No creas que voy a gritar, de Frank Beauvais

TODAS LAS PELÍCULAS HABLAN DE MÍ.

«¿Quién ha dicho que el tiempo cura todas las heridas? Sería mejor decir que el tiempo cura todo menos las heridas. Con el tiempo, el dolor de la separación pierde sus límites reales. Con el tiempo, el cuerpo deseado pronto desaparecerá, y si el cuerpo que desea ha dejado ya de existir para el otro, entonces, lo que queda es una herida… sin cuerpo».

Chris Marker en Sans Soleil

Frank Beuavais (Phalsbourg, Francia, 1970) y su pareja se fueron a Alsacia (una región al noreste de Francia, en la frontera con Alemania y Suiza, a 500 km de París), huyendo de la gran urbe al pueblo, debido a razones materiales. Su convivencia se alargó cinco años hasta que el desamor los separó. Cuando la película-documento-diario de Beauvais arranca ya han pasado seis meses de la separación. Estamos en el 2016, en el mes de abril, y se inicia un período en soledad, una aventura cotidiana con uno mismo, una especie de diario del duelo que abarca hasta el mes de octubre del mismo año. Un espacio en el que la vida de Beauvais se remite únicamente a la ingesta de películas, al visionado compulsivo de cine, cine de todas las épocas, géneros, estilos, formatos, nacionalidades y sobre todo, cine para olvidar, o quizás deberíamos decir, cine para olvidarse de uno mismo y pasar el tiempo soñando o desesperándose  con otros, envueltos en otros mundos y en otras circunstancias.

El cine acaba siendo reflejo de nuestro estado de ánimo, convirtiéndose en juez implacable, y acaba impregnándose en aquellas imágenes que estamos viendo, convirtiéndolas en espejos deformantes de nuestra realidad y sobre todo, de nosotros mismos. Ya sea como recuerdo de aquel período vivido en soledad y reflexión en aquel lugar, o como terapia en que el cine nos ayuda o al menos, eso creemos, para solventar las dudas existenciales y llenar ese ánimo tan vacío que a veces se nos queda. Beauvais, que ya experimentó en el formato corto, ha hecho una película de aquello que experimentó, sintió y materializó, ya fuese en forma de idea, pensamiento, reflexión, duda o inquietud, en forma de diario íntimo y personal sobre el duelo, la soledad, la existencia, la incertidumbre, la política, la sociedad, la familia, el cine, su oficio, sus amigos, sus viajes, el desempleo, sobre la acumulación de los objetos, de lo material como modo de existencia,  sobre el despojamiento, ya sea personal o material, y demás pensamientos, a través de una voz en off, la suya propia, que nos va guiando y conduciendo por esta maraña de ideas y reflexiones, algunas alegres, otras tristes, unas esperanzadoras, otras amargas, unas ilusionantes, otras desoladoras.

Durante los 75 minutos del metraje, apoyadas por las imágenes de las más de 400 películas que visionó durante el período mencionado, consistentes en planos breves, de apenas cinco o diez segundos, que van del blanco y negro al color, y viceversa, donde vemos cortes que nos muestran partes del cuerpo, lugares, objetos, acciones, imágenes surrealistas, pictóricas, fantásticas, cotidianas, y de todo tipo, que interpelan con la voz de Beauvais, en un constante y febril diálogo, nunca la ilustran, sino actúan de forma contradictoria, seductora, extravagante y funcionan de forma independiente dentro del todo que es la película, consiguiendo el excelso y rítmico montaje, obra de Thomas Marchand, un aluvión de imágenes poderosas, enérgicas y rompedoras, que nos van sumergiendo en un discurso hipnótico y fascinante, donde se habla de todo y todos, siguiendo la cronología que van marcando los acontecimientos cotidianos, sociales y políticos del país, enarbolando un sinfín de ideas donde conoceremos más a Beauvais y sobre todo, nos introduciremos en ese universo que contempla ese período de seis meses en mitad de la nada, casi en aislamiento, imbuido en el cine y en sus películas.

La película no solo se argumenta con la palabra de Beauvais, sino que recurre, en apenas tres ocasiones, a la palabra de otros, autores que refuerzan y median como Hesse o Perec, ente otros, el diálogo consigo mismo que ejecuta Beauvais, sin vacilaciones ni barreras, hablando de su vida y de todo aquello que le rodea, ya sea pasado, como la relación conflictiva con su padre, o presente, con la mala praxis política de su país, Francia, o la mudanza que realizará a París, etc…La narración prescinde de la música, dando todo el valor a la palabra y a la imagen, una imagen descontextualizada de tal manera que nos resulta imposible relacionarla con el listado interminable de películas que se citan en los títulos finales, con el mismo modelo que tanto caracterizaba la mirada de Chris Marker, el maestro del cine ensayo, y su magnífico empleo del found footage o material de archivo encontrado, extrayendo esas imágenes de su origen y convirtiéndolas en entes individuales y personales que funcionan en otros contextos y películas, mismo trabajo que empleó Godard en su monumental Histoire(s) du cinéma, su personalísima evocación y reinterpretación de las imágenes del cine.

Beauvais ha construido su opera prima en base a dos conceptos bien definidos, uno, su estado anímico de soledad y aislamiento, y dos, el cine y sus películas, porque ya desde su descriptivo título No creas que voy a gritar, habla de todo aquello que necesita decir, explicar y sobre todo, compartir, materializar con su voz y las imágenes troceadas de las películas, ese sentimiento de rabia, una especie de puñetazo de realidad y verdad, con el cuadro de El grito, de Much como referencia, o lo que es lo mismo, un encuentro consigo mismo en el que decir todo aquello que vamos encontrando y reencontrándonos de nosotros mismos. El cineasta francés habla a tumba abierta, al borde del abismo y sin miedo, y consigue entusiasmarnos con su palabra e imagen, desnudándose en todos los sentidos y comprometiéndonos en ese viaje sobre la existencia y la vulnerabilidad. La película consigue su propósito con creces, y lo hace de manera brillante y conmovedora, porque si hay un hecho primordial en el oficio de hacer películas, no es solo hacerlas, sino compartirlas, porque ese hecho marca el destino final de cualquier obra, que puedan verse, en el caso del cine, verse y disfrutarlas, aunque tengan demasiados conceptos en los que nos interpelan directamente, en los que nos miramos y nos descubrimos, en ocasiones, para bien y en otras, no tanto. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

En la playa sola de noche, de Hong Sangsoo

TIEMPO DE (DES)AMOR.

“La gente quiere ir más allá de las apariencias e intentar alcanzar el interior. Pero no siempre es fácil, ya que las apariencias externas nos atraen y nos arrastran. A veces cometemos errores, pero eso es lo que somos. Es importante intentar superar la ilusión de la apariencia y llegar al interior, pero nunca podemos escapar de su atracción.”

Hong Sangsoo

El cine de Hong Sangsoo (Seúl, Corea del Sur, 1960) nace y se retroalimenta de la propia vida del cineasta, quizás en su caso, es una afirmación muy próxima a la naturaleza de su cine, ya que sus películas están pobladas por gente del cine, que casi siempre están preparando o filmando películas, donde se enamoran o están a punto de hacerlo, y en las que hay muchas secuencias donde dialogan y discuten alrededor de una mesa mientras comen, y sobre todo, beben. Aunque su última película asevera aún más si cabe esta afirmación, porque aquí tendríamos serias dificultades para discernir aquello que forma parte de la propia vida del cineasta y su entorno, o lo que es puramente inventado, aunque tenga muchísima conexión con los hechos reales, como el cine de Ingmar Bergman o Woody Allen, donde la vida y el cine se mezclan sin discernir con exactitud dónde empieza uno y acaba el otro.

Su última película es quizás la más personal de su carrera, ya que Hong Sangsoo cuenta un hecho vivido por él mismo, que tiene que ver con la actriz Kim Minhee, con la que tuvo un romance durante el rodaje de la película Ahora sí, antes no (2015), situación compleja ya que el director estaba casado y los medios sensacionalistas aprovecharon para derramar ríos de difamación y escándalo. Si bien en la anterior película de Sangsoo, Lo tuyo y tú (2016) nos convocaba en un relato sobre el desamor visto desde los diferentes puntos de los (des)enamorados. Ahora, se centra exclusivamente en ella, en una especie de exorcismo personal en el que la propia persona que vivió su affaire protagoniza la película, la propia Kim Minhee, una mujer herida que pone tierra de por medio, y se toma un tiempo alejándose de él y de todos, visitando a una conocida de Hamburgo. Sangsoo captura el desamor a través de un poderosísimo retrato femenino sobre una mujer que se acuerda demasiado de su amor, de ese amor que no pudo ser, aquel que se perdió, aunque duela lo recuerda, y camina o más bien deambula, sola o acompañada, intentando aparentar lo que no siente, aunque ella sabe que no es así.

De la playa fría, casi helada de Alemania, pasa a la playa hibernal, pero más cercana de Corea del Sur, y lo que son las cosas, huyendo de su reciente pasado parece que consigue el efecto contrario o al menos a ella se lo parece. Una hermosísima película, delicada y sensible, que nos atrapa desde la propia melancolía que siente el personaje, dejándonos llevar por casi el silencio que viene arrastrando esta mujer triste y herida, una mujer en pleno desamor, o quizás podríamos decir atravesada por el amor, por ese amor cruel y doloroso, ese que por mucho que nos alejemos físicamente, sigue rondándonos, como si fuera una sombra que inútilmente queremos alejar. La sutil interpretación de Kim Minhee, llena de miradas y matices, consigue con mucha dulzura atraparnos en sus altibajos emocionales, donde parece odiar a los hombres, y beber para olvidar, aunque parece que cuanto más bebe, más se acuerda de aquel que quiere olvidar.

Sangsoo es una especie de demiurgo de las emociones humanas, investigando en los recovecos del (des)amor, unas emociones que describe con cercanía y sumergiéndose en todos los puntos de vista, mostrándolos en su forma más primaria y natural, dejando al espectador sacar las pertinentes conclusiones, si así lo desease. Yonghee es una de esas heroínas cotidianas que amaron y ahora no saben cómo se sienten, pretenden que la distancia se convierta en olvido, pero fracasan en su intento, sólo consiguen recordar con más nitidez, porque en el eterno combate que lidian los pensamientos con las emociones, nunca hay un ganador, sólo alguien que recuerda y siente más de lo que le gustaría, aunque sea recostada en la arena de una playa en invierno, que su tranquilidad y solitud no sean suficientes para alejar sus sentimientos, porque aunque estemos solos, sin nadie a nuestro alrededor, al que siempre escucharemos, aunque no queramos, será a nuestro corazón, a ese aliado o no motor en continua marcha, que nos ayuda a levantarnos cuando las circunstancias nos hayan vencido.

Entrevista a Laura Jou

Entrevista a Laura Jou, directora de “No me quites”. El encuentro tuvo lugar el miércoles 5 de osctubre de 2016 en la Plaza del Raspall en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Laura Jou, por su tiempo, generosidad, y cariño, a The House of Films (distribuidora del film), por su paciencia y amabilidad, y al amable transeúnte que tuvo el detalle de tomar la fotografía que ilustra esta publicación.

No me quites, de Laura Jou

no-me-quites-cartelEL COMBATE DEL AMOR.

Laura se encuentra en casa, esperando algo o a alguien, está muy nerviosa y excitada. Se abre la puerta y entra Luis, los dos se miran. Llevan separados unos meses y vuelven a verse. Ella quiere volver a estar junto a él, él no, dejó la relación porque quería estar sólo, pero ahora está ahí, frente a ella. La directora Laura Jou debuta en la dirección, después de una trayectoria que, se inició como actriz, y luego ha destacado como directora de actores y más concretamente como directora de actores infantiles, faceta en la que ha trabajado en grandes producciones con directores como Villaronga, Bayona, Ventura Pons o Alejandro González Iñarritú, una trayectoria en la que además hay que añadir la docencia como profesora de su propio estudio de actores. Su primer trabajo como directora es un viaje hacia el abismo del amor, filmado en un único espacio y construyendo toda su trama a través de los intérpretes (oficio en el que Jou se maneja muy bien).

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Jou nos propone un película de amour fou, de desamor, de recuperar lo perdido, en el que asistimos a un combate en toda su forma, dos seres que parecen estar uno al extremo del otro, ella, Laura (excelente composición de desnudez tanto física como emocional de Laia Costa, surgida de la serie Polseres vermelles, aunque desatada en la producción alemana Victoria, que le ha valido un gran reconocimiento internacional) y él, Hammudi Al-Rahmoun (debutante en la actuación, ya que hasta ahora ha estado dedicado a la dirección, campo en el que presentó la estimable Otel.lo, una nueva aproximación al universo Shakesperiano a través de la construcción de una película). Los dos se lanzan al más profundo de los precipicios, unos diálogos desafiantes y cortantes, en estado de confrontación y lucha, y unas tomas largas al incio que darán paso a unos planos cercanos, en los que casi podremos tocar a los intérpretes, respirar junto a ellos, sentir todo lo que están experimentando, en el que sentimos su agobio y tensión, nos ayudan a sumergirnos en esta maraña de emociones contradictorias, complejas, y difíciles de sentir y comprender. Jou maneja el ritmo de forma endiablada, la película de 14 minutos de metraje, viaja a un ritmo vertiginoso, no cesan de suceder situaciones en las que Laura intenta por todos los medios a su alcance retener al hombre que ama, aunque eso la lleve a arrastrarse, suplicar o implorar su amor a los cuatro vientos. La actitud de él también es contradictoria, no quiere volver con ella, se lo deja muy claro, pero tampoco parece querer marcharse, es como si algo lo retuviese, cuando decide hacerlo, marcharse, dejar esta situación incomóda, ella utilizará todas sus artimañas femeninas para conseguir retenerlo para que vuelva a sus brazos.

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Jou para su primer trabajo como directora se ha rodeado de un equipo de gran altura, en la producción encontramos a la productora Corte y Confección (que ha producido entre otros la reciente La próxima piel, Requisitios para ser una persona normal, la citada Otel.lo o el estimable documental Ich bin Marco, sobre la impostura de Enric Marco) que junto a J. A. Bayona producen el filme. En fotografía se encuentra Andreu Martí (surgido de la ESCAC con amplia trayectoria en equipos de fotografía de diversas películas) y el montaje de Jaume Martí (habitual de Bayona y de tantos otros). Una película que atrapa desde el primer instante, en el que nos introducimos en un espacio muy reducido, donde se desatarán los más bajos instintos del deseo o el apego de cada uno de los personajes, dos seres que no parecen tan alejados como parece querer demostrarnos. Jou construye una película directa, con un conflicto mínimo, pero sabe extraer toda la complejidad de la situación que se genera, sabiendo dotar a su relato de ese aroma de thriller romántico en el que las cosas no son lo que parecen, y cada plano o encuadre nos lleva a un nuevo conflicto del que no sabremos cómo se irá desarrollando ni que surgirá. Una cinta intensa y bien filmada que deja un excelente huella dentro del panorama del cortometraje, unas cualidades que se vieron altamente recompensadas en el Festival de Cine de Málaga, donde el trabajo de Jou se alzó con tres de los premios más importantes, y partir de ahí, un periplo de más de medio centenar de festivales alrededor del mundo, los cuales han podido ser testigos de hasta donde somos capaces de llegar con tal de recuperar al ser amado y dejar de sentirnos más solos de lo que estamos.


<p><a href=”https://vimeo.com/147171139″>NO ME QUITES. Shortfilm</a> from <a href=”https://vimeo.com/andreuadamrubiralta”>Andreu Adam Rubiralta</a> on <a href=”https://vimeo.com”>Vimeo</a&gt;.</p>

La desaparición de Eleanor Rigby, de Ned Benson

disappearance_of_eleanor_rigby_xxlgEl amor a prueba de golpes

El origen de la película del debutante Ned Benson, consistía en un díptico formado por dos largometrajes independientes titulados: Él y Ella, en los que se contaba los dos puntos de vista de una pareja después de una ruptura. Las dos cintas llegaron a estrenarse durante el Festival de Toronto, aunque a sus responsables parece que  no les debió agradar el resultado que obtuvieron, porque tanto como el director y la productora,  Cassandra Kulukundis, decidieron hacer una sola película, después de pasar por un laborioso y complejo montaje, que presentaron en el Festival de Cannes, en la sección Una cierta Mirada.  Marcada dentro de un estilo independiente, la cinta muestra las circunstancias y posterior ruptura que llevan a una pareja enamorada y sólida, en apariencia, Eleanor Rigby y Conor Ludlow, a separarse y cómo los dos sobrellevan la situación. Benson apoyándose en una fotografía cálida y envolvente, muestra a dos seres asfixiados por las terribles circunstancias que les ha tocado vivir, y cómo no pueden a hacer frente a su amor. El relato transcurre en el área metropolitana de Nueva York, en sus calles se desarrolla la mayor parte del metraje, una urbe caótica, lluviosa, y fría, así como también en la casa familiar de Eleanor, donde vuelve la joven después de la separación, un ser que se mueve y respira por inercia, que le han partido en dos y le han robado las ganas de seguir viviendo. Por el otro lado, Conor, vuelve al hogar paterno, la difícil convivencia junto a su progenitor, junto a las deudas e insostenibilidad de su restaurante, hacen que su desamor sea aún más si cabe más doloroso. El cineasta norteamericano, cuenta con delicadeza y gusto visual su historia, se detiene en las relaciones personales y las circunstancias que se van originando con respeto y honestidad, es una historia de personas, no de tramas. Quizás la película resultante del proyecto original anda algo inconexa y desdibujada, se echan en falta algunas secuencias que explicarían con más detalle algunas situaciones. No obstante, el buen hacer de Benson en la dirección de actores, y la elección de estos, encabezados por la belleza y la mirada de una exultante, Jessica Chastain, a la que da réplica, un interesante James McAvoy, arropados por unos secundarios de auténtico lujo, Isabelle Huppert y William Hurt, como los progenitores de Eleanor, comedidos en sus composiciones, basando sus interpretaciones en el silencio y el gesto, Viola Davis, la profesora universitaria y divorciada que alimenta su soledad con cinismo y simpatía, y Ciarán Hinds, el padre de Conor, hastiado y separado de su tercera esposa. Una película cargada de dolor, de emociones, de ilusiones perdidas, y de frustración ante la pérdida, de cómo nos enfrentamos y sobrellevamos las dificultades de la vida, de los golpes emocionales que nos tocan en suerte o desgracia. De cómo el amor y nuestras circunstancias personales se ven golpeadas y machacadas, y cómo reaccionamos ante esto, si tiramos la toalla, y emprendemos una nueva vida, huyendo de nosotros mismos, o por el contrario,  nos enfrentamos al dolor y seguimos luchando por lo que sentimos, aunque nos resulte una tarea sumamente difícil, dolorosa y complicada.