Plan de salida, de Jonas Alexander Arnby

SER O NO SER.

“Me llamo Max Isaksen. Hoy es diez de enero de 2019. Cuando veas esto, ya estaré muerto”.

Debido principalmente al éxito editorial, muchas de las películas que nos vienen de los países nórdicos llegan con la etiqueta de “thriller nórdico”. Plan de salida (el título original Suicide Tourist, alude a ese tipo de turistas, muchos enfermos terminales, que han viajado a países donde el suicidio asistido es legal para terminar con sus vidas), se aleja de la etiqueta conduciendo la película a otros lares, aquí no hay un asesino que descubrir, sino otros menesteres. Desde su agobiante atmósfera, compuesta por esa luz tenue y velada,  un tempo pausado, sin sobresaltos ni aspavientos, unos personajes callados, de pocas palabras, ausentes, y un conflicto interior duro y rasgado, que no provoca la empatía del espectador, ni tampoco la busca, sino que busca otros caminos, el de la pausa y la reflexión sobre el tema del suicido, quizás el tema tabú por excelencia del mundo occidental.

El director Jonas Alexander Arnby (Copenhague, Dinamarca, 1974), ya había despertado el interés con Cuando despierta la bestia  (2014), su opera prima, un desgarrador y terrorífico cuento sobre la transformación de una chica en mujer lobo. Una cinta donde ya había ese ambiente aislado, de comunidad pequeña, pocos personajes, y donde trabajaba mucho la tensión psicológica de los personajes, con un guión de Rasmus Birch, la rasgada música de Mikkel Hess y la inquietante y oscura cinematografía de Niels Thastum, una terna que vuelve a ponerse a las órdenes del director danés, a los que se añade el armonioso y ejemplar trabajo del montaje de Yorgos Mavropsaridis (el estrecho editor de Yorgos Lanthimos), para contarnos la vida de Max, un agente de seguros al que le diagnostican un tumor cerebral que no tiene cura. Temeroso y perdido, Max oculta a Laerke, su mujer, la terrible noticia, y después, intenta quitarse la vida sin demasiado éxito, instantes de pura comedia negra, que recuerdan a Contraté a un asesino a sueldo, de Kaurismäki, con un Jean-Pierre Léaud, que trata de suicidarse con un asesino profesional porque él es incapaz.

Max, por medio de un caso profesional, conoce a Aurora, una empresa que se dedica a ayudar a aquellos suicidas a llevar a cabo su propósito, para ello los trasladan a un hotel aislado, entre montañas rocosas y nevadas. Arnby enmarca su obra en esos días previos al suicidio asistido de Max, aunque los días allí, en ese lugar inhóspito, donde se encuentra a otros como él, que están esperando para quitarse la vida, y los empleados de la empresa, que ayudan a crear esas fantasías de los clientes, se va dando cuenta que sus problemas existenciales van en aumento y comienza a cuestionarse su propia realidad y sobre todo, la decisión que ha tomado. Quizás la solitud del protagonista, un excelente Nikolaj Coster-Waldau, creando todos la sutileza y matices de un personaje silencioso y poco expresivo, y la falta de giros argumentales que cambien radicalmente la propuesta de la película, puedan asustar a algunos espectadores, pero más lejos de la realidad, la película es un interesantísimo ejercicio de thriller existencialista, donde se habla de forma profunda y brillante sobre la vida, la muerte y todo aquello que vemos y sentimos, todo aquello que nos rodea y forma parte de lo que llamamos nuestra realidad, esa realidad en la que algunas veces nos sentimos alejada de ella, y en otras ocasiones, sentimos que formamos parte de ella, pero de una manera compleja y extraña.

Max conocerá el backstage de Aurora, de sus entrañas, de la verdad que hay detrás de una empresa que aparentemente propone facilidades y generosidad, pero detrás de la cortina oculta algo siniestro, y muy terrorífico. El cineasta nórdico huye de los golpes de efecto y sentimentalismos, todo lo cuece a fuego lento, a través de ideas y huellas que va dejando por el camino, invocando a un espectador atento y que vea más allá de las imágenes, que bucee en su inconsciente y se replanteé cosas parecidas a las del protagonista, porque estamos a un personaje Max, que parece estar sumido en un caos mental muy parecido al que sufría Jack Torrance en la inolvidable El Resplandor, donde nada era como parecía y estos hombres están sometidos a las hipérboles de su mente, y de todo aquello que creen ver, experimentar o sentir. Otra de las claves de la cinta es la brutal y excelente interpretación de Nikolaj Coster-Waldau, convirtiéndose en el vehículo esencial de la película, seguramente sin la capacidad de un actor de su calado, el relato adolecería de una parte fundamental, bien acompañado por Tuva Novotny como Laerke, Robert Aramayo como Ari, un joven desquiciado que, al igual que Max, espera su turno, y finalmente, Jan Bijvoet (que ya conocimos como el siniestro intruso de Borgman), como jefe de operaciones en Aurora, esa compañía que facilita el suicido, pero quizás se cobra un precio demasiado alto, porque como suele ocurrir detrás de esa imagen pulcra, agradable y generosa, en ocasiones, existen otras cosas demasiado horribles como para soportarlas. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Zabou Breitman

Entrevista a Zabou Breitman, codirectora de la película “Las golondrinas de Kabul”, en el Instituto Francés en Barcelona, el miércoles 19 de febrero de 2020.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Zabou Breitman, por su tiempo, amistad, generosidad y cariño, a Mariam Chaïb Babou, por su fantástica labor como intérprete, y a Eva Herrero de Madavenue, por su tiempo, amabilidad, generosidad y cariño.

Bliss, de Joe Begos

LA CEREMONIA DEL CUADRO.

“En torno a ellos, la bestialidad de la noche alza el vuelo con sus alas tenebrosas. Ha llegado la hora del vampiro”

Stephen King en El misterio de Salem’s Lot

Dora Madison es una joven pintora que atraviesa una profunda crisis creativa que le impide terminar su último lienzo que considera será su gran obra. Mientras, acechada por la angustia y la desesperación, y acuciada por su marchante y las deudas, encuentra su tabla de salvación en la noche, a la que se lanza a un abismo frenético en la periferia de Los Ángeles, consumiendo drogas, en especial “Bliss”, una potentísima mezcla de cocaína y DMT, tomando alcohol frenéticamente, y dejándose llevar por su íntima amiga Courtney, y el esposo de ésta, el enigmático Ronnie, en una lujuria desenfrenada de juegos sexuales. La existencia de Dora pronto empezará a notar, no solo los gravísimos efectos de alucinaciones y distorsiones de la realidad, sino que tanto mental como físicamente, sentirá una avidez descontrolada por alimentarse de sangre fresca.

La tercera película de Joe Begos (Rhode Island, EE.UU., 1987) es un salto cualitativo en su corta pero intensa filmografía, dejando atrás las historias impactantes y sorpresivas como Almost Human (2013) y la interesante propuesta sobre poderes mentales que fue The Mind’s Eye (2015). Ahora Begos, con su inseparable Josh Ethier, productor y montador, vuelve a centrarse en el terror, su género de referencia, pero lo hace desde una perspectiva muy diferente, centrándose en una artista obsesionada con una pintura que no solo explora sus miedos físicos y mentales, sino que su materialización la llevará a sumergirse en un viaje lisérgico lleno de endiablados laberintos que le harán replantearse toda su existencia, encontrando en su camino lo más oscuro y profundo de su alma. Un recorrido parecido al que vivía el protagonista de El retrato de Dorian Grey, de Oscar Wilde, alguien que pactó permanecer joven a cambio que en el cuadro se reflejase su verdadero aspecto. Una situación similar es la que vive Dora Madison, mientras ella va experimentando sus viajes a lo desconocido mediante drogas, alcohol, sexo y sangre, va observando como la pintura va cambiando su significado y convirtiéndose en aquello que su crisis creativa le impedía pintar.

Begos nos lleva de la mano por la existencia caótica y desordenada de Dora, contándonos todos sus instintos vitales de forma íntima, personal y profunda, su relación liberal y extraña con su chico Clive, y las relaciones oscuras con su amiga Courtney, enmarcándonos en esos barrios periféricos de la ciudad de Los Ángeles, donde podemos oler la suciedad y la hípervelocidad con la que se vive y suceden las cosas, en que la cámara del cinematógrafo Mike Testin, con ese grosor y abrupto del 16mm, reafirma esa tensión psicológica que vive el personaje de Dora, que es seguida sin descanso, en que la película actúa en forma de diario describiendo todos sus actos y las consecuencias de ellos, sometiéndola a un descenso a los infiernos sin tregua en que la joven sentirá y experimentará como nunca lo había hecho. El cineasta estadounidense impone un fuerte ritmo a través de esas cuantas noches que parecen no tener fin, bien acompañadas por esa cámara que escruta y traspasa a sus personajes, con esa música rockera de grupos estadounidenses de la escena independiente, que ayudan a profundizar en el embate psicológico a la que es sometida Dora.

Una película como esta necesitaba a una actriz capaz de llevar el peso del relato y sobre todo, hacer creíble un personaje que se lanza al abismo sin dudas y a saco, y la encuentra en la enigmática, fascinante y provocativa interpretación de la magnífica Dezzy Donahue metiéndose en la piel de Dora Madison, esa artista perdida, vacía y cansada, incapaz de mirar y crear un cuadro que se adapte a sus emociones, viéndose bocada a un infierno oscuro, penetrante y adictivo, que derrocha oscuridad, terror y sensualidad, con la compañía de sus colegas de viaje alucinante, vampírico y sangriento, con la compañía de sus efectivos y creíbles intérpretes como Tru Collins como la diabólica Courtney, Rhys Wakefield como Ronnie (que recuerda al aspecto que se gastaba Tom Hiddleston en Sólo los amantes sobreviven, de Jarmusch), Jermey Gardner como Clive, ese novio que se muestra escéptico a todo lo que va ocurriendo, y no es para menos.

Un buen cuento de terror de vampiros, con sus dosis de gore, con ese aroma que tenían otros títulos del género como Las vampiras, de Jess Franco, El ansia, de Tony Scott, Los viajeros de la noche, de Bigelow, The Addiction, de Ferrara, Trouble Every Dayk, de Denis o la citada de Jarmusch, títulos del cine de vampiros diferentes, extraños y fascinantes, que transgredieron las leyes del género con el fin de abrir nuevas vías a una forma de ver y sentir el vampirismo, adaptándolo a los nuevos tiempos, alejándose de los cuentos medievales góticos, y contextualizándolos a los tiempos de ahora, mezclándolos con la actualidad más ferviente, donde hay espacio para que se conviertan en otro tipo de gentes y acciones, como ser artistas en crisis, profundizando en la adicción de las drogas, y sobre todo, explicando con detalle el vacío moderno que tanto acecha a las personas de ahora, ese vacío que nos convierte en víctimas condenadas a vagar sin sentido por una sociedad demasiado hipérbole, competitiva e individualista que, encuentra en las pastillas y los diferentes alucinógenos las nuevas formas de resistencia a tantos males emocionales. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Iván Massagué

Entrevista a Iván Messagué, actor de la película “El Hoyo”, de Galder Gaztelu-Urrutia. El encuentro tuvo lugar el martes 5 de noviembre de 2019 en el Soho House en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Iván Messagué, por su tiempo, amistad, generosidad y cariño, y a Sonia Uría de Suria Comunicación, por su tiempo, amabilidad, generosidad y cariño.

Entrevista a David Desola

Entrevista a David Desola, coguionista de la película “El Hoyo”, de Galder Gaztelu-Urrutia. El encuentro tuvo lugar el martes 5 de noviembre de 2019 en el Soho House en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a David Desola, por su tiempo, amistad, generosidad y cariño, y a Sonia Uría de Suria Comunicación, por su tiempo, amabilidad, generosidad y cariño.

Burning, de Lee Chang-Dong

¿PUEDES VER LAS MANDARINAS?.

“Todos los animales y objetos en este universo son el HAMBRE GRANDE. Las estrellas en el cielo nocturno tiemblan porque están haciendo la Danza del HAMBRE GRANDE, conscientes de que se desvanecerán y su luz morirá. El rocío de la mañana es la lágrima derramada por las estrellas”.

(Cita de un Bosquimano del desierto de Kalahari)

El cine de LeeChang-Dong (Daegu, Corea del Sur, 1954) se centra en pocos personajes, sus historias suelen estar protagonizados por hombres o mujeres que se relacionan con alguna persona que otra, y en ambientes cotidianos y reducidos. Un cine basado en la psicología de sus personajes, sus miedos, inseguridades y demás aspectos humanos, a los que el cineasta surcoreano despeja de cualquier sentimentalismo, para someterlos en relatos donde alguna herida que otra los sacude emocionalmente, y los lleva a enfrentarse a su entorno, tanto emocional como físico, y sobre todo, a ellos mismos. Cuentos contemporáneos sobre la realidad política, social y cultural de Corea del Sur, protagonizados por personajes que, en muchos casos sobreviven instalados en una realidad anodina, vacía y sin futuro, una realidad que Cang-Dong describe con mimo, con reposo y haciendo gala de un uso extraordinario del tempo cinematográfico, donde convierte aquello cotidiano en un verdadero enigma para el espectador, en el que a través de una precisión absoluta de la forma, envuelve a los espectadores en aventuras urbanos o rurales donde los sentimientos dirigen las emociones oscuras y maltrechas de sus protagonistas.

En su quinto largometraje, basado en un cuento de 20 páginas de Haruki Murakami titulado Quemando graneros, que en la película se ha traducido con el nombre de quemando invernaderos (que adopta el título de una novela corta de Faulkner) con reminiscencias argumentales en la película. Chang-Dong convierte el exiguo relato de Murakami (un maestro en construir misterios a partir de pocos elementos anclados en la cotidianidad más absoluta) en una película  de 148 minutos, en la que nos sumerge pausadamente, sin prisas ni aspavientos misteriosos ni sentimentales, en un relato fuertemente psicológico protagonizado por Jongsu, un joven repartidos a tiempo parcial que, un día como otro cualquiera, se reencuentra con una antigua vecina de su misma edad llamada Haemi. Los dos empiezan a verse y se acuestan. Un día, Heami que tiene que viajar a África a conocer las tradiciones ancestrales de los bosquimanos, le pide a Jongsu que cuide de su gata “Caldera”. Mientras la joven está ausente, Jongsu acude a su piso y le deja comida al felino que nunca veremos, aunque si tendremos rastros de su existencia o no. Cuando vuelve Haemi, viene acompañada de un chico misterioso que responde al nombre de Ben, un tipo engreído y riquísimo que apenas explica nada de su vida, amén de enseñar su lujoso piso y automóvil. Entre medias, Jongsu ha vuelto a su pueblo, ya que su padre está en la cárcel por un altercado con un funcionario, y tiene que cuidar de un ternero que no consigue vender.

Este vértice singular y poco convencional irán encontrándose y dialogando entre ellos, en que el misterio se irá apoderando de su extraña relación, y sobre todo, del relato que nos cuenta Chang-Dong, y construyéndolo de un modo sencillo y absorbente, casi sin darnos cuenta, apreciándolo suavemente, con momentos magníficos como el par de bailes inolvidables sobre todo el segundo, en el patio de la casa de Jongsu que se marca una Haemi con los pechos al aire al atardecer, imitando la danza africana de “Los grandes hambrientos”. Aunque, esa aparente armonía del trío un día se zanjará de forma brusca y sorprendente cuando Haemi de forma inesperada desparece sin dejar rastro. En ese instante, la película cambia de forma, color y textura, lo que hasta ese momento había sido una reflexión concienzuda sobre los jóvenes surcoreanos y la juventud en general, sobre sus desesperanzas en una sociedad cada vez más individualista y sin futuro, con relaciones esporádicas y líquidas (como mencionaba Bauman), se convierte en una película donde el thriller se apoderará del relato, pero huyendo de los convencionalismos del género, en el que Jongsu empieza una búsqueda incesante de Haemi (que recuerda al aroma de las tramas psicológicas y misteriosas de Antonioni y esos personajes que deambulan y hablan, peor que no sabemos absolutamente nada de sus existencias) la que parece haberse esfumado por completo, en el que comenzará a seguir al enigmático Ben, que cada vez se vuelve más oscuro e impenetrable, si cabe, frecuentando sus amigos y otra novia.

Su vida envuelta en el misterio se irá desvelando a través de la mirada de Jongsu, porque la película juega admirablemente, no solamente con el enigma de la desaparición de Haemi, sino con el propio enigma cinematográfico, mostrándonos aquello que va descubriendo o imaginando Jongsu, en un laberíntico y brutal juego de espejos donde el misterio se adueñará de la trama y comenzará a sacudirnos de forma psicológica, a medida que Jongsu va aclarando el entuerto o no, porque Chang-Dong nos cuenta las pesquisas del joven de forma extraordinaria, con ese ritmo pausado, donde todo lo miramos con Jongsu, aunque dudaremos de sus investigaciones, sus argumentos y sobre todo, su enigma, porque la película no toma posición por nada ni nadie, dejará que nosotros los espectadores tomemos esa posición, imaginándonos que ha sucedido con el destino de Haemi, a través de todo aquello que se nos ha ido desvelando a lo largo de los 148 minutos de metraje.

El cineasta surcoreano consigue con escasos elementos extraídos de la más absoluta cotidianidad, introducirnos en un gran misterio, que nos atrapará inexorablemente, sin dejarnos respiro ni descanso, llevándonos por esas calles al estilo de Vértigo, de Hitchcok, donde Jongsu sigue el automóvil de Ben, o dejándonos caer por el piso ordenado de Haemi, que será todo lo contrario como lo había dejado en su anterior viaje, o encontrándonos con familiares o conocidos de Haemi que nos irán informando o no sobre Haemi y su entorno, tan misterioso como la existencia de Ben, y nos llenarán de dudas a cada paso que vamos dando, a la par que Jongsu, nuestro guía en la película, dándonos pistas fiables o no, como el relato enigmático de Ben cuando explica a Jongsu que su afición es quemar invernaderos, y Jongsu empieza una carrera casi a contrarreloj investigando los invernaderos abandonados de su vecindario.

Chang-Dong añade elementos como la pantomima, la gata, el reloj de pulsera rosa o la caída del pozo, todos misterios o no, presencias y ausencias, que formarán parte de ese imaginario real o no, de la verdad que describe o no la película, a través de cada uno de sus personajes, donde parece que lo importante no es saber si estás viendo o no las mandarinas, lo importante está en si piensas que realmente existen las mandarinas que no estás viendo) que parecen llevarnos a pensar en unas situaciones, pero no de forma clara y concisa, sino de una manera diferente, como si la desaparición de Haemi fuese imaginaria o real, nunca lo sabremos a ciencia cierta, o formase parte de la imaginación de Jongsu, escritor en ciernes, en busca de algo interesante que contar, todos los caminos son válidos o no, o simplemente la película es un retrato sobre las apariencias, las verdades de todo color o forma, y el enigma es simplemente una excusa, una especie de macguffin que nos hace movernos de un lugar a otro, y todo forma parte de nuestra mente, imbuidos en un estado de hipnosis en el que la película y lo que cuenta nos ha llevado sin remedio. Todos las ideas son válidas o no.

 

Climax, de Gaspar Noé

DANZAD, DANZAD, MALDITOS.

“La existencia no es más que una ilusión efímera que todos nos llevamos a la tumba.”

Gaspar Noé

El espectacular y rompedor arranque de la película con los cuerpos de los bailarines danzando al ritmo adrenalínico y frenético de la música, con esa cámara suspendida en el aire que va recogiendo todos sus movimientos a velocidad de crucero, sometiendo a los espectadores en una vorágine brutal y llena de energía que nos deja completamente hipnotizados con su sonio y ritmo. Una apertura de estas características deja muy claras las intenciones de Gaspar Noé (Buenos Aires, Argentina, 1963) de proponer un viaje hipnótico y sensorial a través de la música, en el que tenemos que dejarnos llevar, dejar de lado la racionalidad y que nuestro subconsciente nos guié por ese mundo de sensaciones y de espiritualidad. El cineasta argentino afincado en Francia no hace un cine complaciente y cómodo, sino todo lo contrario, nos sumerge en relatos cotidianos en apariencia, que a medida que avanza el metraje, se irán radicalizándose, en el que sus personajes se sumergirán en un laberinto emocional y complejo donde la violencia más extrema y brutal hará acto de presencia, destapando las partes más oscuras de la condición humana.

Y si esto fuera poco, Noé echa mano de un virtuosismo formal muy radical, marca de su cine, en el que sus planos retratan de forma cruda y realista todo aquello que ocurre, con encuadres imposibles y extremos, en el que capta todos los puntos de vista de los personajes, y sobre todo, sus estados de ánimos, como si la cámara fuese el alma del personaje, moviéndose y captando todo aquello que desprende su interior, siguiendo con crudeza y suciedad todas las acciones violentas y durísimas que viven sus criaturas. En Climax empieza con ese prólogo donde los bailarines hablan a la cámara en una especie de casting sobre sus ilusiones y miedos, para luego pasar al brutal baile de apertura de la película y a la fiesta que vendrá a continuación, donde veremos a los bailarines bailando sin descanso al ritmo de la música en directo, que no dejará de sonar en todo el metraje, también, iremos conociendo las relaciones personales entre ellos, con ese vocabulario de la calle, donde hablan de sexo, alcohol y drogas, entre otras cosas sobre pasarlo bien y disfrutar de la vida.

Estamos a mediados de los 90, la música electrónica y dance francesa es la más rompedora del planeta, con grupos como Daft punk a la cabeza, en un recóndito lugar alejado de todos y todo, en una historia real como nos anuncian en los títulos del inicio de la película, en los que hay alguna que otra broma y nos dan paso al ambiente festivo y alegre que recorre una parte de la película. Noé ha reclutado a un buen puñado de bailares profesionales, encajando su película en un solo espacio, con el epicentro de la sala de baile, en el que podríamos reconocer el Cielo o el Paraíso, donde la danza transporta a todos los jóvenes a sus lugares y estados favoritos, llenos de luz y paz, después pasaríamos a los pasillos y otros espacios, con sus habitaciones, donde entraríamos en una especie de purgatorio, en el que cada uno de los personajes penetra en sus lugares ocultos y personales, donde estallan las diferentes tensiones y conflictos, y por último, nuevamente la sala de baile, ahora convertida en el Infierno, donde todo ha cambiado, en el que cada uno de ellos ya no es el mismo, está poseído por algo, en una especie de trance demoniaco en el que la construcción del inicio ha dejado paso a la destrucción de uno mismo y los de sus alrededor, en un estado zombie de almas desterradas, perdidas y llevadas por el delirio más infernal.

Noé parte su película en muchísimos trozos, aunque podríamos diferenciar un par, en el primero, todo es fiesta, alegría y baile, y en el segundo, después que se dan cuenta que la sangría estaba dopado con un potente LSD, donde cada uno de los personajes se mueve de un lugar a otro de forma anormal, como poseídas por algo, donde sus actos ya no obedecen a la consciencia, sino a otros espíritus, en el que los actos sinsentido y violentos se irán sumando, sin descanso, donde la cámara de Noé, testigo de toda esta locura y paranoia, representará todo estos actos y escenarios de manera inquieta y terrorífica, colocando el punto de vista al revés, y a ras del suelo, en el que nos iremos tropezando con jóvenes arrastrándose por el piso, manteniendo sexo, gritando, rasgándose el cuerpo y la ropa y moviéndose con extrema dificultad, en un estado de trance psicotrópico, donde todo está abierto en canal a lo más oscuro y brutal, en una bacanal de sexo, violencia y horror absolutos, donde la fiesta se convierte en pesadilla, y donde cada uno de los jóvenes se trasnforma en el peor de sus miedos y monstruos. Noé nos habla a la cara, de frente, sin tapujos ni vericuetos, y nos somete a su película, en este viaje psicodélico, para que seamos testigos y vivamos una experiencia algo parecido a lo que viven sus personajes, introduciéndonos en este malvado y cruel descenso a los infiernos, en el que cada uno de nosotros experimentará la película de formas y conceptos realmente muy personales, donde su radicalidad visual ya argumental, gustará más o menos, pero indiferente no dejará a nadie que se atreva a acercarse a este emocionante y sangrante cruce entre drama, terror y paranoia social.