No te quiero, de Lena Lanskih

LA INCAPACIDAD DE AMAR.

“Para la mayoría de la gente, el problema del amor consiste fundamentalmente en ser amado, y no en amar, no en la propia capacidad de amar”

Erich Fromm

Resulta capital para el desarrollo de una película la forma en que se abre la historia. En No te quiero, la opera prima de Lena Lanskih (Tyumen, Rusia, 1990), resulta totalmente esclarecedor su arranque para ponernos en situación y sobre todo, para interesarnos y seguir conociendo la no vida de la protagonista. A saber. Es de noche en una de esas pequeñas localidades en la región de los Urales de Rusia. Vika, una niña de catorce años, con su bebé en brazos, se mete en un coche y planea vender a su criatura. Pero, en el último instante, se arrepiente y se va corriendo. Conoceremos la no vida de Vika, en un entorno muy hostil, en una familia que no desea a ese bebé, y tampoco asumir los motivos por los que está entre ellos. Vika, expulsada del colegio, intenta seguir con el baile, y planear una huida con el chico que quiere.

Vika con una maternidad que le viene grande e impuesta, parece un fantasma, como aquellos dos vampiros que se movían por Detroit en la excelente Sólo los amantes sobreviven (2013), de Jarmusch. La vemos deambular, de aquí para allá, sin saber para qué y si todo eso tiene algo detrás, roba en el súper, su comportamiento es muy extraño. Vive en un ambiente asfixiante y muy doloroso, se quiere quitar a su hija de en medio, unos días y otros, se lo piensa. Su alrededor es triste y feo, una ciudad con calles y plazas decadentes, llenas de lodo, y mucha mugre y desconcierto por todos los lados. En su casa, que comparte con su madre, las cosas pintan igual, todo es decrépito y muy desolador, y el trabajo de recolección de frutos del bosque y luego venderlos en el mercado, tampoco es que sea una panacea. Vika se siente sola, como en un laberinto del que desea salir con todas sus fuerzas y cuando encuentra la salida, esta se cierra y vuelta a empezar.

El guion conciso y directo que escribe la propia directora junto a Ekaterina Perfilova, lleno de matices, de personajes complejos y solitarios, no explica más de lo que necesita, y resuelve con astucia toda la complejidad y la tristeza de esa vida en esa ciudad. El excelente trabajo de cinematografía de Mikhael Weizenfeld, que ya trabajó en la película corta Type 8 (2018), de Lanskih, convierte la cámara en una segunda piel de la protagonista y ese no mundo por el que se desplaza, recordando a los mismos encuadres que vimos en Rosetta  (1999), de los Dardenne, con la que Vika guarda muchas similitudes, y sus ambientes duros, gélidos y de difíciles o nulas relaciones familiares, más propias del cine de terror, donde encontraríamos el universo de Andrey Zvyagintsev, sobre todo en su película Sin amor, en su dureza y su forma de retratar la complejidad social en la Rusia actual, como también hacía Kantemir Balagov en Demasiado cerca. Un elaborado y ágil montaje que firman Alexander Pak y la directora, que condensa con inteligencia los ciento diez minutos de la película, que nos agarra desde el primer minuto y no nos suelta hasta su magnífico desenlace.

La insistencia y el grandísimo trabajo de la directora Lena Lanskin y un talento que ya había dejado patente en sus películas cortas, ayudaron a que su primer largometraje haya sido producido por dos de los nombres más importantes de la cinematografía rusa de ayer y ahora como los de Serguéi Selyanov, con más de ciento sesenta producciones en su filmografía, con nombres tan importantes como los de Sergei Dvortsevoy y Sergey Bodrov, entre muchos otros, y el de Natalia Drozd, una de las productoras más activas dedicada a levantar producciones de jóvenes valores. Aunque la película de Lena Lanskih no sería lo que es sin la inmensa aportación de la debutante cinematográfica Anastasia Strukova que se mete en la piel de una deslumbrante Vika, con esa mirada que traspasa la pantalla, con esos ojos fijos y tristes y rabiosos cuando se mira al espejo, o mira a los demás, a todos esos que las desprecian por su maternidad, sin saber porque se ha producido.

No te quiero (“Unwanted”, en el original), aparte de ser un excelente debut, es un relato descarnado y sin concesiones, que se aleja del sentimentalismo y cosas que se le asemejen, para elaborar una historia crudísima, directa y sin estridencias, con el aspecto de una película de terror social, como la define su directora, pero va mucho más allá, y el género solo le sirve para mover al personaje y sobre todo, mostrar sus espacios y la locura que la sigue sin soltarla en ningún momento. La película también se puede ver como una radiografía brutal, certera y magnífica de la Rusia actual, de toda esa decadencia, tristeza y desolación, tanto física como emocional, a través de una familia que odia y se odia, que no se quieren y son incapaces para amar y amarse, una herencia maligna que se hereda de padres a hijos, y donde Bika, sumergida en un mar de dudas, hace lo imposible para no ahogarse, para seguir a flote, aunque sea en un trozo de madera que por momentos parece hundirse irremediablemente. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

 

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