Una noche con Adela, de Hugo Ruiz

MIENTRAS MADRID DUERME.  

“En la venganza el más débil es siempre más feroz”.

Honoré de Balzac

Cada año en la gran cantidad de películas que llegan a las salas, aparecen ese tipo de películas, modestas en su producción y atrevidas en su forma y en lo que cuentan, que sorprenden a propios y extraños y convencen incluso a los más escépticos. Una noche con Adela es de esas películas, que los anglosajones llaman “sleeper”, refiriéndose a esa cinta que se convierte en un éxito cuando nadie la esperaba. Que una película como ésta se meta en un certamen como Tribeca Festival de New York es una hazaña extraordinaria, y además, resulta galardona con el premio de Mejor dirección novel es absolutamente sorprendente, porque no estamos ante una película debut, que cuenta una historia muy oscura y violenta, y además, lo hace a partir de una narración muy audaz y dificultosa, con ese plano secuencia que nos lleva de aquí para allá, siguiendo los pasos de una antiheroína como la mencionada Adela, una barrendera del turno de noche. Una mujer que esa noche llevará a cabo una venganza que lleva años ideando. Una venganza que le sanará algunas heridas o quizás no. 

Detrás de las cámaras tenemos a Hugo Ruiz (Zaragoza, 1974), que conocíamos por su cortometraje Taxi fuera de servicio (2011), en la que mezclaba el drama con la comedia en un taxi que acaba convirtiéndose en un lugar parecido como el famoso camarote de los hermanos Marx. El maño debuta en el largometraje con Una noche con Adela, una película nocturna, que se detiene en una sola noche, durante el turno de la citada, recorriendo las calles recogiendo la basura, es decir, todo aquello que los ciudadanos no quieren, tropezando con esas rapiñas de la noche como abusadores, ladrones y gentuza de la peor calaña. Cuando parece que el relato se encaminará hacia el thriller más oscuro y destroyer, la película girará a lo personal, pero de un modo más profundo y salvaje, porque Adela tiene algo oculto para esa noche, que es su noche. Un viaje muy íntimo hacia la oscuridad de la condición humana, que se rompe con ese revelador diálogo de la protagonista con la locutora de radio, que se interpreta así misma la propia Gemma Nierga, que recupera su “Hablar por hablar”, un programa nocturno en el que personas solitarias compartían sus problemas y eran aconsejados por los demás oyentes. Adela conduce su camión recogiendo la basura, que deviene la metáfora del relato, en un viaje hacia la psique y lo físico, porque la barrendera entra en una espiral de drogas, sexo y violencia muy bestia. 

Mención aparte tiene el grandísimo trabajo de cinematografía de Diego Trenas, que debuta en el largometraje, con un detallista y preciso ejercicio de estilo, en un abrumador y lleno de tensión con los 105 minutos de un magnífico plano secuencia que sigue a la protagonista por ese Madrid oscuro y periférico, repleto de almas zombies que deambulan por las calles negras y vacías de la gran ciudad. Salvando las distancias, por supuesto, estamos ante un relato que emula aquellos que hicieron grandes como Boorman, De Palma, Scorsese y Lumet en los setenta en Estados Unidos, sacando la pala y desenterrando la miseria moral y física de una sociedad violenta y deshumanizada, porque Una noche con Adela es sencilla y honesta, no va más allá de lo que su modestia le permite, no juega a la pretenciosidad de otras películas, sino que conoce sus limitaciones y juega con ellas, sacando lo mejor de cada situación y trazando una parte de la radiografía humana de las calles cuando se llenan de noche y aparecen las criaturas de la noche, en la que Adela no es una más, sino alguien herido, derrotado pero no vencido, porque esa noche será su noche, y no de la manera que la cantaba Raphael, sino todo lo contrario, porque esa noche Adela llevará a cabo su venganza, una justicia que lleva años pensando y manteniendo en secreto. 

He dejado para la parte final de este texto mi comentario sobre la interpretación de Laura Galán como la mencionada Adela. Una actriz que muchos de nosotros descubrimos primero en el corto y luego en el largometraje de Cerdita, de Carlota Pereda. Un thriller rural, que emulaba las películas setenteras de terror estadounidenses, donde la castellana demostraba sus buenas dotes compositivas para cambiar de alimaña a cazadora, en un inmenso trabajo que le valió muchos de los reconocimientos del año. Su Adela está en otro lado, aunque conecte con lo corporal y lo sensitivo, porque su barrendera nocturna es una mujer demasiado herida, que se ha hartado de tanta vileza y dolor, y se ha puesto manos a la obra, ejecutando la venganza contra aquellos que la hicieron así, o la convirtieron en una mujer que se destroza cada noche en un trabajo que no le satisface y lo llena de drogas, alcohol y sexo salvaje. Laura Galán vuelve a demostrar que es una actriz portentosa, capaz de meterse en cualquier piel y cuerpo, que transmite con esa mirada de rencor y rabia, que es todo un ejemplo que con trabajo y algo de suerte, se puede labrar una interesante carrera a pesar de los estereotipos que tanto abundan en esta sociedad. Me gustaría que Una noche con Adela  tuviera tiempo para labrarse un boca a boca entre el público, porque estamos ante una película que está bien contada, que tiene a una actriz que llena la pantalla, porque tiene carisma, porque transmite y es pura energía. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Napoleón, de Ridley Scott

EL SEÑOR DE LA GUERRA. 

“La gloria es fugaz, pero la oscuridad es para siempre”

Napoléon Bonaparte

La relación de Ridley Scott (South Shields, Reino Unido, 1937), y Napoléon Bonaparte (1796-1821), viene de muy lejos, ya que su espíritu rondaba entre Feraud y D’Hubert, sus dos oficiales que se batían en duelos fratricidas en la inolvidable Los duelistas (1977), la primera película del británico. Casi medio siglo después y más de treinta títulos a sus espaldas, Scott vuelve o mejor dicho, se enfrenta al emperador face to face, y lo hace a partir de un guion de David Scarpa, del que ya había dirigido otro retrato, el del multimillonario Jean Paul Getty en Todo el dinero del mundo (2017), en un relato que abarca quince años de la vida del citado entre 1800 y 1815, cuando pasó de cónsul a Emperador de todos los franceses (1804-1815), pasando por sus innumerables invasiones y batallas como las de Egipto, el frío polar de Rusia, y las recordadas Austerlitz (1805) y la madre de todas las batallas que fue la de Waterloo (1815), que significó su fin, sin olvidar, por supuesto, su compleja y oscura relación con Josefina de Beauharnais (1763-1814), que convirtió en emperatriz en 1804. 

Dos vértices: Josefina y el amor, y la guerra son los dos pilares en los que se sustenta la película, en su retrato sobre una de las figuras más controvertidas y peculiares de la historia de Francia y por ende, de la historia. Como ha ocurrido con la reciente Los asesinos de la luna, de Martin Scorsese, volvemos a tener a Apple Studios detrás de una superproducción en la que no se ha escatimado ningún esfuerzo de producción para hacer creíble la historia del famoso emperador. Las secuencias bélicas son de una majestuosidad y detallismo brillante, sólo citar la que se desarrolla en Rusia con ese inmenso bloque de hielo que vemos bajo el agua, en una fascinación de colores y texturas entre el blanco rígido del hielo, el resquebrajamiento de los bloques mezclados con la sangre de los soldados que van cayendo, y las batallas anteriormente citadas donde asistimos a la guerra en todos sus detalles, acompañada de una amalgama de colores, texturas y formas que se funden con la extrema violencia y crueldad, en unos enfrentamientos que recuerdan a los de Campanadas a medianoche (1965), de Welles, en ese caos absoluto que se va desarrollando de hombres a pie y a caballo de aquí para allá, reflejando la locura de esas batallas fratricidas. 

No deberíamos caer en la tentación que Napoleón sólo es un grandioso espectáculo visual en su forma de retratar las batallas, porque no seríamos justos y esto es importante, con todo lo que cuenta la película, porque su antesala, esa Francia caótica y en pie de guerra social, también está fielmente capturada, porque no voy a entrar, como suele ocurrir, en valoraciones históricas fidedignas y bla bla bla, esto es una película sobre Napoleón, no un documental sobre su vida, su obra y milagros, se retratan algunos aspectos relevantes que así han decidido sus creadores, y ya está. Todo lo demás, nada tiene que ver con su calidad o no cinematográfica. Dicho esto, continuó hablando de la película. Esa antesala, o ese espacio de no guerra, donde la cama se instala buscando su mejor posición, en la que asistimos a esas otras batallas, una Francia en pleno polvorín, después de la fallida revolución, y ese vacío de poder e intereses, como el instante de la rebelión en el congreso, y ese baile donde se conocen Napoleón y Josefina, figura clave en la película, con una secuencia que podía haber filmado el mencionado Scorsese en su Lobo de Wall Street, porque la relación de aquella pareja no está muy lejos de los de esta. 

Scott que nos ha brindado películas grandes como Alien, Blade Runner, Thelma & Louise, 1492, la conquista del paraíso, Gladiator, El reino de los cielos, American Gangster, Marte y El último duelo, con otras que, para el que suscribe, no lo son tanto, consigue con Napoleón, un gran espectáculo visual e íntimo, aunque, claro, las secuencias de interior y de alcoba no tengan esa grandeza o épica que tienen las batallas, eso sí, la decadencia y la oscuridad la retrata con maestría, deteniéndose en las partes más difíciles sin hacer escabechina ni ser condescendiente, ayuda y mucho la textura y la forma que usa para mostrarlos en un gran trabajo de cinematografía del polaco Dariusz Wolski, con el que Scott ha hecho 9 películas, amén de trabajar con cineastas sumamente estéticos como Proyas, Burton y Greengrass, con una luz etérea con neblina, para enseñar las alegrías y tristezas de una existencia muy convulsa, llena de guerra, muertes y algo de amor. Una película que se va a los 147 minutos debía tener a unos editores que supieran dotar de ritmo a una historia que tiene escenas de guerra dinámicas y llenas de energía con otras donde se impone la pausa y la precisión, en un exquisito montaje de Claire simpson, con cinco películas con Scott, al que le acompaña su discípulo más aventajado como Sam Restivo. la excelente música que capta todos esos momentos tan diferentes y detallistas de la mano de Martin Phipps, al que conocemos por sus trabajos en las series Peaky Blinders y The Crown, entre otras.

El magnífico trabajo de diseño de Arthur Max, 16 películas con el británico, ahí es nada, con un acabado apabullante, como los demás departamentos técnicos que se ponen al servicio de la historia. El apartado interpretativo debía tener uno de esos actores que sin hablar pudiera expresar todo el ánimo y desánimo de un hombre de guerra como Napoléon, y se ha encontrado en Joaquin Phoenix, que hace de cada interpretación un acto de valentía, de encontrar esa peculiar forma de caminar que define cada rol que ha interpretado, como demuestra su capacidad para transformarse con un gesto y un detalle, nada postizo, nada impostado, sólo él, con esa forma de mirar, de moverse y sobre todo, de su silencio. Para Josefina, nada fácil teniendo a Phoenix enfrente, se ha encontrado en la actriz Vanessa Kirby la mejor emperatriz, toda una mujer con carácter, con sabiduría, con esa forma de mirar desafiante y encantadora, resuelve con astucia y solvencia un personaje difícil que también libró su batalla con Napoleón. Como ocurre en estas películas el reparto debe librar también sus momentos con naturalidad y transparencia como ocurre con los Tahar Rahim, que siempre será para muchos Un profeta, de Audiard, la composición de Ludivine Sagnier, Ben Miles, Paul Rhys, y un excelente Rupert Everett como el Duque de Wellington, un gran adversario para el emperador francés en la famosísima batalla de Waterloo, y toda una retahíla de grandes intérpretes muy bien escogidos y mejor dirigidos. 

Cuando se hace una película sobre Napoleón es inevitable pensar en Stanley Kubrick, por su película fallida sobre el emperador, y su cinta de Barry Lyndon (1975), que nos sitúa muy cerca de la época napoleónica a finales del XVIII, de la que Scott, como no puede ser de otra forma, usa como inspiración en las batallas, en las formas, en el detalle, en la luz, en esa ceremonia de la guerra y las costumbres burguesas, y demás detalles y sensaciones, porque la película de Kubrick va mucho más allá, no sólo cuenta una historia, sino que la cuenta de la mejor forma posible, seduciéndonos y completamente hipnotizados en la existencia de un sirvenguenza y arribista de la peor calaña, pero con una gran producción, llena de tacto y hermosísima. Quizás Napoleón no sea tan redonda como la de Kubrick, pero es una gran película, y lo es porque cuenta una parte de la vida del emperador con sus guerras tanto exteriores en el campo de batalla y muerte, humanizando la figura y retratando al hombre detrás de la máscara, como esa vomitera antes de la primera guerra, toda una declaración de bajar del pedestal a un hombre que le faltó humildad, sobre todo, en la guerra. Y las guerras interiores, las que libraba con los políticos, con su mujer, a la que quiso a su manera, y con él mismo, la más dura de todas ellas. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

El amor de Andrea, de Manuel Martín Cuenca

SÓLO QUIERO QUE ME AMES. 

“Los problemas familiares son amargos. No van de acuerdo con ninguna regla. No son como dolores o heridas, son más como divisiones en la piel que no sanan porque no hay suficiente material”.

F. Scott Fitzgerald

De una casa aislada en las montañas escarpadas de las Sierras de Cazorla y Segura en la provincia de Jaén de La hija (2021), pasamos al otoño de la Bahía de Cádiz de El amor de Andrea, el nuevo largometraje de Manuel Martín Cuenca (El Ejido, Almería, 1964). Dos ambientes fríos. Dos paisajes que definen con exactitud los estados emocionales en los que se encuentran sus personajes. Vuelven a rondar los problemas familiares, ahora desde la mirada de su protagonista Andrea, una chica de 15 años, que a veces, pasa del instituto y deambula por las calles y acaba en la playa leyendo su inseparable “Juan Salvador Gaviota”, de Richard Bach, el libro que le regaló un padre ausente, alguien que los dejó a sus dos hermanos pequeños y a ella cuando se divorció de la madre con la conviven que sólo ven por las noches. Andrea se siente rasgada como una foto, a la que le falta una parte, le falta ese padre que no ve, con el que no se relaciona, en una existencia llena de dudas, de espacios vacíos y de pasados oscuros. 

A partir de un guion escrito por Lola Mayo, que ha sido productora y guionista de todas las películas de Javier Rebollo, y el propio director, que nos va sumergiendo en la intimidad e interior de Andrea, una chica solitaria, que intenta reconstruir unos sentimientos troceados e incompletos, y se tropieza con la indiferencia de una madre que quiere olvidar, y unos adultos inmaduros y faltos de comunicación que guardan silencio y tienden muros. Andrea se muestra fuerte y valiente en su decisión y sigue empeñada en trazar un puente de reconciliación y sobre todo, de amor entre su padre y ella. El director almeriense se aleja de la autocomplacencia y lo esperado, y construye de forma artesanal su relato, desde esa luz natural que traspasa e interioriza a los personajes, que firma Eva Díaz Iglesias, la cinematógrafo habitual de Víctor García León, la música de Vetusta Morla, que vuelve a trabajar con el almeriense después de la experiencia de la mencionada La hija, en una composición que ayuda a iluminar tanto desgarro emocional, y el preciso y reposado montaje de Ángel Hernández Zoido, que ha estado en toda la filmografía de Martín Cuenca. 

Con rasgos parecidos a La mitad de Óscar (2010), que también exploraba las difíciles relaciones familiares, donde primaba la desnudez, la cercanía y la transparencia de la cámara y la interpretación, la odisea de Andrea y su demanda de amor es muy bressoniana, porque tiene ese corte de plano, esos cuadros con el formato de 4:3, en que sus individuos aparecen encerrados y asfixiados en sus vidas anónimas, y en que el relato ayuda a desplazar tanto físicamente como emocionalmente, pero que deja interesantes huecos en sus conflictos, y en que Andrea se mira al espejo de la Marie de Au assard Balthazar (1966), y la Mouchette de la película homónima de 1967. Dos jóvenes atrapadas en un mundo de adultos cruel, infantil y triste. Chicas adolescentes como las que retrató en La flaqueza del bolchevique (2003) y en la citada La hija, el cineasta andaluz que compone una película con hechuras, tremendamente intensa sin ser condescendiente, sino con una armadura que nos sobrepasa, que deja un poso difícil de olvidar, dentro de esa linealidad que tiene su trama, una linealidad imprescindible para ir acercándonos a este duro e intenso drama que se adentra en lo que sienten sus personajes que tiene su reflejo en esa bahía gaditana gris, fría y ventosa, con ese barco-puente que distancia a unos personajes, sobre todo, Andrea, que quiere y busca, que mira y siente, que hace y no se resigna a perder el amor de su progenitor. 

Mención aparte tiene la elección de su elenco interpretativo, lleno de caras desconocidas, de esos actores-modelo que tanto le gustaban a Bresson, donde la película no seduce con unos rostros marcados, con grietas por la vida y las tristezas, en relación con los niños y niñas que todavía están sin marcar por ese vivir, todavía libres de espíritu, honestos y cercanos, y sobre todo, comunicativos. Cuántos males ha provocado y provocará  la incomunicación en las relaciones. Tenemos a esa luz que es pura naturalidad y transparencia como Lupe Mateo Barredo como Andrea, que debería llevarse muchos reconocimientos esta temporada de galardones, y eso que no me gustan los premios y las competiciones, pero su Andrea es puro amor, pura valentía, y sobre todo, una alma que quiere y busca amar, esa cosa que todo el mundo busca y pocos se atreven a vivir. Le acompañan sus dos hermanos pequeños y estupendos  Fidel y Tomás que hacen Fidel Sierra y Cayetano Rodríguez Anglada, respectivamente, Agustín Domínguez es Abel, el amigo de Andrea que le echará un cable y los haga falta para sobrellevar tanta dificultad, Carmen es Irka Lugo, esa madre que tampoco ven mucha y quiere olvidar y que su hija también olvide y dejé de reclamar ese amor, Jesús Ortiz es Antonio, el padre que no está, qué bien mira este tipo y esos maravillosos encuadres bajo la atenta mirada de su hija mientras apura cigarrillos contra el viento. Y luego, esos dos ángeles para el camino empedrado de Andrea con la complicidad de Inés Amieva como Beatriz, la abogada y el profe José M. Verdulla Otero que hace de José María, el profe, que seríamos si muchos profesores sólo cumplieran su trabajo y olvidasen ayudar emocionalmente a sus alumnas como Andrea. 

Dice Martín Cuenca que ha hecho su película más luminosa, y tiene razón, porque aunque El amor de Andrea se adentra en pantanos muy duros y tensos, sí, pero lo hace sin caer en el dramatismo y en la estridencia ni nada que se le parezca, y podría haber caído en la tentación, porque el material que maneja da para ese tono, pero el cineasta almeriense se va muy lejos de allí, y se centra en sus personajes y sus sentimientos, desde lo más profundo, desde sus gestos, desde sus miradas, que no hablan y lo dicen todo, dentro de esa Bahía de Cádiz, que vista desde otro lugar, resulta un espacio difícil y gris, como todos los lugares cuando estamos mal, cuando nos falta algo, como le ocurre a Andrea, que le falta algo, le falta el amor de su padre, y le falta porque está lleno de un pasado demasiado vacío, un pasado que quiere mirar para entender, para seguir creciendo, para enfrentarlo, porque ya tiene edad suficiente para saber y reconocerse, con unos padres que no hablan, no se comunican y viven rodeado de fantasmas y miedos e inseguridades. Estamos sorprendidos ante la madurez y coraje de un personaje como Andrea, porque a pesar de su corta edad, demuestra más verdad que sus perdidos padres, porque ella  es valiente, tiene fuerza y está preparada para mirar de frente, porque la vida no puede vivirse con tantas ausencias y falta de amor. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

21 paraíso, de Néstor Ruiz Medina

LAS FRACTURAS DEL AMOR. 

“El verdadero paraíso no está en el cielo, sino en la boca de la mujer amada”.

Frase de “Señorita de Maupin” (1836), de Théophile Gautier.  

Recuerdan a Natalia y Carlos, los jóvenes protagonistas de Hermosa juventud (2014), de Jaime Rosales, que encontraban en el porno amateur una salida económica a su existencia precaria. Los tiempos han cambiado pero las formas siguen estando ahí, porque Julia y Mateo viven del porno amateur a través de la web Onlyfans, en la que venden su intimidad a base de sexo. Los jóvenes del sexo protagonizan 21 paraíso, la ópera prima de Néstor Ruiz Medina (Madrid, 1988), que se ha fogueado en unos 15 cortometrajes, en una película que explica una especie de paraíso en el que tanto Julia y Mateo han encontrado su vida a través del porno amateur que practican en una estupenda casa anclada en un entorno rural magnífico, donde la vida y su felicidad se dan la mano y en la que sus momentos de intimidad han calado en la web y sus días son pura armonía. Una armonía que veremos resquebrajarse a modo de 21 instantes-episódicos en planos secuencia que vienen anunciados por pequeñas ideas en forma de frases cortas, en las que somos testigos de cómo ese paraíso tiene sus zonas oscuras y de tristeza. 

El director madrileño se deja de un relato rocambolesco y de giros inverosímiles, sino todo lo contrario, porque se apoya en un guion construido con sus dos intérpretes, basados en muchas improvisaciones y en ir encontrando su historia y la forma de contarse, donde la cinematografía de Marino Pardo, al que conocíamos por su trabajo en el cortometraje Polvo somos (2020), de Estíbaliz Urresola, la directora de la reciente  20000 especies de abejas, que recurre al celuloide en 16mm y el marco en 4:3 para sumergirnos en las cuatro paredes y el entorno de ese lugar, la provincia gaditana, un espacio donde la luz se impone en un principio, y a modo de crepúsculo vamos asistiendo a la ruptura de la armonía que hablábamos al inicio del texto, pero casi a cámara lenta, centrándonos en los detalles y las diferentes secuencias en la que todo ese lugar aparentemente perfecto, empieza a agrietarse, no nos explican porque, casi siempre nadie sabe porque suceden, sólo sabe que surgen de la nada, del interior de una mujer como Julia. La película en un preciso trabajo de montaje que firma el propio Ruiz Medina, que en sus 98 minutos de metraje, refleja el deterioro de ese amor, o quizás podríamos decir, de eso que tenían, y las consecuencias de esa distancia, de esa falta de comunicación que les afecta y sobre todo, de la nueva realidad a la que deben enfrentarse que les empuja a buscar un modo de vida diferente, con mucho menos dinero y más real. 

Una cámara que los traspasa, que se convierte en uno más, en ese invitado incómodo que da testimonio y forma a su relación o lo que queda de ella, y a ellos mismos. Aunque una película de estas características, donde prevalece la intimidad en un entorno muy cercano, con pocos espacios, tanto interiores como exteriores, debía tener una pareja de protagonistas que transmitieran todo esa fractura que se produce entre ellos, y el director lo consigue con el intenso y excelente dúo que forman la debutante María Lázaro y Fernando Barona que hemos visto en series y en la mencionada Hermosa juventud, dando vida a Julia y Mateo, o lo que es lo mismo, a estos Eva y Adán expulsados de su paraíso particular, y no por un motivo con explicación, sino con uno de verdad, el que siente Julia, ese abismo de la identidad, cuando no sabemos qué queremos y lo único que tenemos claro es que no deseamos seguir haciendo lo que hacíamos, no sabemos porqué, sólo que estamos en ese proceso de descubrirnos y sincerarnos con nosotros mismos y con los demás, y seguir caminando para encontrarnos y encontrar lo que queremos hacer a partir de ahora. 

La película 21 paraíso es un buen ejemplo para una primera película, porque está filmada sin pretensiones, no empleando caminos difíciles de manejar, y sacando el máximo rendimiento a los recursos que tienen más al alcance, eso sí, sin construir una película a gusto de todos, sino con un relato, que gustará más o menos, pero con la idea de contarlo con acierto, detalle y complejidad, porque lo que vemos y lo que va sucediendo, no es baladí, porque pasamos del paraíso particular de Julia y Mateo a una especie de infierno contado en segundos, donde cada mirada y gesto está lleno de desánimo, distancia y perplejidad, porque es una cinta que habla mucho de estos tiempos donde parecemos que lo tenemos todo y en realidad, no tenemos nada, nos faltan muchas cosas, muchas emocionales, que repararía tanto vacío, tristeza y desorientación. Julia y Mateo son un reflejo de esa juventud, que ya no es tan joven, que han pasado de los treinta, y siguen un poco varados, esperando que esa idea del porno amateur dure eternamente, pero lo que no saben es que la vida está sujeta a los cambios constantes, esos que van sucediendo mientras tú haces otros planes, que citaba Lennon, porque si de algo habría que esperar de la existencia es que siempre nos sorprende, siempre nos dejará de vuelta y media, y sobre todo, siempre, por muy mal que estemos, encontramos una salida para tanto desaliento y vacío interior. No estemos temerosos de ser expulsados del «paraíso» y centremos en quiénes somos y qué queremos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

El viejo roble, de Ken Loach

UN CUENTO SOBRE LA ESPERANZA. 

“La esperanza es promover la ilusión en circunstancias que sabemos que son desesperadas”. 

G. K. Chesterton

El cineasta Ken Loach (Nuneaton, Reino Unido, 1936), autor de una de las filmografías más interesantes a nivel social y humanista, ya que, desde sus primeras películas como Poor Cow (1967), Kes  (1969) y Family Life (1971), entre otras, su cine se ha decantado por la “Working Class” británica, construyendo tramas alrededor de los conflictos sociales que han ido sufriendo esa parte de la población más desfavorecida. No hay tema social que no haya sido reflejado en su cine en sus más de 32 películas si incluimos sus trabajos para televisión. En una trayectoria que abarca más de medio siglo ha habido de todo, pero sobre todo, ha habido una necesidad de focalizar su cámara en el rostro y las circunstancias de los trabajadores/as desde un lado humanista y socialista, abogando por valores humanos que el consumismo ha ido eliminando sistemáticamente como la humanidad, la fraternidad, la igualdad, la cooperativa y sobre todo, la comunidad como eje fundamental para ayudar y ayudarse los unos a los otros. 

Con El viejo roble (The Old Oak, en su original), cierra la trilogía iniciada con Yo, Daniel Blake (2016), y continúo con Sorry We Missed You (2019), sobre obreros focalizados en el noroeste de Inglaterra, en tantas pequeñas poblaciones que fueron prósperas por la minería que posteriormente, se cargó la Thatcher en los ochenta, y ahora viven de recuerdos del pasado mirando fotos antiguas colgadas en una pared de una parte del local en desuso, toda una reveladora metáfora de la situación de ahora, como vemos en El viejo roble. A partir de un guion de Paul Liberty, 15 películas junto a Loach, la historia se posa en la existencia de TJ Ballantyne, un tipo que regenta el pub del mismo título que la película, que fue y ahora sólo alberga a unos cuántos parroquianos que sólo hablan del pasado glorioso y de las penas y tristezas de la actualidad. Toda esa armonía de estar y ya, se ve interrumpida con la llegada de familias sirias refugiadas, como evidencia su arranque construido a partir de fotografías en blanco y negro acompañadas de su sonido real. La hostilidad y el rechazo que dejan claro muchos lugareños, se ve contrarrestada por el citado TJ Ballantyne que se hace amigo de Yara, que hace fotos, y la gran ayuda de la trabajadora social Laura. 

Loach traza una excelente trama con tranquilidad y sin aspavientos sin recurrir a lo facilón ni la condescendencia, sino todo lo contrario, situando su cámara a la altura de los ojos de sus protagonistas, sumergiéndonos en sus conflictos personales y sociales, sus necesidades que son muchas en una población donde la crisis aboga a la desesperación y la tristeza a muchos de ellos y ellas. Con la compañía de la productora Rebecca O’Brien que desde el 2002 junto a Loach y Laverty están al frente de la compañía Sixteen Films, el director británico no hace una película de falsas ilusiones, nos muestra la realidad del lugar, con una imagen que se acerca y entra en las casas con respeto e intimidad, en un grandísimo trabajo de cinematografía de Robbie Ryan, quinto trabajo con el inglés, amén de películas con Frears, Arnold, Baumbach, Potter y Lanthimos, entre otros. La magnífica edición de Jonathan Morris, 24 películas con Loach, que ajusta con detalle y precisión un relato que se va a los 110 minutos de metraje, en el que hay de todo: documento, ternura, valores humanos y necesidad de acompañarse en los momentos jodidos de la vida. El músico George Fenton, 19 películas con Loach, amén de Frears, Jordan y Attenborough, entre otros, compone una música que ayuda a entender y entrar en el interior de los personajes a partir de donde vienen y porqué actúan de la manera que lo hacen. 

El cineasta británico hace cine y habla de valores humanos y los reivindica, porque es lo único que les queda a los pobres y pisoteados en este mundo mercantilizado donde unos pocos privilegiados someten a la mayoría que vive de sus migajas. Pero, sus películas no son panfletos ni proclamas para construir un mundo mejor, su cine es su mejor ejemplo y ha explorado todas las iniciativas humanas para estar más cerca, para abandonar ese individualismo de mierda que nos deja más sólos cada día y más aislados. Su cine, como hacían los Renoir, Rossellini, Ozu, Kaurismäki y demás, está para y por el obrero, el empleado, el trabajador de lunes a viernes, el que trabaja mucho para tener muy poco, el que sueña con una vida mejor y se jubila sin que llegue, el que mira los partidos de fútbol en el bar de turno rodeado de unas cervezas y amigos. La maestría de Loach para escoger intérpretes que no sólo componen unos personajes de carne y hueso, sino que transmiten todo el desánimo y la esperanza que recorre la película. Tenemos a Dave Turner, que ya estuvo en las dos anteriores que hemos citado un poco más arriba, encarnando a TJ Ballantyne, uno de esos tipos machacados por la vida, que arrastra demasiadas heridas sin curar, pero que aún así, sigue resistiendo en su viejo roble, y se muestra solidario y ayudante a los recién llegados.

Junto a Turner tenemos otros actores y actrices que son tan naturales y cercanos como el mencionado, demostrando la intimidad que consigue el británico para hablar de aquellos problemas que invisibiliza el cine comercial. Valores como la amistad, de las de verdad, de las duras y las maduras, como la que entabla Turner con Yara que hace la debutante Ebla Mari, una de esas mujeres valientes y de coraje que, a pesar de las dificultades, sigue ahí, junto a su familia, y manteniendo una dignidad asombrosa, Claire Rodgerson interpreta a Laura, una actriz que también debuta, escogida del lugar donde filmaron. Trevor Fox hace de Charlie, uno de los parroquianos del citado pub que se muestra hostil a los refugiados. Y luego, una retahíla de intérpretes naturales que han sido reclutados del lugar para dotar a la película de esa verdad y cercanía que tiene el cine de Loach. Las películas del británico gustarán más o menos, estarán más conseguidas o no, pero lo que nunca se le puede reprochar es su mirada al proletariado, a los necesitados, a los desahuciados del desaparecido estado del bienestar, que han quedado en el olvido de los diferentes gobiernos, tan abocados a generar riqueza a costa de la explotación laboral y el recorte de servicios públicos esenciales. 

El viejo roble no es sólo la última película de Ken Loach, sino que como ha anunciado el propio director, esta película es su despedida del cine, a sus 87 años deja de mover la manivela, como se hacía antes. Así que, con El viejo roble se despide del cine uno de los grandes, uno de los nombres que más han hecho para retratar las miserias de una sociedad más idiotizada y absurda a costa de los trabajadores/as como nosotros, porque algunos/as se han creído esto del trabajo y de sus miserables condiciones y siguen ahí, esforzándose en solitario y perdiéndose la vida para conseguir más estupideces materiales y visitar más lugares en una existencia estúpida e histérica. Loach nos pide que por favor dejemos de correr, nos detengamos y miremos a nuestro alrededor, que miremos a nuestro interior y al interior de los demás, que nos demos tiempo, que paremos tanta locura, y sobre todo, nos ayudemos y empaticemos, porque si no, seguiremos solos en el infierno más desesperado, y nos pide que lo hagamos ya, antes que sea demasiado tarde, porque la vida es otra cosa, es compartir y estar cuando las cosas se ponen feas, porque, aunque no lo parezca, seguimos siendo lo que somos y seguimos teniendo las mismas necesidades, y seguimos deseando querer y nos quieran y muchas cosas, y seguimos teniendo ilusión, seguimos resistiendo y por mucho que las élites hacen lo posible, todavía no hemos perdido la esperanza. ¡LONG LIFE FREEDOM! JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Ruta salvatge, de Marc Recha

LAS FRONTERAS INTERIORES. 

“Hay una frontera que sólo nos atrevemos a cruzar de noche: la frontera de nuestras diferencias con los demás, de nuestros combates con nosotros mismos”.

Frase de “Gringo viejo”, de Carlos Fuentes 

Los que amamos los westerns sabemos que se sustentan a través de dos pilares fundamentales: el rostro y el paisaje. En la película 9 y media de Marc Recha (Hospitalet de Llobregat, 1970), se rige por estos dos conceptos, porque el rostro de Montse Germán, que debuta con el director, es la película, y no lo digo en plan estético, sino porque el rostro de la actriz convertida aquí en una jardinera, es el rostro que da todo el sentido a la trama. Ella es Ona, una mujer que pasa de los cincuenta, con un pasado difícil. Una mujer herida, un dolor que oculta con su ameno empleo y el cuidado de su hijo adolescente. Su sueño es pilotar la avioneta que con tanto mimo cuida Jordi, un amigo de esos de siempre. Su vida es tranquila, en uno de esos pueblos de la Cerdanya, en uno de esos sitios que nunca pasa nada. Pero he aquí, la aparición de dos ex combatientes serbios reciclados en ladrones de joyas, cambiará no sólo la fisonomía de paz del lugar, sino que implica a Ona y los suyos, a los que cuida y ama. 

El director hospitalense, que firma el guion con Nadine Lamari, tres películas juntos, sigue siendo fiel así mismo, y continúa escarbando en aquellos elementos que caracterizan su mirada: el citado western, que desmitifica, lo torna sucio, cotidiano y muy íntimo, con la frontera como acompañamiento sine qua non, lugar de paso, de idas y venidas, en los que concentra a personajes de pasados oscuros, huidos y sin rumbo. La infancia y la adolescencia siempre presentes en sus relatos, en esos gestos de iniciación y crecimiento a la adultez, y el paisaje, un espacio, ya sea urbano o rural, donde la naturaleza y los animales funcionan como reflejos de la carencia de unos humos demasiado ensimismados en ellos mismos que han olvidado sus orígenes y su relación con su entorno. Los conflictos de sus películas no son grandilocuentes ni nada sorprendentes, sino todo lo contrario, están sujetos a esa realidad diaria, a la que hay que detenerse para mirarla y descubrirla, porque ahí reside su talento, en mirar esos pequeños dramas de cada día, donde pululan gentes muy sencillas, a los que un hecho totalmente accidental y alejado de ellos, les sacará esas cosas del pasado que permanecían ahí pero dormidas. 

Como es costumbre, la parte técnica de la película es de gran factura técnica, como la cinematografía que, después de cinco películas con Hélêne Louvart, el testigo pasa a Núria Roldós, que ha trabajado con Antonio Chavarrías, María Ripoll y Alba Sotorra, realiza un espectacular trabajo donde la luz tenue y oscura se combinan para crear esa sensación de fusión y confusión entre la naturaleza que vemos y la que sentimos que describe con audacia el estado emocional de Ona, en la misma línea trabaja la edición de Judith Miralles, que también debuta con Recha, donde la pausa y el reposo que caracterizan el tono de la película componen una trama que se va a las dos horas de metraje sin prisas sin trucos y con mucha veracidad en todo lo que acontece. La música de Alfred Tascott, que tiene películas para Sílvia Quer y estuvo en La vampira de Barcelona, de Danés, y de Pau Recha, en su quinto trabajo con el director, que recordamos de Dies d’agost (2006), consiguen captar las complejidades emocionales que chocan con lo físico y la naturaleza y los animales del entorno, ajenos a toda esa oscuridad que recorre a los personajes. Como ocurría en Furtivos (1975), de Borau, donde el reflejo de paz del exterior peleaba con la oscuridad del alma. 

Si la técnica de la película es sobresaliente, la parte interpretativa no se queda atrás, porque los intérpretes de Recha se confunden en sus espacios, con esos rostros marcados por la vida, naturales y de verdad, como el de Montse Germán, que gran acierto en el personaje de Ona, que nos recuerda al de la Mónica en la inolvidable Ficció (2006), en su vuelta al entorno rural por la puerta grande, como mira esta mujer, como se mueve, que recuerda a la Melissa Leo de Frozen River, y a la Marina Foïs de As bestas, que también interpretan mujeres que deben enfrentarse a aquello que les da miedo y les supera, pero lo hacen con valentía y coraje, y acarreando un pasado que les golpea demasiado. a su lado, Sergi López como Robert, el amigo fiel, con su cuarta película con Recha, que recuerda al Olivier Gourmet de Les mans buides (2003), un actor dotado porque es capaz de tipo con pasta y tipo del campo, con esa transparencia y cercanía. Un fenómeno. Tenemos a los jóvenes debutantes, vecinos de la comarca y escogidos en un casting, Àlex Bolet como Sergi, el hijo rebelde de Ona, y su chica Clara, que hace Maria Martínez. Y los Marc Martínez, uno de esos tipos nómadas, como el que hacía Eduardo Noriega en la mencionada Les mans buides, que tendrá su importancia en la vida de estos lugareños, la pareja de matones que interpretan dos actores serbios como Sergej Trifunovic, que tiene películas con Paskaljevic y Kusturica, y Boris Isakovic, con mucha carrera en su país. Y luego, los Lluis Soler como un “empresario” metido en negocios turbios, y Raquel Ferri, una misteriosa chica. 

No dejen de ver una película como Ruta salvatge porque es una excelente muestra de hacer cine de lo rural desde la empatía y la emocionalidad, mirando desde la sencillez y lo humano, donde se puede combinar el género como el western fronterizo y el thriller más inquietante, en el que las fronteras tanto físicas como emocionales entran en juego, en el que unos personajes, los de aquí y los de allá, y los otros, los que no se saben de donde pueden ser, con esas líneas difusas que confunden y traspasan nuestros propios miedos e inseguridades, y reabren heridas que creíamos cicatrizadas o quizás, sólo esperaban su momento, ese momento en que las cosas del pasado adquieren su significado en el presente, un presente en el que debemos dejar de huir y enfrentarnos, por fin, a todo aquello que nos culpabiliza y nos deja en dique seco, es decir, nos deja maniatados a nuevas experiencias emocionales con aquellos a los que amamos y aquellos otros que entrarán en nuestras vidas, porque la película 9 y media de Recha es un viaje hacia lo más profundo de su protagonista Ona, una mujer herida, rota, llena de dolor, pero también fuerte, valiente y capaz, que no se arrugará ante la embestida que le está dando de nuevo la vida, y esta vez, no podrá hacer caso omiso, y si, esta vez deberá ponerse de pie y luchar. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Que nadie duerma, de Antonio Méndez Esparza

LOS ESPEJOS DE LA IRREALIDAD. 

“La vida era también un plano ciego en el que cada uno debía ir colocando los acontecimientos que la delimitaban”

Frase de la novela “Que nadie duerma” (2018), de Juan José Millás

Hace justo un año que se estrenaba en cines la adaptación de la novela “Desde la sombra”, de Juan José Millás bajo el título de No mires a los ojos, dirigida por Félix Viscarret. Ahora, llega otra adaptación de Millás, la de la novela “Que nadie duerma”, que con el mismo título, nos pone en la vida de Lucía, una informática que de la noche a la mañana pierde su trabajo y se recicla como taxista en un barrio obrero de Madrid. La vida de esta mujer se sitúa en visitar a su anciano padre, recordar la muerte trágica de su madre y mirarse en el espejo y no reconocerse, sentir que su vida siempre está en otro sitio sin ella. Las horas del taxi le están ayudando a no sentirse tan sola, escuchando e interactuando con sus clientes, sus historias y miedos, compartidos y cercanos, aunque Lucía todavía no sabe que su vida y sus deseos y frustraciones también están siendo visibilizados con sus clientes. La realidad, o lo que creemos que es, lo onírico, lo cotidiano y lo absurdo mezclado con lo surreal y lo fantástico,  la sensación de estar y no estar, resultan elementos cruciales en el imaginario de Millás, que se acerca y traspasa a sus personajes envolviéndolos en situaciones reales o no, de verdad o no, y sobre todo, difíciles de explicar y mucho menos entender. 

De Antonio Méndez Esparza (Madrid, 1976), conocíamos su cine primero filmado en México donde hizo Aquí y allá (2012), en la que repasaba la difícil situación de un mexicano que vuelve a su país después del periplo migratorio en Estados Unidos. Luego, instalado en Florida con La vida y nada más (2017), donde profundiza las complejas relaciones de una madre soltera y un conflictivo hijo adolescente, y en Courtroom 3H, de hace 3 años, en la que recogía los casos en una sala de juicios especializada en relaciones de padres e hijos. Con la película Que nadie duerma, filma por primera vez en su ciudad, en un Madrid muy cercano, de diario, de barrio obrero, y lo hace en 16 mm con Barbu Balasoiu (del que vimos en 2016 su trabajo en Sieranevada, del prestigioso Cristi Puiu), el cinematógrafo que le ha acompañado en sus tres largos anteriores, con el propósito de acercarnos a la vida de Lucía, de sentarnos en su taxi y ser un testigo más de su existencia. A partir de un guion que firman el talento de Clara Roquet, y el propio director, que consigue, sin alardes ni estridencias, trasladar ese universo particular de Millás, entre lo real y lo irreal, lo soñado y lo vivido, entre aquello que proyectamos y no, entre tantas cosas y ninguna. 

Un relato donde se juega a través de la vida de Lucía, una mujer sola, quizás demasiado sola, y demasiado inquieta para el mundo que le ha tocado vivir, que se obsesiona un día como otro cualquiera, cuando escucha la música de su vecino de arriba, en la que suena la pieza “Nessum Dorma”, cantada por Pavarotti para el “Turandot”, de Puccini. Sube y conoce a su vecino Calaf, que tras desaparecer, deja a Lucía obsesionada con él. Clientes del taxi que se hacen amigos como Roberta, una bella y sofisticada productora teatral, Ricardo, un escritor nada especial que podría ser un sosías del propio Millás, y otros clientes tan inquietantes con los que surgirán situaciones rocambolescas e irreales, o tal vez, demasiado reales para ser comprendidas. Con un gran trabajo de montaje de la gran Marta Velasco, en una película pausada pero muy agitada en la que no dejan de suceder muchas cosas, que logra dotar de precisión y detalle a una trama que alcanza los 122 minutos de metraje. La asombrosa composición musical de una estupenda Zeltia Montes, fundamental para contarnos esta película, que con una banda sonora compuesta de cuerdas consigue golpearnos emocionalmente siendo testigos de la vida de Lucía, una irrealidad muy real que deambula como Crusoe, no en su isla desierta, sino en su propio desierto, en su taxi y en ese Madrid periférico e inquietante, donde hay muchos mundos a parte de este, en el que Lucía va descubriendo con sus almas tristes y solitarias, de las que hay saberse cuidar y mantener alejadas. 

Un personaje de la inquietud y complejidad como el que transmite Lucía debía tener una actriz que tuviese la mezcla entre lo ingenuo, lo frágil y lo oscuro como resulta la extraordinaria interpretación de una sublime Malena Alterio, a la que hemos visto en muchos roles diferentes que van de la comedia y el drama, pero su Lucía es otra cosa, una mujer capaz de todo, y cuando digo capaz de todo, es que lo es, porque muchas veces la vida se vuelve del revés y nos da de hostias, tantas que perdemos la cabeza o quizás, sólo perdemos la esperanza y las ganas de levantarnos cada día en ese mundo o inframundo en el que nos ha tocado vivir. Le acompañan una sobresaliente Aitana Sánchez-Gijón en el papel de Roberta, con un look muy rompedor con ese pelo rizado a lo afro, esas gafas enormes, esos vestidos de mujer elegante e independiente con empleo liberal que es como así decirlo la imagen del otro lado del espejo al que le encantaría reflejarse Lucía. Tenemos al siempre eficaz José Luis Torrijo como escritor y articulista, uno más o uno menos, alguien que pasa desapercibido, de esas personas agradables pero aburridas, que las mata callando y tienen una vida sin más, interesante sólo por el caparazón. También, como no, hay un actor, el tal Calaf, que en realidad es Braulio Botas, que interpreta Rodrigo Poisón, que tiene sus momentos de representación, acaso la vida no lo es, que engatusa a la infeliz de Lucía, o quizás se engatusa ella misma, a la que falta todo y no sabe por dónde empezar, ni por donde caminar, y sobre todo, qué hacer cómo encontrarse en su vida y aceptarse y pasar más de los demás. 

Recomiendo enormemente la película Que nadie duerma, de Antonio Méndez Esparza, porque materializa con gran inteligencia el cotidiano, absurdo, tenebroso y fantástico universo de Millás, que no es nada fácil en el cine, del que sólo conoce tres adaptaciones contando la mencionada, tenemos la de La soledad era esto (2002), de Sergio Renán, y lo mejor de todo, que no opta por lo fácil con trucos ni engaños, sino por la parte más interesante y compleja, porque aparentemente todo se muestra muy real e íntimo, pero su forma de mirar, como si fuéramos un voyeur, que nos escondemos para mirar por un agujero por el que nunca nos sorprenden, una sensación que experimentamos cuando se lee a Millás. Porque la película y su protagonista se muestran desnudas, con todo lo que son y lo que hay, sin nada más, en una trama que mira de frente a sus personajes y lo que van experimentando, a partir de una realidad que duele, que se siente mucho, o mejor dicho, una realidad más irreal que cualquier otra, donde todo es posible y no, porque siempre dependerá de quiénes seamos y de todas las mentiras de los demás y las propias que seamos capaces de creernos y de sentir, porque, al fin y al cabo, como sostiene Lucía, llega un momento que miramos de otra manera, mucho más adentro y descubrimos cómo son en realidad los demás. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

La memoria del cine: una película sobre Fernando Méndez-Leite, de Moisés Salama

EL HOMBRE DE CINE.

“El cine lo es todo para mí, no he hecho otra cosa en la puta vida”. 

Fernando Méndez-Leite

Empezar una película siempre ha sido y será una tarea sumamente difícil. Encontrar el plano o encuadre que invoque algo de lo que se quiere contar siempre resulta un misterio muy oscuro. Pero de alguna manera hay que arrancar el asunto. En La memoria del cine: una película sobre Fernando Méndez-Leite, la película se abre con una de las secuencias más memorables de la Historia del Cine. Estamos hablando del profesor Borg, interpretado magistralmente por el cineasta Victor Sjöström, cuando llega a la casa de su infancia y huele las inolvidables Fresas salvajes (1957), de Ingmar Bergman. Un arranque que resume de manera muy acertada la vida y milagros del citado Méndez-Leite (Madrid, 1944) un hombre que ha sido el cine, esa pasión devoradora que le acompaña desde que era un niño. La cinta hace un repaso bastante exhaustivo sobre su infancia, juventud y madurez pasando por todos los palos y los más representativos de su vida y su cine, porque tanto una cosa como la otra, son indivisibles en su existencia, no sabemos qué fue primero, porque en el caso que nos ocupa, esa cuestión resulta muy complicada. 

Tras las cámaras encontramos a Moisés Salama (Melilla, 1953), un trotamundos del cine documental de retrato como ya demostró con títulos como Vibraciones (2019), codirigido con Miguel Ángel Oeste, donde se acercaba al mundo de la música Hip-Hop Caballo del viento (2017), en la que exploraba la vida de Nando, ahora enfermo, un eterno activista desde el franquismo hasta el 15-M. En la película que nos ocupa, vuelve a acompañarse del citado Oeste, que juntos firman un guion que sigue la biografía de Méndez-Leite desde sus inicios hasta la actualidad. Casi 80 años de la vida de un hombre que ha dedicado su vida enteramente por y para el cine. Desde aquellos cuadernos donde escribía sobre sus películas, con sus carteles y demás, que todavía rellena con la misma ilusión que entonces, su paso de libertad sobre la Escuela Oficial de Cine, sus queridos amigos: Cuerda, Borau, Camus, García Sánchez, etc… Sus críticas en Film Ideal, los primeros cortometrajes como El regreso de Bonny and Clyde y Cambiar de bando, entre otros, su labor como docente en aquellos años sesenta de aperturismo y cambios hasta los ochenta en la Universidad de Valladolid.

Un viaje que sigue con sus largometrajes para televisión como Niebla, El club de los suicidas y El monje, y otras, por los setenta, la muerte del dictador y la transición, inaugurando los ochenta con su largometraje para cines El hombre de moda, los años de la televisión con La noche del cine español, que ya había empezado en los setenta con espacios culturales, sin olvidar su etapa de 2 años al frente al ICCA, donde visibilizó el cine español a nivel internacional,  en los noventa reabriendo la Escuela Oficial de Cine, la ECAM, en 1994 donde estuvo dirigiendo 18 años, la dirección de la serie La regenta, todo un hito de la televisión y de su carrera, sus direcciones en el teatro, y la dirección de más documentales sobre Querejeta, Carmen Maura y Ana Belén, y su inmensa labor en el Festival de Málaga desde 1997 en el comité de dirección, y desde el año pasado presidente de la Academia de Cine.

La película traza una biografía del mencionado que va desde lo íntimo a lo colectivo, con sus idas y venidas, sus logros y alegrías, y como no podía ser de otra manera, sus derrotas y tristezas, tantas obras sin hacer en forma de proyectos que quedaron en años de trabajo y guiones amontonados, los sinsabores de las circunstancias en un oficio el del cine, jodido y esaborío. Los amigos en forma de compañeros de viajes, que ya hemos citado algunos, y podríamos añadir a Manuel Gutiérrez Aragón, Mariano Barroso, y su compañera Fiorella Faltoyano, el omnipresente y actor fetiche Miguel Rellán, los “Regenta” como Aitana Sánchez-Gijón, Carmelo Gómez y Héctor Alterio y demás testimonios que hablan y hablan de Méndez-Leite como hombre, personaje, amigo y confidente, en una relato-retrato que él mismo nos va explicando, con esa voz suave, tranquila, reposada, con ese aire de señor del cine pero con mucha guasa y mucho humor, porque la vida cuando más seria sea, más humor necesita, porque si no uno no aguanta tantos embates y accidentes, tanto propios como extraños. 

Tenemos una imagen bien cuidada que firma el cinematógrafo Pau Esteve Birba, un excelente profesional de nuestro cine que le ha llevado a trabajos con autores tan interesantes como Mateo Gil, Paco Cabezas, Benito Zambrano, el mencionado y desaparecido José Luis Cuerda y Alberto Rodríguez, entre otros, la montadora Paula Bugni, que logra un gran trabajo porque consigue dotar de ritmo y narración a toda una vida en tan sólo 92 minutos de metraje, y la producción de Félix Tusell Sánchez y Carmela Martínez Oliart al mando de Estela Films, que han producido películas de Cuerda, Cámera Café, entre otras. La memoria del cine: una película sobre Fernando Méndez-Leite no es solo una película sobre los amantes del cine, sino también es una película para todos los públicos, porque habla de una gran valor en la vida como la pasión, seguido del entusiasmo y la alegría por las personas a pesar de los pesares, siempre con humor, trabajo y libertad, porque si de algo sabe el homenajeado es que este país puede ser muy oscuro y jodidamente raro, y aún así, merece la pena luchar por su cine y las gentes que lo conforman, porque si no otros lo harán por uno y nada de esto será igual. P.D.: Sólo una vez he podido disfrutar del citado Méndez-Leite, y fue no hace mucho en la Filmoteca de Catalunya, cuando se homenajeó la figura de Carlos Saura, y Fernando se mostró honesto, cercano, y lo que es más importante, nos sacó unas sonrisas contando jugosas anécdotas del cineasta desaparecido. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

El maestro que prometió el mar, de Patricia Font

EL MAESTRO QUE CREÍA EN LOS NIÑOS. 

“Porque vamos al sentido profundo de la libertad. Sentido vital. El papel rayado es pauta. La pauta es conducción. O lo que es igual, dejarse llevar. (…) El niño, para ser educado, necesita camino libre, trazarse por sí mismo la trayectoria de sus actividades. ¿Que con papel sin rayar el niño escribe torcido? Mejor. Un motivo más para mejorarse yendo derecho. Dejémosle”. 

Antonio Benaiges, maestro (1903-1936)

Conocía la historia del maestro Antonio Benaiges a través de la película El retratista (2015), un documental de Alberto Bougleux que recogía su experiencia pedagógica en la escuela rural de Bañuelos de Bureba, una pequeña aldea de Burgos en el curso escolar de 1935-36. Un hombre republicano que creía en la enseñanza como método para pensar por un mismo y ser más libre, a través de la técnica Freinet, a través de la imprenta con la que imprimían cuadernos sobre sus ideas, pensamientos y reflexiones como aquel en el que escribían sobre un mar que nunca habían visto. El periodista Francesc Escribano recuperó la memoria de Benaiges y escribió el libro El maestro que prometió el mar, que ahora ha convertido en guion Albert Val, que ha trabajado para Filmax y la productora Minoría Absoluta, en una película de ficción que nos devuelve la excelsa figura de Antonio Benaiges, una figura indispensable para conocer el inmenso alcance que significó el gobierno de la República en aquella España oscura, beata y tradicionalista. 

La película se mueve a partir de dos tiempos: el de 1935, con la llegada de Benaiges al pequeño pueblo en 1935, donde la alegría y el entusiasmo es un torrente desbordante en un pueblo anclado en los valores ancestrales, y en 2010, donde el silencio se ha impuesto en una familia, con otra llegada, la de Ariadna, nieta de Carlos, uno de los alumnos del maestro, que llega también al pueblo porque se está excavando una fosa donde pueden encontrarse los restos de Benaiges. Dos viajes, dos experiencias, la de ayer y la de hoy, que se funden en una sola, que se retroalimentan en que el pasado y el ahora que funcionan como espejo-reflejo de lo que somos es porque fuimos. La directora Patricia Font (Barcelona, 1978), de la que conocemos su cortometraje Café para llevar (2014), su ópera prima Gente que viene y bah (2019), y su trabajo en series como Citas y Les de l’hoquei, firma una película muy emocionante, pero no sentimentalista, nos habla desde la altura de los niños la labor de Benaiges, sine ensalzar su figura, sino convirtiéndola en un trabajador por y para la enseñanza, alguien que formó una pequeña comunidad entre sus alumnos, alguien que creía en ellos, alguien que deseaba formar una nueva generación de adultos bien preparados y sobre todo, que hiciesen lo que ellos deseaban, sin seguir las reglas impuestas por sus padres y la sociedad conservadora de entonces. 

Un relato que reconstruye una época de esta magnitud, necesitaba un equipo técnico muy bien preparado como la experiencia de un grande como Josep Rosell en el diseño de producción, con varias años de trabajo con el desaparecido Vicente Aranda, en La lengua de las mariposas (1999), de José Luis Cuerda, con la que la película guarda muchas semejanzas, y El orfanato (2007), de Juan Antonio Bayona, entre otras, en un impecable trabajo de ambientación, con preciosismo y detalle. El vestuario de Maria Armengol, con esa ropa con vida y usada, que se ha especializado en trabajar en tv movies de época para TV3 como Serrallonga, Clara Campoamor, Tornarem y Ebre, del bressol a la batalla, entre otras. La sensible música de Natasha Arizu, que ayuda a acercarse a los dos tiempos. El gran trabajo del cinematógrafo David Valldepérez, con esa luz tenue que acompaña las dos historias, donde prevalece la intimidad y la sencillez, en otro trabajo con Font, amén de los ya citados, y con obras junto a directores como José María de Orbe, Rafa Cortés y Paco Caballero, entre otros. La exquisita y sobria edición de Dani Arregui, del que hemos visto La vampira de Barcelona, y series como Sé quién eres y Félix

El excelente y formidable trabajo de todo el equipo artístico de la película, que con miradas y silencios van componiendo la alegría y tristeza por la que atraviesan sus personajes. Mención especial tiene la elección de Enric Auquer dando vida al maestro Antonio Benaiges, porque no lo interpreta sino que es él, en una transformación basada en los pequeños detalles, en ese cuerpo de niño en uno adulto, en esa alegría y belleza de su pedagogía, en la magnitud de la tragedia que conocemos que se cernirá sobre ese pueblo y por todo el país, y sobre todo, en cómo mira Auquer, porque no sólo es, como ya he comentado, sino que se mueve y hace con una naturalidad y transparencia soberbias. Le acompañan en 1935, Luisa Gavasa siempre enorme, el padre Primitivo que hace Milo Taboada, que ya nos dejó impresionado con su rol en La isla de las mentiras, aquí representando la iglesia y sus cosas, y los maravillosos niños, con lo difícil que es que actúen bien, Nicolás Calvo como Emilio, Alba Hermoso como Josefina, y Gael Aparicio como el rebelde Carlos, abuelo de Ariadna, que hace una estupenda Laia Costa, en el 2010, junto a Ramón Agirre como Emilio adulto, y una eficaz Laura Conejero, y la breve pero intensa aparición de una gran actriz como Padi Padilla. 

