Entrevista a Fernando Bernués

Entrevista a Fernando Bernués, director de la película “El hijo del acordeonista”, en el Hotel Eurostar Ramblas en Barcelona, el miércoles 10 de abril de 2019.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Fernando Bernués, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño,  y a Emilia Esteban de Olaizola Comunica,  por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño.

El hijo del acordeonista, de Fernando Bernués

LAS CICATRICES NO SE BORRAN.

Los aficionados a la lectura quizás recordarán la novela corta Reencuentro, de Fred Uhlman (1901-1985) en la que exploraba los males del nazismo y sus terribles secuelas en la mirada de Hans, judío, y Konradin, nazi, dos amigos adolescentes que la guerra separó, y su posterior reencuentro en los años sesenta. Mucho de aquella novela encontramos en el libro El hijo del acordeonista, de Bernardo Atxaga (Asteasu, País Vasco, 1951) en la que el escritor vasco se sumerge en la amistad entre David y Joseba, dos chavales que crecen en Obaba, pueblo mítico e imaginario en el universo de Atxaga (una especie de Macondo particular) a mediados de los setenta. Un lugar dividido entre los que ganaron la guerra, el padre y los amigos de David, y los perdedores, el entorno de Joseba, a los que el pueblo asfixiante y conservador se les ha quedado muy pequeño. Este desolador panorama de rivalidades y heridas demasiado abiertas, se convierte en el caldo de cultivo perfecto para que David, por mediación de Joseba, lo deje todo y se convierta en un soldado clandestino que luchará con armas por la causa vasca, junto a su amigo del alma.

El director Fernando Bernués (Donosti, 1951) reconocido en el teatro, televisión y cine, con la que ha codirigido dos películas, debuta en solitario adaptando la novela más personal de Atxaga, que ya tuvo una adaptación teatral en el 2013, dirigida por el propio Bernués. Cuarta novela de Atxaga que llega al cine, con guión de Paxo Telleria (también adaptador en el teatro) en un relato que se divide en dos etapas, en la primera, centrada en los setenta, vemos como David y Joseba viven en ese pequeño pueblo donde las envidias, la miseria moral y lo tradicional mellan a una parte de la población, la vencida de la guerra, la que vive sometida ante el régimen franquista. Y una segunda etapa, la de finales de los noventa, cuando David, gravemente enfermo, recibe la visita de su amigo Joseba, ya adultos, dispuestos a enfrentarse cara a cara y hablar del pasado, cerrar heridas y marchar en paz.

La película viaja de un lugar a otro continuamente, mostrando todos aquellos aspectos oscuros de la vida cotidiana de los setenta, en una atmósfera irrespirable y opresiva en que habitan dos bandos, y donde aumentará la radicalización de David y Joseba cuando son testigos de las injusticias y asesinatos que cometen las autoridades franquistas. Después, nos contarán la vida clandestina perteneciendo a ETA, sus actividades y las diferencias entre los miembros del comando, para finalmente, saltar en el tiempo y llevarlos hacia su reencuentro, a rememorar aquellos años y todo lo que ocurrió entre ellos, mirándose y confesando todos los errores y aciertos que cometieron en unos tiempos convulsos y llenos de miedo, donde coger las armas significó para ellos un antes y después en sus vidas. Bernués opta por una luz enigmática y natural obra del gran Gonzalo Berridi (responsable de películas de Medem, Uribe, Gutiérrez Aragón…) creando esa atmósfera turbia y opresiva que tanto demanda el pueblo de Obaba, una extensión de la emocionalidad de los personajes, que se encuentran perdidos y encerrados entre tanto miedo y opresión, con la excelente música de Fernando Velázquez, que sin subrayar ni acompañar, ayuda a crear esos ambientes de luz que tiene la película, aunque sean muy pocos, crean esa tensión interior entre lo que sienten los personajes y el ambiente de terror en el que se mueven, y finalmente, el ágil y estupendo montaje de Raúl López (autor de Loreak o Handia, entre otras) que viaja de un tiempo a otro, sin que resulte pesado o tedioso.

Un relato duro y lleno de aristas emocionales que recupera el aroma de películas como En el nombre del padre o The Boxer, ambas de Jim Sheridan, dedicadas a explorar el terrorismo del IRA y sus graves consecuencias en la población. Bernués nos habla de la herencia paterna, del miedo de aquellos años de franquismo, de las tensiones entre lo que se debe hacer y lo que se siente, la violencia moral que se vive cuando las cosas se hacen mal, y la violencia física como único recurso ante tantas injusticias. Una narración brillante y laberíntica, nos lleva a la cotidianidad de unos personajes marcados por una guerra, la de los padres, y todo aquello que dejó en el ambiente, esa mugre y podredumbre entre unos y otros, hablándonos de frente de la culpa, el remordimiento, el rencor, el odio y la violencia que ha azotado durante tantos años una tierra bella, pero llena de cadáveres. Un estupendo y contundente reparto de caras poco conocidas encabezados por Aitor Beltrán y Cristian Merchán, dando vida a David de adulto y joven, respectivamente, al igual que Iñaki Rikarte y Bingen Elortza, dan vida a los Joseba, Frida Palsson es la mujer americana de David, y las otras mujeres como Mireia Gabilondo, Miren Arrieta y Laia Bernués, dando vida a esas miradas que sufren y padecen los avatares de tanta tensión entre los hombres, José Ramón Argoitia como el tío Eusebio, tan alejado de su padre, el acordeonista oficial del pueblo y franquista, que también hace el oficio del gran Joseba Apaolaza, con el instrumento musical como objeto de controversia y tensión entre padre e hijo, ya que significa obedecer y seguir los pasos de los vencedores y asesinos.

Una película que se sumerge en nuestra historia reciente, la más oscura, en aquella que todavía no está cerrada, en la que tantos recuerdan a aquellos que ya no están, que murieron porque unos y otros decidieron que la muerte significaba luchar contra la opresión y a favor de la libertad. Tiempos de miedo, de terror, de enemigos propios y ajenos, de amigos y traidores, de política, de violencia, de enemistades, de hombres corrientes que se lanzan a la lucha armada, de tiempos oscuros y llenos de sangre, de un tiempo que recordarán los amigos en los noventa, cuando ha llegado el tiempo de recordar, de mirarse a los ojos, de sumergirse en el interior del otro, y perdonar, confesar tantas verdades y acciones que en su día no encontraban explicación, de hablar sin tapujos, de contarlo todo, de construir el presente a través de confesar los errores del pasado, sin miedo y con profundidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Ana Schulz y Cristóbal Fernández

Entrevista a Ana Schulz y Cristóbal Fernández, directores de la película “Mudar la piel”. El encuentro tuvo lugar el martes 2 de octubre de 2018 en el domicilio de los directores en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Ana Schulz y Cristóbal Fernández, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Eva Calleja de Prismaideas y Pablo Caballero de Márgenes Distribución, por su tiempo, cariño, generosidad y paciencia.

Mudar la piel, de Ana Schulz y Cristóbal Fernández

EL AMIGO QUE ME ESPIÓ.

“Detrás de toda cultura, hay inmensas violencias”

Walter Benjamin

La película arranca con una imagen icónica del cine de espías, y reveladora en la película que vamos a ver, observamos dos teleféricos suspendidos en el cielo, desde una distancia prudente desde el suelo, como si estuviésemos espiando a los dos artefactos y sobre todo, a lo que allí acontece (casi como el personaje de Gene Hackman en La conversación, de Coppola) y empezamos a escuchar una conversación entre los dos directores de la película Ana Schulz (Hamburgo, Alemania, 1979) y Cristóbal Fernández (Madrid, 1980) que gira en torno a las dificultades que tienen con la presencia de Roberto en la película y sus diversas exigencias y motivos de su participación en la película. Un teleférico que nos recuerda aquel otro que aparecía en la reciente La próxima piel (con las falsas identidades como nexo común) cuando madre e hijo sentían que sean quiénes fueran, podían amarse sin rencor. Roberto es el espía de los servicios secretos que el gobierno ordenó espiar a Juan Gutiérrez, mediador entre ETA y el estado español en los años 80.

La película se cierne sobre aquella amistad, una amistad férrea e indisoluble que continua después de tantos años, una amistad entre el espía y el hombre al que tenía que espiar, y sobre la reflexión de Ana, hija de Juan, de entender y descubrir la naturaleza de una amistad rodeada de mucha oscuridad, traiciones y mentiras. Ana (fotógrafa de vocación) y Cristóbal (montador de algunos de los autores más interesantes del panorama actual como Oliver Laxe, Juan Barrero, Manuel Muñoz Rivas, Héléna Klotz o Christophe Farnarier, entre otros) debutan en el largometraje con un trabajo en el que se funden elementos tan dispares pero que convergen con absoluta naturalidad y eficiencia, como la home movie (Jonas Mekas y Chantal Akerman) la novela y el cine de espías (con el aroma de las novelas de Frederick Forsyth o Graham Greene) el thriller político (con Costa-Gavras, Lumet, Pakula o Stone) y el cine documental que investiga sobre el hecho cinematográfico y su construcción (con Rouch o Van der Keuken como referentes) todo eso y más es la película.

Mudar la piel es un retrato sobre Juan Aguirre, un hombre de izquierdas, humanista y honesto, que desencadenó un papel crucial en el conflicto vasco, mediando entre los unos y los otros, y que alimentó una estrecha y sincera amistad con Roberto, la persona que enviaron para espiarle, y después de tantos años, continúa la amistad como si nada, sin rencores ni rabia por parte de Juan, como si nada hubiera ocurrido, y ese hecho que pueda sorprender y ser incomprensible, Juan lo toma como algo natural, un hombre que sigue creyendo en la amistad con Roberto y sin entrar en valoraciones morales ni juicios de valor. La película también es una interesante y profunda reflexión sobre la amistad en un entorno hostil, sobre las consecuencias e intereses de unos y otros, sobre dos personajes antagónicos, casi como dos cowboys del far west, distintos, extraños y con intereses en las antípodas, logran conocerse, comprenderse y queriéndose después de todo.

Un personaje como Juan, natural, cercano y sincero, alguien que nada tiene que ver con Roberto, que se encuentra en el otro extremo, con una identidad falsa, con unos intereses oscuros y una mentira urdida desde los mismísimos resortes de las partes más oscuras del estado, un hombre rodeado de misterio y esquivo, alguien borroso, casi invisible, de esos tipos que apenas se ven en algún documento, que parece que alguien conoce, pero que nadie podría decirnos quién es exactamente, como si fuese un fantasmas o producto de nuestra imaginación (como la magnífica y ejemplar fotografía que ilustra si paliativos la relación entre ellos, convertida en la imagen y cartel de la película, en el que Juan, en primer término, muestra con su gesto la transparencia y humanidad que desprende, mientras, Roberto, más alejado que él, apenas se ve, su imagen está difuminada, casi imperceptible, rodeada de ese misterio en el  que indaga la película) junto al collage de imágenes de archivo y testimonios del propio Juan, Roberto, su mujer Frauke Schulz-Utermöhl, y los propios realizadores, logran sumergirnos en ese mundo de apariencias, de no verdades y lugares esquivos.

Schulz y Fernández han construido un hermoso y extraordinario documento que investiga el cine desde sus herramientas más básicas, desde todo aquello que puede filmarse y verse, a todo aquello que resulta esquivo e imposible de filmar, de la fragilidad e incertidumbre que rodea el cine documental, de los curiosos personajes y los intereses que se mueven en las aguas fangosas y negras de la política, y sobre todo, la película es un bellísimo retrato sobre la amistad más puro, honesta y sencilla de dos hombres que las circunstancias hicieron que coincidieran y que ellos creían ir de la mano y en el mismo bando, y la vida y las diferentes situaciones escondían otro desenlace, aunque como explica Ana en la película, en ocasiones, el cine es una herramienta eficaz e interesante para escarbar y desenterrar hechos olvidados y oscuros, pero al fin y al cabo, hay cosas que no pueden llegar a entenderse por mucho que sigas buscando, hay cosas que sólo los principales protagonistas conocen, o no.