El cuadro, de Andrés Sanz

EL ENIGMA DE LAS MENINAS.

“Un cuadro que constantemente es una escenificación de la realidad en que todo es fingido”

Francisco Calvo-Serraller

Toda imagen, independiente de cuál sea su forma y estructura, oculta un misterio, un enigma que se revelará justo en el instante en que un espectador la observe, solo en ese momento será cuando esa imagen desvelará o no sus enigmas ocultos, porque cada espectador la mirará de formas diferentes y sobre todo, cada espectador hará su propia interpretación, que seguramente será muy diferente a la de otro espectador. Las meninas, quizás el cuadro más misterioso ya no solo de su autor Velázquez (1599-1660) sino de la historia del arte, se convierte en la primera película de Andrés Sanz (Madrid, 1969) en el centro de todo, en la materia de investigación y en el objeto a estudiar, desde múltiples puntos de vista. Sanz vinculado con el mundo del arte desde sus estudios y realizador de piezas relaciones con el universo pictórico, enmarca su película en un thriller intenso y profundo sobre los misterios de Las meninas, convocando a expertos en la obra de Velázquez y en su célebre pintura.

Algunos de estos estudiosos pasan por delante de su cámara como si fuesen testigos de un crimen y ofrecen sus testimonios para esclarecer los hechos que plantea la famosa pintura. Veremos y escucharemos al historiador estadounidense Jonathan Brown; los conservadores del Prado Manuela Mena, Javier Portús, Matías Díaz Padrón; el académico Félix de Azúa, el crítico Francisco Calvo Serraller; y los expertos del Metropolitan Keith Christiansen y Michael Gallagher, o el pintor Antonio López, especialistas del Museo Nacional del Prado y del Metropolitan Museum de Nueva York, entre muchos otros. Todos mantienen una relación estrecha con Velázquez y Las meninas, todos aportan su mirada al misterio del cuadro, lanzando sus ideas sobre lo que oculta la obra, cada uno a su forma, cada uno desde el convencimiento de que algo se oculta, algo misterioso ronda por la pintura. Ideas, planteamientos y formas de ver una obra y estudiarla, que choca contra las de otros expertos.

Entre todos nos ofrecen una idea de cómo acercarse al cuadro, como introducirnos en su interior y viajar por ese espacio que plantea la pintura de Velázquez. “Mirar a través del cuadro”, como espeta uno de los testimonios que aparecen en la cinta, o lo que es lo mismo, viajar por su interior, mirando con detenimiento sus figuras, sus sombras, sus espejos y sus múltiples reflejos que nos interpelan constantemente, produciendo esa fascinación que sigue hipnotizando a todos los observadores del cuadro desde hace tres siglos y medio. Sanz escenifica el tiempo, allá por el año 1656, en que se pintó la obra en la corte de Felipe IV, las relaciones entre Velázquez y el rey, y todo aquello que se cocía entre ellos y en mitad de un tiempo de decadencia de un reino que desaparecía entre las sombras, por medio de secuencias de miniaturas animadas por la técnica de stop motion, creando ese mundo laberíntico y absorbente que encierra la pintura, en una película que arranca proponiéndonos un sueño, un sueño recurrente del propio Sanz desde que era niño, cuando alguien le invitaba a mirar a través del agujero de una casa que escondía otros mundos infinitos e imposibles donde se desarrollaban escenas de la realización del cuadro.

La enigmática y magnífica música de Santiago Rapallo, la cinematografía misteriosa y sombría de Javier Ruiz conforman ese haz de misterio y enigma por el cual se estructura la película convocándonos a los espectadores a un juego de fantasmas, espectros y sombras en que dilucidar lo que se oculta, en un juego detectivesco en la mejor tradición del género, de la misma forma que se desentrañaban las formas de trabajo de Picasso en el fascinante documento de El misterio de Picasso, de H. G. Clouzot, o en La ronda de noche, de P. Greenaway, en que el cuadro de Rembrandt, también ocultaba un misterio en forma de asesinato, y que era desentrañado en la película. Sanz ha hilvanado con paciencia quirúrgica una obra fascinante, hipnótica y maravillosa sobre la pintura, el arte, los misterios materiales e inmateriales, el tiempo, los fantasmas y la increíble capacidad del arte para detenernos en una imagen, que sea cual sea su misterio o enigma que encierre, seguirá sometiéndonos a su belleza, a sus trazos, colores, juegos de espejos, espacios infinitos y sobre todo, seguirá manteniendo en suspense todos sus misterios que oculta, porque cada generación de espectadores seguirá elucubrando nuevas teorías, conspiraciones, hipótesis y demás ideas sobre Las meninas, Velázquez, Carlos IV y sus profundas e inagotables interpretaciones. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Semillas de alegría, de Cristina Linares

LA INFANCIA QUE RESISTE.

“La infancia tiene sus propias maneras de ver, pensar y sentir; nada hay más insensato que pretender sustituirlas por las nuestras”

Jean-Jacques Rousseau

En Aranjuez (Madrid), Isabel y su madre soltera tienen serias dificultades para mantener una vida decente y ante la imposibilidad de seguir manteniendo su vivienda acuden a un centro de acogida. En Calula (Angola), Miguel se sube a un árbol para protestar ante la falta de atención sanitaria en su poblado. Y en Cartagena de Indias (Colombia), Jhon, un niño músico intenta convencer a su padre, de oficio pescador,  con la ayuda de su abuela que no venda su casa para paliar sus problemas económicos por la falta de un trabajo estable. Tres historias de desigualdad, tres relatos sobre la infancia ante los problemas que sacuden el mundo a diario, tres formas de combatir esos conflictos con la ayuda de las ideas y la imaginación, como se dirá en algún instante de la película, del cooperativismo y sobre todo, el arte como el baile, la música o el teatro. Tres historias demasiado cercanas, esas que podemos ver cada día a nuestro alrededor, aunque desgraciadamente suelen pasar desapercibidas ante nuestros ojos y los del mundo. Tres episodios que luchan por hacerse visibles y llamar la atención de los problemas a los que cada día se enfrentan niños de todo el mundo.

La directora Cristina Linares, nacida en Bogotá (Colombia) debuta en el largometraje con una película de corte social, reivindicativo y llena de luz, siguiendo la línea temática que arrancó en el 2015 con sus cortometrajes sobre la infancia y sus problemas, con la productora Tus Ojos como principal valedora, con la que lleva años trabajando codo con codo con la compañía responsable de la película En el mundo a cada rato (2004) que en cinco episodios alertaba sobre los graves problemas sociales y humanitarios a los que se enfrentaba la infancia alrededor del mundo. En Semillas de alegría continúan con ese espíritu social, combativo y resistente para concienciar sobre los problemas de la infancia, en investigar sobre su presente difícil y presentar todas las herramientas que tienen a su alcance y las que no para trabajar desde el presente, desde el aquí y el ahora, y así construir un futuro más amable y sobre todo, más humano.

La película tiene una estructura episódica, instalada en tres lugares del mundo, en Aranjuez, que pertenece al primer mundo, observamos las dificultades de una madre sin trabajo que lleva a Isabel, su hija a no poder continuar con sus clases y finalmente, acudir a un centro a pedir ayuda. La aparición en sus vidas de Diego, un niño de clase acomodada pero que no conoce a su padre será crucial para ver la vida con otros ojos. En Calcula, un poblado en Angola, Miguel emprende una lucha personal subido a un árbol para reivindicar una atención sanitaria en su pueblo. Y en Cartagena de Indias, en un histórico barrio humilde, Jhon intenta convencer a su padre que no venda su casa y así seguir en la lucha por un barrio más digno y humano a través de la música y la ayuda. Quizás hay algún episodio más redondo que otro, o que su forma de contarlo resulta más interesante que otro, pero lo que no cabe ninguna duda el espíritu a contracorriente de la propuesta, de dar voz a la infancia, a detenerse en tres miradas completamente diferentes, peor que tienen tanto en común en sus formas de construir herramientas que les ayuden a poder salir de sus existencias sombrías, de la ayuda como único camino posible en un mundo cada vez más individualista, globalizado y dormido.

Un relato a medio camino entre el documento y la ficción, que tiene en su reparto una de sus grandes bazas, con intérpretes infantiles como los españoles Carla Pozos y Diego Poch, o la actriz Isabel Mata e Inma Díaz, el colombiano Jhon Narváez, habitual en los últimos trabajos de Ciro Guerra, el popular actor congoleño David Enoque Caracol, bien acompañados por niños como Jhon Gómez o Fabricio Malaquias, y el resto de intérpretes, todos debutantes, muchos de los cuales nunca habían visto una cámara ni asistido a la filmación de una película. La película nace para concienciar, para mostrar conflictos de la infancia, y sobre todo, huye del panfleto y del discurso bienintencionado, no hay nada de eso, en cambio, sí que hay una forma de acercarse a los problemas desde la naturalidad y la intimidad, mostrando todos los detalles tanto del ámbito doméstico como social de los conflictos que bullen en cada lugar, en el que nos convertimos en participes en todo aquello que nos van contando, conformando no solo una obra reivindicativo, que también lo es, sino una obra humanista, bella en su ejecución y resistente en su fondo, mostrando realidades demasiado naturalizadas y contra las que hay que luchar cada día con las herramientas que tengamos a nuestro alcance, y si no las tenemos, tenemos el deber y la obligación de construirlas ya sea a partir de la cooperación, la música, el baile, el teatro o la conciencia social y personal. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA


<p><a href=”https://vimeo.com/293530277″>TRAILER 1 SEMILLAS DE ALEGR&Iacute;A</a> from <a href=”https://vimeo.com/tusojostv”>Tus Ojos</a> on <a href=”https://vimeo.com”>Vimeo</a&gt;.</p>

Ruben Brandt, coleccionista, de Milorad Krstic

EL ARTE Y LOS SUEÑOS.