Por favor, no se dejen llevar por los comentarios que habrá acerca de la película, porque merece mucho la pena verla en pantalla grande, que es donde están predestinadas las películas para contemplarse y emocionarse como El maestro que prometió el mar, porque conocerán y se enamorarán de la figura de ANTONIO BENAIGES, y sí, lo escribo con mayúsculas, porque su nombre debería conocerse por todos los que aman la vida y la enseñanza y el hecho de aprender, y su labor estudiarse en todos esos lugares que preparan a futuros docentes, porque su nombre y obra debería estar en el pensamiento de todos, porque estas personas fueron valientes cuando la valentía te podía costar la vida, y eso es algo que no podemos olvidar, porque en este país somos muy dados a olvidar a los que nos precedieron, un mal muy nuestro, y de esconder la basura bajo la alfombra, y eso no lo podemos hacer más, porque luego, pasa lo que pasa. Pasa que, a día de hoy, casi 90 años que empezó la Guerra Civil Española, miles de familias siguen buscando a sus seres queridos, que son también nuestras familias y hermanos, porque sin ellos no estaríamos donde estamos, a pesar de todos esos patriotas que siguen a lo suyo, defendiendo su minoría privilegiada, y no a la inmensa mayoría que sigue llorando sus muertos y sobre todo, buscándolos a pesar de los otros. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

El chico y la garza, de Hayao Miyazaki

LA MADRE DE MAHITO. 

“La ausencia puede estar presente, como un nervio dañado, como una ave sombría”.

De La mujer del viajero en el tiempo, de Audrey Niffenegger. 

La primera vez que vi una película de Hayao Miyazaki (Tokyo, Japón, 1941), fue La princesa Mononoke (1997), a través de la recomendación entusiasta de un amigo de entonces allá por el 2001. A partir de ese instante, lo recuerdo con nitidez, quedé alucinado por la historia y por todo. Su desbordante y alucinante imaginación visual. Una trama trepidante llena de drama, aventuras, tensión y pura emoción, y ese tratamiento humanista, donde primaba el respeto hacia el otro, hacia la naturaleza, hacia los animales y cualquier ser vivo por insignificante que fuese. Una profundidad apabullante entre lo que miraba y lo que sentía, explorando temas como la amistad, la muerte, la ausencia, y demás valores y emociones, extraordinariamente bien explicados, tratados y mostrados. Nunca he visto las películas de Miyazaki como solamente cintas de animación, sino como trabajos sobre la vida: tanto la luz como la oscuridad, en una convivencia que las hacía tremendamente sólidas, profundas y a la vez, muy sencillas. Da igual que entiendas todo su entramado simbólico y espiritual que contiene, no es excusa para dejarse llevar por sus relatos de iniciación, de esa infancia que debe enfrentarse con la muerte y la enfermedad, con su pérdida, ausencia y duelo. 

Justo hace diez años, pensábamos que El viento se levanta, biografía sobre el ingeniero aeronáutico Jiro Horikoshi, que sería la última de Miyazaki, como dejó claro él mismo. Así que, nos alegra enormemente el estreno de El chico y la garza, que vamos a decir que es la penúltima película del genio nipón, por si las moscas,  (que toma el título de la novela homónima Kimitachi wa dô ikiru ka, traducida por ¿Cómo vives?, de Genzaburo Yoshino, que la madre del director le regaló en su juventud), que sigue la senda de sus anteriores trabajos, como no podía ser de otra manera, y continúa sumergiéndonos en los temas y elementos que lo han convertido en uno de los maestros incontestables del cine. Encontramos su componente autobiográfico (el padre del director fue ingeniero que trabajó haciendo armas durante la guerra, y su madre estuvo enferma varios años), la infancia como espacio de alegría, sueños y tristeza, la omnipresente Segunda Guerra Mundial que vivió, la enfermedad, la muerte, la pérdida, el duelo infantil, la vida, la amistad, la vejez, los mundos dentro de este, el respeto hacia la naturaleza y los animales, y la fusión entre el mundo de los vivos y los muertos, esos seres mitológicos y de otros mundos y tiempo, sus universos de fantasía, coloridos, espirituales y llenos de todo y todos. 

Con la producción de Toshio Suzuki, esencial en el organigrama productivo del Studio Ghibli, nos sumerge en una historia, de extrema sencillez, nos sitúa en la mirada de Mahito de 11 años, en el Japón en plena Segunda Guerra Mundial que, después de la muerte de su madre, abandona Tokio junto a su padre, un ingeniero que diseña armas para la contienda, y se traslada a un pueblo donde el padre tendrá una nueva esposa, Natsuko, hermana pequeña de su madre. La nueva vida de Mahito no resulta nada fácil, no encaja en el colegio, su padre se muestra autoritario y encima, recuerda demasiado a su madre fallecida. Todo se vuelve del revés con la desaparición de Natsuko en una inquietante Torre que se erige cerca de su nueva casa. Mahito se adentra en la edificación junto a una garza gris, que es mitad animal mitad humano y muchas cosas más. Un universo paralelo o no, de la propia vida o quizás, de la idea que tenemos de la vida, o podríamos decirlo, como un universo que materializa nuestros más profundos sentimientos y emociones. En el fondo, Mahito entra en ese mundo o estado, y comienza a encontrarse con todos aquellos que ya no viven y con vivos, donde la realidad, la ficción y la fantasía de la propia vida se mezcla, se fusiona y se retroalimenta de nosotros mismos. 

Miyazaki siempre nos propone viajes sin fin hacia nuestros espacios más difíciles, a enfrentarnos con nuestros miedos, inseguridades y demás oscuridades, pero no lo hace desde el drama, sino todo lo contrario, nos lleva a lugares mágicos, llenos de aventuras, de personajes fantásticos, sin olvidar de todo lo inquietante y perturbador de nuestros pensamientos y emociones. Tiene la inmensa capacidad de adentrarse en lo más profundo de nuestro ser desde la sencillez, la transparencia, el color y la emoción de la imaginación, la ilusión y la alegría y la tristeza. La excelente música de Joe Hisaishi, un gran cómplice de Miyazaki con unos 19 trabajos juntos, que casa a la perfección y mucho más allá, con las imágenes del imaginario del director, es imposible imaginarnos otra música para la belleza y la poesía del cine de Ghibli, que fundaron en 1985 MIyazaki y Isao Takahata (1935-2018), una compañía que ha creado algunas de las imágenes más apabullantes y profundas del cine de animación de las cuatro últimas décadas. El chico y la garza tiene mucho que ver, como no podía ser de otra manera, del cine de Ghibli. Tenemos La tumba de las luciérnagas (1988), del citado Takahata, donde las atrocidades de la Segunda Guerra Mundial se ven reflejadas en la vida de dos hermanos huérfanos. También, en Mi vecino Totoro (1988), la enfermedad de la madre trastoca la vida de un niño del Japón rural que encuentra refugio en una animal fantástico. Hemos mencionado estos dos títulos, pero en esencia y espíritu el Studio Ghibli es un universo en sí mismo, y no es de extrañar que sus tramas, personajes y espacios se retroalimentan y conformen un único universo en el que pueden pasar de una película a otra con total naturalidad. 

La naturalidad y la densidad de su cine se mueve en un viaje infinito en el que sus personajes y sus lugares son diferentes en sí mismos y a la vez, muy parecidos, porque Miyazaki no olvida el desastre y la oscuridad del mundo, sino que lo maneja y le ofrece un nuevo rumbo, en el que sus jóvenes personajes lidian con él, como sucedía en Nausicaä del valle del viento (1984), El castillo ambulante (2004) y Ponyo en el acantilado (2008), donde la fantasía y los sueños ofrecen una vía de escape y también, un excelente refugio en el que enfrentarse a todo aquello que nos duele, que no entendemos y sobre todo, que nos entristece. Sus personajes como Mahito van hacia lo desconocido sin miedo, con dolor, pero no rehúyen de la tristeza, porque saben que la única forma de seguir hacia adelante es mirar lo que nos duele y aceptarlo, porque en el fondo, podemos huir, rodear o no hablar del conflicto, pero no ayuda, porque sigue ahí, la ausencia, la pérdida y la muerte son hechos irrefutables a los que, tarde o temprano, debemos hacer frente y aceptar y sobre todo, seguir con la alegría a pesar de la tristeza, a ofrecer mi corazón como cantaba Sosa, a pesar de la guerra, a pesar de todo, porque no hay otra manera de vivir que mirar de frente el dolor, la enfermedad y la muerte. Gracias Miyazaki por tu cine, por cómo lo miras, lo investigas y lo construyes, y por seguir creyendo en la humanidad a pesar de todo. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA