Apuntes para una película de atracos, de Léon Siminiani

EL CINEASTA Y EL ATRACADOR.

No se puede concebir ver y oír la realidad en su transcurrir más que desde un solo ángulo visual: y este ángulo visual siempre es el de un sujeto que ve y oye. Este sujeto es un sujeto de carne y hueso. Porque si nosotros en un film de acción también elegimos un punto de vista ideal y, por lo tanto, en cierto modo abstracto y no naturalista, desde el momento en que colocamos en ese punto de vista una cámara y un magnetófono, siempre resultará algo visto y oído por un sujeto de carne y hueso (es decir, con ojos y oídos).”

Pier Paolo Pasolini

La película nos da la bienvenida con la voz del propio autor explicándonos que siempre ha querido hacer una película de atracos, mientras vemos algunos de esos títulos clásicos que han creado su memoria cinematografía, como Rififí, de Jules Dassin, el clásico por excelencia del método del butrón (en el cual los atracadores utilizan el alcantarillado público para perpetrar sus delitos) también veremos secuencias de atracos de películas españolas como Apartados de correos 1001, de Julio Salvador, El ojo de cristal, de A. Santillán, Los atracadores, de Rovira Beleta o A tiro limpio, de Pérez-Dolz, entre otras, películas referentes para el autor que además, le sirven para introducirnos en su elemento esencial, el cine como reflejo de una sociedad y de su tiempo.

El autor es Léon Siminiani (Santander, 1971) que lleva dos décadas construyendo relatos de ficción, y también, de auto-ficción, enmarcados en el ensayo, en una simbiosis perfecta entre realidad y ficción, en la que nos introduce en su universo cinematográfico donde hay cabida para todo, para la ficción convencional, la autoreferencia, la vida propia, y sus acompañantes que van construyendo su propia realidad ficcionada a medida que avanza el metraje, en el que se interpretan a sí mismos y a otros, en un maravilloso y fascinante juego de espejos donde todo se cruza, y se retroalimenta, en que vida y cine acaban siendo uno sólo, y los dos elementos o medios se lanzan de la mano en pos de la historia que contar. Su serie de Conceptos clave de la vida moderna, con su grupo de cortometraje, evidenciaba esa forma tan natural y personal de abordar temas candentes de los tiempos de ahora, o en su trabajo en Límites 1ª Persona, en el que documentaba la última imagen del ser amado, en su cierre de aventuras junto, un viaje por el desierto. Todas estas reflexiones y pensamientos que ya anidaban en su cine, desembocaron en su primer largo, Mapa (2012) en el cual capturaba el final de una relación sentimental y el posterior desamor del protagonista, interpretado por sí mismo, que vivía su duelo a través de un viaje por la India.

Ahora, para su segundo largo, vuelve a transitar por sus lugares conocidos y nos sumerge en la historia de una amistad, entre el propio director y Flako, un atracador de bancos por el método del butrón, desde sus inicios, cuando supo de su existencia a través de los medios por su detención en el verano del 2013, pasando por sus correspondencias en forma de carta y visitas a la cárcel, hasta sus encuentros face to face cuando Flako empezó a disponer de permisos. Mediante un tono documental, entre la vida y el cine, Siminiani construye una película sobre la representación cinematográfica, cuando las imágenes ideadas no son posibles de materializarlas por no disponer de uno de los personajes en cuestión, también, sobre los límites del propio elemento cinematográfico, en que la visibilidad de ese mismo protagonista podría atentar contra sí mismo, en que la película a modo de diario-ensayo, como ya existe en buena parte del cine de Siminiani, va recogiendo todos los avances, obstáculos y pormenores de estos apuntes, que hace referencia a aquellas películas sesenteras de Pasolini amén de Localizaciones en Palestina para el evangelio según San Mateo (1965) donde recogía el viaje a Tierra Santa y las huellas de Cristo, en Apuntes para una película en la India (1968) viajaba hasta el país asiático para capturar su idiosincrasia, y finalmente, en Apuntes para una Orestíada africana (1970) explicaba los trabajos de preparación para la película frustrada que finalmente no pudo hacer.

Para Siminiani, el ensayo-prueba de la posible película se convierte en la película, donde convergen todo aquello que quería hacer, una película con atracos pasados, y atracadores presentes, y su modus operandi, tanto del atracador como del cineasta, donde la reconstrucción y reelaboración de la pre-película adquiere la dimensión de la película en sí misma, donde la reconstrucción de la biografía de Flako desde su infancia en Vallecas, la compleja relación con sus padres, y más con su progenitor, donde la figura paterna se erige como elemento distorsionador en la vida de Flako y su entorno, y su propio mito, acentúan más si cabe todo el entramado de Siminiani, en que director y personaje se acaban fusionando en uno mismo, en que se reflexiona sobre la paternidad y el legado a los hijos desde todos los ángulos posibles, de los padres ausentes, y los que vendrán, ya que Flako es padre y Siminiani lo va a ser.

Una película sencilla y personal, íntima y transparente, que registra el pre-encuentro y luego, la amistad construida, en el que hay fascinación y rechazo sobre alguien que atraca bancos con violencia y determinación, pero también, es un padre de familia y un esposo enamorado, y quiere llevar otra vida. La cinta rezuma verdad y ficción por los cuatro costados, en que también hay comedia y reflexión, tanto de los límites cinematográficos como de su representación, su reconstrucción y la propia ficción dentro del documento, donde todo se utiliza al servicio de la historia, en una película inquieta, llena de energía y magnética, en el que se narra el encuentro emocionante del cineasta que quiere contar su historia, la del otro y la suya propia, y la del otro, el atracador condenado que (que con esa máscara que utiliza para ocultar su identidad, aún los encuentros adquieres dimensiones más cinematográficas e íntimas) debe confiar y lanzarse al vacío para rememorar y reconstruir sus hazañas delictivas y reflexionar sobre sí mismo, y sobre su futuro.

El cine contemporáneo a través del espejo

“Ningún artista ve las cosas como son en realidad; si lo hiciera, dejaría de ser artista” 

Oscar Wilde.

Descubrí el cine en la adolescencia, hasta entonces, como cualquier hijo de vecino, me empachaba de los blockbusters de la época, pero ocurrió algo que cambió mi mirada de espectador. Una noche por televisión emitieron, “Ladrón de bicicletas”, aquella inolvidable fábula de Vittorio de Sica, aquel relato tan mínimo y, a la vez, tan grande donde la cotidianidad adquiría un orden inmenso, donde la vida fluía en cada momento. Mis ojos de dieciséis años no volvieron a mirar de la misma forma, las imágenes que invadían mis retinas dejaron de tener sentido, ahora había encontrado lo que quería mirar, aquellas imágenes que siempre había tenido en mi interior, pero hasta entonces no había visto. Luego vinieron otras historias, firmadas por Ford, Renoir, Ozu, Hitchcock, Rossellini, Buñuel, Truffaut… y tantos otros cineastas que se convirtieron en guías de mi formación como espectador, se convirtieron en esos espejos cinematográficos, donde siempre me miraba y me ofrecían un reflejo de la vida, de cómo estos señores veían su realidad, y nos la mostraban a nosotros a través de las películas.

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Los años fueron pasando. Las películas viajaban a través de mi mirada, unas y otras me iban acercando a otros mundos, otras realidades, otros espejos en los que me seguía mirando. Yo iba creciendo y el cine iba cambiando. Los grandes directores dejaban su sitio a otros, aquellas películas que me enseñaron el camino, dejaban paso a otras. Mi inquietud como espectador no cambió, busqué esos espejos cinematográficos en otras miradas, otros cineastas que me mostrasen la vida, mediante su realidad. Pero ahora, sería totalmente diferente, si de adolescente fui yo quien los encontró, ahora, siendo adulto, fueron ellos los que me encontraron. Aparecieron otros nombres, los Kiarostami, Kaurismaki, Lynch, Haneke, Guerín, Erice, Kar Wai,… cineastas de nuestro tiempo, de nuestra contemporaneidad, ellos son los encargados de mostrarnos la realidad de ahora. Son los reflejos de aquellos espejos cinematográficos que nos mostraban la realidad de antes. Todos ellos, al igual que hiciera la Alicia de Lewis Carroll, han cruzado el espejo, han viajado hacía el otro lado, y a través de este espejo nos muestran la vida, tal y como ellos la miran. Son otras películas donde encontramos semillas del cine clásico y moderno que tanto nos emocionó en su día, pero son otra cosa. La sociedad ha cambiado, nos encontramos ante un sistema económico brutal y genocida, donde vale casi todo, y donde nosotros, nos hemos convertido en títeres luchando por un trozo de pan. El cine, este cine, no podía mirar hacia otro lado, el arte como arma de conciencias, tenía el deber de mostrar esta nueva sociedad. Ahora, en este cine, no importa lo que se cuenta, sino cómo se cuenta, la forma se ha convertido en el hilo argumental de las películas, la puesta en escena, ya no es lo que era, ahora nos desafía continuamente a los espectadores, nos propone un juego de paciencia, en el que nos ponen a prueba nuestra capacidad de mirar.

 Observamos atentamente el devenir de estas historias, raras veces entendemos su significado, pero no nos importa, ahora el cine es diferente, se ha convertido en un mapa sin límites, que transmite sensaciones, emociones y un abanico de múltiples interpretaciones que nos mueve conciencias y nos hacen sentir cosas que nos devuelven una mirada diferente de la realidad que nos rodea. El cine contemporáneo ya no nos habla de frente sino que nos traspasa y nos rodea; somos nosotros los que tenemos que mirarlo sin prejuicios, sin esperar nada, abiertos a él, sentir y emocionarnos con sus imágenes incómodas, sus derivaciones argumentales, su indefinición genérica. Un cine sin nacionalidad, sin fronteras, donde los personajes no nos miran a nosotros, miran a un mundo que no entienden y éste tampoco les entiende a ellos. Unos personajes indefinidos, que buscan su identidad, su lugar en el mundo, un sito donde cobijarse, ser ellos mismos, aunque raras veces, por no decir nunca, llegan a conseguirlo. Es un nuevo cine que habla directamente del mundo que nos mira cada día. Un cine que se plantea infinidad de preguntas y que no da respuestas, porque no las sabe ni tampoco las sabemos los espectadores.

“Opino, que una película, salvo que sirva para pasar el rato, siempre debe defender y comunicar indirectamente la idea de que vivimos en un mundo brutal, hipócrita e injusto. La película debe producir tal impresión en el espectador que éste, al salir del cine, diga que no vivimos en el mejor de los mundos”. Esta cita de Luis Buñuel, uno de esos espejos cinematográficos donde se suele mirar el cine de nuestros días a modo de evocación, me sirve de excusa para finalizar este viaje a través del espejo que es el cine contemporáneo.

Nota:  Ilustración de portada obra de DAVID DEL FRESNO (http://www.davidelfresno.com)