“Recuerdo cuando miré por una lente de cámara por primera vez. Podía enfocar una flor en medio del campo, de forma que todo lo que quedaba delante y detrás estuviera borroso. La imagen definida, separada del fondo, era incluso más emocionante que la misma flor a simple vista, cuando estaba todo enfocado: la flor, los arbustos de alrededor y el campo entero. Así fue como aprendí, muchos años antes de que me fascinaran las galerías de arte y las salas de cine, que la imagen del mundo pintada o vista a través de una lente puede ser más poderosa que la realidad.”.

Milorad Krstic

Si buscamos el significado de surrealismo, leemos que se trata de un “movimiento literario y artístico que busca trascender lo real a partir del impulso psíquico de lo imaginario y lo irracional”. A partir de esta posición, podríamos decir que el protagonista de la película Ruben Brandt (nombre que viene de la mezcla de dos grandes pintores Rubens y Rembrandt) un famoso psicoterapeuta que mediante técnicas artísticas sana a sus pacientes, tiene un problema que tendría que ver mucho con los surrealistas y su universo, cuando sueña es atacado por personajes de famosas obras de arte.

Personas retratadas que cobran vida y atormentan los sueños de Brandt, gentes como el Retrato de Renoir,  de Frédéric Bazille, El nacimiento de Venus, de Botticelli, Retrato de Antoine Le Bon, Duque de Lorena, de Holbein, Chico silbando, de Duveneck, Mujer con fruta, de Gauguin, Retrato del cartero Joseph Roulin, de van Gogh, Nighthawks, de Hopper, La tradición de las imágenes, de Magritte, Olympia, de Manet, Mujer con libro, de Picasso, Venus de Urbino, de Vecellio, La infanta Margarita en azul, de Velázquez y por último, Doble Elvis, de Warhol. Trece pinturas que recorren buena parte de la historia del arte desde el siglo XVI renacentista, el impresionismo y los postimpresionistas, el surrealismo, el barroco y el arte moderno del siglo XX, trece instantes que perturban la paz de Brandt. Mimi, una de sus pacientes, que padece cleptomanía de guante blanco, propone robar las citadas obras de arte y así enfrentarse a todos los secretos que ocultan para así curar a Brandt. Aunque, la tamaña empresa no será nada sencilla, ya que el hampa ha decidido impedir los hurtos ofreciendo millones de dólares para gratificar quién lo evite o capture a los malhechores, uno de ellos, Kowalski, busca recompensas y antiguo conocido de Mimi, también se lanzará en su búsqueda.

El cineasta Milorad Krstic (Eslovenia, 1952) emigrado a Budapest (Hungría) desde 1989 donde trabaja como pintor y artista multimedia, debuta en el largometraje proponiéndonos una película-artística (como Loving Vincent, que evocaba la figura de Van Gogh a través de sus últimos días capturando visualmente todo su universo pictórico) que toca varios palos, desde el cine de aventuras, donde uno de sus referentes podría ser La pantera rosa, de Edwards o Charada, de Donen, el cine de acción pura y dura, con la saga de Bond o la de Bourne, por citar algunos, el cine noir clásico con aroma francés y fatalista de Duvivier o Carné, o los estadounidenses Hawks o Huston, y algunos westerns como Los profesionales, de Brooks o aquellos más rudos y tristes de Peckinpah. Referentes cinematográficos también en su forma desde Eisenstein, los hermanos Lumière, el expresionismo alemán, Hitchcock (en la figura con forma de cubito de hielo, entre otras) entre otros muchos, con colores sombríos y apagados, donde predomina el blanco y negro. Si de apuntes cinematográficos está plagado, no menos en la pintura, desde las obras citadas que recorren la historia del arte, así como las formas de los espacios y personajes, todos con formas impresionistas, cubistas, abstractas, surrealistas, modernas, figurativas o pop, una especie de película-museo donde todo lo que vemos nos remite a alguna referencia artística, ya sea de pintura o cinematográfica, que parece remitirnos a los sueños, diseñados por Dalí, que padecía Gregory Peck en Recuerda, de Hitchcock.

Krstic impone un ritmo trepidante y frenético, todo sucede a una velocidad de vértigo, la película se mueve por todo el mundo, de un lugar a otro, sin tiempo para descansar, mezclando todos esos espacios y (des) encuentros entre los distintos personajes y sus circunstancias, con persecuciones cargadas de adrenalina, mientras asistimos a los sueños, o más bien pesadillas que sufre Brandt, muchas de ellas tienen que ver con su educación paterna. La excelente composición de Tibor Cári imprime ese universo imposible/posible que propone la película, en la que nada queda al azar, y todo está completamente detallado y estudiado, sin olvidarnos de los temas versionados, como el de Do You Love Me, de The Contours, entre muchos otros. El director esloveno ha optado por un dibujo íntimo y artesanal, que recuerda a los grandes clásicos del género como El planeta salvaje, de René Laloux o Moebius, películas que han ido más allá en el cine de animación, proponiendo ejercicios de grandísima calidad visual y de contenido.

Ruben Brandt, coleccionista, es una magnífica, divertida y destellos de película de culta, una obra para perdurar y adorar, hermosa y triste, profunda y brillante, una obra visualmente grandiosa, con un dibujo magnífico y de finísimo trazo, que abruma al espectador más exigente, y no menos que su contenido, una película sorprendente, imaginativa y arrebatadora, que se mueve entre el mundo de la realidad, la fantasía, los sueños y todo aquello que creemos ver y en realidad, no vemos. Un mundo fascinante de personajes misteriosos, diferentes y extraños, que se mueven por la película como si fuesen fantasmas errantes, individuos desterrados, almas a la deriva en un mundo caótico, lleno de sufrimiento y falto de ilusión, aunque Brandt y sus sueños, encontrarán aliados inesperados, los más inesperados, para al menos, intentar hacer desaparecer esas terribles pesadillas que atormentan a Brandt. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Félix Murcia

Entrevista a Félix Murcia, director artístico de Imanol Uribe, Pilar Miró, Pedro Almodóvar, Paul Verhoeven, Mario Camus, Manuel Gutiérrez Aragón, entre otros, con motivo de la exposición dedicadada a su obra “Félix Murcia: La realitat imaginada”, en la Filmoteca de Catalunya en Barcelona, el jueves 11 de abril de 2019.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Félix Murcia, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño,  y a Jordi Martínez de Comunicación Filmoteca,  por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño.

La sombra del pasado, de Florian Henckel von Donnersmarck

NO APARTES LA MIRADA.

Hace trece años, la película La vida de los otros, sorprendió a propios y extraños con una historia ambientada en la RDA de los años 80, en la que un agente de la Stasi espiaba a la pareja formada por un reconocido escritor y una actriz. Una película que describía un tiempo, un lugar y las relaciones oscuras y contradictorias que se vivían en una atmósfera opresiva. Detrás de todo esto descubrimos a su director, Florian Henckel von Donnersmarck (Colonia, Alemania, 1973) que recibió elogios de todo el mundo. Sorprendió con su siguiente película The Tourist (2010) lanzándose al mercado de Hollywood con un producto sin más acompañando a dos star como Jolie y Depp. En su tercera película, La sombra del pasado, vuelve al marco de La vida de los otros, en una película que recorre casi treinta años de la historia de Alemania que arranca en el año 1937 con los nazis en el poder, seguirá con la Segunda Guerra Mundial, el fin del Tercer Reich, la temible posguerra, el exilio en la Alemania del Oeste, y finalmente, la consagración como artista en 1966 del protagonista Kurt Bartnert, personaje basado en la figura del artista alemán Gerhard Ritcher, si bien la película no es una biografía al uso, se recogen varios momentos de su agitada existencia desde su infancia hasta su edad adulta.

El cineasta alemán nos convoca en una película de 190 minutos, en la que abarca varios temas como la familia, donde se instala el cariño y la comprensión, pero también, la mentira y la hipocresía, las consecuencias de los errores del pasado, en la figura del Professor Seeband, antiguo médico nazi que asesinó y esterilizó a cientos de mujeres aquejadas de problemas mentales o físicos, que intenta limpiar su pasado alimentando su nueva posición política en esa Alemania del Este, ahora socialista y hermanada con los soviéticos. Y finalmente, el arte visto desde varios prismas, como propaganda y recuerdo histórico en la RDA cuando empieza el joven Kurt, y más tarde, en Dresde, como expresión artística y humanista que habla de nosotros y todo aquello que nos rodea, como herramienta eficaz y necesaria para enfrentarse a los males que nos acechan y así encontrarnos con nosotros mismos y perdonarnos.

El relato se centra en las relaciones personales, arrancando con la de Kurt de niño y su tía, Elisabeth May, que le abre el mundo al conocimiento del arte y su valor como pintor, una tía que, debido a sus problemas mentales, será internada en un centro y posteriormente, esterilizada y asesinada por el equipo del Professor Seeband, y más tarde, cuando el joven Kurt estudia en la escuela de arte conocerá a Ellie, una hija de Seeband, de la que se enamorará, desconociendo los dos el terrible secreto que los acecha. Una película de idas y venidas, de personajes que constantemente tienen que empezar otra vez, hacerse su propio camino dentro de la desestabilización que primero provocaron los nazis, la guerra, y después la división en dos de un país, y las dos zonas delimitadas entre un mundo y otro, y como los individuos vivían, o más bien, sobrevivían en ese caos social, económico y cultural.

Henckel von Donnersmarck centra su película en la figura de Kurt Bartnert, sobrino de tía asesinada por los nazis, hijo de profesor represaliado por haber sido nazi y desahuciado en la posguerra, y los descubrimientos del joven en la escuela de arte, destacando en la sobriedad y delicadeza en su trazo y erigido por la RDA como un gran muralista de propaganda política, luego el exilio y descubriendo otro mundo en la RFA y convirtiéndose en uno de los artistas más reputados de su tiempo, yendo cada vez más allá y sabiendo que en el arte no hay reglas, ni normas, sólo emociones y profundidad, creando un arte libre, humanista y comprometido. La película maneja con audacia el tempo histórico, como la síntesis explicativa que hace del período de la Segunda Guerra mundial, con esos aviones sobrevolando el pequeño pueblo donde vive Kurt y su familia, o los grandes cambios sociales y culturales que se van desarrollando tanto en una Alemania como otra, sumergiéndonos con naturalidad en esa atmósfera cotidiana y familiar con tintes de thriller, en el que sabremos constantemente el peligro y la terrible verdad que acecha a la joven pareja que protagonizan una delicada y sensible historia de amor, viviendo en esa buhardilla como los enamorados de Cold War, en el que su sencillez y austeridad material contrasta con esas ansias de libertad personal y creativa que mantiene Kurt.

El director alemán opta por el excelente músico Max Richter (autor de obras tan maravillosas y contundentes como Vals avec Vashir, de Folman, Sutter Island, de Scorsese, o los trabajos de Villeneuve, entre otros) en una partitura que sabe manejar con soltura los momentos más alegres con los amargos, sin caer en estridencias ni nada que se le parezca, haciendo de la sutileza su mejor aliado, en un relato duro y amargo sobre el olvido y lo necesario de recordar, en la que nos habla de frente a los males pasados e invita a la reflexión, a no apartar la mirada, a mirarlos de frente, a hacer examen de conciencia, a enfrentarlos y enfrentarse a uno mismo, a construirse constantemente sin obviar ese pasado oscuro y terrible que también nos ha llevado al momento justo en el que estamos, en una película llena de laberintos históricos y personales, donde la historia y la vida cotidiana se mezclan y confunden en un fresco histórico que recuerda a Heimat – La otra tierra (2013) de Edgar Reitz, en la que se recorría la historia de Alemania del siglo XIX a través de unas familias de un pueblo ficticio.

Un reparto magnífico que dan vida a unos personajes humanos, unos y ambiguos, otros, encabezados por Tom Schilling dando vida a Kurt, un espíritu libre que se ha ido labrando su vida y su arte desde abajo, confiando en su instinto y en el amor hacia Ellie, Sebastian Koch interpreta al Professor Seeband, que ya fue el escritos espiado en La vida de los otros, un ser oscuro que oculta un oscuro pasado e intenta lavar su imagen en el nuevo país socialista, y Paula Beer, que fue la joven que espera pacientemente a su enamorado de La Gran Guerra en Frantz, de Ozon, interpreta a la hija de Seeband, que desconoce el pasado del padre, y mantiene un amor puro y libre con Kurt, dos enamorados en ese mundo que oculta tantas barbaridades, el amor convertido en ese paraíso indomable para soportar los males del ser humano, o al menos llevarlos de de la mejor manera posible. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Van Gogh, a las puertas de la eternidad, de Julian Schnabel

EL ARTISTA INCOMPRENDIDO.

“Dibujar es luchar por atravesar un invisible muro de hierro que parece alzarse entre lo que sientes y lo que eres capaz de hacer”.

Vincent van Gogh (1853-1890)

En el cine habíamos visto a Vincent van Gogh (1853-1890) a través de la mirada de Kirk Douglas en El loco del pelo rojo (1956) de Vincent Minnelli, en la piel de Martin Scorsese en Sueños (1990) de Akira Kurosawa, en la pasión de Tim Roth en Vincent & Theo (1990) de Robert Altman, en la energía de Jacques Dutronc en Van Gogh (1991) de Maurice Pialat, y más recientemente, en la fantasía visual de Loving Vincent. Todas ellas aproximaciones, revisiones, ficciones y retratos sobre el hombre detrás del pintor, sumergiéndonos en una alma inquieta, llena de vida, de pasión, de energía, de inmensidad, de una grandísima y obsesiva capacidad de trabajo, en que la creación artística emanaba sin control, sin pausa, a ritmo acelerado, sin descanso, donde pintar, vivir, soñar, sufrir y sentir era todo uno, indisoluble al pintor, al hombre y a sus pinturas. Ahora, nos llega una nueva aproximación a la figura del insigne pintor postimpresionista, al hombre y al pintor, y sobre todo, a su trabajo, sus métodos de trabajo, de sentir, de mirar, de explorar la naturaleza, de evocar su alma en cada gesto, cada pincelada, cada figura de sus cuadros, cada objeto, y cada mirada tan cercana y tan alejada a la vez, donde todo está por explorar y todo está por descubrir.

El pintor Julian Schnabel (Nueva York, EE.UU., 1951) lleva desde los setenta trabajando y ha sido expuesto en los museos y galerías más importantes del mundo, dio el salto a la dirección de los largometrajes en 1996 con Basquiat, en la que rescataba la figura del pintor de graffiti y expresionismo abstracto apadrinado por Andy Warhol que falleció prematuramente con 27 años. Cuatro después volvería a dirigir con Antes que anochezca, en la que volvía a acercarse al retrato con la figura del poeta y escritor cubano Reinaldo Arenas, desde su infancia hasta su exilio estadounidense, que fue interpretado por un magistral Javier Bardem. Su tercera película La escafandra y la mariposa (2007), dejaba momentáneamente a los artistas, para centrarse en la persona de Jean Dominique Bauby, redactor jefe de la revista Elle, que tras sufrir un accidente quedaba postrado en una cama en la que sólo se comunica con el movimiento del párpado izquierdo.

Tres retratos, a la que ahora se añade el de Van Gogh. Cuatro figuras, cuatro almas perdidas, sin lugar, sin nombre, incomprendidos, apartados de una sociedad con sus leyes racionales y establecidas de siglos venideros. Cuatro inadaptados, cuatro seres geniales, pero sin sitio, abocados a la deriva de huir y escapar, marcharse a su mundo, a sus espacios, a escucharse el alma, a sentir su libertad, a volver a sentir. Schnabel dibuja una figura atormentada, que se ahoga en la ciudad, que no entiende el ritmo y el arte de sus colegas, que huye a los pueblos, al campo, a la naturaleza, donde se siente él mismo, donde esta con su ser, y da rienda suelta a todo su arte, a su forma de mirar, diferente a todos, alejada de las corrientes artísticas del momento, del academicismo, de lo establecido, un arte libre de ataduras, en consonancia con la naturaleza, con la mirada, con su alma, y movido por los sentidos más profundos de su ser.

El director, junto a sus guionistas Jean-Claude Carriére, eminencia en esto de los guiones, y Louise Kugelberg (que también edita la película) huyen del biopic convencional, para centrarse en los últimos cuatros años de la vida del pintor, desde 1886 hasta su trágica y misteriosa muertes de 1890, pero no lo hacen de manera lineal, sino de forma desestructurada, que es una seña de identidad en el cine de Schnabel, donde lo importante es sentir y seguir al personaje por sus espacios, caminaremos con él, acarreando sus bártulos de pintura, recorriendo caminos, campos de trigo, montañas, calles empedradas, habitaciones de mala muerte, cafés ruidosos, lúgubres estancias de asilos para dementes, y gentes amables y despiadadas, de pueblos de finales del XIX por el sur de Francia, como Arlés, el asilo de Saint-Remy o Auvers-Sur-Oise, espacios que vieron el trabajo febril y agotador del pintor, una especie de caballero errante como el que vimos en El séptimo sello.

Van Gogh es una alma solitaria, rota y completamente incomprendida, que pintaba y pintaba, que sólo vivía para pintar y dibujar su mundo, ese entorno natural lleno de vida, de sorpresas, de descubrimientos y accidentes múltiples y constantes, de infinidad de texturas, de luces y colores, en que la película se sumerge en el alma de Van Gogh, tejiendo una explosión de vitalidad, de amor a la pintura, a la arte, explorando los entresijos de procesos creativos, su íntima relación con el pintor Paul Gauguin, las visitas de su hermano Theo que lo mantenía y lo cuidaba, sus ingresos en los hospitales después del suceso con la oreja que se cortó, y sus reflexiones, preocupaciones y demás emociones de alguien que vio más allá, que se adelantó a su tiempo, que creyó en una forma de pintar diferente, libre y pasional, que a pesar de su corta trayectoria, apenas 17 años, dejó más de 800 pinturas y 1200 dibujos, todo un arsenal apabullante que deja constancia de su forma de pintar y sus métodos espontáneos, al momento y totalmente creativos.

Schnabel ha construido una película muy orgánica, que se respira y se siente a cada momento, a la que contribuye esa cámara íntima y movida, con esa luz brillante y cegadora de los exteriores, que contrasta con esa siniestra y oscura de los espacios cerrados, un gran trabajo de Benoît Delhomme (colaborador de Tran Anh Hung y Tsai Ming Liang, entre otros). Y qué decir de la maravillosa interpretación de Willem Dafoe, casi 30 años más que Van Gogh, pero que acaba siendo una mera anécdota, porque logra enfundarse en la piel del pintor, del hombre y el entorno, donde sentimos a través de detalles, gestos y miradas todo aquello que bullía sin cesar en el alma del inmenso pintor, bien acompañado por Oscar Isaac que da vida a Gauguin, Rupert Friend a su hermano Theo, Emmanuelle Seigner y Amira Casar dan vida a Madame Guinoux y su cuñada, rescpectivamente, y Mads Mikkelsen dando vida a un pastor que mantiene con Van Gogh una conversación sobre el espíritu y nuestro lugar y misión en el mundo, que el propio pintor se asemeja a Jesucristo en su lado más humano e incomprendido. Schabel ha construido un retrato sensorial, humanista e íntimo de Van Gogh, donde hace una invitación a descubrir su alma desde lo más profundo, dejándonos llevar por su creación y sus pinturas, nada más, viajando hasta lo más bello y aterrador de los procesos creativos.

 

 

La casa de Jack, de Lars Von Trier

CINCO INCIDENTES.

“Las grandes catedrales tienen obras de arte sublimes escondidas en los rincones más recónditos para que solo Dios las vea… ¡Lo mismo pasa con el asesinato!”

Después de ver una película de Lars Von Trier (Copenhague, Dinamarca, 1956) a uno se le queda un cuerpo raro, difícil de definir, porque las imágenes de sus películas nunca dejan indiferente, llevándonos hacia lugares extraños y lúgubres, sitios a los que jamás iríamos en otro tipo de circunstancias, espacios donde nos encontramos individuos emocionalmente extremos, en pleno procesos de catarsis interior, enfrascados en situaciones virulentas o a punto de estallar, donde sus emociones caminan sobre alambres que producen un dolor intenso e inmenso, donde esos viajes emocionales que padecen y sienten les provocarán sentimientos muy oscuros, extremadamente dolorosos y sin billete de vuelta. Las imágenes de Von Trier están sacudidas por elementos muy oscuros del alma humana, aunque también podrían verse como disecciones quirúrgicas sobre la condición humana y sobre cómo estos individuos se someten a esas batallas físicas y emocionales inmersos por sus extrañas y complejas circunstancias.

Un cine que provoca seducción y rechazo a la vez, un cine que se sumerge en las profundidades de cada uno de nosotros, en todo aquello oscuro y siniestro que se almacena en nuestras entrañas, en aquello que no queremos reconocer como parte de nuestra identidad, de lo que somos, en todo aquello que anida en nuestro ser a la espera de salir al exterior, esperando pacientemente en despertar para contaminarnos sin remedio. La filmografía del cineasta danés podría dividirse en dos tiempos bien diferenciados, quizás no tanto por sus temáticas, peor si por su forma, ya que podríamos hablar de una etapa que arrancaría con El elemento del crimen (1984) pasaría por Epidemic (1987) Medea (1988) Europa (1991) que lo lanzó internacionalmente a través de un oscuro drama sobre la Europa de la segunda guerra mundial y todo lo que vino después, y la serie El reino (1994), todas ellas cintas de narrativas agobiantes, en los que sus personajes estudian el comportamiento humano a través de lo más oscuro del alma humana, a través de una forma clásica y muy penetrante, donde Rompiendo las olas (1996) que nos hablaba de una mujer inocente que se casa con un paleto y después de una accidente, se convierte en la puta del lugar,  se convertiría en película-bisagra entre un estilo y el siguiente, donde ya la forma realizada por el director danés convierte la cámara en un ser lleno de energía que se mueve entre sus personajes, como una especie de juez brutal de sus emociones y comportamientos.

Con Los idiotas (1998) segunda película del movimiento Dogma, que venía a resucitar aquella forma de cine artesanal y primitiva, huyendo del artificio moderno, e inaugurará una nueva forma cinematográfica donde Von Trier se centra en su personaje y sus movimientos a través de una cámara en mano que se mueve al unísono con su personaje, convertido en un elemento asfixiante y agotador en algunos instantes, en el que suele seguir al protagonista principal en una especie de diario de su alma, sus emociones y sus actos, convirtiendo a los espectadores en testigos mudos y muy íntimos de todo lo que hace (exceptuando un par de filmes donde explora la comedia corrosiva en El jefe de todo estoCinco condiciones, sobre el arte del cine) de esa manera de mirar el alma nacerán Bailar en la oscuridad (2000) durísimo drma donde una inmigrante pierde la vista a ritmo de musical social, Dogville (2003) y Manderlay (2205) primera y continuación de la vida de Grace en la época de la depresión en EE.UU. que huye de un peligroso gánster y un pueblo la acoge mediante el chantaje, luego vendría Anticristo (2009) oscurísima tragedia de un matrimonio que pierde a su hijo pequeño y su posterior redención a través del dolor físico y emocional, en Melancolía (2011) una joven con graves problemas emocionales se prepara para el fin del mundo, y en Nymphomaniac (2013) que divide en dos partes debido a su larga duración, nos explica la vida de una mujer adicta al sexo y sus infinitos encuentros sexuales.

En La casa de Jack, Von Trier, deja sus oscuros dramas femeninos que pueblan su filmografía para adentrarse en la vida de un asesino en serie a través de cinco incidentes en doce años, un tipo narcisista, abyecto, demencial e infantiloide, que asesina creyendo que realiza obras de arte, excelentemente interpretado por un sobrio y penetrante Matt Dillon. El director danés divide su película en cinco capítulos y un epílogo, y al inicio de cada segmento, escuchamos una conversación que mantienen Jack y Verge, un hombre mayor, de condición moral que le discute a Jack su idea del asesinato como expresión artística, discutiéndole con argumentos desarrollados todo su tesis demencial, unos diálogos basados en las 100 últimas páginas de La muerte de Virgilio, de Herman Broch. Von Trier sigue empecinado con su cámara nerviosa y penetrante, que escruta y sigue sin descanso las andanzas sanguinarias de Jack, a modo de diario íntimo y perverso, mostrando unos crímenes de variada condición de un modo muy cruel y de extrema violencia, llevándonos por los EE.UU. de la década de los setenta, mezclándonos asesinatos macabros y muy salvajes de manera explícita, sin dejarse nada en off, con interesantes conversaciones sobre el arte, las formas de trabajo y las diferentes expresiones artísticas y la naturaleza y estructura de las mismas.

Una estructura narrativa que recuerda mucho a la ya utilizada en Nynphomaniac, con esas imágenes-prólogo en las que vemos el virtuosismo del pianista Glenn Gould, genial y maniático a partes iguales, sobre todo con la limpieza, como le ocurre a Jack, acompañado de los recurrentes acordes de la canción Fame, de David Bowie, que se van repitiendo en cada uno de los incidentes, donde la fama es convertida en una especie de crimen que contamina y te deja vacío. Von Trier sabe manejar el tempo cinematográfico, sumergiéndonos en la mente enfermiza y desquiciada de Jack, que mata como obra de arte, y sabe pasar como uno más en la sociedad, y además, se autodefine como un ser que tiene una misión mesiánica para construirse una casa, ya que soñaba con ser arquitecto pero se convirtió en ingeniero, aunque por muchas veces que lo intente, siempre fracasa como constructor de casas, no así en la consecución de sus actos macabros y espeluznantes, tomando cada menos riesgos para llevarlos a cabo, en un acto de superioridad frente a sí mismo, los demás y la sociedad que define como vacía, enferma y muerta.

Su larga duración, unos 155 minutos, se ven con interés y emoción, a pesar de sus actos violentos, filmados de forma íntima, pero sin juzgarlos, sino mostrando con todo detalle para que los espectadores saquen sus propias conclusiones, en un acto de mirar aunque duela aquello que ves, con esa luz perversa y naturalista obra de su camarógrafo habitual Manuel Alberto Claro, y ese montaje cortante y audaz de Molly Marlene Stensgaard, que lleva trabajando desde sus incios. Von Trier es un consumado creador de atmósferas asfixiantes y terroríficas, y de construir personajes extremos y brutales, en relatos enfermizos y oscuros, donde la redención o catarsis emocional suelen convertirse en actos demencionales o violentos. En esta ocasión, se revela de sí mismo y von Trier se muestra algo diferente con respecto a sus anteriores filmes, la catástrofe emocional que persigue a sus criaturas no descansa ni ceja en su empeño de martirio y fatalismo, y no los redime de su maldad, sino que abraza la idea de Verge, con el que finalmente se encontrará Jack, y juntos se sumergirán por diferentes etapas del infierno, como hacia Virgilio con Dante en La divina comedia, y así nos llevará Von Trier, reencarnado en Bruno Ganz, en este viaje a las profundidades de un infierno laberíntico y sugerente, lleno de pasadizos y caminos secretos y ocultos, lleno de trampas y muy onírico, donde todo se desenvuelve en un viaje catártico donde alguien como Jack intentará su salvación hasta sus últimos alientos.