Un altre home, de David Moragas

EL AMOR EN EL ESPEJO.  

“La insatisfacción de los humanos, ese querer siempre algo más, algo mejor, algo distinto, es el origen de innumerables desdichas”. 

Rosa Montero

Hace seis años me sorprendió gratamente A Stormy Night, de David Moragas (Almoster, Tarragona, 1993), una película sobre dos hombres casi desconocidos que deben compartir un pequeño espacio durante una tormenta en New York. Una historia LGTBI que se desmarca de los habituales conflictos, para profundizar en temas que afectan a las emociones más íntimas. Ahora nos llega Un altre home, el segundo largometraje del tarraconense nos vuelve a plantear la temática LGTBI, pero desde una mirada alejada de los estereotipos y convencionalismos que suelen ir de la mano, porque el relato ahonda en dos jóvenes en la treintena, Marc y Eudald, y los conflictos de cualquier pareja, en la que uno no lo tiene tan claro como el otro, y en las distensiones que se van produciendo a medida que uno quiere ir a más y el otro echa el freno. La insatisfacción como leit motiv de la sociedad actual, en la cual se definen muchos de nuestros problemas cotidianos. 

Moragas habla de su ambiente, de una Barcelona donde la vivienda se ha convertido en un lujo, a pesar que sus protagonistas tienen profesiones liberales. Siendo una película sobre relaciones sentimentales y lo perdidos que andamos, tiene esas texturas sociales, como no puede ser de otra manera. También se habla de familia, de lazos frágiles y de herencia, y sobre todo, el relato habla de quiénes somos, cómo vivimos y hacia dónde vamos, erigiéndose en un relato audaz y sencillo que, en un tiempo, se podrá ver como una cierta forma de vivir y relacionarse en la Barcelona de aquí y ahora. La película se mueve entre el drama intimista, en esos espejos que reflejan nuestra mirada y sentimientos, y rara vez nos devuelve la imagen que hemos proyectado en nuestro interior, dándonos un golpe de realidad que duele mucho, porque no se parece a lo que creíamos que sucedería, las malditas expectativas convertidas en esclavas de nosotros mismos. Hay toques de comedia que se camuflan con esa realidad cotidiana, y otros como los que tienen que ver con la cisterna que actúa como reflejo, que nos aprisiona en un batiburrillo de prisas, fisicidad alocada y un no parar que nos agita hacia no se sabe dónde.  

El cineasta afincado en Barcelona se ha acompañado de algunos de sus cómplices más cercanos como la cinematografía que firma Juli Carné Martorell, habitual del cine de Andrea Jaurrieta, dotando al encuadre de esa ligereza e intimidad en que el espacio doméstico se convierte en verdad y mentira, en insatisfacción y deseo, en espejo y reflejo, como esos maravillosos viajes en taxi, a modo de confesionario en que los personajes se van diciendo o callando según el momento. La música de Clara Peya, de la que conocemos su trabajo en el documental EnFemme (2018), de Alba Barbé i Serra, y películas de Laura Jou y Javier Ruiz Caldera, entre otros. Una composición que, en algunos instantes, recuerda a la de El perquè del tot plegat (1995), del gran Carles Cases, tan brillante, tan personal, tan juguetón y tan vibrante. El gran trabajo de sonido que firma Júlia Benach, con más de 40 títulos en su filmografía, responsable de las recientes Ruido y Balandrau, vent salvatge, que logra captar todos los matices en una historia honesta que cada gesto, mirada y silencio resultan muy importantes. El montaje de Alba Cid, que conocemos por Les perseides, y las series El estafador del amor y Asfalt, donde coincidió con Moragas que, en sus 90 minutos de metraje, sabe encauzar los conflictos de forma que siendo evidentes sean un elemento más dentro de ese universo habitual de idas y venidas, de miradas indiscretas y de balcones que son un reflejo más. 

Como sucedía en A Stormy Night, el reparto de la película funciona con acierto, naturalidad y sin complejos, con unos personajes nada fáciles que destilan mucha sutileza, cero histrionismo y alejados de lo condescendiente. Tenemos a un enorme Lluís Marqués, visto en Isla bonita, de Colomo, y Girasoles silvestres, de Jaime Rosales, entre otras. Su Marc es un tipo enamorado, aunque le asaltan las dudas de la relación y sobre todo, de sí mismo. Le acompañan Quim Ávila, su chico, mucho más seguro de todo, con cercanía y con esa frase que es la “solución a todo”. La presencia de Bruna Cusí, tan natural y magnífica como es habitual en la actriz barcelonesa, haciendo de Marta, la hermana de Marc, con sus dimes y diretes con el pasado y su relación como esposa y madre. Deberían acercarse a conocer una película como Un altre home, de David Moragas, porque les hará reflexionar sobre quiénes son, sobre cómo aman, y sobre todo, como hacen y deshacen en la sociedad actual que nos ha tocado vivir, con tanta prisa, tanto movimiento y tan poco amor, o el que hay, tan impostado, tan mercantilista y tan mal. La película plantea muchas preguntas, una de las cosas que hace el buen cine, y ninguna respuesta, porque ese asunto tan peliagudo de las conclusiones es cosa de los espectadores, meditando en sus circunstancias y en sus espejos/reflejos particulares. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Girasoles silvestres, de Jaime Rosales

EL ROSTRO DE JULIA.

“No filmar para ilustrar una tesis o para mostrar a hombres y mujeres limitados a su aspecto externo, sino para descubrir la materia de la que están hechos. Alcanzar “ese corazón” que no se deja atrapar ni por la poesía, ni por la filosofía, ni por la dramaturgia”.

Robert Bresson

Vistas las siete películas que forman la filmografía de Jaime Rosales (Barcelona, 1970), podríamos decir que existen dos etapas bien diferenciadas. En la primera, la que va de Las horas del día (2003), La soledad (2007), Tiro en la cabeza (2008) y finaliza con Sueño y silencio (2012). Cuatro trabajos donde prima el rigor estético, tanto formal como narrativo, donde su cine explora la condición humana atravesada por la irrupción violenta de un hecho que trastoca las vidas de sus personajes. Un cine que le dio una enorme reputación internacional en los festivales más prestigiosos. Con Hermosa juventud (2014), abre una nueva senda en su cine, donde las formas se suavizan, sin perder un ápice de interés, pero abriéndose más al público. Le siguen Petra (2018), y la que nos ocupa Girasoles silvestres. Un cine anclado en la mirada de tres mujeres, tres mujeres que buscan su lugar en el mundo, que sienten diferente y que no se detendrán ante nada ni nadie. Una mirada que sigue profundizando en esos brotes violentes que sacuden la aparente tranquilidad de sus individuos. Una mirada crítica de las alegrías y tristezas cotidianas en el nexo familiar, y sobre todo, un análisis certero sobre uno de los males ancestrales del ser humano y no es otro que la terrible incomunicación que padecemos, nuestra incapacidad para expresar aquello que sentimos y compartirlo con los demás.

Con su nueva película, coescrita junto a Bárbara Diez (que debuta en labores de guionista después de una carrera como jefa de producción desde Tiro en la cabeza y ejecutiva desde Hermosa juventud), Rosales hace un fiel y certero retrato de Julia, una joven de veintidós años y madre sola de dos niños pequeños. Una de esas mujeres que vive en la periferia barcelonesa, con una capacidad enorme pa’ tirar palante, y también, una luchadora incansable en su búsqueda del amor. El retrato de Julia lo hace a través de tres hombres que pasan por su vida. Óscar, es el típico nini de barrio, sin oficio ni beneficio, obsesionado con los tatoos, con su físico que se machaca haciendo deporte, y muy apasionado, posesivo y ido de la olla. También, están Marcos, el joven militar, padre de sus dos hijos, ese amor juvenil alocado y del momento, que no es capaz de asumir sus responsabilidades paternas ni tampoco emocionales, y finalmente, Alex, el tipo más centrado, más trabajador, y más racional, pero con sus defectos e inseguridades, como todos.

El director barcelonés recupera los ambientes periféricos, precarios y difíciles que ya transitó en Hermosa juventud. La Natalia que interpretaba maravillosamente Ingrid García Jonsson, no está muy lejos de Julia, pasando por el mismo momento emocional de pasión y vitalidad, a pesar de los problemas de ganarse la vida, encontrar a un hombre de verdad y tirar palante con una familia. Julia es una hermana gemela de Natalia, un ser que, a pesar de su temprana maternidad, no se rinde, sigue tirando hacia adelante, con ánimo, a pesar de los obstáculos que se va encontrando, su dependencia al amor, una especie de yonqui del amor, o mejor dicho, de la pareja, con esas emociones “montaña rusa”, que van y vienen, donde todo nace y muere cada día, en un torbellino de emociones incontroladas para bien y para mal, porque la película nunca hace un retrato maniqueo y sentimentalista de Julia y su entorno, sino todo lo contrario, imprimiendo una realidad construida que emana una naturalidad y cercanía de verdad, en la que ayuda el 35 mm de una experta como Hélène Louvart, que vuelve a trabajar con Rosales, después de las experiencia de Petra, donde se traspasa la piel y el cuerpo de los personajes para buscar esa emoción, sobre todo, la del personaje de Julia, epicentro de la trama y todo lo que vemos y lo que no.

El exquisito e inteligente montaje de Lucía Casal, en su tercer trabajo con el director después de Hermosa juventud y Petra, que condensa con sabiduría y estupendo ritmo los ciento seis minutos que abarca el metraje, donde no cesan de suceder cosas, con esos grandes espacios elípticos, marcas de la casa del universo Rosales. El gran trabajo de sonido de una grande como Eva Valiño, en la cuarta película junto al director catalán, en que el sonido se convierte en un personaje más, porque lo escuchamos todo, como ocurría en el cine de los cincuenta, sesenta y setenta europeo donde la verdad también se construía con lo que escuchábamos y con lo que no. Destaca, como ocurre en el cine de Rosales, la elección de los temas musicales, temas que escuchan los personajes al igual que nosotros, exceptuando tres canciones de Triana, que obviaremos sus títulos por el bien de la experiencia del espectador, que estructuran con inteligencia los tres segmentos en los que se sustenta el relato.

Otro de los elementos destacables en el universo cinematográfico de Rosales es su elección del reparto. Un elenco que está siempre muy bien elegido, como esos breves papeles de Manolo Solo y Carolina Yuste, como padre y hermana de Julia, que no hace falta decir palabra para saber la relación que tienen con la protagonista, con esos intervalos tan significativos que tienen entre ellos, como olvidar esa despedida en la estación, se puede decir más con tan poco, con esos maravillosos cruces de miradas y nada más, que no es poco, y ese entorno de caravanas donde se dice tanto sin subrayar nada. Tenemos a los tres tipos que se cruzarán en la vida de Julia, con un Lluís Marqués que hace de Alex, que recordamos de Isla bonita y Chavalas, aquí dando ese contrapunto de serenidad y madurez, con sus cositas que todos las tenemos,  a Quim Àvila, que nos divirtió siendo el tontaina de Poliamor para principiantes, aquí siendo Marcos, un tipo que parece centrado como militar, pero en el fondo está lleno de inmadureces que le siguen desde su adolescencia, y finalmente, Oriol Pla, que repite con Rosales como Óscar, después de su inolvidable Pau en Petra, en un rol completamente diferente a lo que le habíamos visto, un especie de macarrilla de barrio, lleno de pájaros y tremendamente pasional y descerebrado.

Mención aparte tiene el extraordinario trabajo del personaje de Julia, alma mater de Girasoles silvestres, con la mirada y la vitalidad de una apabullante Anna Castillo, una actriz dotada de una naturalidad, ingenuidad y pasión que le imprime a un personaje que vive con todas las de la ley, que ha tenido que madurar demasiado rápido debido a su pronta maternidad, pero que la asume con brío y fuerza, sin achicarse lo más mínimo. Una mujer de raza, algo alocada, pero también, llena de coraje y energía ante los avatares de la vida, alegre y triste, ingenua y madura en el amor, y sobre todo, una tía de verdad, que quiere estar bien y estar junto a un hombre con el que crear una relación con sus altibajos pero de verdad, compartiendo amor y problemas como debe ser. Nos encanta este viraje hacia formas menos rígidas que hace con cada película Jaime Rosales, porque no ha perdido aquello que le caracterizaba y le ha hecho grande que, no es otra cosa, que su mirada de observador inquieto y curioso hacia esas vidas anónimas e invisibles que se cruzan cada día con nosotros, unas existencias que su cámara recoge con sensibilidad y humanidad, explorando todos sus conflictos, complejidades y alientos, en el mismo rumbo que estarían el Free Cinema y los Dardenne, donde su Rosetta (1999), no estaría muy lejos de Julia. Un magnífico cine social y humano, que describa realidades incómodas y emociones íntimas, que tanta falta hace en la cinematografía, que no solo describa el ánimo y la situación de muchos y muchas personas, sino que deje un legado de cómo se vivía, se trabajaba cuando lo hay, y sobre todo, como nos relacionamos con los demás y con nuestro entorno, y sobre todo, con nosotros mismos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Toni Acosta

Entrevista a Toni Acosta, actriz de la película «Poliamor para principiantes», de Fernando Colomo, en el marco del BCN Film Fest, en el Hotel Seventy en Barcelona, el miércoles 21 de abril de 2021.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Toni Acosta, por su tiempo, generosidad y cariño, y a Cristina Marinero de Comunicación, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad.

Entrevista a Quim Àvila

Entrevista a Quim Àvila, actor de la película «Poliamor para principiantes», de Fernando Colomo, en el marco del BCN Film Fest, en el Hotel Seventy en Barcelona, el miércoles 21 de abril de 2021.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Quim Àvila, por su tiempo, generosidad y cariño, y a Cristina Marinero de Comunicación, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad.

Poliamor para principiantes, de Fernando Colomo

SÉ AMOR Y NO MIRES CON QUIÉN.

“El amor es la respuesta, pero mientras estás esperando la respuesta, el sexo plantea algunas preguntas bastante buenas”

Woody Allen

Con Isla bonita (2015), de Fernando Colomo (Madrid, 1946), una película filmada entre amigos y sin dinero, pero con esa naturalidad e intimidad que había en aquellas deliciosas tragicomedias de sus primeros años como Pomporrutas imperiales, Tigres de papel, ¿Qué hace una chica como tú en un sitio como este?, La mano negra o La línea del cielo. Cine que dio origen a la llamada “comedia madrileña”, un cine que con mejor o menor suerte no solo ha divertido con las miserias urbanas de muchos de aquellos españoles que nacían a la vida ochentera con sus pros y contras, después de años en el ostracismo franquista. Un cine que se tomaba muy en serio reírse de las estupideces de esos hombres y mujeres que iban de modernos o no. Con Poliamor para principiantes, el director madrileño vuelve a esa comedia que se ríe de todo, pero con cariño y sin faltar al respeto, en un guion que firman Casandra Macías Gago, Marina Maesso y el propio Colomo, para centrarse en las desventuras de un tipo veinteañero, más cerca de los treinta, sin oficio ni beneficio llamado Manu, que vive con sus padres, que intenta infructuosamente ganarse la vida como youtuber y es un apasionado del cómic manga.

Todo cambiará cuando Manu conoce a Amanda, pero la chica tiene un pequeño inconveniente, la chica practica el poliamor. Amanda sale con Claudia, una chica trans, también con Àlex, un monitor paracaidista, y con un matrimonio acomodado con hijos que son Marta y Esteban. Por otro lado, los padres de Manu, también descubrirán las ventajas e inconvenientes del poliamor, y meterán a su propio “unicornio”, Berta que cambiará y mucho la forma de relacionarse del matrimonio o lo que queda de él. Colomo vuelve a echar mano de sus colaboradores en sus últimas películas, ya que encontramos a Ángel Iguácel en la cinematografía, que ya estuvo en La tribu, y en la edición a Ana Álvarez-Ossorio, que hizo lo mismo en Antes de la quema. La película es una comedia romántica al uso, filmada con la libertad y el ingenio de alguien como Colomo, con medio siglo de oficio en este tipo de aventuras, de esos cineastas que sabe que tiene entre manos y como llevarlo a cabo de la mejor forma posible a los espectadores, con muchas risas y ese puntito de crítica social y humana.

La cinta tiene de todo, sus momentos divertidos, de persecuciones, de malos entendidos, de barullo emocional y físico, añadiendo la peculiaridad del poliamor, donde conoceremos nuevos términos como la compersión, en ENR, la energía de la nueva relación, y mucho lenguaje inclusivo, se trata de amar a través del respeto, aunque no siempre se consigue y la práctica nos llevará a situaciones comprometidas, muy complejas y difíciles de sobrellevar. Hay fases de mucha comedia alocada, cuanto más se desata la historia, más emocionante y cómica se convierte, recogiendo ese aroma de la comedia clásica hollywodiense, la “screwball”, con algunos momentos hilarantes y absurdos al estilo de Sucedió una noche,  La fiera de mi niña, Al servicio de las damas, entre otras, o esa otra comedia romántica más de nuestros días, pero con el añadido, y qué añadido, del tema del poliamor. Hay secuencias memorables como la del parque, cuando nuestros protagonistas, padre e hijo, como un Quijote y Sancho Panza al uso, descubren eso del poliamor, y movidos por la curiosidad, se meten de lleno, descubriendo, y sobre todo, descubriéndose sus límites, los de los otros, y la marabunta que les espera.

Colomo siempre ha sabido rodearse de grandes intérpretes, y sacarles su vis cómica y muchísimas cosas más allá, como Carmen Maura, Ana Belén, Antonio Resines, María Barranco, Verónica Forqué, ente otros muchos. Aquí,  consigue una ecuación que funciona muy bien como mezclar consagrados en estas lides como Karra Elejalde, maravilloso en su rol de Satur, ese padre amoroso y advenedizo que se topará con todo aquella que le fastidia, muy a su pesar, Toni Acosta, que se mueve en su salsa en este tipo de películas, hace de Tina, esa madre estresada de tanto trabajo, que encontrará en su “unicornio” particular una forma de darle vida a su existencia, pase lo que pase y caiga quien caiga, y luego, los más debutantes, Quim Àvila como Manu, el “ranger del amor”, con ese traje ridículo e infantiloide, alguien que para triunfar se convierte en un defensor del amor romántico, aunque a penas sepa que significa eso, y dará con sus contradicciones cuando se enamora de Amanda.

El persona de Amanda es el centro de todo, que interpreta con soltura una increíble María Pedraza, que habíamos visto en series de éxito como Élite y La casa de papel, es la chica en cuestión, la llama de Manu, con la maravillosa naturalidad de una actriz que es capaz de todo, y luego, todo un plantel de jóvenes que empiezan a despuntar como Lola Rodríguez y Eduardo Rosa, con las presencias interesantes de Luis Bermejo y cristina Gallego, como el matrimonio, e Inma Cuevas como la “otra” de la pareja Satur y Tina. Poliamor para principiantes no pretende a ser un manual para conocer el poliamor y sus ventajas o riesgos, sino una forma de acercarse a las formas de amar y relacionarse en la actualidad, y sobre todo, invitarnos a reírnos de ello, con muchísimo respeto, e ir más allá, reírnos a carcajadas de lo torpes que somos cuando nos relacionamos con los otros, las inmensas chaladuras que hacemos, las que no hacemos, lo que sentimos o no, que en realidad no deja de ser nuestro propio reflejo, la imagen que tienen los demás de nosotros, y la imagen que tenemos de nosotros mismos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA