Naza, de Yuval Abraham y Rachel Szor

NOCHE Y NIEBLA EN GAZA. 

“La banalidad del mal nos muestra que los peores crímenes pueden ser cometidos por personas normales”.

Hannah Arendt

En Noche y niebla (1956), de Alain Resnais, demoledor documento sobre el horror nazi, en uno de sus grandes momentos de sus breves pero intensos 32 minutos, vemos a un oficial nazi declarando en uno de los juicios que, al ser preguntado por la responsabilidad de sus atroces crímenes, exclama lo siguiente: “Yo no soy responsable. El responsable es otro. Yo solamente cumplía órdenes”. Una respuesta directa, sintética y deshumanizada, en la que deja evidencia del significado del mal en estado puro. La deshumanización hacia el otro, y dejando la responsabilidad en manos de sus superiores, y alejándose de lo emocional, de la sinrazón en pos a una idea y nada más. Una declaración de hacia dónde como especie podemos llegar y rebasar, donde el otro, el “enemigo” no es más que un número que eliminar, un nadie que perjudica aquello que se defiende, aquello que sí tiene sentido. 

Con No Other Land, la pareja de cineastas Yuval Abraham (Beerseba, Israel, 1995) y Rachel Szor (Jerusalén, Israel, 1994), documentaron el testimonio desgarrador y sin tapujos de Basel Ardra junto a Hamdan Ballal, dos activistas palestinos de Masafer Yatta en Cisjordania que, a través de sus filmaciones domésticas registran el acoso, la violencia y los asesinatos que sufren de soldados y colonos israelíes que los expulsan de sus tierras. Siguiendo la misma línea, pero ahora del otro lado, en un acto de girar la cámara, de ver el contraplano de tanta atrocidad y situar el objetivo en aquellos que generan tanto horror y muerte. Porque Naza (término usado por el ejército israelí para describir los “daños colaterales”, las muertes civiles que se producen en los diversos ataques en Palestina), es un documento de los de aquí y ahora, de recoger los testimonios de 24 oficiales del servicio de inteligencia de Israel que participan en los ataques sistemáticos contra Gaza, donde se asesinan deliberadamente población civil. El dispositivo es directo, ensombreciendo los rostros de los mencionados, y situándose de noche en los tejados de Tel Aviv, la capital de Israel, a través de la escucha y las preguntas de Yuval Abraham.  

La cinematografía de Rachel Szor es sencilla y nada complaciente, acompañados por la oscuridad de la noche, entre sombras y tinieblas propias de las horas nocturnas, somos testigos de los testimonios de los mencionados oficiales explicando con detalles todos los pormenores y situaciones vividas en los ataques contra una población indefensa y sin recursos. La palabra de estos soldados se impone sobrecogiendo la pantalla y dejando una información que no deja indiferente a nadie. La cámara está quieta, algún que otro plano de los edificios de enfrente en los que se vislumbra alguna escena cotidiana dentro del hogar, y otros del bullicio y el frenesí de la circulación de abajo repleta de automóviles, luces parpadeantes y demás situaciones de cualquier urbe poblada. El montaje corre a cargo del dúo de cineastas Abraham y Szor, donde abundan los planos secuencias, porque la película no quiere que nos distraigamos y nos concentremos en la escucha, en el horror de lo que escuchamos, en aquello que se explica de forma frontal, directa y sin concesiones en sus 80 minutos de metraje. El sonido no permite ninguna interferencia, todo se genera para que la escucha sea lo más nítida posible, apenas algún rasgo de la capital, tampoco escuchamos música, porque cualquier injerencia podría restar peso a todo aquello que se explica.

Entre los productores encontramos al cineasta Jonathan Glazer, autor de La zona de interés, que también se centraba en el mal a través de la cotidianidad del oficial jefe de Auschwitz, y a su productor James Wilson, productor de En realidad, nunca estuviste aquí y La voz de Hind, otra película-denuncia sobre el horror de Palestina. El cine es un medio fuerte y sólido, aunque no tiene la capacidad de detener guerras y horrores, eso sí, tiene la capacidad de registrar y documentar las guerras y los horrores, ya sea desde la ficción o el documental, sea como sea, Naza no debería existir, eso significa que lo de Palestina no sucede, pero como mencionaba Chris Marker en Sans Soleil (1983): “En otra época supongo que me habría conformado con filmar chicas y gatos. Pero uno no elige su época.”. Esta es la época y ahora mismo sucede el horror de Palestina y los cineastas deben contarlo y hacerlo de formas diferentes y acceder a aquello que no se puede o parece imposible, porque una película como Naza parece un verdadero milagro que los dos cineastas hayan podido filmar estos testimonios tan reveladores y mostrarlos a todos, un contraplano que evidencia que como especie humana estamos a años luz del significado del amor, la paz y la libertad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Paul Urkijo Alijo

Entrevista a Paul Urkijo Alijo, director de la película «Gaua», en el hall de los Cinemes Girona en Barcelona, el lunes 10 de noviembre de 2025.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Paul Urkijo Alijo, por su tiempo, sabiduría y generosidad, y a Katia Casariego de Revolutionary Comunicación, por su tiempo, cariño, tiempo y amabilidad.  JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Una noche con Adela, de Hugo Ruiz

MIENTRAS MADRID DUERME.  

“En la venganza el más débil es siempre más feroz”.

Honoré de Balzac

Cada año en la gran cantidad de películas que llegan a las salas, aparecen ese tipo de películas, modestas en su producción y atrevidas en su forma y en lo que cuentan, que sorprenden a propios y extraños y convencen incluso a los más escépticos. Una noche con Adela es de esas películas, que los anglosajones llaman “sleeper”, refiriéndose a esa cinta que se convierte en un éxito cuando nadie la esperaba. Que una película como ésta se meta en un certamen como Tribeca Festival de New York es una hazaña extraordinaria, y además, resulta galardona con el premio de Mejor dirección novel es absolutamente sorprendente, porque no estamos ante una película debut, que cuenta una historia muy oscura y violenta, y además, lo hace a partir de una narración muy audaz y dificultosa, con ese plano secuencia que nos lleva de aquí para allá, siguiendo los pasos de una antiheroína como la mencionada Adela, una barrendera del turno de noche. Una mujer que esa noche llevará a cabo una venganza que lleva años ideando. Una venganza que le sanará algunas heridas o quizás no. 

Detrás de las cámaras tenemos a Hugo Ruiz (Zaragoza, 1974), que conocíamos por su cortometraje Taxi fuera de servicio (2011), en la que mezclaba el drama con la comedia en un taxi que acaba convirtiéndose en un lugar parecido como el famoso camarote de los hermanos Marx. El maño debuta en el largometraje con Una noche con Adela, una película nocturna, que se detiene en una sola noche, durante el turno de la citada, recorriendo las calles recogiendo la basura, es decir, todo aquello que los ciudadanos no quieren, tropezando con esas rapiñas de la noche como abusadores, ladrones y gentuza de la peor calaña. Cuando parece que el relato se encaminará hacia el thriller más oscuro y destroyer, la película girará a lo personal, pero de un modo más profundo y salvaje, porque Adela tiene algo oculto para esa noche, que es su noche. Un viaje muy íntimo hacia la oscuridad de la condición humana, que se rompe con ese revelador diálogo de la protagonista con la locutora de radio, que se interpreta así misma la propia Gemma Nierga, que recupera su “Hablar por hablar”, un programa nocturno en el que personas solitarias compartían sus problemas y eran aconsejados por los demás oyentes. Adela conduce su camión recogiendo la basura, que deviene la metáfora del relato, en un viaje hacia la psique y lo físico, porque la barrendera entra en una espiral de drogas, sexo y violencia muy bestia. 

Mención aparte tiene el grandísimo trabajo de cinematografía de Diego Trenas, que debuta en el largometraje, con un detallista y preciso ejercicio de estilo, en un abrumador y lleno de tensión con los 105 minutos de un magnífico plano secuencia que sigue a la protagonista por ese Madrid oscuro y periférico, repleto de almas zombies que deambulan por las calles negras y vacías de la gran ciudad. Salvando las distancias, por supuesto, estamos ante un relato que emula aquellos que hicieron grandes como Boorman, De Palma, Scorsese y Lumet en los setenta en Estados Unidos, sacando la pala y desenterrando la miseria moral y física de una sociedad violenta y deshumanizada, porque Una noche con Adela es sencilla y honesta, no va más allá de lo que su modestia le permite, no juega a la pretenciosidad de otras películas, sino que conoce sus limitaciones y juega con ellas, sacando lo mejor de cada situación y trazando una parte de la radiografía humana de las calles cuando se llenan de noche y aparecen las criaturas de la noche, en la que Adela no es una más, sino alguien herido, derrotado pero no vencido, porque esa noche será su noche, y no de la manera que la cantaba Raphael, sino todo lo contrario, porque esa noche Adela llevará a cabo su venganza, una justicia que lleva años pensando y manteniendo en secreto. 

He dejado para la parte final de este texto mi comentario sobre la interpretación de Laura Galán como la mencionada Adela. Una actriz que muchos de nosotros descubrimos primero en el corto y luego en el largometraje de Cerdita, de Carlota Pereda. Un thriller rural, que emulaba las películas setenteras de terror estadounidenses, donde la castellana demostraba sus buenas dotes compositivas para cambiar de alimaña a cazadora, en un inmenso trabajo que le valió muchos de los reconocimientos del año. Su Adela está en otro lado, aunque conecte con lo corporal y lo sensitivo, porque su barrendera nocturna es una mujer demasiado herida, que se ha hartado de tanta vileza y dolor, y se ha puesto manos a la obra, ejecutando la venganza contra aquellos que la hicieron así, o la convirtieron en una mujer que se destroza cada noche en un trabajo que no le satisface y lo llena de drogas, alcohol y sexo salvaje. Laura Galán vuelve a demostrar que es una actriz portentosa, capaz de meterse en cualquier piel y cuerpo, que transmite con esa mirada de rencor y rabia, que es todo un ejemplo que con trabajo y algo de suerte, se puede labrar una interesante carrera a pesar de los estereotipos que tanto abundan en esta sociedad. Me gustaría que Una noche con Adela  tuviera tiempo para labrarse un boca a boca entre el público, porque estamos ante una película que está bien contada, que tiene a una actriz que llena la pantalla, porque tiene carisma, porque transmite y es pura energía. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Carajita, de Silvina Schnicer y Ulises Porra

UNA NOCHE DE LLUVIA… 

“Enfermo está el mundo, donde tener y ser significan lo mismo”.

Eduardo Galeano 

Nos encontramos en una de esas casas opulentas junto al mar en la costa de la República Dominicana. En su interior, trabaja Yarisa, la criada que tiene una relación especial con Sara, la hija de los señores. Se tratan de tú a tú, se escuchan y se cuidan, como si fueran madre e hija. Toda esa relación dará un giro de 180 grados cuando Mallory, la hija de Yarisa que ha venido de visita, sufre un accidente en una noche de lluvia. A partir de ese momento, la relación se enfría, primero y desaparece, volviendo, o como decirlo, como si nunca hubiesen tenido esa relación estrecha que tenían. Vuelven a ser la criada y la hija de los señores, una hija que vive en la abundancia, en el hastío de esos nuevos ricos y corruptos, como define Sara a su padre y amigos, que malgastan en aburridas y tediosas fiestas donde nada les llena, donde nada les agrada totalmente. Bajo el marco de una desaparición, la película indaga en temas tan universales como la injusticia, la desigualdad y la eterna diferencia de clases en unas sociedades donde el progreso y el bienestar se instala en los que dirigen la economía y deciden las vidas de miles de individuos que sólo están para obedecerles y servirles. 

La segunda película de la bonaerense Silvina Schnicer y del barcelonés Ulises Porra, después de la interesantísima Tigre (2017), donde a partir del drama contaban el viaje de una mujer para recuperar a su hijo y su pasado. Al igual que ocurría en Tigre, donde la ubicación era la isla fluvial del Delta del Tigre, en Carajita, la situación geográfica también define lo que se cuenta y el devenir de sus personajes. A partir de un guion que firman Ulla Prida y la pareja de cineastas, contado bajo el prisma de lo cotidiano, de lo aparente y superficial, es decir, a través de encuentros y desencuentros en los que se habla de la situación política del país, de las relaciones superficiales de los jóvenes, y de la desidia y vacío tan frecuente en este tipo de casas y sus ocupantes. La evidencia no se remarca en ningún aspecto, sólo se va mostrando con una naturalidad que nos va absorbiendo y magnetizando a ese otro mundo, a ese universo de riqueza y burguesía en el dictan las normas y deciden que está bien o mal, porque la trama es sencilla y directa, no se anda por las ramas ni tampoco con la intención de epatar y sorprender, sino todo lo contrario, todo ocurre con una cotidianidad que da pavor, un aroma de terror en el que existimos a merced de los otros, bajo una falsa libertad que se hunde cuando hay algún conflicto y el dinero y la posición social se discute. Sometidos al yugo económico bajo esa oscuridad de existencia que los derechos y la libertad se compra con dinero y nada más. 

La interesante mezcla de drama cotidiano con el thriller resulta de una gran brillantez, porque el caso de la desaparecida, acaba eclosionando en esa madeja de intereses y poder entre los de arriba y los de abajo, que claman justicia, una idea de justicia completamente comprada y manipulada. La excelente cinematografía que firman el argentino Iván Gierasinchuk (que repite después de la experiencia en Tigre), al que conocemos sus trabajos con sus compatriotas Pablo Agüero y Carlos Sorín), y el chileno Sergio Armstrong, en películas de Sebastián Silva, Pablo Larraín y Lorenzo Vigas, entre otros. El gran trabajo de montaje que firma la argentina Delfina Castagnino, también en Tigre, que tiene en su filmografía a directores como Lisandro Alonso, Santiago Mitre, y las películas Princesita, de Marialy Rivas y Alanis, de Anahí Berneri, con un ritmo estupendo y una densidad que ayuda a entablar los diferentes roles de poder y miedo que se instalan en la película. La música de Andrés Rodríguez contribuye a crear esa atmósfera turbia y densa que planea durante la película. 

El excelente plantel de intérpretes empezando por Magnolia Núñez que hace de Yarisa, la criada que ve como su estabilidad se va al traste cuando su hija sufre el accidente, junto a la impresionante Cecile Van Welie en el rol de Sara, esa chica que sigue a sus padres, que no dice nada cuando explota el conflicto, y se oculta en sí misma. Richard Douglas como el padre que todo lo repara, Clara Luz Lozano como la madre estúpida y snob, y finalmente, Adelanny Padilla como Mallory, la accidentada. Y luego, los demás actores y actrices que ofrecen naturalidad y cotidianidad, y muchas miradas y silencios, fundamentales cuando las cosas se tuercen y te sobrepasan. Debemos de celebrar que volvamos a ver otra película procedente de la República Dominicana con coproducción con Argentina, porque no es lo habitual por estos lares, que se suma a Miriam miente (2018), curiosamente dirigida por dos cineastas, Natalia Rodrigo, dominicana, y Oriol Estrada, catalán, que reflejaba las diferencias sociales también, esta vez del racismo imperante entre los habitantes del país caribeño. Carajita tiene el aroma de ese cine intenso y reflexivo que realiza el mexicano Michel Franco, donde profundiza en las relaciones y posiciones sociales de su país, un mal endémico extrapolable a cualquier lugar del mundo. 

No dejen pasar una película como Carajita, de Silvina Schnicer y Ulises Porta, porque tiene todos los ingredientes que enganchan al público ávido de historias que expliquen cosas y sobre todo, explique detalles de la condición humana y la siniestra forma en la que nos relacionamos con los otros cuando el conflicto estalla y nos salpica. Una trama poderosa y absorbente que comienza de forma brutal con ese cuadro negro, el ruido del mar, y cuando abre, la noche encima de nosotros, y unas luces de automóivl alumbra a un lugar determinado que no logramos apreciar. Una oscuridad con poca luz y de noche, elementos que definen por donde irán los tiros en la película. Un mar, una playa, un camino, unas cabras en libertad que se mueven a su libre albredío, una mujer destrozada por el accidente de su hija, una don nadie, que mencionaba Galeano, estos don nadies a los que nadie recuerda, a los que nadie ayuda, a los que nadie ve, no porque sean invisibles, sino porque a nadie les importan, que pueden desaparecer sin más, así como si nada, porque si alguna vez existieron fue para obedecer y servir, sin nombre, que nada pueden hacer para cambiar su triste destino, porque los que pueden ni los miran, ni los existen. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

La pasajera, de Fernando González Gómez y Raúl Cerezo

VINIERON DE OTRO MUNDO.

“La vida no es sino una continua sucesión de oportunidades para sobrevivir”

Gabriel García Márquez

Una película como La pasajera, que quiere contar una historia que entretenga, que distraiga como se decía antes. Aunque, a diferencia de otras por el estilo, su forma radica en algo distinto. A saber, estamos ante un relato que opta por un variopinto grupito de personajes muy distintos entre sí. Tenemos a Blasco, un tipo que habla demasiado, que fuma, que adora su furgoneta de más de veinte años junto a él, y es el conductor de este inusitado viaje por esa España vaciada, y más concretamente, las carreteras secundarias de Navarra. Le acompañan unos pasajeros que comparten viaje a través de una web. Está Mariela, una mexicana que enferma de cáncer quiere reencontrarse con su padre huido años atrás, y luego, tenemos a Lidia, una madre separada que lleva a su rebelde y peculiar hija Marta, junto a su padre. Un cuarteto que pronto verá que su apacible y entretenido viaje derivará en algo turbio y terrorífico, porque recogen a una turista que convierte a la mexicana en una bestia salvaje sedienta de carne humana. Y ahí, empezará una lucha sin cuartel en que la supervivencia será el único viaje posible.

Todo esto arrancó con una idea de Raúl Cerezo (Madrid, 1976), todo un referente en el mundo del cortometraje y en el fantaterror español, que muchos lo conocerán por su prestigioso 8 (2011), que derivó en un guion que firmaron Asier Guerricaechevarría y Javier Echániz, que Luis Sánchez Polack acabó de rematar, en una película que dirigen y coproducen el propio Cerezo que debuta en el largometraje, junto a Fernando González Gómez (Madrid, 1984), con más de una treintena de cortometrajes en su haber, que conocíamos por su sorprendente e hilarante comedia negra Estándar (2020), que supuso su debut en la gran pantalla. A parte de los personajes tan diferentes, otra baza que juega la película es mezclar con acierto y sin prejuicios temas como el slasher, el terror de toda la vida estadounidense donde unos corren porque hay un loco asesino que quiere matarlos, fusionado por lo más intrínseco de aquí, como esa música de Blasco, los pasodobles que le dan un toque nada convencional, y ofrecen otra cosa al relamido tema de los psicópatas asesinos.

La película tiene lugares comunes como el aislamiento, y añade que en La pasajera los asesinos son conocidos de ellos, como ocurría en la inolvidable La noche de los muertos vivientes, todo un referente para el género y para esta cinta, con la noche como aliada, y esa persecución que parece no terminar nunca, donde los que parecían antagónicos acabaran por unir fuerzas por obligación. Como ocurría en la mencionada Estándar, la película se mueve con habilidad e inteligencia por ese terror inquietante bien fusionado con la comicidad, porque la situaciones tienen todos los ingredientes, donde hay poco susto, y esto se agradece, y sobre todo, hay mucha mala uva, donde los roles y los conflictos van cambiando según avanzan los extraños y sorprendentes acontecimientos. Otro de los elementos que hacen de La pasajera una película muy atractiva es su reparto, que se olvida de rostros conocidos, para forman un cuarteto realmente muy interesante. González Gómez rescata de Estándar a Ramiro Blas, en su primer papel protagonista, como el inefable y bondadoso Blasco, un tipo con carisma, muy suyo, muy cañí, amante de los pasodobles, de los toros, y un solitario empedernido con su “Vane”, como llama a su adorada furgoneta, una especie de lobo de mar, en este caso, de carretera, curtido en mil batallas y más.

Acompañan a Blasco tres mujeres, muy diferentes entre sí, como la fabulosa Paula Gallego, que conocíamos como la menor de los Alcántara de Cuéntame cómo pasó, en la piel de la descreída y reacia Marta, que irá dejando su armadura para confiar, y sobre todo, sobrevivir junto a Blasco y los demás, la mexicana Cecilia Suárez como Mariela, una mujer que oculta demasiadas cosas que verá como a medida que avanza la noche todo irá entornándose de otro color, y finalmente, Cristina Álcazar como Lidia, la madre de Marta, muy curtida en series de televisión como la citada Cuéntame cómo pasó y Amar es para siempre, completan este variado y extraño cuarteto que se enfrentará a la noche de sus vidas, perdidos ante todos y todo. La pasajera es un intento loable de hacer un cine entretenido con los referentes del terror, pero añadiendo la idiosincrasia tan de aquí, donde se mueven con naturalidad y buen criterio el terror más reconocible con la comedia más disparatada y negrísima, como ocurría en Abierto hasta el amanecer (1996), de Robert Rodríguez, en que el thriller se convertía en una comedia terrorífica cuando entraban en el famoso local fronterizo de “La teta enroscada”, y la noche de juerga se tornaba una guerra sin cuartel contra unos vampiros sedientos de sangre, en La pasajera son seres de otro mundo, pero también hay que sobrevivir a sus fieros ataques. Disfruten, pasen miedo y sobre todo, ríanse. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Zeros and Ones, de Abel Ferrara

LA NUEVA NORMALIDAD.

“Lo que estamos viviendo es la gran interrupción del mundo, la gran amenaza desde la Segunda Guerra Mundial. Nada había afectado tanto al mundo y los flujos cotidianos del mundo. Claramente no esperábamos este tipo de amenaza”.

Rafael Fernández de Castro.

Desde que estalló la crisis mundial del Coronavirus en marzo de 2020, teníamos que recurrir al cine ya producido para ver el mundo con un ataque de semejantes características. Películas como Estallido (1995), de Wolfgang Petersen, o Contagio (2011), de Steven Soderbergh, son buenas muestras para comprender la magnitud de la tragedia que estábamos viviendo y las consecuencias de todo esto. En Zero and Ones, la última del siempre sorprendente Abel Ferrara (Bronx, New York, 1951), vemos la pandemia in situ, porque el director neoyorquino nos sitúa en las calles de la vecchia Roma, en las calles nocturnas de la ciudad, para contarnos esa “nueva normalidad”, que tanto nos han martillado desde tantos ámbitos. Una sociedad llena de vacíos, de mascarillas quirúrgicas (la primera vez que las vemos en una película después de la irrupción del coronavirus), confinamientos, toques de queda, y sobre todo, una serie de personajes, a cual más inquietante y perturbador, pululando por las calles desiertas de una ciudad en cuarentena, una ciudad irreconocible, vacía de turistas, y llena de miedo. Sombras en forma de individuos que se mueven en un nuevo orden donde reina el miedo, el caos, la paranoia y la confusión.

El cine de Ferrara podrá gustar más o menos, pero tiene la virtud de no dejar indiferente, porque el cineasta del Bronx entiende el cine como un retrato de las grandes oscuridades de la condición humana. En su cine encontramos tipos desesperados, amargados y violentos que no encajan en la sociedad consumista, e intentan hacer su propio mundo, donde la violencia solo es una respuesta contra todo y todos, como en su opera prima The Driller Killer (1979), a la que siguieron El ángel de venganza (1981), Fear City (1984), y China Girl (1987). A partir de los noventa, esa rabia contenida y explosiva a través de la violencia, deja paso a otros tipos que ya han traspasado la línea y viven en el lado oscuro, o en el único posible, como el gánster de El rey de New York (1990), el poli de Teniente corrupto (1992), o los matones de El funeral (1996), incluso también coquetea con el terror, dándole una nueva visión y forma como hace con los vampiros en The Addiction (1995), o con la vida de Jesucristo a partir de la visión de ella en Mary (2005). Con el nuevo mileno, su cine entra en una etapa de búsqueda, aunque no siempre satisfactoria, retratando tipos perdidos, románticos a la deriva, faltos de amor y depresivos, quizás los nuevos tiempos demandaban esa forma de ver el mundo y la sociedad, siempre desde una mirada triste y melancólica.

El universo desesperanzador, romántico y oscuro del cineasta americano cogerá nuevamente el pulso narrativo con dos sendos retratos impecables, profundos y durísimos filmados en el 2014, con Welcome to New York, inspirada en la caída de Dominique Strauss-Kahn, el magnate que fue presidente del FMI, protagonizada por un inmenso Gérard Depardieu, y Pasolini, que relata los últimos días de la vida del genio, con una fascinante interpretación de Willem Dafoe, que se convertirá en su alter ego en Tommaso (2019), retrato brutal sobre los miedos e inseguridades de un director de cine, y en Siberia (2020), un hombre que lo deja todo para vivir en el citado lugar como un ermitaño. Con Zeros and Ones, Ferrara se dispone a hablarnos de esta nueva sociedad surgida después de la pandemia, o podríamos decir durante la pandemia, con un soldado J. Jericho, intentando encontrar a aquellos que quieren atentar contra el Vaticano. La zona cero es la Piazza Vittorio, por donde nos moveremos con el soldado que lleva consigo una arma y una cámara de video que lo va registrando todo. Se irá cruzando con agentes rusos, del Mossad, y todo tipo de especímenes de la noche romana, incluso los roles se mezclaran y entramos en una especie de laberinto infinito del que no sabremos salir porque tampoco sabemos cómo hemos entrado.

Jericho tiene un hermano idéntico a él que es un revolucionario en contra del sistema, dos rostros que quizás son el mismo. Otra amenaza no ya para todos, sino para el mismo. El cinematógrafo Sean Price Williams, habitual del cine de Alex Ross Perry, se encarga de esa luz oscura, tenebrosa y muy inquietante, con el añadido del grano de la cámara de J.J., donde todo se confunde, todo se bifurca y todo tiene una textura diferente y muy quebrada. Las derivas formales y argumentales del cine de Ferrara están muy presentes en la película, por razones estéticas y para crear esa confusión, miedo y desesperanza en el espectador, un ejemplo claro de cómo nos sentimos durante esta pandemia, como demuestra el formidable trabajo de montaje de Leonardo Daniel Bianchi, que después de muchos trabajos en los equipos de edición, se revela con un montaje extraordinario que evidencia esa idea de no saber quién eres, ni dónde estás, ni qué hacer, y además, todo lo conocido se ha vuelto del revés, y nada ni nadie tiene sentido, y todo parece haber cambiado tanto que es imposible reconocerlo. Igual sentido encontramos en la banda sonora compuesta por un cómplice de Ferrara, el músico Joe Delia, que transita sin rumbo, envolviéndonos en ese espacio espectral, lleno de sonidos desconocidos, y donde el miedo y la desconfianza son el caldo de cultivo perfecto para dinamitarlo todo.

Ethan Hawke, que debuta en el cine de Ferrara, da vida al enigmático y perdido soldado J.J., y a su hermano, tan parecido como él, o quizás, es él también, en un desdoblamiento con el que tanto juega en su cine Ferrara. El tejano da cuerpo y vida a un tipo muy alejado de todo, un desconocido de sí mismo, alguien que sabe poco de lo que tiene que hacer y para qué o quién trabaja. A su lado, un grupo de habituales del director estadounidense como Cristina Chiriac, Phil Neilson, creador de escenas de acción, Dunia Sichov, y Valerio Mastandrea, que ha trabajado con gente tan importante como Scola y Paolo Virzì. Los ochenta y seis minutos del metraje se vuelven densos, muy inquietantes, y extraordinariamente tensos, donde nadie confía en nadie, donde todo es turbio, lleno de brumas y tinieblas, donde cada personaje se mueve sin un objetivo ni destino claros, donde todos somos sospechosos, donde todo ha cambiado para que nada cambie, donde el mundo y la sociedad que conocíamos a descubierto su tremenda vulnerabilidad, miedo y confusión, donde el enemigo es invisible, mortal y no tiene fin, a no ser que lo cambiemos todo, aunque seguramente, ya sea demasiado tarde. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Nido de víboras, de Kim Yong-hoon

UN BOLSO LLENO DE PASTA.

“Hay un animal llamado «tiburón toro». La hembra embarazada puede llevar cincuenta huevos dentro. Lo más aterrador de todo es que las crías se devoran unas a otras en su vientre. Solo puede sobrevivir una, que se convierte en un feroz depredador”.

Muchos recordamos el impacto que supuso una película como Memories of Murder (2003), de Bong Joon-ho. Una película oscurísima, donde caía constantemente una lluvia fina e incómoda, una trama agobiante, con continuos saltos hacia adelante y atrás, unos personajes complejos, llenos de dobles morales, asfixiados en un entorno muy hostil, y un thriller con apariencia clásica, pero con muchos toques de humor negro y drama cotidiano. Luego llegaron otros directores de Corea del Sur, los Park Chan-wook, Lee Chang-dong y a Hong-jin, entre muchos otros. Todos con propuestas parecidas, pero con un sello muy personal que, además, seguían profundizando sobre los grandes cambios sociales del país, a través de una mirada muy crítica y auténtica. A esta hornada de grandes cineastas, se les une Kim Yong-hoon (Corea del Sur, 1981), que hace su primer largometraje, con el descriptivo título, en el original, Bestias agarradas a un clavo ardiendo, que se estrena en España con el no menos interesante Nido de víboras.

El relato gira alrededor de un insignificante objeto, más bonito o no, un bolso lujoso, eso sí, pero no un bolso cualquiera, sino un bolso de Louis Vuitton, con la singularidad que está cargado de dinero, y una serie de ocho individuos que circunstancialmente, lucharán para conseguirlo. Una serie de personajes que, en mayor o menor medida, hacen lo imposible para huir de sus situaciones desesperadas como Yeon Hee, que debe un montón de dinero a un gánster, el mismo que persigue a su novio Tae Young, por el mismo motivo, también, encontramos a Mi Ran, una prostituta que trabaja para Yeon Hee, que lucha por deshacerse de un marido maltratador. Y finalmente, Joong Man, un pobre diablo que trabaja en una sauna y cuida de su madre senil. El debutante director coreano construye una trama nada convencional, completamente desestructurada, con innumerables idas y venidas, tanto al pasado como al presente, siguiendo el rastro del dinero, y como va pasando de mano en mano, como una joya que quema mucho, demasiado, para todo aquel que decide hacerse con ella.

Una ciudad portuaria como Pyeongtaek, al norte del país, sirve como escenario para este eficaz y brillante cruce de caminos, miedos y abismos, donde contrastan las luces de neón de los locales de ocio nocturnos, con esas pequeñas viviendas de los más humildes. Unas luces que nos retrotraen al cine chino de la nueva hornada, a los Diao Yinan y Bi Gan, donde el cine de Yong-hoon se miraría de manera directa y cercana, con todos espacios nocturnos de calles angostas, los apartamentos oscuros, y esos locales cargados de tensión, que pesan la vida entera, y esos otros lugares sin alma por donde se mueven unos personajes que huyen de todos y sobre todo, de su desesperación y miedo. Pero, quizás un retrato tan angustioso y violento como este, lleno de almas en tránsito y a la deriva, en la que nadie confía en nadie, no sería lo que es sin un reparto tan ejemplar, verdadero e íntimo como el que se gasta la película. Encabezado por una grandísima Jeon Do-yeon, que da vida a Yeon Hee, toda una estrella en el país asiático, en la filmografía de grandes como Lee Chang-dong, convertida en la auténtica mantis religiosa de la función, una femme fatale de armas tomar, que brilla en todos los sentidos, una devoradora de almas y esperanzas.

 A Jeon Do-yeon, alma mater de la función, le acompañan Jung Woo-sung, otro gran nombre del cine coreano, en la piel de Tae Young, el oficinista de inmigración portuaria, enamorado de Yeon Hee, Bae Sung-woo como el empleado de la sauna, el más pardillo de todos, y también, el que le llueve el dinero sin comerlo ni beberlo, su madre senil la hace la veterana Youn Yuh-jung, que hace poco hemos visto en Minari, y finalmente, Jeong Man-sik que interpreta al gánster al que casi todos le deben dinero, además de otros personajes, con mayor o menor presencia, que ayudan a dar consistencia al elenco y sobre todo, a crear esa idea laberíntica tanto en la narración como en todos los actores en este entuerto. Algunas personas le podrán achacar a Kim Yong-hoon de plantear una película demasiado caprichosa en su argumento, en su equilibrio nada convencional, quizás a otras personas, todo ese entramado perverso, complejo y difícil de continuar, es lo que hace tan singular y magnífica tanto la trama, su narrativa y su forma de interpretar, donde casi nunca sabemos quién está actuando con la verdad por delante ante los otros, o mejor dicho, deberíamos decir quién realmente o actúa como un ser amoral, que solo piensa y actúa contra todos los demás, y aprovecha cualquier atisbo de duda en los otros, para actuar con determinación y no dejarse pisotear por nadie, porque en realidad, todos los personajes de la película son lo que son, codiciosos, malvados y bestias sedientas de dinero, o quizás solo son gentes como todas, llenas de desilusión en una sociedad carente de humanidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Los inocentes, de Guillermo Benet

UNA NOCHE, UN MUERTO, SEIS AMIGOS. 

“Ninguna culpa se olvida mientras la conciencia lo recuerde”.

Stefan Zweig

La excelente película Ciutat Morta (2013), de Xapo Ortega y Xavier Artigas, recogía el “Caso 4F”, en el que cinco jóvenes fueron procesados por unos incidentes en el desalojo de una piso okupa, que provocaron el lanzamiento de una maceta que provoco lesiones irreversibles a un agente de policía. La película destapaba las tremendas irregularidades del proceso que acusó a cinco inocentes, y crítica las corruptelas del Ayuntamiento de Barcelona y su policía municipal. En Los inocentes, opera prima de Guillermo Benet (Madrid, 1984), que conocíamos su faceta como productor al frente de Vermut Films, donde había producido grandes trabajos como Pueblo (2013), de Elena López Riera, entre otros. El retrato se detiene y mira al otro lado, a aquellos desconocidos entre los que se encuentran a los verdaderos culpables que lanzaron la maldita maceta, y en el caso de la película de ficción, el lanzamiento de una piedra que impacta contra un policía en un desalojo de una casa okupa.

Benet, y su coguionista Rafael Alberola, nos acotan su trama en la noche de los hechos, contados a partir de la situación de cada uno de los seis personajes implicados, a través de ese formato cuadrado de pantalla, que nos remite a la pantalla de móvil, con el off o fuera de campo, como premisa sine qua non, en el que siempre vemos el punto de vista de cada uno de los personajes, mediante cinco episodios que conforman la estructura de la acción. Con una intensísima y agobiante luz tenue y sombría obra del cinematógrafo Giuseppe Truppi, que ayuda a situarnos en el centro de todo, asistiendo y acompañando el inmenso agobio de los personajes en cuestión, como si fuese una carrera contrarreloj, una huida hacia ninguna parte, donde solo hay tiempo de correr, sin pensar, con algunas secuencias en ese exterior noche, para luego encerrarnos en el piso de uno de ellos donde se reencontrarán. Un montaje cortante y febril que juego mucho con la dilatación del tiempo, firmado por Perig Guinamant, en esos flashbacks que nos ayudan a conocer un poco más la deriva de los personajes, para en el trama final, donde ya todos están en la vivienda reunidos, evidenciar mucho más la confrontación y soledad que se instala en el grupo de amigos.

Una película de estas características, de guerrilla y filmada con amigos, era fundamental la participación de un grupo de cómplices intérpretes para dar vida a estos seis amigos enfrentados entre sí, y llenos de culpa y miedo, compuesto por las conocidas Susana Abaitua y Olivia Delcán (con un look y caracterización muy impactantes, que choca enormemente con la imagen que teníamos de ella, y cuesta mucho reconocerla), y los interesantes Pablo Gómez Pando, Violeta Orgaz, Pilar Bergés, Raúl de la Torre. Un grupo que, a medida que avanza la noche, la maldita noche, se encerrarán en ellos mismos, consumidos por lo sucedido, nerviosos y muy alterados, que pelearán entre ellos, sin encontrar una salida a todo lo sucedido. Unos personajes devorados por esa culpa atroz, por un miedo que los lanza al abismo, y sobre todo, cómplices en un acto que les dejará huella a todos, más allá de esa fatídica noche que parece no tener fin. La película de Benet funciona en su propósito, arma muy bien su forma y fondo, no explica ni se aventura en nada que no tenga que ver con esa noche y el suceso que los tiene encerrados, con esa estupenda planificación de guion que hace más evidente el alejamiento entre ellos, y las mentiras que se dirán, todos movidos por un miedo irracional, sometidos a una situación que les supera, que no les deja pensar, que los tiene atemorizados, que quieren huir de ella pero no saben cómo.

El director madrileño juega con inteligencia y aplomo con todo su entramado cinematográfico, escarbando en el aspecto psicológico de cada uno de los personajes, mostrándolos en soledad, o en el caos de la huida y el enfrentamiento de la policía, siempre bajo sus miradas y movimientos, y luego, enfrentándolos cuando todos están en el piso, intentando encontrar alguna salida que les libere de esa culpa que los está despedazando. Nunca veremos el hecho en sí, y mucho menos el autor material del lanzamiento de la piedra, inteligentemente la película no lo muestra, porque la cinta juega en que todos pueden ser culpables, porque todos han participado en el suceso, y nadie sabe qué ha ocurrido con exactitud, así que escucharemos los testimonios de cada uno de ellos, sus contradicciones, sus olvidos, sus vagos recuerdos, sus caracteres, y sobre todo, su aislamiento, su miedo y su culpa, y entre todo ese barullo de ideas, recuerdos y disputas, los espectadores deberemos sacar nuestras propias conclusiones, saber quién es el culpable, o simplemente, darnos cuenta la fragilidad de la condición humana y sobre todo, lo fácil que es caer en la oscuridad cuando el miedo se apodera de nosotros. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

No matarás, de David Victori

UNA PUTA PESADILLA.

“No puedes cambiar todo en una noche pero una noche puede cambiar todo”.

John Updike

Dani es un treintañero con una vida dedicada exclusivamente a cuidar de su padre enfermo. Cuando su padre muere, Dani vuelve a su trabajo como vendedor de viajes, y su quehacer cotidiano, sombrío, y sin sobresaltos de ningún tipo. Pero, una noche todo cambia, porque conoce a la inquietante Mila, una joven atractiva y enigmática, con la que Dani se deja enredar y la acompaña, hasta llegar a su apartamento donde se lían. En ese momento, aparece un invitado inesperado que cambiará todo el panorama, sobre todo, la existencia de Dani. Segundo largometraje de David Victori (Barcelona, 1982), después de El pacto, de hace un par de años, en la que nos conducía por un acuerdo con el maligno de una mujer, la siempre interesante Belén Rueda, para salvar la vida de su hija enferma. En No matarás, Victori se aleja del efectismo de su primera película, para adentrarse por otros derroteros, centrándose en una noche, la noche que Dani vivirá una auténtica pesadilla, en la que se irá metiendo en la boca del lobo, y deberá esforzarse mucho para salir con vida.

Filmada con cámara en mano y largos planos secuencias, para transmitir el nerviosismo y el agobio que sufre Dani durante la noche, en la que seguimos sin descanso al personaje por su travesía por el infierno, en esa Barcelona nocturna, una Barcelona de sombras inquietantes, oscuros apartamentos, callejones sucios y malolientes, y calles llenas de problemas para Dani, una Barcelona muy alejada del turismo, del escaparate, capturada por la cámara de forma intensa y llena de energía. Siguiendo una estructura parecida a After Hours, de Scorsese, donde el protagonista se ve inmerso en una pesadilla, donde va conociendo personajes extraños en una noche que parece no tener fin, ni salvación, algo parecido le ocurre al personaje de Dani, con esas llamadas SOS a su hermana, con esa especie de huida hacia no se sabe dónde, como cuando se topa con la policía, o sus idas y venidas recorriendo algunos lugares de esa noche infernal, donde un hombre bueno y sencillo se ve inmerso en una noche de locura, miedo y muerte, donde su oscura existencia, se pone en el ojo del huracán, como si el mal lo siguiera y lo hubiera puesto en liza, sin pretenderlo, ni buscarlo.

Victori vuelve a contar en la escritura con Jordi Vallejo (que ya estuvo en El pacto), y Clara Viola (que coescribió Zero, cortometraje con la que el director ganó el concurso internacional de Ridley Scott), en la cinematografía encontramos a Elías M. Félix, que hizo lo propio en El pacto, ahora envuelto en un trabajo más inmersivo, brutal y lleno de dificultades, y finalmente, un nuevo fichaje, el de Alberto Gutiérrez en la edición (colaborador de Dani de la Orden, o los Javis), en un estupendo trabajo para conseguir el ritmo que tanto le obsesiona a Victori, en un thriller psicológico de aquí y ahora, que podría desatarse en cualquier noche, en una de esas noches que parece que va a ser tranquila, como tantas otras, sin nada que hacer, comiéndose otra hamburguesa en el bar de siempre, pero, quizás, no, y esa chica que se acerca pidiendo que se le pague la comida porque ha olvidado su dinero, pueda ser el detonante para que todo cambie, algo tan sencillo como una mujer que se nos acerca, una mujer rara pero atractiva, alguien desconocido al que seguimos sin más, solo para pasar un buen rato, o no.

El director barcelonés consigue una película excelente, llena de tensión y terror, que no decae en ningún instante, que nos va devorando, y sumergiéndonos en esa puta pesadilla sin descanso, sin tregua, hundidos en esa hipérbole del demonio, en el que sobrevivir es solo cuestión de suerte, y sobre todo, de astucia y no tener miedo, porque las amenazas son constantes y muy peligrosas, donde la vida pende de un hilo, donde no hay más ayuda que la de tu voluntad y no tener miedo. Una película basada en el texto, condicionada por el aquí y ahora, y centrada en la noche, necesitaba un reparto bien engrasado y que brillará, para conseguir esa naturalidad, intensidad y sobriedad que necesitan los personajes, con un Mario Casas desatado y muy creíble, dando vida a Dani, ese tipo apocado, de vida rutinaria, que se verá inmerso en una noche llena de peligros y angustiosa, recordándonos en cada nuevo trabajo, que aquel chico que enamoraba a las chicas pasó a mejor vida, y de unos años ahora, su carrera se ha convertido en un nuevo reto a cada película que interpreta, consiguiendo roles auténticos, potentes y complejos.

