El faro, de Robert Eggers

EL GUARDIÁN DE LA LUZ.  

“La oscuridad no existe, la oscuridad es en realidad ausencia de luz.”

Albert Einstein

Hace cinco años, Robert Eggers (Lee, New Hampshire, EE.UU., 1983) sorprendió a todos con La Bruja, su opera prima como director, un fascinante y perturbador cuento gótico y terrorífico ambientado en la Nueva Inglaterra del siglo XVII, protagonizado por una familia puritana desterrada de la comunidad, que obligados a vivir frente a un bosque misterioso se verán sometidos a unas fuerzas del mal que erosionan la armonía familiar. El cineasta estadounidense vuelve a situar su segunda película El faro, en esa Nueva Inglaterra, pero deja la tierra firme para trasladarse a una isla de la costa de Maine, y también cambia de tiempo histórico, ambientado su nueva aventura a finales del siglo XIX. El conflicto transformador que recorre ambas películas no ha cambiado, Eggers somete a sus personajes a un viaje a lo desconocido, más allá de cualquier razonamiento, un enfrentamiento en toda regla con aquello que nos aterra y perturba, a los miedos que anidan en lo más profundo de nuestra alma, donde la realidad pierde su solidez para convertirse en un flujo interminable de imágenes y sombras que provienen de lo psicológico, lo onírico y lo imaginado, donde la realidad se transmuta en algo diferente, en algo que atrae y perturba por partes iguales a los personajes.

La familia del siglo XVII deja paso a dos fareros, dos fareros antagónicos, uno, Thomas Wake, es un viejo lobo de mar, el guardián de más entidad, el que impondrá sus normas y su criterio frente al otro, Effraim Winslow, el joven, el subordinado, antiguo leñador y con pasado muy oscuro. Wake es el guardián del faro y por ende, el guardián de la luz, esa luz resplandeciente, cautivadora y fascinante, convertida en el centro de la isla y de ese mundo, algo así como el poder en la condenada roca, como la llama el farero más veterano. Un objeto de poder, de privilegios, de vida en esa durísima vida de custodia del faro. En cambio, Winslow vive ocupado en los trabajos más duros y desagradables como alimentar de queroseno el faro para que siga funcionando, deshacerse de los restos fecales, arrastrar pesos, arreglar desperfectos en lugares difíciles, limpiar el latón y demás tareas solitarias que no le agradan en absoluto, solo las noches se convertirán en el instante donde los dos fareros se reúnen para beber, hablar de ellos, de su pasado, de su estancia en la isla y demás cosas que les unen y separan.

Eggers es un creador extraordinario construyendo atmósferas perversas e inquietantes, donde la aparente cotidianidad está rodeada constantemente de misterio y aire malsano que va asfixiando lentamente a sus personajes como si de una serpiente se tratase. Un ambiente de pocos personajes, sobre todo, construido a partir de acciones mundanas, donde lo fantástico va apareciendo como una especie de invasor silencioso hasta quedarse en esos espacios cambiándolo todo. Todo bien sugerido y alimentado por medio del sonido, un sonido industrial, ambiental, mediante el ruido capitalizador del faro, la fuerza del agua rompiendo contra las rocas, o las gaviotas revoloteando constantemente en el cielo que envuelve la isla, unos animales con connotaciones fantásticas como Black Phillip, el macho cabrío de La bruja. Si en La bruja, nos enmarcaba en un paisaje nublado y nocturno, donde primaban la luz de las velas, en El faro, deja el color, para sumirnos en un poderoso y tenebroso blanco y negro, bien acompañado por 1.33, el aspecto cuadrado, que aún incide más en esa impresión de cine mudo con ese aroma intrínseco de Sjöström, Stiller o Murnau, donde reinan el mundo de las sombras, lo onírico y lo fantástico, donde la luz deviene una oscuridad en sí misma, donde las cosas pierden su naturaleza para convertirse en otra muy distinta.

Un relato sencillo y honesto donde pululan los relatos marinos psicológicos de Melville o Stevenson, bien mezclado por las leyendas de ultratumba de Lovecraft o Algernon Blackwood, donde realidad, mito y leyenda se dan la mano, creando imágenes que no pertenecen a este mundo o esas imágenes que creemos que tienen una naturaleza real. Eggers combina de forma magnífica un relato donde anidan varios elementos que describen la sociedad en la que vivimos, como las relaciones de poder, el combate dialecto y físico entre dos hombres desconocidos que tienen que convivir lejos de todos y todo, el aspecto psicológico lejos de la civilización, soportando el aislamiento y sus respectivas demencias, situación que ya trataba la inolvidable El resplandor, de Kubrick, con la que se refleja la cinta de Eggers, la difícil convivencia entre aquello que se desea y aquello que es la realidad, las pulsiones salvajes que anidan en nuestro interior, las mentiras que nos imponemos, y sobre todo, lidiar con un pasado traumático, sea real o no. La película está edificada a través de una atmósfera brutal e inquietante, en un in crescendo abrumador y afilado, donde la isla se convierte en un laberinto físico y psicológico que, irá lentamente anulando a los dos fareros y convirtiéndolos en dos meras sombras invadidas por todo aquello real o no que les rodea y acabará sometiéndolos.

Quizás, una película de estas características necesitaba a dos intérpretes de la grandeza de Willem Dafoe, extraordinario como el farero veterano enloquecido, viviendo en su propia mugre y fantasía, una especie de Long Silver seducido por esa luz resplandeciente, pero también cegadora y peligrosa, una luz que guarda como si fuera su vida. Frente a él, Robert Pattinson, ya muy alejado de las producciones comerciales que lo convirtieron en el nuevo chico guapo de la clase, metido en roles más interesantes, intensos y profundos, dando vida a ese farero joven metido en camisas de once varas, rodeado de misterio y parco en palabras, que también desea esa luz que no tiene, como único medio para seguir respirando en esa condenada roca. Eggers seduce y provoca a los espectadores con su singular relato, una historia anidada en esos lugares donde lo real, lo fantástico y lo que desconocemos se unen para satisfacer y martirizar a todos aquellos ilusos que se sienten cautivados por lo desconocido, por lo prohibido, por todo aquello que quizás no sea tan resplandeciente y resucite sus peores pesadillas, aunque algunos les merecerá la pena correr tanto riesgo y experimentar con el mal. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

El Hoyo, de Galder Gaztelu-Urrutia

ROMPER LAS CADENAS.

“Lo importante no es mantenerse vivo sino mantenerse humano”.

George Orwell

Goreng despierta en el nivel 48 de el hoyo, le acompaña el libro de El Quijote, tiene como compañero de nivel a Trimagasi, un veterano del lugar que conoce al dedillo, o eso dice, la estructura y la vida en el hoyo. La plataforma baja una vez al día con la comida que les sobra a los de arriba y después de unos pocos minutos, continuará su trayecto hacia abajo. Se desconoce el número de niveles, eso sí, una vez al mes se repite la rutina y cambias de nivel. Y sobre todo, reza para que toque un nivel de los de arriba, porque si es alguno de abajo, la escasez de comida llevará a sus habitantes a tomar medidas extremas. La puesta de largo de Galder Gaztelu-Urrutia (Bilbao, 1974) es una metáfora de la sociedad clasista en la que vivimos, donde no existe la compasión ni la humanidad, sino una durísima supervivencia anclada en el egoísmo, la competitividad y el individualismo como únicas formas de sobrevivir en un universo deshumanizado y lleno de miseria y horror. La obra recrea esa inquietante atmósfera austera y desnuda, a partir de esos niveles, con solo dos personajes, uno acabado de llegar y el otro veterano, en el que vamos conociendo tanto lo físico, con esa plataforma que va y viene con comida o no, dependiendo del nivel que te toque, y lo emocional, donde lo psíquico juega un papel muy intenso donde lo humano se verá sometido a las circunstancias de un lugar que puede resultar siniestro y terrorífico.

La cinta hace de su modestia su mejor virtud, planteándonos una estructura sencilla y muy seductora, a partir de un guión obra de David Desola y Pedro Rivero (uno de los autores de Psiconautas, los niños olvidados, una excelente muestra de cine de animación enraizado en la distopía profundizando en las convenciones sociales) que plantea una sociedad jerárquica y aleatoria, donde los de abajo, meros despojos que viven de la basura que tiran los de arriba, asumiendo las condiciones inhumanas de los de arriba, de aquellos que viven en la abundancia, donde la comida se convierte en una alegoría de la sociedad, como el mayor de los tesoros y reflejo de las diferencias sociales. Gaztelu-Urrutia construye una primera parte más estática, donde abundan diálogos y algún que otro falshback en una película muy lineal, y una segunda mitad, más física donde el tiempo avanza más rápidamente, en el que nos propone un juego de múltiples capas narrativas donde a medida que avanza el metraje, nos va abriendo una capa más y descubriendo los terribles secretos que anidan en el hoyo, una especie de cárcel, donde voluntariamente o no, acceden personas de toda condición social, económica y cultural, independientemente del sexo, raza o religión.

Situada a medio camino del thriller oscuro y terrorífico y el retrato social, nos concentraremos en Goreng, un tipo extraño muy diferente a lo que se encuentra en el hoyo, con un libro como compañía, que querrá romper las normas del lugar, aceptando sus reglas pero de manera personal, yendo más allá, intentando encontrar la forma de cambiar una estructura sombría por una más humana, convirtiéndose en ese antihéroe peculiar y raro que pululan por las películas distópicas en las que alguien un día despierta y comienza a caminar diferente al resto y hacerse preguntas y sobre todo, a ejecutar unas ideas revolucionarias y contrarias a todos los demás. La luz tenebrosa y aciaga de Jon D. Domínguez, se convierte en el mejor cómplice para sumergirnos en este retrato alegórico que realiza una crítica demoledora a una sociedad perdida, a la deriva, llena de soledades amargadas e inútiles, donde el amor ha desaparecido, donde reina el odio, la mentira, la venganza y la muerte como únicas formas de subsistencia. La penetrante y extraordinaria música de Aranzazu Calleja da ese toque esencial e íntimo que tanto necesita este tipo de películas.

La película bebe de ese cine psicológico y distópico producido en su mayoría en la serie B estadounidense donde sucesos anclados en la ciencia-ficción servían para retratar la sociedad capitalista y la condición humana a través de sus miedos y paranoias. Un potente cast en el que sobresale la capacidad tanto física como gestual de un Iván Massagué en estado de gracia, en su mejor personaje hasta la fecha, convertido en ese extraño tipo que quizás tiene la forma de cambiar la estructura horrible y mortal de tan siniestro lugar, bien acompañado por Zorion Egilor, que consigue con esa mirada penetrante y esa voz cavernosa enriquecer a un tipo que oculta más que habla. Emilo Buale compone a un ser desesperado, a alguien que emprende un camino salvaje y muy peligroso para alcanzar un sueño que parece imposible. Antonia San Juan es otro personaje desesperado, alguien que ya nada tiene que perder, y sobrevive sin más. Y finalmente, Alexandra Masangkay convertida en esa mujer misteriosa y muda que busca incesante a un hijo que parece no existir.

El Hoyo es un thriller oscuro y extraordinario sobre lo más profundo de la condición humana, que mantiene un pulso narrativo intenso y espectacular durante todo su metraje, sumergiéndonos en una marabunta de emociones, tensiones y conflictos de primer órdago, con ese ambiente agobiante y terrorífico por el que maneja toda la cinta, sin descanso, sin parpadeo posible, sujetándose con firmeza la butaca, dejándonos llevar por este impresionante descenso a los infiernos del alma humana, erigiéndose en una excelente muestra de cine potente y magnífico sobre aquellos miedos profundos que nos atenazan diariamente en una sociedad cada vez más vacía, ajena a las necesidades humanas, donde el amor se compra y donde todo tiene precio, incluso las vidas de las gentes, donde unos y otros viven o podríamos decir que sobreviven soportando unas leyes económicas, sociales y culturales que no les satisfacen y además, los convierten en meros autómatas de sus propias existencias, reduciendo sus vidas a una explotación diaria donde lo material se ha convertido en la felicidad absoluta, donde lo emocional ha perdido su sentido y se ha transformado en meras excusas para regocijarse en la opulencia, la ostentación, el lujo y las posesiones como único bienestar humano. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Mireia Noguera

Entrevista a Mireia Noguera, directora de “Nunca te dejé sola”. El encuentro tuvo lugar el martes 15 de octubre de 2019, en el domicilio de la productora Jana LLopart en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Mireia Noguera, por su tiempo, amistad, generosidad y cariño, a la productora Jana Llopart, y a Sandra Ejarque y Ainhoa Pernaute de Vasaver, por su tiempo, paciencia, generosidad y trabajo.