Presentación del libro «Els cinemes de la meva vida», de Carles Mir, con la presencia del autor y Esteve Riambau, director de la Filmoteca de Catalunya, en la Biblioteca de la institución en Barcelona, el jueves 23 de noviembre de 2023.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Carles Mir y Esteve Riambau, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y al equipo de la Filmoteca, por por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
La pareja artística Alain Gagnol (Roane, Francia, 1967) y Jean-Loup Felicioli (Albertville, Francia, 1960), son unos entusiastas de la animación con unas películas cortas que les valieron reconocimientos internacionales. Su debut con Un gato en París (2010) y su segundo trabajo, Phantom Boy (2010), siguieron almacenando prestigio y grandes logros, tanto a nivel técnico como artístico, a partir de historias para niños de todas las edades, con una atmósfera propia del cine clásico noir, en unas tramas que remiten tanto al cine clásico estadounidense, y autores como los Chandler, Hammet y Cain, como cineastas de la grandeza de Hawks, Huston y demás, con grandes dosis del Polar francés, con personajes oscuros, complejos y nada complacientes. Relatos nada estridentes ni enrevesados argumentalmente, sino todo lo contrario, historias sencillas, cercanas y sumamente rítmicas, donde encontramos tensión, realidad social y mucha emoción, a partir de unos personajes que se ocultan para llevar a cabo sus ideas difíciles pero efectivas, que suelen chocar con la seriedad, la madurez y la responsabilidad de los adultos.
Con su nuevo largometraje Nina y el secreto del erizo ( Nina et le secret du hérisson, en el original), vuelven a situarnos en un ambiente noir como no podía ser de otra manera, en que el conflicto estalla cuando los padres de Nina de 10 años y su íntimo amigo y vecino Mehdi, pierden sus empleos en la fábrica cercana donde trabaja. Los niños que descubren que el jefe, antes de ser detenido, ha guardado el dinero robado en algún escondite de la empresa, ahora custodiada por su esbirro y un perro negro. Nina, más decidida y valiente, convence a Mehdi, que se muestra más cobarde, en entrar en la mencionada factory y encontrar el dinero que salvará el trabajo de sus respectivos padres. A mitad camino entre lo social, la película de aventuras infantil y la trama detectivesca, la pareja Gagnol y Felicioli logran una estupenda película de dibujo y animación nada histriónica y especialmente tranquila e íntima, donde lo que importa son los personajes, sus relaciones, y una capacidad de pensar y actuar, sobre todo, los niños que se implican en el conflicto de los adultos. Con un personaje como Nina, una niña que no cesará para conseguir el ansiado tesoro de esta historia que no anda muy lejos de la novela La isla del tesoro, del grandísimo Stevenson, ya que también plantea una cinta en la que los niños parecen más adultos que los propios adultos.
Con la excelente música de Sege Besset, que consigue una brillante composición que no sólo acentúa los momentos más significativos de la películas, sino que se convierte en esencial para describir ciertos momentos emocionales de los protagonistas. Un gran música que tiene en su haber trabajos con Michael Dudok de Wit, que más tarde hizo la fascinante La tortuga roja (2016), y con Jacques-Rémy Girerd, que fue coguionista de la mencionada Un gato en París, y es un cómplice del dúo desde sus películas cortas. Un estupendo montaje de Sylvie Perrin que añade ritmo, detalle y emoción en un metraje breve pero intenso en sus 77 minutos. Cabe señalar que en la versión original francesa pone la voz la excelente y conocida actriz Audrey Tatou, como hiciese en la citada Phantom Boy. Todos los espectadores que se acerquen a ver Nina y el secreto del erizo, ante todo, lo pasarán bien, pero no en el sentido de la película entretenida sin más, que nos divierte una hora y poco más, sino en el sentido que nada está por estar, y no construyen un argumento sólo destinado a la diversión infantil, sino que aún entreteniendo a los más pequeños, los adultos no pierden interés.
Después de un prólogo maravilloso donde el padre le cuenta historias sobre la tenacidad de un erizo que fracasa en sus trabajos por su idiosincrasia, elemento fundamental para entender el trabajo de Nina en su empresa. La historia gira en torno al empleo, y la falta de él, y cómo los niños ante esa dificultad de la que podríamos pensar que son ajenos, al contrario, la aceptan e idean una forma de ayudar a sus padres, a partir de lo que conocen y su forma de ver y sentir las cosas. Unos personajes muy íntimos, que están diseñados y descritos de forma sencilla y honesta, captando toda su complejidad y diversidad, donde lo humano se convierte en el centro de la acción, en la que todo lo que sucede a sus protagonistas, tiene mucho que ver por esa forma de pensar y hacer, aún sabiendo o quizás, no, del peligro al que se enfrentan. Una cinta donde no hay nada del manido heroísmo, ni la épica de la aventura, ni tampoco los momentos demasiado dramáticos, sino una mirada a lo cercano, a la cotidianidad de cualquier barrio de una ciudad, con un bosque al lado, y una fábrica vaciada, que en algún rincón de sus espacios se encuentra ese tesoro que pude salvar el trabajo de los padres, donde los niños hacen lo imposible para ayudar a otros, en una película que sin pretenderlo se convierte en una lección de valores humanos, esa cualidad que parece que va desapareciendo en la sociedad actual que estamos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“La ausencia puede estar presente, como un nervio dañado, como una ave sombría”.
De La mujer del viajero en el tiempo, de Audrey Niffenegger.
La primera vez que vi una película de Hayao Miyazaki (Tokyo, Japón, 1941), fue La princesa Mononoke (1997), a través de la recomendación entusiasta de un amigo de entonces allá por el 2001. A partir de ese instante, lo recuerdo con nitidez, quedé alucinado por la historia y por todo. Su desbordante y alucinante imaginación visual. Una trama trepidante llena de drama, aventuras, tensión y pura emoción, y ese tratamiento humanista, donde primaba el respeto hacia el otro, hacia la naturaleza, hacia los animales y cualquier ser vivo por insignificante que fuese. Una profundidad apabullante entre lo que miraba y lo que sentía, explorando temas como la amistad, la muerte, la ausencia, y demás valores y emociones, extraordinariamente bien explicados, tratados y mostrados. Nunca he visto las películas de Miyazaki como solamente cintas de animación, sino como trabajos sobre la vida: tanto la luz como la oscuridad, en una convivencia que las hacía tremendamente sólidas, profundas y a la vez, muy sencillas. Da igual que entiendas todo su entramado simbólico y espiritual que contiene, no es excusa para dejarse llevar por sus relatos de iniciación, de esa infancia que debe enfrentarse con la muerte y la enfermedad, con su pérdida, ausencia y duelo.
Justo hace diez años, pensábamos que El viento se levanta, biografía sobre el ingeniero aeronáutico Jiro Horikoshi, que sería la última de Miyazaki, como dejó claro él mismo. Así que, nos alegra enormemente el estreno de El chico y la garza, que vamos a decir que es la penúltima película del genio nipón, por si las moscas, (que toma el título de la novela homónima Kimitachi wa dô ikiru ka, traducida por ¿Cómo vives?, de Genzaburo Yoshino, que la madre del director le regaló en su juventud), que sigue la senda de sus anteriores trabajos, como no podía ser de otra manera, y continúa sumergiéndonos en los temas y elementos que lo han convertido en uno de los maestros incontestables del cine. Encontramos su componente autobiográfico (el padre del director fue ingeniero que trabajó haciendo armas durante la guerra, y su madre estuvo enferma varios años), la infancia como espacio de alegría, sueños y tristeza, la omnipresente Segunda Guerra Mundial que vivió, la enfermedad, la muerte, la pérdida, el duelo infantil, la vida, la amistad, la vejez, los mundos dentro de este, el respeto hacia la naturaleza y los animales, y la fusión entre el mundo de los vivos y los muertos, esos seres mitológicos y de otros mundos y tiempo, sus universos de fantasía, coloridos, espirituales y llenos de todo y todos.
Con la producción de Toshio Suzuki, esencial en el organigrama productivo del Studio Ghibli, nos sumerge en una historia, de extrema sencillez, nos sitúa en la mirada de Mahito de 11 años, en el Japón en plena Segunda Guerra Mundial que, después de la muerte de su madre, abandona Tokio junto a su padre, un ingeniero que diseña armas para la contienda, y se traslada a un pueblo donde el padre tendrá una nueva esposa, Natsuko, hermana pequeña de su madre. La nueva vida de Mahito no resulta nada fácil, no encaja en el colegio, su padre se muestra autoritario y encima, recuerda demasiado a su madre fallecida. Todo se vuelve del revés con la desaparición de Natsuko en una inquietante Torre que se erige cerca de su nueva casa. Mahito se adentra en la edificación junto a una garza gris, que es mitad animal mitad humano y muchas cosas más. Un universo paralelo o no, de la propia vida o quizás, de la idea que tenemos de la vida, o podríamos decirlo, como un universo que materializa nuestros más profundos sentimientos y emociones. En el fondo, Mahito entra en ese mundo o estado, y comienza a encontrarse con todos aquellos que ya no viven y con vivos, donde la realidad, la ficción y la fantasía de la propia vida se mezcla, se fusiona y se retroalimenta de nosotros mismos.
Miyazaki siempre nos propone viajes sin fin hacia nuestros espacios más difíciles, a enfrentarnos con nuestros miedos, inseguridades y demás oscuridades, pero no lo hace desde el drama, sino todo lo contrario, nos lleva a lugares mágicos, llenos de aventuras, de personajes fantásticos, sin olvidar de todo lo inquietante y perturbador de nuestros pensamientos y emociones. Tiene la inmensa capacidad de adentrarse en lo más profundo de nuestro ser desde la sencillez, la transparencia, el color y la emoción de la imaginación, la ilusión y la alegría y la tristeza. La excelente música de Joe Hisaishi, un gran cómplice de Miyazaki con unos 19 trabajos juntos, que casa a la perfección y mucho más allá, con las imágenes del imaginario del director, es imposible imaginarnos otra música para la belleza y la poesía del cine de Ghibli, que fundaron en 1985 MIyazaki y Isao Takahata(1935-2018), una compañía que ha creado algunas de las imágenes más apabullantes y profundas del cine de animación de las cuatro últimas décadas. El chico y la garza tiene mucho que ver, como no podía ser de otra manera, del cine de Ghibli. Tenemos La tumba de las luciérnagas (1988), del citado Takahata, donde las atrocidades de la Segunda Guerra Mundial se ven reflejadas en la vida de dos hermanos huérfanos. También, en Mi vecino Totoro (1988), la enfermedad de la madre trastoca la vida de un niño del Japón rural que encuentra refugio en una animal fantástico. Hemos mencionado estos dos títulos, pero en esencia y espíritu el Studio Ghibli es un universo en sí mismo, y no es de extrañar que sus tramas, personajes y espacios se retroalimentan y conformen un único universo en el que pueden pasar de una película a otra con total naturalidad.
La naturalidad y la densidad de su cine se mueve en un viaje infinito en el que sus personajes y sus lugares son diferentes en sí mismos y a la vez, muy parecidos, porque Miyazaki no olvida el desastre y la oscuridad del mundo, sino que lo maneja y le ofrece un nuevo rumbo, en el que sus jóvenes personajes lidian con él, como sucedía en Nausicaä del valle del viento (1984), El castillo ambulante (2004) y Ponyo en el acantilado (2008), donde la fantasía y los sueños ofrecen una vía de escape y también, un excelente refugio en el que enfrentarse a todo aquello que nos duele, que no entendemos y sobre todo, que nos entristece. Sus personajes como Mahito van hacia lo desconocido sin miedo, con dolor, pero no rehúyen de la tristeza, porque saben que la única forma de seguir hacia adelante es mirar lo que nos duele y aceptarlo, porque en el fondo, podemos huir, rodear o no hablar del conflicto, pero no ayuda, porque sigue ahí, la ausencia, la pérdida y la muerte son hechos irrefutables a los que, tarde o temprano, debemos hacer frente y aceptar y sobre todo, seguir con la alegría a pesar de la tristeza, a ofrecer mi corazón como cantaba Sosa, a pesar de la guerra, a pesar de todo, porque no hay otra manera de vivir que mirar de frente el dolor, la enfermedad y la muerte. Gracias Miyazaki por tu cine, por cómo lo miras, lo investigas y lo construyes, y por seguir creyendo en la humanidad a pesar de todo. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
«Cada vez que un hombre en el mundo es encadenado, nosotros estamos encadenados a él. La libertad debe ser para todos o para nadie».
Albert Camus
La descriptiva y demoledora secuencia que abre La isla roja, cuarta película de Robin Campillo (Mohammèdia, Marruecos, 1962), nos muestra a un par de familias francesas a punto de juntarse para comer en el patio frente a su casa. Es una escena cotidiana sin más aparentemente, pero no estamos en Francia, sino en Madagascar, en una de las últimas bases militares, a principios de los setenta. En un momento, el padre expulsa a uno de los sirvientes, un nativo que les sirve pero que ocultan, como meras sombras sin vida ni identidad. La naturalidad del momento oculta algo más oscuro y siniestro, la colonización en todo su esplendor, unos ocupantes franceses que usan a los malgaches, y también, se quedan con su clima, su sol y su todo. Sin hacer una película autobiográfica, según sus palabras, Campillo que vivió su infancia en la mencionada Marruecos, Argelia y en Madagascar, ya que su padre era un militar aéreo francés, recupera recuerdos y memoria para contarnos una película con base real pero con un aroma de fábula de final de la infancia o quizás, mejor dicho, el final de un mundo colonialista.
Las tres películas anteriores del director francés se han movido bajo temas y elementos que van a la contra de lo convencional, donde hay cabida para situarnos en aquellos más invisibles y ocultos, donde investiga sobre la fragilidad de nuestras existencias con la muerte como satélite importante. En La resurrección de los muertos (2013), combinaba de forma inteligente el terror con lo social, en Chicos del este (2013), en la que se centraba en la inmigración, la prostitución gay y lo más cercano, y finalmente, 120 pulsaciones por minuto (2018), done pivotaba sobre dos temas: homosexualidad y Sida en la Francia de principios de los ochenta. En La isla roja construye un guion complejo, alguien que ha trabajado en ese menester con Cantet, Zlotowski y Meier, que se mueve a partir de dos conceptos: la mirada de Thomas, un niño de 10 años que se parece mucho a la vida de Campillo, que no entiende el colonialismo, y es un extraño de su país Francia en la que nunca ha vivido, y además, se siente perdido en ese final de la niñez. Un mundo desconocido que intenta comprender a través de Fantômette, una niña heroína de tebeo y su compañera de colegio. Y luego, está el colonialismo a partir de la familia Lopez, donde su realidad tranquila y vacacional, esconde ese terror del ocupante frente al nativo.
Sin ser una película de terror, lo es y mucho, aunque Campillo, muy hábilmente se deja de convencionalismos y extremos, y nos presenta una cotidianidad que traspasa, como si estas familias francesas de militares estuvieran en su paraíso perdido, ajenos al terror y la usurpación de su gobierno y sus respectivos trabajos, con los ecos de la brutal represión de 1947. Ayuda mucho la estilización y la intimidad de la cinematografía de un grande como Jeanne Lapoirie, que ha estado en los tres trabajos de Campillo, uno de los nombres más reputados en el país vecino al lado de grandes nombres como los de Téchiné, Ozon, Pedro Costa, Verhoeven, Corsini, Bruni Tedeschi, entre otras. Así como el gran trabajo de edición que firman el propio Campillo, y la pareja Anita Roth y Stéphane Léger, que ya estuvieron en la mencionada 120 pulsaciones por minuto, y han trabajado con Bonello y Cantet, respectivamente, consiguen un ritmo pausado y tranquilo, sin excesos ni dramatismos, sólo observando esa cotidianidad cálida y vacacional, que oculta el terror invisible y violento, en una película muy bien equilibrada y de gran tempo en sus casi dos horas de metraje.
La música de Arnaud Rebotini, que tiene en su haber películas como Curiosa, y directoras como Argento y Hélèna Klotz, creando esa dualidad entre la postal y la oscuridad, con unas melodías que muestran pero también ocultan todo lo que se cuece en ese lugar francés y malgache, amén de los temas más populares que describen esas vidas aparentemente felices que ocultan esa idea de no volver a Francia y seguir sumidos en esa realidad paradisíaca ficcionada. El grupo de intérpretes también mantiene esa línea de transparencia e intimidad que tanto demanda la trama, empezando por una magnífica Nadia Tereszkiewicz, que vaya añito se está marcando de estupendas películas como Mi crimen, La gran juventud y La última reina, hace la madre protectora y con una relación tensa con su marido, que hace un increíble Quim Gutiérrez, más asentado en la cinematografía francesa, que se mueve entre la ambigüedad y lo extraño, el fantástico niño Charlie Vauselle, que añade toda la fantasía y realidad ajena de una mirada inquieta y pérdida, Amely Rakotoarimalala y Hugues Delamarlière, que interpretan a Miangaly y Bernard, la nativa y el joven militar francés y una relación que escenifica todo lo que la película muestra y reflexiona, esos dos mundos tan alejados que se empeñan en relacionarse, cada uno a su manera. Y luego, están los otros, los franceses que están y disfrutan de todo, como Sophie Guillemin y David Serero, un curioso y divertido matrimonio, etc…
No se pierdan una película como La isla roja, que nos habla de familia, matrimonio y de franceses que parecen huir de sí mismos, y de toda convencionalidad, pero en el fondo están detenidos y ensimismados en una tierra que aman pero no es suya, están ocupando ilegalmente. Un filme que nos habla de terrorismo de estado francés, pero no de forma evidente, sino escarbando en sus quehaceres diarios, en los que mandan y los que sirven, las que hacen paracaídas para los franceses o los que sirven cafés para los mandamases, con el mismo aroma de películas como Los juncos salvajes (1994), de Téchiné, donde unos adolescentes se relacionan con los ecos de la descolonización de Argelia en los sesenta, o Hacia el sur (2005), de Cantet, donde el turismo occidental femenino llegaba a las playas de Haití en busca de amor y cariño. Reflexionaran sobre la tragedia del colonialismo, la idea banal del occidental sobre el paraíso y demás, el amor interesado, la fragilidad de la vida acomodada y alejada de la realidad, esa falsa idea de paraíso, sobre la pérdida y la idea del adiós a aquello que crees que siempre te perteneció, y todo a partir de la mirada de un niño de 10 años, que mira, observa y no comprende nada, quizás sólo a través de la ficción, en el que todo está más claro y es más sencillo, no tan ambiguo y complejo como la realidad de los adultos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“Es una idiotez ignorar que el sexo está mezclado con ideas emocionales que han ido creciendo a su alrededor hasta hacerse parte de él, desde el amor cortesano hasta la pasión inmoral y todas esas cosas, que no son dolores de crecimiento. Son tan poderosas a los cuarenta como a los diecisiete. Más. Cuanto más maduro eres, mejor y más humildemente reconoces su importancia“.
Nadine Gordimer
Muchos de nosotros que conocíamos a Elena Martín Gimeno (Barcelona, 1992), por haber sido la protagonista de Les amigues de l’Àgata (2015), fascinados por su intensa mirada, fue más que agradable ver dos años después su ópera prima Júlia ist, la (des) ventura de una joven en su erasmus en Berlín, tan perdida y tan indecisa tanto en los estudios, en el amor y con su vida. Por eso nos alegramos de Creatura, su segunda película. Una cinta que aunque guarda algunos rasgos de la primera, en la relación dependiente con los hombres y la relación turbulenta con la familia, en este, su segundo trabajo, la directora catalana ha explorado un universo mucho más intenso y sobre todo, menos expuesto en el cine como la relación de la sexualidad y el cuerpo desde una mirada femenina. Una visión profunda y concisa sobre el deseo en sus diferentes etapas en la existencia de Mila, la protagonista que interpreta la propia Elena.
A partir de un guion escrito junto a Clara Roquet, la cineasta barcelonesa construye una trama que a modo de capítulos, va mostrando las diferentes etapas desde esa primera experiencia a los 5 años, el despertar sexual a los 15 y finalmente, esa lucha entre el deseo y el sexo a los 30 años de edad. La película siempre se mueve desde la experiencia y la intimidad, convirtiéndose en un testigo que mira y no juzga, penetrando en ese interior donde todo se descubre a partir de una especie de cárcel donde el entorno familiar acaba imponiéndose siempre desde el miedo y el desconocimiento. Una historia tremendamente sensorial, muy de piel y carne, convocando un erotismo rodeado de malestar, dudas y oscuridad. Más que un drama íntimo, que lo es, estamos ante un cuento de terror, donde los monstruos y fantasmas se desarrollan en el interior de Mila, a partir de ese citado entorno que decapita cualquier posibilidad de libertad sexual. Creatura es una película compleja, pero muy sensible. Una cinta que se erige como un puñetazo sobre la mesa, tanto en lo que cuenta y en cómo lo hace, sin caer en espacios trillados y subrayados inútiles, sino todo lo contrario, porque en la película se respira una atmósfera inquietante, donde el deseo y el sexo y el cuerpo sufren, andan cabizbajos y con miedo.
Un grandísimo trabajo de cinematografía de Alana Mejía González, que ya nos encantó en las recientes Mantícora, de Carlos Vermut y Secaderos, de Rocío Mesa, en la que consigue esa distancia necesaria para contar lo que sucede sin invadir y malmeter, mirando el relato, con su textura y tacto, con su dificultad y conflictos que no son pocos. El preciso, rítmico y formidable montaje de Ariadna Ribas, en una película que se va casi a las dos horas de metraje, y además, es incómoda y atrevida porque indaga temas tabúes como el sexo, y su forma de hacerlo tan de verdad e íntima, a través de tres tiempos de la vida de la protagonista, y lo hace a partir de tres miradas diferentes, tres actrices que van decreciendo, en un fascinante viaje al pasado y mucho más, ya que la película va reculando en su intenso viaje hasta llegar al origen del problema. Resultan fundamentales en una película donde lo sonoro es tan importante en lo que se cuenta, con la excelente música de Clara Aguilar, a la que conocemos por sus trabajos en Suro y en la serie Selftape, porque ayuda a esclarecer muchos de los aspectos que se tocan en la película, y no menos el trabajazo en el apartado de sonido con el trío Leo Dolgan (que también estaba en la citada Suro, Armugán, Panteres y Suc de síndria, entre otros), Laia Casanovas, con más de 80 trabajos a sus espaldas, y Oriol Donat, con medio centenar de películas, construyen un elaborado sonido que nos hace participar de una forma muy fuerte en la película.
Una directora que también es actriz sabe muy bien qué tipo de intérpretes necesita para conformar un reparto que dará vida a unos individuos que deben enfrentarse a momentos nada fáciles. Tenemos a Oriol Pla, que nunca está mal este actor, por cómo mira, cómo siente y cómo se mueve en el cuadro, da vida a Marcel, el novio de Mila a los 30, que aunque se muestra comprensible siempre hay algo que le impide acercarse más, el mismo conflicto interno manifiesta Gerard, el padre de Mila, que interpreta Alex Brendemühl. Dos hombres en la vida de Mila, que están cerca y lejos a la vez. Diana, la mamá de la protagonista es Clara Segura, una actriz portentosa que actúa como esa madre rígida y sobreprotectora que no escucha los deseos de su hija. Carla Linares, que ya estuvo tanto en Les amigues de l’Àgata como en Júlia ist, y Marc Cartanyà son los padres de Mila cuando tiene 5 años. Un personaje como el de Mila, dividido en tres partes muy importantes de su vida, tres tiempos y tres edades que hacen la niña Mila Borràs a los 5 años, después nos encontramos con Clàudia Malagelada a los 15, una actriz que nos encantó en La maternal, desprende una mirada que quita el sentido, descubriendo un mundo atrayente y desconocido, que se topará con esos chicos que sólo quieren su placer, obviando el placer femenino, y con unos padres que van de libres y en realidad, mantienen las mismas estructuras de represión que sus antecesores.
Finalmente, Elena Martín Gimeno, al igual que sucedió en Júlia ist, también se mete en la piel de su protagonista, en otro viaje amargo y difícil, componinedo una Mila magnífica, porque sabemos que tiene, de dónde viene y en qué momento interior y exterior se encuentra, en un viaje sin fondo y en soledad, que deberá afrontar para disfrutar de su deseo, de su sexo y su placer. Creatura está más cerca del terror que de otra cosa, un terror del cuerpo, que lo emparenta con Cronenberg, sin olvidarnos del universo de Bergman que tanto exploró en el dolor y sufrimiento femenino, y más cerca con películas como Thelma, de Joachim Trier, y Crudo, de Julia Ducournau, y el citado Suc de síndria, de Irene Moray, en el que se exploraba el viaje oscuro de una mujer que sufre un abuso y su posterior búsqueda del placer. Nos alegramos que existan películas como Creatura, por su personalísima propuesta, por atreverse a sumergirse en terrenos como la confrontación entre el deseo, tu cuerpo y el sexo, a mirar todas esas cosas que nos ocurren y que conforman nuestro carácter y quiénes somos. No dejen de verla, porque seguro que les incomoda, porque no estamos acostumbrados a qué nos hablen desde ese espacio de libertad, desde esa intimidad, y tratando los temas que hay que tratar, porque también existen. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“La vida es una constante reescritura del ayer. Una deconstrucción de la niñez”.
Rosa Montero
Érase una vez el verano de 1993 en la isla de Tenerife, en el que habían Paula de 14 años y su hermano Rayco de 8. Un verano por delante para perder o matar el tiempo, junto a su madre soltera que trabaja con los papagayos en el parque que atrae a muchos turistas, una abuela que debe proteger su casa ante la amenaza de derribo, y un ermitaño anciano que vive junto al mar y sus cosas. Un estío que para los dos hermanos nos será igual, porque ese verano en el que esperan ansiosos la llegada del artista Michael Jackson, será un verano diferente, una temporada de descubrir, de descubrirse y de sobre todo, de darse cuenta en la realidad en la que viven donde los sueños sueños son, como cantaba Aute. Un verano en el que, abruptamente, dejarán de ser niños en su mundo, para pertenecer a ese otro mundo, ese universo de los adultos en que las cosas se debaten entre la realidad aplastante y difícil, en el que pocas cosas o ninguna salen como uno desea, porque hay cosas que nunca cambian, o quizás sí, y lo hacen para peor.
De Omar Al Abdul Razzak (Madrid, 1982), cineasta de origen sirio que creció en Tenerife, conocemos su labor como productor y montador en más de 10 películas, sus cortometrajes y documentales como Paradiso (2014) y La tempestad calmada (2016), en el que explora la última sala X de Madrid, y la última faena de un pesquero, respectivamente. Con Matar cangrejos vuelve a su infancia, aquella que quedó en el verano de 1993, para construir una fábula sensible y naturalista, a partir de las miradas de sus jovencísimos y debutantes intérpretes con los rostros de Paula, una niña que está dejando la infancia para meterse en la adolescencia de lleno, con una relación de amor-odio con su madre, y con su panda, sus golferías y sus primeros porros y alcohol, y Rayco, el niño que conoce a ese anciano solitario y algo loco, con el que vivirá otra realidad, entre la búsqueda y la dificultad. La película se mueve con total transparencia y naturalidad entre esa realidad que parece arcaica, donde Tenerife no había sido invadido por turistas, se ven pocos, como el personaje de Johan, el holandés que tiene una relación con Ángeles. la madre díscola de los niños que está más pendiente de salir y no crecer.
La película en un gran trabajo de reconstrucción, a través de lo mínimo y lo cotidiano, nos devuelve una especie de isla viva, natural y muy auténtica, donde todavía podemos encontrar con esa Arcadia en la que existe esa verdad en la isla, una verdad que viene de años de historia, donde todo parece auténtico, como ese chiringuito, o la festividad de la Virgen del Mar, y la posterior verbena, también, ese ruido y olor del mar, de esas casas de antiguos pescadores, de esa cotidianidad y cercanía que la orgía urbanística y masificación turística ha eliminado por completo. Razzak construye un cuento muy cercano e intimista, donde las cosas se ven y se viven y se experimentan desde la relación y el descubrimiento de dos hermanos que cada vez se están alejando, porque ese tiempo que compartían se está terminando, y cada vez necesitan otros deseos, otras cosas y empiezan a cambiar, una está de camino a la adultez, y el otro, el pequeño, sigue en esa vida de fantasía, de ensoñación, donde puedes conocer a un viejo marinero que pesca de forma artesanal y cría palomas.
Tenemos la magnífica cinematografía de Sara Gallego, de la que hemos visto trabajos muy potentes como la inolvidable El año del descubrimiento, de Luis López Carrasco, y la más reciente, Contando ovejas, de José Corral, donde se profundiza en la cotidianidad, y en ese tránsito sin ser sensiblero y con una gran capacidad de observar la vida y el mundo de los niños, así como el claro y conciso montaje de la holandesa Katharina Wartena, con más de 35 trabajos a sus espaldas, en que engloba con minuciosidad la hora y cuarenta minutos a los que se va el metraje de la película. El gran trabajo de sonido del tándem cómplice del director como Emilio García y Sergio González, a los que se ha unido Josef van Galen, creando esa textura y fuerza que tiene cada actividad sonora de la película, que nos llena y traspasa. No podemos olvidar la figura del productor Manuel Arango, que con la compañía Tourmalet Films, ha coproducido los anteriores trabajos de Omar Al Abedul Razzak, y la que nos ocupa, una productora que cuida muy bien sus películas y se lanza a producir primeras películas de directores como Rodrigo Sorogoyen, Samuel Alarcón y Pedro Collantes, entre otros.
Si hay que destacar otro elemento extraordinario de la película es su elenco, un reparto de nombres debutantes como la pareja de hermanos en la piel de Paula Campos Sánchez y Agustín Díez Hernández, tan tan naturales y frescos, muy bien acompañada por los adultos con el rostro de Sigrid Ojel como la madre, el holandés Casper Gimbrère como Johan, ese novio extranjero de Ángeles que vive en la isla, y Nino Hernández, ese abuelo que comparte su sabiduría de la isla con Rayco. No soy de recomendar películas, y seguiré sin hacerlo, sólo expongo mi humilde opinión de los valores y hallazgos con los que me encontré viendo una película como Matar cangrejos con el fin que puede ayudar a alguien y que pueda, siempre desde la honestidad, ayudar a algún espectador/a a decidirse a elegir una película como esta, si quiere ver una película sencilla, muy cercana, con un relato de esos que pasan sin hacer ruido pero se convierte en cruciales en la existencia de alguien, donde descubrimos los claroscuros de la vida, los buenos y no tan buenos momentos, todos esos sueños que se pierden o perdemos que se lleva la marea, en fin, todo eso que conforma vivir y dejar de ser niño/a, y sobre todo, de tomar partido de nuestras vidas o ese intento de no abandonarse a la sociedad consumista y seguir soñando despierto, que es la mejor herramienta para vivir dignamente, no es una tarea nada fácil, pero eso no nos puede dejar de intentarlo. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“He aquí mi secreto, que no puede ser más simple: sólo con el corazón se puede ver bien, lo esencial es invisible para los ojos”
“El principito”, de Antoine de Saint-Exupéry
Si el sentido que más nos evoca el cine no es otro que la mirada, es indudable que no sólo las películas nos invitan a mirar, sino también, y esto es más importante, a mirar bien, o dicho de otro modo, a mirar con el corazón, a no sólo quedarse con aquello que vemos, sino con lo que hay en el interior de lo miramos, mirando el alma de lo que tenemos delante, adentrándose más allá. La película 20.000 especies de abejas, el primer largometraje de ficción de Estibaliz Urresola Solaguren (Bilbao, 1984), nos propone un ejercicio sobre la mirada, una actividad de detenerse y mirar lo que nos rodea, y sobre todo, a mirar a los que nos rodean, a todo aquello que se oculta frente a nosotros, a todo aquello de difícil acceso, a lo que no se ve a simple vista, a lo que de verdad importa. Porque la película, entre otras cosas, se sustenta en la mirada, en ese acto sencillo y revelador, que sus personajes no acaban de hacer, ya sea por miedo, por inseguridad, por lo que sea.
Una película transparente y sensible que nos invita a mirar, o porque no decirlo, nos obliga a mirar, a detenerse, a olvidarse de los quehaceres cotidianos y demás, y mirar y mirarnos, porque es un gran ejercicio, y totalmente revelador de aquello que nos ocurre y no queremos admitir. Los trabajos anteriores de la directora vasca exploraban la identidad de sus individuos, a la búsqueda de uno mismo y de todo lo que ello conlleva, como en sus piezas cortas como Adri (2014), Polvo somos (2020), y Cuerdas (2022), y en su largo documental Voces de papel (2016), sobre la agrupación Eresoinka, que siguió cantando en euskera después del final de la Guerra Civil. En su debut en la ficción en forma de largo, la cineasta bilbaína también nos habla de la identidad, en la figura de Cocó, una niña trans de ocho años, en un verano en el pueblo de sus abuelos. Una niña a la que todos se empeñan en llamar Aitor, una niña que se esconde de los otros, que se mantiene en silencio, una niña atrapada en la incomprensión de los otros, los adultos, y en concreto de Ane, su madre, que no acaba de aceptar la situación y se oculta en sus problemas sentimentales y profesionales.
La película nos cuenta esta pequeño y gran conflicto de forma sabia y magnífica, porque lo hace desde la sensibilidad, sin ser sensiblera, desde lo insignificante sin ser condescendiente, y lo hace desde lo humano, sin ser sentimentaloide, sino todo lo contrario, desde esa cámara que se sitúa frente a la mirada de los niños y de Cocó, una infancia que acepta con menos resistencia la identidad de la niña, en relación a los adultos, que en su mayoría se manifiestan en una posición contraria y prejuiciosa, si exceptuamos a la tía Lourdes, un personaje sabio, sensible y conocedora del mundo de las abejas, son oro puro sus conversaciones con la niña, un personaje que no estaría muy lejos de la abuela espectral de Rosa, la protagonista de La mitad del cielo (1986), de Manuel Gutiérrez Aragón. La maravillosa luz de Gina Ferrer García, de la que hemos visto su trabajo en películas como Panteres, Farrucas, Tros, La maniobra de la tortuga y A corpo aberto, se mueve entre el naturalismo y la sencillez de mostrar de forma reposada y sin estridencias todo el conflicto que están viviendo todos los componentes de la familia, las tres generaciones reunidas en la casa en un verano que no será como otro cualquiera.
El exquisito y concienzudo trabajo de montaje de Raúl Barreras, del que se estrena la misma semana La hija de todas las rabias, de Laura Baumeister, que tiene esa fuerza y delicadeza para contarnos tantas cosas en sus fantásticos 129 minutos de metraje. El gran trabajo de sonido de una grande como Eva Valiño, con más de 80 trabajos a sus espaldas, y la mezcla de Koldo Corella, del que hemos visto títulos tan interesantes como Hil Kanpaiak, Suro y La quietud en la tormenta, entre otros. 20000 especies de abejas nos remontan a algunas de las películas setenteras de Carlos Saura. Pensamos en La prima Angélica, Cría Cuervos y Mamá cumple 100 años, donde se habla de complejas relaciones familiares, y el mundo de la infancia y los adultos, tan diferente y alejado, donde el maestro aragonés era todo un consumado explorador de todas esas grietas emocionales que anidan en la oscuridad. Encontramos a la Lara Izagirre, directora de títulos como Un otoño sin Berlín y Nora, ahora productora junto a Valérie Delpierre, responsable de títulos tan significativos como Estiu 1993, de Carla Simón, y Las niñas y La maternal, ambas de Pilar Palomero, todas ellas reflexiones sobre la infancia y sus complejidades y en relación a la familia.
En 20.000 especies de abejas encontramos un viaje corporal y emocional que nos sumerge y bucea en las intrincadas relaciones entre niños y adultos, que explica a partir del detalle y el gesto, que no usa música extradiegética, y si una música que escuchamos en vivo o a través de grabaciones, necesitaba todo el acercamiento y sensibilidad de unos intérpretes que generan la intimidad que tanto desprende cada espacio y cada mirada de la trama. Tenemos a las veteranas Itziar Lazcano y Ane Gabarain como la Amama y la tía Lourdes, el sol y la sombra de la historia, interpretadas por dos actrices de largo recorrido, la presencia siempre estimulante de una actriz tan capacitada como Patrica López Arnaiz, acompañándola en su viaje particular, el físico, que viene de Bayona, del País Vasco francés, hasta la casa de sus padres, en el pueblo, con tres hijos, un trabajo que no llega, el peso de seguir la tradición de su padre como escultora, y un amor que parece que es poco amor. Después está Sofía Otero, la niña que hace de Cocó, la niña que no quiere ser Aitor, la niña que lucha en silencio para ser quién quiere ser, escogida en un casting en su debut como actriz, que le ha valido el prestigioso Oso de Plata de la Berlinale, un espectacular reconocimiento que nunca se había producido, y no es para menos, porque lo que hace Sofía Otero es sencillamente abrumador, delicado y muy bonito, una composición que nos recuerda a la Ana Torrent de El espíritu de la colmena, a la Laia Artigas de Estiu 1993 y la Andrea Fandós de La niñas, todas niñas como ella explorando sus vidas e identidades en un mundo donde los adultos van a lo suyo y las miran muy poco, y cuando lo hacen, nunca es de verdad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“En el pequeño mundo en que los niños tienen su vida, sea quien quiera la persona que los cría, no hay nada que se perciba con tanta delicadeza y que se sienta tanto como una injusticia”.
“Grandes esperanzas”, de Charles Dickens
Erase una vez… Una niña llamada Cáit de nueve años de edad, que vivía en uno de esos pequeños pueblos perdidos de la Irlanda rural, allá por el año 1981. La mayoría del tiempo la niña lo pasa en soledad, huye del colegio y se pierde por el bosque, descubriendo y descubriéndose, y sobre todo, alejada de su familia, un entorno numeroso y muy hostil, donde ella se relaciona a través de su silencio, porque el dolor en el que existe es insoportable. Pero, todo cambiará para Cáit, porque ese verano será llevada con unos parientes sin hijos, en un entorno completamente diferente, en el que la niña descubrirá que la vida puede ser distinta, y en el que las cosas tienen otra forma, huelen diferente, y sobre todo, crecerá en todos los sentidos.
The Quiet Girl es la primera película de ficción de Colm Bairéad (Dublín, Irlanda, 1981), después de unos importantes trabajos reconocidos internacionalmente en el campo del cortometraje y en el documental, que nace a partir del relato “Foster”, de Claire Keegan, que nos cuenta la existencia de una niña que no tiene cariño, una niña perdida y triste que vive en el seno de una familia difícil, desestructurada y muy inquietante. El director irlandés compone una película muy sencilla, con pocos personajes, y llena de silencios y detalles, donde el idioma irlandés predominante se combina con el inglés, y usando el formato 4:3, y con el reposo y la pausa de una película que cuenta todo aquello que no se ve y está tan presente en las vidas de cualquier persona. Todos sus espacios oscuros, todo el dolor de su interior y todo aquello que le asfixia y calla por miedo, por vergüenza y por no tener con quién compartirlo. Todo se explica de una manera sutil, sin ningún tiempo de estridencias ni argumentales ni mucho menos formales, la sobriedad y lo conciso alimentan cada plano, cada encuadre, cada mirada y cada gesto que vemos durante la historia.
Todos los elementos, cuidados hasta el más mínimo detalles, consiguen sumergirnos en un relato íntimo y muy personal, en que el gesto es el reflejo de una alma herida y perdida, una niña que está inmersa en un laberinto de inquietud y tristeza, en el que se ahoga cada día un poco más. La película es un alarde de técnica elaboradísima como la delicada música que escuchamos, obra de Stephen Rennicks, que no acompaña la película, sino que incide en todos aquellos aspectos emocionales que no se explican pero que ahí están, así como el grandísimo trabajo de cinematografía de Kate McCullough, con esa luz naturalista y velada, contrastando con los interiores oscuros del inicio para ir poco a poco abriendo la luz y la historia, siguiendo el proceso de la protagonista, en el que la sensibilidad y la emoción latente siempre está presente, al igual que el espléndido montaje de John Murphy, que condensa con ritmo y sensibilidad todos los detalles y las miradas en las que se sustenta el relato, en una película de duración precisa en el que no falta ni sobra nada en sus ajustados y medidos noventa y cinco minutos de metraje.
Bairéad opta por componer un reparto en el que no hay rostros conocidos, sino todo lo contrario, porque no busca la empatía con el espectador, la quiere ir elaborando a medida que va avanzando la película, por eso encontramos a intérpretes muy transparentes y cercanísimos que, a través de la distancia prudencia, se nos van acercando y transmitiendo casi sin palabras todo lo que sienten y sufren en su interior, porque son personajes heridos, seres que lloran en silencio, y sobre todo, con roturas como las nuestras o las personas de nuestro entorno. Tenemos a la especial y arrolladora Catherine Clinch en la piel de Cáit, que llena la pantalla, que la sobrepasa, y que dice tanto sin decir nada, en uno de los más sorprendentes debuts en el cine que recordamos, que recuerda a Ana, la niña que sentía a los espíritus en la inolvidable El espíritu de la colmena (1973), de Víctor Erice, o a Frida, la niña que no podía llorar de Estiu 1993 (2017), de Carla Simón, y otras niñas que siempre escapaban, que siempre salen huyendo del tremendo desorden familiar en el que viven. Le acompañan los adultos, el matrimonio que la acoge ese maravilloso verano, los Carrie Crowley y Andrew Bennett en la piel de los Eibhlín y Seán Cinnsealach, y después, los padres de Cáit, Michael Patric y Kat Nic Chonaonaigh como Athair y Máthair, que contraponen esas dos formas tan alejadas de cuidar y amar a una niña.
La ópera prima de ficción de Colm Bairéad no es sólo una película que nos habla de la infancia herida, la que no tiene ni conocimientos ni medios para expresar tanto dolor, sino que es una película que tiene un argumento extraordinario, pero lo que la hace tan especial y excelente, es su forma de contarlo, porque opta por la mirada de cineastas como Ozu, porque antepone la contención, la desnudez formal y la interpretación de la mirada y el silencio, alejándose de todo artificio, tanto argumental como formal, que adorne innecesariamente todo lo que acontezca, primordiando todo lo invisible, que sabemo de su existencia, pero por circunstancias obvias no sale a la superficie. Enfrenta dos mundos antagónicos como el de adultos y niños, pero que veremos que no son tan distantes, porque los dos continuamente se reflejan, porque tanto uno como otro, comparten heridas, un dolor difícil de describir y muchos menos compartir, y todos necesitan ese cariño, ese cuidado, ese escuchar y esa mano que haga sentir que no estamos tan solos como sentimos. Porque en un mundo tan individualista y competitivo en el que cada uno hace la suya, esta película resulta muy revolucionario en lo que cuenta y como lo cuenta, porque opta por la mirada encontrada, por la necesidad del otro, y sobre todo, en el detenerse y expresar todos nuestros miedos, inseguridades y dolor. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“Los juegos infantiles no son tales juegos, sino sus más serias actividades”
Michel de Montaigne
El trabajo de Eskil Vogt (Oslo, Noruega, 1974), no es en absoluto desconocido, porque lo hemos conocido por su labor como guionista junto al director Joachim Trier, con el que ha coescrito los ocho títulos del cineasta noruego nacido en Dinamarca. Hace ocho años vimos Blind, su opera prima, en la que retraba de forma sólida y terrorífica de la vida de una mujer que acaba de quedarse ciega, protagonizada por una espléndida Ellen Dorrit Petersen, con reminiscencias de Repulsión, de Polanski. Con The innocents, su segunda película, continúa en el marco y el fondo del cine de terror, pero un terror alejado de clichés y efectismo, un terror psicológico que atrae, fascina y aterra por igual, encerrándonos en un grupo de altos edificios en los suburbios de Oslo, donde un parque y el bosque serán presencias cotidianas en las vidas de tres niñas y un niño que descubren que tienen poderes telequinésicos y otros que pueden controlar la voluntad ajena. Estamos en verano, el barrio está casi vacío, la mayoría están fuera de vacaciones. Somos testigos de los juegos de estos cuatro infantes que tienen entre siete y once años.
Tenemos a Ida de nueve años, en la que la película se posara buena parte de su metraje, también a Anna, su hermana mayor que padece autismo, que acaban de aterrizar en el barrio periférico, y los otros niños, a Ben, pakistaní que vive con su madre que no le hace mucho caso, y juega con Ida, juegos cada vez más siniestros, y por último, Aisha, que entabla una relación muy sensible e íntima con Anna, con la que mantiene un lenguaje secreto. Los juegos infantiles que comienzan como inocentes van adquiriendo connotaciones inquietantes y terroríficas a medida que los niños van conociendo sus poderes y todo aquello que pueden hacer a los demás. The innocents tiene el aroma del mejor cine de terror infantil, como las recordadas The innocents (1961), de Jack Clayton, El otro (1972), de Robert Mulligan, El espíritu de la colmena (1973), de Víctor Erice, a la que Vogt considera una gran inspiración, y ¿Quién puede matar a un niño? (1976), de Narciso Ibáñez Serrador, entre otras, donde los niños y niñas son el protagonista, en el que se profundiza en sus interiores, donde el terror adquiere dimensiones profundamente psicológicas y nos envuelven en una atmósfera cotidiana, muy alejada de los lugares abonados del género, y construyendo cuentos naturalistas y transparentes donde el terror se apodera dentro de nosotros, porque puede ser cercano y tremendamente cotidiano.
La cámara de Sturla Brandth Grovlen (al que conocemos por sus trabajos en las interesantes Otra ronda, Rams y Victoria, entre otras), desciende a la altura de sus protagonistas, componiendo primeros planos cuidando mucho los detalles y planos generales, y se olvida de la negritud habituales para construir una película de día, llena de colores cálidos, donde prima lo paranormal y lo inquietante, en un universo muy desconocido que asusta por su incertidumbre y desconocimientos absolutos. Un exquisito y ágil montaje de Jens Christian Fodstad, que ya estuvo en Blind, que condensa con gran ritmo y su enorme tempo los ciento diecisiete minutos del metraje. La excelente música de Pessi Levanto, ayuda a descubrir los deseos bondadosos y malignos que encierra cada uno de los infantes, y finalmente hay que aplaudir y celebrar el grandísimo trabajo de casting de Kjersti Paulsen reclutando a los cuatro protagonistas y debutantes en el medio cinematográfico: Rakel lenora Flottum como Ida, hija real de la citada actriz Ellen Dorrit Petersen, que se reserva el rol de madre de la mencionada Ida y Anna que hace Alva Brynsmo Ramstad, Mina Yasmin Bremeseth Asheim como Aisha, y Sam Ashraf es Ben, el niño que usa los poderes para calmar ese mundo interior lleno de rabia y miedo.
Vogt no busca el efectismo ni la grandilocuencia, ni mucho menos el excesivo uso del efecto digital, sino que el efecto especial está totalmente integrado en la trama que se está contando, de forma natural y transparente, sumergiéndonos en ese mundo infantil, en esa fábula de niños y niñas donde juegan y muestran el interior de unas vidas precarias, vacías y muy solitarias, con esos adultos que están a la suya, con sus quehaceres cotidianos y sobre todo, muy alejados de la realidad de sus vástagos que, quizás no es tan simple e inocente como creen, porque hay juegos y juegos, y estos niños usan sus poderes para evidenciar en algún caso un tremendo abandono por parte de los padres, y en muchos casos, puede llegar a consecuencias terribles, no solo para ellos mismos, sino para muchos otros inocentes que sufrirán la ira de un niño solo, no querido y lleno de miedo ante ese mundo adulto que va a la suya. El director noruego nos habla de muchos temas, peor lo hace sin lanzar ninguna proclama ni nada que se le parezca, él solo muestra y lo hace desde la verdad, desde las niñas y niño de esta historia, un relato que parece de lo más sencillo y cotidiano, pero encierra muchos de sus temores y peligros. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“Para la mayoría de la gente, el problema del amor consiste fundamentalmente en ser amado, y no en amar, no en la propia capacidad de amar”
Erich Fromm
Resulta capital para el desarrollo de una película la forma en que se abre la historia. En No te quiero, la opera prima de Lena Lanskih (Tyumen, Rusia, 1990), resulta totalmente esclarecedor su arranque para ponernos en situación y sobre todo, para interesarnos y seguir conociendo la no vida de la protagonista. A saber. Es de noche en una de esas pequeñas localidades en la región de los Urales de Rusia. Vika, una niña de catorce años, con su bebé en brazos, se mete en un coche y planea vender a su criatura. Pero, en el último instante, se arrepiente y se va corriendo. Conoceremos la no vida de Vika, en un entorno muy hostil, en una familia que no desea a ese bebé, y tampoco asumir los motivos por los que está entre ellos. Vika, expulsada del colegio, intenta seguir con el baile, y planear una huida con el chico que quiere.
Vika con una maternidad que le viene grande e impuesta, parece un fantasma, como aquellos dos vampiros que se movían por Detroit en la excelente Sólo los amantes sobreviven (2013), de Jarmusch. La vemos deambular, de aquí para allá, sin saber para qué y si todo eso tiene algo detrás, roba en el súper, su comportamiento es muy extraño. Vive en un ambiente asfixiante y muy doloroso, se quiere quitar a su hija de en medio, unos días y otros, se lo piensa. Su alrededor es triste y feo, una ciudad con calles y plazas decadentes, llenas de lodo, y mucha mugre y desconcierto por todos los lados. En su casa, que comparte con su madre, las cosas pintan igual, todo es decrépito y muy desolador, y el trabajo de recolección de frutos del bosque y luego venderlos en el mercado, tampoco es que sea una panacea. Vika se siente sola, como en un laberinto del que desea salir con todas sus fuerzas y cuando encuentra la salida, esta se cierra y vuelta a empezar.
El guion conciso y directo que escribe la propia directora junto a Ekaterina Perfilova, lleno de matices, de personajes complejos y solitarios, no explica más de lo que necesita, y resuelve con astucia toda la complejidad y la tristeza de esa vida en esa ciudad. El excelente trabajo de cinematografía de Mikhael Weizenfeld, que ya trabajó en la película corta Type 8 (2018), de Lanskih, convierte la cámara en una segunda piel de la protagonista y ese no mundo por el que se desplaza, recordando a los mismos encuadres que vimos en Rosetta (1999), de los Dardenne, con la que Vika guarda muchas similitudes, y sus ambientes duros, gélidos y de difíciles o nulas relaciones familiares, más propias del cine de terror, donde encontraríamos el universo de Andrey Zvyagintsev, sobre todo en su película Sin amor, en su dureza y su forma de retratar la complejidad social en la Rusia actual, como también hacía Kantemir Balagov en Demasiado cerca. Un elaborado y ágil montaje que firman Alexander Pak y la directora, que condensa con inteligencia los ciento diez minutos de la película, que nos agarra desde el primer minuto y no nos suelta hasta su magnífico desenlace.
La insistencia y el grandísimo trabajo de la directora Lena Lanskin y un talento que ya había dejado patente en sus películas cortas, ayudaron a que su primer largometraje haya sido producido por dos de los nombres más importantes de la cinematografía rusa de ayer y ahora como los de Serguéi Selyanov, con más de ciento sesenta producciones en su filmografía, con nombres tan importantes como los de Sergei Dvortsevoy y Sergey Bodrov, entre muchos otros, y el de Natalia Drozd, una de las productoras más activas dedicada a levantar producciones de jóvenes valores. Aunque la película de Lena Lanskih no sería lo que es sin la inmensa aportación de la debutante cinematográfica Anastasia Strukova que se mete en la piel de una deslumbrante Vika, con esa mirada que traspasa la pantalla, con esos ojos fijos y tristes y rabiosos cuando se mira al espejo, o mira a los demás, a todos esos que las desprecian por su maternidad, sin saber porque se ha producido.
No te quiero (“Unwanted”, en el original), aparte de ser un excelente debut, es un relato descarnado y sin concesiones, que se aleja del sentimentalismo y cosas que se le asemejen, para elaborar una historia crudísima, directa y sin estridencias, con el aspecto de una película de terror social, como la define su directora, pero va mucho más allá, y el género solo le sirve para mover al personaje y sobre todo, mostrar sus espacios y la locura que la sigue sin soltarla en ningún momento. La película también se puede ver como una radiografía brutal, certera y magnífica de la Rusia actual, de toda esa decadencia, tristeza y desolación, tanto física como emocional, a través de una familia que odia y se odia, que no se quieren y son incapaces para amar y amarse, una herencia maligna que se hereda de padres a hijos, y donde Bika, sumergida en un mar de dudas, hace lo imposible para no ahogarse, para seguir a flote, aunque sea en un trozo de madera que por momentos parece hundirse irremediablemente. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA