Virus tropical, de Santiago Caicedo

PAOLA (Y LOS DEMÁS).

La voz en off de Paola, que todavía no ha nacido, nos explica su propia historia, a modo de narradora, para darnos la bienvenida a la película que arranca con el prólogo del embarazo de su madre, que algún que otro médico demasiado “Avispado” lo diagnostica como “Virus Tropical”, ahí es nada, entre lo esperpéntico y absurdo del comienzo se inicia la película, con ese magnífico plano que tras las nubes encuadra aquel Quito (Ecuador) de 1976, cuando Paola, la protagonista dará a luz, y conocerá, primero a su madre, Hilda, que se gana la vida como vidente, a su padre, Uriel, que fue sacerdote y en muchas ocasiones, ejerce como tal en su casa. Y sus hermanas mayores, Claudia, que pronto despertará su rebeldía y su coqueteo con las drogas, amén de su independencia y alejamiento de su familia, y por último, Claudia, reacia, en primera instancia a la recién llegada, peor con el tiempo se convertirán en una especie de madre-hija no declaradas. La novela gráfica Virus Tropical vio la luz en 2011 de la mano de Paola Gaviria, alias “Powerpaola” (Quito, Ecuador, 1977) donde hablaba de primera mano su vida en la capital ecuatoriana, infancia, adolescencia y el traslado a Cali (Colombia) a través de las relaciones familiares, propias, personales, amores y descubrimiento de un entorno en ocasiones demasiado hostil y extraño.

El director caleño Santiago Caicedo (Cali, Colombia, 1976) autor de varios cortometrajes de animación, y uno de ellos, Uyuyui¡ (2011) donde trabajó mano a mano con Powerpaola. Después de aquella experiencia fructífera arrancaron el proyecto de llevar al cine Virus Tropial, escrita por Enrique Lozano, que también estuvo en el cortometraje, en forma de un largometraje de animación de 96 minutos, donde han optado por una animación inocente y cálida, llena de matices y formas, y en blanco y negro, muy artesanal y directa, donde seguimos los pasos de Paola desde su nacimiento, sus años de descubrimiento, tanto en su entorno como en el personal, su adolescencia y primeros amores en Cali, y su llegada a la edad adulta. Caicedo nos cuenta un relato agridulce sobre la vida, con sus sinsabores y alegrías, eso sí, con humor perspicaz, inteligente e irónico, donde nos habla de una familia muy disfuncional, familia que podría recordar a las que retrata Wes Anderson, con sus peculiaridades, sus formas diversas de abordar la cotidianidad y la extrañeza de su vida y demás, y sobre todo, la idiosincrasia tan diferente de abordar sus problemas.

Todo se nos cuenta a través de la mirada inquieta y curiosa de Paola, entre la extrañeza propia de cuando eres niño, y poco a poco, se irá abriendo a ese mundo desconocido, superficial en muchos momentos y divertido en otros, en una versión femenina de Antoine Doinel, muy cercana a la adolescencia que experimentaba la Lady Bird, de Greta Gerwig, sintiendo o sufriendo las primeras salidas nocturnas con sus colegas, los primeros canutos, los besos robados o no, su primera vez y esa forma peculiar y rara de enfrentarse al mundo, a su entorno, y a todo aquello que siente por primera vez, sabiéndose alguien que encaja poco o nada en esa sociedad que parece ir muy deprisa, y en otros momentos, pareciendo todo de una vulgaridad y vacío enormes. Caicedo nos implica de forma natural y savia en su película y en las sensaciones diversas y extrañas de su personaje Paola, vivirá una infancia solitaria, en un principio, para luego verse protegida y guiada por su hermana Patricia, en una relación en la que sentirá el amor y la pérdida cuando la hermana abandona el hogar familiar para irse a Cali, y luego, el reencuentro con la Patricia, y una nueva vida, ya de adolescente en el Cali de finales de los 80 y sobre todo, en los 90, un mundo diferente, con otro acento y otras formas de vida, como se sentirá Paola, como una extraterrestre recién llegada, donde todo vuelve a empezar, donde todo nunca termina de acomodarse.

La película está envuelta en un fuerte ritmo, donde no dejan de suceder cosas, con idas y venidas en el seno familiar, como la separación de los padres, las continuas huidas y pérdidas de Claudia, de mal asiento, que proporcionará tantos disgustos a la madre, una mujer que deberá reinventar su vida constantemente, intentando vivir su vida o lo que queda de ella. La narración está llena de humor, ese humor corrosivo, genial y cínico, que se adapta al relato de forma natural, sin forzarlo ni utilizarlo de forma insustancial, sino todo lo contrario, donde convive de forma sencilla y honesta con el drama, incluso en muchos momentos, pasando de uno a otro, o mezclándolos, en la misma conversación o en los múltiples detalles y capas que abundan en todo el metraje, como ese padre ex sacerdote, esa madre vidente, esa hermana rebelde, o la otra, agria y luego amorosa, o la actitud de Chavela, la criada ecuatoriana, que parece una más o no.

Una adaptación magnífica y ejemplar de la novela de Powerpaola, donde ya se evidenciaban los temas y argumentos que exploraba con sabiduría y sencillez como la sexualidad, el feminismo, la familia o la identidad personal, en que recoge aquel aroma que ya residía con fuerza y magnetismo en Persépolis, de Marjane Satrapi y Vincent Paronnaud, otra novela gráfica que ya siguió el mismo camino ahora trazado por Virus Tropical, donde también nos explicaban con todo lujo de detalles la infancia y adolescencia de una niña en el Irán de los 80 dominado por los Ayatolás, la misma mirada irreverente y personal de la que hace gala Paola, eso sí, en un mundo diferente, pero también, intransigente con aquellos que piensan diferente al resto, en una sociedad que Paola descubrirá desde muchos puntos de vista diferentes y formas extrañas, creciendo en el Quito de los 80 y haciéndose persona y mujer en el Cali de los 90, una mujer independiente, sencilla, audaz en el dibujo, y enérgica en sus decisiones, en sus amistades, en el sexo, y en las relaciones con su peculiar familia, sus amigos, y con ella misma. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA


<p><a href=»https://vimeo.com/240558114″>Virus Tropical – Trailer</a> from <a href=»https://vimeo.com/timboestudio»>Timbo</a> on <a href=»https://vimeo.com»>Vimeo</a>.</p>

Dobles vidas, de Olivier Assayas

VIDAS REALES, VIDAS DE FICCIÓN.

“Todo debe cambiar para que nada cambie”

(Príncipe Salina en El Gatopardo, de Visconti)

La frase que encabeza el texto mencionada por el Príncipe Salina, que interpretaba Burt Lancaster, al final de la película, tiene mucho que ver con este mundo cambiante, en continua transformación que nos ha tocado vivir, en el que continuamente iluminados de la tecnología vaticinan el fin del producto convencional por lo más nuevo, por la última virguería informática que hará nuestras vidas diferentes, modernísimas y mejores, aunque a la postre nada cambie y todo siga igual, más o menos, como vaticinaba el príncipe Salina. Las nuevas tecnologías en nuestra cotidianidad, las relaciones humanas y demás elementos que conciernen a nuestro tiempo son el marco por el que se guía la nueva película de Olivier Assayas (París, 1955) la decimoséptima de su carrera, que arrancó allá por 1986 con Desorden, en una primera etapa que se extendió hasta El agua fría (1994) en que dedicó cinco películas para hablarnos de la juventud, de sus deseos, ilusiones, infelicidad y vacío existencial, para adentrarse más adelante en terrenos más maduros en los que sus personajes y sus problemas iban haciéndose mayores junto a él, como en Finales de agosto, principios de septiembre (1998) donde exploraría la muerte y la ausencia dejada y cómo afectaba a sus más allegados, elementos que cohabitarán de forma natural y sistemática en su posterior cine con Después de mayo (2012) Las horas del verano (2008) Viaje a Sils Maria (2014) y Personal Shopper (2016).

Ahora, Assayas vuelve con Dobles vidas, donde se detiene en cinco individuos, cinco almas que se mueven en esta sociedad, donde parece que vivimos varias vidas a la vez, porque todo se hace y se vive demasiado intensamente, a una velocidad de vértigo, como si todo se tuviera que hacer deprisa y corriendo y varias cosas a la vez, sin parar, porque todo se acaba o está a punto de acabarse. Assayas nos cuenta las vidas de este grupo de parisinos en la que se sumerge en sus vidas íntimas y públicas, en las que conoceremos a Alain (Guillaume Canet) un exitoso editor que se contradice constantemente, porque tiene una mujer a la que adora, pero tiene un affaire con Laure (Christa Théret) una compañera que viene a digitalizar todo el modelo económico de la editorial, a Leonard (Vincent Macaigne) un escritor que plasma en sus novelas, que se niega a calificarlas de autoficción, todas sus experiencias vitales y sentimentales, y además, se acuesta con Selene (Juliette Vinoche, tres películas con Assayas) mujer de Alain, y actriz estancada en una serie exitosa de acción, pero que se muestra incapaz de dejar la serie. Valérie (Nora Hamzawi) mujer de Leonard, es una agente de campaña de un político integro y concienciado con los problemas más sensibles.

Y así están las cosas, un grupo de personas que viven su vida, la oficial, en la que todo parece ir bien, y por otra parte, la otra vida, la de ficción, o la que ocultan a sus allegados, o la que forma del autoengaño, a saber, porque ellos mismo ni lo saben. El cineasta francés enmarca su película en una comedia ligera, donde impone un ritmo acelerado, quizás contaminado por el sino de los tiempos actuales, donde sus personajes hablan y hablan, y no dejan de hablar, de muchos temas, por ejemplo, la digitalización de la sociedad actual, del futuro o más bien de la especulación, como apunta Alain en una mesa con amigos, donde todo parece que va a estallar de un momento a otro, pero no lo hace, o si lo hace, se trata de forma muy tímida, casi como un remolino intenso pero que se terminará en poco tiempo, algo así como el remolino interno y emocional que viven los personajes llevando adelante sus vidas, las que todos conocen, y las que ocultan, o las que no cuentan, que quizás son menos ocultas de las que creen.

Assayas atiza con vehemencia a nuestra sociedad, a sus rígidas estructuras económicas y al supremacismo del dinero, a esos gurús de la tecnología que vaticinan la defunción de lo tradicional en pos a una sociedad cibernética e hiperconectada, donde todo se hará por internet, en el que nos movemos por el mundo laboral, en este caso la edición de libros, como ocurría en Demonlover (2002) donde Assayas se sumergía en el espionaje industrial entre empresas y la sensación de los dibujos porno en 3D. Aquí, también hay estrategia industrial, entre otras cosas, como escenifican de forma sencilla y magnífica la relación entre Alain, el editor que apuesta por el libro de toda la vida, y se mantiene expectante a tantos cambios que se proclaman a los cuatro vientos como hace Laure, su nueva compañera de trabajo y cama. Unos tiempos convulsos, en los que todavía hay náufragos resistentes de sus novelas como Leonard, que tiene el mismo problema que tenía Harry con sus ex novias y amigos porque no paraba de hablar de ellos en sus libros en Desmontando a Harry, de Woody Allen.

El director parisino también nos habla de cine, como hizo en Irma Vep (1996) donde un director fracasaba en el intento de devolver a la actualidad la serie de Las Vampiras, de Feuillade. Ahora, se acuerda de Bergman y su película de Los comulgantes, donde recuerda al sacerdote sin fe que hablaba a una iglesia vacía, como ese mundo convencional en pos del online que muchos vaticinan que llegará pero que no llega, o a Haneke, con un chiste sexual en un cine viendo una del director austriaco. Assayas se muestra crítico con la sociedad, con la política, con las verdades absolutas, y las mentiras de siempre, encontrando a unos personajes infelices y frustrados, que encuentran en la mentira y las dobles vidas, que habla el título, en su razón de existir, aunque muy bien no sepan porque lo hacen y a qué lugar les lleva todo eso, porque al fin y al cabo, todos nos movemos con prisas en esta vorágine absurda y superficial que alguen llamó vida, porque todo se autodefine constantemente, y lo que ayer era el no va más con mucha energía, ahora se niega o se contradice con la misma fuerza. Un mundo cambiante, en constante ebullición, donde todo parece una cosa y al día siguiente, ya es otra. Quizás, como nos quiere contar Assayas, después de todo, nos quedan los amigos, nuestros amores, los reales y los ficticios, una copa de vino, y una buena charla sobre todo o nada. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA    

A la vuelta de la esquina, de Thomas Stuber

CHRISTIAN SE ENAMORA DE MARION EN EL TRABAJO.

“Cuando salíamos del hipermercado al acabar el turno, afuera todo era diferente. Cuando cada uno volvía a su vida. Era como si todos cayéramos en un profundo sueño y regresáramos a casa el día siguiente”.

Sam y Jonathan, los dos vendedores de artículos de broma que pululaban por Una paloma se posó en una rama a reflexionar sobre la existencia, de Roy Andersson, o los Santa, Jose, Reina o Amador de Los lunes al sol, de Fernando León de Aranoa, y también, Marcel Marx, el artista sin suerte de La vida de bohemia y más tarde el limpiabotas humilde de Le Havre, a los que podríamos añadir Ilona y Lauri, los desafortunados enamorados de Nubes pasajeras, o incluso a Koistinen, el guardián nocturno apocado de Luces al atardecer, todas de Aki Kaurismäki, pertenecen a ese nutrido grupo de individuos solitarios, invisibles, ausentes de sí mismo, tipos que se mueven entre los márgenes, solitarios y cabizbajos, empeñados en la mala suerte, escapando de turbios pasados, y sobre todo, muy silenciosos, con vidas rutinarias, empleos tediosos y aspiraciones ausentes, pero eso sí, cuando hablan se vuelven personas coherentes, sinceras, reflexivas y acogedoras, como Christian, el protagonista de la película A la vuelta de la esquina.

Christian es alguien que huye de su pasado oscuro, de los que todavía conserva un sinfín de tatuajes que adornan su torso y brazos, alguien que empieza de nuevo, alguien que empieza en su nuevo trabajo en un hipermercado mayorista en el turno de noche como reponedor de bebidas junto a Bruno. Una maraña de interminables estanterías, llenos de pasillos, donde se amontonan palés de bebidas en su caso, pero llenas de productos diversos para los clientes. Las jornadas nocturnas se desenvuelven en su rutina particular, conociendo el producto, los espacios y demás compañeros, como Marion, una atractiva rubia al que todos llaman “la chica de los dulces”,  que llama la atención del callado Christian, mientras toma un café frente a la máquina. A partir de ese momento, las jornadas cambiarán de tono y aspecto, y los encuentros fortuitos y no tanto, con la adorada Marion se irán sucediendo en los meses.

Thomas Stuber (Leipzig, Alemania del Este, 1981) se enfrenta a su cuarto largometraje como director basándose en un cuento del libro Todas las luces, de Clemens Meyer, coautor junto a Stuber del guión, donde Christina se convierte en el hilo conductor de la narración, ya que junto a él, conoceremos ese mundo laboral nocturno, donde el bullicio y el trasiego del día en el hipermercado desaparece para adentrarse en un mundo silencioso, roto por algún ruido mecánico, muy espacioso, donde los trabajadores son casi meras sombras que se mueven mecánicamente en su quehacer nocturno, llevando palés a su ubicación y vuelta a empezar, parando para echar un cigarrillo en los lavabos, atrapar a hurtadillas un bocado del producto que se tira, o compartir alguna que otra broma con los compañeros de los demás pasillos. Stuber abre la película con el “Danubio Azul”, de Johan Strauss, creando esa atmósfera peculiar y extraña, casi de película de terror,  donde reina una oscuridad y  silencio sepulcrales que se genera en el hipermercado durante el turno de noche, solo roto por el ruido de las carretillas manuales y elevadoras, instrumentos que se convertirán en un aprendizaje y adaptación para Christian, en el que su manejo ocultará algo mágico para el devenir de la historia.

El cineasta que creció en la RDA, tiene un hermoso homenaje al trabajo en el país extinto a través del personaje de Bruno, alguien que guarda celosamente su vida, o podríamos decir aquello que hace cuando no trabaja. Una película que encierra una hermosa y profunda historia de amor entre dos solitarios, entre dos personas que una, Christina huye de su pasado, de quién fue, y otra, Marion, con un matrimonio infeliz, clama en silencio por un poco de paz y tranquilidad, dos seres sensibles y espectrales en el trabajo, que encuentran el amor en el lugar más insospechado, entre pasillos, cajas y productos que otros compraran. El cineasta alemán acota su película en las cuatro paredes del hipermercado, a excepción de alguna que otra secuencia en el exterior, sumergiéndonos en la idea de belleza y profundidad en un lugar donde la mecanización se apodera de los movimientos de las personas, donde todo está previsto, en que la humanidad se abre camino entre tanta máquina y cotidianidad laboral, donde estos seres sencillos, de vidas rutinarias y emociones dormidas, despertarán a la belleza de los sentidos, a la pequeña alegría de tomar un café en compañía, a escuchar al compañero y sus problemas, a la ayuda de alguien que lo necesita, a ese consejo que solo la madurez sabe dar, o a esos pequeños momentos, casi sin relevancia, que cada día se suceden mientras trabajamos.

Una pareja protagonista magnífica que destila sensibilidad y humanismo a unos personas corrientes, de esos que nos cruzamos a diario, de los que se suben al autobús después de una larga y dura jornada laboral nocturna, o que se toman una cerveza entre amigos, excepcionalmente interpretados por Franz Rogowski (que hemos visto en la última de Haneke, o en filmes de Malick o Petzold) como Christian y Sandra Hüller como Marion (que estaba extraordinaria en Toni Erdmann, de Maren Ade, una de las últimas revelaciones del cine alemán) bien secundados por Peter Kürth que da vida al noble y honesto Bruno, y actores de gran reputación como Henning Peker o Matthias Brenner, entre otros. Una película sencilla y honesta, que ahonda de manera sincera y brillante en el trabajo y todo aquello que rodea una parte esencial en la vida de las personas en el mundo, con todas sus peculiaridades, con todos esos mundos únicos y extraños que se generan, las soledades compartidas o las relaciones profundas y no tanto que se van generando entre unos y otros. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

 

El hijo del acordeonista, de Fernando Bernués

LAS CICATRICES NO SE BORRAN.

Los aficionados a la lectura quizás recordarán la novela corta Reencuentro, de Fred Uhlman (1901-1985) en la que exploraba los males del nazismo y sus terribles secuelas en la mirada de Hans, judío, y Konradin, nazi, dos amigos adolescentes que la guerra separó, y su posterior reencuentro en los años sesenta. Mucho de aquella novela encontramos en el libro El hijo del acordeonista, de Bernardo Atxaga (Asteasu, País Vasco, 1951) en la que el escritor vasco se sumerge en la amistad entre David y Joseba, dos chavales que crecen en Obaba, pueblo mítico e imaginario en el universo de Atxaga (una especie de Macondo particular) a mediados de los setenta. Un lugar dividido entre los que ganaron la guerra, el padre y los amigos de David, y los perdedores, el entorno de Joseba, a los que el pueblo asfixiante y conservador se les ha quedado muy pequeño. Este desolador panorama de rivalidades y heridas demasiado abiertas, se convierte en el caldo de cultivo perfecto para que David, por mediación de Joseba, lo deje todo y se convierta en un soldado clandestino que luchará con armas por la causa vasca, junto a su amigo del alma.

El director Fernando Bernués (Donosti, 1951) reconocido en el teatro, televisión y cine, con la que ha codirigido dos películas, debuta en solitario adaptando la novela más personal de Atxaga, que ya tuvo una adaptación teatral en el 2013, dirigida por el propio Bernués. Cuarta novela de Atxaga que llega al cine, con guión de Paxo Telleria (también adaptador en el teatro) en un relato que se divide en dos etapas, en la primera, centrada en los setenta, vemos como David y Joseba viven en ese pequeño pueblo donde las envidias, la miseria moral y lo tradicional mellan a una parte de la población, la vencida de la guerra, la que vive sometida ante el régimen franquista. Y una segunda etapa, la de finales de los noventa, cuando David, gravemente enfermo, recibe la visita de su amigo Joseba, ya adultos, dispuestos a enfrentarse cara a cara y hablar del pasado, cerrar heridas y marchar en paz.

La película viaja de un lugar a otro continuamente, mostrando todos aquellos aspectos oscuros de la vida cotidiana de los setenta, en una atmósfera irrespirable y opresiva en que habitan dos bandos, y donde aumentará la radicalización de David y Joseba cuando son testigos de las injusticias y asesinatos que cometen las autoridades franquistas. Después, nos contarán la vida clandestina perteneciendo a ETA, sus actividades y las diferencias entre los miembros del comando, para finalmente, saltar en el tiempo y llevarlos hacia su reencuentro, a rememorar aquellos años y todo lo que ocurrió entre ellos, mirándose y confesando todos los errores y aciertos que cometieron en unos tiempos convulsos y llenos de miedo, donde coger las armas significó para ellos un antes y después en sus vidas. Bernués opta por una luz enigmática y natural obra del gran Gonzalo Berridi (responsable de películas de Medem, Uribe, Gutiérrez Aragón…) creando esa atmósfera turbia y opresiva que tanto demanda el pueblo de Obaba, una extensión de la emocionalidad de los personajes, que se encuentran perdidos y encerrados entre tanto miedo y opresión, con la excelente música de Fernando Velázquez, que sin subrayar ni acompañar, ayuda a crear esos ambientes de luz que tiene la película, aunque sean muy pocos, crean esa tensión interior entre lo que sienten los personajes y el ambiente de terror en el que se mueven, y finalmente, el ágil y estupendo montaje de Raúl López (autor de Loreak o Handia, entre otras) que viaja de un tiempo a otro, sin que resulte pesado o tedioso.

Un relato duro y lleno de aristas emocionales que recupera el aroma de películas como En el nombre del padre o The Boxer, ambas de Jim Sheridan, dedicadas a explorar el terrorismo del IRA y sus graves consecuencias en la población. Bernués nos habla de la herencia paterna, del miedo de aquellos años de franquismo, de las tensiones entre lo que se debe hacer y lo que se siente, la violencia moral que se vive cuando las cosas se hacen mal, y la violencia física como único recurso ante tantas injusticias. Una narración brillante y laberíntica, nos lleva a la cotidianidad de unos personajes marcados por una guerra, la de los padres, y todo aquello que dejó en el ambiente, esa mugre y podredumbre entre unos y otros, hablándonos de frente de la culpa, el remordimiento, el rencor, el odio y la violencia que ha azotado durante tantos años una tierra bella, pero llena de cadáveres. Un estupendo y contundente reparto de caras poco conocidas encabezados por Aitor Beltrán y Cristian Merchán, dando vida a David de adulto y joven, respectivamente, al igual que Iñaki Rikarte y Bingen Elortza, dan vida a los Joseba, Frida Palsson es la mujer americana de David, y las otras mujeres como Mireia Gabilondo, Miren Arrieta y Laia Bernués, dando vida a esas miradas que sufren y padecen los avatares de tanta tensión entre los hombres, José Ramón Argoitia como el tío Eusebio, tan alejado de su padre, el acordeonista oficial del pueblo y franquista, que también hace el oficio del gran Joseba Apaolaza, con el instrumento musical como objeto de controversia y tensión entre padre e hijo, ya que significa obedecer y seguir los pasos de los vencedores y asesinos.

Una película que se sumerge en nuestra historia reciente, la más oscura, en aquella que todavía no está cerrada, en la que tantos recuerdan a aquellos que ya no están, que murieron porque unos y otros decidieron que la muerte significaba luchar contra la opresión y a favor de la libertad. Tiempos de miedo, de terror, de enemigos propios y ajenos, de amigos y traidores, de política, de violencia, de enemistades, de hombres corrientes que se lanzan a la lucha armada, de tiempos oscuros y llenos de sangre, de un tiempo que recordarán los amigos en los noventa, cuando ha llegado el tiempo de recordar, de mirarse a los ojos, de sumergirse en el interior del otro, y perdonar, confesar tantas verdades y acciones que en su día no encontraban explicación, de hablar sin tapujos, de contarlo todo, de construir el presente a través de confesar los errores del pasado, sin miedo y con profundidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Quiero comerme tu páncreas, de Shinichiro Ushijima

VIVIR CON LA MUERTE.

Sakura Yamauchi es la chica más popular de la clase de instituto, aunque guarda un secreto, tiene una enfermedad pancreática terminal. Todos sus deseos, ilusiones, tristezas y miedos los escribe en un diario que llama “Vivir con la muerte”. Un día, de casualidad, Haruki, un compañero de clase extremadamente introvertido y solitario, encuentra el diario y conoce a Sakura, casi sin quererlo, entre los dos nacerá una amistad y compartirán muchas confidencias, viajes y momentos. Quiero comerme tu páncreas, la novela de Yoru Sumino, un especialista en la materia, se publicó en el año 2015 online, tres años más tarde en físico, cosechando un grandísimo éxito, que pronto se vio reflejado con la adaptación de 2017 en imagen real dirigida por Sho Tsukikawa. Ahora, nos llega la adaptación en animación, dirigida por Shinichiro Ushijima, un joven talentoso fogueado en varias series de animación, y lo hace desde la relación íntima y profunda de dos amigos a su pesar, dos compañeros de clase de instituto que, en otras circunstancias, quizás no se hubieran mirado ni siquiera relacionado, pero, las cosas son de otra manera.

La casualidad hace que Haruki, al que todos llaman “Yo”, descubra el diario y lea el terrible secreto que oculta celosamente Sakura, y donde podría haber rechazado o antipatía, sucede todo lo contrario, y entre los dos, con las reticencias y extrañeza de los inicios, ya que son dos polos opuestos, tanto en carácter como en la relación con su entorno y los demás. Sakura es extrovertida, jovial, explosiva y llena de entusiasmo y alegría, una celebradora de la vida y el hecho de vivir, en cambio, “Yo” es todo lo contrario, sumido en su interior, asume su realidad en soledad, de carácter muy reservado y ajeno al entorno, y sobre todo, a los demás. Dos formas de mirar y relacionarse con la vida y el mundo, dos formas tan diferentes que acaban por relacionarse en una primavera que les cambiará las vidas para siempre. Ushijima hace gala de un virtuosismo plástico, tanto en el dibujo como en la animación, creando un caleidoscopio de colores, texturas y sensaciones inabarcables e infinitas, en la mejor tradición de la animación japonesa de grandes autores como Miyazaki y Takahata, y todos sus predecesores en el Studio Ghibli, y talentos como Mamoru Hosoda, Makoto Shinkai y Hiromasa Yonebayashi, y jóvenes de la talla de Naoko Yamada, Mari Okada, entre otros, cineastas que han construido una animación asombrosa en su forma y contenido, a través de relatos duros y reales, donde la vida se torna agridulce, difícil y alegre, llena de sinsabores e ilusiones.

Un cine de bellísima factura, donde la gama de colores y sensaciones atraviesan a los espectadores, confirmando el grandioso momento de la animación de antes, ahora y siempre, con narraciones asombrosas donde abarcan cualquier tema, por muy duro o complejo que sea, dotando a sus relatos de fuerza, energía y ritmo. En Quiero comerme tu páncreas, el cineasta japonés nos cuenta los últimos meses de Sakura, ya que arranca la película con su funeral, y a través de un largo flashback, que abarca los 108 minutos de su metraje, nos explicarán la relación diferente e íntima que tienen sus dos protagonistas. Dos seres alejadísimos, diferentes y con vidas opuestas, se encontrarán y se conocerán, y verán que tienen más en común de lo que en un principio pensaban, y compartirán todos esos momentos que Sakura verá por última vez, generando multitud de recelos y antipatías con sus más allegados compañeros de clase, como su ex que no ve con buenos ojos la relación, así como la mejor amiga de Sakura, que la rechaza por completo.

Los dos chicos vivirán su relación, a la que todavía nos aben como llamar, pero la sentirán y aprenderán tanto del uno como del otro, dejándose llevar por esa ciudad llena de centros comerciales, donde vivirán las emociones de compartir una comida al vapor, un helado en la cafetería más cool, un viaje en tren que los llevará a caminar por otros lugares, o compartir la cama en una noche de hotel, etc… experiencias de todo tipo que les llevarán a abrir sus corazones, a desenmarañar las emociones que ocultan en su interior, a sentirse más próximos el uno del otro, viviendo una relación de amistad o algo más, porque ni ellos mismos saben que les está ocurriendo, y si eso será el principio o el final de algo, porque su tiempo se agota, su tiempo es limitado, porque cada momento que pasan uno al lado del otro, pueda ser el último instante que vivan juntos, que compartan.

El director japonés ha construido una película que es un hermosísimo canto a la vida a través de la muerte, una emotiva y sensible relación que huye del sentimentalismo y las estridencias argumentales, dos seres que se quieren, que también se aman, aunque todavía no lo saben o quizás, nos e atreven a admitirlo, que se dejan llevar por la vida y todo aquello que les ofrece, como esos naranjos en flor, que celebran la primavera como si fuera la última que vivirán, ajenos al mundo, llenos de alegrías e ilusiones, porque mientras dure la primavera, ellos seguirán floreciendo, con todo su esplendor y belleza, sintiendo que cada espacio recóndito de su tronco, ramas y flores sirven para dar más luz a un mundo tan necesitado de dejarse llevar por la vida y celebrarla a cada instante, a pesar de los pesares y a pesar del tiempo que nos quede. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

La sombra del pasado, de Florian Henckel von Donnersmarck

NO APARTES LA MIRADA.

Hace trece años, la película La vida de los otros, sorprendió a propios y extraños con una historia ambientada en la RDA de los años 80, en la que un agente de la Stasi espiaba a la pareja formada por un reconocido escritor y una actriz. Una película que describía un tiempo, un lugar y las relaciones oscuras y contradictorias que se vivían en una atmósfera opresiva. Detrás de todo esto descubrimos a su director, Florian Henckel von Donnersmarck (Colonia, Alemania, 1973) que recibió elogios de todo el mundo. Sorprendió con su siguiente película The Tourist (2010) lanzándose al mercado de Hollywood con un producto sin más acompañando a dos star como Jolie y Depp. En su tercera película, La sombra del pasado, vuelve al marco de La vida de los otros, en una película que recorre casi treinta años de la historia de Alemania que arranca en el año 1937 con los nazis en el poder, seguirá con la Segunda Guerra Mundial, el fin del Tercer Reich, la temible posguerra, el exilio en la Alemania del Oeste, y finalmente, la consagración como artista en 1966 del protagonista Kurt Bartnert, personaje basado en la figura del artista alemán Gerhard Ritcher, si bien la película no es una biografía al uso, se recogen varios momentos de su agitada existencia desde su infancia hasta su edad adulta.

El cineasta alemán nos convoca en una película de 190 minutos, en la que abarca varios temas como la familia, donde se instala el cariño y la comprensión, pero también, la mentira y la hipocresía, las consecuencias de los errores del pasado, en la figura del Professor Seeband, antiguo médico nazi que asesinó y esterilizó a cientos de mujeres aquejadas de problemas mentales o físicos, que intenta limpiar su pasado alimentando su nueva posición política en esa Alemania del Este, ahora socialista y hermanada con los soviéticos. Y finalmente, el arte visto desde varios prismas, como propaganda y recuerdo histórico en la RDA cuando empieza el joven Kurt, y más tarde, en Dresde, como expresión artística y humanista que habla de nosotros y todo aquello que nos rodea, como herramienta eficaz y necesaria para enfrentarse a los males que nos acechan y así encontrarnos con nosotros mismos y perdonarnos.

El relato se centra en las relaciones personales, arrancando con la de Kurt de niño y su tía, Elisabeth May, que le abre el mundo al conocimiento del arte y su valor como pintor, una tía que, debido a sus problemas mentales, será internada en un centro y posteriormente, esterilizada y asesinada por el equipo del Professor Seeband, y más tarde, cuando el joven Kurt estudia en la escuela de arte conocerá a Ellie, una hija de Seeband, de la que se enamorará, desconociendo los dos el terrible secreto que los acecha. Una película de idas y venidas, de personajes que constantemente tienen que empezar otra vez, hacerse su propio camino dentro de la desestabilización que primero provocaron los nazis, la guerra, y después la división en dos de un país, y las dos zonas delimitadas entre un mundo y otro, y como los individuos vivían, o más bien, sobrevivían en ese caos social, económico y cultural.

Henckel von Donnersmarck centra su película en la figura de Kurt Bartnert, sobrino de tía asesinada por los nazis, hijo de profesor represaliado por haber sido nazi y desahuciado en la posguerra, y los descubrimientos del joven en la escuela de arte, destacando en la sobriedad y delicadeza en su trazo y erigido por la RDA como un gran muralista de propaganda política, luego el exilio y descubriendo otro mundo en la RFA y convirtiéndose en uno de los artistas más reputados de su tiempo, yendo cada vez más allá y sabiendo que en el arte no hay reglas, ni normas, sólo emociones y profundidad, creando un arte libre, humanista y comprometido. La película maneja con audacia el tempo histórico, como la síntesis explicativa que hace del período de la Segunda Guerra mundial, con esos aviones sobrevolando el pequeño pueblo donde vive Kurt y su familia, o los grandes cambios sociales y culturales que se van desarrollando tanto en una Alemania como otra, sumergiéndonos con naturalidad en esa atmósfera cotidiana y familiar con tintes de thriller, en el que sabremos constantemente el peligro y la terrible verdad que acecha a la joven pareja que protagonizan una delicada y sensible historia de amor, viviendo en esa buhardilla como los enamorados de Cold War, en el que su sencillez y austeridad material contrasta con esas ansias de libertad personal y creativa que mantiene Kurt.

El director alemán opta por el excelente músico Max Richter (autor de obras tan maravillosas y contundentes como Vals avec Vashir, de Folman, Sutter Island, de Scorsese, o los trabajos de Villeneuve, entre otros) en una partitura que sabe manejar con soltura los momentos más alegres con los amargos, sin caer en estridencias ni nada que se le parezca, haciendo de la sutileza su mejor aliado, en un relato duro y amargo sobre el olvido y lo necesario de recordar, en la que nos habla de frente a los males pasados e invita a la reflexión, a no apartar la mirada, a mirarlos de frente, a hacer examen de conciencia, a enfrentarlos y enfrentarse a uno mismo, a construirse constantemente sin obviar ese pasado oscuro y terrible que también nos ha llevado al momento justo en el que estamos, en una película llena de laberintos históricos y personales, donde la historia y la vida cotidiana se mezclan y confunden en un fresco histórico que recuerda a Heimat – La otra tierra (2013) de Edgar Reitz, en la que se recorría la historia de Alemania del siglo XIX a través de unas familias de un pueblo ficticio.

Un reparto magnífico que dan vida a unos personajes humanos, unos y ambiguos, otros, encabezados por Tom Schilling dando vida a Kurt, un espíritu libre que se ha ido labrando su vida y su arte desde abajo, confiando en su instinto y en el amor hacia Ellie, Sebastian Koch interpreta al Professor Seeband, que ya fue el escritos espiado en La vida de los otros, un ser oscuro que oculta un oscuro pasado e intenta lavar su imagen en el nuevo país socialista, y Paula Beer, que fue la joven que espera pacientemente a su enamorado de La Gran Guerra en Frantz, de Ozon, interpreta a la hija de Seeband, que desconoce el pasado del padre, y mantiene un amor puro y libre con Kurt, dos enamorados en ese mundo que oculta tantas barbaridades, el amor convertido en ese paraíso indomable para soportar los males del ser humano, o al menos llevarlos de de la mejor manera posible. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Namrud, de Fernando Romero Forsthuber

LA CANCIÓN PROTESTA.

“Huele algo, no es un buen olor. /Huele como a gato muerto. /Lo he buscado, pero no he podido encontrarlo. /No puedo vivir con este olor. /Tienen un plan para mí que tengo que descifrar. Antes de que caven un hoyo y  me tiren dentro”.

Jowan Fafadi es un músico palestino-israelí que tiene como nombre artístico Namrud, término  que  hace  alusión  al  personaje  bíblico  que  construyó  la  Torre  de Babel  donde,  según  el  Génesis,  convivía  en  paz  toda  la  humanidad  antes  de  esparcirse  por  el  mundo cuando  aparecieron  los  idiomas  y  las  etnias. Namrud es un artista que hace música protesta junto a su banda “Fish Samak”, letras de crítica social que aluden directamente a la ocupación y el hostigamiento del gobierno israelí contra el pueblo palestino. Una música que le ha llevado a estar varias veces arrestado y juzgado, pero Namrud  no se amínala y sigue en sus trece, hablando de política y de todo aquello que le sacude de su alrededor con el fin de hacer una tierra mejor para él y los suyos, cantando a sus ancestros, las contradicciones y el no futuro que se respira en la zona, que desde 1948, cuando se declaró el estado de Israel,  y posteriormente en 1967, vive una situación de ocupación por parte del Estado de Israel en su afán de expulsar a todos aquellos diferentes de raza o religión.

La película de Fernando Romero Forsthuber (Sevilla, 1983) que ha crecido en Viena y se ha formado como cineasta en Austria, se estructura en forma de diario íntimo y cotidiano del músico al que seguimos incansablemente en su vida diaria, junto a su hijo adolescente Don. La cámara de Romero no juzga lo que ve, solo filma esa proximidad desde todos los ángulos posibles, sin entrar en ningún momento en el modus viviendi, tanto artístico como personal del músico, si hay respeto y admiración hacia alguien que utiliza la música como protesta y crítica contra el sistema establecido, como vía de comunicación política y social para acceder al pensamiento de la población, para arma de conciencia en una sociedad demasiado acostumbrada al conflicto y la confrontación, unas gentes que viven azotadas diariamente por el invasor israelí, y también, a todos aquellos que aplauden y apoyan esa política de aplastamiento y desaparición contra el pueblo palestino.

Quizás la frase que mejor define el espíritu de este músico underground, y muy famoso en las redes sociales, de actitud rebelde, libre e incomprendido sea la que escuchamos en un momento en la película: “Cuando la mentira es mainstream, la verdad resulta provocativa”. Jowan Safadi, alias Namrud, es un hombre-músico que vive y respira en una tierra ocupada, que años atrás, muchos más, quizás demasiado, vivió otra realidad, como se cuenta en boca de algún familiar mayor del músico, una tierra llena de sangre y muchas heridas, cercada incomprensiblemente, como demuestra el arranque de la película cuando Namrud señala, en los lugares fronterizos, las divisiones creadas y la importancia de nacer en un lado u otro, una circunstancia que modifica toda la existencia de alguien. Safadi habla en sus canciones de cualquier tema político, desde una situación e libertad y generosidad hacia aquellos que sufren o aquellos que no tienen voz, explica realidades cercanas como las políticas sangrientas y fascistas del gobierno israelí, los árabes que fueron entonces y ahora se sienten israelíes y claman a favor de las expulsiones, dispara sin piedad a todos aquellos que defienden las fronteras, divisiones y demás hostilidades de la zona, y a los que olvidaron para sentirse más israelíes y otros que se defienden de los suyos para sentirse más cercanos a los israelíes, actitudes falsas, hipócritas y viles, explicando un pasado que nunca existió y ayudando al invasor.

Safadi tiene que lidiar con un hijo rebelde y vago, un chaval que le ayuda con sus canciones, a escucharlas y opinar sobre ellas, que lo admira, pero también, quiere vivir su propia vida a pesar de su corta edad, con su boxeo y su carácter, además de todo eso, el músico hace música, toca en conciertos, ve a su familia y amigos, rueda videoclips, asiste a manifestaciones de protesta y se implica en su sociedad a todos los niveles, moviéndose bajo unos ideales en los que cree, sentimientos humanistas, un músico que cree en lo que hace y piensa en la música como herramienta necesaria y fundamental para derribar fronteras, tender puentes, aniquilar nacionalidades y construir verdades acercando a los seres humanos, a unos y otros, mirándolos en su interior, sintiéndose cercano a todos ellos, y creyendo que la música puede ser un vehículo admirable y brutal para acabar con tantas diferencias estúpidas y falsas. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

La caída del imperio americano, de Denys Arcand

EL FILÓSOFO, LA PROSTITUTA Y EL CEREBRO.

“Los signos del declive del imperio abundan, la población que desprecia sus propias instituciones, el descenso de la tasa de natalidad, el rechazo de los hombres a servir en el ejército, la deuda nacional incontrolable, la disminución constante de las horas laborales, la proliferación de funcionarios, la decadencia de las élites. Una vez esfumado el sueño marxista leninista, no queda ningún modelo de sociedad del que se puede decir, así nos gusta vivir. Y a nivel individual de no ser, un místico o un santo, es prácticamente imposible encontrar un ejemplo que nos sirva de modelo. Lo que estamos viviendo es un proceso de erosión general de toda la existencia” (Dominique en El declive del imperio americano)

La filmografía de Denys Arcand (Deschambault, Quebec, 1941) se divide en dos partes bien diferenciadas. La primera arrancaría en 1962 con Seul ou avec d’autres y abarcaría hasta el año 1980, con títulos de carácter social en el que profundizaba en los problemas de los trabajadores, sus derechos, obligaciones  y contradicciones. A partir de la fecha citada y con la decepción originada por el resultado del referéndum sobre el Quebec, el cineasta canadiense abre una nueva vía en su cine en la que emprenderá la “etapa americana”, según sus palabras, ya que explorará los diferentes problemas emocionales, sociales, económicos y culturales de la clase burguesa.

En 1986 con El declive del imperio americano, cosecharía un enorme éxito de crítica y público, centrándose en las peripecias de un grupo de profesores universitarios y sus amigos envueltos en una jornada, que a través de exquisitos diálogos se evidencian las enormes diferencias entre hombres y mujeres en todos los ámbitos, y sobre todo, en el amor y en el sexo, convirtiéndose la película en todo un fenómeno social por su contundencia en criticar a tumba abierta la reinante hipocresía, superficialidad, banalidad y cinismo de una sociedad enferma, falsa, deshumanizada y carente de cualquier valor humano, y sobre todo, en caída libre, sin nada que hacer ante tanta mercantilización de todo. En el año 2003 con Las invasiones bárbaras, retomaría los mismos personajes y la casa en cuestión para acercarnos a los restos del naufragio de una generación a la deriva, perdida, vacía y torpe en todos los sentidos, a nivel laboral, social y humano, en una sociedad que escarbaba sin tapujos en su propia descomposición y compasión, como aquel que ya ni ríe de su propio egoísmo y banalidad, solo esperando su desaparición sin más, rodeado de un entorno lleno de espectros y casas podridas.

Siguió con La edad de la ignorancia (2007) y El reino de la belleza (2014) dos exploraciones más aún de esa sociedad capitalista vacía y muerta, en estado vegetativo donde todo vale y nada tiene el más mínimo sentido, en el que todo está en venta con el único fin de amasar dinero y comprarlo todo, un tiempo sin referentes ni modelos donde la supremacía del dinero se ha convertido en el sentido vital. En La caída del imperio americano, Arcand vuelve a ser el cineasta espejo de su tiempo y continúa disparando a diestro y siniestro atacando a todo el sistema capitalista, en el que los EE.UU. sería ese imperio americano invasor y malvado que destruye todo atisbo de humanidad del mundo, como hizo aquel otro imperio romano en su tiempo. El veterano cineasta sacude con vehemencia, pero también con humor, quizás nos invita a reírnos no para solucionar el acabose general, sino para llevar mejor esta tragedia en la que vivimos, o algo parecido. Viendo el arranque de la película, más propio del thriller setentero o alguna de Tarantino, donde en mitad de un atraco perpetrado por dos jóvenes delincuentes que están robando a quién se lo pide, ya que a su vez, quiere robar el dinero de las élites para los que trabaja, aparece un tercer atracador con la intención de robar a los primeros atracadores, y se origina un intenso tiroteo que acaba con la vida de dos atracadores y escapando un tercero. Y en esas, y aquí entraría la comedia de Tati o Lewis, aparece un repartidor y al ver dos mochilas repletas de millones de dinero, las introduce en su furgón y hace ver que no sabe nada.

A partir de ahí, todo se retuerce aún más si cabe, porque el repartidor se trata de Pierre-Paul Daoust, un tipo joven amante de literatura y doctor en filosofía que reparte para ganarse la vida dignamente, y ante tal cantidad de pasta, decide contratar la compañía de Aspasia, una prostituta de lujo que en realidad se llama Camille, de la que se encariñará y mucho, y también, contactará con Sylvain Bigras, un reputado estafador que acaba de salir de la cárcel para sacar el dinero del país sin que la policía que le pisa los talones los detenga, mientras los gánsteres agudizan el ingenio para ajustarse las cuentas. Contado así parece una comedia rocambolesca como aquellas que hacían en Italia en los cincuenta y sesenta, pero Arcand con su ingenio demostrable, nos atrapa con su aparente sencillez y ligereza, aunque toda su apariencia oculta una crítica feroz y amarga a la estructura económica que mueve el mundo capitalista, una fábula socio política en que todos se mueven por dinero, por el poder y la belleza del dinero, por el “vil metal” que le llamaba Don Lope, el protagonista de Tristana, primero con la pluma de Pérez Galdós y luego con la cámara de Buñuel, ese material tan preciado convertido en nuestros tiempos en principio y fin de todo, donde el ser deshumanizado da su vida y todo lo que tiene por conseguir algunos fajos de ese bien actual, para unos pocos, la vida, y para la gran mayoría, la fuente incesante de tragedias y desgracias infinitas.

Arcand nos presenta tres individuos entre el vacío, la frustración y el no sentir personal, enfrascados en este berenjenal, tres almas que en apariencia no se meterían en un embolao de tamañas características, pero las circunstancias les han puesto delante una indecente cantidad de dinero que los podría retirar de por vida, pero eso sí, con cabeza, con mucha cabeza. El realizador canadiense enmarca su cuento moral en la actualidad, en la estrategia que siguen estos tres “robin hoods” de nuestro tiempo para salirse con la suya, moviéndose con pies de plomo, y centrando su plan en minuciosos movimientos para no alertar ni a los polis ni a los dueños del parné. Los seguiremos por todo tipo de ambientes, desde almacenes donde dejar mercancía comprometida, parques turísticos que pasan desapercibidos, comedores sociales donde echar una mano, apartamentos de lujo que antaño fueron ideas de hogar no consumadas, almacenes sin uso desde la calle peor en funcionamiento desde dentro, y oficinas lujosas donde los magnates del “Money” mueven la pasta con un par de ordenadores y un teléfono, y nos cruzaremos con tipos de toda clase social como los tres susodichos protagonistas, socios por necesidad, polis frustrados con aires de grandeza y con sentido moral y legal, matones duros, caras visibles de los poderes que mueven los hilos, muy podridos y salvajes, sin techo que no tienen nada y sueñan con una sonrisa amable, y banqueros y movedores de dinero, jefes e intermediarios que conocen la ley y toda su incongruencia, estupidez e inutilidad, leyes que hacen ilegal lo banal, aquello que se mueve en lo más cotidiano, y por el contrario partida, protegen las grandes cifras y los dueños de estas.

La película se maneja entre extremos, desde sus espacios como sus personajes, todos parecen interpretar su rol, representar un mundo ajeno al real, o quizás, ya no hay mundos reales o al menos no como los había hace miles de años, y ahora, todos, exclusivamente todos, interpretamos un personaje, alguien muy ajeno a nosotros, porque nuestra identidad se ha esfumado o ya no la recordamos, porque el dinero y la su consecución se ha convertido en la realidad de nuestras vidas, en lo único real de nuestras existencias vacías y sin sentido. Arcand nos habla de drama real, de comedia al estilo Estudios Ealing, donde unos cualquiera, un frustrado filósofo más perdido y agobiado que todo, ahogado en su propia existencia acaba fornicando y luego relacionándose con una joven prostituta igual de perdida que rechaza constantes propuestas de matrimonio de viejos decrépitos que engañan a sus esposas siliconadas, y ex convictos cerebritos del dinero (magnífico en su personaje el intérprete Rémy Girard, actor fetiche de Arcand que ya era el salido sin escrúpulos de El declive del imperio americano, y el enfermo de cáncer amargado de Las invasiones bárbaras) que saben manejarse entre aquellos poderosos en la sombra sedientos de pasta, y aquellos otros mindundis que se dejan llevar por inesperados golpes de suerte. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Ballad from Tibet, de Zhang Wei

DERRIBANDO BARRERAS.

El sistema en su afán de categorizar y etiquetar a todos impone una sociedad clasista, injusta y llena de diferencias y obstáculos, a los que las personas más vulnerables, ya sea en el aspecto económico, social, cultural, físico o emocional son las que padecen esa sociedad de primeros y terceros mundos, una sociedad que se rige por la superficialidad, la insolidaridad y atenta contra todo aquello que etiqueta de diferente, extraño o enfermo. Cuatro niños son los protagonistas de esta historia, cuatro niños diferentes al resto, empezando por Thumpten, que ve de manera disfuncional por uno de sus ojos, con el otro no ve nada, sus tres amigos completamente ciegos son Droma, una adolescente guapísima que se niega a ser tejedora y una más en su casa, y persigue su sueño de cantar a pesar de las imposiciones familiares, también está Sonam, un masajista bien valorado pero ama tocar su instrumento ancestral y cantar como sus antepasados, y finalmente, Kalsang, el más pequeño de la terna, que sueña con tocar su flauta artesanal. Los cuatro viven en las montañas del Tibet, y los cuatro sueñan con ir al programa “Deseo cantar”, de la televisión de Shenzhen, que da una oportunidad a todos aquellos que sueñan con cantar, aunque del Tibet a Shenzhen hay una distancia enorme, pero los cuatro amigos, ocultándoselo a todos, incluso su profesor, deciden lanzarse a la aventura y viajar hasta Zhenzhen e ir a cumplir su sueño, a pesar que no será una tarea ni mucho menos fácil.

El director Zhan Wei (Hunan, China, 1965) ha construido una filmografía en la que mira hacia las clases más marginales de su país, sumergiéndose en sus vidas más cotidianas y en los problemas que los acechan, visibilizando sus reivindicaciones y denunciando sus condiciones desfavorables de vida. En su quinto trabajo mira hacia los niños invidentes, basándose en un caso real cuando un grupo de niños ciegos cantaron en el “China’s Got Talent”, cosechando un gran éxito. Wei nos sumerge en una película humanista y sincera, en un relato honesto sin estridencias argumentales ni nada por el estilo, huyendo del sentimentalismo y la compasión, experimentando con el viaje de estos chavales enfrentándose a los múltiples obstáculos que se encontrarán en su particular odisea, en el que cada barrera de la naturaleza se convierte en un reto para ellos, y para la relación que se torna difícil, entendiendo que se necesitan unos a otros si quieren arribar a buen puerto con su dificultosa empresa.

Wei nos habla de solidaridad, fraternidad, amor y libertad, de valores que parece que muchos han olvidado o los entienden a su manera, que resulta muy alejada de la realidad social que muchos viven en su cotidianidad. La narración tiene ritmo y pausa, tiene ese aroma de road movie, del camino como descubrimiento, crecimiento y reto personal, en el que nos encontraremos personajes solidarios y profundos, donde también habrá sus diferencias y formas de ver el problema de los niños. La sinceridad y autenticidad que emana la interpretación de los cuatro adolescentes invidentes consigue sumergirnos con naturalidad e intimidad en su odisea, mostrándonos sus miedos e ilusiones, en todo aquello que los hace ser como son, en el que los cuatro amigos seguirán firmes en su idea, caminando sin detenerse, y encontrándose a unos y otros que les ayudarán como un pastor que los alimenta y los guía, o la flota de moteros que los transporta un rato o el joven productor de televisión que se solidariza con su causa, llevándolos al programa y enfrentándose a su jefa para ayudarles, y sin olvidarnos de su profesor que también va en su búsqueda.

La película rinde tributo a lo diferente, a los que viven de forma alejada al resto, a mirar de frente la adversidad, la enfermedad y las herramientas que manejan los ciegos para tener una vida plena y dichosa como cualquier ser humano, venciendo sus barreras personales y sociales, quizás estas últimas son las más terribles, ya que los confinan a una vida solitaria y vacía, muy alejada de sus sueños, de sus formas de ser y su manera de entender su discapacidad y saber que solo ellos tendrán que vencer a unos y otros para así ser quiénes sueñan con ser. La película se ve bien, con buen ritmo y personajes atrayentes y sutiles como los niños, acompañando los majestuosos paisajes del Tibet, y confrontando la realidad rural con la urbana, y sobre todo, la necesidad de confiar unos de otros, alejándose de todo aquello que nos diferencia, y siendo capaces de disfrutar de la vida y reírse de ella sin tener que compadecerse de uno mismo. Una película bella y honesta, profunda e íntima, que nos habla de valores que tristemente han sido relegados a otros, a aquellos invisibles por tener una discapacidad, esta película nos habla de ellos, de sus ilusiones, sus sueños y todo aquello que bulle en el interior de cualquier adolescente que sueña con cantar y expresar todo su interior. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Boi, de Jorge M. Fontana

EXTRAÑO DE SÍ MISMO.

Si pensamos en alguien joven y perdido, abatido, a la deriva, alguien que no reconoce su reflejo al mirarse en un espejo, muchos de nosotros pensaríamos en el Antoine Doinel de El amor en fuga, una especie de individuo solitario, con problemas existencialistas y perdido sin su amor, que acaba introduciéndose en una extraña espiral de inciertas consecuencias, una especie a la que podríamos añadir el Paul Hackett de After Hours o el Doc Sportello de Puro vicio, o el más reciente Sam de Lo que esconde Silver Lake. Tipos de vidas aburridas, perdidas en su inmadurez, agotadas de tantos arranques que quedaron en nada, y sumergidas en la más anodina existencia, se enfrascan, casi sin pretenderlo o si, en esos submundos inquietantes y siniestros, aquellos de los que exploraba David Lynch en sus relatos, de los que saldrán ni mejor ni peor que antes, pero, eso sí, sobrevivirán conociéndose más a sí mismos, y quizás más perdidos que antes. Boi es uno de estos tipos torpes y perdidos, alguien que podría haber llegado más lejos si de verdad así lo hubiera querido, y por lo contrario, se ha quedado ahí, en tierra de nadie, verlas venir y aceptando trabajos de medio pelo, trabajos-refugio como conductor privado. Además, Boi, por su inexperiencia en lides de pareja, se ha quedado solo, añora a su novia y desconoce su paradero. Arranca la película describiendo la actitud y el ala de este tipo, llegando tarde a su cita laboral de recoger a un par de chinos procedentes de Singapur.

Boi los llevará de un lugar para otro de una Barcelona grisácea, muy alejada de la postal turística, en la que sabiamente huye de estos lugares tan reconocibles, moviéndose por la periferia poblada de núcleos con enclaves industriales de gran florecimiento posmoderno. Seguiremos a Boi, como alma perdida que deambula con su automóvil y sus clientes de un sitio a otro, y extraño cuando no está con ellos y lentamente, también lo estará a medida que avanza el metraje de la película. Jorge M. Fontana debuta en el largo después de foguearse en el cortometraje con un relato que arranca como una comedia existencial para lentamente adentrarse en un thriller nocturno de forma pausada y calibrada, sin prisas ni estridencias argumentales, todo va sumergiéndose en esa especie de entramado con varios actores de por medio en estas dos jornadas sin fin. Si bien la primera mitad visitaremos los aledaños de los negocios y mucha calle, en la segunda parte, iremos con Boi y sus extraños y peculiares clientes a esa Barcelona canalla, de locales sacados de Eyes Wide Shut, de Kubrick o Blue Velvet, de Lynch, donde ocurren las cosas más raras y extraordinarias, por su sordidez y tenebrosidad, o esos espacios abandonados que encuentran la nocturnidad su mejor aliado, o negocios de dudosa legalidad como desguaces o cosas por el estilo.

El 35mm obra de Nilo Zimmerman imprime esa naturalidad espectral que también va con el espíritu de la película, dotándole ese magnetismo de extrañeza y locura que sufre el personaje de Boi. Un Bernat Quintana en estado de gracia da vida a Boi, un tipo que hemos sido alguna vez en la vida o todavía lo somos,  con su mirada ausente y observadora, una especie de voyeur en su vehículo, como único lugar en el cual se siente algo bien, su cáscara de protección, que sin comerlo ni beberlo, va participando como testigo presente o no, en las peripecias al más puro estilo noir de sus clientes, sin conocer su contenido, situación que aún lo hace más vulnerable y estúpido, bien acompañado por Mou que interpreta Man Mourentan, como esa especie de hermano mayor de Boi, que parece salido de una película de Tarantino, de esos que viven solos y acompañados de millones de gatos, alguien que parece que no está pero se entera de todo, y la terna de clientes chinos, con sus diálogos que evidencian aún más si cabe ese laberinto sin salida que está metiéndose el peculiar Boi, y finalmente, Miranda Gas hace de Anna, el objeto romántico de Boi, esa mujer que quizás le ha dado más que él mismo en toda su vida.

Fontana debuta en el largo con una película fantástica y bien narrada y filmada, mezclando géneros, estilos musicales y situaciones que acaban casando de forma natural, mostrando sus referencias sin ser explícito ni adulador, consiguiendo dotarlas de su estilo personal e íntimo, en un relato que se ve bien y se disfruta mejor, sin que sus 110 minutos resulten facilones o poco atractivos, sabiendo sacar el máximo provecho a su austeridad, llevándonos sin aspavientos argumentales ni sentimentalismos a ese submundo de otro submundo, a todo aquello que se oculta bajo la alfombra o detrás de los arbustos de una noche desconocida y muy extraña, conduciéndonos a esos sitios a los que alguien prudente y cabal nunca iría,  a los pliegues de las ciudades, alejados de las miradas inquisitivas, a esa noche donde todos somos pardos, incluso los gatos, en una especie de huida consciente o no de Boi, en un viaje a lo oscuro y desconocido como aquel que hacia Alicia casi sin pretenderlo, solo movidos por esa extraña curiosidad cuando la soledad amenaza y parece que o hay nada que perder.