Un blues para Teherán, de Javier Tolentino

CANCIONES PARA CONOCER UN PAÍS.  

“La cultura es la memoria del pueblo, la conciencia colectiva de la continuidad histórica, el modo de pensar y de vivir”.

Milan Kundera

La película se abre con unos planos que podrían ser de cualquier película de Abbas Kiarostami, con ese río, sus pesadores, esos caminos curvilíneos, la vida y las gentes del mundo rural, la cotidianidad y la intimidad de la vida, para pasar luego a plena urbe de la mano de Erfan Shafei, nuestro guía físico y espiritual por este viaje por la música y la cultura tradicional iraní, en un momento glorioso a bordo de su automóvil, en una película que nos remite a una de las últimas de Jafar Panahi, mientras a grito pelao canta el tema “Ashianeh”, de Reydoon Farrokhzah, una canción pre-revolucionaria que suena de su casete. Dos instantes únicos y espectaculares para abrir Un blues para Teherán, el sentido, personal y sincero homenaje de Javier Tolentino al cine y la cultura iraní, nacida de su fascinación por el cine de Irán, con los citados nombres a los que habría que añadir los de Mohsen Makhmalbaf, Dariush  Mehrjui,  Bahman  Ghobadi  y Mohammad Rasoulof, entre otros. Un cine que ha copado muchas horas de radio en el mítico programa que ha conducido Tolentino desde hace más de dos décadas. Un cine sobre la vida, la cotidianidad y la cultura iraní, lleno de poesía, sabiduría y talento, que, curiosamente, no tiene apenas música.

Tolentino nos ofrece un viaje por sus lugares, tanto del universo rural como urbano, acompañados de su música, sus gentes, como ese impagable momento en que un pescador explica su día a día, reflexionando sobre su familia, el trabajo y la sociedad iraní, o aquellos otros en los que músicos tradicionales muestran su arte, como la actuación de Golmehr Alami, que reivindica su derecho a mostrar su música y su cante, porque en el país se prohíbe la música a las mujeres. Erfan es el guía de este peculiar viaje musical por Irán y Kurdistán, un joven kurdo, que ha tenido que parar el rodaje de su película, por las restricciones y absurdas leyes de Irán, que también le escucharemos tocar y cantar, enfrentado a un futuro difícil, y no sabe nada del amor. La película nos habla de música, de compositores e intérpretes, y claro está, de seres humanos, y política, pero lo hace desde lo humano, como diría Gramsci, desde la vida y la naturaleza, como esos instantes de aves, ríos y mar, donde parece que el tiempo se detiene, donde la intemporalidad del cine iraní va contagiando la película, llevándonos hacia un estado espiritual sin dejar de tener los pies en la tierra.

La película tiene el aroma que recorrían Canciones para después de una guerra (1976), de Patino, y el viaje musical que proponía Cruzando el puente: los sonidos de Estambul (2015), de Fatih Akin, y el inicio de Cold War (2018), de Pawlikowski, donde sus protagonistas grababan música tradicional, retratos íntimos y muy personales de una tierra a través de su música, sus canciones, sus gentes, sus formas de vida, y sobre todo, sus lugares en el mundo, esa cotidianidad llena de trabajo, de política, y de vida. La película tiene momentos alucinantes como ese instante nocturno donde vemos Teherán mientras suena ese fantástico blues “Nostalgia de Teherán”, que ha compuesto especial para la película Walter Geromet, o ese otro, en la barbería, donde Erfan crítica las estúpidas leyes de Irán que le impiden contar con un inversor extranjero para su película, y la razón que en el cine iraní no haya música, y ese otro instante en que el propio Erfan habla del amor con su amiga, o la secuencia divertidísima junto a sus padres y el loro. Una parte técnica de primer nivel con las aportaciones de la extraordinaria luz del cinematógrafo Juan López, que sabe captar la belleza que transmiten los espacios iraníes, el inmenso trabajo de sonido de una grande como Verónica Font, y el magnífico trabajo de montaje de un excelso Sergi Dies, captando el ritmo de lo visual, sonoro y paisajístico del film.

La magia y la honestidad que emanan de las imágenes poéticas y de verdad de Un blues para Teherán,  la convierten en una de las películas de la temporada, por su sencillez y complejidad, por su amor al cine, a la música y al cultura iraníes, y sobre todo, a la vida, como el sentido fragmento del poema que escuchamos extraído de “El pájaro era solo un pájaro, y otros poemas”, de Forugh Farrojzad, la maravillosa poetisa y autora de una de las grandes obras del cine iraní como La casa es negra (1962). La opera prima de Javier Tolentino, coescrita con Doriam Alonso, es un inolvidable viaje musical y vital por Irán y sus gentes, encontrándonos con las diferentes formas de vivir y sobre todo, de expresarse a través de la música, capturando la idiosincrasia de sus gentes, con esa poesía que tanto anidaba en el cine iraní que enamoró a Tolentino y daba buena cuenta en su libro “El cine que me importa”. Todo ese amor es ahora devuelto en una retrato-relato que pretende asomarse de forma sencilla e íntima a todo ese universo y cultural que se oculta en un país dominado por un régimen autoritario, donde sus gentes encuentran su espacio o su libertad en la música, esa herramienta indispensable para conocer, conocerse y sobre todo, relacionarse con los demás, y con uno mismo. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Herencia, de Ana Hurtado

CELEBRAR LA CUBANIDAD.

“Ningún legado es tan rico como la honestidad”

William Shakespeare

En los primeros minutos de Herencia, la opera prima de Ana Hurtado, se mueve entre músicos, entre diferentes estilos de música cubana, y algunos de sus maestros, se mueve entre personas mayores que legan su arte a los jóvenes, y es en ese instante en que la película adquiere todo su significado, porque no será otra película sobre la efervescencia de la música en Cuba, que es muchísima, sino que a través de la música, nos adentraremos en un relato-retrato poliédrico sobre lo que significa Cuba y sobre todo, ser cubano, esa cubanidad que hace de los habitantes de la isla caribeña un lugar insólito, único y complejo. La directora nacida en Úbeda (Jaén), pero criada en Sevilla, se muestra como una observado inquieta y muy curiosa, se aleja de esa mirada paternalista y sentimental que algunas películas hacen de Cuba, para mirarse como una más, para profundizar en esa cubanidad, y lo hace desde muchos puntos de vista diferentes, otorgando a la película un valor, no solo como documento excepcional, sino capturando esa otra isla, ese otro país, a través de los diferentes sentimientos religiosos, o dicho de otra forma, los diferentes caminos de acercarse a Dios.

Herencia se mueve como un cubano más, mira, retrata y dialoga con todos y todo, generando ese vínculo de los cubanos con su pasado y presente, desde el legado de sus antepasados africanos que fueron llevados por la fuerza por españoles a trabajar en Cuba como esclavos, esa mezcla que tienen los cubanos, entre africanos y españoles, hacen del país un país vasto en cultura, y una forma de ser auténtica, también, hay espacio para otra manifestación cultural como el deporte, interpretado en el país como una idea de compartir, de sumar esfuerzos, y sobre todo, de comunidad, muy alejado al deporte de occidente como negocio. Y para redondearlo todo, algunos expertos en historia e idiosincrasia cubana ofrecen sus testimonios hablándonos del pasado y presente de Cuba, de su cultura, de su música, su religiosidad y deporte. Y cómo no, también escuchamos a algunos de sus protagonistas, auténticos maestros en sus diferentes artes, que nos hablan de la Cuba de antes y ahora, el maldito bloqueo estadounidense de más de sesenta años, y las dificultades económicas cotidianas que se enfrentan los músicos y demás figuras de la cultura cubanas, obligadas a pagar en efectivo.

Hurtado no ha hecho un documento planfetario sobre Cuba y su política económica, ni mucho menos, sino una película que celebra Cuba, los cubanos y sus caminos por y para la cultura, como bien y patrimonio del país, en el que conocemos su inmenso talento para la música y demás, el apoyo gubernamental hacia la cultura, pero no desde la oficialidad, sino desde las personas, desde las personas que viven y se aprovechan de toda esa inversión cultural. La película se rodea de grandes profesionales como el gran Paco Poch en la producción, que ha producido a gente tan importante como José Luis Guerin o Isaki Lacuesta, entre muchos otros, José Luis Lobato, un cineasta cubano con más de un cuarto de siglo de experiencia, también en la producción de la isla, Luís Camilo Widmaier en la cinematografía, que fue cámara de Balseros, el estupendo documental de Carles Bosch, y Pere Marco, director de Goodbye Ringo, en labores de edición.

La directora jienense-sevillana debuta con una película que tiene una duración de apenas una hora, pero muy bien aprovechada, porque retrata con acierto y alegría todo ese universo cultural, a través de la música, la religión y el deporte,   para construir una película que siempre va más allá, que hace suya la complejidad de la cubanidad, y muestra la tremenda ebullición de unas gentes que tienen en Cuba su mejor legado, que recuerdan a sus ancestros con amor, pasión y respeto, y de toda esa mezcla fusionada, nacen verdaderas manifestaciones culturales que resultan atrayentes, apasionadas y libres, porque el estado ayuda a toda esa riqueza cultural, histórica y de carácter, en la que todo se recuerda, esa magnífica fusión afrocubana con detalles españoles, todo reunido, todo reivindicado, todo amado, todo legado, para generar esa combustión cultural infinita que los cubanos abrazan y se sirven de ella, para reivindicar su herencia, su identidad y su amor por su cultura. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

El canto de la selva, de Joâo Salaviza y Renée Nader Messora

LOS MUERTOS Y LOS OTROS.

La película se abre en mitad de la selva, entre el espesor vemos el rostro de un joven indígena de la comunidad Krahô, que se acerca a una cascada. Entra en el agua como inducido por algo que lo llama, es la voz del padre muerto que le explica que el luto ha tocado a su fin y tiene que empezar el proceso del funeral para convertirse en chamán. Todo se desarrolla bajo un manto de sepulcral silencio, como si el tiempo se hubiera detenido, como si todo el mundo terral entrase en otro espacio, en un universo invisible donde habitan almas y espíritus que conviven con nosotros. La cineasta brasileña Renée Nader Messora conoció a la comunidad Krahô en 2009. Desde entonces trabaja con otros cineastas indígenas para reivindicar y conocer la cultura y tradición de esta comunidad del noroeste del estado de Tolcatins en Brasil, una tierra indígena que se extiende a lo largo de 3200 kilómetros cuadrados. Con la codirección del director portugués Joâo Salaviza, que ya había dirigido el largometraje Montaña (2015) sobre el proceso de pérdida de un familiar de un adolescente.

La primera película para Renée Messora, y la segunda para Salaviza, entre el documento y la ficción sobre otro proceso, el que transita Ihjâc, un joven de luto que se niega a aceptar su destino y combate contra él, que no es otro que convertirse en chamán como  lo fueron sus antepasados, en que el libro de la  antropóloga  portuguesa  Manuela Carneiro  da  Cunha  Los muertos  y los  otros, un  análisis del  sistema  funerario  y de  la noción de persona Krahô, se convirtió en fuente para la construcción de la película. Un relato con reminiscencias al Tabú, de Murnau, en su exquisita forma en la que abundan los encuadres ceremoniosos y antropológicos, donde vida y cine se funden creando un espacio en ocasiones, inmaterial y poético, donde todo se mezcla y se erige hacia una forma sincera y honesta de contar una fábula de iniciación donde alguien se muestra resistente intentando evitar su destino familiar y tradicional.

También encontramos el aroma indiscutible del cine de Apichatpong Weerasethakul en su mirada hacia lo divino, a aquello invisible a nuestros ojos, a todos los ausentes que nos habitan y que nos negamos a ver, a esa forma limpia y natural de filmar la selva, capturando todo aquello físico y material que se mueve frente a nosotros en contraposición a todo ese universo oculto e interior que define quiénes somos y hacia dónde nos dirigimos. Messora y Salaviza nos sumergen en un mundo alejado de todo, donde el tiempo se ha detenido, donde las tradiciones y culturas dirigen la vida de esta comunidad indígena, en que todos sus componentes viven en consonancia con la naturaleza, con sus quehaceres diarios y sus difuntos, siguiendo caminando por unas formas de vida que se remontan a sus ancestros. La película convive con muchas formas desde lo antropológico, donde somos testigos de los ritos y fiestas que van celebrando, sus casas y sus conversaciones, desde lo colectivo a lo más íntimo, desde la vida de la comunidad al conflicto que padece Ihjàc, que junto a su mujer e hijo, se enfrentan a aquello que los convierte en guía espiritual de la comunidad, a ser quién no quiere ser, a no aceptar un destino escrito mucho antes de que el naciese.

Encontramos ciertos elementos formales y narrativos en la película el abrazo de la serpiente, de Ciro Guerra, donde un indígena, último en su especie, se adentraba con un viajero blanco en la búsqueda de una planta milagrosa. La estructura de esta fábula iniciática, profunda y bella, se divide en tres tiempos, el primer tramo, observamos al joven Ihjàc en sus (des) encuentros con su padre ausente y su preparación para convertirse en chamán, y todas las dudas que le asaltan y la necesidad de huir, procedimiento que hará en el segundo tiempo del relato, cuando huye a la ciudad, donde se encuentra con otra forma de vida, alineada y dirigida a producir dinero, tan diferente a su existencia en su comunidad. Allí, Ihjàc se negara a aquello evidente y a no encontrar las herramientas para conseguir esa calma que tanto ansía, como si los espíritus de la selva fuesen tras él, y el tramo final, donde el joven Ihjàc tendrá que decidir su destino y afrontar su futuro.

Messora y Salaviza muestran su película sin juzgar a sus personajes, desde la mirada respetuosa de algo que atrae y produce interés, pero desde una posición observadora, mostrando el relato y los conflictos que se desatan desde el prisma de ver, filmar y sobre todo, dejar ese espacio necesario para que el espectador se envuelva en la belleza del lugar, se contagie de las costumbres y tradiciones de la comunidad Krahô y también, descubra una forma de entender y moverse por la vida muy alejada a la de nosotros, donde vivos y muertos comparten la existencia desde una forma muy diferente donde el peligro constante de la otra vida es real y existe, donde los integrantes de la comunidad los temen y los respetan en el sentido que sus vidas corren peligro. Una película que nos abre nuestros sentidos, donde los personajes, muy arraigados en lo real, son los propios integrantes de la comunidad, hablando su propio idioma indígena, con múltiples variaciones narrativas, donde lo real y lo ficticio se funden para mostrar un relato iniciático de una exquisita belleza formal y natural, donde la selva y todos los espíritus que anidan en ella se convierten en parte fundamental de la película, y sobre todo, como estas almas ausentes provocan y alinean la vida de los otros, los vivos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Catalina Mesa

Entrevista a Catalina Mesa, directora de “Jericó, el infinito vuelo de los días”, en el marco del Festival DocsBarcelona.  El encuentro tuvo lugar el viernes 26 de mayo de 2017 en el hall del Teatre CCCB en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Catalina Mesa,  por su amistad, tiempo, generosidad y cariño, a Nathalie Pampin, colaboradora de la directora, por su tiempo, generosidad y amabilidad,  y a Ana Sánchez de Comedianet, por su amabilidad, paciencia, atención, generosidad y cariño.

Presentación Zumzeig Cine Cooperativa

Presentación del Zumzeig Cine Cooperativa y su nuevo equipo formado por Yonay Boix, Anna Brufau, Miuqel Martí Freixas, Ariadna R. Álamo, Javier Rueda y Albert Triviño. El evento tuvo lugar el lunes 26 de septiembre 2016, en el Cine Zumzeig de Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible esta presentación: al equipo del Zumzeig Cine Cooperativa, por su tiempo, conocimiento, activismo cultural, valentía, generosidad y cariño.

Joana Biarnés, una entre tots, de Òscar Moreno y Jordi Rovira

image002LA FOTÓGRAFA QUE DISPARA CON EL CORAZÓN.

Joana Biarnés (1935, Terrassa) nunca tuvo vocación de fotógrafa. Siendo niña ayudó a su padre en el laboratorio familiar. De hecho, quería ser telefonista, pero después de probar, y escuchar los sabios consejos de su padre, desistió, y probó en la pintura. Su primer dibujo fue un desastre, y el maestro convenció a su progenitor que su hija buscase otro oficio. Mientras ayudaba a su padre, descubrió la fotografía artística junto a otros colegas, que compaginaba registrando los eventos deportivos de su ciudad a los que su padre no podía acudir. Fue en ese instante, cuando Joana comenzó a apreciar el arte fotográfico y decidió ser periodista, se licenció y empezó a hacerse un espacio en su profesión.

El trabajo de Òscar Moreno (que viene del medio televisivo en el que ha trabajado haciendo reportajes) y Jordi Rovira (periodista de carácter social con reportajes sobre países en guerra y hambrunas) realiza un retrato intimo y cercano de la figura de Joan Biarnés, la primera fotoperiodista que hubo en este país. Con la ayuda de sus innumerables fotografías, archivo de prensa, alguna imagen audiovisual rescatada, y los diversos testimonios, entre los que se incluyen los de ella, y su marido y algunos amigos íntimos de su vida, los directores nos convocan a un recorrido personal y profesional por la mirada de esta mujer avanzada a su tiempo. La película arranca en 1935 con su nacimiento, y los años de hambre y antesala de guerra civil, recorre sus primeros años, el descubrimiento de la fotografía, el paso por la universidad y su reportaje del matadero, y luego su gran reportaje de calado emocional que fue el de las riadas de su ciudad Terrassa en 1962. Su traslado a Madrid para trabajar en el diario Pueblo, el cambio que supuso conocer al hombre de su vida, el reportaje a The Beatles, metiéndose en el lavabo del avión para sacarles fotos, y luego colarse en la suite del hotel de Barcelona para conseguir “La foto”, porque, según dice Joana, siempre puedes tirar muchas fotos, pero necesitas “La foto”, esa imagen que sabe captar ese momento fugaz e inolvidable que se instalará en la memoria.

Joana1-1

Su paso por el cine como foto fija, la cantidad de amigos, artistas y todo tipo de figuras relevantes del toreo, la artistocracia… de los entretenidos años 60, y su amistad con Raphael, al que siguió por todo el mundo. Los baños nudistas de los hippies en los 70, montó con unos colegas su propia agencia, artistas de Hollywood que nos visitaban, todos aquellos que pasaban por el ojo de Joana quedaban seducidos por esta mujer fascinante, moderna e independiente, de espíritu libre y combativo, que supo nadar a contracorriente en un mundo dominado por hombres y prejuicios, siempre con la memoria de su padre por delante, con una gran capacidad emocional y valentía que le permitieron derribar muros y fronteras que existían en su época. A principios de los 80, cuando el mundo del fotoperiodismo se había instalado en la mediocridad y la superficialidad extrema, Joana decidió dejarlo, no iba a convertirse en una paparazzi, y abrió una nueva etapa en su vida, dedicándose a la restauración abriendo un local en Ibiza junto a su marido. Un cuarto de siglo después, unos seguidores de su arte la han devuelto al ruedo y Joana ha vuelto a coger la cámara para hacer lo mejor sabe hacer. Moreno y Rovira han hecho una película de justicia, didáctica, valiente y honesta. Un documento que rescata del olvido una figura esencial, injustamente olvidada, una mujer y su trabajo que nos sirven para entender cómo funcionaba el periodismo de aquellos años. Una película que registra un tiempo perdido, mágico, romántico, de juventud, de libertad interior, de ser uno mismo, y sobre todo, de sentir que el mundo era un lugar al que podía mirarse de frente, con orgullo, sin miedo a nada ni nadie.