Climax, de Gaspar Noé

DANZAD, DANZAD, MALDITOS.

“La existencia no es más que una ilusión efímera que todos nos llevamos a la tumba.”

Gaspar Noé

El espectacular y rompedor arranque de la película con los cuerpos de los bailarines danzando al ritmo adrenalínico y frenético de la música, con esa cámara suspendida en el aire que va recogiendo todos sus movimientos a velocidad de crucero, sometiendo a los espectadores en una vorágine brutal y llena de energía que nos deja completamente hipnotizados con su sonio y ritmo. Una apertura de estas características deja muy claras las intenciones de Gaspar Noé (Buenos Aires, Argentina, 1963) de proponer un viaje hipnótico y sensorial a través de la música, en el que tenemos que dejarnos llevar, dejar de lado la racionalidad y que nuestro subconsciente nos guié por ese mundo de sensaciones y de espiritualidad. El cineasta argentino afincado en Francia no hace un cine complaciente y cómodo, sino todo lo contrario, nos sumerge en relatos cotidianos en apariencia, que a medida que avanza el metraje, se irán radicalizándose, en el que sus personajes se sumergirán en un laberinto emocional y complejo donde la violencia más extrema y brutal hará acto de presencia, destapando las partes más oscuras de la condición humana.

Y si esto fuera poco, Noé echa mano de un virtuosismo formal muy radical, marca de su cine, en el que sus planos retratan de forma cruda y realista todo aquello que ocurre, con encuadres imposibles y extremos, en el que capta todos los puntos de vista de los personajes, y sobre todo, sus estados de ánimos, como si la cámara fuese el alma del personaje, moviéndose y captando todo aquello que desprende su interior, siguiendo con crudeza y suciedad todas las acciones violentas y durísimas que viven sus criaturas. En Climax empieza con ese prólogo donde los bailarines hablan a la cámara en una especie de casting sobre sus ilusiones y miedos, para luego pasar al brutal baile de apertura de la película y a la fiesta que vendrá a continuación, donde veremos a los bailarines bailando sin descanso al ritmo de la música en directo, que no dejará de sonar en todo el metraje, también, iremos conociendo las relaciones personales entre ellos, con ese vocabulario de la calle, donde hablan de sexo, alcohol y drogas, entre otras cosas sobre pasarlo bien y disfrutar de la vida.

Estamos a mediados de los 90, la música electrónica y dance francesa es la más rompedora del planeta, con grupos como Daft punk a la cabeza, en un recóndito lugar alejado de todos y todo, en una historia real como nos anuncian en los títulos del inicio de la película, en los que hay alguna que otra broma y nos dan paso al ambiente festivo y alegre que recorre una parte de la película. Noé ha reclutado a un buen puñado de bailares profesionales, encajando su película en un solo espacio, con el epicentro de la sala de baile, en el que podríamos reconocer el Cielo o el Paraíso, donde la danza transporta a todos los jóvenes a sus lugares y estados favoritos, llenos de luz y paz, después pasaríamos a los pasillos y otros espacios, con sus habitaciones, donde entraríamos en una especie de purgatorio, en el que cada uno de los personajes penetra en sus lugares ocultos y personales, donde estallan las diferentes tensiones y conflictos, y por último, nuevamente la sala de baile, ahora convertida en el Infierno, donde todo ha cambiado, en el que cada uno de ellos ya no es el mismo, está poseído por algo, en una especie de trance demoniaco en el que la construcción del inicio ha dejado paso a la destrucción de uno mismo y los de sus alrededor, en un estado zombie de almas desterradas, perdidas y llevadas por el delirio más infernal.

Noé parte su película en muchísimos trozos, aunque podríamos diferenciar un par, en el primero, todo es fiesta, alegría y baile, y en el segundo, después que se dan cuenta que la sangría estaba dopado con un potente LSD, donde cada uno de los personajes se mueve de un lugar a otro de forma anormal, como poseídas por algo, donde sus actos ya no obedecen a la consciencia, sino a otros espíritus, en el que los actos sinsentido y violentos se irán sumando, sin descanso, donde la cámara de Noé, testigo de toda esta locura y paranoia, representará todo estos actos y escenarios de manera inquieta y terrorífica, colocando el punto de vista al revés, y a ras del suelo, en el que nos iremos tropezando con jóvenes arrastrándose por el piso, manteniendo sexo, gritando, rasgándose el cuerpo y la ropa y moviéndose con extrema dificultad, en un estado de trance psicotrópico, donde todo está abierto en canal a lo más oscuro y brutal, en una bacanal de sexo, violencia y horror absolutos, donde la fiesta se convierte en pesadilla, y donde cada uno de los jóvenes se trasnforma en el peor de sus miedos y monstruos. Noé nos habla a la cara, de frente, sin tapujos ni vericuetos, y nos somete a su película, en este viaje psicodélico, para que seamos testigos y vivamos una experiencia algo parecido a lo que viven sus personajes, introduciéndonos en este malvado y cruel descenso a los infiernos, en el que cada uno de nosotros experimentará la película de formas y conceptos realmente muy personales, donde su radicalidad visual ya argumental, gustará más o menos, pero indiferente no dejará a nadie que se atreva a acercarse a este emocionante y sangrante cruce entre drama, terror y paranoia social.

Gauguin, viaje a Tahití, de Édouard Deluc

EL ARTISTA LIBRE.

“No  puedo  ser  ridículo porque soy dos cosas que nunca lo son: un niño y un salvaje”.

  “Regresaré al bosque para vivir la calma, el éxtasis y arte.”

Paul Gauguin

Lo primero que llama la atención de Gauguin, viaje a Tahití  es su naturaleza peculiar y diferente al resto de los biopic al uso, porque su director Édouard Deluc se fija en un par de años, entre 1891 y 1893, el período que describe la estancia en la Polinesia del artista francés, y concretamente en Noa Noa, el diario que el pintor escribió de aquel viaje, del que Deluc adapta libremente, documentándose en otros libros. El cineasta francés describe a un artista atormentado y sólo, que aborrece la superficialidad de su obra, que no logra vender. Un hombre hastiado por los convencionalismos morales y sociales de Europa, su ensimismamiento y su declive burgués, vive casi en la indigencia ganando unos cuántos francos como estibador en los muelles, un alma triste, aburrida y desolada por el cariz de una sociedad convencional y muerta en vida, sin argumentos para convencer a sus allegados artistas que lo acompañen, decide emprender su propia aventura y dejar el mundo oscuro y capitalizado de Francia, y conocer esas lejanas tierras y sobre todo, conocerse como persona y cómo artista.

Deluc despoja su película de toda caparazón sentimental o preciosista, el Tahití que nos retrata huye de cualquier imagen de postal y empática, porque describe la odisea humana de Paul Gauguin (1848-1903) desde la precariedad y el descubrimiento, contándonos su experiencia de un modo íntimo y personal, hay aventura, pero no épica, más cerca de los western crepusculares de Peckinpah, que de las hazañas de los conquistadores o cosas así. Gauguin es un hombre obsesionado con la pureza del alma, de su viaje como vuelta a los orígenes, a ese paisaje salvaje, natural y primitivo con el que sueña, ambientes despojados de la burguesía más hipócrita y sucia de Francia. Su idea es encontrar esas personas ancladas en otro tiempo y en otro mundo para pintarlos, con colores y detalle, llenos de vida y alegría. Aunque, el pintor francés se encuentra un mundo en descomposición, un universo que los misioneros y el colonialismo francés está haciendo desaparecer para sus beneficios económicos.

Gauguin trabaja compulsivamente, su pasión no tiene límites, se mueve de un lugar a otro, su energía es brutal, no tiene descanso, y su encuentro casi fantasmal y onírico con Tehura, la nativa que se convierte en esa Eva primitiva con la que sueña encontrarse, le cambiará profundamente, llevándolo a su etapa más prolífica como artista, y la más genial, Tehura será su musa, la modelo de sus pinturas, y su amor. Aunque, lo demás seguirá igual, las penurias económicas y esa vida despojada casi de cualquier comodidad, seguirán haciendo mella en la salud del pintor y sus problemas de convivencia con Tehura. Deluc construye una película sensorial, en algunos momentos de terror, siguiendo el alma de Gauguin, un ser en ocasiones genio, y en otras, atormentado, un hombre que se buscaba a sí mismo, que no encajaba en una sociedad en descomposición, una sociedad capitalista que arrasaba con lo salvaje y diferente, en pos de su codicia y avaricia.

