Adam, de Maryam Touzani

DOS MUJERES MARROQUÍES.

“La muerte no pertenece a las mujeres. A las mujeres pocas cosas nos pertenecen.”

Samia es una mujer marroquí, joven, sola y embarazada, en un país donde se castiga el embarazo fuera del matrimonio, como explicaba Sofia (2018), de Meryem Benm’Barek, en la veíamos las dificultades que tenía una joven embarazada en el rígida sociedad religiosa marroquí. Samia deambula por las calles de Casablanca, intentando encontrar trabajo y cobijo. En la Medina, rodeada de calles laberínticas y populares, donde se cruzan tradición y modernidad (como revelará ese magnífico instante, cuando delante de nuestros ojos, pasan tres mujeres jóvenes, dos llevan hiyab, y la otra, el cabello suelto), un espacio donde se puede apreciar su belleza y su suciedad, Samia se tropezará con Alba, una mujer más madura, viuda y madre de Warda, de 8 años,  que regenta una humilde tienda de repostería tradicional marroquí. La niña se encariña con la recién llegada, y la madre acepta acogerla unos días. Maryam Touzani (Tánger, Marruecos, 1980), ha destacado como directora de documental con títulos como Sous Ma Vieille Peau (2014), donde indagaba en la prostitución en su país, y en Aya va a la playa (2015), en la que investigaba la explotación de los niños en el trabajo doméstico. Ha coescrito Much Loved (2015), sobre la prostitución en Marruecos, y Razzia (2017), que protagonizó, centrada en el integrismo religioso, ambas dirigidas por su esposo Nabil Ayouch (París, 1969), destacado realizador centrado en los problemas sociales de las mujeres y niños marroquíes, que actúa como productor en Adam.

Touzani debuta en el largometraje de ficción con un relato intimo y doméstico, centrado en la relación de tres mujeres, dos adultas y una niña, mujeres proscritas por la tradicional y conservadora sociedad marroquí, que encuentran en el interior de la casa, el espacio ideal para limar asperezas y acercarse emocionalmente, y la directora nos muestra ese recorrido interior, a través de un elemento fundamental, la cocina, en este caso, la elaboración de los postres tradicionales, arrancando con el “Rziza”, un postre extremadamente laborioso, realizado artesanalmente, que encandila a los clientes de Alba, y así sucesivamente, como ocurría en Como agua para chocolate (1992), de Alfonso Arau, y en Comer, beber, amar (1994), de Ang Lee, donde, entre postre y postre, iremos conociendo a estas dos mujeres, su pasado, sus heridas y todo aquello que las separa, y las une. Una historia anclada en el espacio personal y doméstico, que no olvida los ecos de esa sociedad conservadora y durísima contra las mujeres, que las obliga a ocultarse y sobre todo, a convertirse en meros espectros que no pertenecen al devenir de unas leyes machistas.

La narración se toma su tiempo y su pausa para elaborar con pulcritud y sobriedad todo lo que cuenta, tanto en su fondo como en su forma, partiendo de dos niveles. En uno, vemos el detallismo y cuidado de las dos mujeres en la elaboración de los productos que, más tarde, se venderán en la tienda, su confidencias y complicidades, y luego, en el entorno íntimo de la casa, en el calor de las habitaciones, durante los quehaceres cotidianos de la casa, como lavar y tender la ropa, y en las sutilezas y detalles que la película va mostrando con reposo y elegancia. Una luz, que firman Virginie Surdej y Abil Ayouch, que nos recuerda a los pasajes bíblicos, con esa calidez y humanidad que van desprendiendo las relaciones de estas dos mujeres heridas, ávidas de comprensión y cariño, y la sutileza y sencillez de la edición, obra de Julie Nass, que sabe marcar un ritmo que encoge o alarga según la evolución del acercamiento emocional entre las dos protagonistas.

Un excelente reparto encabezado por dos almas generosas y solitarias como son Alba y Samia, y la pequeña Warda, con una Lubna Azabal en la piel de Alba, demostrando nuevamente la riqueza y la brillantez de una interpretación admirable, cuanto se puede decir sin abrir la boca, cuanto se pude transmitir con un leve gesto o mirada, junto a ella, Nisrin Erradi como la Samia sola y abatida, que encuentra amparo y consuelo en el lugar al que, sin saberlo, debía llegar, irradiando fortaleza y fragilidad al mismo tiempo, escenificando una realidad que viven tantas embarazadas solteras en un país como Marruecos, que las persigue y castiga. Y finalmente, la pequeña Douae Belkhaouda, que da vida a Warda, el puente que provocará el encuentro y la relación. La directora marroquí titula su película como Adam, y no es por una razón estética, sino por su significado, ya que en árabe moderno, para decir “ser humano” se dice “Beni Adam”, es decir “hijo de Adán”. Un niño, que anida en el vientre de Samia, que ella rechaza, y quiere donarlo en adopción, para de esa manera volver a su casa y ser aceptada por su familia.

Touzani debuta a lo grande en el campo del largometraje de ficción, con un relato sencillo y humilde, que no explica más de lo necesario, sino que se centra en las dos mujeres y su cotidianidad, tanto social, a través de la tienda y los clientes, y lo íntimo, con sus conflictos domésticos, a través de un retrato político, cultural y social sobre Marruecos y sus leyes, construyendo una historia humanista, que explica sin juzgar, que muestra sin banalizar, y que filma sin caer en tópicos ni sentimentalismos. Una película magnífica y sólida para hablarnos de relaciones humanas, de maternidad, del rechazo de la sociedad, de la libertad, y sobre todo, de amor, pero en el sentido amplio de la palabra, y más bien, la falta de amor en una sociedad demasiado sumisa y cobarde, que reivindica el amor como único medio para la comprensión y fraternidad entre seres humanos, y sobre todo, el nuestro propio, que seamos capaces de perdonar y perdonarnos, de aceptar nuestras fisuras y tristezas emocionales, y acarrear con ellas, sin miedo y con decisión, compartirlas y vivir con ellas, firmes y valientes, para mirar sin acritud el pasado y afrontar el presente con humildad y valentía. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Razzia, de Nabil Ayouch

LAS REVOLUCIONES ÍNTIMAS.

“Dichoso aquel que puede actuar de acuerdo a sus deseos”

(Proverbio bereber)

La película arranca en las Montañas Atlas en Marruecos en 1982, hablándonos de Abdallah, un maestro rural apasionado e inquieto, que debido a la islamización del gobierno, que viene acompañada de las imposiciones de la lengua y las enseñanzas radicales árabes, tiene que abandonar su pueblo y emigrar a la ciudad huyendo del gobierno. Luego, el discurso de la cinta se traslada a la Casablanca del 2015, en pleno bullicio de esa población joven desamparada e invisible que protesta enérgicamente en las calles debido a su dura situación social. En ese entorno, y con algunos flashbacks donde los dos tiempos se irán explicando, donde entenderemos como el estallido revolucionario de la situación actual, tiene su origen en aquellos primeros años 80 con la radicalidad del gobierno. Nabil Ayouch (París, Francia, 1969) ha construido una interesante filmografía en la que explora de manera crítica la sociedad marroquí, la tierra de sus orígenes, un entorno donde la población sobrevive a pesar de los pesares, centrando su mirada en la intimidad de sus personajes, y su cotidianidad más cercana.

Abrió su carrera con Mektoub (1997) donde ofrecía un brutal retrato de una mujer violada y su posterior estrés postraumático,  en Ali Zaoua, príncipe de Casablanca (2000) explicaba las dificultadas de un puñado de niños que viven en la calle en condiciones infrahumanas y albergan el sueño de viajar a Europa, Los caballos de Dios (2012) se adentraba en un grupo de jóvenes  de los arrabales de Casablanca, en su proceso de radicalización y empujados a un atentado suicida, y en Much Loved (2015) retrataba la durísima cotidianidad de unas prostitutas en Marraquech, película que levantó las iras de los más radicales, incluso agrediendo a una de las protagonistas. Ayouch hace un cine incómodo, un cine político, un cine de preguntas, de personas, de situaciones adversas, de almas castigadas, de seres diferentes, extraños en su propia tierra, seres desfavorecidos, personas que sueñan en un mundo diferente, mejor, un mundo más tolerante, menos fiero, y sobre todo, menos difícil.

En Razzia, en un guión construido con la actriz Maryam Touzani (que interpreta a Salima) como viene siendo habitual en su cine, construye un mosaico coral de varias almas en la ciudad de Casablanca, una ciudad dura, áspera, bulliciosa y ahora, levantada en cólera, en la que nos encontramos a Salima, una mujer atractiva y sensual, que sufre las críticas por su forma de vestir, y además, tiene que soportar la intolerancia de un marido que va de moderno, pero todavía se muestra excesivamente tradicional. También, conoceremos a Hakim, un joven homosexual que sueña con ser músico y vive señalado tanto por su padre como por sus vecinos de la Medina más tradicional y pobre, y a Joe, judío dueño de un restaurante que sufre el antisemitismo de una joven prostituta, e Inés, una adolescente rica, encerrada en una vida vacía, que se mueve entre la modernidad y la tradición, mientras explora su sexualidad. Cuatro almas inquietas, diferentes y llenas de vida, en una sociedad que las persigue, las insulta, las reprueba, y las castiga por ser cómo son, por desviarse del camino correcto o convencional, por soñar con una vida alejada de toda esa radicalidad, intolerancia y violencia.

El cineasta de origen marroquí retrata con detalle y gestualidad a sus cuatro criaturas encerradas en ese agujero negro, en ese microcosmos de una ciudad a la deriva, de un espacio inquietante y radicalizado, un lugar lleno de sombras despechadas, de vidas rotas y sin futuro, en el que estas cuatro almas se convierten en un interesante y ejemplar de esas personas silenciadas, que viven sin vivir, que se mueven como espectros, que cada huyen más de sí mismos, envueltos en esa paranoia intolerante de los más radicales, que quieren un mundo uniforme, sumiso y sin alma. Ayouch penetra con suma delicadeza y sensibilidad en el alma de sus personajes, sumergiendo al espectador en sus miedos e inseguridades, a través de pequeños detalles, de retratarlos sin juzgarlos, de adentrarse en sus caracteres con proximidad pero sin conducirlos, dejándolos libres para que se muestren como son, sin explicarlos en exceso, y detallándolos con sumo cuidado, dejando a los espectadores que saquen sus propias conclusiones y evidencias, envolviendo su relato en esa mayoría silenciosa, que intenta adaptarse a un mundo imposible, sumergido en sus tradiciones deshumanizadas y atentado contra todo aquello que muestra libertad individual y nuevos aires.

Una película magnífica en su forma y fondo, describiéndonos todo ese material humano con pulcritud y sinceridad, llevándonos por las diferentes vidas a lo Altman, donde cada personaje acaba erigiéndose como un tema a tratar, sin caer en lo esquemático, sino en todo lo contrario, buceando con astucia y ritmo en los diferentes vínculos emocionales que los atraen y los separan, pero siempre desde el deseo de contarnos esas almas desde puntos de vista diferentes, extrayendo lo mejor y lo más profundo de cada uno, en el que la película se convierte en un mapa humano de primer orden, en el que Casablanca se convierte en esa ciudad, sólo mágica y exótica en el cine (con esos guiños a la famosa película) porque su realidad más inmediata nos viene a decirnos que la ciudad arde en deseos de cambio, de caminar de otra manera, de romper con lo tradicional y levantarse en una nueva sociedad, más tolerante, más viva y sobre todo, más humana, respetando a todos y cada uno de sus habitantes, sean como sean, y quieran lo que quieran.

Los caballos de Dios, de Nabil Ayouch

les_chevaux_de_dieu_afficheLA SEMILLA DEL MAL

Volad, caballos de Dios, y  las puertas del paraíso se abrirán para vosotros

La relación del cineasta Nabil Ayouch (París, 1969) con el barrio de chabolas de Sidi Mumen, en Casablanca (Marruecos), nació en 1999, cuando rodó algunas secuencias de su primera película Ali Zaoua. Después de los atentados suicidas de mayo del 2003, volvió al barrio y filmó una pieza de 16 minutos donde hablaba con las víctimas, los supervivientes y sus familias. Aquel cortometraje fue el germen de hacer una película sobre los suicidas de los atentados, Adquirió los derechos del libro Les Étoiles de Sidi Mumen, de Mahi Binedine, donde el enfoque se parecía al pensado por Nayouch.

El cuarto trabajo del realizador francés-marroquí se centra en dos hermanos, Yachine y Hamid, y su familia, y arranca en el año 1994 y se cierra en el año 2003, los dos viven junto a su madre, que acarrea con todos, su padre depresivo, un hermano en el ejército, el otro casi autista y ellos dos. Hamid es el jefe del barrio y protector de Yachine, al que apodan “la araña negra” como el famoso portero, por su afición al fútbol. Cuando Hamid es enviado a la cárcel por traficar con drogas. Entonces, Yachine se dedica a trabajar con el chatarrero del poblado, y así huye de la violencia, la miseria y las drogas. Cuando sale de prisión, Hamid vuelve convertido en un fundamentalista islámico, y convence a su hermano y los amigos de éste para que acudan a la mezquita, donde serán adoctrinados como mártires contra los enemigos del Islam. Ayouch apoya su relato en la relación de los dos hermanos, como Caín y Abel, dos formas de entender la misma situación, dos hermanos que a lo largo del metraje, pasan por distintas fases, cambiando sus propios roles de actitud y creencias. Una película donde no hay ningún tipo de mensaje de adoctrinamiento del islam ni nada parecido, ni siquiera existe nada a modo de panfleto a favor de los suicidas, sino todo lo contrario, el realizador se introduce en el alma de estos jóvenes, en la humanidad de unos seres sin futuro, unos hombres dejados por el estado a su desdicha, que sobreviven en un poblado lleno de peligros y maldades.

Una película divida en dos partes, en la primera, la violencia y las drogas que reina en el barrio se convierten en el pan de cada día, y en la segunda mitad, el fundamentalismo religioso se apodera de la cinta, convirtiéndose la película en un estudio de cómo este tipo de líderes espirituales captan a los jóvenes desarraigados y a través de sus métodos de acercamiento a Dios, los van alejando de sí mismos, y de su entorno, para de esta manera, convertirlos en terroristas suicidas. Una obra contundente y visceral, como un puñetazo en el estómago que deja sin aliento, que atrapa desde lo más sencillo, una película necesaria y honesta, que se alzó con la Espiga de Oro en la 57 edición de la Seminci. Un ejercicio que nos retrae a obras como American history X, donde se expone el sinsentido de la violencia, ¿dónde nace?, ¿cómo se origina?, ¿qué fin busca? ¿Por qué existe?, muchas preguntas las planteadas en el film de Ayouch, preguntas difíciles y complejas que requieren una profunda reflexión por parte de la sociedad y sobre todo, los gobiernos, y sus políticas exteriores.