La mirada de Orson Welles, de Mark Cousins

EL HOMBRE DETRÁS DEL GENIO.

“Crea tu propio estilo visual. Hazlo único para ti mismo e identificable para los demás”.

Orson Welles

Hablar del cineasta Orson Welles (1915-1985) no es tarea fácil, amén de la innumerable cantidad de material de todo tipo que ya existe sobre su obra y su figura, tanto personal como pública, un material de archivo que ha trazado un sinfín de caminos indagando y profundizando acerca de su peculiar y compleja obra, siempre realizada con dificultades de toda índole, aunque la perseverancia de Welles vencía casi todos los obstáculos y llevaba a buen puerto las obras que proyectaba convirtiéndolas en películas que forman parte de la historia del cine. Mark Cousins (Belfast, Reino Unido, 1965) escritor y cineasta siempre interesado en la mirada y sus construcciones en la que ha investigado  en buena parte de su carrera en forma de grandes libros sobre cine como su imprescindible The Story of Film, que convirtió en una memorable serie de más de 900 minutos a la que añadió el subtítulo An Odissey, o los títulos de  Escena por escena, Historia y Arte de la mirada. A su trabajo en el campo de la literatura, Cousins ha creado una vía muy estrecha  y en perfecta sintonía en el campo audiovisual, con la ya mencionada serie a la que se añaden otros trabajos sobre el cine menos conocido como su trabajo en The First Movie, sobre niños del Kurdistán iraquí, entre otras.

Ahora con el hallazgo de desconocidísimo material plástico de Welles por parte de su hija Beatrice Welles y Philip Hallman, del Departamento de Artes Visuales y Culturas de la Universidad de Michigan, se abre una nueva vía para acercarse a la figura del cineasta desde un ámbito completamente diferente, el de su trabajo visual, con infinidad de dibujos, ilustraciones y bocetos de sus películas, obras de teatro y demás proyectos vistos, frustrados, conocidos o no. El cineasta irlandés coge todo ese material inédito y construye una película en la que mediante su voz en off iremos viajando por aquellos lugares de la vida de Welles, en forma de misiva, transitando de forma desestructura por esos paisajes que antes vio Welles, espacios suyos y lugares que vieron nacer al genio que se estaba fraguando. Cousins estructura su película en tres actos: Peón, Caballo y Rey, añadiendo el epílogo sobre el tema del Bufón. En el primer acto, “Peón”, la película nos sumerge en la política de Welles, todos esos personajes de gente corriente y sencilla que transitan por su cine. En el segundo acto, “Caballo”, nos muestra al Welles obsesionado por el amor y sus tormentosas relaciones con mujeres como Dolores del Río o Rita Hayworth, con esos ideales quijotescos de caballeros andantes que pertenecían a otra época.

Y Finalmente, el tercer acto, “Rey”, los temas del poder y la corrupción en el cine Shakesperiano de Welles en títulos como Macbeth, Campanadas de medianoche u Otelo, sin olvidarnos de esos tipejos desagradables y malvados como el policía de Sed de mal, interpretado por el propio Welles. El epílogo trata sobre imágenes burlonas y grotescas en su obra y carácter, con el añadido de la intervención de Welles mofándose de sí mismo. La película se detendrá en lugares como Kenosha, en Wisconsin, donde nació Welles, en Irlanda, donde trabajó en el Gate Theatre por primera vez, en Chicago donde estudió dibujo, en New York y Los Ángeles donde paso tanto tiempo, o Arizona, o Europa, con España donde rodó la citada Campanadas de medianoche o Mr. Arkadin, o Marruecos e Italia, lugares de vidas, rodajes, trabajos, procesos creativos en los que Cousins dialoga en cómo eran entonces y cómo son en la actualidad, en que explora ese tiempo imperfecto, entre el tiempo de antes y el de ahora, y el tiempo cinematográfico, aquel que creó Welles.

La película analiza de forma exhaustiva la forma cinematográfica de Welles, con esos planos generales donde veíamos los techos y la profundidad de campo, en que el diseño de producción adquiría connotaciones importantísimas, o los elegantes primeros planos y los imposibles, algunos filmados en varios sitios que en su cine adquirían un limpieza y orden visual al alcance de muy pocos, todo eso acompañándonos la preciosa música de “Adagio”, de Albinoni, melodía que Welles utilizaó por primera vez en el cine en su adaptación de El proceso, donde ponía en imágenes el universo de Kafka, deteniéndonos en sus obras de teatro, sus trabajos como intérprete para sus películas y para otros, sus magníficas intervenciones en la radio y su memorable voz narrando La guerra de los mundos, donde atemorizó a toda la nación que creyeron como verdad la magnífica locución de Welles, o su compromiso social y político que a través de las ondas intentaba concienciar a la población de hechos bárbaros cometidos contra los más débiles y necesitados.

Cousins traza un película caleidoscópica sobre una figura difícil, un verdadero outsider que hizo el cine que quiso a pesar de lo endiabladamente extraño que era en una industria donde se controlaba mucho y se dejaba poco espacio para la libertad creativa, y eso que arrancó de forma ejemplar con títulos como Ciudadano Kane o El cuarto mandamiento, pero luego vinieron los problemas, la libertad creativa de Welles enfrentada a los estudios de Hollywood, su libertad profesional ante las fauces de un negocio demasiado encorsetada en una forma de hacer cine, y poco dado a las propuestas revolucionarias y creativas que proponía el genio de Welles, alguien incomprendido, alguien extraño, alguien fuera de su tiempo, pero sobre todo, alguien que amaba su trabajo, apasionado, con carácter y un genio que miraba mucho más allá, imaginando mundos desconocidos y vidas aventureras, periféricas y llenas de amor y odio a la vez. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

La sombra del pasado, de Florian Henckel von Donnersmarck

NO APARTES LA MIRADA.

Hace trece años, la película La vida de los otros, sorprendió a propios y extraños con una historia ambientada en la RDA de los años 80, en la que un agente de la Stasi espiaba a la pareja formada por un reconocido escritor y una actriz. Una película que describía un tiempo, un lugar y las relaciones oscuras y contradictorias que se vivían en una atmósfera opresiva. Detrás de todo esto descubrimos a su director, Florian Henckel von Donnersmarck (Colonia, Alemania, 1973) que recibió elogios de todo el mundo. Sorprendió con su siguiente película The Tourist (2010) lanzándose al mercado de Hollywood con un producto sin más acompañando a dos star como Jolie y Depp. En su tercera película, La sombra del pasado, vuelve al marco de La vida de los otros, en una película que recorre casi treinta años de la historia de Alemania que arranca en el año 1937 con los nazis en el poder, seguirá con la Segunda Guerra Mundial, el fin del Tercer Reich, la temible posguerra, el exilio en la Alemania del Oeste, y finalmente, la consagración como artista en 1966 del protagonista Kurt Bartnert, personaje basado en la figura del artista alemán Gerhard Ritcher, si bien la película no es una biografía al uso, se recogen varios momentos de su agitada existencia desde su infancia hasta su edad adulta.

El cineasta alemán nos convoca en una película de 190 minutos, en la que abarca varios temas como la familia, donde se instala el cariño y la comprensión, pero también, la mentira y la hipocresía, las consecuencias de los errores del pasado, en la figura del Professor Seeband, antiguo médico nazi que asesinó y esterilizó a cientos de mujeres aquejadas de problemas mentales o físicos, que intenta limpiar su pasado alimentando su nueva posición política en esa Alemania del Este, ahora socialista y hermanada con los soviéticos. Y finalmente, el arte visto desde varios prismas, como propaganda y recuerdo histórico en la RDA cuando empieza el joven Kurt, y más tarde, en Dresde, como expresión artística y humanista que habla de nosotros y todo aquello que nos rodea, como herramienta eficaz y necesaria para enfrentarse a los males que nos acechan y así encontrarnos con nosotros mismos y perdonarnos.

El relato se centra en las relaciones personales, arrancando con la de Kurt de niño y su tía, Elisabeth May, que le abre el mundo al conocimiento del arte y su valor como pintor, una tía que, debido a sus problemas mentales, será internada en un centro y posteriormente, esterilizada y asesinada por el equipo del Professor Seeband, y más tarde, cuando el joven Kurt estudia en la escuela de arte conocerá a Ellie, una hija de Seeband, de la que se enamorará, desconociendo los dos el terrible secreto que los acecha. Una película de idas y venidas, de personajes que constantemente tienen que empezar otra vez, hacerse su propio camino dentro de la desestabilización que primero provocaron los nazis, la guerra, y después la división en dos de un país, y las dos zonas delimitadas entre un mundo y otro, y como los individuos vivían, o más bien, sobrevivían en ese caos social, económico y cultural.

Henckel von Donnersmarck centra su película en la figura de Kurt Bartnert, sobrino de tía asesinada por los nazis, hijo de profesor represaliado por haber sido nazi y desahuciado en la posguerra, y los descubrimientos del joven en la escuela de arte, destacando en la sobriedad y delicadeza en su trazo y erigido por la RDA como un gran muralista de propaganda política, luego el exilio y descubriendo otro mundo en la RFA y convirtiéndose en uno de los artistas más reputados de su tiempo, yendo cada vez más allá y sabiendo que en el arte no hay reglas, ni normas, sólo emociones y profundidad, creando un arte libre, humanista y comprometido. La película maneja con audacia el tempo histórico, como la síntesis explicativa que hace del período de la Segunda Guerra mundial, con esos aviones sobrevolando el pequeño pueblo donde vive Kurt y su familia, o los grandes cambios sociales y culturales que se van desarrollando tanto en una Alemania como otra, sumergiéndonos con naturalidad en esa atmósfera cotidiana y familiar con tintes de thriller, en el que sabremos constantemente el peligro y la terrible verdad que acecha a la joven pareja que protagonizan una delicada y sensible historia de amor, viviendo en esa buhardilla como los enamorados de Cold War, en el que su sencillez y austeridad material contrasta con esas ansias de libertad personal y creativa que mantiene Kurt.

El director alemán opta por el excelente músico Max Richter (autor de obras tan maravillosas y contundentes como Vals avec Vashir, de Folman, Sutter Island, de Scorsese, o los trabajos de Villeneuve, entre otros) en una partitura que sabe manejar con soltura los momentos más alegres con los amargos, sin caer en estridencias ni nada que se le parezca, haciendo de la sutileza su mejor aliado, en un relato duro y amargo sobre el olvido y lo necesario de recordar, en la que nos habla de frente a los males pasados e invita a la reflexión, a no apartar la mirada, a mirarlos de frente, a hacer examen de conciencia, a enfrentarlos y enfrentarse a uno mismo, a construirse constantemente sin obviar ese pasado oscuro y terrible que también nos ha llevado al momento justo en el que estamos, en una película llena de laberintos históricos y personales, donde la historia y la vida cotidiana se mezclan y confunden en un fresco histórico que recuerda a Heimat – La otra tierra (2013) de Edgar Reitz, en la que se recorría la historia de Alemania del siglo XIX a través de unas familias de un pueblo ficticio.

Un reparto magnífico que dan vida a unos personajes humanos, unos y ambiguos, otros, encabezados por Tom Schilling dando vida a Kurt, un espíritu libre que se ha ido labrando su vida y su arte desde abajo, confiando en su instinto y en el amor hacia Ellie, Sebastian Koch interpreta al Professor Seeband, que ya fue el escritos espiado en La vida de los otros, un ser oscuro que oculta un oscuro pasado e intenta lavar su imagen en el nuevo país socialista, y Paula Beer, que fue la joven que espera pacientemente a su enamorado de La Gran Guerra en Frantz, de Ozon, interpreta a la hija de Seeband, que desconoce el pasado del padre, y mantiene un amor puro y libre con Kurt, dos enamorados en ese mundo que oculta tantas barbaridades, el amor convertido en ese paraíso indomable para soportar los males del ser humano, o al menos llevarlos de de la mejor manera posible. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Van Gogh, a las puertas de la eternidad, de Julian Schnabel

EL ARTISTA INCOMPRENDIDO.

“Dibujar es luchar por atravesar un invisible muro de hierro que parece alzarse entre lo que sientes y lo que eres capaz de hacer”.

Vincent van Gogh (1853-1890)

En el cine habíamos visto a Vincent van Gogh (1853-1890) a través de la mirada de Kirk Douglas en El loco del pelo rojo (1956) de Vincent Minnelli, en la piel de Martin Scorsese en Sueños (1990) de Akira Kurosawa, en la pasión de Tim Roth en Vincent & Theo (1990) de Robert Altman, en la energía de Jacques Dutronc en Van Gogh (1991) de Maurice Pialat, y más recientemente, en la fantasía visual de Loving Vincent. Todas ellas aproximaciones, revisiones, ficciones y retratos sobre el hombre detrás del pintor, sumergiéndonos en una alma inquieta, llena de vida, de pasión, de energía, de inmensidad, de una grandísima y obsesiva capacidad de trabajo, en que la creación artística emanaba sin control, sin pausa, a ritmo acelerado, sin descanso, donde pintar, vivir, soñar, sufrir y sentir era todo uno, indisoluble al pintor, al hombre y a sus pinturas. Ahora, nos llega una nueva aproximación a la figura del insigne pintor postimpresionista, al hombre y al pintor, y sobre todo, a su trabajo, sus métodos de trabajo, de sentir, de mirar, de explorar la naturaleza, de evocar su alma en cada gesto, cada pincelada, cada figura de sus cuadros, cada objeto, y cada mirada tan cercana y tan alejada a la vez, donde todo está por explorar y todo está por descubrir.

El pintor Julian Schnabel (Nueva York, EE.UU., 1951) lleva desde los setenta trabajando y ha sido expuesto en los museos y galerías más importantes del mundo, dio el salto a la dirección de los largometrajes en 1996 con Basquiat, en la que rescataba la figura del pintor de graffiti y expresionismo abstracto apadrinado por Andy Warhol que falleció prematuramente con 27 años. Cuatro después volvería a dirigir con Antes que anochezca, en la que volvía a acercarse al retrato con la figura del poeta y escritor cubano Reinaldo Arenas, desde su infancia hasta su exilio estadounidense, que fue interpretado por un magistral Javier Bardem. Su tercera película La escafandra y la mariposa (2007), dejaba momentáneamente a los artistas, para centrarse en la persona de Jean Dominique Bauby, redactor jefe de la revista Elle, que tras sufrir un accidente quedaba postrado en una cama en la que sólo se comunica con el movimiento del párpado izquierdo.

Tres retratos, a la que ahora se añade el de Van Gogh. Cuatro figuras, cuatro almas perdidas, sin lugar, sin nombre, incomprendidos, apartados de una sociedad con sus leyes racionales y establecidas de siglos venideros. Cuatro inadaptados, cuatro seres geniales, pero sin sitio, abocados a la deriva de huir y escapar, marcharse a su mundo, a sus espacios, a escucharse el alma, a sentir su libertad, a volver a sentir. Schnabel dibuja una figura atormentada, que se ahoga en la ciudad, que no entiende el ritmo y el arte de sus colegas, que huye a los pueblos, al campo, a la naturaleza, donde se siente él mismo, donde esta con su ser, y da rienda suelta a todo su arte, a su forma de mirar, diferente a todos, alejada de las corrientes artísticas del momento, del academicismo, de lo establecido, un arte libre de ataduras, en consonancia con la naturaleza, con la mirada, con su alma, y movido por los sentidos más profundos de su ser.

El director, junto a sus guionistas Jean-Claude Carriére, eminencia en esto de los guiones, y Louise Kugelberg (que también edita la película) huyen del biopic convencional, para centrarse en los últimos cuatros años de la vida del pintor, desde 1886 hasta su trágica y misteriosa muertes de 1890, pero no lo hacen de manera lineal, sino de forma desestructurada, que es una seña de identidad en el cine de Schnabel, donde lo importante es sentir y seguir al personaje por sus espacios, caminaremos con él, acarreando sus bártulos de pintura, recorriendo caminos, campos de trigo, montañas, calles empedradas, habitaciones de mala muerte, cafés ruidosos, lúgubres estancias de asilos para dementes, y gentes amables y despiadadas, de pueblos de finales del XIX por el sur de Francia, como Arlés, el asilo de Saint-Remy o Auvers-Sur-Oise, espacios que vieron el trabajo febril y agotador del pintor, una especie de caballero errante como el que vimos en El séptimo sello.

Van Gogh es una alma solitaria, rota y completamente incomprendida, que pintaba y pintaba, que sólo vivía para pintar y dibujar su mundo, ese entorno natural lleno de vida, de sorpresas, de descubrimientos y accidentes múltiples y constantes, de infinidad de texturas, de luces y colores, en que la película se sumerge en el alma de Van Gogh, tejiendo una explosión de vitalidad, de amor a la pintura, a la arte, explorando los entresijos de procesos creativos, su íntima relación con el pintor Paul Gauguin, las visitas de su hermano Theo que lo mantenía y lo cuidaba, sus ingresos en los hospitales después del suceso con la oreja que se cortó, y sus reflexiones, preocupaciones y demás emociones de alguien que vio más allá, que se adelantó a su tiempo, que creyó en una forma de pintar diferente, libre y pasional, que a pesar de su corta trayectoria, apenas 17 años, dejó más de 800 pinturas y 1200 dibujos, todo un arsenal apabullante que deja constancia de su forma de pintar y sus métodos espontáneos, al momento y totalmente creativos.

Schnabel ha construido una película muy orgánica, que se respira y se siente a cada momento, a la que contribuye esa cámara íntima y movida, con esa luz brillante y cegadora de los exteriores, que contrasta con esa siniestra y oscura de los espacios cerrados, un gran trabajo de Benoît Delhomme (colaborador de Tran Anh Hung y Tsai Ming Liang, entre otros). Y qué decir de la maravillosa interpretación de Willem Dafoe, casi 30 años más que Van Gogh, pero que acaba siendo una mera anécdota, porque logra enfundarse en la piel del pintor, del hombre y el entorno, donde sentimos a través de detalles, gestos y miradas todo aquello que bullía sin cesar en el alma del inmenso pintor, bien acompañado por Oscar Isaac que da vida a Gauguin, Rupert Friend a su hermano Theo, Emmanuelle Seigner y Amira Casar dan vida a Madame Guinoux y su cuñada, rescpectivamente, y Mads Mikkelsen dando vida a un pastor que mantiene con Van Gogh una conversación sobre el espíritu y nuestro lugar y misión en el mundo, que el propio pintor se asemeja a Jesucristo en su lado más humano e incomprendido. Schabel ha construido un retrato sensorial, humanista e íntimo de Van Gogh, donde hace una invitación a descubrir su alma desde lo más profundo, dejándonos llevar por su creación y sus pinturas, nada más, viajando hasta lo más bello y aterrador de los procesos creativos.

 

 

Gauguin, viaje a Tahití, de Édouard Deluc

EL ARTISTA LIBRE.

“No  puedo  ser  ridículo porque soy dos cosas que nunca lo son: un niño y un salvaje”.

  “Regresaré al bosque para vivir la calma, el éxtasis y arte.”

Paul Gauguin

Lo primero que llama la atención de Gauguin, viaje a Tahití  es su naturaleza peculiar y diferente al resto de los biopic al uso, porque su director Édouard Deluc se fija en un par de años, entre 1891 y 1893, el período que describe la estancia en la Polinesia del artista francés, y concretamente en Noa Noa, el diario que el pintor escribió de aquel viaje, del que Deluc adapta libremente, documentándose en otros libros. El cineasta francés describe a un artista atormentado y sólo, que aborrece la superficialidad de su obra, que no logra vender. Un hombre hastiado por los convencionalismos morales y sociales de Europa, su ensimismamiento y su declive burgués, vive casi en la indigencia ganando unos cuántos francos como estibador en los muelles, un alma triste, aburrida y desolada por el cariz de una sociedad convencional y muerta en vida, sin argumentos para convencer a sus allegados artistas que lo acompañen, decide emprender su propia aventura y dejar el mundo oscuro y capitalizado de Francia, y conocer esas lejanas tierras y sobre todo, conocerse como persona y cómo artista.

Deluc despoja su película de toda caparazón sentimental o preciosista, el Tahití que nos retrata huye de cualquier imagen de postal y empática, porque describe la odisea humana de Paul Gauguin (1848-1903) desde la precariedad y el descubrimiento, contándonos su experiencia de un modo íntimo y personal, hay aventura, pero no épica, más cerca de los western crepusculares de Peckinpah, que de las hazañas de los conquistadores o cosas así. Gauguin es un hombre obsesionado con la pureza del alma, de su viaje como vuelta a los orígenes, a ese paisaje salvaje, natural y primitivo con el que sueña, ambientes despojados de la burguesía más hipócrita y sucia de Francia. Su idea es encontrar esas personas ancladas en otro tiempo y en otro mundo para pintarlos, con colores y detalle, llenos de vida y alegría. Aunque, el pintor francés se encuentra un mundo en descomposición, un universo que los misioneros y el colonialismo francés está haciendo desaparecer para sus beneficios económicos.

Gauguin trabaja compulsivamente, su pasión no tiene límites, se mueve de un lugar a otro, su energía es brutal, no tiene descanso, y su encuentro casi fantasmal y onírico con Tehura, la nativa que se convierte en esa Eva primitiva con la que sueña encontrarse, le cambiará profundamente, llevándolo a su etapa más prolífica como artista, y la más genial, Tehura será su musa, la modelo de sus pinturas, y su amor. Aunque, lo demás seguirá igual, las penurias económicas y esa vida despojada casi de cualquier comodidad, seguirán haciendo mella en la salud del pintor y sus problemas de convivencia con Tehura. Deluc construye una película sensorial, en algunos momentos de terror, siguiendo el alma de Gauguin, un ser en ocasiones genio, y en otras, atormentado, un hombre que se buscaba a sí mismo, que no encajaba en una sociedad en descomposición, una sociedad capitalista que arrasaba con lo salvaje y diferente, en pos de su codicia y avaricia.

El Gauguin que nos retrata Deluc es un pintor magnífico, obsesionado con encontrar la pureza de su arte, de pintar aquello más íntimo y sensual, descubrir lo más primitivo de las personas, y el gesto más personal, pero también, alguien encerrado en su soledad, en su abatimiento, y su inadaptabilidad en un mundo superficial y ambicioso económicamente, un mundo contaminante que cambia las formas y la vida de los nativos convirtiéndolos en armas propagandísticas y comerciales según su antojo (como las ventas de tallas que rememoran a los ídolos maoríes). La cinta de Deluc se acerca a la mirada de Malick o Herzog, donde animalidad, locura y salvajismo se cruzan en la figura de Gauguin, en una película que retrata el alma del gran artista, pero también sus sombras y tortura, en una película que ahonda con naturalidad y extrema rigurosidad los temas políticos sobre el colonialismo francés, la religión como arma de aniquilación y deshumanización, y una sociedad, la nativa, en vías de extinción por la fuerza y la muerte del hombre blanco, en la que Gauguin convertido en el último romántico que quiere plasmar todo ese mundo complejo, bello, de colores y primitivo que está desapareciendo irremediablemente.

La inmensa y bestial interpretación de un actor de sangre y fuego como Vincent Cassel, llena de extremos, con esa barba poblada canosa y esa delgadez, de mirada inquieta y curiosa, lleno de vida y amargura, con esas túnicas como el nuevo mesías de conservación de lo primitivo y la libertad de ser quién quieres ser, aunque para ello tengas que desplazarte a la otra parte del mundo. Bien acompañado por la adolescente TuheÏ Adams de 17 años que da vida a Tehura, el amor de Gauguin, que se erige como la niña primitiva que representa la pureza y la humanidad contra un mundo en continua decadencia, que aboga por la avaricia y las falsa moral. Deluc ha hecho una película humanista, honesta y anímica que nos traslada al universo de Gauguin, a su mirada y su pintura, desde lo más íntimo y personal, huyendo de sentimentalismos y convenciones formales, su película es libre, cruda y bella, donde el amor se presenta desde lo más profundo y bello a lo más crudo y tenebroso.

Loving Vincent, de Dorota Kobiela y Hugh Welchman

LOS ÚLTIMOS DÍAS DEL ARTISTA.

“No podemos expresarnos mejor que a través de nuestros cuadros”

Vincent Van Gogh

Nos encontramos en Francia, en el verano de 1891, cuando el cartero Joseph Roulin encarga a su hijo Armand que le llevé a Theo Van Gogh una carta escrita por su hermano Vincent, fallecido un año antes. A partir de esta premisa, seguimos a Armand, primero por París y luego por Auvers-sur.Oise, localidad cercana a París, donde el pintor pasó sus últimos días, y en la que se va a ir encontrando con personas que conocieron a Van Gogh y de esta manera, reconstruir los pasajes más interesantes de su vida y sobre todo, sus últimos días y las extrañas circunstancias que acabaron con su vida, al igual que otros autores de la grandeza de Minnelli, Kurosawa o PIalat ya habían reflejado el mundo visual de luz y colores del genio holandés, a través de grandes películas que exploraban su mundo. Aunque este nuevo trabajo es diferente, pero no por lo que cuenta, sino el cómo lo cuenta, porque quizás la trama detectivesca que sigue a Armand resulte más interesante o no, aquí el mayor atractivo de la película reside en su construcción, porque es la primera película de la historia pintada al óleo, en la que 125 artistas de todo el mundo han pintado 65000 ilustraciones que posteriormente se han animado con la ayuda de intérpretes reales, en la que podemos ver 94 fotogramas muy cercanos a los originales del pintor, y unos 31, donde hay una representación parcial de sus pinturas. Una técnica artesanal, de prodigio visual, extraordinariamente elaborada que consigue seducirnos de inmediato, y sobre todo, introducirnos en el mundo plástico de extraordinaria belleza del arte de Van Gogh.

Los artífices de semejante propuesta son la polaca Dorota Kobiela que debuta como directora después de un puñado de cortometrajes animados reconocidos internacionalmente, y también, el británico Hugh Welchman, que también hace su debut en la dirección, después de una larga trayectoria en el mundo de la producción animada de éxito mundial. Dos cineastas que ya habían colaborado en otros trabajos, y ahora emprenden su primer largometraje juntos, y se enfrascan en un viaje emocional a la vida y el arte de Vincent Van Gogh (Zundert, Países Bajos, 1853 – Auvers-sur-Oise, Francia, 1890) uno de los estandartes de la pintura moderna que empezó a pintar a los 28 años y en sus escasos diez años de trabajo dejó unos 900 cuadros y 1600 dibujos, y un prolífico material epistolar que alcanza las 800 cartas, de las que escribió unas 650 a su hermano Theo. A partir del contenido de estas premisas, Kobiela y Welchman construyen algunos de los momentos más significativos de la vida del pintor, un hombre atormentado por sus problemas mentales que tuvo que lidiar con sus grandes dificultades por encajar en un mundo que rechazaba su arte.

A través de Armand, seguimos su periplo por aquellos barrios bohemios de París, a través de su vendedor de materiales para la pintura, o de todos aquellos personajes que se relacionaron en aquellos últimos días de su vida, en Auvers-sur-Oise, pequeña localidad francesa, cercana a París, donde el pintor encontró esa luz necesaria para construir su arte, a través de la recreación vanguardista que imprimía en sus pinturas, ilustrando campos, campesinos, y las personas que conocía e inmortalizaba en sus cuadros, como el Dr. Gachet, amigo de su hermano que lo acogió, y la hija de éste, Marguerite Gachet, a la que llegó a pintar en tres ocasiones, o Adeline Ravoux, la hija del dueño de la posada Ravoux, donde el pintor se alojaba y fue encontrado muerto, una muerte que algunos creen que fue un suicidio y otros, que fue asesinado por un joven maleante de la zona. Misterios sin resolver que la película utiliza de excusa para contarnos esos últimos días de Van Gogh, su arte, sus amistades, sus tormentos, y la soledad que le perseguía sin descanso, y la falta de interés que tenía su obra en la época, todo lo contrario que en el actualidad, convertido en uno de los mayores pintores de la historia, y uno de los máximos exponentes de la pintura moderna.

Kobiela y Welchman nos invitan a maravillarnos con la especial delicadeza y sensibilidad que destilan cada uno de sus fotogramas, convirtiendo su película en un joya visual sin precedentes, en un extraordinario viaje a los sentidos que recoge con sinceridad y honestidad el espíritu del arte de Van Gogh, a través de su pintura, de su maravillosa luz, colores y detalle en las formas y el rostro de sus retratados, y conociendo aún más si cabe, las relaciones que tuvo en su vida, y más concretamente, en sus últimos días, en el que la película construye un calidoscopio, tanto audiovisual, por su magnífica técnica que recuerda a los grandes de la animación que han creado trabajos vanguardistas, revolucionarios, sensibles y conmovedores, como Lotte Reiniger, Jan Svankmajer o Hayao Miyazaki, por citar a algunos (donde la animación ha alcanzado espectaculares maravillas visuales a través de la sencillez del dibujo y una formalidad que nada tiene que envidiar al cine real) y argumental, a través de los testimonios de todos aquellos que lo conocieron y trataron, creando un Van Gogh diferente y extraño según la persona y la relación que tuvo con él, desde los ya citados, como el barquero que lo veía de tanto en tanto, o la ama de llaves que lo trataba de loco, todos ellos, en su medida, nos descubren o no a una persona y artista que la película describe a través de muchas personas, sin saber con exactitud cómo era, y muchísimo menos, las circunstancias oscuras que envuelven su fallecimiento.

Encuentro con Mª Ángeles Cabré

Encuentro con la escritora Mª Ángeles Cabré con motivo de la presentación de la película “Artemisia” de Agnès Merlet, en el ciclo Per amor a les Arts. El acto tuvo lugar el martes 25 de abril de 2017 en la Filmoteca de Catalunya en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Maria Ángeles Cabré, por su tiempo, conocimiento, y generosidad, y a Esteve Riambau y su equipo de la Filmoteca, por su generosidad, paciencia, amabilidad y cariño.

Mr. Turner, de Mike Leigh

Mr.-TurnerRetratando la luz

Mike Leigh (Salford, Reino Unido, 1943) de descendencia judía, creció en el barrio obrero de Salford, cerca de Manchester, donde su padre ejercía de doctor. Allí, el joven Leigh conoció de primera mano los problemas y la realidad social de los británicos, que con el tiempo se convirtieron en la materia prima de su filmografía. Después de un debut desafortunado (Bleak Moments, 1972), que lo llevó al medio televisivo haciendo películas, irrumpió con fuerza en la década de los 90 con títulos como La vida es dulce (1990) o Indefenso (1993), títulos donde aborda unos dramas sociales de indudable carga profunda y emocional, donde la ironía, la sátira o incluso lo absurdo forman parte de su imaginario, obras que lo confirman como uno de los cineastas más brillantes y personales de su generación. Será con Secretos y mentiras (1996), Palma de Oro, donde conseguirá su mayor éxito, planteando un drama muy en línea de sus antecesoras. Vendrán otros títulos como El secreto de Vera Drake  (2002), ambientada en los años 50 durante la dura posguerra, donde conseguirá el León de Oro. Ahora nos llega una obra ambientada en la primera mitad del siglo XIX, – siglo, pero a finales, que ya abordó en la película Topsy-Turby (1999), sobre la rivalidad de dos artistas londinenses-, donde aborda la figura del pintor William Turner (1775-1851), pero desde un enfoque realista, contenido y humano. Leigh sitúa su relato en los últimos 25 años de la vida del pintor, un hombre admirado y criticado en vida, de condición controvertida  y excéntrica, que tanto se relacionaba con aristócratas y académicos de las artes como con prostitutas y otra clase de personas y condiciones. Su enorme talento para retratar los paisajes, centrándose en la furia y el asombroso poder de la naturaleza sobre el ser humano, le llevó a ser uno de los mayores maestros en materializar la luz, a través de sus acuarelas y óleos, que inspiraron a los futuros impresionistas. Una vida con la compañía de su ama de llaves, que la utiliza como criada y desahogo sexual, y también, de su padre, que le ayuda en su estudio. La muerte de éste lo conducirá a una profunda depresión que lo llevará a casarse con la señora Booth –dueña de una pensión que el pintor suele frecuentar-, y aislarse medio retirado en el barrio de Chelsea, donde pasará los últimos años de su vida. Leigh depura su relato, atrapando fielmente los momentos y situaciones de forma realista, filmando de modo elegante los continuos viajes y paseos del pintor en busca de esa imagen que le inspiraba, a través de la excelente luz, -muy acorde con el espíritu de la obra de Turner-, realizada por su inseparable cinematógrafo Dick Pope, colaborador fiel que llevan trabajando juntos desde el año 1990, y la compañía de la sutil y bellísima música de Gary Yershon, otro de los habituales.  Una trama sencilla y honesta, donde el cineasta aprovecha no sólo para retratar los lugares vivos y oscuros de la personalidad de Turner, sino que también, el retrato duro y descarnado de una época en la que la diferencia de clases era abismal y donde la hipocresía y el cinismo brillaban en todo su esplendor. Como es habitual en el cine de Leigh, los actores brillan con luz propia, componiendo unos personajes tristes y humanos que se mueven entre claroscuros, emergiendo entre todos, la poderosa interpretación de Timothy Spall, -uno de sus actores fetiche del director, con el que ha trabajado en 5 títulos- una composición enérgica y sobrecogedora, afianzando el carácter difícil del pintor y el peculiar sentido de humor negro y grotesco del que alardeaba. Leigh ha fabricado una obra intensa y hermosa donde funde el clasicismo más depurado con el Free cinema más enérgico en la forma de enfrentarse a la realidad del momento.