The Breadwinner (El pan de la guerra), de Nora Twomey

SOBREVIVIR EN EL HORROR.

En Yentl, de Barbra Streisand, una joven, hija de un rabio judío ortodoxo, se disfrazaba de hombre para acceder a la enseñanza en un pueblo de la Europa oriental de principios del siglo XX. Situación que han tenido que vivir mujeres de toda clase social, cultural y religión a lo largo de la historia de la humanidad. Cambiar su identidad y adoptar la del hombre para romper las barreras impuestas y seguir avanzando a pesar de todas las leyes de los hombres. Algo parecido tendrá que hacer Parvana, una niña de 11 años en el Kabul (Afganistán) dominado por los talibanes, que prohíben a las mujeres toda clase de libertades. Parvana se ve obligado a cambiar su identidad cuando su padre es detenido y encarcelado, convirtiéndose así en su nuevo rol de salir a trabajar para alimentar a su madre, hermana mayor y hermano pequeño. Hace una década cuando todos nos maravillamos con la magnífica obra de animación El secreto del libro de Kells, codirigida por Tomm Moore (Newry, Reino Unido, 1977) y Nora Twomey (Cork, Irlanda, 1971) en la que relataban las vicisitudes que pasaba Brendan, un joven monje que debía de cuidar de un libro mágico en la Irlanda del siglo XI. Su segundo trabajo salido del estudio de animación “Cartoon Saloon”, se materializó con La canción del mar (2014) dirigida por Moore en solitario, en la que nos contaban la peripecia de un Niño Foca, último en su especie por sobrevivir en su regreso a casa.

Ahora, nos llega The Breadwinner  (El pan de la guerra) dirigida por Nora Twomey en solitario, basándose en las novela homónima de Deborah Ellis, para sumergirnos en un ambiente realista y sincero, donde seguimos a Parvana y su familia y como sobreviven bajo el régimen de los talibanes, siguiendo a la niña convertida en chico, en un argumento muy similar al que vimos en la película de acción real Osama (2003) de Siddiq Barmak, en su día a día en ese Kabul de “hombres” en la calle, porque la decisión de Parvana no es la única y encontrará a Shauzia, otra niña convertida en chico para salir a la calle y trabajar para su familia. La intención de Parvana es reunir dinero para liberar a su padre y dar de comer a su familia. Parvana y Shauzia nos recuerdan a los niños de Dickens de la época Victoriana de finales del XIX y su forma de ganarse la vida, yendo de aquí para allá, inteligentes, traviesos y suspicaces ante el horror cotidiano que les ha tocado vivir a tan temprana edad, con la ficción en forma de cuentos como espacio para liberarse del horror cotidiano, y sobre todo, no perder la esperanza.

Twomey, como en las anteriores producciones del estudio, hace gala de un virtuosismo de la ilustración y la animación, recordando en muchos sentidos a la artesanía y fantasía que derrochaba Lotte Reiniger y su adorable Las aventuras del príncipe Achmed (1926) y la profundidad y complejidad que hay en el cine del Studio Ghibli, en el que se hermanaría en el rol femenino como auténtica protagonista del relato y sobre todo la capacidad inventiva del ser humano ante el horror. La directora irlandesa no opta por cambios bruscos en el guión y cosas por el estilo, sino todo lo contrario, en el que la sobriedad y la sinceridad se instalan por completo en la película, llevándonos por el Kabul más transitado o más desértico, mostrándonos de un modo realista y honesto las dificultades para conseguir trabajo remunerado y las circunstancias de un estado de preguerra en el que se encuentra la ciudad.

Conoceremos de primera mano todas las penalidades varias con las que se tropiezan las dos niñas camufladas en su devenir por una realidad durísima y triste, con ese miedo intenso y desesperanzador que en cualquier momento puedan ser descubiertas. Una obra íntima y fascinante que nos habla de la superación del ser humano por sobrevivir cueste lo que cueste y su capacidad imaginativa para salir de los entuertos más hostiles, en la que Parvana demuestra a los demás y a sí misma que es capaz de seguir remando a contracorriente, de seguir avanzando en las condiciones más adversas y sobre todo, de ser un apoyo invencible para los suyos, sin olvidarnos la necesidad de esperanza en un mundo que ya no la tiene, de seguir creyendo que aunque las circunstancias digan lo contrario, siempre hay lugar para la esperanza, para la amistad y el amor.

Twomey en su primera incursión en solitario en el largometraje, demuestra su capacidad innata en el virtuosismo pictórico de la película, que al igual que sus antecesoras, la película consigue un dibujo magnífico y una animación fascinante, con un ritmo trepidante con momentos conmovedores con otros más duros, destapándose como un grandísima narradora de lo cotidiano, creando una película que tiene mucho del cine neorrealista italiano, aquel que mostraba un país desahuciado y como sus habitantes salían cada día a la calle para encontrar el sustento y sonreír aunque el paisaje desolador se empecinase en lo contrario, Parvana podría ser uno de esos niños de El limpiabotas, de De Sica o ese otro niño en Paisà o el Edmund de Alemania, año cero, ambas de Rossellini. Todos ellos infantes sumidos en el abismo, en la cotidianidad más hostil, en un mundo deshumanizado, pero con algo de esperanza, porque siempre la hay, aunque a veces cueste verla. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Ruben Brandt, coleccionista, de Milorad Krstic

EL ARTE Y LOS SUEÑOS.

“Recuerdo cuando miré por una lente de cámara por primera vez. Podía enfocar una flor en medio del campo, de forma que todo lo que quedaba delante y detrás estuviera borroso. La imagen definida, separada del fondo, era incluso más emocionante que la misma flor a simple vista, cuando estaba todo enfocado: la flor, los arbustos de alrededor y el campo entero. Así fue como aprendí, muchos años antes de que me fascinaran las galerías de arte y las salas de cine, que la imagen del mundo pintada o vista a través de una lente puede ser más poderosa que la realidad.”.

Milorad Krstic

Si buscamos el significado de surrealismo, leemos que se trata de un “movimiento literario y artístico que busca trascender lo real a partir del impulso psíquico de lo imaginario y lo irracional”. A partir de esta posición, podríamos decir que el protagonista de la película Ruben Brandt (nombre que viene de la mezcla de dos grandes pintores Rubens y Rembrandt) un famoso psicoterapeuta que mediante técnicas artísticas sana a sus pacientes, tiene un problema que tendría que ver mucho con los surrealistas y su universo, cuando sueña es atacado por personajes de famosas obras de arte.

Personas retratadas que cobran vida y atormentan los sueños de Brandt, gentes como el Retrato de Renoir,  de Frédéric Bazille, El nacimiento de Venus, de Botticelli, Retrato de Antoine Le Bon, Duque de Lorena, de Holbein, Chico silbando, de Duveneck, Mujer con fruta, de Gauguin, Retrato del cartero Joseph Roulin, de van Gogh, Nighthawks, de Hopper, La tradición de las imágenes, de Magritte, Olympia, de Manet, Mujer con libro, de Picasso, Venus de Urbino, de Vecellio, La infanta Margarita en azul, de Velázquez y por último, Doble Elvis, de Warhol. Trece pinturas que recorren buena parte de la historia del arte desde el siglo XVI renacentista, el impresionismo y los postimpresionistas, el surrealismo, el barroco y el arte moderno del siglo XX, trece instantes que perturban la paz de Brandt. Mimi, una de sus pacientes, que padece cleptomanía de guante blanco, propone robar las citadas obras de arte y así enfrentarse a todos los secretos que ocultan para así curar a Brandt. Aunque, la tamaña empresa no será nada sencilla, ya que el hampa ha decidido impedir los hurtos ofreciendo millones de dólares para gratificar quién lo evite o capture a los malhechores, uno de ellos, Kowalski, busca recompensas y antiguo conocido de Mimi, también se lanzará en su búsqueda.

El cineasta Milorad Krstic (Eslovenia, 1952) emigrado a Budapest (Hungría) desde 1989 donde trabaja como pintor y artista multimedia, debuta en el largometraje proponiéndonos una película-artística (como Loving Vincent, que evocaba la figura de Van Gogh a través de sus últimos días capturando visualmente todo su universo pictórico) que toca varios palos, desde el cine de aventuras, donde uno de sus referentes podría ser La pantera rosa, de Edwards o Charada, de Donen, el cine de acción pura y dura, con la saga de Bond o la de Bourne, por citar algunos, el cine noir clásico con aroma francés y fatalista de Duvivier o Carné, o los estadounidenses Hawks o Huston, y algunos westerns como Los profesionales, de Brooks o aquellos más rudos y tristes de Peckinpah. Referentes cinematográficos también en su forma desde Eisenstein, los hermanos Lumière, el expresionismo alemán, Hitchcock (en la figura con forma de cubito de hielo, entre otras) entre otros muchos, con colores sombríos y apagados, donde predomina el blanco y negro. Si de apuntes cinematográficos está plagado, no menos en la pintura, desde las obras citadas que recorren la historia del arte, así como las formas de los espacios y personajes, todos con formas impresionistas, cubistas, abstractas, surrealistas, modernas, figurativas o pop, una especie de película-museo donde todo lo que vemos nos remite a alguna referencia artística, ya sea de pintura o cinematográfica, que parece remitirnos a los sueños, diseñados por Dalí, que padecía Gregory Peck en Recuerda, de Hitchcock.

Krstic impone un ritmo trepidante y frenético, todo sucede a una velocidad de vértigo, la película se mueve por todo el mundo, de un lugar a otro, sin tiempo para descansar, mezclando todos esos espacios y (des) encuentros entre los distintos personajes y sus circunstancias, con persecuciones cargadas de adrenalina, mientras asistimos a los sueños, o más bien pesadillas que sufre Brandt, muchas de ellas tienen que ver con su educación paterna. La excelente composición de Tibor Cári imprime ese universo imposible/posible que propone la película, en la que nada queda al azar, y todo está completamente detallado y estudiado, sin olvidarnos de los temas versionados, como el de Do You Love Me, de The Contours, entre muchos otros. El director esloveno ha optado por un dibujo íntimo y artesanal, que recuerda a los grandes clásicos del género como El planeta salvaje, de René Laloux o Moebius, películas que han ido más allá en el cine de animación, proponiendo ejercicios de grandísima calidad visual y de contenido.

Ruben Brandt, coleccionista, es una magnífica, divertida y destellos de película de culta, una obra para perdurar y adorar, hermosa y triste, profunda y brillante, una obra visualmente grandiosa, con un dibujo magnífico y de finísimo trazo, que abruma al espectador más exigente, y no menos que su contenido, una película sorprendente, imaginativa y arrebatadora, que se mueve entre el mundo de la realidad, la fantasía, los sueños y todo aquello que creemos ver y en realidad, no vemos. Un mundo fascinante de personajes misteriosos, diferentes y extraños, que se mueven por la película como si fuesen fantasmas errantes, individuos desterrados, almas a la deriva en un mundo caótico, lleno de sufrimiento y falto de ilusión, aunque Brandt y sus sueños, encontrarán aliados inesperados, los más inesperados, para al menos, intentar hacer desaparecer esas terribles pesadillas que atormentan a Brandt. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Guillermo Toledo

Entrevista a Guillermo Toledo, actor de la película “El Rey”, de Alberto San Juan y Valentín Álvarez, en el Hotel Expo en Barcelona, el miércoles 5 de diciembre de 2018.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Guillermo Toledo, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Eva Calleja e Irene Ballesteros de Prismaideas, por su tiempo, cariño, generosidad y paciencia.

El Rey, de Alberto San Juan y Valentín Alvárez

LOS FANTASMAS DE LA CONCIENCIA.

(…) Trataba de mostrarse ingenioso para distraer su propia atención y mitigar el terror que sentía, porque la voz del espectro revolvía hasta la médula de los huesos.

Frase de “Cuento de Navidad”, Charles Dickens

Estamos en junio del 2014. El rey abdica y acto seguido, su hijo, con el nombre de Felipe VI, será proclamado Rey. Juan Carlos I, Rey de todos los españoles durante los últimos 40 años, heredero del franquismo que lo nombró sucesor, se convierte en rey emérito, un hombre destronado del paraíso, un hombre sin más, un hombre encerrado en un sótano oscuro, ilimitado y onírico, donde todos sus fantasmas del pasado volverán a sacudirle su conciencia, a juzgar la historia de su vida, a sacudirle la conciencia, en una noche de junio del 2014, cuando la historia aclama a otro rey, cuando la historia le pasa factura en una noche de insomnio, en una noche de fantasmas, en una noche de monstruos que vuelven a rendirle cuentas sobre su tiempo y su cargo.

El Rey, escrita y dirigida por Alberto San Juan, producida por el Teatro del Barrio, con ese espíritu crítico y combativo como señas de identidad, se ha representado durante dos años por teatros de todo el país, una obra de carácter minimalista y comprometido, que retrata la figura del rey desde la crítica a su reinado, a través de un examen de conciencia personal durante una noche donde se le presentan fantasmas de su pasado, desde Franco, su padre, Adolfo Suárez, Felipe González, Kissinger, periodistas y demás personajes que de una forma u otra estuvieron presentes durante su reinado de cuatro lustros. Ahora, nos llega la película, dirigida por el propio San Juan y Valentín Álvarez (toda la vida vinculado al teatro como iluminador, y cinematógrafo de cineastas tan importantes como Víctor Erice) que debutan como directores de largometraje, en una película que se define como “una definición basada en personas y hechos reales”, enmarcada en ese espíritu crítico de compromiso político con el tiempo y la historia reciente del país, sin perder su herencia teatral, que ya marcaba el tono austero y onírico que recorre toda la película.

Con sólo 83 minutos de metraje, y a través de tres personajes, el Rey, interpretado magistralmente por un actor de fuerza y energía como Luis Bermejo, que hereda su papel del teatro, y luego dos actores de raza y carácter como Alberto San Juan y Guillermo Toledo (con esa identidad de compromiso político y social que ya mantuvieron en los años de Animalario) que componen el resto de personajes, que van desde Franco (inconmensurable la recreación de San Juan, desde esas gafas oscuras, su pose de militar católico orgulloso y esa vocecilla de flauta que tanto caracterizaba al dictador, que recuerda a aquella interpretación de Juan Echanove en Madregilda) Henry Kissinger, Alfonso de Borbón, Adoldo Suárez, Don Juan de Borbón, Puig Antich, Juan Luis Cebrián, Chicho Sánchez Ferlosio y Felipe González, entre otros. Los espectros que visitan y recuerdan de manera amarga y crítica la trayectoria como Rey de Juan Carlos I, haciendo especial hincapié en su relación oscura con su familia, a la que traicionó, con Franco, que se convirtió en su padre político y principal valedor para su sucesión, las partes tenebrosas y comprometidas durante la transición, removiendo y vapuleando su papel durante la intentona de golpe de estado en febrero de 1981, sus relaciones oscuras con el petróleo saudí y sus cuentas, las tensiones con los presidentes Suárez y González (como ese mágico momento en el que compiten a modo de concurso televisivo a ver quién es más culpable de los males del país, que recuerda a aquel de El gran dictador, protagonizado por Hinkel y Napaloni).

San Juan y Álvarez componen una magnífica fábula política, transgresora y brutal sobre la figura del Rey, en una terrible pesadilla, donde se fundirán realidad, sueño e imaginación, en la que se propagaran infinidad de monstruos que le acecharán, convirtiéndolo en un hombre que aprovechó su tiempo y su lugar para erigirse en jefe del estado, con sus claros, y sombras, más sombras eso sí, en este examen de conciencia ficcionado, que revela sus tormentos y monstruos internos que no le dejan en paz, haciendo recuento de sus actos, decisiones y demás situaciones (a modo de Ebenezer Scrooge en Cuento de Navidad, de Dickens, o como le ocurría a Claudio, el Rey de Dinamarca, en Hamlet, de Shakespeare, que había asesinado a su hermano y recibía la visita de su fantasma para rendirle cuentas).La magnífica y fascinante luz oscura y onírica que baña toda la película, que capta todo el espacio escénico de manera sencilla y abrumadora, adoptándola para la narración cinematográfica, en un maravilloso juego de sombras y sueños, en un marco expresionista (en el que hay alguno que otro homenaje al Nosferatu, de Murnau, y a El gabinete del Doctor Caligari, de Wiene).

En un juego de espejos deformantes que le interpelan directamente en los que el Rey y sus fantasmas se funden, se mezclan y se fusionan, creando un juego siniestro de máscaras y falsedades, en un laberinto de espacios dentro de la historia, en el que la quietud de las situaciones aún magnifica esas dosis de tenebrismo y terror inquietante que transita por toda la película, con esos rostros y gestos, encogidos y aterrados, de un monarca desterrado a las fauces del sótano, ante el peso de su historia y sus decisiones, donde le espera pacientemente el monstruo de su conciencia en forma de almas errantes que vienen a ponerle en su sitio, a derribar su mito, su leyenda, a transformarlo con un aspecto siniestro y bufón, a convertirlo en un hombre de carne y hueso más, sin más aura que su alma empequeñecida y triste ante su historia, ante esos setenta años de España que repasa la película, desde el 48 hasta esa noche del 2014, exponiendo los hechos, los personajes implicados y dejando que el respetable público extraiga sus propias conclusiones, porque el espíritu combativo y político de la película no dirige a sus espectadores, deja que ellos tomen sus reflexiones, ideas y pensamientos, exponiendo su visión sobre los hechos históricos, cediendo el mando al espectador, convertido aquí en alguien que observa, piensa y decide.

La mujer que sabía leer, de Marine Francen

VIOLETTE SE HA ENAMORADO.

Nos encontramos en la Francia de mediados del siglo XIX, cuando Napoleón III eliminó cualquier atisbo de revolución deteniendo y eliminando sistemáticamente a todos aquellos que se opusieron a su dictadura. Semejante represión la sufrieron muchos pueblos y lugares de todo el país, como el puelbo del que nos habla la película, un pequeño pueblo entre montañas, que un día, a primeras horas de la mañana, los soldados irrumpieron en el lugar y detuvieron a todos los hombres, llevándoselos a la fuerza, dejando a las mujeres huérfanas de esposos, hijos y hermanos. Después de este arranque desgarrador y siniestro, la película se sitúa en la mirada de las mujeres, de aquellas que esperan, de aquellas que tienen esperanza que sus hombres vuelvan, aquellas que deberán vivir sin ellos, ocupadas en sus quehaceres cotidianos, y en su propia resistencia, en seguir trabajando por su pueblo, y por sus vidas. La directora francesa Marine Francen que tiene en su experiencia haber trabajado como ayudante de dirección para autores tan importantes como Haneke o Assayas, encontró la inspiración para su primera película en un cuento L’homme semence, donde Violette Ailhaud explica su propia experiencia de cómo una serie de acontecimientos afectaba a sus aldeanos.

Francen ha cambiado su título en la original, bautizando su película como Le semeur (que se podría traducir como El sembador, adquiriendo el doble sentido con el que juega la película). Aunque estamos ante una película que podríamos decir coral, la directora francesa adopta la mirada de Violette, en un momento crucial en su vida, ya que en edad de casarse, los hombres no están en el pueblo, pero pasado un tiempo, un hombre, Jean, aparecerá pro el pueblo, pide trabajo y alojamiento. La llegada del forastero hará renacer la vida y la existencia de las mujeres más jóvenes, que ante la espera sin hombres, alcanzaron un acuerdo que consistía en que todas ellas compartirían el hombre si apareciera alguno. Francen convierte esa historia intimista y femenina en una película bellísima en todos los sentidos, empezando por su exquisita y delicada forma, en la que se emplea el formato de 35 mm panavisión y el formato 4:3, para dotar a la película del cuadro y la luz de la época, obra de Alain Duplantier (autor entre otras de Reencontrar el amor) inspirada en las pinturas de “Las espigadoras”, de Millet, y otras obras de Renoir, Pissarro o Breton, obras esenciales del impresionismo en el que captaban la luz quemada por el sol de los trigales o la sombría del invierno de las zonas rurales, cuando retrataban las vidas cotidianas de los aldeanos.

Violette es esa doncella todavía virgen que descubre el amor con el recién llegado, que se hace llamar Jean, en el que Francen adopta el descubrimiento a la vida y al amor de forma sencilla y extremada sensible, sin nunca caer en lo sensiblero, captando con gran naturalidad y honestidad los encuentros sexuales de los dos protagonistas. Aunque el conflicto estalla, cuando las demás reclaman su parte, y la película que hasta ese momento nos estaba contando una hermosísima historia de amor de descubrimiento y placeres íntimos (que nace mediante la lectura donde Balzac adquiere un gran protagonismo) se adentra en un relato sombrío donde unas y otras luchan por su espacio, y en el que las necesidades personales, los conflictos internos y la sexualidad como liberación de emociones rasgan y posicionan al grupo de jóvenes amigas. Francen mueve con detalle y paciencia a sus mujeres, sus cuerpos y filma con gran belleza su cotidianidad, desde los duros trabajos en el campo, y el cooperativismo que han construido para hacer frente a los imprevistos y desarrollar los diferentes trabajos, en una comunidad femenina de gran fuerza y energía, quizás la aparición del extranjero les vuelca el alma y empiezan realmente los conflictos entre ellas.

La mirada y la carnalidad que desprende Violette encarnada por la actriz Pauline Burlet es uno de los momentos del relato, bien acompañada por Géraldine Pailhas como esa madre demasiado protectora e inflexible, y las otras jóvenes como Joséphine que interpreta Anamaria Vartolemi y Rose que compone Iliana Zabeth, y por último, Jean, que hace Alban Lenoir, todos ellos personajes que hablan poco, trabajan mucho y se muestran reticentes en mostrar sus emociones frente a los otros. Francen ha construido una película magnífica y de enorme sensibilidad, especialmente sobria y contenida, en una mise en scene casi sin movimientos de cámara, que en algunos momentos tiene ese marco que tanto gustaba a Renoir o a Rohmer (en la que nos hablaban casi en susurros de los conflictos sentimentales de sus protagonistas, situándolos en entornos bucólicos y sombríos a la vez) en la que nos habla de mujeres, de amor, de sexo, de trabajo en común, de emociones soterradas, de vidas en conflicto, y sobre todo, de amor en todas sus facetas, en esa fuerza poderosa y compleja para descubrir a los otros y descubrirnos a nosotros mismos.

La mano invisible, de David Macián

LAS MISERIAS DEL TRABAJO.

“Me parecía que había nacido para esperar, para recibir y ejecutar órdenes; que toda la vida no había hecho más que esto, que nunca haría nada más”

Simone Weil

¿Qué es el trabajo? ¿Para qué sirve? ¿Cómo el individuo se relaciona en ese ambiente? ¿En qué circunstancias trabajamos? ¿El trabajo dignifica a la persona o en cambio lo denigra? Esta serie de cuestiones y muchas más nos plantea una película que radiografía el sistema de trabajo de nuestros días. Una cinta que interpela directamente a los espectadores, a nuestra forma de ganarnos la vida en esta sociedad, y lo hace desde la sobriedad y la sencillez, sin discursos moralizantes ni algarabías disonantes, con un planteamiento desnudo, en el que su análisis sobre el trabajo y las miserias que lo estructuran resulta de una clarividencia brutal, en el que expone el sentido del trabajo en sí mismo, las relaciones laborales, y sobre todo, la oscuridad que encierra el ambiente laboral y su naturaleza, con ese patrón invisible (al que inevitablemente alude el título de la película) ese “Gran hermano” al que no vemos pero que todo lo ve.

La puesta de largo de David Macián (Cartagena, 1980) curtido cortometrajista que ha ganado premios tanto aquí como fuera, toma su inspiración en la novela homónima de Isaac Rosa (Sevilla, 1974) escritor arraigado en la convulsa realidad que disecciona con maestría explorando los años oscuros del franquismo, la transición y los tiempos actuales en títulos como El vano ayer, que tuvo su continuación en ¡Otra maldita novela sobre la guerra civil!, El país del miedo (llevada al cine por Francisco Espada) o La habitación oscura, obras que nos remiten al estado emocional de un país que derrocha apariencia y buenos modales, pero que en el fondo está asumido en un letargo de miedo, incertidumbre y desilusión sobre sí mismo y todo lo que le rodea. Macián que ha levantado el proyecto a base de crowfunding y en régimen cooperativista, plantea una película muy Brechtiana, es decir, desnuda, tanto en forma como contenido, en el que asistimos, como mencionan en la publicidad de la película, al “Espectáculo del trabajo”, es decir, 10 trabajadores realizan su actividad en un espacio escénico (de una gran nave industrial) mientras un público los observa, un personal que participará en la obra, primero abucheando o vitoreando, según le plazca, y más adelante, de una forma más activa.

Un lugar que recuerda al planteado por Lars Von Trier en Dogville, donde la ausencia de paredes y techos, convertían al espectador en un voyeur de todo lo que sucedía. Aquí, sucede algo parecido, observamos a los trabajadores desempeñar su labor, un trabajo que consiste en repetir hasta la saciedad (en este caso lo que dura la jornada laboral) su actividad: el albañil levanta una pared de ladrillos para luego derribarla, y vuelta a empezar, el carnicero despieza los animales y luego los lanza a la basura, la costurera hace piezas que vuelve a deshilachar, la operario de montaje igual, el mozo de almacén traslada constantemente las mismas cajas de un lugar a otro, la teleoperadora llama a futuros clientes, el mecánico desmonta el automóvil para luego volver a montarlo, la limpiadora limpia lo que todo el mundo ensucia, y el camarero sirve al público asistente, y finalmente, el informático teclea sin parar datos y más datos. Sin olvidarnos, del segurata que mantiene el orden establecido por los jefes. Macián nos cuenta su película despacio, primero, observamos, en el que todos y todo parece construir una especie de armonía tranquila, pero poco a poco, cuando los días van pasando (que nos van anunciando y de paso, nos presentan a cada uno de los empleados) se van resquebrajando las relaciones entre ellos, cuando la empresa va aumentando los ritmos de producción y poniendo a prueba la resistencia, tanto moral como física, de cada uno de los implicados, perdón, de los trabajadores.

Una película demoledora, incisiva y catártica, que no sólo representa la sociedad del trabajo, sino a todos nosotros, de la inutilidad de la mayoría de trabajos, y de la falta de humanidad en los centros de trabajo, en el que la competitividad, el individualismo y lo egocentrismo se han apoderado de todos nosotros, con el único fin de rendir al máximo y tener al jefe contento, no vaya a ser que me despida y deje de ganar la miseria que me paga, que por otra parte, no me ayuda a vivir con dignidad. El ajustado y magnífico reparto ayudan a que el conjunto respire tensión, emociones, y sobre todo, que entre ellos nazcan las inevitables disferencias y disputas (como también quedan escenificadas en las reuniones que tienen en las que descubrimos los intereses y posiciones de cada uno de ellos). Macián y su equipo exploran las costuras miserables del capitalismo, un orden establecido aparente que si escarbas descubres lo oscuro y la perversidad que encierra una estructura laboral construida sólo para el beneficio económico, aunque el trabajo y quién lo desempeñe, no sirvan de gran utilidad, si da dinero, ya vale, sólo eso, y nosotros, en medio de todo esto, creyéndonos el cuento, una fábula de que trabajando prosperaremos y todo eso, sin caer en la cuenta que valemos menos de un real y que nuestra vida se va en un trabajo vacío, que nos amilana como personas y nos convierte en seres deshumanizados que matamos por un trozo de pan o menos.

Entrevista a Nely Reguera

Entrevista a Nely Reguera, directora de “María (y los demás)”. El encuentro tuvo lugar el miércoles 30 de noviembre de 2016 en la Plaza Joan Llongueras en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Nely Reguera, por su tiempo, generosidad, y cariño, a Paula Álvarez de Avalon, por su amabilidad, paciencia y cariño, y al cineasta Sergi Pérez, por su amistad y cariño, y tener el detalle de tomar la fotografía que ilustra esta publicación.