La pasajera, de Fernando González Gómez y Raúl Cerezo

VINIERON DE OTRO MUNDO.

“La vida no es sino una continua sucesión de oportunidades para sobrevivir”

Gabriel García Márquez

Una película como La pasajera, que quiere contar una historia que entretenga, que distraiga como se decía antes. Aunque, a diferencia de otras por el estilo, su forma radica en algo distinto. A saber, estamos ante un relato que opta por un variopinto grupito de personajes muy distintos entre sí. Tenemos a Blasco, un tipo que habla demasiado, que fuma, que adora su furgoneta de más de veinte años junto a él, y es el conductor de este inusitado viaje por esa España vaciada, y más concretamente, las carreteras secundarias de Navarra. Le acompañan unos pasajeros que comparten viaje a través de una web. Está Mariela, una mexicana que enferma de cáncer quiere reencontrarse con su padre huido años atrás, y luego, tenemos a Lidia, una madre separada que lleva a su rebelde y peculiar hija Marta, junto a su padre. Un cuarteto que pronto verá que su apacible y entretenido viaje derivará en algo turbio y terrorífico, porque recogen a una turista que convierte a la mexicana en una bestia salvaje sedienta de carne humana. Y ahí, empezará una lucha sin cuartel en que la supervivencia será el único viaje posible.

Todo esto arrancó con una idea de Raúl Cerezo (Madrid, 1976), todo un referente en el mundo del cortometraje y en el fantaterror español, que muchos lo conocerán por su prestigioso 8 (2011), que derivó en un guion que firmaron Asier Guerricaechevarría y Javier Echániz, que Luis Sánchez Polack acabó de rematar, en una película que dirigen y coproducen el propio Cerezo que debuta en el largometraje, junto a Fernando González Gómez (Madrid, 1984), con más de una treintena de cortometrajes en su haber, que conocíamos por su sorprendente e hilarante comedia negra Estándar (2020), que supuso su debut en la gran pantalla. A parte de los personajes tan diferentes, otra baza que juega la película es mezclar con acierto y sin prejuicios temas como el slasher, el terror de toda la vida estadounidense donde unos corren porque hay un loco asesino que quiere matarlos, fusionado por lo más intrínseco de aquí, como esa música de Blasco, los pasodobles que le dan un toque nada convencional, y ofrecen otra cosa al relamido tema de los psicópatas asesinos.

La película tiene lugares comunes como el aislamiento, y añade que en La pasajera los asesinos son conocidos de ellos, como ocurría en la inolvidable La noche de los muertos vivientes, todo un referente para el género y para esta cinta, con la noche como aliada, y esa persecución que parece no terminar nunca, donde los que parecían antagónicos acabaran por unir fuerzas por obligación. Como ocurría en la mencionada Estándar, la película se mueve con habilidad e inteligencia por ese terror inquietante bien fusionado con la comicidad, porque la situaciones tienen todos los ingredientes, donde hay poco susto, y esto se agradece, y sobre todo, hay mucha mala uva, donde los roles y los conflictos van cambiando según avanzan los extraños y sorprendentes acontecimientos. Otro de los elementos que hacen de La pasajera una película muy atractiva es su reparto, que se olvida de rostros conocidos, para forman un cuarteto realmente muy interesante. González Gómez rescata de Estándar a Ramiro Blas, en su primer papel protagonista, como el inefable y bondadoso Blasco, un tipo con carisma, muy suyo, muy cañí, amante de los pasodobles, de los toros, y un solitario empedernido con su “Vane”, como llama a su adorada furgoneta, una especie de lobo de mar, en este caso, de carretera, curtido en mil batallas y más.

Acompañan a Blasco tres mujeres, muy diferentes entre sí, como la fabulosa Paula Gallego, que conocíamos como la menor de los Alcántara de Cuéntame cómo pasó, en la piel de la descreída y reacia Marta, que irá dejando su armadura para confiar, y sobre todo, sobrevivir junto a Blasco y los demás, la mexicana Cecilia Suárez como Mariela, una mujer que oculta demasiadas cosas que verá como a medida que avanza la noche todo irá entornándose de otro color, y finalmente, Cristina Álcazar como Lidia, la madre de Marta, muy curtida en series de televisión como la citada Cuéntame cómo pasó y Amar es para siempre, completan este variado y extraño cuarteto que se enfrentará a la noche de sus vidas, perdidos ante todos y todo. La pasajera es un intento loable de hacer un cine entretenido con los referentes del terror, pero añadiendo la idiosincrasia tan de aquí, donde se mueven con naturalidad y buen criterio el terror más reconocible con la comedia más disparatada y negrísima, como ocurría en Abierto hasta el amanecer (1996), de Robert Rodríguez, en que el thriller se convertía en una comedia terrorífica cuando entraban en el famoso local fronterizo de “La teta enroscada”, y la noche de juerga se tornaba una guerra sin cuartel contra unos vampiros sedientos de sangre, en La pasajera son seres de otro mundo, pero también hay que sobrevivir a sus fieros ataques. Disfruten, pasen miedo y sobre todo, ríanse. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Zeros and Ones, de Abel Ferrara

LA NUEVA NORMALIDAD.

“Lo que estamos viviendo es la gran interrupción del mundo, la gran amenaza desde la Segunda Guerra Mundial. Nada había afectado tanto al mundo y los flujos cotidianos del mundo. Claramente no esperábamos este tipo de amenaza”.

Rafael Fernández de Castro.

Desde que estalló la crisis mundial del Coronavirus en marzo de 2020, teníamos que recurrir al cine ya producido para ver el mundo con un ataque de semejantes características. Películas como Estallido (1995), de Wolfgang Petersen, o Contagio (2011), de Steven Soderbergh, son buenas muestras para comprender la magnitud de la tragedia que estábamos viviendo y las consecuencias de todo esto. En Zero and Ones, la última del siempre sorprendente Abel Ferrara (Bronx, New York, 1951), vemos la pandemia in situ, porque el director neoyorquino nos sitúa en las calles de la vecchia Roma, en las calles nocturnas de la ciudad, para contarnos esa “nueva normalidad”, que tanto nos han martillado desde tantos ámbitos. Una sociedad llena de vacíos, de mascarillas quirúrgicas (la primera vez que las vemos en una película después de la irrupción del coronavirus), confinamientos, toques de queda, y sobre todo, una serie de personajes, a cual más inquietante y perturbador, pululando por las calles desiertas de una ciudad en cuarentena, una ciudad irreconocible, vacía de turistas, y llena de miedo. Sombras en forma de individuos que se mueven en un nuevo orden donde reina el miedo, el caos, la paranoia y la confusión.

El cine de Ferrara podrá gustar más o menos, pero tiene la virtud de no dejar indiferente, porque el cineasta del Bronx entiende el cine como un retrato de las grandes oscuridades de la condición humana. En su cine encontramos tipos desesperados, amargados y violentos que no encajan en la sociedad consumista, e intentan hacer su propio mundo, donde la violencia solo es una respuesta contra todo y todos, como en su opera prima The Driller Killer (1979), a la que siguieron El ángel de venganza (1981), Fear City (1984), y China Girl (1987). A partir de los noventa, esa rabia contenida y explosiva a través de la violencia, deja paso a otros tipos que ya han traspasado la línea y viven en el lado oscuro, o en el único posible, como el gánster de El rey de New York (1990), el poli de Teniente corrupto (1992), o los matones de El funeral (1996), incluso también coquetea con el terror, dándole una nueva visión y forma como hace con los vampiros en The Addiction (1995), o con la vida de Jesucristo a partir de la visión de ella en Mary (2005). Con el nuevo mileno, su cine entra en una etapa de búsqueda, aunque no siempre satisfactoria, retratando tipos perdidos, románticos a la deriva, faltos de amor y depresivos, quizás los nuevos tiempos demandaban esa forma de ver el mundo y la sociedad, siempre desde una mirada triste y melancólica.

El universo desesperanzador, romántico y oscuro del cineasta americano cogerá nuevamente el pulso narrativo con dos sendos retratos impecables, profundos y durísimos filmados en el 2014, con Welcome to New York, inspirada en la caída de Dominique Strauss-Kahn, el magnate que fue presidente del FMI, protagonizada por un inmenso Gérard Depardieu, y Pasolini, que relata los últimos días de la vida del genio, con una fascinante interpretación de Willem Dafoe, que se convertirá en su alter ego en Tommaso (2019), retrato brutal sobre los miedos e inseguridades de un director de cine, y en Siberia (2020), un hombre que lo deja todo para vivir en el citado lugar como un ermitaño. Con Zeros and Ones, Ferrara se dispone a hablarnos de esta nueva sociedad surgida después de la pandemia, o podríamos decir durante la pandemia, con un soldado J. Jericho, intentando encontrar a aquellos que quieren atentar contra el Vaticano. La zona cero es la Piazza Vittorio, por donde nos moveremos con el soldado que lleva consigo una arma y una cámara de video que lo va registrando todo. Se irá cruzando con agentes rusos, del Mossad, y todo tipo de especímenes de la noche romana, incluso los roles se mezclaran y entramos en una especie de laberinto infinito del que no sabremos salir porque tampoco sabemos cómo hemos entrado.

Jericho tiene un hermano idéntico a él que es un revolucionario en contra del sistema, dos rostros que quizás son el mismo. Otra amenaza no ya para todos, sino para el mismo. El cinematógrafo Sean Price Williams, habitual del cine de Alex Ross Perry, se encarga de esa luz oscura, tenebrosa y muy inquietante, con el añadido del grano de la cámara de J.J., donde todo se confunde, todo se bifurca y todo tiene una textura diferente y muy quebrada. Las derivas formales y argumentales del cine de Ferrara están muy presentes en la película, por razones estéticas y para crear esa confusión, miedo y desesperanza en el espectador, un ejemplo claro de cómo nos sentimos durante esta pandemia, como demuestra el formidable trabajo de montaje de Leonardo Daniel Bianchi, que después de muchos trabajos en los equipos de edición, se revela con un montaje extraordinario que evidencia esa idea de no saber quién eres, ni dónde estás, ni qué hacer, y además, todo lo conocido se ha vuelto del revés, y nada ni nadie tiene sentido, y todo parece haber cambiado tanto que es imposible reconocerlo. Igual sentido encontramos en la banda sonora compuesta por un cómplice de Ferrara, el músico Joe Delia, que transita sin rumbo, envolviéndonos en ese espacio espectral, lleno de sonidos desconocidos, y donde el miedo y la desconfianza son el caldo de cultivo perfecto para dinamitarlo todo.

Ethan Hawke, que debuta en el cine de Ferrara, da vida al enigmático y perdido soldado J.J., y a su hermano, tan parecido como él, o quizás, es él también, en un desdoblamiento con el que tanto juega en su cine Ferrara. El tejano da cuerpo y vida a un tipo muy alejado de todo, un desconocido de sí mismo, alguien que sabe poco de lo que tiene que hacer y para qué o quién trabaja. A su lado, un grupo de habituales del director estadounidense como Cristina Chiriac, Phil Neilson, creador de escenas de acción, Dunia Sichov, y Valerio Mastandrea, que ha trabajado con gente tan importante como Scola y Paolo Virzì. Los ochenta y seis minutos del metraje se vuelven densos, muy inquietantes, y extraordinariamente tensos, donde nadie confía en nadie, donde todo es turbio, lleno de brumas y tinieblas, donde cada personaje se mueve sin un objetivo ni destino claros, donde todos somos sospechosos, donde todo ha cambiado para que nada cambie, donde el mundo y la sociedad que conocíamos a descubierto su tremenda vulnerabilidad, miedo y confusión, donde el enemigo es invisible, mortal y no tiene fin, a no ser que lo cambiemos todo, aunque seguramente, ya sea demasiado tarde. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Nido de víboras, de Kim Yong-hoon

UN BOLSO LLENO DE PASTA.

“Hay un animal llamado «tiburón toro». La hembra embarazada puede llevar cincuenta huevos dentro. Lo más aterrador de todo es que las crías se devoran unas a otras en su vientre. Solo puede sobrevivir una, que se convierte en un feroz depredador”.

Muchos recordamos el impacto que supuso una película como Memories of Murder (2003), de Bong Joon-ho. Una película oscurísima, donde caía constantemente una lluvia fina e incómoda, una trama agobiante, con continuos saltos hacia adelante y atrás, unos personajes complejos, llenos de dobles morales, asfixiados en un entorno muy hostil, y un thriller con apariencia clásica, pero con muchos toques de humor negro y drama cotidiano. Luego llegaron otros directores de Corea del Sur, los Park Chan-wook, Lee Chang-dong y a Hong-jin, entre muchos otros. Todos con propuestas parecidas, pero con un sello muy personal que, además, seguían profundizando sobre los grandes cambios sociales del país, a través de una mirada muy crítica y auténtica. A esta hornada de grandes cineastas, se les une Kim Yong-hoon (Corea del Sur, 1981), que hace su primer largometraje, con el descriptivo título, en el original, Bestias agarradas a un clavo ardiendo, que se estrena en España con el no menos interesante Nido de víboras.

El relato gira alrededor de un insignificante objeto, más bonito o no, un bolso lujoso, eso sí, pero no un bolso cualquiera, sino un bolso de Louis Vuitton, con la singularidad que está cargado de dinero, y una serie de ocho individuos que circunstancialmente, lucharán para conseguirlo. Una serie de personajes que, en mayor o menor medida, hacen lo imposible para huir de sus situaciones desesperadas como Yeon Hee, que debe un montón de dinero a un gánster, el mismo que persigue a su novio Tae Young, por el mismo motivo, también, encontramos a Mi Ran, una prostituta que trabaja para Yeon Hee, que lucha por deshacerse de un marido maltratador. Y finalmente, Joong Man, un pobre diablo que trabaja en una sauna y cuida de su madre senil. El debutante director coreano construye una trama nada convencional, completamente desestructurada, con innumerables idas y venidas, tanto al pasado como al presente, siguiendo el rastro del dinero, y como va pasando de mano en mano, como una joya que quema mucho, demasiado, para todo aquel que decide hacerse con ella.

Una ciudad portuaria como Pyeongtaek, al norte del país, sirve como escenario para este eficaz y brillante cruce de caminos, miedos y abismos, donde contrastan las luces de neón de los locales de ocio nocturnos, con esas pequeñas viviendas de los más humildes. Unas luces que nos retrotraen al cine chino de la nueva hornada, a los Diao Yinan y Bi Gan, donde el cine de Yong-hoon se miraría de manera directa y cercana, con todos espacios nocturnos de calles angostas, los apartamentos oscuros, y esos locales cargados de tensión, que pesan la vida entera, y esos otros lugares sin alma por donde se mueven unos personajes que huyen de todos y sobre todo, de su desesperación y miedo. Pero, quizás un retrato tan angustioso y violento como este, lleno de almas en tránsito y a la deriva, en la que nadie confía en nadie, no sería lo que es sin un reparto tan ejemplar, verdadero e íntimo como el que se gasta la película. Encabezado por una grandísima Jeon Do-yeon, que da vida a Yeon Hee, toda una estrella en el país asiático, en la filmografía de grandes como Lee Chang-dong, convertida en la auténtica mantis religiosa de la función, una femme fatale de armas tomar, que brilla en todos los sentidos, una devoradora de almas y esperanzas.

 A Jeon Do-yeon, alma mater de la función, le acompañan Jung Woo-sung, otro gran nombre del cine coreano, en la piel de Tae Young, el oficinista de inmigración portuaria, enamorado de Yeon Hee, Bae Sung-woo como el empleado de la sauna, el más pardillo de todos, y también, el que le llueve el dinero sin comerlo ni beberlo, su madre senil la hace la veterana Youn Yuh-jung, que hace poco hemos visto en Minari, y finalmente, Jeong Man-sik que interpreta al gánster al que casi todos le deben dinero, además de otros personajes, con mayor o menor presencia, que ayudan a dar consistencia al elenco y sobre todo, a crear esa idea laberíntica tanto en la narración como en todos los actores en este entuerto. Algunas personas le podrán achacar a Kim Yong-hoon de plantear una película demasiado caprichosa en su argumento, en su equilibrio nada convencional, quizás a otras personas, todo ese entramado perverso, complejo y difícil de continuar, es lo que hace tan singular y magnífica tanto la trama, su narrativa y su forma de interpretar, donde casi nunca sabemos quién está actuando con la verdad por delante ante los otros, o mejor dicho, deberíamos decir quién realmente o actúa como un ser amoral, que solo piensa y actúa contra todos los demás, y aprovecha cualquier atisbo de duda en los otros, para actuar con determinación y no dejarse pisotear por nadie, porque en realidad, todos los personajes de la película son lo que son, codiciosos, malvados y bestias sedientas de dinero, o quizás solo son gentes como todas, llenas de desilusión en una sociedad carente de humanidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Los inocentes, de Guillermo Benet

UNA NOCHE, UN MUERTO, SEIS AMIGOS. 

“Ninguna culpa se olvida mientras la conciencia lo recuerde”.

Stefan Zweig

La excelente película Ciutat Morta (2013), de Xapo Ortega y Xavier Artigas, recogía el “Caso 4F”, en el que cinco jóvenes fueron procesados por unos incidentes en el desalojo de una piso okupa, que provocaron el lanzamiento de una maceta que provoco lesiones irreversibles a un agente de policía. La película destapaba las tremendas irregularidades del proceso que acusó a cinco inocentes, y crítica las corruptelas del Ayuntamiento de Barcelona y su policía municipal. En Los inocentes, opera prima de Guillermo Benet (Madrid, 1984), que conocíamos su faceta como productor al frente de Vermut Films, donde había producido grandes trabajos como Pueblo (2013), de Elena López Riera, entre otros. El retrato se detiene y mira al otro lado, a aquellos desconocidos entre los que se encuentran a los verdaderos culpables que lanzaron la maldita maceta, y en el caso de la película de ficción, el lanzamiento de una piedra que impacta contra un policía en un desalojo de una casa okupa.

Benet, y su coguionista Rafael Alberola, nos acotan su trama en la noche de los hechos, contados a partir de la situación de cada uno de los seis personajes implicados, a través de ese formato cuadrado de pantalla, que nos remite a la pantalla de móvil, con el off o fuera de campo, como premisa sine qua non, en el que siempre vemos el punto de vista de cada uno de los personajes, mediante cinco episodios que conforman la estructura de la acción. Con una intensísima y agobiante luz tenue y sombría obra del cinematógrafo Giuseppe Truppi, que ayuda a situarnos en el centro de todo, asistiendo y acompañando el inmenso agobio de los personajes en cuestión, como si fuese una carrera contrarreloj, una huida hacia ninguna parte, donde solo hay tiempo de correr, sin pensar, con algunas secuencias en ese exterior noche, para luego encerrarnos en el piso de uno de ellos donde se reencontrarán. Un montaje cortante y febril que juego mucho con la dilatación del tiempo, firmado por Perig Guinamant, en esos flashbacks que nos ayudan a conocer un poco más la deriva de los personajes, para en el trama final, donde ya todos están en la vivienda reunidos, evidenciar mucho más la confrontación y soledad que se instala en el grupo de amigos.

Una película de estas características, de guerrilla y filmada con amigos, era fundamental la participación de un grupo de cómplices intérpretes para dar vida a estos seis amigos enfrentados entre sí, y llenos de culpa y miedo, compuesto por las conocidas Susana Abaitua y Olivia Delcán (con un look y caracterización muy impactantes, que choca enormemente con la imagen que teníamos de ella, y cuesta mucho reconocerla), y los interesantes Pablo Gómez Pando, Violeta Orgaz, Pilar Bergés, Raúl de la Torre. Un grupo que, a medida que avanza la noche, la maldita noche, se encerrarán en ellos mismos, consumidos por lo sucedido, nerviosos y muy alterados, que pelearán entre ellos, sin encontrar una salida a todo lo sucedido. Unos personajes devorados por esa culpa atroz, por un miedo que los lanza al abismo, y sobre todo, cómplices en un acto que les dejará huella a todos, más allá de esa fatídica noche que parece no tener fin. La película de Benet funciona en su propósito, arma muy bien su forma y fondo, no explica ni se aventura en nada que no tenga que ver con esa noche y el suceso que los tiene encerrados, con esa estupenda planificación de guion que hace más evidente el alejamiento entre ellos, y las mentiras que se dirán, todos movidos por un miedo irracional, sometidos a una situación que les supera, que no les deja pensar, que los tiene atemorizados, que quieren huir de ella pero no saben cómo.

El director madrileño juega con inteligencia y aplomo con todo su entramado cinematográfico, escarbando en el aspecto psicológico de cada uno de los personajes, mostrándolos en soledad, o en el caos de la huida y el enfrentamiento de la policía, siempre bajo sus miradas y movimientos, y luego, enfrentándolos cuando todos están en el piso, intentando encontrar alguna salida que les libere de esa culpa que los está despedazando. Nunca veremos el hecho en sí, y mucho menos el autor material del lanzamiento de la piedra, inteligentemente la película no lo muestra, porque la cinta juega en que todos pueden ser culpables, porque todos han participado en el suceso, y nadie sabe qué ha ocurrido con exactitud, así que escucharemos los testimonios de cada uno de ellos, sus contradicciones, sus olvidos, sus vagos recuerdos, sus caracteres, y sobre todo, su aislamiento, su miedo y su culpa, y entre todo ese barullo de ideas, recuerdos y disputas, los espectadores deberemos sacar nuestras propias conclusiones, saber quién es el culpable, o simplemente, darnos cuenta la fragilidad de la condición humana y sobre todo, lo fácil que es caer en la oscuridad cuando el miedo se apodera de nosotros. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

No matarás, de David Victori

UNA PUTA PESADILLA.

“No puedes cambiar todo en una noche pero una noche puede cambiar todo”.

John Updike

Dani es un treintañero con una vida dedicada exclusivamente a cuidar de su padre enfermo. Cuando su padre muere, Dani vuelve a su trabajo como vendedor de viajes, y su quehacer cotidiano, sombrío, y sin sobresaltos de ningún tipo. Pero, una noche todo cambia, porque conoce a la inquietante Mila, una joven atractiva y enigmática, con la que Dani se deja enredar y la acompaña, hasta llegar a su apartamento donde se lían. En ese momento, aparece un invitado inesperado que cambiará todo el panorama, sobre todo, la existencia de Dani. Segundo largometraje de David Victori (Barcelona, 1982), después de El pacto, de hace un par de años, en la que nos conducía por un acuerdo con el maligno de una mujer, la siempre interesante Belén Rueda, para salvar la vida de su hija enferma. En No matarás, Victori se aleja del efectismo de su primera película, para adentrarse por otros derroteros, centrándose en una noche, la noche que Dani vivirá una auténtica pesadilla, en la que se irá metiendo en la boca del lobo, y deberá esforzarse mucho para salir con vida.

Filmada con cámara en mano y largos planos secuencias, para transmitir el nerviosismo y el agobio que sufre Dani durante la noche, en la que seguimos sin descanso al personaje por su travesía por el infierno, en esa Barcelona nocturna, una Barcelona de sombras inquietantes, oscuros apartamentos, callejones sucios y malolientes, y calles llenas de problemas para Dani, una Barcelona muy alejada del turismo, del escaparate, capturada por la cámara de forma intensa y llena de energía. Siguiendo una estructura parecida a After Hours, de Scorsese, donde el protagonista se ve inmerso en una pesadilla, donde va conociendo personajes extraños en una noche que parece no tener fin, ni salvación, algo parecido le ocurre al personaje de Dani, con esas llamadas SOS a su hermana, con esa especie de huida hacia no se sabe dónde, como cuando se topa con la policía, o sus idas y venidas recorriendo algunos lugares de esa noche infernal, donde un hombre bueno y sencillo se ve inmerso en una noche de locura, miedo y muerte, donde su oscura existencia, se pone en el ojo del huracán, como si el mal lo siguiera y lo hubiera puesto en liza, sin pretenderlo, ni buscarlo.

Victori vuelve a contar en la escritura con Jordi Vallejo (que ya estuvo en El pacto), y Clara Viola (que coescribió Zero, cortometraje con la que el director ganó el concurso internacional de Ridley Scott), en la cinematografía encontramos a Elías M. Félix, que hizo lo propio en El pacto, ahora envuelto en un trabajo más inmersivo, brutal y lleno de dificultades, y finalmente, un nuevo fichaje, el de Alberto Gutiérrez en la edición (colaborador de Dani de la Orden, o los Javis), en un estupendo trabajo para conseguir el ritmo que tanto le obsesiona a Victori, en un thriller psicológico de aquí y ahora, que podría desatarse en cualquier noche, en una de esas noches que parece que va a ser tranquila, como tantas otras, sin nada que hacer, comiéndose otra hamburguesa en el bar de siempre, pero, quizás, no, y esa chica que se acerca pidiendo que se le pague la comida porque ha olvidado su dinero, pueda ser el detonante para que todo cambie, algo tan sencillo como una mujer que se nos acerca, una mujer rara pero atractiva, alguien desconocido al que seguimos sin más, solo para pasar un buen rato, o no.

El director barcelonés consigue una película excelente, llena de tensión y terror, que no decae en ningún instante, que nos va devorando, y sumergiéndonos en esa puta pesadilla sin descanso, sin tregua, hundidos en esa hipérbole del demonio, en el que sobrevivir es solo cuestión de suerte, y sobre todo, de astucia y no tener miedo, porque las amenazas son constantes y muy peligrosas, donde la vida pende de un hilo, donde no hay más ayuda que la de tu voluntad y no tener miedo. Una película basada en el texto, condicionada por el aquí y ahora, y centrada en la noche, necesitaba un reparto bien engrasado y que brillará, para conseguir esa naturalidad, intensidad y sobriedad que necesitan los personajes, con un Mario Casas desatado y muy creíble, dando vida a Dani, ese tipo apocado, de vida rutinaria, que se verá inmerso en una noche llena de peligros y angustiosa, recordándonos en cada nuevo trabajo, que aquel chico que enamoraba a las chicas pasó a mejor vida, y de unos años ahora, su carrera se ha convertido en un nuevo reto a cada película que interpreta, consiguiendo roles auténticos, potentes y complejos.

El resto del reparto también luce con seriedad y convicción, arrancando con la debutante Milena Smit que interpreta a Mila, esa chica fascinante y peligrosa a la vez, que conducirá a Dani a lo más oscuro, demostrando una naturalidad y magnetismo sorprendentes, convirtiéndose en otro acierto en la película, caminando por esa línea tan delgada entre la vida y la muerte. En roles más pequeños, pero también, interesantes, destacan las presencias de Elisabeth Larena como la hermana de Dani, ese vínculo que le ayuda a dejar lo de atrás y atreverse a vivir, y la de Ray, que hace Fernando Valdivielso, en un rol muy inquietante. Victori consigue lo que se propone, en un relato directo, sin concesiones y de frente, sin titubeos ni atajos, solo de cara, en un viaje a lo más oscuro e inquietante de la noche, sus figuras y sus sombras, en un film de grandísima altura, que no dejará a nadie indiferente, que te atará a la butaca, y sufrirás de lo lindo, siguiendo a un personaje metido en un pozo de maldad y sangre sin buscarlo, o quizás sí, quizás un no a tiempo siempre es importante, y sobre todo, vital. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Bliss, de Joe Begos

LA CEREMONIA DEL CUADRO.

“En torno a ellos, la bestialidad de la noche alza el vuelo con sus alas tenebrosas. Ha llegado la hora del vampiro”

Stephen King en El misterio de Salem’s Lot

Dora Madison es una joven pintora que atraviesa una profunda crisis creativa que le impide terminar su último lienzo que considera será su gran obra. Mientras, acechada por la angustia y la desesperación, y acuciada por su marchante y las deudas, encuentra su tabla de salvación en la noche, a la que se lanza a un abismo frenético en la periferia de Los Ángeles, consumiendo drogas, en especial “Bliss”, una potentísima mezcla de cocaína y DMT, tomando alcohol frenéticamente, y dejándose llevar por su íntima amiga Courtney, y el esposo de ésta, el enigmático Ronnie, en una lujuria desenfrenada de juegos sexuales. La existencia de Dora pronto empezará a notar, no solo los gravísimos efectos de alucinaciones y distorsiones de la realidad, sino que tanto mental como físicamente, sentirá una avidez descontrolada por alimentarse de sangre fresca.

La tercera película de Joe Begos (Rhode Island, EE.UU., 1987) es un salto cualitativo en su corta pero intensa filmografía, dejando atrás las historias impactantes y sorpresivas como Almost Human (2013) y la interesante propuesta sobre poderes mentales que fue The Mind’s Eye (2015). Ahora Begos, con su inseparable Josh Ethier, productor y montador, vuelve a centrarse en el terror, su género de referencia, pero lo hace desde una perspectiva muy diferente, centrándose en una artista obsesionada con una pintura que no solo explora sus miedos físicos y mentales, sino que su materialización la llevará a sumergirse en un viaje lisérgico lleno de endiablados laberintos que le harán replantearse toda su existencia, encontrando en su camino lo más oscuro y profundo de su alma. Un recorrido parecido al que vivía el protagonista de El retrato de Dorian Grey, de Oscar Wilde, alguien que pactó permanecer joven a cambio que en el cuadro se reflejase su verdadero aspecto. Una situación similar es la que vive Dora Madison, mientras ella va experimentando sus viajes a lo desconocido mediante drogas, alcohol, sexo y sangre, va observando como la pintura va cambiando su significado y convirtiéndose en aquello que su crisis creativa le impedía pintar.

Begos nos lleva de la mano por la existencia caótica y desordenada de Dora, contándonos todos sus instintos vitales de forma íntima, personal y profunda, su relación liberal y extraña con su chico Clive, y las relaciones oscuras con su amiga Courtney, enmarcándonos en esos barrios periféricos de la ciudad de Los Ángeles, donde podemos oler la suciedad y la hípervelocidad con la que se vive y suceden las cosas, en que la cámara del cinematógrafo Mike Testin, con ese grosor y abrupto del 16mm, reafirma esa tensión psicológica que vive el personaje de Dora, que es seguida sin descanso, en que la película actúa en forma de diario describiendo todos sus actos y las consecuencias de ellos, sometiéndola a un descenso a los infiernos sin tregua en que la joven sentirá y experimentará como nunca lo había hecho. El cineasta estadounidense impone un fuerte ritmo a través de esas cuantas noches que parecen no tener fin, bien acompañadas por esa cámara que escruta y traspasa a sus personajes, con esa música rockera de grupos estadounidenses de la escena independiente, que ayudan a profundizar en el embate psicológico a la que es sometida Dora.

Una película como esta necesitaba a una actriz capaz de llevar el peso del relato y sobre todo, hacer creíble un personaje que se lanza al abismo sin dudas y a saco, y la encuentra en la enigmática, fascinante y provocativa interpretación de la magnífica Dezzy Donahue metiéndose en la piel de Dora Madison, esa artista perdida, vacía y cansada, incapaz de mirar y crear un cuadro que se adapte a sus emociones, viéndose bocada a un infierno oscuro, penetrante y adictivo, que derrocha oscuridad, terror y sensualidad, con la compañía de sus colegas de viaje alucinante, vampírico y sangriento, con la compañía de sus efectivos y creíbles intérpretes como Tru Collins como la diabólica Courtney, Rhys Wakefield como Ronnie (que recuerda al aspecto que se gastaba Tom Hiddleston en Sólo los amantes sobreviven, de Jarmusch), Jermey Gardner como Clive, ese novio que se muestra escéptico a todo lo que va ocurriendo, y no es para menos.

Un buen cuento de terror de vampiros, con sus dosis de gore, con ese aroma que tenían otros títulos del género como Las vampiras, de Jess Franco, El ansia, de Tony Scott, Los viajeros de la noche, de Bigelow, The Addiction, de Ferrara, Trouble Every Dayk, de Denis o la citada de Jarmusch, títulos del cine de vampiros diferentes, extraños y fascinantes, que transgredieron las leyes del género con el fin de abrir nuevas vías a una forma de ver y sentir el vampirismo, adaptándolo a los nuevos tiempos, alejándose de los cuentos medievales góticos, y contextualizándolos a los tiempos de ahora, mezclándolos con la actualidad más ferviente, donde hay espacio para que se conviertan en otro tipo de gentes y acciones, como ser artistas en crisis, profundizando en la adicción de las drogas, y sobre todo, explicando con detalle el vacío moderno que tanto acecha a las personas de ahora, ese vacío que nos convierte en víctimas condenadas a vagar sin sentido por una sociedad demasiado hipérbole, competitiva e individualista que, encuentra en las pastillas y los diferentes alucinógenos las nuevas formas de resistencia a tantos males emocionales. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Longa Noite, de Eloy Enciso

LA LARGA NOCHE FRANQUISTA.

“Hacer la revolución es volver a colocar en su sitio cosas muy antiguas pero olvidadas”.

Jean-Marie Straub

En la obra teatral Terror y miseria en el primer franquismo, de José Sanchis Sinistierra, que a su vez hacía referencia a Terror y miseria en el Tercer Reich, de Bertolt Brecht, se hacía un retrato cotidiano de los años de la posguerra, a través de nueve piezas, en el que nos adentrábamos en las existencias difíciles y durísimas de los vencidos y aquellos que apoyaban el régimen, todo contado con una crudeza e intimidad que helaba la sangre. El cineasta galego Eloy Enciso (Lugo, 1975) ya había dejado síntomas de su talento narrativo y formal en películas como Pic-nic (2007) en el describía con acierto y crítica el llamado “tiempo libre” de unas personas en una playa en pleno mes de agosto. Con Arraianos (2012) nos situaba en un pequeño pueblo perdido en las montañas de la frontera entre Galicia y Portugal, para describirnos un mundo mágico, sincero y cotidiano, entre la verdad y el sueño, protagonizado por los mismos habitantes.

Ahora, y siguiendo el marco que proponía en su obra Sanchis Siniestierra, se adentra en aquel primer franquismo, aquel que abarca del año 1939 al 1953, para contarnos la vuelta de un represaliado de nombre Anxo a su pueblo en la montaña, a través de tres capítulos o partes, en un camino con el que se cruzará a diferentes personajes en su cotidianidad, unos vencidos y otros vencedores,  como un hombre y una mujer pobres que piden en la puerta de una iglesia, una viuda que no quiere recordar, un comerciante que emigra, un prisionero republicano que describe su calvario, un comerciante con ideas liberales, o una señora en una estación con un discurso de derrota, o el alcalde populista y demás historias de exilio, miedo y represión de aquella España rota y desangrada. Todo articulado a través de diálogos basados en textos de autores como Rodolfo Fogwill, Max Aub, Alfonso Sastre, José Mª Aroca, Luis Seoane, Ramón De Valenzuela, Marinhas del Valle, Ángeles Malonda, divididos en los tres bloques anunciados. El exilio sería el primero, el segundo abarcaría aquellos que se quedaron, los que sufrieron la venganza y la represión franquista, y finalmente, en el tercer tramo, escucharemos las cartas de prisioneros y prisioneras que envían a sus familias y amigos desde la cárcel.

Enciso realiza un bellísimo y aterrador viaje hacia las profundidades del franquismo, a través de la figura de Anxo, que lentamente se irá convirtiendo en ese fantasma envuelto entre la bruma y la espesor del bosque de los espectros, de aquellos olvidados, de los que ya no tienen voz, de los desaparecidos, de todos los que perecieron ante la crueldad franquista. Una película poética, sincera e íntima que evoca aquellos años para entender los actuales, para analizar desde el prisma cotidiano de tantas personas ejecutadas y perseguidas, lanzando una mirada llena de amargura y soledad de cómo se construyeron los cimientos del estado actual, a partir de tantos olvidos, desaparecidos y crueldad. La exquisita y hermosísima luz de Mauro Herce, cinematógrafo indispensable en el cine gallego actual más crítico y audaz, nos envuelve de ese aroma cotidiano del aquí y ahora, a través de la sinceridad y la dureza de unos rostros perdidos y rotos, y unos espacios que van desde la más absoluta cotidianidad urbana, con esa luz apagada y cruda, para lentamente adentrarnos en la naturaleza y en ese bosque perdido, con esa luz más artificial y espectral, con ecos a la luz que hizo Teo Escamilla para Feroz, de Gutiérrez Aragón, donde parecen encontrarse todas las almas torturadas y olvidadas.

El penetrante y suave montaje de Patricia Saramago (habitual del cine de Rita Azevedo Gomes o Pedro Costa) que sabe captar esa armonía que tanto necesita una película que no solo muestra rostros y cuerpos sino que abre la puerta para que nos adentramos en las almas y conciencias de sus personajes, y sobre todo, en todo aquello que han perdido y jamás volverá. Y qué decir de la conmovedora y sensibilidad de las interpretaciones de este grupo humano que encarnan a los personajes, reclutados entre los grupos de teatro aficionados gallegos, de gran tradición en Galicia, que construyen unas miradas, rostros y diálogos desde la verdad, desde lo más profundo, y desde lo poético. Enciso recoge el aroma de las películas del este como el cine de Klimov o Tarkovski, como ese viaje por el río donde nos adentramos en otro mundo, en otra dimensión, cruzando esa frontera, tanto física como emocional, donde el agua y el sueño se confunden para crear un espacio espectral y poético, con aquel aroma de viaje-pasado-sueño que podemos ver en el Carlos Saura de La prima Angélica, en el cine de Theo Angelopoulos de La mirada de Ulises, el de Pedro Costa de Cavalo dinheiro (2014) el de Apichatpong Weresethakul de Tío Boonmee recuerda sus vidas pasadas (2010) o el de Bi Gan en Largo viaje hacia la noche (2018) con resonancias evidentes con la película de Enciso, en la que sus personajes volvían de manera física y emocional a aquellos momentos de su memoria que siguen vivos en su interior.

Enciso vuelve no solo a la memoria de unas gentes sino a toda la memoria de un país, evocando aquellos años de oscuridad, con una película evocadora, de rescate, de mirar al pasado, a nuestro pasado, siguiendo a Anxo, a alguien que no habla, que no emite palabras, porque quizás ya no quedan, que entrega una carta, convertido en testigo de todo, en una voz y cuerpo de tantos otros que ya no están. El cineasta galego ha construido una obra de gran calado cinematográfico, envolviéndonos en aquellos años de terror y miseria del franquismo, evocando aquellos fantasmas olvidados, aquellos fantasmas tan presentes en la actualidad, aquellos muertos sin dignidad, tantos y tantos que murieron en el olvido, abocados a la fosa del olvido, que siguen violentando un presente demasiado ensimismado en sí mismo, aterido de frío, incapaz de mirar al pasado y rendir cuentas de todo aquello, a mirarse en aquel espejo de violencia y muerte y no sentirse cobarde y ciego ante tanta injusticia cometida, donde la película de Enciso se erige en una película de recuperación y memoria, sobre la dignidad de tantos, sobre lo que fuimos y somos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Albert Serra

Entrevista a Albert Serra, director de la película «Liberté». El encuentro tuvo lugar el martes 12 de noviembre de 2019 en Andergraun Films en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Albert Serra, por su tiempo, amistad, generosidad y cariño, y a Diana Santamaría de Elamedia Distribución, por su tiempo, amabilidad, generosidad y cariño.

Estafadoras de Wall Street, de Lorene Scafaria

LAS REINAS DE LA NOCHE.

“Esta ciudad, este país entero, es un club de striptease. Hay gente arrojando dinero y gente bailando”.

Desde que estalló la última crisis económica mundial, hemos visto muchas películas en las que se retrataba de una forma más o menos precisa, los dramas y tragedias que han sufrido muchos desde miradas muy diferentes y extremas, en algunas de ellas se analizaban desde las perspectivas de los brokers de las finanzas, esos tipos de altos cargos que se hincharon a ganar cantidades ingentes de dinero en el tiempo donde todo valía. Pero todavía faltaba el otro lado del espejo de esos ejecutivos, el devenir de las bailarinas de striptease que los destensaban y los relajaban de sus vidas frenéticas de dólares. Mujeres que durante los años de vacas gordas, también se embolsaron mucho dinero acosta del disfrute de los tipos de taje y corbata y engominados. Pero, que pasó cuando en septiembre de 2008 llegó la crisis y todo bajó o simplemente, las cosas volvieron a una realidad demasiado cruda y triste. Y el dinero despareció. Hustlers (estafadoras en inglés) pone de relieve las vidas y las existencias de todas esas mujeres que utilizaban su cuerpo y su baile para entretener a estos tiburones de las finanzas y nos explica el destino que les deparó después de la crisis, en el que se reinventaron profesionalmente.

A partir del artículo publicado en la New York magazine  titulado  “The Hustlers  at  Scores”  escrito  por  Jessica  Pressler (como ocurriera con The Bling Ring, de Sofia Coppola, inspirada en otro artículo) Lorene Scafaria (Holmdel, New Yersey, EE.UU., 1978) autora de un par de películas enmarcadas en una suerte de comedia dramática en las que habla de segundas oportunidades y de reconciliaciones personales, ha escrito y dirigido una película basándose en las experiencias reales de un grupo de striptease desde el 2007 hasta el 2014, a través de una entrevista a una de ellas, Destiny, de origen asiático, que relata el caso desde que se mal ganaba la vida trabajando en un club de striptease, y conoce a Ramona, de origen latino, que es la gran atracción del local, y enseñará a Destiny todos los trucos y las formas de ganar dinero en ese ambiente. Pero estalla la crisis y a partir del 2008, las cosas se vienen abajo y el tiempo separará a las dos amigas. Scafaria construye una película de continuos saltos en el tiempo, donde las peripecias están contadas bajo la mirada de Destiny, que cuida de su abuela y de su hija pequeña, y la directora estadounidense lo hace con un ritmo endiablado y espectacular, a ritmo de música pop y rock y una steady cam que se va colando en todos los rincones de ese club de striptease que acaba siendo un reflejo fehaciente de la realidad de EE.UU. y del mundo capitalista.

Scafaria retrata ese mundo nocturno de ocio, drogas y sexo, donde la pasta va marcando el desenfreno y los aparentemente límites, que se sobrepasan constantemente. La cinta planteada como dos partes bien diferenciadas, con un limbo de por medio, en que en su primera mitad nos hablan del club de striptease y cómo hacer cash, el famoso limbo sería ese intervalo entre que llega la crisis en 2008 y cómo Destiny y Ramona vuelven a encontrarse y junto a Annabelle y Mercedes, dos ex compañeras del club, idean una estafa que consistirá en atraer a ejecutivos solitarios de bares lujosos y entre las cuatro drogarles y sacarles toda la pasta posible. Scafaria explica con todo lujo de detalles el timo de las cuatro mujeres, con una mise en scene fantástica y concisa, muy al estilo de las películas de Scorsese sobre gánsteres, con esas maravillosas entradas a cámara lenta frontales o de espaldas, donde estas reinas de la noche hacen valer su talento para despilfarrar a esos incautos podridos de dinero y mostrar ante el mundo esas riquezas y esos objetos materialistas.

Aunque la película no se queda en la superficialidad de ese universo de la noche donde priman la juerga y el dinero, sino que también indaga en lo más profundo y nos sitúa durante el día, donde conoceremos las duras realidades de cada una de ellas, una realidad que se va imponiendo, y conoceremos la parte más personal del cuarteto, sus vidas, sus deseos e ilusiones, sus frustraciones y tristezas, unas existencias vacías que llenan con materialismo y ese peculiar cuento de hadas que se tornará en pesadilla,  a la que se añadirán algunas “colaboradoras”, que no resultarán del todo recomendables, todas ellas secuencias filmadas con nervio y apoyándose en un tono muy sombrío, donde los conflictos entre ellas se van sucediendo y los timos no siempre salen como esperaban, metiéndose en situaciones difíciles. Scafaria se centra en la relación de amistad de Destiny y Ramona, en sus experiencias conjuntas, y en sus idas y venidas, y en como los lazos construidos se van resquebrajando cuando aparecen los problemas y la policía. Scafaria impone una película detallista y llena de glamour y tinieblas, donde los espejos brillantes, la purpurina, los zapatos de tacón, los vestidos de seda brillantes, y las joyas de infarto, se volverán contra ellas, en una especie de cuento moderno de Cenicienta, y no sólo deberán enfrentarse a ellas sino también a la cruda realidad en forma de delito.

Un reparto magnífico entre las que destacan una estupenda Jennifer López interpretando a Ramona, la líder natural de este cuarteto de estafadoras, una interpretación brillante como los vestidos de lentejuelas que porta, una composición de la estadounidense puertorriqueña que no la veíamos tan grande desde su impresionante Grace McKenna de Giro al infierno, bien acompañada por Constance Wu como la menuda y valiente Destiny, con las agradables aportaciones de Keke Palmer como Mercedes y Lili Reinhart como Annabelle, y la presencia de Mercedes Ruehl como una especie de matriarca mentora de todas ellas. Scafaria ha construido una película de grandes hechuras, bien contada y resuelta, describiendo con detalle y minuciosidad el ascenso y caída de este cuarteto de la noche, donde hay tiempo para todo, pasta, lujo, despilfarro, drogas, sexo, conflictos personales y humanos, y sobre todo, amistad y amor. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

 

Marisa en los bosques, de Antonio Morales

PERDIDA FRENTE AL ESPEJO.

Paul Hackett deambula por la noche neoyorquina de arrastrado por una alocada rubia que lo enredaba para su beneficio. Pepa Marcos hacía lo propio, pero por las calles madrileñas, perdiéndose en su desesperación por la usencia de su amante. Tanto uno como otra obedecen a personas confusas, desorientadas y completamente perdidas en la gran ciudad, sino en la existencia de su propia vida. A esta pareja de solitarios sin destino, añadimos a Marisa, una dramaturga de 35 años que, después de las últimas representaciones en un teatro independiente de su obra, se siente frustrada y sin ganas de seguir hacia adelante, aunque las circunstancias le obligan a consolar a Mina, su mejor amiga que acaba de dejarlo con su chico. Entre idas y venidas para ayudar a Mina, Marisa convierte su vida en una tragicomedia en el que cada vez hay menos risas y más tristezas, en una existencia ensombrecida de sí misma, como si otra mujer viviera su propia vida o como si ella se convirtiera en su propia doble que nunca logra alcanzar su verdadero yo.

La puesta de largo de Antonio Morales (Almería, 1977) nace de su propia experiencia como dramaturgo y director en la escena off teatral madrileña, centrándose en la solitud y frustración de una chica que parece que cada cierto tiempo tiene que empezar de nuevo, y al que su entorno siempre la busca para que les solucione sus problemas, olvidándose Marisa de los suyos propios, en una idea de centrarse en los conflictos ajenos para no afrontar los propios. El relato se centra en una noche, una noche donde a Marisa le ocurrirá de todo, en un intento de perderse en su propio laberinto mental hablando con unos y con otros, a través de su propio desconcierto, una noche donde se perderá entre los participantes del orgullo, se tropezará con un antiguo compañero de clase que ahora es una mujer, acudirá al teatro donde actúa una maga cómica, se enrolará en una fiesta en la que no conoce a nadie, y se (des) encontrará con su pasado por casualidad, como si el destino hubiera planeado esa noche para ella, una noche donde perderse de sí misma, sin fuerzas para encontrarse, con esa idea de fundirse con la oscuridad y ocultarse de los demás, y sobre todo, de sí misma.

Morales sigue a su antiheroína con la cámara pegada a su cogote, sin dejarla ni a sol ni a sombra, como ese espejo deformador de su propia vida, siguiéndola sin descanso en este laberinto nocturno que se transforma la noche madrileña, con sus personajes pintorescos, sus situaciones rocambolescas y sus puertas y espacios que se abren y se cierran sin tiempo a descubrirlos y entrar en ellos, casi un mundo fantástico y onírico donde nada de lo que vemos parece real, como si entráramos en un letargo donde todo lo que vemos lo produce el caos mental de la protagonista, como si todas las personas, los espacios y objetos estuvieran ahí porque ella, en cierta manera, lo ah dispuesto de esa manera. El cineasta andaluz se rodea de un nutrido grupo de actores de la escena off teatral madrileña entre los que destaca Patricia Jordá que da vida y cuerpo a Marisa, con sus rostros tristes y esa huida sin fin que emprende esa noche aciaga y extraña, junto a ella Aida de la Cruz, Mauricio Bautista o Yohana Cobo, entre muchos otros, que dan vida a esos personajes que cruzan en la noche de Marisa, sin poder echar un cable, por pequeño que sea, a la incapacidad de Marisa por encontrarse algo a que agarrarse y sobre todo, encontrar a alguien que la escuche (en cierta manera, Marisa se ha convertido en un recurso para sus allegados cuando tienen problemas, como el sucedía a Amélie Poulan, que harta de servir de flotador al resto, empezó a quererse y a ayudarse a sí misma).

Una película donde se mezclan la alegría y la tristeza, la luminosidad de la ilusión o la oscuridad que acompaña la perdida, con un gran esfuerzo técnico y artístico por parte de todo su equipo, que emulando a las comedias clásicas estadounidenses o al cine de Waters, y la comedia madrileña de comienzos de los ochenta con Trueba, Colomo o Almodóvar, ha conseguido una tragicomedia sobre los problemas existenciales y económicos de los jóvenes de hoy en día, cone se tono atemporal, donde coexisten móviles y vinilos, en el que hay cabida para cosas y elementos tan dispares como Broken Blossoms, de Griffith (en la que deja evidente el instante donde Lilian Gish forzaba esa sonrisa ante ese mundo cruel e injusto que le había tocado sufrir) o ese disco de Vainica Doble (dejando entrever que hasta las cosas más complejas siempre tenían un punto sencillo) pamelas en mitad de la urbe (donde la extrañeza y la confusiónd e su mundo se hacen patentes, como taparse la cara con el fular y las gafas) o vestidos ajustados de lentejuelas en un bosque mágico y a la vez, fantasmal, en el que todo parece tener sentido o no.