siempre ha estado dirigida por sus padres. Lena es una chica que es artista y se debate entre el consumo de drogas porque en el fondo no sabe qué hacer con su vida y qué desea realmente. Y finalmente, Sandy, inmigrante que arrastra el dolor de un ataque que acabó con sus padres. Mujeres jóvenes encerradas que huyen de una sociedad sumida en el caos y la violencia, mientras ella se encuentran perdidas y a la deriva, yendo de un lado a otro sin ningún anhelo de vivir y ser de otra manera, arrastradas por esa desazón vital y destructora de su entorno social.

Quizás, la mejor virtud de Artigas sea su modestia y sencillez, en una película low cost, centrada en sus personajes y relaciones, rodada con un equipo artístico, en el que destacan las interpretaciones sobrias y contendidas, apoyadas en las miradas y gestos sencillos de este plantel joven y natural de Laura Salcedo, Azucena Abril, María Asensi, Érica Molina y Mauro Cervera Just, y técnico debutante, en el que la casa de pueblo aislada de todos y todo, resulta la mejor evidencia de ese lugar lejos de todo donde las amigas de entonces pueden tener el tiempo preciso y el reposo necesario para hablar, desnudarse emocionalmente y sentirse liberadas de esas condenas que las han sumido en la desesperación vital en la que se encuentran, quizás, no resuelvan todos sus problemas internos ese par de días, pero puede ser el comienzo de ver sus vidas de otra forma, siendo más libres, más decididas y sobre todo, coger las riendas de su existencia siendo ellas mismas y olvidando los errores y las situaciones amargas que arrastran del pasado.

Artigas nos habla de esa idea de incertidumbre y dolor emocional de tantos jóvenes de ahora, perdidos en su vida, caminando sin rumbo, a la deriva, siguiendo a otros autores como Jonás Trueba, Carlos Marques-Marcet, entre otros, o a Roberto Bueso en La banda, otra película del buen estado de la cinematografía valenciana producida con bajo presupuesto. Lejos del fuego nos recuerda en muchos aspectos a El unicornio, de Louis Malle, una distopía en el que una joven se alejaba de esa sociedad en una guerra fratricida entre hombre y mujeres, y acaba en una casa aislada rodeada de personajes extraños. En el fondo, Artigas nos viene a decir que en momentos vitales extraños y perdidos, sea buena idea llamar a esas amistades que hace demasiado que no vemos, como nos canta La Bien Querida en su temazo Poderes extraños, la melodía que también nos habla del estado emocional que sienten las amigas, esas amistades perdidas que siempre están ahí aunque ahora nos hayamos olvidado de eso, porque siempre nos ayudarán a compartir soledades y sobre todo, a sentirnos mejor, aunque sólo sean un par de días, o incluso muchos más. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

The Song Of Sway Lake, de Ari Gold

LA CANCIONES QUE YA NO ESCUCHAMOS.

La película arranca con imágenes de otro tiempo, unas imágenes situadas en la década de los cincuenta en EE.UU., en una película promocional de un lago, a las afueras de Nueva York, donde se alimenta la idea de buscar tranquilidad y mucha paz, con las típicas escenas de vacaciones y risas y gestos artificiales,  a la que le acompaña una canción festiva muy pegadiza y popular de la época, aunque la versión original era muy diferente, una canción triste, melancólica, llena de recuerdos y de tiempos pasados que se evocan. Seguidamente, nos trasladamos a 1992, en el mismo lugar pero ahora invernal, un hombre de unos cuarenta y tantos años se lanza al lago helado quitándose la vida. Dos secuencias contradictorias, dos momentos que se enlazarán en el verano de 1992, el tiempo en que sitúa la película, cuando Ollie Sway, coleccionista de jazz e hijo del hombre que acabamos de ver matándose, llega al lugar, a esa casa de verano familiar, junto a su colega de fatigas, huérfano también como él, Nikolai. Allí, los dos chavales llegarán con la idea de encontrar la grabación original de la famosa canción del lago, que se grabó en el garaje de la casa. Aunque, no estarán solos, la abuela de Olli, Charlie Sway, también andará por la casa, con la firme intención de vender la propiedad y sobre todo, encontrar el célebre disco al que piensa que le puede ser una gran tajada económica.

El cineasta estadounidense Ari Gold, que ya debutó en el largometraje con Adventures of Power (2008) sobre las aventuras cómicas de un soñador que quiere convertirse en el mejor batería de aire, esos que imitan y simulan a los baterías de verdad. Ahora, envuelve su relato en una historia de presente, de ese verano de 1992, quizás el último verano que pasarán juntos en esa propiedad una serie de personas desesperadas y solitarias, que acarrean cargas pesadas de dolor y un pasado mucho mejor, Ollie es un joven tranquilo, solitario, algo “raro” y apasionado de la música de antes, de esas melodías que contaban historias y personas, Nikolai es todo el contrario, como una especie de espejo deformado de su personalidad, un buscavidas en toda regla, un ligón y bien parecido, que aprovechará el descontrol de la situación para hacer de las suyas, la abuela de Ollie, es una mujer que se casó con un militar héroe de guerra con el que vivió un apasionado amor que se fraguó en aquellos años cincuenta, aunque ahora vive de recuerdos algunos muy dolorosos, y finalmente, Isadora, una joven pelirroja que se convertirá en ese sueño imposible para Ollie, igual que esa grabación que por mucho que busquen entre los objetos antiguos de la casa no logran localizar.

Gold viste a su película de ese cine independiente estadounidense que tan buenos resultados ha dado, construyendo personajes solitarios y muy perdidos, a los que el lugar se convertirá en ocasiones en un lugar idílico, pero poco, muchos menos de lo que imaginaban, un lugar que fue un paraíso en el pasado, cuando las cosas brillaban de otra manera, cuando las canciones nos hacían mirar al futuro con alegría, cuando todo parecía devolvernos a los lugares donde el tiempo se detenía, donde el tiempo hablaba y donde todos sonreían mientras bailaban melodías a la luz de la luna. El director de San Francisco envuelve de nostalgia, de tiempo evocado y de luces con poca luz su narración, que se ve con sinceridad e intimidad, donde los personajes deberán enfrentarse a esas verdades ocultan que sazonan la historia familiar, de tantos errores y tantas miradas juzgadoras, donde la verdad saldrá a la luz, donde todos los personajes deberán enfrentarse a aquellos con los que tienen cuentas pendientes, y sobre todo, a ellos mismos, a aquello que le produce miedo, dolor y tristeza. Un reparto que combina intérpretes jóvenes como el desparpajo y la versatilidad de Rory Culkin, Robert Sheehan o Isabelle McNally, con la sabiduría y la serenidad de Mary Beth Peil como esa abuela llena de recuerdos y demasiadas tristezas, quizás demasiadas.

Una película que nos habla de cuando éramos jóvenes, de amor, de tiempo, recuerdos, trsitezas, alegrías, y sobre todo, de personas, en un relato muy físico, en que los personajes no paran de moverse, de un lugar a otro, ya sea en automóvil, pero sobre todo, en barca, por encima de ese lago, del lago que fue y nunca más volverá a ser lo que fue, porque las canciones nos evocan y nos trasladan a ese tiempo indefinido, mágico e ilusorio, aunque quizás el tiempo devenga nuestro mayor enemigo y nos haga recordar de manera no realista, y veamos ese tiempo pasado como idílico cuando en realidad fue solo tiempo con algún momento alegre, pero también triste, aunque para sobrevivir necesitamos recordarlo de manera errónea, de manera que ese tiempo nos devuelva a nuestros mejores momentos, como cuando escuchamos p por primera vez esa canción que jamás podremos olvidar, desde nuestra mirada inocente, desde lo más profundo de nuestro ser, desde aquel lugar al que no dejamos entrar a nadie, sólo a nuestras emociones y nosotros mismos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

El ataúd de cristal, de Haritz Zubillaga

NUNCA TE VOY A MENTIR.

Amanda es una actriz treintañera considerada en la profesión. Esta noche, es su gran noche. La industria la homenajea. Pero, la noche empieza a torcerse. Primero, su novio le llama excusándose que no podrá asistir debido a un contratiempo en el viaje de vuelta. Aunque, lo peor está por llegar. La limusina que la recoge no es una limusina cualquiera, en el interior del vehículo le esperan fantasmas del pasado que vienen a rendirle cuentas y para nada de forma amistosa, sino todo lo contrario, en una espiral profunda y terrorífica donde sus peores pesadillas se harán realidad. El director Haritz Zubillaga (Bilbao, 1977) firma su primer largo, después de una exitosa carrera en el cortometraje, donde su trabajo titulado Las horas muertas (2007) entre muchos otros, siempre dentro del género de terror, se alzó con numerosos premios internacionales, una pieza de terror sobre unos incautos, su caravana y un francotirador. Zubillaga vuelve a un único espacio, el interior de la limusina (como ocurría en Cosmopolis, de Cronenberg) pero el director bilbaíno adopta la cobertura de thriller terrorífico, en el que ese espacio de interior se convertirá en el lugar de la película, donde Amanda tendrá que someterse a las exigencias sexuales y macabras de una voz distorsionada que la vigila.

A medida que avanza el metraje, descubriremos quién anda detrás de esa voz y el vínculo terrorífico que tiene con Amanda. Zubillaga echa mano de todos los clichés habidos y por haber del género, pero sin sobarlos ni rendirles pleitesía, su película los recoge y los transforma dentro de su dispositivo de ese espacio en el que aparentemente le rodea el éxito y la sofisticación, aunque Amanda y su pesadilla, lo acabaran convirtiendo en todo lo contrario, en un espacio de horror y de supervivencia. Se agradece también la duración de la película, unos 77 minutos, que nos recuerda a aquellos ejercicios de suspense nacidos en la RKO y Universal que rondaban la hora y algo de metraje. El cineasta bilbaíno saca partido a su reducido espacio con la aparición de nuevos objetos y situaciones que provocan tensiones, lesiones y demás problemas para la integridad de Amanda, retorciendo aún más si cabe la trama, en la que nos enfrentamos a nuestro pasado, a aquellos pecados olvidados o que quisiéramos olvidar, y a esas personas que de un modo u otro, formaron parte de nuestro pasado y nuestro destino, aunque nosotros no le dimos importancia.

Un thriller tenebroso y con un extraordinario juegos de luces, a través de las miserias del cine, del lado oscuro, en una sociedad competitiva y deshumnizada, que nos interpela sobre las consecuencias de nuestros actos y hacía donde estos nos pueden llevar, y sobre todo, un relato donde nos enfrentamos a nosotros mismos, al reflejo deformado y oscuro de nuestra alma (como ocurría en la novela de El retratro de Dorian Grey, de Oscar Wilde) en un juego macabro entre nosotros y aquello que nos culpabiliza, en un poderoso y asfixiante ejercicio del más puro terror, en el que la joven desdichada, que pronto la conoceremos realmente, se ve envuelta en una pesadilla horrible en la que parecía que iba a ser su gran noche. Una película que bebe y con acierto de muchas ramas del terror, desde el más clásico, donde nos van descubriendo el artefacto de la pesadilla hasta el “Giallo italiano”, donde hermosas mujeres se ven traumatizadas por dementes incontrolados, con esa voz terrorífica que nos devuelve a aquella de Hall 9000, la inteligencia artificial que dominaba a los hombres, que escuchábamos en 2001: Una odisea en el espacio, o más reciente la voz de Moon, que atormentaba y confundía al astronauta solitario que deseaba volver a su casa.

El grandísimo trabajo de la actriz Paola Bontempi (vista en breves papeles en numerosas series televisivas) que interpreta a la protagonista absoluta de la función, dando vida a Amanda, en el que destaca ese rostro desencajado y furioso, y su cuerpo magullado y herido, en una composición difícil y compleja de la que sale muy airosa de esta gran oportunidad, revelándose como una actriz de garra y fuerza, primero metiéndose en la piel de una actriz elegante y presuntuosa, para terminar como una superviviente nata en la que deberá mantenerse firme y también, porque no decirlo, enfrentarda a sus males, porque el pasado ha decidido tocar a su puerta y nos e va a ir así como así. Zubillaga ha construido una película con hechuras y valiente, de una tensión in crescendo, donde la pesadilla de horror se va sumergiendo en una terrible jungla de horror sin fin, sacando un partido extraordinario al reducido espacio, y a su único personaje, que sufre la violencia de ese engendro que si bien parece mecánico, pronto descubrirá su verdadero rostro, y será entonces cuando nuestras pesadillas más profundas emergerán a la superficie más cotidiana.