Entrevista a Laura Castro

Entrevista a Laura Castro, actriz de la película «El alma quiere volar», de Diana Montenegro, en el marco del LATCinema Fest en los Cinemes Girona en Barcelona, el domingo 3 abril de 2022.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Laura Castro, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Anna Vázquez de Gestión Cultural de Casa Amèrica Catalunya, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Diana Montenegro

Entrevista a Diana Montenegro, directora de la película «El alma quiere volar», en el marco del LATCinema Fest en los Cinemes Girona en Barcelona, el domingo 3 abril de 2022.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Diana Montengro, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Anna Vázquez de Gestión Cultural de Casa Amèrica Catalunya, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a José Pablo Escamilla

Entrevista a José Pablo Escamilla, director de la película «Mostro», en el marco del LATCinema Fest en los Cinemes Girona en Barcelona, el domingo 3 abril de 2022.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a José Pablo Escamilla, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Anna Vázquez de Gestión Cultural de Casa Amèrica Catalunya, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Memoria, de Apichatpong Weerasethakul

EL VIAJE SONORO DE JESSICA.

“El presente no es otra cosa que una partícula fugaz del pasado. Estamos hecho de olvido”.

Jorge Luis Borges

Si hay algún elemento que caracteriza el universo cinematográfico de Apichatpong Weerasethakul (Bangkok, Tailandia, 1970), es la capacidad para generar inquietud desde el primer instante que arranca su película como ocurre en Memoria, con esa forma que tiene de abrir el relato. Una pantalla totalmente fundida en negro. De repente, en la quietud del silencio, irrumpe un fuerte sonido que sobresalta al espectador más concentrado. De la misma forma que sucedió con el cinematógrafo cuando apareció a finales del XIX, irrumpiendo en el mundo de la nada, desde el silencio, sin saber su procedencia ni hacia donde iba. Un sonido que llena todo el encuadre. Un sonido que no seremos capaces de borrarnos de nuestra memoria. Un sonido que irá repitiéndose a medida que avanza el metraje. Un sonido convertido en macguffin del relato. Un sonido que se volverá elemento circunstancial y fundamental en la existencia de Jessica, una botánica británica afincada en Colombia. La inquietud se apodera de la vida de Jessica y por ende, de toda la película, porque el director tailandés sabe jugar con maestría con todos los elementos del cine, y sabe que cualquier sonido nuevo o parecido al que ha abierto la película, generará ese espacio inquietante que tanto busca en sus historias.

El cineasta asiático tiene en su haber más de medio centenar de obras, desde que empezará allá por el 1993. En su filmografía encontramos de todo: cortometrajes, cine de no ficción, y ficción, que hacen un total de nueve largometrajes si contamos Memoria. Un cine filmado casi en su totalidad en su país natal, un cine que tiene en la naturaleza su espacio predilecto, y tiene en la cotidianidad y en el misterio que la rodea su base principal, llena de personajes presentes y pasados, es decir, individuos que viven un presente-pasado o quizás un futuro-pasado, nunca llegamos a adivinar todas las ideas y elementos que pululan en el cine de Weerasethakul, porque sus fuentes son inagotables, desde las tradiciones de su país, ya sean culturales, religiosas y sociales, siempre en un territorio ambiguo, que en muchos instantes, no pertenecen a este mundo, porque el director tailandés no quiere contarnos un relato aristotélico al uso, sino ir más allá, abriendo las vidas de sus personajes en todos los sentidos y fusionando tiempos, texturas y demás aspectos en toda su plenitud, invitándonos a dejarnos llevar a través de ese ínfimo conflicto que servirá como excusa para dejar lo racional y adentrarse en otros ámbitos de la espiritualidad y las emociones más ocultas y olvidadas, en las que entran en liza aspectos propios del cine fantástico.

Las películas del cineasta tailandés se centran en aspectos más propios de la irrealidad que nos envuelve, y en muchos momentos no sabemos qué significado poseen, pero eso, al fin y al cabo, es lo de menos, porque el objetivo de la película se ha conseguido con creces, y no es otro que despojarnos de lo tangible y material y adentrarnos en la naturaleza, en todo aquello salvaje, libre y lleno de misterios, objetos ocultos, tiempos indefinidos y porque no decirlo, espectros que no son de este lugar, fantasmas que habitan en las sombras, en los espacios que nos transportan a otros mundos, otras emociones, otros seres y otros yo. Con Memoria, Apichatpong Weerasethakul se adentra al igual que sus personajes, en otro mundo. La primera vez que rueda un largometraje fuera de su país, en Colombia, y lo hace en inglés y castellano, y con una actriz como Tilda Swinton en la piel de Jessica, que vive en la urbe. Un personaje al que acompañaremos por su viaje sonoro, un viaje en el que busca obsesivamente el origen de un sonido que le viene a la cabeza cada cierto tiempo. Un viaje que profundiza en lo íntimo para sumergirse en lo social, a través de la memoria individual a la colectiva, enfrentándose a todas las heridas y víctimas de décadas de violencia. En una primera mitad, la veremos encontrar una justificación racional, en el estudio con un ingeniero de sonido intentando emular el sonido misterioso, dejándose llevar por otros sonidos que contrarresten el escuchado.

En un segundo tramo, el personaje, perdido y a la deriva, deambulando como un espectro, irá trasladándose hacia la naturaleza, con un médico que cree que el sonido tiene que ver con su salud mental, con esa ambigüedad que mencionábamos anteriormente, en que el relato todavía no se ha despojado de su faceta más terrenal, porque el transito todavía está en proceso. Y finalmente, en la selva, junto a un río, encontrará a alguien, un tipo que limpia pescado, alguien tan misterioso e inquietante como el relato de la película, un individuo que dice albergar toda la memoria del lugar, toda la memoria de las personas, de los objetos, de las piedras, de las hierbas, etc… El exilio cinematográfico de Weerasethakul no ha sido en solitario, porque le acompañan dos de sus colabores más férreos en muchos de sus largometrajes como son Sayombhu Mukdeeprom (que también ha rodado con nombres tan prestigiosos como los de Miguel Gomes y Luca Guadagnino), en la cinematografía, en un película rodada en 35mm, con el peso, la densidad y la tensión que caracteriza el cine del tailandés, que ayuda a potenciar esa idea del cine de los orígenes que persigue la película, con el sonido como arma principal, donde cada encuadre está muy pensado, con esa idea de estatismo que respira cada fotograma de la película, con unos planos fijos y largas secuencia, en consonancia a lo que está experimentando la protagonista, donde todo está envuelto en un aura de misticismo y espiritualidad, una especie de letargo extraño en que el sonido, ese inquietante sonido, se apodera del personaje hasta convertirlo en un mero espectro sin vida, sin tiempo ni lugar.

Otro compañero de viaje que acompaña al director es Lee Chatametikool en el montaje (que tiene en su haber películas tan importantes como Hasta siempre, hijo mío, de Xiaoshuai Wang), pieza capital en la filmografía del director asiático, porque es en el tiempo de duración de los diferentes encuadres y planos que se va creando toda la fuerza de su narrativa, donde prima más como se cuenta que lo se cuenta en sí, en los que ciento treinta y nueve minutos de la película nos llevan a través de una profunda ensoñación, en un viaje sensorial, espiritual y fantasmal, donde ya no somos, y si somos, somos ya otra cosa que somos incapaces de definir. Un reparto en el que brillan un tótem como el mexicano Daniel Giménez Cacho, fraguado en mil batallas, que tuvo en Zama, de Lucrecia Martel y El diablo entre las piernas, de Arturo Ripstein, unos de sus últimos grandes trabajos. Le acompañan la actriz francesa Jeanne Balibar, que muchos recordamos por sus grandes interpretaciones con Raoul Ruiz, Olivier Assayas, Mathieu Amalric, Jacques Rivette, Pedro Costa, entre otros, en un breve rol pero muy interesante. El colombiano Elkin Díaz en un inquietante personaje, una de esas composiciones tan cotidianas y a la vez, tan misteriosas.

 Y finalmente, Tilda Swinton, que decir de una actriz tan camaleónica, capaz de hacer cualquier personaje, y no solo eso, sino dotarle humanidad y ligereza, por muy extravagante, extraño y ambiguo que resulte. Su Jessica es una mujer que deambula, acechada por ese extraño sonido que la empuja hacia el abismo, a un lugar lejos de donde está y sobre todo, lejos de ella. Un actriz que tiene una capacidad inmensa para transmitirlo todo a través de su mirada y sus gestos, siempre comedidos y concisos, nada estridentes. Es una actriz fuera de serie, con un rostro inolvidable, que no solo tiene al personaje en su piel sino también en su interior, que es mucho más difícil. Su Jessica es la mejor compañía que pudiese tener Memoria. El nuevo largometraje de Apichatpong Weerasethakul es una invitación a su universo despojado de embellecimientos y demás accesorios, un mundo y unos mundos que no pertenecen a este, un espacio en el que todo confluye, donde recuerdos y objetos se enlazan, donde la memoria recuerda o cree recordar, donde el pasado, el presente y el futuro convergen en un solo tiempo o tiempos infinitos, donde nada es lo que parece, donde todo adquiere un significado nuevo y diferente, donde Jessica seguirá enfrentándose a todo lo que fue, a todo lo que es y todo lo que será. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Iván Guarnizo

Entrevista a Iván Guarnizo, director de la película «Del otro lado», en el marco de L’Alternativa. Festival de Cinema Independent de Barcelona, en el recinto de la Universidad de Barcelona, el martes 30 de noviembre de 2021.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Iván Guarnizo, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y al equipo de comunicación de L’Alternativa, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Salvador, de César Heredia Cruz

EL SASTRE Y LA ASCENSORISTA.

“La vida es muy peligrosa. No por las personas que hacen el mal, sino por las que se sientan a ver lo que pasa”.

Albert Einstein

Estamos en la ciudad de Bogotá, en Colombia, en 1985, donde seguimos la apacible y solitaria existencia de Salvador, un sastre que tiene su espacio de trabajo en uno de esos edificios llenos de oficinas. Su vida taciturna y sin más, se ve fuertemente revolcada con la llegada de Isabel, la nueva ascensorista, que es todo lo contrario a él, extrovertida y bien parecida. Entre viajes, idas y venidas, nace una incipiente historia de amor entre ambos, aunque las dudas y miedos de Salvador cambiarán su rumbo. Mientras tanto, asistimos a la inseguridad y violencia creciente en la ciudad, donde hay disturbios, luchas internas y un continuo conflicto donde reina el miedo y el temor al otro. Después de trabajos tan interesantes como la película corta Elefante (2015), César Heredia Cruz (Bogotá, Colombia), debuta en el largometraje con una película que bebe mucho de esos tipos de vidas corrientes y silenciosas que vemos tanto en el cine de Kaurismäki, con aroma del amor de la pareja de desdichados de El apartamento (1960), de Wilder, y de los ambientes de Whisky (2004), de Juan Pablo Rebella y Pablo Stoll, y Gigante (2009), de Adrián Biniez, con esos personajes entre medias de ningún lugar, entre la vida y el amor, entre el deseo y la responsabilidad, en un tiempo suspendido y sin ilusiones, entre el trabajo y la nada.

El director colombiano compone una sutil y callada fábula de aquel tiempo, mediados de los ochenta, con esas películas de acción de Rambo II y de Chuck Norris, que tanto le gustan a Isabel, con esas dos personas que se aman, pero él, sobre todo, él, se muestra sorprendido, y llevado por la desaparición del hijo de su prima y la incertidumbre creada, acabará tomando una decisión con consecuencias traumáticas, porque no siempre la vida y sus regalos pasan cuando uno lo desea, sino cuando sucede. La luz mortecina e íntima de la cinematógrafa Juana González, que ya había trabajado en sus anteriores películas cortas, ayuda a una película de pocos espacios y escasos exteriores, porque nos quieren contar un relato de únicamente dos personas, dos almas solas, pero tan diferentes, que la vida y el destino hacen para que se conozcan e intimen, a ritmo de bolero, de viajes de ascensor, películas de acción, y comiendo helado en una colina mientras vemos la inmensidad y el peligro de la ciudad de Bogotá a sus pies, con esa pareja de grandes intérpretes muy populares en la televisión colombiana y buenas intervenciones en la gran pantalla, en el papel de Salvador tenemos a Héctor García y Fabiana Medina da vida a Isabel, una pareja como las demás, pero que el destino les tiene reservado una papeleta comprometida.

La vida envuelta en la difícil situación social y política, con una policía corrupta y la tensión violenta creciente, son los elementos que hilvanan esta película que huye de las filigranas narrativas y los golpes de efecto, para centrarse en una cinta muy sencilla, de personajes de carne y hueso, que deben lidiar y no siempre con orden y reflexión ante los avatares sociales y políticos que sufre su país, donde la toma del Palacio de Justicia por parte del grupo Movimiento 19 de abril, el “M-19”, un grupo guerrillero urbano, será la catarsis que pondrá a los dos personajes en una tesitura emocional de consecuencias imprevisibles. Un par de personajes más, clientes de Salvador, como el abogado que intenta seducir a Isabel, o un policía de esos que es mejor tener lejos, ayudan a crear ese clima de tensión y violencia que se vive en la ciudad donde transcurre la película, generando ese ambiente de miradas ocultas, donde gobierno juega a dos bandas, entre hacer ver que protege a la sociedad, y también, investigar a todo el mundo porque cualquiera puede ser un miembro crítico al que hay que eliminar.

Salvador es una película magnífica, de esas que se quedan dentro de nosotros, porque de forma sencilla y directa, plantea problemas emocionales muy humanos, de los que tarde o temprano tendremos que dar cuenta. Una historia que nos habla de nuestra verdadera naturaleza, de cómo nos enfrentamos a los acontecimientos que ocurren a nuestro alrededor, de en qué lugar nos posicionamos cuando nuestras decisiones afectan a aquellos que más queremos, y sobre todo, habla de valentía y la actitud ante la vida, la sociedad, la política y todo aquello que gira alrededor de nosotros, porque nunca podemos ser indiferentes a lo que ocurre y sobre todo, a lo que nos ocurre, y debemos ser capaces de mirar con detenimiento, reflexionar profundamente, y tomar la decisión más correcta para nosotros, porque quizás genera un catarata de acciones que se nos escapan de nuestras verdaderas intenciones, nunca es fácil tomar una decisión, pero lo que es peor no involucrarse en lo que ocurre y podemos perder a personas que de verdad son importantes para nosotros, nunca es fácil, porque la vida no lo es, y nadie nos dijo que intentando solucionar un problema inexistente, acabamos creando algunos que no tienen solución. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA 

El olvido que seremos, de Fernando Trueba

LA BONDAD DEL HUMANISTA.

“Sin justicia no puede, ni bebe, haber paz”

Héctor Abad Faciolince (de la novela “El olvido que seremos”)

El cine humanista de Renoir, ese cine que nos habla de la bondad del ser humano, un cine que aplaudía las bondades y virtudes de los hombres y mujeres, las partes nobles y empáticas de la condición humana. Un cine que está muy presente en muchas películas de Fernando Trueba (Madrid, 1955), ya desde su cortometraje El león enamorado (1979), siguiendo por su mítica Opera prima, del año siguiente, y sobre todo, en sus mejores obras, El año de las luces (1986), Belle Époque (1992), La niña de tus ojos (1998), Chico y Rita (2010) y El artista y la modelo (2012). Cine sobre y para los humanos, con sus pequeñas alegrías y tristezas, con las batallas perdidas, sobre personajes que sienten una cosa y tropiezan siempre con esa realidad deshumanizada. Con El olvido que seremos, basada en la novela homónima de Héctor Abad Faciolince, donde el autor explica la vida de su padre, el cine de Trueba vuelve a transitar por esos lugares que tanto retrataba Renoir, donde asistimos a una celebración de la vida, en el que por supuesto, como no podía ser de otra manera, sobre la tristeza, sobre como recordamos a los que ya no están, su legado y sus huellas en nosotros, atrapados en un relato que escribe el hijo sobre su padre, Héctor Abad Gómez, doctor y profesor universitario, inmenso activista en favor de los derechos humanos, que luchó incansablemente por una salud pública.

Primero fue la novela, convertida en un grandísima éxito y una de los libros capitales de la literatura latinoamericana del nuevo siglo, y ahora llega la película, donde se relatan los hechos que van desde los años setenta y mediados de los ochenta, desde la mirada de su hijo Héctor, en una nueva adaptación que hace la sexta en su carrera, esta vez ha contado con David Trueba para el trasvase del libro al cine, en la que a través de la forma se explican las emociones de los personajes y las circunstancias sociales del país, en el gran trabajo que realiza el cinematógrafo colombiano Sergio Iván Castaño, mezclando sabiamente el color para hablarnos de esos momentos Renoir, donde la vida nos empuja a la casa de los Abad, una familia acomodada de los setenta de Medellín, en Colombia, donde existen los problemas habituales de convivencia, y donde asistimos a la relación estrecha entre padre y su hijo  varón. Y luego el blanco y negro, para retratarnos esa Colombia negra y muy violenta, donde Héctor padre se enfrenta a aquellos que no quieren progreso, a los maleantes de siempre, donde el tono de la película cambia, y la cosa se pone muy oscura.

El estupendo análisis elíptico del montaje que hace Marta Velasco, que ha trabajado en las tres últimas películas de Fernando Trueba, así como la editora de buena parte del cine de David Trueba y todo lo de Jonás Trueba. Y qué decir de la grandiosa composición musical que ayuda a contarnos la complejidad de los sentimientos de los personajes, entre la vida y la tristeza, entre la muerte y la alegría, que es obra de uno de los grandes como Abigniew Preisner, estrecho colaborador de Kieslowski, que ya estuvo con Trueba en La reina de España. Y claro, una película que se basa en las emociones como centro de la vida y la existencia, debía de componer un equipo humano en la interpretación que no solo defendiese sus roles, sino que compusiera unos personajes vivos, complejos, y sobre todo, muy cercanos, y lo consigue sobradamente, con la gran actuación, otra más, de Javier Cámara, convirtiéndose en el Dr. Abad, con su natural acento colombiano, un padre querido, un activista convencido, y un luchador incansable, que ama a los suyos y la justicia por un mundo más justo y solidario.

Bien acompañado por Juan Pablo Urrego, que hace de Héctor hijo de joven, con esa relación íntima, pero también, alejada, entre padre e hijo, con muchos altibajos en los casi veinte años que cuenta la película, Patricia Tamayo como la madre, y un formidable y natural elenco que hacen de las hijas del doctor. Y la agradable sorpresa de Whit Stillman, viejo conocido de Trueba desde Sal gorda (1983), que hace aquí del estadounidense que ayuda al doctor. Trueba ha construido una obra de esas que dicen los americanos “Bigger Than Life”, una película que trasciende a la propia vida, a la realidad en la que se basa, una carta de amor de un hijo a un padre, a un hombre que fue un buen padre, un buen esposo, que creía en la justicia, y en la medicina como arma para acabar contra la injustica, de alguien que también se equivocaba, pero sobre todo de alguien que jamás hizo lo contrario de lo que creía, a pesar de las dificultades, de los enemigos, de esa Colombia ochentera llena de odio y violencia, que puso su vida al servicio de los demás, sin olvidar a los suyos, y a los otros, que también eran suyos. Un tipo que a pesar de todo, y de la catástrofe del mundo, siempre creyó que todo podía empezar con un leve gesto, como el cuidado de una flor, la paciencia exacta para ver las cosas desde puntos de vista diferentes, de mirar el mundo de otro modo, más solidario, más íntimo, pero sobre todo, más humano. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Marta Rodríguez: Visibilizar la explotación.

“(…) Su investigación concierne a la vida real. Nos es una película documental. Su investigación no tiene por objeto describir; es una experiencia vivida por sus autores y actores. Nos es una película sociológica propiamente hablando. La película sociológica investiga la sociedad. Es una película etnológica en el sentido literal del término: busca al hombre. (…) Cinéma-Verité significa que hemos querido eliminar la ficción y acercarnos a la vida. Significa que hemos querido situarnos en una línea dominada por Flaherty y Vertov”

Jean Rouch y Edgar Morin (reflexiones recogidas en la sinopsis de Chronique d’un été, 1961)

La inmensidad de la historia cinematográfica nos lleva a descubrir cada poco tiempo a cineastas maravillosos, dotados de miradas muy personales y profundas, cineastas que siempre han estado ahí, pero la inútil vorágine en la que vivimos, arrastrados por la dictadura de la actualidad, nos impide detenernos y mirar a nuestro alrededor, y descubrir esas nuevas formas de hacer cine. Estos días de junio, como sucede desde hace 28 ediciones, la Mostra Internacional de Films de Dones presenta su programación cargada de propuestas muy interesantes y estimulante. Este año, debido a la crisis sanitaria provocada por la pandemia de la Covid-19, la sala de la Filmoteca de Cataluña ha dejado paso a la plataforma de Filmin, espacio imperdible para el cine más reflexivo, inquieto, curioso y magnífico.

La retrospectiva de este año, bajo el epígrafe de “Pionera del documental latinoamericano”, se ha dedicado a la figura de Marta Rodríguez (Bogotá, Colombia, 1933) cineasta que descubro gracias a la Mostra, de la que han escogido cinco trabajos de su primera etapa, con su fiel compañero Jorge Silva (Colombia, 1941-1987) con el que codirige esta primera etapa recogida en la Mostra, arrancando con Chircales (1966-1971) su opera prima, se adentran en el barrio del título, situado en el sur de Bogotá, para centrarse en la familia Castañeda durante un lustro, un período en el que descubrimos su trabajo como esclavos construyendo ladrillos de manera rudimentaria y artesanal. Somos testigos de la injustica y la explotación a la que son sometidos esta familia formada por el matrimonio y doce hijos, todos empleados en la fabricación de ladrillos, expuestos a mil calamidades y malviviendo en condiciones infrahumanas, en que la propia Marta Rodríguez explica sus reflexiones en su película:

“En este documental aplicamos como un marco metodológico la observación participante, método de trabajo que supone que el cineasta se integre en la comunidad, sea aceptado por ella y se convierta en un miembro más de la familia elegida para realizar el documental. Desde este punto, compartimos cinco años en la vida con la familia Castañeda, fabricantes de ladrillos. Durante estos cinco años de realización exploramos una metodología para el cine documental en condiciones de violencia política. En los años sesenta y setenta nos existen en Colombia escuelas de cine, ni casas productoras de documentales, las únicas herramientas que poseíamos eran una cámara y una grabadora con las cuales se consiguió mostrar la poesía, la violencia y la explotación de la familia Castañeda”.

 Los siguientes trabajos son Campesinos (1973-1975) y Nuestra voz de tierra, memoria y futuro (1981), planteado como un díptico en el que nos trasladan a la región del Cauca, donde nos muestran el pasado y el presente de la población indígena dedicada al cultivo de todo tipo de cereales, sometidos a condiciones indignas de trabajo y vida. Las películas hacen un recorrido que empieza en la sumisión, donde los campesinos sufren la constante explotación y vejación hasta el despertar en el que se organizan y luchan por sus derechos, a través del Consejo Regional Indígena del Cauca (CRIC), como explica la propia codirectora:

“Los indígenas han luchado y luchan hoy para la recuperación de sus tierras, porque, según su propia voz, en la recuperación de la tierra indígena comienza un proceso de recuperación “Crítica” de su pasado y de su historia. La película pone énfasis en la significación de este momento del proceso, en lo que significa para la población “ver políticamente el pasado y pensar históricamente el presente”. Una propuesta de cine cultural que asume artísticamente el contexto dentro del cual se produce. Es una película concentrada básicamente en los procesos de pensamiento que intenta acercarse al subconsciente de la cultura indígena andina, con la dialéctica con la cual interactúan en el interior de una realidad: diablos y señores feudales o terratenientes, esclavos y amos, análisis i poesía, organización y magia, mito e ideología”.

En Nacer de nuevo (1986-1978) vamos a la zona de Armero, que sufrió la terrible tragedia provocada por el volcán Nevado del Ruiz en noviembre de 1985, sepultando en el barro a buena parte de los 25000 habitantes. Conocemos a María Eugenia Vargas de 71 años, una de las sobrevivientes,  que vive en una tienda de campaña que ha convertido en su hogar. Y finalmente, el tándem de cineastas, nos llevan a la zona de la Sabana, en la película Amor, mujeres y flores (1981) donde somos testigos de la explotación que sufren los trabajadores, mujeres en su mayoría, en el cultivo de las flores, debido a los pesticidas que provocan enfermedades terminales y las condiciones brutales de trabajo. Rodríguez, que estudió en París con Jean Rouch, el padre del cine etnológico, optan por un cine de la persona, mirando y capturando sus vidas, como mencionaba Vertov: “La verdad de la vida”. Un cine por y para las personas, un cine militante, político y social, un cine que indaga y profundiza en lo invisible, en aquello que queda fuera de la realidad impuesta por estados y medios, una realidad trabajadora, con indígenas en su mayoría, u otro tipo de personas de extracción social muy baja, gentes que necesitan imperiosamente trabajar para subsistir, una subsistencia precaria, esclava e infrahumana, que es el verdadero rostro de Colombia, como se escucha en un momento en una de las películas.

Un cine en primoroso blanco y negro, desgarrador y sensible, con planos de una fuerza expresa conmovedora y tangible, un cine de ese instante que sigue abriendo conciencias con el tiempo, donde su huella sigue siendo imborrable e influenciadora para muchos, un cine para despertar y remover conciencias, basada en dos términos esenciales: el registro documental y la puesta en escena, mostrar esa realidad de manera cruda y cercana, en que la cámara adquiere una intimidad corpórea, pegada a sus personajes y sus circunstancias, y también, capturar esos momentos humanos, donde la poesía también adquiere su espacio, como sucede en Chircales, con esa niña vestida de comunión, un vestido blanco inmaculado en contraste con esa suciedad y miseria, tanto física como moral, en la que viven ella y su familia. Los retratos no son meramente individuales, sino colectivos, donde podemos escuchar diferentes voces, voces que reflejan el alma de un pueblo oprimido, sujeto a la violencia gubernamental para detener sus reivindicaciones sociales y laborales, en el que hay tiempo presente, y pasado, donde la memoria se convierte en un aspecto fundamental para entender de dónde venimos y dónde estamos, en un cine en continua lucha contra el olvido, el olvido, auténtico mal endémico en muchos de los conflictos actuales y venideros, una memoria esencial y capital que muestra una realidad con múltiples capas y realidades.

El cine de Marta Rodríguez se agrupa en lo que se llamó el «Nuevo cine latinoamericano», donde el documental dió grandes títulos, aupado por esa realidad de cambios políticos y revolucionarios, en la línea de la reivindicación y visibilización de unos pueblos oprimidos como La hora de los hornos (1968), de Pino Solanas y Octavio Getino o La guerra olvidada (1967), de Santiago Álvarez, entre otros. Un cine humanista que filma a personas, y sus conflictos, nos ayuda a visibilizarlos y conocer su identidad, así como sus deseos, ilusiones y lucha. Un cine de arraigo social que muestra realidades dolorosas, donde hay explotación, esclavitud, violencia, muerte, pero lo hace sin olvidarse de un sentido ético y estético de que esas imágenes filmadas contribuyan al conocimiento de esa realidad que se oculta por parte del gobierno, donde el cine adquiere no solo una herramienta fundamental de mostrar lo olvidado, sino de un elemento de conocimiento, reivindicación, militancia, lucha, y humanidad. Una pareja de cineastas clave en la memoria indígena y explotación de Colombia, activos desde finales de los sesenta hay la actualidad, ahora solo Marta Rodríguez, que sigue en la brecha explicando historias sobre gente común, humilde, gentes que nunca son noticia, gentes que están ahí, y los cineastas colombianos les ofrecieron su mirada para explicar sus relatos, su memoria, su pasado y presente, convirtiendo su cine en una filmografía esencial para conocer la realidad colombiana de primera mano, a través de sus rostros, sus voces y sus cuerpos, conociendo esas realidades de explotación, miseria y violencia que desgraciadamente sigue sacudiendo el país sudamericano. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA


<p><a href=»https://vimeo.com/425446061″>Laia Manresa conversa amb Marta Rodr&iacute;guez | 28a Mostra Internacional de Films de Dones de Barcelona</a> from <a href=»https://vimeo.com/mostrafilmsdones»>MostraFilmsDones</a> on <a href=»https://vimeo.com»>Vimeo</a>.</p>

Monos, de Alejandro Landes

JUEGOS SALVAJES.

“Cada guerra es una destrucción del espíritu humano”

Henry Miller

En algún lugar de la zona rural de Colombia, en lo alto de un páramo agreste y rocoso, nos damos de bruces con un grupo de niños soldados que custodian a una estadounidense secuestrada en el interior de una cueva. Mientras, esperan a entrar en combate, juegan a la guerra, a su preparación, a su liturgia con rituales propios de iniciación que se mezclan con los propios de su edad, como el grupo, la hermandad, el amor y el sexo. Son ocho jóvenes ávidos de guerra, de muerte, de encontrarse frente al enemigo. Son ocho almas imbuidas en el horror de la guerra que luchan por una causa que desconocemos, así como en el grupo al que pertenecen. Después de Cocalero (2007) sobre la figura del mandatario boliviano Evo Morales, y Porfirio (2011) que mostraba sin tapujos la cotidianidad de un hombre postrado en una silla de ruedas, el cineasta Alejandro Landes (Sâo Paulo, Brasil, 1980)  cambia de mirada y se va al corazón de la selva colombiana para tejer con maestría y profundidad el horror de la violencia de su país a través de unos niños sometidos a la atrocidad de la sinrazón y la guerra, penetrando de forma sincera y transparente al interior del alma de estos ocho chavales, y retratando su deterioro mental y físico, en una película dividida en dos partes.

En la primera mitad, asistimos a la preguerra, donde estos ocho individuos son uno solo (de ahí viene la referencia a la que alude su título) ese grupo compacto que van todos a una, en tromba, en fraternidad mutua y colaborativa. En la segunda parte, cuando bajan al corazón e inhóspita selva, todo cambia, y el grupo se va deteriorando y separando, creando los focos de crueldad y violencia, donde todos van a la suya y la idea de guerra adquiere sus cotas más espeluznantes e infernales, donde empieza la caza del hombre, donde cada uno de ellos lucha por salvar el pellejo. El director colombiano se ayuda de una película muy física, donde la brutalidad, la violencia y el caos van en aumento, bien encuadrado por una inmensa y brutal cinematografía obra de Jasper Wolf, que retrata con precisión toda la suciedad, la piel y las miradas de los chicos, y la magnífica y asfixiante música de Mica Levi (autor entre otras de la partitura de Under the Skin, de Glazer o Jackie, de Larraín) otro elemento primordial de la cinta, esa sensorialidad que te sujeta con fuerza y no te suelta en todo el metraje, consiguiendo esa mezcla de locura, salvajismo y sinsentido en el que se encuentran sometidos estos jóvenes y su locura infernal en esa selva laberíntica, de inusitada belleza y horror.

Monos  no es una película fácil ni complaciente, es un retrato oscuro y horrible de la condición humana, de la brutalidad de la guerra y el vacío de la muerte, que te atrapa sin dejarte respirar, en una estructura apabullante y agobiante, donde la mirada de estos jóvenes víctimas de la guerra y la sonoridad de la película te lleva hasta la extenuación, con unas imágenes que encierran toda la belleza de la naturaleza salvaje y libre, mezclada con la oscuridad del alma humana, con esa violencia seca y dolorosa que se ha convertido en el mal indómito del continente americano, una violencia muy física y tremenda, donde no hay ningún atisbo de humanidad, solo destrucción y muerte. Landes reúne a un grupo de actores que debutan en la gran pantalla con esta película, con sus diferentes personalidades, cuerpos y presencias, entre hombres y mujeres, van generando las distintas relaciones y los conflictos se van sucediendo, ocho jóvenes que transmiten toda la fuerza, la dureza y la violencia a la que serán sometidos, con dos intérpretes profesionales como Julianne Nicholson y Moisés Arias, ambos estadounidenses.

Landes recoge el aroma de películas como El señor de las moscas, donde los niños juegan a la guerra y sobre todo, a la falta de referentes humanistas que les conviertan una realidad pésima en otra más esperanzadora. Un grupo cohesionado y brillante que se convierten en el elemento indispensable, junto con el paisaje de la selva colombiana, en los mejores aliados para mostrar este descarnado y violento descenso a los infiernos de la guerra y la deshumanización, donde la guerra y la violencia forman parte de la cotidianidad de las gentes, y sobre todo, forman parte del ADN de unas personas que han crecido con el virus de la guerra inculcado en su sangre y no conocen otra forma de subsistir frente al conflicto. Una película aterradora y magnífica que vuelve a poner de manifiesto como el poder y la manipulación de unos lleva a la muerte a los jóvenes, esos seres vulnerables que creen que la pertenencia del grupo, aunque signifique convertirse en un asesino, es el mejor de los aliados cuando la paz se ha convertido en una quimera, y la violencia se ha asentado en todos los estamentos del estado y la sociedad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Virus tropical, de Santiago Caicedo

PAOLA (Y LOS DEMÁS).

La voz en off de Paola, que todavía no ha nacido, nos explica su propia historia, a modo de narradora, para darnos la bienvenida a la película que arranca con el prólogo del embarazo de su madre, que algún que otro médico demasiado “Avispado” lo diagnostica como “Virus Tropical”, ahí es nada, entre lo esperpéntico y absurdo del comienzo se inicia la película, con ese magnífico plano que tras las nubes encuadra aquel Quito (Ecuador) de 1976, cuando Paola, la protagonista dará a luz, y conocerá, primero a su madre, Hilda, que se gana la vida como vidente, a su padre, Uriel, que fue sacerdote y en muchas ocasiones, ejerce como tal en su casa. Y sus hermanas mayores, Claudia, que pronto despertará su rebeldía y su coqueteo con las drogas, amén de su independencia y alejamiento de su familia, y por último, Claudia, reacia, en primera instancia a la recién llegada, peor con el tiempo se convertirán en una especie de madre-hija no declaradas. La novela gráfica Virus Tropical vio la luz en 2011 de la mano de Paola Gaviria, alias “Powerpaola” (Quito, Ecuador, 1977) donde hablaba de primera mano su vida en la capital ecuatoriana, infancia, adolescencia y el traslado a Cali (Colombia) a través de las relaciones familiares, propias, personales, amores y descubrimiento de un entorno en ocasiones demasiado hostil y extraño.

El director caleño Santiago Caicedo (Cali, Colombia, 1976) autor de varios cortometrajes de animación, y uno de ellos, Uyuyui¡ (2011) donde trabajó mano a mano con Powerpaola. Después de aquella experiencia fructífera arrancaron el proyecto de llevar al cine Virus Tropial, escrita por Enrique Lozano, que también estuvo en el cortometraje, en forma de un largometraje de animación de 96 minutos, donde han optado por una animación inocente y cálida, llena de matices y formas, y en blanco y negro, muy artesanal y directa, donde seguimos los pasos de Paola desde su nacimiento, sus años de descubrimiento, tanto en su entorno como en el personal, su adolescencia y primeros amores en Cali, y su llegada a la edad adulta. Caicedo nos cuenta un relato agridulce sobre la vida, con sus sinsabores y alegrías, eso sí, con humor perspicaz, inteligente e irónico, donde nos habla de una familia muy disfuncional, familia que podría recordar a las que retrata Wes Anderson, con sus peculiaridades, sus formas diversas de abordar la cotidianidad y la extrañeza de su vida y demás, y sobre todo, la idiosincrasia tan diferente de abordar sus problemas.

Todo se nos cuenta a través de la mirada inquieta y curiosa de Paola, entre la extrañeza propia de cuando eres niño, y poco a poco, se irá abriendo a ese mundo desconocido, superficial en muchos momentos y divertido en otros, en una versión femenina de Antoine Doinel, muy cercana a la adolescencia que experimentaba la Lady Bird, de Greta Gerwig, sintiendo o sufriendo las primeras salidas nocturnas con sus colegas, los primeros canutos, los besos robados o no, su primera vez y esa forma peculiar y rara de enfrentarse al mundo, a su entorno, y a todo aquello que siente por primera vez, sabiéndose alguien que encaja poco o nada en esa sociedad que parece ir muy deprisa, y en otros momentos, pareciendo todo de una vulgaridad y vacío enormes. Caicedo nos implica de forma natural y savia en su película y en las sensaciones diversas y extrañas de su personaje Paola, vivirá una infancia solitaria, en un principio, para luego verse protegida y guiada por su hermana Patricia, en una relación en la que sentirá el amor y la pérdida cuando la hermana abandona el hogar familiar para irse a Cali, y luego, el reencuentro con la Patricia, y una nueva vida, ya de adolescente en el Cali de finales de los 80 y sobre todo, en los 90, un mundo diferente, con otro acento y otras formas de vida, como se sentirá Paola, como una extraterrestre recién llegada, donde todo vuelve a empezar, donde todo nunca termina de acomodarse.

La película está envuelta en un fuerte ritmo, donde no dejan de suceder cosas, con idas y venidas en el seno familiar, como la separación de los padres, las continuas huidas y pérdidas de Claudia, de mal asiento, que proporcionará tantos disgustos a la madre, una mujer que deberá reinventar su vida constantemente, intentando vivir su vida o lo que queda de ella. La narración está llena de humor, ese humor corrosivo, genial y cínico, que se adapta al relato de forma natural, sin forzarlo ni utilizarlo de forma insustancial, sino todo lo contrario, donde convive de forma sencilla y honesta con el drama, incluso en muchos momentos, pasando de uno a otro, o mezclándolos, en la misma conversación o en los múltiples detalles y capas que abundan en todo el metraje, como ese padre ex sacerdote, esa madre vidente, esa hermana rebelde, o la otra, agria y luego amorosa, o la actitud de Chavela, la criada ecuatoriana, que parece una más o no.

Una adaptación magnífica y ejemplar de la novela de Powerpaola, donde ya se evidenciaban los temas y argumentos que exploraba con sabiduría y sencillez como la sexualidad, el feminismo, la familia o la identidad personal, en que recoge aquel aroma que ya residía con fuerza y magnetismo en Persépolis, de Marjane Satrapi y Vincent Paronnaud, otra novela gráfica que ya siguió el mismo camino ahora trazado por Virus Tropical, donde también nos explicaban con todo lujo de detalles la infancia y adolescencia de una niña en el Irán de los 80 dominado por los Ayatolás, la misma mirada irreverente y personal de la que hace gala Paola, eso sí, en un mundo diferente, pero también, intransigente con aquellos que piensan diferente al resto, en una sociedad que Paola descubrirá desde muchos puntos de vista diferentes y formas extrañas, creciendo en el Quito de los 80 y haciéndose persona y mujer en el Cali de los 90, una mujer independiente, sencilla, audaz en el dibujo, y enérgica en sus decisiones, en sus amistades, en el sexo, y en las relaciones con su peculiar familia, sus amigos, y con ella misma. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA


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