El Gauguin que nos retrata Deluc es un pintor magnífico, obsesionado con encontrar la pureza de su arte, de pintar aquello más íntimo y sensual, descubrir lo más primitivo de las personas, y el gesto más personal, pero también, alguien encerrado en su soledad, en su abatimiento, y su inadaptabilidad en un mundo superficial y ambicioso económicamente, un mundo contaminante que cambia las formas y la vida de los nativos convirtiéndolos en armas propagandísticas y comerciales según su antojo (como las ventas de tallas que rememoran a los ídolos maoríes). La cinta de Deluc se acerca a la mirada de Malick o Herzog, donde animalidad, locura y salvajismo se cruzan en la figura de Gauguin, en una película que retrata el alma del gran artista, pero también sus sombras y tortura, en una película que ahonda con naturalidad y extrema rigurosidad los temas políticos sobre el colonialismo francés, la religión como arma de aniquilación y deshumanización, y una sociedad, la nativa, en vías de extinción por la fuerza y la muerte del hombre blanco, en la que Gauguin convertido en el último romántico que quiere plasmar todo ese mundo complejo, bello, de colores y primitivo que está desapareciendo irremediablemente.

La inmensa y bestial interpretación de un actor de sangre y fuego como Vincent Cassel, llena de extremos, con esa barba poblada canosa y esa delgadez, de mirada inquieta y curiosa, lleno de vida y amargura, con esas túnicas como el nuevo mesías de conservación de lo primitivo y la libertad de ser quién quieres ser, aunque para ello tengas que desplazarte a la otra parte del mundo. Bien acompañado por la adolescente TuheÏ Adams de 17 años que da vida a Tehura, el amor de Gauguin, que se erige como la niña primitiva que representa la pureza y la humanidad contra un mundo en continua decadencia, que aboga por la avaricia y las falsa moral. Deluc ha hecho una película humanista, honesta y anímica que nos traslada al universo de Gauguin, a su mirada y su pintura, desde lo más íntimo y personal, huyendo de sentimentalismos y convenciones formales, su película es libre, cruda y bella, donde el amor se presenta desde lo más profundo y bello a lo más crudo y tenebroso.

Manifesto, de Julian Rosefeldt

EL ARTE REQUIERE VERDAD NO SINCERIDAD.

“NADA ES ORIGINAL. Roba de cualquier sitio que resuene con inspiración o alimente tu imaginación. Devora viejas películas, nuevas películas, música, libros, cuadros, fotografías, poemas, sueños, conversaciones aleatorias, arquitectura, puentes, señales, árboles, nubes, masas de agua, luz y sombras. Selecciona para robar solo aquellas cosas que hablen directamente a tu alma. Si haces eso, tu obra, y tu robo, serán auténticos. La autenticidad es invaluable; la originalidad es inexistente. Y no te molestes en ocultar tu robo… celébralo si te apetece. En cualquier caso, recuerda siempre lo que Jean-Luc Godard dijo: No se trata de de dónde te llevas las cosas…sino adónde te las llevas.”

Jim Jarmusch (2002)

El siglo XX es, sin lugar a dudas, el siglo de las imágenes audiovisuales, el siglo que mostró el mundo al mundo, como explicaban recientemente en ¡Lumière! Comienza la aventura, un siglo caracterizado por la proliferación de manifiestos artísticos, documentos donde se expone la naturaleza del arte, su significación, su existencia en sí misma, y su necesidad o no, diversas cuestiones que tanto unos u otros artistas o personalidades relacionadas con el medio, han escrito como documentos que generasen debate y discusión, proclamas que exponían un sentimiento a favor o en contra del arte, y su posición ante un siglo lleno de guerras, conflictos políticos de primer orden, hambre y demás terrores mundiales.La puesta de largo de Julian Rosefeldt (Munich, Alemania, 1965) es una película-ensayo, siguiendo algunas de las premisas de Chris Marker (1921-2012) cineasta ensayística por antonomasia, que no sólo se preguntaba con acierto y profundidad sobre el estado político, cultural, económico y social del mundo, sino que también su cine se preguntaba a sí mismo, reinventándose constantemente a través de la memoria y el tiempo.

Rosefeldt, videoartista y cineasta, que ha expuesto sus obras alrededor del mundo, recupera una instalación, originalmente expuesta en un museo para desarrollarla cinematográficamente, haciéndose preguntas sobre su trabajo y su significación en el mundo contemporáneo, aunque así en primera estancia pudiera parecer una premisa ególatra de artista que se cree Dios, la realización huye de todo ensimismamiento o mirarse al ombligo, el trabajo de Rosenfeldt se basa en la pregunta, en su propia duda, en remitir al propio arte para cuestionarse su trabajo y hacia adónde se encamina, y lo hace de una forma imaginativa, cruel, irónica, divesrtida, y brutal. A saber: recoge mucho de aquellos manifiestos de antes y ahora, donde artistas expusieron sus ideas y reflexiones sobre el futurismo, el dadaísmo, el Fluxus, el suprematismo, el situacionismo, el Dogma 95 y otros grupos artísticos, firmados por nombres tan ilustres como Karl Marx o Friedrich Engels (que firman El manifiesto comunista, el único que no pertenece al siglo XX, ya que se escribió en 1848, y abre la película) así como también reflexiones individuales de arquitectos, bailarines o cineastas como Claes Oldenburg, Yvonne Rainer, Kazimir Malevich, André Breton, Sturtevant, Sol LeWitt, Jim Jarmusch, etc…

¿Cómo escenifica estos manifiestos y escritos Rosefeldt? Pues ahí viene su forma imaginativa e interesante, ya que huye de la ilustración convencional para construir 13 performances, donde veremos sendos personajes interpretados por Cate Blanchett (arrancando con un vagabundo, una corredora de bolsa, una madre conservadora, una gerente, una oradora en un funeral, una punk, una coreógrafa, una maestra, una trabajadora de una fábrica, una presentadora de noticias, una reportera, una titiritera, una científica) en el que la presencia enigmática y maravillosa de la intérprete, que suma su increíble talento y sobriedad de la actriz australiana consigue sumergirnos en los diferentes ambientes en los que vamos escuchando sus proclamas, ideas y reflexiones artísticas. Rosefeldt nos sumerge en una película-ensayo que nace desde la provocación recuperando aquellos manifiestos y envolviéndolos en el estado de las cosas, en cuestionarse aquellos escritos, y su vigencia actual, además, como no podía ser de otra manera, emergen a la superficie las cuestiones sobre el arte en sí mismo, su importancia o no, su necesidad o no, y su lugar o no, en un mundo que atraviesa una de las peores crisis económicas, donde asolan guerras, hambre y demás problemas, en el que el capitalismo, sistema económico vigente en la última mitad del siglo, se encuentra en los estertores de su existencia, y los gobiernos han martirizado la cultura y el arte.

Rosenfeldt filmó en 12 días en los alrededores de Berlín, en el que vemos un relato distópico, un mundo en decadencia, una sociedad no sociedad, y unos seres humanos completamente deshumanizados, idiotizados, y lo que es peor robotizados, y sin esperanza, en la que construye una película provocadora, creando un mundo casi abstracto, en el que Cate Blanchett interpreta cada uno de sus roles de una forma extraordinaria, sobria y mimética (como ha hecho con alguno de sus papeles más célebres como la Katherine Hepburn de El aviador, Bob Dylan en I’m not Here, la burguesa venida a menos de Blue Jasmine o más recientemente, la Carol Aird enamorada de una mujer en Carol) en un extraordinario tour de forcé donde la actriz australiana genera esa atmósfera requerida lanzándose al vacío, fundiéndose no sólo con el paisaje, sino en cada uno de sus personajes, antagónicos entre ellos, desde lo más natural a la artificialidad más absoluta, y recitando esos textos de formas tan diferentes, pasando por todas las emociones posibles, generando esa atmósfera extraña, poética, cruda, realista o lírica, que crea una auténtico calidoscopio que no deja indiferente, fascinará o irritará a partes iguales, en una zambullida en la profundidad del arte, vista y observada desde todos los puntos de vista posibles, y lanzando piedras a todos lados, con esa banda sonora sobresaliente, donde escuchamos sonidos industriales, soñadores y realistas, dejando que el espectador inquieto y curioso se acerque a un viaje hipnótico que le emocionará.

 

 

 

Ganar al viento, de Anne-Dauphine Julliand

LOS DÍAS VIVIDOS.  

“Estar enfermos no nos impide ser felices”

Tugdual es un niño de ocho años que ha sufrido dos tumores a pesar de su corta edad. El niño habla a la cámara con aplastante naturalidad y una madurez impropia para su edad, en la que explica con detalles el tamaño de su tumor y sus reflexiones acerca de su enfermedad, y su existencia de tratamientos, medicinas y hospitales. También, conoceremos las existencias de cuatro niños más, niños enfermos, niños que atraviesan dolencias graves y complejas, como Camille, que desde muy pequeño ha tenido que vivir con un cáncer, una dolencia que no le ha quitado una sonrisa y su pasión por jugar al fútbol. Ambre, una niña de nueve años, que lleva a sus espaldas su inseparable mochila de campanilla, en la que guarda una bomba conectada a su débil corazón que le ayuda a respirar, aunque ese gran problema de salud nunca le ha impedido seguir haciendo deporte. Imad tiene seis años y padece de una insuficiencia renal, de su diálisis y la esperanza de un donante que le ayude a vivir mejor, aunque siga siendo ese niño inteligente, apasionado por todo y amante de su familia y su Argelia natal. Y finalmente, Charles, que a pesar de su infancia enclaustrada en el ambiente hospitalario, debido a su grave enfermedad, necesita cuidados constantemente para paliar los dolores que le producen las llagas que pueblan todo su pequeño cuerpo, pero aún así, le encanta estar con Jason, un amigo también enfermo, y recorrer los pasillos del centro hospitalario.

La primera película de Anne-Dauphine Julliand (París, 1973) nace después de una experiencia personal y traumática como la enfermedad de su hija, experiencia que le llevó a conocer los ambientes de hospitales, tratamientos y operaciones, que recogió en dos libros, en “Llenaré tus días de vida”, que explicaba la cotidianidad de su hija enferma y su familia, que se convirtió en un gran éxito en Francia y traducido a más de 20 idiomas, y “Une journée particulière”, en la que se centraba en su familia cuatro años después de la experiencia con la enfermedad de su hija. Un tiempo que Julliand quería dejar constancia a través de una película, para de esta manera acercar la cotidianidad de estos niños enfermos. La directora francesa se deja de sentimentalismos y condescendencias, y filma un documento que atrapa la vida, en su estado más puro e insignificante, mirando a nuestra esencia vital, a partir de sus fragmentos fugaces, aquellos que no se ven, que no podemos guardar en una caja, pero si sentirlos con plenitud, llenándonos de la capacidad de vivir con lo mínimo, con aquello que somos y hacemos, sin mirar más allá, sólo ese momento que vivimos y disfrutamos sin más mañana que el ahora.

Julliand construye una película magnífica sobre el valor de la vida, de vivir intensamente cada segundo e instante de nuestras vidas, cuando esa vida se vive cada momento, porque no hay seguridad de que haya más momentos, y lo hace desde la sencillez y la naturalidad, capturando las existencias de cuatro niños y una niña que padecen graves enfermedades, en la que asistimos a sus intimidades, a sus quehaceres cotidianos como estar en el hospital, ir al colegio, visitar al médico, sus juegos, sus tratamientos, operaciones y demás, siempre junto a su entorno familiar y el equipo de médicos que los atiende. La cámara de Julliand se convierte en un personaje más de la historia, filmando esos momentos fugaces e intensos que viven estos niños, su desbordante alegría y apasionamiento por cada cosa que hacen, y su implacable sinceridad en el momento que nos hablan de su enfermedad y las posibilidades de tratamientos y curación, en la que su humanidad traspasa la pantalla fílmica, y nos acerca a un estado diferente, en el que los quehaceres cotidianos dejan de tener sentido, y escuchamos a estos pequeños que aman la vida en todo su esplendor y tristeza, y aún así no dejan que los convierta en esclavos de su vida, sino todo lo contrario, lo aceptan y siguen hacia delante, con alegría y sin olvidarse que a pesar de estar enfermos, siempre hay motivos para sonreír, jugar, cantar, gritar, y seguir siendo los niños que son.

Unos cuerpos frágiles e inocentes, que todavía no se han desarrollado en su plenitud, que siguen creciendo y aumentando, que viven diariamente con esa enfermedad que les impide llevar una vida como los demás, pero que a pesar de los pesares, y pese a sus inconvenientes, no dejan de desear, soñar, reír y amar la vida y su entorno, a pesar de sus enfermedades, dejándonos grandes lecciones sobre la existencia vital, sobre el valor de nuestras existencias, de aquello que verdaderamente es importante, mostrándonos una humanidad honesta y transparente, que más de uno la quisiera para él, donde no hay trampa ni cartón, sino sinceridad de primera, de vidas vividas, sobre la importancia y el valor de la vida, como único tesoro que tenemos, y tanto olvidamos por nuestras estupideces cotidianas. La vida, no como un todo, y una serie de objetivos personales, sino a través de sus momentos e instantes fugaces que nos hacen sentirnos vivos y bien con nosotros mismos, porque lo demás, lo que creemos que necesitamos no es más que un propósito, algo en el aire, algo todavía lejano, y seguramente, inútil para nosotros ahora mismo, en este momento e instante en el que todo está sucediendo y quizás nos perdamos eso tan valioso que tenemos como el aquí y el ahora, aprovechar cada instante porque quizás puede ser el único, y hacerlo desde un sentido humano, sin nada más material a nuestro alrededor, sólo nosotros y los que nos rodean.


<p><a href=”https://vimeo.com/233554348″>TRAILER GANAR AL VIENTO – V.O.S.E.</a> from <a href=”https://vimeo.com/filmburo”>Film Bur&oacute;</a> on <a href=”https://vimeo.com”>Vimeo</a&gt;.</p>

Encuentro con La Chana y Lucija Stojevic

Encuentro con Antonia Santiago Amador “La Chana”, y Lucija Stojevic, directora de “La Chana”, junto a Deirdre Towers (coproductora) y Beatriz del Pozo (musicóloga y colaboradora de la película). El acto tuvo lugar el jueves 2 de noviembre de 2017 en la Sala Soho House en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Antonia Santiago Amador “La Chana”, Lucija Stojevic, Deirdre Towers y Beatriz del Pozo, por su tiempo, conocimiento, y generosidad, al Festival DocsBarcelona, por su tiempo, y dar vivisibilidad a la película, y a Ana Sánchez de Comedianet, por su organización, generosidad, paciencia, amabilidad y cariño.

The square, de Ruben Östlund

DESTAPAR LAS MISERIAS.  

La película sigue la existencia de Christian, uno de esos hombres triunfadores y rodeados de buenos sentimientos. Christian es un hombre alrededor de los cuarenta y bien parecido, es de esos tipos felices con su trabajo, dirige uno de los museos más importantes de arte contemporáneo y además, se muestra satisfecho con su vida. Conduce un coche moderno y eléctrico, y tiene un apartamento de alto standing. Divorciado y padre de dos hijas impertinentes y consentidas. Toda su vida marcha sobre ruedas. Pero, una mañana, una como otra cualquiera, después de ser alertado por un incidente cotidiano en plena calle, le sustraen la cartera y el móvil sin darse cuenta. A partir de aquí, su vida girará en torno a recuperar sus objetos, y además, sin sarde cuenta, o dándose mucha, se cuestionarán sus ideales y valores humanos frente a sus actos, si éstos reflejan realmente sus pensamientos de solidaridad y justicia.

Ruben Östlund (Styrsö, Suecia, 1974) vuelve a la carga con sus sátiras morales donde reflexiona sobre la fragilidad humana envuelta en situaciones morales que los hacen replantearse su existencia, como viene explorando, desde su debut en Involuntario (2008) donde a partir de 5 episodios cuestionaba el poder del grupo sobre el individuo, en Play  (2011) se centraba en niños negros e hijos de inmigrantes que se excusaban en el racismo y los prejuicios sociales para desplumar a chicos de su edad, y finalmente, en Fuerza mayor (2014) resquebrajaba los ideales de la familia a partir de la situación de un padre de familia que anteponía su salvación a la de su mujer e hijos, ante una avalancha de nieve. El cineasta sueco construye parábolas morales sobre el individuo y la construcción de sus valores, muchos de ellos incuestionables y defendidos a capa y espada, aunque llegados a sus materializaciones físicas en la sociedad, esas situaciones incómodas, en las que esos valores que se creían sólidos desaparecen en pos a un instinto de individualismo y egoísmo.

Östlund, al que podríamos definir como un alumno aventajado de Haneke o de Roy Andersson, eso sí en un tono diferente, pero en esa idea de arremeter contra los prejuicios sociales y cuestionar los aparentemente valores que estructuran nuestras existencias que materializados adquieren cuanto menos un disfraz de hipocresía, vanidad y condescendencia. La película penetra en el mundo del arte contemporáneo, siguiendo la cotidianidad del museo, y lo hace desde la mirada extraña y crítica, a través de una exposición que revela más de cómo somos y sobre todo, como actuamos, en la que se plantea la confianza que tenemos depositada en los otros, esos extraños que no conocemos, a partir de un cuadro en mitad de una plaza, que expone nuestra voluntad de ayudar a los demás por encima de nuestras necesidades individuales, una especie de altruismo, que no lo es tanto (instalación llevada a cabo por el propio director en el museo Vandalorum en Suecia). Östlund no sólo mide el grado de esnobismo y caparazón de mucho del arte contemporáneo de la actualidad, en la impostura que vende, sino su propia utilidad y utilización en el mundo de fuera, en la realidad de ricos y pobres que estructura nuestra sociedad, sino que también, penetra en las relaciones superficiales y desinhibidas que se producen en ese ambiente de nuevas tecnologías (de lo que llegamos a hacer para vender el producto a toda costa) los falsos valores hipócritas tanto de los que dirigen y trabajan en el museo, como esos mecenas que lo alimentan, todos ellos se mueven en un coto cerrado que tiene poco o nada que ver con el exterior, ensimismados en su superficialidad.

Östlund construye una película de largas secuencias, como es habitual en su cine, macerando sus historias introduciendo aspectos inquietantes que nos causan una gran extrañeza e incomodidad (como el chimpancé real que vive con la periodista o la performance del hombre actuando como un simio ante el asombro de todo ese público que se mueve en ese falso oropel y virtuosismo humano) sin olvidarnos de una forma y fondo que nos cuestiona continuamente a los espectadores, obligándonos a tomar partido de aquello que estamos viendo, en una suerte de juego de espejos en el que el reflejo que nos devuelve nos arrincona y nos da la vuelta, posicionándonos en ese espacio de falsedad, apariencia y terror, elementos en los que hemos posado nuestra vida, aspectos de nuestro carácter que odiamos, aunque cuando nos aprietan un poco las clavijas y nos sumergen en ambientes y situaciones en las que nuestra tranquilidad y confort se ven amenazados, aparecen nuestras miserias y actuamos como el más vulgar de los semejantes, convirtiéndonos en eso que criticamos de los demás, o en esa bestia salvaje descontrolada.

Entrevista a Sebastian Vogler

Entrevista a Sebastian Vogler, director artístico de “La muerte de Luis XIV”. El encuentro tuvo lugar el jueves 24 de noviembre de 2016 en las oficinas de Eddie Saeta en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Sebastian Vogler, por su tiempo, generosidad, amistad y cariño, y a Marta Herrero y Marina Cisa de Madavenue, por su amabilidad, paciencia y cariño, y a Lluís Miñarro, por su amabilidad, amistad y cariño.