Gauguin, viaje a Tahití, de Édouard Deluc

EL ARTISTA LIBRE.

“No  puedo  ser  ridículo porque soy dos cosas que nunca lo son: un niño y un salvaje”.

  “Regresaré al bosque para vivir la calma, el éxtasis y arte.”

Paul Gauguin

Lo primero que llama la atención de Gauguin, viaje a Tahití  es su naturaleza peculiar y diferente al resto de los biopic al uso, porque su director Édouard Deluc se fija en un par de años, entre 1891 y 1893, el período que describe la estancia en la Polinesia del artista francés, y concretamente en Noa Noa, el diario que el pintor escribió de aquel viaje, del que Deluc adapta libremente, documentándose en otros libros. El cineasta francés describe a un artista atormentado y sólo, que aborrece la superficialidad de su obra, que no logra vender. Un hombre hastiado por los convencionalismos morales y sociales de Europa, su ensimismamiento y su declive burgués, vive casi en la indigencia ganando unos cuántos francos como estibador en los muelles, un alma triste, aburrida y desolada por el cariz de una sociedad convencional y muerta en vida, sin argumentos para convencer a sus allegados artistas que lo acompañen, decide emprender su propia aventura y dejar el mundo oscuro y capitalizado de Francia, y conocer esas lejanas tierras y sobre todo, conocerse como persona y cómo artista.

Deluc despoja su película de toda caparazón sentimental o preciosista, el Tahití que nos retrata huye de cualquier imagen de postal y empática, porque describe la odisea humana de Paul Gauguin (1848-1903) desde la precariedad y el descubrimiento, contándonos su experiencia de un modo íntimo y personal, hay aventura, pero no épica, más cerca de los western crepusculares de Peckinpah, que de las hazañas de los conquistadores o cosas así. Gauguin es un hombre obsesionado con la pureza del alma, de su viaje como vuelta a los orígenes, a ese paisaje salvaje, natural y primitivo con el que sueña, ambientes despojados de la burguesía más hipócrita y sucia de Francia. Su idea es encontrar esas personas ancladas en otro tiempo y en otro mundo para pintarlos, con colores y detalle, llenos de vida y alegría. Aunque, el pintor francés se encuentra un mundo en descomposición, un universo que los misioneros y el colonialismo francés está haciendo desaparecer para sus beneficios económicos.

Gauguin trabaja compulsivamente, su pasión no tiene límites, se mueve de un lugar a otro, su energía es brutal, no tiene descanso, y su encuentro casi fantasmal y onírico con Tehura, la nativa que se convierte en esa Eva primitiva con la que sueña encontrarse, le cambiará profundamente, llevándolo a su etapa más prolífica como artista, y la más genial, Tehura será su musa, la modelo de sus pinturas, y su amor. Aunque, lo demás seguirá igual, las penurias económicas y esa vida despojada casi de cualquier comodidad, seguirán haciendo mella en la salud del pintor y sus problemas de convivencia con Tehura. Deluc construye una película sensorial, en algunos momentos de terror, siguiendo el alma de Gauguin, un ser en ocasiones genio, y en otras, atormentado, un hombre que se buscaba a sí mismo, que no encajaba en una sociedad en descomposición, una sociedad capitalista que arrasaba con lo salvaje y diferente, en pos de su codicia y avaricia.

El Gauguin que nos retrata Deluc es un pintor magnífico, obsesionado con encontrar la pureza de su arte, de pintar aquello más íntimo y sensual, descubrir lo más primitivo de las personas, y el gesto más personal, pero también, alguien encerrado en su soledad, en su abatimiento, y su inadaptabilidad en un mundo superficial y ambicioso económicamente, un mundo contaminante que cambia las formas y la vida de los nativos convirtiéndolos en armas propagandísticas y comerciales según su antojo (como las ventas de tallas que rememoran a los ídolos maoríes). La cinta de Deluc se acerca a la mirada de Malick o Herzog, donde animalidad, locura y salvajismo se cruzan en la figura de Gauguin, en una película que retrata el alma del gran artista, pero también sus sombras y tortura, en una película que ahonda con naturalidad y extrema rigurosidad los temas políticos sobre el colonialismo francés, la religión como arma de aniquilación y deshumanización, y una sociedad, la nativa, en vías de extinción por la fuerza y la muerte del hombre blanco, en la que Gauguin convertido en el último romántico que quiere plasmar todo ese mundo complejo, bello, de colores y primitivo que está desapareciendo irremediablemente.

La inmensa y bestial interpretación de un actor de sangre y fuego como Vincent Cassel, llena de extremos, con esa barba poblada canosa y esa delgadez, de mirada inquieta y curiosa, lleno de vida y amargura, con esas túnicas como el nuevo mesías de conservación de lo primitivo y la libertad de ser quién quieres ser, aunque para ello tengas que desplazarte a la otra parte del mundo. Bien acompañado por la adolescente TuheÏ Adams de 17 años que da vida a Tehura, el amor de Gauguin, que se erige como la niña primitiva que representa la pureza y la humanidad contra un mundo en continua decadencia, que aboga por la avaricia y las falsa moral. Deluc ha hecho una película humanista, honesta y anímica que nos traslada al universo de Gauguin, a su mirada y su pintura, desde lo más íntimo y personal, huyendo de sentimentalismos y convenciones formales, su película es libre, cruda y bella, donde el amor se presenta desde lo más profundo y bello a lo más crudo y tenebroso.

Manifesto, de Julian Rosefeldt

EL ARTE REQUIERE VERDAD NO SINCERIDAD.

“NADA ES ORIGINAL. Roba de cualquier sitio que resuene con inspiración o alimente tu imaginación. Devora viejas películas, nuevas películas, música, libros, cuadros, fotografías, poemas, sueños, conversaciones aleatorias, arquitectura, puentes, señales, árboles, nubes, masas de agua, luz y sombras. Selecciona para robar solo aquellas cosas que hablen directamente a tu alma. Si haces eso, tu obra, y tu robo, serán auténticos. La autenticidad es invaluable; la originalidad es inexistente. Y no te molestes en ocultar tu robo… celébralo si te apetece. En cualquier caso, recuerda siempre lo que Jean-Luc Godard dijo: No se trata de de dónde te llevas las cosas…sino adónde te las llevas.”

Jim Jarmusch (2002)

El siglo XX es, sin lugar a dudas, el siglo de las imágenes audiovisuales, el siglo que mostró el mundo al mundo, como explicaban recientemente en ¡Lumière! Comienza la aventura, un siglo caracterizado por la proliferación de manifiestos artísticos, documentos donde se expone la naturaleza del arte, su significación, su existencia en sí misma, y su necesidad o no, diversas cuestiones que tanto unos u otros artistas o personalidades relacionadas con el medio, han escrito como documentos que generasen debate y discusión, proclamas que exponían un sentimiento a favor o en contra del arte, y su posición ante un siglo lleno de guerras, conflictos políticos de primer orden, hambre y demás terrores mundiales.La puesta de largo de Julian Rosefeldt (Munich, Alemania, 1965) es una película-ensayo, siguiendo algunas de las premisas de Chris Marker (1921-2012) cineasta ensayística por antonomasia, que no sólo se preguntaba con acierto y profundidad sobre el estado político, cultural, económico y social del mundo, sino que también su cine se preguntaba a sí mismo, reinventándose constantemente a través de la memoria y el tiempo.

Rosefeldt, videoartista y cineasta, que ha expuesto sus obras alrededor del mundo, recupera una instalación, originalmente expuesta en un museo para desarrollarla cinematográficamente, haciéndose preguntas sobre su trabajo y su significación en el mundo contemporáneo, aunque así en primera estancia pudiera parecer una premisa ególatra de artista que se cree Dios, la realización huye de todo ensimismamiento o mirarse al ombligo, el trabajo de Rosenfeldt se basa en la pregunta, en su propia duda, en remitir al propio arte para cuestionarse su trabajo y hacia adónde se encamina, y lo hace de una forma imaginativa, cruel, irónica, divesrtida, y brutal. A saber: recoge mucho de aquellos manifiestos de antes y ahora, donde artistas expusieron sus ideas y reflexiones sobre el futurismo, el dadaísmo, el Fluxus, el suprematismo, el situacionismo, el Dogma 95 y otros grupos artísticos, firmados por nombres tan ilustres como Karl Marx o Friedrich Engels (que firman El manifiesto comunista, el único que no pertenece al siglo XX, ya que se escribió en 1848, y abre la película) así como también reflexiones individuales de arquitectos, bailarines o cineastas como Claes Oldenburg, Yvonne Rainer, Kazimir Malevich, André Breton, Sturtevant, Sol LeWitt, Jim Jarmusch, etc…

¿Cómo escenifica estos manifiestos y escritos Rosefeldt? Pues ahí viene su forma imaginativa e interesante, ya que huye de la ilustración convencional para construir 13 performances, donde veremos sendos personajes interpretados por Cate Blanchett (arrancando con un vagabundo, una corredora de bolsa, una madre conservadora, una gerente, una oradora en un funeral, una punk, una coreógrafa, una maestra, una trabajadora de una fábrica, una presentadora de noticias, una reportera, una titiritera, una científica) en el que la presencia enigmática y maravillosa de la intérprete, que suma su increíble talento y sobriedad de la actriz australiana consigue sumergirnos en los diferentes ambientes en los que vamos escuchando sus proclamas, ideas y reflexiones artísticas. Rosefeldt nos sumerge en una película-ensayo que nace desde la provocación recuperando aquellos manifiestos y envolviéndolos en el estado de las cosas, en cuestionarse aquellos escritos, y su vigencia actual, además, como no podía ser de otra manera, emergen a la superficie las cuestiones sobre el arte en sí mismo, su importancia o no, su necesidad o no, y su lugar o no, en un mundo que atraviesa una de las peores crisis económicas, donde asolan guerras, hambre y demás problemas, en el que el capitalismo, sistema económico vigente en la última mitad del siglo, se encuentra en los estertores de su existencia, y los gobiernos han martirizado la cultura y el arte.

Rosenfeldt filmó en 12 días en los alrededores de Berlín, en el que vemos un relato distópico, un mundo en decadencia, una sociedad no sociedad, y unos seres humanos completamente deshumanizados, idiotizados, y lo que es peor robotizados, y sin esperanza, en la que construye una película provocadora, creando un mundo casi abstracto, en el que Cate Blanchett interpreta cada uno de sus roles de una forma extraordinaria, sobria y mimética (como ha hecho con alguno de sus papeles más célebres como la Katherine Hepburn de El aviador, Bob Dylan en I’m not Here, la burguesa venida a menos de Blue Jasmine o más recientemente, la Carol Aird enamorada de una mujer en Carol) en un extraordinario tour de forcé donde la actriz australiana genera esa atmósfera requerida lanzándose al vacío, fundiéndose no sólo con el paisaje, sino en cada uno de sus personajes, antagónicos entre ellos, desde lo más natural a la artificialidad más absoluta, y recitando esos textos de formas tan diferentes, pasando por todas las emociones posibles, generando esa atmósfera extraña, poética, cruda, realista o lírica, que crea una auténtico calidoscopio que no deja indiferente, fascinará o irritará a partes iguales, en una zambullida en la profundidad del arte, vista y observada desde todos los puntos de vista posibles, y lanzando piedras a todos lados, con esa banda sonora sobresaliente, donde escuchamos sonidos industriales, soñadores y realistas, dejando que el espectador inquieto y curioso se acerque a un viaje hipnótico que le emocionará.

 

 

 

Ganar al viento, de Anne-Dauphine Julliand

LOS DÍAS VIVIDOS.  

“Estar enfermos no nos impide ser felices”

Tugdual es un niño de ocho años que ha sufrido dos tumores a pesar de su corta edad. El niño habla a la cámara con aplastante naturalidad y una madurez impropia para su edad, en la que explica con detalles el tamaño de su tumor y sus reflexiones acerca de su enfermedad, y su existencia de tratamientos, medicinas y hospitales. También, conoceremos las existencias de cuatro niños más, niños enfermos, niños que atraviesan dolencias graves y complejas, como Camille, que desde muy pequeño ha tenido que vivir con un cáncer, una dolencia que no le ha quitado una sonrisa y su pasión por jugar al fútbol. Ambre, una niña de nueve años, que lleva a sus espaldas su inseparable mochila de campanilla, en la que guarda una bomba conectada a su débil corazón que le ayuda a respirar, aunque ese gran problema de salud nunca le ha impedido seguir haciendo deporte. Imad tiene seis años y padece de una insuficiencia renal, de su diálisis y la esperanza de un donante que le ayude a vivir mejor, aunque siga siendo ese niño inteligente, apasionado por todo y amante de su familia y su Argelia natal. Y finalmente, Charles, que a pesar de su infancia enclaustrada en el ambiente hospitalario, debido a su grave enfermedad, necesita cuidados constantemente para paliar los dolores que le producen las llagas que pueblan todo su pequeño cuerpo, pero aún así, le encanta estar con Jason, un amigo también enfermo, y recorrer los pasillos del centro hospitalario.

La primera película de Anne-Dauphine Julliand (París, 1973) nace después de una experiencia personal y traumática como la enfermedad de su hija, experiencia que le llevó a conocer los ambientes de hospitales, tratamientos y operaciones, que recogió en dos libros, en “Llenaré tus días de vida”, que explicaba la cotidianidad de su hija enferma y su familia, que se convirtió en un gran éxito en Francia y traducido a más de 20 idiomas, y “Une journée particulière”, en la que se centraba en su familia cuatro años después de la experiencia con la enfermedad de su hija. Un tiempo que Julliand quería dejar constancia a través de una película, para de esta manera acercar la cotidianidad de estos niños enfermos. La directora francesa se deja de sentimentalismos y condescendencias, y filma un documento que atrapa la vida, en su estado más puro e insignificante, mirando a nuestra esencia vital, a partir de sus fragmentos fugaces, aquellos que no se ven, que no podemos guardar en una caja, pero si sentirlos con plenitud, llenándonos de la capacidad de vivir con lo mínimo, con aquello que somos y hacemos, sin mirar más allá, sólo ese momento que vivimos y disfrutamos sin más mañana que el ahora.

Julliand construye una película magnífica sobre el valor de la vida, de vivir intensamente cada segundo e instante de nuestras vidas, cuando esa vida se vive cada momento, porque no hay seguridad de que haya más momentos, y lo hace desde la sencillez y la naturalidad, capturando las existencias de cuatro niños y una niña que padecen graves enfermedades, en la que asistimos a sus intimidades, a sus quehaceres cotidianos como estar en el hospital, ir al colegio, visitar al médico, sus juegos, sus tratamientos, operaciones y demás, siempre junto a su entorno familiar y el equipo de médicos que los atiende. La cámara de Julliand se convierte en un personaje más de la historia, filmando esos momentos fugaces e intensos que viven estos niños, su desbordante alegría y apasionamiento por cada cosa que hacen, y su implacable sinceridad en el momento que nos hablan de su enfermedad y las posibilidades de tratamientos y curación, en la que su humanidad traspasa la pantalla fílmica, y nos acerca a un estado diferente, en el que los quehaceres cotidianos dejan de tener sentido, y escuchamos a estos pequeños que aman la vida en todo su esplendor y tristeza, y aún así no dejan que los convierta en esclavos de su vida, sino todo lo contrario, lo aceptan y siguen hacia delante, con alegría y sin olvidarse que a pesar de estar enfermos, siempre hay motivos para sonreír, jugar, cantar, gritar, y seguir siendo los niños que son.

Unos cuerpos frágiles e inocentes, que todavía no se han desarrollado en su plenitud, que siguen creciendo y aumentando, que viven diariamente con esa enfermedad que les impide llevar una vida como los demás, pero que a pesar de los pesares, y pese a sus inconvenientes, no dejan de desear, soñar, reír y amar la vida y su entorno, a pesar de sus enfermedades, dejándonos grandes lecciones sobre la existencia vital, sobre el valor de nuestras existencias, de aquello que verdaderamente es importante, mostrándonos una humanidad honesta y transparente, que más de uno la quisiera para él, donde no hay trampa ni cartón, sino sinceridad de primera, de vidas vividas, sobre la importancia y el valor de la vida, como único tesoro que tenemos, y tanto olvidamos por nuestras estupideces cotidianas. La vida, no como un todo, y una serie de objetivos personales, sino a través de sus momentos e instantes fugaces que nos hacen sentirnos vivos y bien con nosotros mismos, porque lo demás, lo que creemos que necesitamos no es más que un propósito, algo en el aire, algo todavía lejano, y seguramente, inútil para nosotros ahora mismo, en este momento e instante en el que todo está sucediendo y quizás nos perdamos eso tan valioso que tenemos como el aquí y el ahora, aprovechar cada instante porque quizás puede ser el único, y hacerlo desde un sentido humano, sin nada más material a nuestro alrededor, sólo nosotros y los que nos rodean.


<p><a href=”https://vimeo.com/233554348″>TRAILER GANAR AL VIENTO – V.O.S.E.</a> from <a href=”https://vimeo.com/filmburo”>Film Bur&oacute;</a> on <a href=”https://vimeo.com”>Vimeo</a&gt;.</p>

Encuentro con La Chana y Lucija Stojevic

Encuentro con Antonia Santiago Amador “La Chana”, y Lucija Stojevic, directora de “La Chana”, junto a Deirdre Towers (coproductora) y Beatriz del Pozo (musicóloga y colaboradora de la película). El acto tuvo lugar el jueves 2 de noviembre de 2017 en la Sala Soho House en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Antonia Santiago Amador “La Chana”, Lucija Stojevic, Deirdre Towers y Beatriz del Pozo, por su tiempo, conocimiento, y generosidad, al Festival DocsBarcelona, por su tiempo, y dar vivisibilidad a la película, y a Ana Sánchez de Comedianet, por su organización, generosidad, paciencia, amabilidad y cariño.

The square, de Ruben Östlund

DESTAPAR LAS MISERIAS.  

La película sigue la existencia de Christian, uno de esos hombres triunfadores y rodeados de buenos sentimientos. Christian es un hombre alrededor de los cuarenta y bien parecido, es de esos tipos felices con su trabajo, dirige uno de los museos más importantes de arte contemporáneo y además, se muestra satisfecho con su vida. Conduce un coche moderno y eléctrico, y tiene un apartamento de alto standing. Divorciado y padre de dos hijas impertinentes y consentidas. Toda su vida marcha sobre ruedas. Pero, una mañana, una como otra cualquiera, después de ser alertado por un incidente cotidiano en plena calle, le sustraen la cartera y el móvil sin darse cuenta. A partir de aquí, su vida girará en torno a recuperar sus objetos, y además, sin sarde cuenta, o dándose mucha, se cuestionarán sus ideales y valores humanos frente a sus actos, si éstos reflejan realmente sus pensamientos de solidaridad y justicia.

Ruben Östlund (Styrsö, Suecia, 1974) vuelve a la carga con sus sátiras morales donde reflexiona sobre la fragilidad humana envuelta en situaciones morales que los hacen replantearse su existencia, como viene explorando, desde su debut en Involuntario (2008) donde a partir de 5 episodios cuestionaba el poder del grupo sobre el individuo, en Play  (2011) se centraba en niños negros e hijos de inmigrantes que se excusaban en el racismo y los prejuicios sociales para desplumar a chicos de su edad, y finalmente, en Fuerza mayor (2014) resquebrajaba los ideales de la familia a partir de la situación de un padre de familia que anteponía su salvación a la de su mujer e hijos, ante una avalancha de nieve. El cineasta sueco construye parábolas morales sobre el individuo y la construcción de sus valores, muchos de ellos incuestionables y defendidos a capa y espada, aunque llegados a sus materializaciones físicas en la sociedad, esas situaciones incómodas, en las que esos valores que se creían sólidos desaparecen en pos a un instinto de individualismo y egoísmo.

Östlund, al que podríamos definir como un alumno aventajado de Haneke o de Roy Andersson, eso sí en un tono diferente, pero en esa idea de arremeter contra los prejuicios sociales y cuestionar los aparentemente valores que estructuran nuestras existencias que materializados adquieren cuanto menos un disfraz de hipocresía, vanidad y condescendencia. La película penetra en el mundo del arte contemporáneo, siguiendo la cotidianidad del museo, y lo hace desde la mirada extraña y crítica, a través de una exposición que revela más de cómo somos y sobre todo, como actuamos, en la que se plantea la confianza que tenemos depositada en los otros, esos extraños que no conocemos, a partir de un cuadro en mitad de una plaza, que expone nuestra voluntad de ayudar a los demás por encima de nuestras necesidades individuales, una especie de altruismo, que no lo es tanto (instalación llevada a cabo por el propio director en el museo Vandalorum en Suecia). Östlund no sólo mide el grado de esnobismo y caparazón de mucho del arte contemporáneo de la actualidad, en la impostura que vende, sino su propia utilidad y utilización en el mundo de fuera, en la realidad de ricos y pobres que estructura nuestra sociedad, sino que también, penetra en las relaciones superficiales y desinhibidas que se producen en ese ambiente de nuevas tecnologías (de lo que llegamos a hacer para vender el producto a toda costa) los falsos valores hipócritas tanto de los que dirigen y trabajan en el museo, como esos mecenas que lo alimentan, todos ellos se mueven en un coto cerrado que tiene poco o nada que ver con el exterior, ensimismados en su superficialidad.

Östlund construye una película de largas secuencias, como es habitual en su cine, macerando sus historias introduciendo aspectos inquietantes que nos causan una gran extrañeza e incomodidad (como el chimpancé real que vive con la periodista o la performance del hombre actuando como un simio ante el asombro de todo ese público que se mueve en ese falso oropel y virtuosismo humano) sin olvidarnos de una forma y fondo que nos cuestiona continuamente a los espectadores, obligándonos a tomar partido de aquello que estamos viendo, en una suerte de juego de espejos en el que el reflejo que nos devuelve nos arrincona y nos da la vuelta, posicionándonos en ese espacio de falsedad, apariencia y terror, elementos en los que hemos posado nuestra vida, aspectos de nuestro carácter que odiamos, aunque cuando nos aprietan un poco las clavijas y nos sumergen en ambientes y situaciones en las que nuestra tranquilidad y confort se ven amenazados, aparecen nuestras miserias y actuamos como el más vulgar de los semejantes, convirtiéndonos en eso que criticamos de los demás, o en esa bestia salvaje descontrolada.

Entrevista a Sebastian Vogler

Entrevista a Sebastian Vogler, director artístico de “La muerte de Luis XIV”. El encuentro tuvo lugar el jueves 24 de noviembre de 2016 en las oficinas de Eddie Saeta en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Sebastian Vogler, por su tiempo, generosidad, amistad y cariño, y a Marta Herrero y Marina Cisa de Madavenue, por su amabilidad, paciencia y cariño, y a Lluís Miñarro, por su amabilidad, amistad y cariño.

Francofonia, de Aleksandr Sokúrov

af_cartel_francofonia_web_9962EL ESPACIO HUMANÍSTICO.

“El cine no puede aún pretender ser un arte y, aunque aspire a serlo, todavía está lejos. Algunos pueden fabular, inventar historias sobre su muerte; yo opino, por el contrario, que ni siquiera ha nacido. Le falta todo por aprender, especialmente de la pintura, porque la apuesta principal es pictórica. La elección más importante para el cine sería renunciar a expresar la profundidad, el volumen, nociones que no le conciernen y que incluso revelan impostura: la proyección ocupa siempre una superficie plana, y no pluridimensional. El cine no puede ser sino el arte de lo plano. Este principio me permite, cuando trabajó en una película, permanecer concentrado en uno o dos aspectos, y dedicar a ellos el tiempo necesario”.

Aleksandr Sokúrov

El universo cinematográfico de Aleksandr Sokúrov (1951, Podorvikha, región de Iskutsk, Rusia) se instala en los espacios de la memoria o las relaciones personales, plantea un cine de fuerte cargada poética que penetra en las profundidades de la condición humana, extrayendo las partes más oscuras y complejas del alma de los individuos que filma, a través de experiencias visuales, que nos convocan a ensoñaciones en las que nos envuelven mundos oníricos, en los que la materia desaparece, para convertirse en un estado imperceptible fuera del alcance de nosotros mismos. Planteamientos artísticos desarrollados en su admirable díptico: Madre e hijo (1996) y Padre e hijo (2003), y no menos su aproximación al poder, mediante tres figuras políticas, en una trilogía: Moloch (1999), sobre Hitler, Taurus (2000), sobre Lenin, y cerrada con El sol (2004), en la que se acercaba a Hirohito. El arte siempre ha tenido un valor importante en el imaginario de Sokúrov, en el 2001, en Elegía de un viaje, filmó en gran parte en el museo Bojmans de Rotterdam, en Holanda. Aunque, el precedente más valioso lo encontramos en El arca rusa (2002), mastodóntica y excepcional obra filmada en el Ermitage de San Peterburgo, con la maravilla técnica de haber rodado en un solo plano secuencia de 96 minutos, en la que introduciéndonos en los diversos espacios del museo reflexionaba sobre la historia de Rusia.

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Ahora, se traslada al museo del Louvre, en París, y nos convoca a un instante crucial de la vida del museo, cuando las tropas nazis entraron en la capital parisina aquella primavera de 1940. Sokúrov plantea una película con múltiples capas narrativas y temporales, que no sigue una estructura marcada, sino más bien, se alimenta de procesos más propios de los vaivenes mentales, en las que coexisten varios aspectos de representación cinematográfica: maneja herramientas propias del cine-ensayo de Marker o Huillet/Straub, como la utilización de material de archivo de la época, mezclado con la ficción que representa aquel instante histórico, el encuentro entre Jacques Jaujard (director del Louvre) con el Conde Franziskus Wolff-Metternich, oficial nazi de la ocupación, además, de filmar mediante dron tomas aéreas en las que vemos el París actual con el museo imponente en mitad de la imagen, actuando como símbolo de la memoria de la humanidad que hay que preservar, y completa con imágenes del propio cineasta (que también actúa como narrador omnipresente) en las que lo encontramos encerrado en una habitación trabajando, en las que reflexiona sobre el arte de nuestro tiempo y su representación, mientras intenta comunicarse con un amigo que capitanea un barco que transporta obras de arte, en medio de una tempestad. Excelente y contundente metáfora que funciona como espejo deformante de la importancia de los museos en el contexto de la civilización.

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Recorremos el museo a través de varios personajes, por un lado, los personajes de ficción, el director y oficial nazi, que defendieron a ultranza las obras del museo, algunas trasladadas a lugares seguros antes de la llegada de los invasores, y otro, el invasor, que acabó fulminado de sus funciones por no obedecer las órdenes de incautar y robar las obras para el Tercer Reich. Por otro lado, nos acompañan dos figuras de la historia francesa, Napoleón, el dictador que pretendía dominar el mundo, y también el arte, que con sus delirios de grandeza observa las obras en las que el mismo protagoniza, acompañado de la Marianne, el emblema de Francia, que asombrada por la grandiosidad de las obras que tiene delante, va exclamando, “Liberté, égalité, fraternité”. Un recorrido asombroso por los pliegues y costuras de la historia del siglo XX, capturado por la excelente luz velada y  etérea del cinematógrafo Bruno Delbonnel (que ya trabajó en Fausto con Sokúrov).

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Una película asombrosa, una obra grandiosa y humanista del experimentado cineasta ruso, dotada de argumentos y reflexiones sobre la preservación del arte como forma de resistencia ante una humanidad acuciada y en constante peligro, no estamos ante una película documental, ni de ficción, ni tampoco sobre el museo del Louvre, sino en una película en la prima la experiencia museística como legado humano, en el que nos sumerge en un espacio de pensamiento sobre el arte, sobre la memoria, sobre nuestro pasado, y por definición, nuestro futuro, una película sobre el valor de la humanidad, sobre lo que somos, también sobre aquellas obras que no consiguieron sobrevivir ante los atentados enloquecidos de la humanidad, también, es una obra sobre nuestro acercamiento a la historia, como la política, y sus malvados intereses, han contribuido a la desaparición de ese gran legado humano, esos testimonios mudos e irremplazables del pasado que nos explican el tiempo pasado y presente, y debemos proteger y conservar como patrimonio de la humanidad como medio indispensable para reflexionar sobre nuestros antecesores, lo que somos, y aquello que nos deparará el porvenir.