El que sabem, de Jordi Núñez

ADIÓS A LA JUVENTUD. 

“Uno se da cuenta que ha terminado la juventud cuando uno no está en ninguna parte. Los jóvenes están en lugares, y las personas que han dejado de serlo ya empiezan a estar ausentes”.

Alejandro Dolina

Un relato de jóvenes que deben decir adiós a la juventud, o mejor dicho, un relato sobre el final de las despreocupaciones, de las noches sin fin y los días de resaca, y sobre todo, de postergar las decisiones importantes que se van amontonando. El que sabem, la opera prima de Jordi Núñez (Valencia, 1991), se adentra en terrenos que ya venía transitando el director valenciano en sus cortometrajes, la compleja gestión del primer amor y esa juventud que se pierde en fiestas, y olvida que esto se acaba y llega la edad adulta, aunque no guste nada. Esta vez el foco lo sitúa en Carla, la joven sudamericana que viene de otro país, que trabaja de camarera, y tiene a su madre enferma, con esa mirada que traspasa la pantalla, que mira a los demás desde la distancia, desde ese otro lugar, desde esa vida con demasiadas responsabilidades, nada que ver con los jóvenes con los que sale, todos ellos de la zona, de esa Valencia que el realizador muestra llena de contrastes, donde hay mucha fiesta, playa y mucha juventud, pero por el contrario, las oportunidades laborales son escasas, porque acabas en un trabajo en el puerto o irremediablemente debes irte lejos.

La trama gira en torno a cuatro almas principalmente. Tenemos a la mencionada Carla, fuertemente atraída por Víctor, con el que comenzará una relación, pero también está Marina, la que no se decide por nadie, y a la vez, está dispuesta con todos, y finalmente, Martí, que tiene una relación con Jaime, pero no le importaría tener algo con Víctor. La película juega con ese aroma agridulce, donde todas las salidas nocturnas o diurnas, siempre adquieren un tono de tristeza y melancolía, porque el futuro viene a instalarse en unas vidas que están al borde de decidir qué hacer con ellas. Núñez se acompaña de cómplices que le han acompañado en su periplo cortometrajista como el cinematógrafo Daniel Moreno García y el montador Fernando Cuenca, e incorpora a Manu Ortega como músico, con esa composición que refuerza esa mirada claroscura que planea por la historia, amén de la inolvidable elección de unas canciones frescas, tiernas y naturales de gente tan importante en el panorama musical actual como Soleá Morente, La Bien Querida, Julie et Joe, entre otros.

El mismo espíritu también de volver a acompañarse de los habituales ocurre en el plano artístico en el que encontramos a Nakarey y Javier Amann, que han protagonizado los cortometrajes de Núñez, ahora, en los roles de Carla y Víctor, ese amor y no amor posible e imposible, que navega con incertidumbre por un estado de ánimo que va y viene y no se detiene en algún lugar, y las maravillosas incorporaciones de Mauro Cervera i Just, al que nos maravilló en Lejos del fuego (2019), de Javier Artigas, otra interesante exploración de la juventud también venida de la zona valenciana, en la piel de un sorprendente Martí, el alma mater de este grupo demasiado disperso, y Tània Fortea como Marina, una chica que va con todo sin importarle mucho las consecuencias emocionales. Finalmente, encontramos a las veteranas Marga Castells, habitual de los Venga Monjas y a Rosita Amores, una leyenda en el mundo de las variedades en Valencia. En tareas de producción está Marco Lledó Escartín, al que recordamos como director de la interesante The invocation of Enver Simaku (2018).

Núñez sale muy airoso de su envite, adentrándose en terrenos que conoce mucho, situándonos en ese espacio de tránsito cuando la juventud adolescente va perdiendo su fuerza y se va adentrando en la edad adulta, donde hay que decidir nuestras vidas o al menos intentarlo, con nula información como suele pasar en casi todos los casos. Un tiempo de limbo, un espacio de ir y venir, sin saber donde estar, donde ubicarse, donde mirar, qué sentir y sobre todo, a quién amar y todo lo demás. La figura de Carla resulta imprescindible en esa mirada desde fuera y desde dentro, en un querer estar y un querer no saber qué hacer, mirando a su alrededor, mirando a ese grupo que va sin más, liberado en el amor y en todo, quizás demasiado pegado a la vida y poco a la realidad que le envuelve. La fuerza de El que sabem es haber respetado la naturalidad en todos los sentidos, tanto en la interpretación como en las situaciones que plantea, donde la cámara traspasa a los personajes, se acerca a sus intimidades, a sus deseos, a sus ilusiones, y también, a sus frustraciones, a sus miedos e inseguridades, porque si la vida tiene algo de verdad, es que la realidad o eso que creemos que es, nos voltea como quiere y nos pone en el lugar en el que nos enfrenta a nosotros mismos y quizás, eso ya no nos gusta mucho, porque hemos de tomar decisiones y eso es muy difícil, porque siempre tendremos el miedo de estar equivocándonos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Horacio Alcalá

Entrevista a Horacio Alcalá, director de la película «Finlandia», en el Hotel Balmes en Barcelona, el viernes 10 de junio de 2022.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Horacio Alcalá, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Eva Calleja de Prismaideas, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Ghosts, de Azra Deniz Okyay

JUVENTUD EN LA OSCURIDAD.

“La juventud no es una época de la vida, es un estado mental”

Samuel Ullman

Durante el siglo XXI, ha sido más o menos habitual, que nuestras carteleras albergarán cada cierto tiempo alguna película turca, los Ferzan Özpetek, Nuri Bilge Ceylan o Fatih Akin, se convertían en nombres reconocibles para el público más interesado en el cine reflexivo y humanista. Lo que ya llama muchísimo más la atención, es que aparezca una película turca dirigida por una mujer, que fue el caso de la extraordinaria Mustang (2015) de Deniz Gamze Ergüven, que retrata la sinrazón religiosa que sufría un grupo de hermanas. Ahora, nos llega otra película Ghosts (“Hayaletler”, en el original), dirigida por otra mujer, Azra Deniz Okyay (Estambuel, turquía, 1983), que debuta con una relato acotado en una sola jornada, la del lunes 26 de marzo de 2020, en la que nos sitúan en uno de esos barrios periféricos de Estambul, a punto de desaparecer, acosado por la gentrificación, ya que las autoridades están desalojando a los vecinos para construir la “Nueva Turquía”, como constantemente se anuncia en la radio. Ese día, en el que transcurre la película, la ciudad turca está sufriendo cortes de luces que sume a la ciudad en un tremendo apagón, dejándola completamente a oscuras, sutil y excelente metáfora del futuro que le espera a esa juventud que retrata la película.

La directora turca nos conduce a través de la vida de tres mujeres y un hombre, tenemos a Dilem (interpretada de forma natural y formidable por la debutante bailarina Dilayda Günes), una dancer que se gana la vida como puede y afronta una infidelidad de su novio, a Ela (que hace de forma concisa Beril Kayar), una activista apasionada por los derechos de la mujer y la comunidad gay, también están, Iffet (que compone con sinceridad Nalan Kuruçim),  limpiadora municipal, que está desesperada, ya que su hijo que cumple condena de prisión injusta, está siendo acosado en la cárcel y necesita dinero, un dinero que no tiene su madre y hará lo imposible para conseguirlo, cruzando al otro lado. Y finalmente, Rasit (que hace con contundencia Emrah Ozdemir), el típico crápula del lugar, que además de cobrarles fortunas a los refugiados sirios por alojarlos en pisos patera, está compinchado con otro para derribar edificios en el que viven personas sin hogar. La cámara febril y nerviosa de la película, con planos muy cercanos, convertida en una segunda piel de los personajes, con abundantes planos secuencia, en un gran trabajo del cinematógrafo Baris Özbiçer, ayuda a retratar ese microcosmos muy alejada de la estampa turista de la metrópolis de Estambul, o el cortante y enérgico montaje que firma Ayris Alptekin, que va de un personaje a otro, sin descanso, moviéndose en esa fina línea donde al caer la noche, todo parece que va a explotar de un momento a otro, con los innumerables saqueos que se producen aprovechando las tinieblas que oscurecen la ciudad, y más concretamente el suburbio en ruinas que acoge la película.

El elemento de la música de Ekin Fil, que rasga con transparencia todos los movimientos desesperados de los protagonistas por no ser engullidos por una realidad que los aplasta y ahoga, con esa policía perseguidora y la religión como guardiana de esa moral tradicional que acosa a las mujeres. La primera película de ficción de la productora Heimatlos Films, fundada en el 2017, que cuenta con cortometrajes de ficción y documental, así como el documental Mimaroglu: The robinson of Manhattan Island, que se vio en el prestigioso festival de Visions du Reel, debutan en la ficción con un relato que juega con la fusión del dispositivo documental y ficción para no solo retratar la Turquía invisible que no llena las noticias de los grandes medios, sino aquella otra, que se oscurece, que se ensombrece, esa llena de fantasmas, de espectros sin vida, o con una vida precaria, que se mueven en el alambre de la huida constante, con trabajos legales que no les da para vivir dignamente, y deben recurrir a la ilegalidad como hacer de “mula”, como hacía Clint Eastwood en su última película, para salir adelante o conseguir aquello que legalmente no pueden conseguir, como queda demostrado en la situación que vive Iffet.

Azra Deniz Okyay se desata como una creadora sumamente observadora de todas las realidades consumidas en ese otro Estambul, aquel Estambul más real, más auténtico, muy alejado del estereotipo que nos suelen vender de Turquía. En Ghosts hay autenticidad en todos los aspectos, tanto en lo que se retrata y en la forma que se retrata, convirtiendo la mirada crítica y humanista de la directora turca en una mirada a tener muy en cuenta, y a seguirle la pista porque volveremos a toparnos con su intenso, magnífico y poderoso cine, porque la película no solo nos habla de esa otra Turquía, y los ciudadanos que siguen resistiendo a pesar del acoso constante de las autoridades, sino que también, es un grandísimo reflejo de una juventud enjaulada, moderna que tropieza con esa tradición religiosa tan sumamente anclada en el pasado, y también, es un retrato formidable sobre la mujer turca, esa que ya no lleva velo islámico, la que no solo es moderna, sino que hace lo posible para ser ella misma y sin ataduras de ningún tipo. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Once Were Brothers: Robbie Robertson and The Band, de Daniel Roher.

CUANDO ÉRAMOS JÓVENES.

“Todo pasa, todo cambia. Haz lo que crees que tienes que hacer”

Bob Dylan

En 1976, en el Winterland Ballroom de San Francisco, tuvieron lugar unos conciertos de despedida del grupo de rock “The Band”, por allí pasaron leyendas como Dylan, Eric Clapton, Muddy Waters, Van Morrison, Neil Young y Joni Mitchell, que se unieron al grupo en el Winterland de San Francisco, en unos espectáculos memorables que decía adiós a una de las bandas de rock más influyentes y míticas de la historia. Martin Scorsese estaba allí para registrar aquellas noches inolvidables. El resultado fue The Last Waltz, una de las mejores películas-concierto del rock and roll. Más de cuatro décadas después, de la mano de uno de los miembros de “The Band”, Robbie Robertson (Toronto, Ontario, Canadá, 1943) autor de muchas bandas sonoras de Scorsese, recorremos la historia de la banda, apoyándonos en su libro de memorias Testimony, publicado en 2016, y viajamos por sus recuerdos personales y musicales, desde aquellos inicios a finales de los cincuenta en Toronto, cuando Robbie y sus amigos-hermanos del alma Levon Helm, Rick Danko, Richard Manuel y Garth Hudson se conocieron y empezaron a tocar como “The Hawks”, pasando por las legendarias giras acompañando a un jovencísimo Bob Dylan en el 65 y 67, sus grandes actuaciones, sus grabaciones domésticas, su excelente álbum de debut, Music From Big Pink en el 68, etc… Toda una revelación de entonces, que los puso en el candelero del rock de aquellos años, auténtica efervescencia de música, cultura, juventud, revolución y estallido social que se vivía en Estados Unidos.

A través de imágenes de archivo, algunas de ellas inéditas, audio de entrevistas de los componentes que se fueron, fotografías de Elliott Landy, un gran especialista en el género, y los testimonios de personalidades musicales como el propio Robertson, Bruce Springsteen, Eric Calpton, Taj Mahal, Ronnie Hawkins, Van Morrison, Dominique Roberton y el cineasta Martin Scorsese, que coproduce la cinta junto a Brian Grazer y Ron Howard. El jovencísimo cineasta Daniel Roher, apenas 26 años, de Toronto, ha construido un documento extraordinario y conmovedor sobre la música rock, sobre un grupo de hermanos que hicieron música junto a los más grandes, porque su música llena de fuerza, pasión y sensibilidad marcó un tiempo, el que va de mediados de los sesenta a principios de los setenta, un tiempo mítico, inigualable y que jamás volverá, un tiempo donde “The Band”, más que un grupo de rock progresivo, era una hermandad en el que todos iban a una, y todos eran uno.

La película no solo se centra en los aspectos más felices y agradables, donde el grupo de amigos disfrutaba con la música, con el compañerismo y demás, sino que también explora aquellos momentos donde el alcohol y las drogas hicieron acto de presencia en el seno del grupo y provocaban grandes conflictos internos en el alma de todos, siguiendo esa maldita estela tan asociada al rock, en el que somos testigos del auge y la caída de un grupo talentoso que sentían la amistad y la música como nadie, quizás esa pasión desaforada y la amistad que les unía fue el detonante que, nada es eterno, y como cantaba Dylan: “Los tiempos están cambiando sin remisión…”, y nada se puede hacer ante eso. Roher escenifica de manera sencilla y contundente el tsunami que significó una banda como “The Band” en el panorama musical de aquel tiempo, trasladado a su forma de narración con esa mezcla intensa y brutal que hace de las imágenes de antes con los testimonios de ahora, capturando ese espíritu bestial y la velocidad de crucero con la que se vivía entonces.

La película nos habla de manera frontal y directa registrando todo aquel tiempo imborrable, donde todo ocurría ya y encima pasaban millones de cosas a diario, donde todo se experimentaba de forma muy intensa y pasional, donde el rock era el himno de todos los jóvenes, donde la vida y la música iban de la mano y se convertían en uno solo, donde lo personal y lo profesional caminaban por una cuerda floja constante a punto de romperse, en que el equilibrio físico y mental pendía de algo muy frágil, y en esa extraña dicotomía se movían los rockeros de entonces que sin quererlo estaban cambiando la historia de la música popular para siempre. Once Were Brothers: Robbie Robertson and The Band, no solo deja testimonio de una de las mejores bandas de rock de la historia, sino también de su enorme influencia en los grupos de entonces y venideros, y como no, de un tiempo maravilloso y libre, donde parecía que todo podía cambiar, que otro mundo era posible, que las cosas podían funcionar de otra manera, más humanista, más libre y sobre todo, menos alienante y acomodada, aunque la realidad y la tristeza se impusieron y esos tiempos soñados no llegaron a venir, siempre nos quedará una banda como “The Band” y la música rock que tanto deslumbró a todos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Sesión salvaje, de Paco Limón y Julio César Sánchez

CUANDO EL CINE ESPAÑOL SE LIBERÓ.

“Demostrar que se puede ser a la vez un icono cultural de primer orden y el apóstol del trash”

(En referencia al cineasta John Waters)

Cine comercial, cine popular, cine industrial, cine de serie B español, cine de barrio, cine taquillero, cine de género o cine de explotación, solo son algunos de los calificativos que los expertos y aficionados  han utilizado para denominar a un cine español que nació en los 60 y llegó hasta los 80. Un cine en el que cabía de todo: desde spaguettis western, las denominadas películas de acción donde había films de guerra, de aventuras y cosas por el estilo, cine de terror. Después, con la muerte del dictador, apareció el cine del destape, comedias donde las señoritas aparecían ligeras de ropa, y cine quinqui, donde se hablaba sin tapujos de sexo y drogas. Películas que gustaban al público, convirtiéndose algunas en fenómenos sociales del momento, con vocacion internacional e intérpretes foráneos de renombre mediante las famosas coproducciones que, además de sortear a la temible censura, exportaban el cine fuera de nuestras fronteras. Un cine que ayudó y de qué manera al despertar social, sexual y moderno de muchísimos espectadores, después del oscuro pozo de la dictadura, y que visto desde la distancia se ha convertido en una crónica social y cultural de aquella España franquista, por un lado, y por otro, en aquella otra España que empezaba a caminar en la reciente democracia.

Los directores españoles Paco Limón, que algunos recordarán por dirigir una cinta de terror Doctor Infierno  (2007) y guionista de cómics, y Julio César Sánchez, periodista, realizador de televisión y productor asociado, juntan fuerzas para dirigir una película que no es solo un documento donde se hace una crónica sobre los hechos, las películas y las personas, sino que también, es una interesante reflexión de aquellas circunstancias desde la actualidad, con la ayuda de intérpretes y cineastas de antes y ahora, que no solo reivindican aquel cine con el que crecieron, sino que reivindican su autoría y su relevancia en la educación cinematográfica del público español. En la película escucharemos testimonios de gentes como  Alex de la Iglesia, Nacho Vigalondo, los recientemente desparecidos Javier Aguirre, Álavaro de Luna y Jorge Grau, Eugenio Martín, Simón Andreu, Fernando Esteso, Lone Fleming, Emilio Linder, Enrique López Lavigne (uno de los productores del documental)  Antonio Mayans , Esperanza Roy, Loreta Tovar, José Lifante, Fernando Guillén Cuervo o Mariano Ozores, entre muchos otros. Testigos de un tiempo donde el cine más popular gozaba de la atención del público, en el que algunos explicarán aquellas ilusiones de chaval disfrutando con estas películas, y los profesionales que las hicieron, los que están y los que no.

La película a pesar de la cantidad de testimonios e imágenes no resulta en absoluto extenuante, sino todo lo contrario, emociona, es vibrante, y reflexiona sobre aquel cine de género y el que se hace hoy en día, haciendo un recorrido, deteniéndose en todos y todo, a veces cronológico y otros no, donde se repasan entre muchos otros títulos inolvidables como Condenados a vivir, de Romero Marchent, El bueno, el feo y el malo, de Leone, El diputado, de Eloy de la Iglesia, No profanar el sueño de los muertos, de Jorge Grau, La noche del terror ciego, de Armando de Ossorio, Pánico en el Transiberiano, de Eugenio Martín, las películas de Chico Ibáñez Serrador, de Juan Piquer Simón, Carne apaleada, de Javier Aguirre, el cine de Paul Naschy, el de Jess Franco, el de Mariano Ozores, el de José A. de la Loma, o aquellas películas del destape con títulos imposibles donde prevalecía el humor del distribuidor. En la película también se hace mención del Videoclub, aquel lugar de barrio donde rebuscabas, recuperabas o descubrías películas que se acumulaban en aquellas estanterías, o preguntabas incesantemente por aquel título que ardías en deseo de ver.

Limón y Sánchez han construido una película con un grandísimo ritmo y energía, que combina a la perfección los testimonios, con cineastas actuales con aquellos profesionales que hicieron las películas, amén de los fragmentos de las películas de las que se hablaba, y ciertos aspectos de la historia del país muy significativos como los terribles problemas con la censura, donde el cine de terror gozaba de cierta libertad, siendo uno de los primeros en mostrar desnudos y demás, o el cine quinqui que mostró drogas, sexo o violencia, o indagó en temas de actualidad invisibles hasta entonces, y las relaciones con los intérpretes y profesionales extranjeros, y un sinfín de anécdotas que hacen de Sesión salvaje, uno de los grandes documentos no solo del cine más popular o comercial, sino una oda extraordinaria al cine en general, un grandioso a todos aquellos profesionales que hicieron este cine, y sobre todo, y esto es lo que eleva la película y su contenido, es la reivindicación sincera y veraz de muchos títulos denostados por muchos profesionales en su tiempo por el simple hecho de convertirse en taquilleros, o recibir durísimas críticas por desplazarse del cine de autor, muy duro con el franquismo, y de encaminarse por un cine de desahogo que a la postre muchas películas realizan una crítica igual o más que muchas películas, del franquismo y el sentir de los españoles de entonces. Limón y Sánchez consiguen hacer disfrutar al respetable con la película, en este viaje en el tiempo que evoca aquel cine y aquel tiempo, sino que lo recoloca en la actualidad, su legado en muchos profesionales de ahora, y sobre todo, en todas las virtudes, carencias y formas en las que se hizo y queda. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Dulcinea, de David Hebrero

ALGUIEN QUE NOS QUIERA.

Connor tiene graves problemas emocionales, se ha construido una realidad paralela en la que se engaña a su familia y sobre todo, se miente a sí mismo. Después de una de sus huidas para no enfrentarse a los demás, vuelve y su novia se ha liado con su hermano, pierde su empleo, su madre ha fallecido y su padre no quiero ni verlo. Ante este panorama, Connor recae en sus problemas y opta por el suicidio, pero con la ayuda de su terapeuta Martha se aborta el intento. A partir de ese instante, y con la ayuda de un anillo mágico, la vida de Connor se abrirá a su desidia y huidas constantes, y experimentará una segunda oportunidad para relacionarse con los demás y reencontrarse a sí mismo. El director español David Hebrero de apenas 23 años que debuta en el largometraje, estudió en Madrid y luego se trasladó a Los Ángeles con 18 años, en la que trabaja como cinematógrafo y gaffer, donde conoció al actor Steven Tulumello y juntos escribieron el guión de Dulcinea, un relato en el que hay ingredientes de la famosa novela de El Quijote, de la que su protagonista está obsesionado desde que era un niño,  la ciudad de Madrid, temas como la búsqueda de la felicidad, la insatisfacción personal, y el ideal del amor escenificado en el personaje de Dulcinea, ese amor inventado que el caballero de la triste figura buscaba sin cesar en sus aventuras imaginarias con su fiel escudero Sancho.

Hebrero y Tulumello han levantado una película a golpe de timón y muy independiente, en una historia que se filmó durante un año y medio, en varios países, en la que el propio director hace la cinematografía, y junto a Tulumello coproducen la cinta. El relato es una comedia romántica con toques fantásticos, y se cuenta con agilidad, ritmo y frescura, llevándonos a través del desdichado Connor, aunque buena culpa tiene él mismo de su mala fortuna, por diferentes ciudades, desde L. A., la ciudad donde reside hasta Madrid, la ciudad soñada, la ciudad que su amor por la clásica novela de Cervantes le ha llevado a visitar, esa ciudad donde cree que conocerá al amor de su vida, en esa continua espiral de huida en la que todo acaba siendo imaginado o soñado, alejándose de una realidad en la que todo resulta duro y complejo para Connor. En Madrid, entre la realidad y el sueño, o entre lo inventado o lo vivido, conocerá a Isabella, una joven pintora que se pierde por las calles ilustrando aquello que le fascina. Entre Connor e Isabella nacerá el amor, aunque hay gato encerrado y las cosas nunca son fáciles, porque el anillo mágico que le cedió Martha, la terapeuta tiene algo de trampa, y Connor se verá imposibilitado de iniciar una relación con Isabella.

Ante tantas idas y venidas de Connor, y ese continuo volver a empezar, la idea de evasión del anillo se convierte en todo lo contrario, un laberinto emocional de difícil solución, y sobre todo, más telarañas en la existencia del perdido Connor. La película tiene comicidad, naturalidad, sueño, como esos instantes donde el relato se envuelve en misterio y aventura con la aparición de Alonso, una especie de Quijote de nuestro tiempo que todavía cree en ese amor ideal de Dulcinea, y también, en amor, o podríamos decir, en ese búsqueda incesante en ese amor ideal, que no real, que sufren la mayoría de mortales occidentales de nuestro tiempo, en esa idea confusa e idealizada del amor como tabla de salvación de todos los males habidos y por haber. Una fábula de nuestro tiempo, con ese aroma a películas como Atrapado en el tiempo, Lluvia en los zapatos o la más reciente Amor a segunda vista, donde desafortunados jóvenes entraban en un laberinto de tiempo y amor en el que tenían que volver a empezar cada día para reconciliarse con el amor perdido, como le ocurre a Connor, en esta comedia romántica con la que podríamos darnos de bruces en cualquier esquina de nuestra ciudad, con esa pareja que se acaba de conocer y caminan y ríen por las calles, conociéndose y conociendo una ciudad, en la fabulan sobre su pasado, su presente y quizás, su futuro.

El buen hacer interpretativo de Steven Tulumello dando vida a Connor, un tipo peculiar que hace y deshace su universo soñado según le conviene, que deberá aprender que la vida real es mucho más interesante que la soñada, aunque en ocasiones los sueños nos pueden salvar de una realidad demasiado dura e incómoda, junto a él, la calidez y belleza de Sara Sanz, convertida en Isabella, ese ideal romántico que pretende Connor, llevado en volandas por el sueño quijotesco del amor ideal, o de la abnegación de una realidad tan aburrida y superficial, o Germán Torres que da vida a un peculiar y actual Don Quijote, con su aire de caballerosidad y esperpento, personaje imaginario-real que se tropieza Connor mientras recita en castellano pésimo a Cervantes, y vive con él alguna aventurita que otra mientras los dos se imaginan a caballo reconquistando doncellas de encantadora belleza ya enamoradas o ínsulas perdidas en el subconsciente, o Thelma de Freitas como Martha, la terapeuta que ayuda a Connor, y una especie de hada madrina, como en los cuentos, que abre la puerta de un paraíso perdido a Connor, aunque como todos los universos soñados también tienen su parte oscura y tenebrosa, quizás Connor deberá descubrirlas y vivir con ellas y sabrá que en la mayoría de ocasiones la aventura más extraordinaria de nuestras vidas siempre se vive en nuestro interior y quizás, muy cerca de casa. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Ariadna Cabrol, Yanet García, Coral González y Elvira Herrería

Entrevista a Ariadna Cabrol, Yanet García, Coral González y Elvira Herrería, actrices de la película «Bellezonismo», dirigida por Jordi Arencón, en el Hotel Fairmont Rey Juan Carlos I en Barcelona, el lunes 8 de julio de 2019.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Ariadna Cabrol, Yanet García, Coral González y Elvira Herrería, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Sonia Uría de Suria Comunicación, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño.

Entrevista a Jordi Arencón

Entrevista a Jordi Arencón, director de la película «Bellezonismo», en el Hotel Fairmont Rey Juan Carlos I en Barcelona, el lunes 8 de julio de 2019.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Jordi Arencón, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Sonia Uría de Suria Comunicación, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño.

Lejos del fuego, de Javier Artigas

PODERES EXTRAÑOS.

“No quiero escuchar todo lo que dicen, ni quiero creerme todo lo que veo. No quiero decir todo lo que sé, ni todo lo que pienso. No quería decirlo, pero tú tienes poderes extraños sobre mí.”

La juventud perdida, o esa juventud y su tiempo en el ocaso, en ese limbo extraño y complejo donde los recuerdos de los primeros años de juventud forman parte de la memoria, porque el presente ha cambiado y nosotros con él, ha emprendido un camino que nos ha separado de aquellos amigos inseparables por entonces. Después de un año sin verse, un grupo de cuatro amigas vuelven a encontrarse, en ese espacio incierto en el que ya no eres joven y despreocupado, y te encuentras en una incertidumbre vital de grandes dimensiones, acumulando problemas emocionales, y muy perdido, en mitad de la nada y sin saber qué elegir ni adónde ir. El cineasta valenciano debutante Javier Artigas nos sumerge en una relato de aquí y ahora, que mucho tiene que ver con su edad y su tiempo, en el que nos habla casi en susurros, en un marco intimista sobre las rupturas emocionales de esos jóvenes que no lo son tanto, que han tomado caminos diferentes y ahora se sienten vacíos y vagabundos y extraños de su propia vida.

Artigas sitúa su película en un futuro no muy lejano, en el que los problemas inmigratorios han cambiado las sociedades creciendo enormemente la violencia de odio y discriminación, aupando a los gobiernos a fascistas, y el cambio climático ha hecho estragos en la vida cotidiana, donde ya no llueve, y la única estación existente es un verano tórrido y eterno. Valencia, con sus tradiciones de fiesta y fuegos, en mitad de las Fallas, se coloca como trasfondo de la acción, ya que la ciudad se encuentro sumida en un caos violento y de fuego, en este futuro distópico a la vuelta de la esquina, tan reconocible y doloroso. Artigas nos traslada lejos de la ciudad, lejos de todo ese caos social y emocional, para situarnos en un casa de pueblo, en un lugar casi fantasmal, en el que no se ven habitantes, en un sitio aislado donde las cuatro amigas y el hermano de una de ellas, pasarán un par de días envueltas en sus problemas y sus inquietudes emocionales.

Conoceremos a Palo, la instigadora de todo esta encerrona, que ayuda a su hermano menor, Toni, sometido a una relación tóxica, mientras ella intenta olvidar los errores del pasado, dejando atrás una relación compleja con su madre que los ha abandonado y la de un chico que la llevó por situaciones muy dolorosas. Virus, la fallera mayor, es una chica que necesita ser el centro de atención y el cariño de los demás, aunque su vida siempre ha estado dirigida por sus padres. Lena es una chica que es artista y se debate entre el consumo de drogas porque en el fondo no sabe qué hacer con su vida y qué desea realmente. Y finalmente, Sandy, inmigrante que arrastra el dolor de un ataque que acabó con sus padres. Mujeres jóvenes encerradas que huyen de una sociedad sumida en el caos y la violencia, mientras ella se encuentran perdidas y a la deriva, yendo de un lado a otro sin ningún anhelo de vivir y ser de otra manera, arrastradas por esa desazón vital y destructora de su entorno social.

Quizás, la mejor virtud de Artigas sea su modestia y sencillez, en una película low cost, centrada en sus personajes y relaciones, rodada con un equipo artístico, en el que destacan las interpretaciones sobrias y contendidas, apoyadas en las miradas y gestos sencillos de este plantel joven y natural de Laura Salcedo, Azucena Abril, María Asensi, Érica Molina y Mauro Cervera Just, y técnico debutante, en el que la casa de pueblo aislada de todos y todo, resulta la mejor evidencia de ese lugar lejos de todo donde las amigas de entonces pueden tener el tiempo preciso y el reposo necesario para hablar, desnudarse emocionalmente y sentirse liberadas de esas condenas que las han sumido en la desesperación vital en la que se encuentran, quizás, no resuelvan todos sus problemas internos ese par de días, pero puede ser el comienzo de ver sus vidas de otra forma, siendo más libres, más decididas y sobre todo, coger las riendas de su existencia siendo ellas mismas y olvidando los errores y las situaciones amargas que arrastran del pasado.

Artigas nos habla de esa idea de incertidumbre y dolor emocional de tantos jóvenes de ahora, perdidos en su vida, caminando sin rumbo, a la deriva, siguiendo a otros autores como Jonás Trueba, Carlos Marques-Marcet, entre otros, o a Roberto Bueso en La banda, otra película del buen estado de la cinematografía valenciana producida con bajo presupuesto. Lejos del fuego nos recuerda en muchos aspectos a El unicornio, de Louis Malle, una distopía en el que una joven se alejaba de esa sociedad en una guerra fratricida entre hombre y mujeres, y acaba en una casa aislada rodeada de personajes extraños. En el fondo, Artigas nos viene a decir que en momentos vitales extraños y perdidos, sea buena idea llamar a esas amistades que hace demasiado que no vemos, como nos canta La Bien Querida en su temazo Poderes extraños, la melodía que también nos habla del estado emocional que sienten las amigas, esas amistades perdidas que siempre están ahí aunque ahora nos hayamos olvidado de eso, porque siempre nos ayudarán a compartir soledades y sobre todo, a sentirnos mejor, aunque sólo sean un par de días, o incluso muchos más. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

The Song Of Sway Lake, de Ari Gold

LA CANCIONES QUE YA NO ESCUCHAMOS.

La película arranca con imágenes de otro tiempo, unas imágenes situadas en la década de los cincuenta en EE.UU., en una película promocional de un lago, a las afueras de Nueva York, donde se alimenta la idea de buscar tranquilidad y mucha paz, con las típicas escenas de vacaciones y risas y gestos artificiales,  a la que le acompaña una canción festiva muy pegadiza y popular de la época, aunque la versión original era muy diferente, una canción triste, melancólica, llena de recuerdos y de tiempos pasados que se evocan. Seguidamente, nos trasladamos a 1992, en el mismo lugar pero ahora invernal, un hombre de unos cuarenta y tantos años se lanza al lago helado quitándose la vida. Dos secuencias contradictorias, dos momentos que se enlazarán en el verano de 1992, el tiempo en que sitúa la película, cuando Ollie Sway, coleccionista de jazz e hijo del hombre que acabamos de ver matándose, llega al lugar, a esa casa de verano familiar, junto a su colega de fatigas, huérfano también como él, Nikolai. Allí, los dos chavales llegarán con la idea de encontrar la grabación original de la famosa canción del lago, que se grabó en el garaje de la casa. Aunque, no estarán solos, la abuela de Olli, Charlie Sway, también andará por la casa, con la firme intención de vender la propiedad y sobre todo, encontrar el célebre disco al que piensa que le puede ser una gran tajada económica.

El cineasta estadounidense Ari Gold, que ya debutó en el largometraje con Adventures of Power (2008) sobre las aventuras cómicas de un soñador que quiere convertirse en el mejor batería de aire, esos que imitan y simulan a los baterías de verdad. Ahora, envuelve su relato en una historia de presente, de ese verano de 1992, quizás el último verano que pasarán juntos en esa propiedad una serie de personas desesperadas y solitarias, que acarrean cargas pesadas de dolor y un pasado mucho mejor, Ollie es un joven tranquilo, solitario, algo “raro” y apasionado de la música de antes, de esas melodías que contaban historias y personas, Nikolai es todo el contrario, como una especie de espejo deformado de su personalidad, un buscavidas en toda regla, un ligón y bien parecido, que aprovechará el descontrol de la situación para hacer de las suyas, la abuela de Ollie, es una mujer que se casó con un militar héroe de guerra con el que vivió un apasionado amor que se fraguó en aquellos años cincuenta, aunque ahora vive de recuerdos algunos muy dolorosos, y finalmente, Isadora, una joven pelirroja que se convertirá en ese sueño imposible para Ollie, igual que esa grabación que por mucho que busquen entre los objetos antiguos de la casa no logran localizar.

Gold viste a su película de ese cine independiente estadounidense que tan buenos resultados ha dado, construyendo personajes solitarios y muy perdidos, a los que el lugar se convertirá en ocasiones en un lugar idílico, pero poco, muchos menos de lo que imaginaban, un lugar que fue un paraíso en el pasado, cuando las cosas brillaban de otra manera, cuando las canciones nos hacían mirar al futuro con alegría, cuando todo parecía devolvernos a los lugares donde el tiempo se detenía, donde el tiempo hablaba y donde todos sonreían mientras bailaban melodías a la luz de la luna. El director de San Francisco envuelve de nostalgia, de tiempo evocado y de luces con poca luz su narración, que se ve con sinceridad e intimidad, donde los personajes deberán enfrentarse a esas verdades ocultan que sazonan la historia familiar, de tantos errores y tantas miradas juzgadoras, donde la verdad saldrá a la luz, donde todos los personajes deberán enfrentarse a aquellos con los que tienen cuentas pendientes, y sobre todo, a ellos mismos, a aquello que le produce miedo, dolor y tristeza. Un reparto que combina intérpretes jóvenes como el desparpajo y la versatilidad de Rory Culkin, Robert Sheehan o Isabelle McNally, con la sabiduría y la serenidad de Mary Beth Peil como esa abuela llena de recuerdos y demasiadas tristezas, quizás demasiadas.

Una película que nos habla de cuando éramos jóvenes, de amor, de tiempo, recuerdos, trsitezas, alegrías, y sobre todo, de personas, en un relato muy físico, en que los personajes no paran de moverse, de un lugar a otro, ya sea en automóvil, pero sobre todo, en barca, por encima de ese lago, del lago que fue y nunca más volverá a ser lo que fue, porque las canciones nos evocan y nos trasladan a ese tiempo indefinido, mágico e ilusorio, aunque quizás el tiempo devenga nuestro mayor enemigo y nos haga recordar de manera no realista, y veamos ese tiempo pasado como idílico cuando en realidad fue solo tiempo con algún momento alegre, pero también triste, aunque para sobrevivir necesitamos recordarlo de manera errónea, de manera que ese tiempo nos devuelva a nuestros mejores momentos, como cuando escuchamos p por primera vez esa canción que jamás podremos olvidar, desde nuestra mirada inocente, desde lo más profundo de nuestro ser, desde aquel lugar al que no dejamos entrar a nadie, sólo a nuestras emociones y nosotros mismos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA