Entrevista a Laurent Micheli y Mya Bollaers

Entrevista a Laurent Micheli y Mya Bollaers, director y actriz de la película “Lola”, en el marco del Fire!! Mostra Internacional de Cinema Gai i Lesbià de Barcelona, en el Instituto Francés, el jueves 10 de junio de 2021.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Laurent Micheli y Mya Bollaers, por su tiempo, generosidad y cariño, y a Sonia Uría y Julio Vallejo de Suria Comunicación, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad.

Lola, de Laurent Micheli

COMPRENDER LA DIFERENCIA.

“La identidad de una persona no es el nombre que tiene, el lugar donde nació, ni la fecha en que vino al mundo. La identidad de una persona consiste, simplemente, en ser, y el ser no puede ser negado”.

José Saramago

Desde que el ser humano habita este planeta, aceptarse a uno mismo siempre ha resultado una tarea ardua y complicado. Cuando este trabajo se consigue, o al menos, se acepta, luego viene otro, el que la sociedad le acepta a uno, cosa que en muchas ocasiones no resulta una tarea ya difícil, sino imposible, y más, cuando se trata de los tuyos. Laurent Micheli (Bruselas, Bélgica, 1982), ha sido actor, luego, director, siempre interesado en cuestiones de identidad y género, como demostró en su opera prima Even Lovers Get The Blues (2017). En Lola, su segundo trabajo tras las cámaras, plantea una película de aquí y ahora, posando su mirada en la vida de Lola, una chica transexual que, tras su confirmación de que ya puede someterse a la operación de  reasignación de género, su madre, principal apoyo emocional y financiero, fallece. Esto provocará que tanto Lola, como su padre, Philippe, que no acepta a su hija, deben emprender un viaje como última voluntad de la madre. Dos personas que no se tratan, muy distanciadas, con un pasado turbio en común, y antagónicas en sus formas de sentir y hablar, deben compartir unos cuántos días y mirarse, y sobre todo, entenderse.

Micheli plantea una película sencilla y directa, dos personajes y una carretera con un destino final que no solo los llevará a un lugar común sino a un pasado común, un pasado que emergerá y pondrá las cosas esenciales de la vida sobre la mesa. El director belga habla de la transexualidad de forma natural y transparente, no haciendo una apología ni nada por el estilo, sino tratando los temas que surgen en el seno de muchas familias cuando existe este conflicto entre padres e hijos, en este caso, padre e hija, sin posicionarse por ninguno de los dos personajes, en absoluto, sino reflexionando y sobre todo, encontrando todo aquello que los separa y los une, todo esa vida, todas aquellas cosas de las que no hablaron, todo lo que tenían en común con su madre y esposa, y toda aquella verdad que ha estado tanto tiempo oculta, esperando que fuera desvelada en algún momento. Lola (que tiene el título original bellísimo “Lola vers la mer”), ese mar como espacio de libertad, de sinceridad y de ser, de ser uno mismo, siendo aceptado por el padre, o al menos, que lo mire con ojos de verdad, de comprensión, no de rencor y tristeza.

Lola nos recuerda a Elvira, la transexual que protagonizaba Un año con trece lunas, (1978), de Fassbinder, en el que la película le realiza un sincero homenaje con ese instante en la casa de putas. Una mujer que solo buscaba un poco de cariño y aceptación para que su soledad no fuera tan agobiante y culpable. Un personaje muy al estilo de los del genial cineasta alemán, seres que, como Lola, solo buscan ser aceptados y un poco de cariño, emociones que resultan tan imposibles en una sociedad demasiado obcecada en sus prejuicios y convenciones. La luz cálida y libre obra del cinematógrafo Olivier Boonjing, que ya estuvo en la primera película de Micheli, consigue darle ese tono tan agridulce que tanto necesita la historia, un relato de vaivenes emocionales, así como el excelente trabajo de montaje que firma Julie Nass (que ha trabajado mucho en el documental, o en la reciente Adam, de Maryam Touzani), dándole ese ritmo y agilidad que en muchos momentos juega con esa forma más próxima al documento, muy bien envuelto en la ficción.

Un gran reparto bien conformado por Benoît Magimel (que hemos visto en excelentes películas de grandes nombres como los de Techiné, Haneke, Chabrol, entre otros), hace de Philippe, ese padre de antes, que debe entender a su hija, sus problemas y su vida, que no le resultará fácil, por mucho que en ocasiones se empeñe en ello, y en otras, vaya en otra dirección. Y Mya Mollaers que debuta en el cine con el personaje de Lola, dando un recital de frescura, sinceridad y humanidad, con ese momentazo en el coche sacando la cabeza por fuera y cantando a pleno pulmón “What’s Up”, de los 4 Non Blondes, una canción popera de principios de los noventa que también reivindicaba una forma de ser y de amar. Lola  no solo es una excelente y profunda mirada hacia la transexualidad, sino que es un magnífico ejercicio de quiénes somos, cómo nos relacionamos, y sobre todo, como nos miran los demás, y aceptan nuestra identidad y lo que hacemos, y la grandiosidad de la película es que lo hace desde el humanismo, a través de una ejemplar tono transparente y sencillo que nos llega de frente, sin cortapisas ni estridencias de ningún tipo, solo filmando dos personas en lados opuestos que deben mirarse, hablar y comprenderse aunque sean muy diferentes en forma y pensamiento. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Una niña, de Sébastien Lifshitz

YO SOY UNA NIÑA.

“Cuando crezca, seré una niña”.

Sasha es una niña de 7 años atrapada en el cuerpo de un niño. Sasha padece lo que en medicina se denomina disforia de género. La Dra.  Anne  Bargiacchi  (Psiquiatra infantil  y  especialista  en  disforia  de  género), define la disforia de género de la siguiente manera:  “El  sufrimiento  generado  por  la  discrepancia entre  el  género  asignado  al  nacer  (masculino)  y  el  género  con  que  se  identifica  Sasha (femenino)”.  Desde que debutase en el largometraje con Primer verano (2000), el cine de Sébastien Lifshitz (París, Francia, 1968), ha investigado las cuestiones de identidad y género en su amplio ámbito de personajes, como en su anterior película Adolescentes (2019), donde seguía durante cinco años a dos niñas en su proceso de adultez. Tampoco es la primera vez que profundiza en el universo “trans”, ya que hizo la película Wild Side (2009), en la que a través de la ficción seguía los pasos de Sylvie, una trans prostituta y sus amores. En Les invisibles (2012), daba voz a hombres y mujeres homosexuales maduros, película en la que conoció a una de las primeras trans de Francia, a la que dedicó su siguiente trabajo Bambie (2013). Con Una niña (Petite Fille, en el original), se instala en la familia de Sasha, y a través de la lucha y la resistencia de su madre, Karine, una mujer que luchará incansablemente para que su hija sea reconocida como niña en el colegio, las actividades extraescolares y con sus amigos.

Lifshitz plantea una película ligera y muy transparente en su forma, y compleja en su contenido, filmando la intimidad del hogar de la familia de Sasha, donde allí la niña disfruta de su paraíso particular donde todos sus hermanos y padres la reconocen como niña que se siente, los problemas empiezan en el exterior, donde la siguen tratando como un niño, como demuestra el precioso arranque de la película, en la que Sasha, en la intimidad e su habitación, si puede ser quién siente que es, vistiéndose como una niña, probándose tocados para el cabello y mirándose en el espejo. El director francés explica con una intimidad asombrosa y sobrecogedora, las tremendas dificultades cotidianas, tanto físicas como emocionales, a las que se enfrenta Sasha y su familia, capturando de manera sencilla y humana, toda la complejidad social a la que se enfrentan en su vida, en un mundo todavía con demasiados prejuicios y convenciones sociales que rechazan todo aquello que sea diferente, que rompa con lo establecido, y sobre todo, que plantee una forma de ver las cosas desde puntos de vista no habituales, en los que hay que crear nuevas herramientas para lidiar con problemas de otro cariz humano.

La película es honesta, didáctica y magnífica, y se erige como una hermosísima invitación a entrar en las vidas de Sasha y su familia a través de  una intimidad extraordinaria y devastadora en su contenido, con momentos cotidianos de familiaridad e instantes horribles, cuando Sasha la visten como un niño en sus clases de ballet, o esos emocionantes momentos frente a la psiquiatra donde la niña rompe a llorar incapaz de explicar sus sentimientos enfrentados, cuando es aceptada en su familia y rechaza en el exterior. La capacidad y la inteligencia que desprende la mirada concienciadora y crítica de Lifshitz, en la que en ningún momento se decanta por el panfleto ni nada que se le parezca, sino todo lo contrario, mantiene una actitud humanista y sabe manejar un conflicto complejo que necesita tiempo y comprensión para construirlo. Una de sus muchas virtudes es el posicionamiento  de la cámara a la altura de los ojos de Sasha, para que veamos como la niña, y seamos ella, capturando toda el conflicto interior de alguien que se acepta como es y debe lidiar con una institución como el colegio que se niega a verla como es.

Una niña nos ofrece la grandísima oportunidad, como solo el cine documental es capaz de hacer y construir, de viajar con Sasha y su familia durante el tiempo que dura este arduo proceso de aceptación de la sociedad, con sus idas y venidas, sus diferentes estaciones, sus luchas, su resistencia, como esa madre Karina, una mujer valiente, fuerte y capaz, que hará lo imposible para que la diferencia de su hija sea aceptaba. Hay un instante de esta maravillosa y conmovedora película en que Karina habla de Sasha como su misión en la vida que es la de concienciar a la gente para que sean más empáticos, y sobre todo, habrán sus mentes para los nuevos retos y formas de mirar, entender y sentir la vida a la que deben enfrentarse, y que lo hagan con amor y sin prejuicios. Una niña también nos habla de educación, de respeto, de amor a los otros, de aprender a aceptarse y que los demás nos acepten como seamos y sintamos, sin ningún daño para nuestra persona, quizás la sociedad ha evolucionado muchísimo en otros ámbitos como la ciencia y el pensamiento racional, pero todavía nos queda evolucionar en lo más importante, en el pensamiento emocional, en interpretar como sentimos y cómo sienten los demás, para no herir al resto y sobre todo, seguir avanzando para construir todos juntos una sociedad más justa, más solidaria, más empática, en definitiva, más humana. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA