Gauguin, viaje a Tahití, de Édouard Deluc

EL ARTISTA LIBRE.

“No  puedo  ser  ridículo porque soy dos cosas que nunca lo son: un niño y un salvaje”.

  “Regresaré al bosque para vivir la calma, el éxtasis y arte.”

Paul Gauguin

Lo primero que llama la atención de Gauguin, viaje a Tahití  es su naturaleza peculiar y diferente al resto de los biopic al uso, porque su director Édouard Deluc se fija en un par de años, entre 1891 y 1893, el período que describe la estancia en la Polinesia del artista francés, y concretamente en Noa Noa, el diario que el pintor escribió de aquel viaje, del que Deluc adapta libremente, documentándose en otros libros. El cineasta francés describe a un artista atormentado y sólo, que aborrece la superficialidad de su obra, que no logra vender. Un hombre hastiado por los convencionalismos morales y sociales de Europa, su ensimismamiento y su declive burgués, vive casi en la indigencia ganando unos cuántos francos como estibador en los muelles, un alma triste, aburrida y desolada por el cariz de una sociedad convencional y muerta en vida, sin argumentos para convencer a sus allegados artistas que lo acompañen, decide emprender su propia aventura y dejar el mundo oscuro y capitalizado de Francia, y conocer esas lejanas tierras y sobre todo, conocerse como persona y cómo artista.

Deluc despoja su película de toda caparazón sentimental o preciosista, el Tahití que nos retrata huye de cualquier imagen de postal y empática, porque describe la odisea humana de Paul Gauguin (1848-1903) desde la precariedad y el descubrimiento, contándonos su experiencia de un modo íntimo y personal, hay aventura, pero no épica, más cerca de los western crepusculares de Peckinpah, que de las hazañas de los conquistadores o cosas así. Gauguin es un hombre obsesionado con la pureza del alma, de su viaje como vuelta a los orígenes, a ese paisaje salvaje, natural y primitivo con el que sueña, ambientes despojados de la burguesía más hipócrita y sucia de Francia. Su idea es encontrar esas personas ancladas en otro tiempo y en otro mundo para pintarlos, con colores y detalle, llenos de vida y alegría. Aunque, el pintor francés se encuentra un mundo en descomposición, un universo que los misioneros y el colonialismo francés está haciendo desaparecer para sus beneficios económicos.

Gauguin trabaja compulsivamente, su pasión no tiene límites, se mueve de un lugar a otro, su energía es brutal, no tiene descanso, y su encuentro casi fantasmal y onírico con Tehura, la nativa que se convierte en esa Eva primitiva con la que sueña encontrarse, le cambiará profundamente, llevándolo a su etapa más prolífica como artista, y la más genial, Tehura será su musa, la modelo de sus pinturas, y su amor. Aunque, lo demás seguirá igual, las penurias económicas y esa vida despojada casi de cualquier comodidad, seguirán haciendo mella en la salud del pintor y sus problemas de convivencia con Tehura. Deluc construye una película sensorial, en algunos momentos de terror, siguiendo el alma de Gauguin, un ser en ocasiones genio, y en otras, atormentado, un hombre que se buscaba a sí mismo, que no encajaba en una sociedad en descomposición, una sociedad capitalista que arrasaba con lo salvaje y diferente, en pos de su codicia y avaricia.

El Gauguin que nos retrata Deluc es un pintor magnífico, obsesionado con encontrar la pureza de su arte, de pintar aquello más íntimo y sensual, descubrir lo más primitivo de las personas, y el gesto más personal, pero también, alguien encerrado en su soledad, en su abatimiento, y su inadaptabilidad en un mundo superficial y ambicioso económicamente, un mundo contaminante que cambia las formas y la vida de los nativos convirtiéndolos en armas propagandísticas y comerciales según su antojo (como las ventas de tallas que rememoran a los ídolos maoríes). La cinta de Deluc se acerca a la mirada de Malick o Herzog, donde animalidad, locura y salvajismo se cruzan en la figura de Gauguin, en una película que retrata el alma del gran artista, pero también sus sombras y tortura, en una película que ahonda con naturalidad y extrema rigurosidad los temas políticos sobre el colonialismo francés, la religión como arma de aniquilación y deshumanización, y una sociedad, la nativa, en vías de extinción por la fuerza y la muerte del hombre blanco, en la que Gauguin convertido en el último romántico que quiere plasmar todo ese mundo complejo, bello, de colores y primitivo que está desapareciendo irremediablemente.

La inmensa y bestial interpretación de un actor de sangre y fuego como Vincent Cassel, llena de extremos, con esa barba poblada canosa y esa delgadez, de mirada inquieta y curiosa, lleno de vida y amargura, con esas túnicas como el nuevo mesías de conservación de lo primitivo y la libertad de ser quién quieres ser, aunque para ello tengas que desplazarte a la otra parte del mundo. Bien acompañado por la adolescente TuheÏ Adams de 17 años que da vida a Tehura, el amor de Gauguin, que se erige como la niña primitiva que representa la pureza y la humanidad contra un mundo en continua decadencia, que aboga por la avaricia y las falsa moral. Deluc ha hecho una película humanista, honesta y anímica que nos traslada al universo de Gauguin, a su mirada y su pintura, desde lo más íntimo y personal, huyendo de sentimentalismos y convenciones formales, su película es libre, cruda y bella, donde el amor se presenta desde lo más profundo y bello a lo más crudo y tenebroso.

Loving Vincent, de Dorota Kobiela y Hugh Welchman

LOS ÚLTIMOS DÍAS DEL ARTISTA.

“No podemos expresarnos mejor que a través de nuestros cuadros”

Vincent Van Gogh

Nos encontramos en Francia, en el verano de 1891, cuando el cartero Joseph Roulin encarga a su hijo Armand que le llevé a Theo Van Gogh una carta escrita por su hermano Vincent, fallecido un año antes. A partir de esta premisa, seguimos a Armand, primero por París y luego por Auvers-sur.Oise, localidad cercana a París, donde el pintor pasó sus últimos días, y en la que se va a ir encontrando con personas que conocieron a Van Gogh y de esta manera, reconstruir los pasajes más interesantes de su vida y sobre todo, sus últimos días y las extrañas circunstancias que acabaron con su vida, al igual que otros autores de la grandeza de Minnelli, Kurosawa o PIalat ya habían reflejado el mundo visual de luz y colores del genio holandés, a través de grandes películas que exploraban su mundo. Aunque este nuevo trabajo es diferente, pero no por lo que cuenta, sino el cómo lo cuenta, porque quizás la trama detectivesca que sigue a Armand resulte más interesante o no, aquí el mayor atractivo de la película reside en su construcción, porque es la primera película de la historia pintada al óleo, en la que 125 artistas de todo el mundo han pintado 65000 ilustraciones que posteriormente se han animado con la ayuda de intérpretes reales, en la que podemos ver 94 fotogramas muy cercanos a los originales del pintor, y unos 31, donde hay una representación parcial de sus pinturas. Una técnica artesanal, de prodigio visual, extraordinariamente elaborada que consigue seducirnos de inmediato, y sobre todo, introducirnos en el mundo plástico de extraordinaria belleza del arte de Van Gogh.

Los artífices de semejante propuesta son la polaca Dorota Kobiela que debuta como directora después de un puñado de cortometrajes animados reconocidos internacionalmente, y también, el británico Hugh Welchman, que también hace su debut en la dirección, después de una larga trayectoria en el mundo de la producción animada de éxito mundial. Dos cineastas que ya habían colaborado en otros trabajos, y ahora emprenden su primer largometraje juntos, y se enfrascan en un viaje emocional a la vida y el arte de Vincent Van Gogh (Zundert, Países Bajos, 1853 – Auvers-sur-Oise, Francia, 1890) uno de los estandartes de la pintura moderna que empezó a pintar a los 28 años y en sus escasos diez años de trabajo dejó unos 900 cuadros y 1600 dibujos, y un prolífico material epistolar que alcanza las 800 cartas, de las que escribió unas 650 a su hermano Theo. A partir del contenido de estas premisas, Kobiela y Welchman construyen algunos de los momentos más significativos de la vida del pintor, un hombre atormentado por sus problemas mentales que tuvo que lidiar con sus grandes dificultades por encajar en un mundo que rechazaba su arte.

A través de Armand, seguimos su periplo por aquellos barrios bohemios de París, a través de su vendedor de materiales para la pintura, o de todos aquellos personajes que se relacionaron en aquellos últimos días de su vida, en Auvers-sur-Oise, pequeña localidad francesa, cercana a París, donde el pintor encontró esa luz necesaria para construir su arte, a través de la recreación vanguardista que imprimía en sus pinturas, ilustrando campos, campesinos, y las personas que conocía e inmortalizaba en sus cuadros, como el Dr. Gachet, amigo de su hermano que lo acogió, y la hija de éste, Marguerite Gachet, a la que llegó a pintar en tres ocasiones, o Adeline Ravoux, la hija del dueño de la posada Ravoux, donde el pintor se alojaba y fue encontrado muerto, una muerte que algunos creen que fue un suicidio y otros, que fue asesinado por un joven maleante de la zona. Misterios sin resolver que la película utiliza de excusa para contarnos esos últimos días de Van Gogh, su arte, sus amistades, sus tormentos, y la soledad que le perseguía sin descanso, y la falta de interés que tenía su obra en la época, todo lo contrario que en el actualidad, convertido en uno de los mayores pintores de la historia, y uno de los máximos exponentes de la pintura moderna.

Kobiela y Welchman nos invitan a maravillarnos con la especial delicadeza y sensibilidad que destilan cada uno de sus fotogramas, convirtiendo su película en un joya visual sin precedentes, en un extraordinario viaje a los sentidos que recoge con sinceridad y honestidad el espíritu del arte de Van Gogh, a través de su pintura, de su maravillosa luz, colores y detalle en las formas y el rostro de sus retratados, y conociendo aún más si cabe, las relaciones que tuvo en su vida, y más concretamente, en sus últimos días, en el que la película construye un calidoscopio, tanto audiovisual, por su magnífica técnica que recuerda a los grandes de la animación que han creado trabajos vanguardistas, revolucionarios, sensibles y conmovedores, como Lotte Reiniger, Jan Svankmajer o Hayao Miyazaki, por citar a algunos (donde la animación ha alcanzado espectaculares maravillas visuales a través de la sencillez del dibujo y una formalidad que nada tiene que envidiar al cine real) y argumental, a través de los testimonios de todos aquellos que lo conocieron y trataron, creando un Van Gogh diferente y extraño según la persona y la relación que tuvo con él, desde los ya citados, como el barquero que lo veía de tanto en tanto, o la ama de llaves que lo trataba de loco, todos ellos, en su medida, nos descubren o no a una persona y artista que la película describe a través de muchas personas, sin saber con exactitud cómo era, y muchísimo menos, las circunstancias oscuras que envuelven su fallecimiento.

Encuentro con Mª Ángeles Cabré

Encuentro con la escritora Mª Ángeles Cabré con motivo de la presentación de la película “Artemisia” de Agnès Merlet, en el ciclo Per amor a les Arts. El acto tuvo lugar el martes 25 de abril de 2017 en la Filmoteca de Catalunya en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Maria Ángeles Cabré, por su tiempo, conocimiento, y generosidad, y a Esteve Riambau y su equipo de la Filmoteca, por su generosidad, paciencia, amabilidad y cariño.

Mr. Turner, de Mike Leigh

Mr.-TurnerRetratando la luz

Mike Leigh (Salford, Reino Unido, 1943) de descendencia judía, creció en el barrio obrero de Salford, cerca de Manchester, donde su padre ejercía de doctor. Allí, el joven Leigh conoció de primera mano los problemas y la realidad social de los británicos, que con el tiempo se convirtieron en la materia prima de su filmografía. Después de un debut desafortunado (Bleak Moments, 1972), que lo llevó al medio televisivo haciendo películas, irrumpió con fuerza en la década de los 90 con títulos como La vida es dulce (1990) o Indefenso (1993), títulos donde aborda unos dramas sociales de indudable carga profunda y emocional, donde la ironía, la sátira o incluso lo absurdo forman parte de su imaginario, obras que lo confirman como uno de los cineastas más brillantes y personales de su generación. Será con Secretos y mentiras (1996), Palma de Oro, donde conseguirá su mayor éxito, planteando un drama muy en línea de sus antecesoras. Vendrán otros títulos como El secreto de Vera Drake  (2002), ambientada en los años 50 durante la dura posguerra, donde conseguirá el León de Oro. Ahora nos llega una obra ambientada en la primera mitad del siglo XIX, – siglo, pero a finales, que ya abordó en la película Topsy-Turby (1999), sobre la rivalidad de dos artistas londinenses-, donde aborda la figura del pintor William Turner (1775-1851), pero desde un enfoque realista, contenido y humano. Leigh sitúa su relato en los últimos 25 años de la vida del pintor, un hombre admirado y criticado en vida, de condición controvertida  y excéntrica, que tanto se relacionaba con aristócratas y académicos de las artes como con prostitutas y otra clase de personas y condiciones. Su enorme talento para retratar los paisajes, centrándose en la furia y el asombroso poder de la naturaleza sobre el ser humano, le llevó a ser uno de los mayores maestros en materializar la luz, a través de sus acuarelas y óleos, que inspiraron a los futuros impresionistas. Una vida con la compañía de su ama de llaves, que la utiliza como criada y desahogo sexual, y también, de su padre, que le ayuda en su estudio. La muerte de éste lo conducirá a una profunda depresión que lo llevará a casarse con la señora Booth –dueña de una pensión que el pintor suele frecuentar-, y aislarse medio retirado en el barrio de Chelsea, donde pasará los últimos años de su vida. Leigh depura su relato, atrapando fielmente los momentos y situaciones de forma realista, filmando de modo elegante los continuos viajes y paseos del pintor en busca de esa imagen que le inspiraba, a través de la excelente luz, -muy acorde con el espíritu de la obra de Turner-, realizada por su inseparable cinematógrafo Dick Pope, colaborador fiel que llevan trabajando juntos desde el año 1990, y la compañía de la sutil y bellísima música de Gary Yershon, otro de los habituales.  Una trama sencilla y honesta, donde el cineasta aprovecha no sólo para retratar los lugares vivos y oscuros de la personalidad de Turner, sino que también, el retrato duro y descarnado de una época en la que la diferencia de clases era abismal y donde la hipocresía y el cinismo brillaban en todo su esplendor. Como es habitual en el cine de Leigh, los actores brillan con luz propia, componiendo unos personajes tristes y humanos que se mueven entre claroscuros, emergiendo entre todos, la poderosa interpretación de Timothy Spall, -uno de sus actores fetiche del director, con el que ha trabajado en 5 títulos- una composición enérgica y sobrecogedora, afianzando el carácter difícil del pintor y el peculiar sentido de humor negro y grotesco del que alardeaba. Leigh ha fabricado una obra intensa y hermosa donde funde el clasicismo más depurado con el Free cinema más enérgico en la forma de enfrentarse a la realidad del momento.