El resto del reparto también luce con seriedad y convicción, arrancando con la debutante Milena Smit que interpreta a Mila, esa chica fascinante y peligrosa a la vez, que conducirá a Dani a lo más oscuro, demostrando una naturalidad y magnetismo sorprendentes, convirtiéndose en otro acierto en la película, caminando por esa línea tan delgada entre la vida y la muerte. En roles más pequeños, pero también, interesantes, destacan las presencias de Elisabeth Larena como la hermana de Dani, ese vínculo que le ayuda a dejar lo de atrás y atreverse a vivir, y la de Ray, que hace Fernando Valdivielso, en un rol muy inquietante. Victori consigue lo que se propone, en un relato directo, sin concesiones y de frente, sin titubeos ni atajos, solo de cara, en un viaje a lo más oscuro e inquietante de la noche, sus figuras y sus sombras, en un film de grandísima altura, que no dejará a nadie indiferente, que te atará a la butaca, y sufrirás de lo lindo, siguiendo a un personaje metido en un pozo de maldad y sangre sin buscarlo, o quizás sí, quizás un no a tiempo siempre es importante, y sobre todo, vital. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Bliss, de Joe Begos

LA CEREMONIA DEL CUADRO.

“En torno a ellos, la bestialidad de la noche alza el vuelo con sus alas tenebrosas. Ha llegado la hora del vampiro”

Stephen King en El misterio de Salem’s Lot

Dora Madison es una joven pintora que atraviesa una profunda crisis creativa que le impide terminar su último lienzo que considera será su gran obra. Mientras, acechada por la angustia y la desesperación, y acuciada por su marchante y las deudas, encuentra su tabla de salvación en la noche, a la que se lanza a un abismo frenético en la periferia de Los Ángeles, consumiendo drogas, en especial “Bliss”, una potentísima mezcla de cocaína y DMT, tomando alcohol frenéticamente, y dejándose llevar por su íntima amiga Courtney, y el esposo de ésta, el enigmático Ronnie, en una lujuria desenfrenada de juegos sexuales. La existencia de Dora pronto empezará a notar, no solo los gravísimos efectos de alucinaciones y distorsiones de la realidad, sino que tanto mental como físicamente, sentirá una avidez descontrolada por alimentarse de sangre fresca.

La tercera película de Joe Begos (Rhode Island, EE.UU., 1987) es un salto cualitativo en su corta pero intensa filmografía, dejando atrás las historias impactantes y sorpresivas como Almost Human (2013) y la interesante propuesta sobre poderes mentales que fue The Mind’s Eye (2015). Ahora Begos, con su inseparable Josh Ethier, productor y montador, vuelve a centrarse en el terror, su género de referencia, pero lo hace desde una perspectiva muy diferente, centrándose en una artista obsesionada con una pintura que no solo explora sus miedos físicos y mentales, sino que su materialización la llevará a sumergirse en un viaje lisérgico lleno de endiablados laberintos que le harán replantearse toda su existencia, encontrando en su camino lo más oscuro y profundo de su alma. Un recorrido parecido al que vivía el protagonista de El retrato de Dorian Grey, de Oscar Wilde, alguien que pactó permanecer joven a cambio que en el cuadro se reflejase su verdadero aspecto. Una situación similar es la que vive Dora Madison, mientras ella va experimentando sus viajes a lo desconocido mediante drogas, alcohol, sexo y sangre, va observando como la pintura va cambiando su significado y convirtiéndose en aquello que su crisis creativa le impedía pintar.

Begos nos lleva de la mano por la existencia caótica y desordenada de Dora, contándonos todos sus instintos vitales de forma íntima, personal y profunda, su relación liberal y extraña con su chico Clive, y las relaciones oscuras con su amiga Courtney, enmarcándonos en esos barrios periféricos de la ciudad de Los Ángeles, donde podemos oler la suciedad y la hípervelocidad con la que se vive y suceden las cosas, en que la cámara del cinematógrafo Mike Testin, con ese grosor y abrupto del 16mm, reafirma esa tensión psicológica que vive el personaje de Dora, que es seguida sin descanso, en que la película actúa en forma de diario describiendo todos sus actos y las consecuencias de ellos, sometiéndola a un descenso a los infiernos sin tregua en que la joven sentirá y experimentará como nunca lo había hecho. El cineasta estadounidense impone un fuerte ritmo a través de esas cuantas noches que parecen no tener fin, bien acompañadas por esa cámara que escruta y traspasa a sus personajes, con esa música rockera de grupos estadounidenses de la escena independiente, que ayudan a profundizar en el embate psicológico a la que es sometida Dora.

Una película como esta necesitaba a una actriz capaz de llevar el peso del relato y sobre todo, hacer creíble un personaje que se lanza al abismo sin dudas y a saco, y la encuentra en la enigmática, fascinante y provocativa interpretación de la magnífica Dezzy Donahue metiéndose en la piel de Dora Madison, esa artista perdida, vacía y cansada, incapaz de mirar y crear un cuadro que se adapte a sus emociones, viéndose bocada a un infierno oscuro, penetrante y adictivo, que derrocha oscuridad, terror y sensualidad, con la compañía de sus colegas de viaje alucinante, vampírico y sangriento, con la compañía de sus efectivos y creíbles intérpretes como Tru Collins como la diabólica Courtney, Rhys Wakefield como Ronnie (que recuerda al aspecto que se gastaba Tom Hiddleston en Sólo los amantes sobreviven, de Jarmusch), Jermey Gardner como Clive, ese novio que se muestra escéptico a todo lo que va ocurriendo, y no es para menos.

Un buen cuento de terror de vampiros, con sus dosis de gore, con ese aroma que tenían otros títulos del género como Las vampiras, de Jess Franco, El ansia, de Tony Scott, Los viajeros de la noche, de Bigelow, The Addiction, de Ferrara, Trouble Every Dayk, de Denis o la citada de Jarmusch, títulos del cine de vampiros diferentes, extraños y fascinantes, que transgredieron las leyes del género con el fin de abrir nuevas vías a una forma de ver y sentir el vampirismo, adaptándolo a los nuevos tiempos, alejándose de los cuentos medievales góticos, y contextualizándolos a los tiempos de ahora, mezclándolos con la actualidad más ferviente, donde hay espacio para que se conviertan en otro tipo de gentes y acciones, como ser artistas en crisis, profundizando en la adicción de las drogas, y sobre todo, explicando con detalle el vacío moderno que tanto acecha a las personas de ahora, ese vacío que nos convierte en víctimas condenadas a vagar sin sentido por una sociedad demasiado hipérbole, competitiva e individualista que, encuentra en las pastillas y los diferentes alucinógenos las nuevas formas de resistencia a tantos males emocionales. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA