El hijo de la cómica, de José Sacristán. Teatre Romea.

UN CÓMICO HOMENAJEA A EL CÓMICO. 

“Esta tarde habrá función de cómicos… si el tiempo y la autoridad lo permite”

De El viaje a ninguna parte (1986), de Fernando Fernán Gómez

Creo que los domingos por la tarde se inventaron para pasar la tarde en el cine o el teatro. El pasado domingo 13 de septiembre me acerqué, con la compañía de unos amigos, al Teatro Romea a ver, mejor dicho, a escuchar al actor José Sacristán (Madrid, Chinchón, 1937), posiblemente el actor español vivo más importante. La función se llama El hijo de la cómica, adaptación y dirección del propio Sacristán, sobre “El tiempo amarillo 1921-1943”, en la que el gran Fernando Fernán Gómez (1921-2007), retrata sus primeros 22 años de vida. Ya, desde la contemplación de su fachada, el Romea invita a acceder a su interior y sobre todo, disfrutar de su decoración y su patio de butacas. La cosa arranca con un fragmento de la maravillosa El viaje a ninguna parte, cuando la pregonera del pueblo en cuestión anuncia la representación del grupo de cómicos. Un comienzo sencillo y emotivo, donde Sacristán deja la puerta abierta a descubrir en modo de un viaje profundo y honesto por los primeros años del actor y amigo Fernán Gómez, vistos, contados, recordados e interpretados por él mismo.

Como hiciese con la obra de Señora de rojo sobre fondo gris, de Miguel Delibes, la escenografía es minimalista, de teatro puro, como mencionaba Brecht, algunos objetos como una inseparable maleta, una mecedora, un baúl y algunos objetos más, que nos transportan a un tiempo de ilusiones y oscuridad,  acompañan al actor, que se va desdoblando y transformándose en varios personajes: en Fernanda López, la bisabuela, Carolina Gómez, la abuela que cuidó al niño Fernando mientras su madre Carola Fernán Gómez hacia las Américas y demás sitios interpretando en el teatro, amén de la criada y algún que otro rol más. Unas interesantes idas y venidas que Sacristán pasa de unas a otras con la mayor claridad y sin alardes de ningún tipo, sino a través de los gestos y esa palabra que lo transforma en lo que desee, manteniendo alegres y tristes diálogos con mucho ritmo y sin pausa. Escuchamos las historias sobre Fernando a través de las mujeres que jalonaron su vida, y las suyas propias, las del niño inquieto que nació en Lima (Perú), que pasó su infancia en el Madrid de los veinte y los treinta y experimentó la Guerra Civil confundido y aturdido y luego, sus primeros trabajos hasta los de actor principiante en la posguerra madrileña, los empleos de meritorio de actor y en el cine, como el que refleja en la magnífica Esa pareja feliz (1951), que protagonizó el insigne intérprete dirigido por Berlanga y Bardem.

El cómico actor que habla de su amigo y admirado maestro Fernando Fernán Gómez, que dirigió en dos de las tres películas que dirigió como son Soldados de plomo  (1983) y Cara de acelga (1988), y lo hace desde el interior, desde lo más puro del alma, como si nos contase un cuento, o mejor dicho, como una fábula de un larguirucho pelirrojo que soñaba con “Ser alguien”, con sus breves movimientos que les van dirigiendo los diferentes personajes que interpreta, y los pequeños enseres y objetos que le van ayudando para encajar los diferentes menesteres. Las breves pausas que hace el propio actor y otras, alimentadas a través de significativos videos que adornan la gran pantalla que queda detrás del escenario, donde se ilustra con imágenes ciertos aspectos históricos e íntimos fundamentales para el desarrollo de la obra. Todo está acorde a lo que se cuenta, y sobre todo, cómo se cuenta, desde la más absoluta admiración y respeto, en el que hay tiempo para la risa y para las lágrimas, porque, al final, como la célebre frase de Chaplin: “La vida es una tragedia vista de cerca, pero una comedia vista desde lejos”. Una vida vivida, llorada, alegrada y sobre todo, una vida de alguien que quería ser actor y fue actor, pero ante todo, era uno de esos tipos alegres y tristes que se pasean por las ciudades contando sus historias ya sea a través del teatro, la literatura, el cine y la televisión.  

Un actor como José Sacristán, a estas alturas, no requiere ninguna presentación, de sobras conocemos, los que admiramos su trabajo, una carrera que abarca más de 6 lustros. Este nuevo personaje, el cómico Pepe que recuerda y explica la historia de otro cómico, y los otros y tan diferentes personajes que interpreta en la obra, mayoritariamente mujeres, nos vuelven a emocionar desde lo más puro, lo más íntimo y lo más sincero, creando un monólogo que va más allá de la explicación de detalles biográficos, sino cómo lo interpreta, invitándonos a un viaje de verdad, de aquellos que te hacen ver, descubrir y soñar con la vida del gran Fernando Fernán Gómez, que nunca sabremos qué hubiera opinado de la función de su amigo, lo que sí sabemos es todo lo que explica y transmite la obra de Sacristán: autenticidad porque cómo cuenta cada detalle, con ternura, con sensibilidad y sin juzgar ni nada que se le parezca, sino recordando al gran actor, y sobre todo, al amigo de charlas, de risas, de lágrimas y el amigo que ya no está, su ausencia, su pérdida, y todo lo que se llevó. José Sacristán rescata sus momentos, o como él los recuerda y los vive a través de sus memorias, de su literatura y cómo se transforman en teatro, en una función emotiva y reflexiva, porque todo se cuenta y se palpa como si el espíritu del actor también estuviera en una magnífica función sobre la vida, el teatro, los fantasmas y los cómicos que andaban por los caminos como aquel Carlos Galván. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

El maestro que prometió el mar, de Patricia Font

EL MAESTRO QUE CREÍA EN LOS NIÑOS. 

“Porque vamos al sentido profundo de la libertad. Sentido vital. El papel rayado es pauta. La pauta es conducción. O lo que es igual, dejarse llevar. (…) El niño, para ser educado, necesita camino libre, trazarse por sí mismo la trayectoria de sus actividades. ¿Que con papel sin rayar el niño escribe torcido? Mejor. Un motivo más para mejorarse yendo derecho. Dejémosle”. 

Antonio Benaiges, maestro (1903-1936)

Conocía la historia del maestro Antonio Benaiges a través de la película El retratista (2015), un documental de Alberto Bougleux que recogía su experiencia pedagógica en la escuela rural de Bañuelos de Bureba, una pequeña aldea de Burgos en el curso escolar de 1935-36. Un hombre republicano que creía en la enseñanza como método para pensar por un mismo y ser más libre, a través de la técnica Freinet, a través de la imprenta con la que imprimían cuadernos sobre sus ideas, pensamientos y reflexiones como aquel en el que escribían sobre un mar que nunca habían visto. El periodista Francesc Escribano recuperó la memoria de Benaiges y escribió el libro El maestro que prometió el mar, que ahora ha convertido en guion Albert Val, que ha trabajado para Filmax y la productora Minoría Absoluta, en una película de ficción que nos devuelve la excelsa figura de Antonio Benaiges, una figura indispensable para conocer el inmenso alcance que significó el gobierno de la República en aquella España oscura, beata y tradicionalista. 

La película se mueve a partir de dos tiempos: el de 1935, con la llegada de Benaiges al pequeño pueblo en 1935, donde la alegría y el entusiasmo es un torrente desbordante en un pueblo anclado en los valores ancestrales, y en 2010, donde el silencio se ha impuesto en una familia, con otra llegada, la de Ariadna, nieta de Carlos, uno de los alumnos del maestro, que llega también al pueblo porque se está excavando una fosa donde pueden encontrarse los restos de Benaiges. Dos viajes, dos experiencias, la de ayer y la de hoy, que se funden en una sola, que se retroalimentan en que el pasado y el ahora que funcionan como espejo-reflejo de lo que somos es porque fuimos. La directora Patricia Font (Barcelona, 1978), de la que conocemos su cortometraje Café para llevar (2014), su ópera prima Gente que viene y bah (2019), y su trabajo en series como Citas y Les de l’hoquei, firma una película muy emocionante, pero no sentimentalista, nos habla desde la altura de los niños la labor de Benaiges, sine ensalzar su figura, sino convirtiéndola en un trabajador por y para la enseñanza, alguien que formó una pequeña comunidad entre sus alumnos, alguien que creía en ellos, alguien que deseaba formar una nueva generación de adultos bien preparados y sobre todo, que hiciesen lo que ellos deseaban, sin seguir las reglas impuestas por sus padres y la sociedad conservadora de entonces. 

Un relato que reconstruye una época de esta magnitud, necesitaba un equipo técnico muy bien preparado como la experiencia de un grande como Josep Rosell en el diseño de producción, con varias años de trabajo con el desaparecido Vicente Aranda, en La lengua de las mariposas (1999), de José Luis Cuerda, con la que la película guarda muchas semejanzas, y El orfanato (2007), de Juan Antonio Bayona, entre otras, en un impecable trabajo de ambientación, con preciosismo y detalle. El vestuario de Maria Armengol, con esa ropa con vida y usada, que se ha especializado en trabajar en tv movies de época para TV3 como Serrallonga, Clara Campoamor, Tornarem y Ebre, del bressol a la batalla, entre otras. La sensible música de Natasha Arizu, que ayuda a acercarse a los dos tiempos. El gran trabajo del cinematógrafo David Valldepérez, con esa luz tenue que acompaña las dos historias, donde prevalece la intimidad y la sencillez, en otro trabajo con Font, amén de los ya citados, y con obras junto a directores como José María de Orbe, Rafa Cortés y Paco Caballero, entre otros. La exquisita y sobria edición de Dani Arregui, del que hemos visto La vampira de Barcelona, y series como Sé quién eres y Félix. 

El excelente y formidable trabajo de todo el equipo artístico de la película, que con miradas y silencios van componiendo la alegría y tristeza por la que atraviesan sus personajes. Mención especial tiene la elección de Enric Auquer dando vida al maestro Antonio Benaiges, porque no lo interpreta sino que es él, en una transformación basada en los pequeños detalles, en ese cuerpo de niño en uno adulto, en esa alegría y belleza de su pedagogía, en la magnitud de la tragedia que conocemos que se cernirá sobre ese pueblo y por todo el país, y sobre todo, en cómo mira Auquer, porque no sólo es, como ya he comentado, sino que se mueve y hace con una naturalidad y transparencia soberbias. Le acompañan en 1935, Luisa Gavasa siempre enorme, el padre Primitivo que hace Milo Taboada, que ya nos dejó impresionado con su rol en La isla de las mentiras, aquí representando la iglesia y sus cosas, y los maravillosos niños, con lo difícil que es que actúen bien, Nicolás Calvo como Emilio, Alba Hermoso como Josefina, y Gael Aparicio como el rebelde Carlos, abuelo de Ariadna, que hace una estupenda Laia Costa, en el 2010, junto a Ramón Agirre como Emilio adulto, y una eficaz Laura Conejero, y la breve pero intensa aparición de una gran actriz como Padi Padilla. 

Por favor, no se dejen llevar por los comentarios que habrá acerca de la película, porque merece mucho la pena verla en pantalla grande, que es donde están predestinadas las películas para contemplarse y emocionarse como El maestro que prometió el mar, porque conocerán y se enamorarán de la figura de ANTONIO BENAIGES, y sí, lo escribo con mayúsculas, porque su nombre debería conocerse por todos los que aman la vida y la enseñanza y el hecho de aprender, y su labor estudiarse en todos esos lugares que preparan a futuros docentes, porque su nombre y obra debería estar en el pensamiento de todos, porque estas personas fueron valientes cuando la valentía te podía costar la vida, y eso es algo que no podemos olvidar, porque en este país somos muy dados a olvidar a los que nos precedieron, un mal muy nuestro, y de esconder la basura bajo la alfombra, y eso no lo podemos hacer más, porque luego, pasa lo que pasa. Pasa que, a día de hoy, casi 90 años que empezó la Guerra Civil Española, miles de familias siguen buscando a sus seres queridos, que son también nuestras familias y hermanos, porque sin ellos no estaríamos donde estamos, a pesar de todos esos patriotas que siguen a lo suyo, defendiendo su minoría privilegiada, y no a la inmensa mayoría que sigue llorando sus muertos y sobre todo, buscándolos a pesar de los otros. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA