Viva, de Aina Clotet

NORA DESPUÉS DEL CÁNCER. 

“Encuentra el éxtasis de la vida; la mera sensación de vivir es alegría suficiente”. 

Emily Dickinson

Todavía recuerdo las grandes interpretaciones de Aina Clotet (Barcelona, 1982), en películas como 53 días de invierno (2006), Elisa K (2010) y La filla d’algú  (2019), y en las tablas en Escenes d’un matirmoni/Saraband en el TNC. Una actriz de piel, de cuerpo y gestos que traspasan personajes frágiles, vulnerables y humanos. En 2016 debuta como directora en el cortometraje Tiger, para luego codirigir la serie Això no és Suècia (2023), que combinaba drama, comedia y realidad en una pareja que intenta cuidar y educar de forma sana a sus hijas. Viva, su primer largometraje tiene mucho de la citada serie, porque fusiona muchos elementos como la realidad más cotidiana, bien sazonada entre el drama diario con el humor y siempre con una agilidad en la trama e inventada situaciones tan cotidianas como humanas. Un guion coescrito por la propia directora junto a Valentina Viso, también cocreadora y coguionista de la citada serie, en la que siguen ininterrumpidamente la existencia de Nora, una tía de cuarenta y pocos tacos, como cantaba Sabina que, acaba de salir de un cáncer y la vida la sumerge en una dicotomía de vivir como hasta ahora o lanzarse a explorar sin mesura. 

El personaje se lanza a explorar y a explorarse, sin medida, sin seguro y sin nada, en una vida/limbo en el que deja la seguridad y la monotonía de Tom, con el que lleva muchos años, y la aventura y la excitación sexual que significa el joven Max. La vida ya no espera, no se pospone, se vive intensamente, sin saber qué pasará mañana, en un mar de libertad, de exploración íntima, donde el sexo es una forma de libertad y liberarse, de hacer y ser, de no tener miedo a lo que vendrá y a dejarse llevar por las circunstancias, dejando atrás tanto pensar, controlar y planificar. La Nora tiene muchas similitudes con Geni, el personaje de Tots volem el millor per a ella (2023), de Mar Coll, coescrita por la citada Valentina Viso, en el que la mujer de vida marcada y estructurada, tiene un accidente que la hace girar el timón y empezar una vida completamente diferente, menos rígida, menos racional y más vital. Además, Nora es científica y vuelve a trabajar, con vistas de alargar la vida y hacer un futuro mejor. Y cómo no, están sus padres: el padre, científico como ella, y la madre, una locaza que es psiquiatra. Todos los contrapuntos, contradicciones y altibajos de la nueva vida de Nora, como evidencia la fantástica secuencia en la noria y en la feria como una especie de renacer y ser otra.

Para su primera aventura como directora, Clotet se ha rodeado de cómplices como Nilo Zimmerman, que le acompañó en Tiger y la mencionada Això no és Suècia, componiendo una película con una cámara que se pega al personaje principal, con muchísima luz, cegadora y tenue cuando toca, en uno de esos veranos muy calurosos y asfixiantes, con la inclusión de los insectos, tan significativos y reveladores, que recuerda al cine de Buñuel, con unos encuadres en los que la omnipresente Nora traspasa la pantalla, en un personaje que podemos tocar, sintiendo su piel, un cuerpo que respira deseo, libertad y contradicciones. La música de Clara Aguilar, de la que conocemos sus trabajos en Suro, Creatura (otra película hermana en la inmersión en el deseo femenino), y El príncep, entre otras. Unas melodías que, junto con los otros temas dance, van componiendo un mapa lleno de alegrías y tristezas que va exprimiendo Nora. El montaje de Aina Calleja, habitual de la citada Mar Coll y Nely Reguera, amén de estar en Això no és Suècia, en un relato que se va a casi las dos horas de metraje, que tiene intensidad, profundidad y sensibilidad de la que nos hace pensar, sentir y dejarnos llevar, entre el llano y la risa, entre la libertad y la seguridad, entre la vida y la muerte. 

Un reparto magnífico y muy bien escogido en el que encontramos rostros de verdad como Marc Soler que hace el joven bailarín Max, al que hemos visto en series como Celeste. El personaje de Tom, la pareja de años, lo hace Naby Dakhli, que compartió elenco con Clotet en Rastres de sàndal. Tenemos a unos sorprendentes padres de Nora en las interpretaciones de Guillermo Toledo y Lloll Bertran, que transmiten ese espejo/reflejo en el que vive la protagonista. También vemos a una interesante Laura Conejero, y unos estupendos Zaira Pérez y Xavi Daura, uno de los “Venga Monjas”, como una peculiar pareja. He dejado para el final la interpretación de Aina Clotet, que es una maravilla, llena de matices, detalles, amor, sexo, cuerpo, piel, gesto y mirada, en quizás, una de las interpretaciones de su carrera hasta la fecha. No se demoren mucho en ir a ver Viva, porque ya conocen cómo funcionan los ritmos de los estrenos en estos tiempos que corren, porque si llegan tarde, se habrán perdido una película de verdad, uno de esos retratos impecables, contundentes y profundos sobre qué ocurre después de pasar una enfermedad como el cáncer que casi nos mata. Nora, no podía llamarse de otra manera, lo tiene muy claro, va a dejarse de tanta agenda y lista, y va a lanzarse a vivir, pese a quién pese, y pase lo que pase, y a sumergirse en su cuerpo, su piel, su mente y todo el resto, porque vivir es eso disfrutar, equivocarse, reír, llorar, follar, sentir, no saber qué hacer, ser injusto, ser maduro o no, ser generoso y sobre todo, ser y sentir la vida, y todo lo que tiene de bueno y malo, y de qué se yo. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Boi, de Jorge M. Fontana

EXTRAÑO DE SÍ MISMO.

Si pensamos en alguien joven y perdido, abatido, a la deriva, alguien que no reconoce su reflejo al mirarse en un espejo, muchos de nosotros pensaríamos en el Antoine Doinel de El amor en fuga, una especie de individuo solitario, con problemas existencialistas y perdido sin su amor, que acaba introduciéndose en una extraña espiral de inciertas consecuencias, una especie a la que podríamos añadir el Paul Hackett de After Hours o el Doc Sportello de Puro vicio, o el más reciente Sam de Lo que esconde Silver Lake. Tipos de vidas aburridas, perdidas en su inmadurez, agotadas de tantos arranques que quedaron en nada, y sumergidas en la más anodina existencia, se enfrascan, casi sin pretenderlo o si, en esos submundos inquietantes y siniestros, aquellos de los que exploraba David Lynch en sus relatos, de los que saldrán ni mejor ni peor que antes, pero, eso sí, sobrevivirán conociéndose más a sí mismos, y quizás más perdidos que antes. Boi es uno de estos tipos torpes y perdidos, alguien que podría haber llegado más lejos si de verdad así lo hubiera querido, y por lo contrario, se ha quedado ahí, en tierra de nadie, verlas venir y aceptando trabajos de medio pelo, trabajos-refugio como conductor privado. Además, Boi, por su inexperiencia en lides de pareja, se ha quedado solo, añora a su novia y desconoce su paradero. Arranca la película describiendo la actitud y el ala de este tipo, llegando tarde a su cita laboral de recoger a un par de chinos procedentes de Singapur.

Boi los llevará de un lugar para otro de una Barcelona grisácea, muy alejada de la postal turística, en la que sabiamente huye de estos lugares tan reconocibles, moviéndose por la periferia poblada de núcleos con enclaves industriales de gran florecimiento posmoderno. Seguiremos a Boi, como alma perdida que deambula con su automóvil y sus clientes de un sitio a otro, y extraño cuando no está con ellos y lentamente, también lo estará a medida que avanza el metraje de la película. Jorge M. Fontana debuta en el largo después de foguearse en el cortometraje con un relato que arranca como una comedia existencial para lentamente adentrarse en un thriller nocturno de forma pausada y calibrada, sin prisas ni estridencias argumentales, todo va sumergiéndose en esa especie de entramado con varios actores de por medio en estas dos jornadas sin fin. Si bien la primera mitad visitaremos los aledaños de los negocios y mucha calle, en la segunda parte, iremos con Boi y sus extraños y peculiares clientes a esa Barcelona canalla, de locales sacados de Eyes Wide Shut, de Kubrick o Blue Velvet, de Lynch, donde ocurren las cosas más raras y extraordinarias, por su sordidez y tenebrosidad, o esos espacios abandonados que encuentran la nocturnidad su mejor aliado, o negocios de dudosa legalidad como desguaces o cosas por el estilo.

El 35mm obra de Nilo Zimmerman imprime esa naturalidad espectral que también va con el espíritu de la película, dotándole ese magnetismo de extrañeza y locura que sufre el personaje de Boi. Un Bernat Quintana en estado de gracia da vida a Boi, un tipo que hemos sido alguna vez en la vida o todavía lo somos,  con su mirada ausente y observadora, una especie de voyeur en su vehículo, como único lugar en el cual se siente algo bien, su cáscara de protección, que sin comerlo ni beberlo, va participando como testigo presente o no, en las peripecias al más puro estilo noir de sus clientes, sin conocer su contenido, situación que aún lo hace más vulnerable y estúpido, bien acompañado por Mou que interpreta Man Mourentan, como esa especie de hermano mayor de Boi, que parece salido de una película de Tarantino, de esos que viven solos y acompañados de millones de gatos, alguien que parece que no está pero se entera de todo, y la terna de clientes chinos, con sus diálogos que evidencian aún más si cabe ese laberinto sin salida que está metiéndose el peculiar Boi, y finalmente, Miranda Gas hace de Anna, el objeto romántico de Boi, esa mujer que quizás le ha dado más que él mismo en toda su vida.

Fontana debuta en el largo con una película fantástica y bien narrada y filmada, mezclando géneros, estilos musicales y situaciones que acaban casando de forma natural, mostrando sus referencias sin ser explícito ni adulador, consiguiendo dotarlas de su estilo personal e íntimo, en un relato que se ve bien y se disfruta mejor, sin que sus 110 minutos resulten facilones o poco atractivos, sabiendo sacar el máximo provecho a su austeridad, llevándonos sin aspavientos argumentales ni sentimentalismos a ese submundo de otro submundo, a todo aquello que se oculta bajo la alfombra o detrás de los arbustos de una noche desconocida y muy extraña, conduciéndonos a esos sitios a los que alguien prudente y cabal nunca iría,  a los pliegues de las ciudades, alejados de las miradas inquisitivas, a esa noche donde todos somos pardos, incluso los gatos, en una especie de huida consciente o no de Boi, en un viaje a lo oscuro y desconocido como aquel que hacia Alicia casi sin pretenderlo, solo movidos por esa extraña curiosidad cuando la soledad amenaza y parece que o hay nada que perder.