Natura Bizia, de Lexeia Larrañaga

EL ALMA DE LA NATURALEZA.  

“Fui a los bosques porque quería vivir deliberadamente; enfrentar solo los hechos de la vida y ver si podía aprender lo que ella tenía que enseñar. Quise vivir profundamente y desechar todo aquello que no fuera vida… para no darme cuenta, en el momento de morir, que no había vivido”.

Henry David Throeau

La serie “El hombre y la tierra”, del grandísimo Félix Rodríguez de la Fuente (1928-1980), emitida en Televisión Española desde 1974 a 1981, ayudó a cientos de miles de generaciones de este país, a experimentar la naturaleza y su biodiversidad con otra mirada, descubriéndonos mundos ocultos, y nos educó a admirar y respetar nuestro entorno natural y animal. Un legado impresionante que todavía perdura a día de hoy. A partir del siglo XXI, y a partir de la instauración de Wanda Natura, productora dedicada al documental sobre naturaleza, han aparecido películas que recogen el legado del enorme divulgador y defensor de la naturaleza Rodríguez de la Fuente, como los Joaquín Gutiérrez Acha que ha dirigido los interesantísimos Guadalquivir (2013), Cantábrico (2017), y Dehesa, el bosque del lince ibérico (2020), o Arturo Menor con su aplaudidísimo Barbacana, la huella del lobo (2018), películas que vienen a alimentar y renovar nuestra mirada a la naturaleza, y todo aquello que nos rodea.

A este grupo de cineastas, ha llegado Lexeia Larrañaga (Oñati, Guipuzkoa, 1985), que junto a Alex Gutiérrez han creado Avis Producciones para desarrollar películas documentales sobre naturaleza. Su primer trabajo es Natura Bizia (que podríamos traducir como “Naturaleza Viva”), una película que se sitúa en Eusakdi y Navarra, y nos hace un recorrido extenso, profundo, detallado y magnífico por su biodiversidad, arrancando en las profundidades del Mar Cantábrico, desde el microorganismo más invisible y oculto, pasando por los cetáceos más enormes de todas las profundidades del mar, deteniéndose en las aves marinas, y adentrándose en tierra firme, para seguir con las aves y sus dificultades para tener descendencia y los peligros a los que se enfrentan. Luego, descubriéndonos la vida en las altas cumbres empinadas y las cabras que habitan en lugares tan hostiles, y nos adentramos en los bosques, con sus ríos, sus plantas, sus animales, su supervivencia, y también, en las montañas calizas y erosionadas por el viento y el agua, y en su peculiar estructuras y formas, creando imposibles dibujos e ilustraciones.

La película nos invita a un viaje infinito, de una belleza sobrecogedora, arrancando durante lo más crudo del invierno y llegamos hasta el esplendor de la primavera, bien acompañados por una voz en off de José María del Río, que no solo detalla de manera admirable y concisa, sino que escarba en su memoria e historia, haciéndonos todo un proceso vital entre lo que fue y lo que es, dejándonos llevar por sus admirables y maravillosos 81 minutos de metraje, que saben a muy poco, porque la película nos habla de naturaleza salvaje y sobre todo, vital, de una vida que se nos escapa, que no llegamos a admirar, y sobre todo, que sobrevive a pesar de nosotros, en toda su belleza, en todo su esplendor, y crudeza, deteniéndose en transformaciones como la radiante metamorfosis de un gusano hasta llegar a la exultante belleza de la mariposa, el hábitat de los visones, en peligro de extinción, la berrea de los ciervos, los quebrantahuesos esperando carroña, o los pequeños animalillos que sirven de comida a las aves y demás depredadores.

El grandioso trabajo de cinematografía y montaje que firma Alex Gutiérrez, ayuda a mirar con detalle y armonía tanto descubrimiento y huecos inaccesibles, con el tiempo necesario para descubrir, para mirar y absorberse por la inmensidad de la naturaleza viva, como indica su ejemplar título, o la excelente composición de Julio Veiga, una música que se nos clava en el alma que posibilita que todo aquello que vemos, lo miremos con atención y asombro constante, dejándonos llevar por la belleza y el esplendor de la vida y la muerte. Natura Bizia entra con carácter, solidez e inteligencia a ese grupo de películas citadas anteriormente, que no solo muestran nuestra naturaleza en toda su biodiversidad y complejidad, sino que se convierten en muestras documentales únicas de un grandísimo interés divulgativo y científico, y no solo eso, sino en magníficas películas que van más allá de la documentación de un tiempo y una historia sobre la naturaleza y todos los seres vivos que la habitan, porque se convierten en estupendos retratos de una naturaleza que sigue sobreviviendo a pesar de todos los enemigos que la acechan que no son pocos, porque nuestra vida, la única que tenemos, depende única y exclusivamente de nuestro trato a la naturaleza y todo lo que no llegamos a ver ni comprender. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Las mil y una, de Clarisa Navas

UN VERANO, EL AMOR.

“No es hasta que nos damos cuenta de que significamos algo para los demás que no sentimos que hay un objetivo o propósito en nuestra existencia”.

Stefan Zweig

En Hoy partido a las tres (2017), su interesante y significativa opera prima, que reivindicaba el fútbol femenino a través de un grupo de mujeres valientes y resistentes, la directora Clarisa Navas (Corrientes, Argentina, 1989), vuelve a su ciudad, y al barrio de las Mil, para volver a capturar un verano, la vida, la impaciencia, la realidad, y sobre todo, el amor, el primero, el que más toca y también, el que más duele. En Las mil y una, Navas nos seduce con la mirada y la belleza de Iris, amante del baloncesto, reservada y callada, que se fija en Renata, una joven de su misma edad, pero tan diferente a ella, de la que se cuenta en el barrio muchas cosas malas, con una vida pasada difícil y llena de horror. Pero, Iris, con el mismo ímpetu que tenían las heroínas barriales de su primera película, no se aminara y decide hacer oídos sordos de las habladurías y chismorreos que pululan en el barrio, y da el paso de conocer a la interesante Renata, y las dos adolescentes se enamoran, viviendo un amor oculto, alejado de las miradas prejuiciosas del resto de la vecindad.

La directora argentina, captura la vida y la realidad del barrio periférico, grandísimo trabajo del cinematógrafo Armin Marchesini, que ya estaba en Hoy partido a las tres, mediante estimulantes planos secuencia, en unos encuadres muy cercanos e inquietos, que siguen sin cesar el movimiento de sus personajes, mostrando una realidad que ocultan sus plazas sin asfaltar, sus callejuelas y pasillos, sus viviendas sociales y pequeñas, llenas de objetos amontonados, con esa sensación constante de observación que sienten sus personajes, recogiendo sin estridencias las vidas y las acciones de sus criaturas, con ese ritmo del aquí y ahora, donde el soberbio trabajo de montaje de Florencia Gómez García, ayuda a imponer esa realidad huidiza que recorre todo el relato. Navas nos habla de amor, pero también, de deseos, de pasiones, de amantes en las sombras, como la magnífica secuencia del juego del escondite, cuando la cámara va registrando los actos sexuales entre los jóvenes, entre sombras y ocultos de miradas inquisitorias, o aquella otra secuencia en la discoteca, donde la pasión se desata sin miramientos de ningún tipo.

Las mil y una no es una película nada complaciente ni sentimentalista, habla de cosas importantes, y lo hace con decisión, aplomo, delicadeza y verdad, esa verdad que la emparenta con el cine documental, porque nos habla de personas, de emociones, de amor queer, de amor gay, de esas inquietudes pasionales de la primera vez, de ese amor de verano, de su descubrimiento, de todo aquello que nos sucede, tanto emocional como físicamente, de la vida, de ese primer amor, tan inquieto, tan incierto, y sobre todo, tan novedoso en nuestras vidas, en que el barrio periférico, donde la vida y la realidad tienen otro funcionamiento, otro tedio, otra sensación del lugar donde nunca pasa nada, o nada que tenga que ver con nosotros, en ese lugar, nace el amor, el amor entre Iris y Renata, sujeto al resto, a los prejuicios, a las malas miradas, un amor que resiste, que se reivindica, que tiene que ocultarse y esconderse, como esa maravillosa secuencia en el tejado, cuando las dos chicas se esconden, solo las escuchamos, y la cámara quieta muestra en plano general la quietud del barrio de noche.

La magnífica elección del reparto, lleno de caras desconocidas, empezando por el dúo protagonista, Sofía Cabrera y Ana Carolina García, las Iris y Renta, respectivamente, que no solo defienden con transparencia y brillantez sus roles, sino que saben transmitir esa sensación constante de miedo e inseguridad de sus personajes, siempre escondiéndose y alejados del resto, viviendo su amor queer como si fuese un delito, resistiendo en un espacio difícil de resistir en todos los niveles. Bien acompañadas por otros jóvenes entre los que destacan Mauricio Vila dando vida al nervioso y artista Darío, empeñado en encontrar el amor que haga de su verano un lugar menos aburrido, y Luis Molina, en el rol de Ale, todo lo contrario a Darío, reservado y callado. Clarisa Navas brilla con su segunda película, volviendo a capturar con claridad y precisión la vida de dos adolescentes en su barrio, con sus idas y venidas, sus madres sin marido, intentando sacar adelante la vida que casi siempre se pone muy cuesta arriba en esos lugares, con la fiebre y la inquietud de la primera juventud, con sus amores, sus amistades, sus confidencias, sus deseos, sus pasiones, y esas emociones que siempre andan inquietas, agitadas y llenas de vida y también, de tristeza y desesperación. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Hil Kanpaiak (Campanadas a muerto), de Imanol Rayo

DESENTERRAR LAS HERIDAS.

“Todas las familias felices se parecen, pero las infelices lo son cada una a su manera”.

Leon Tolstoi de su novela Anna Karennina

Con el nuevo siglo, hemos sido testigos de la gran efervescencia de la cinematografía vasca, que ha apostado por un cine de grandísima calidad técnica, artística y narrativa, hablado en euskera, con películas como Loreak (Flores) (2014), del equipo Jon Garaño, José Mari Goenaga y Aitor Arregi, también responsables de Handia (2017), Amama (2015), de Asier Altuna, y las recientes Akelarre, de Pablo Agüero y Ane, de David Pérez Sañudo. Un cine heterogéneo en el fondo, pero muy parecido en su forma, llena de relatos oscuros, inquietantes y sobrecogedores, que recorren la historia vasca de ayer y hoy. Hil Kanpaiak (Campanadas a muerto), es la nueva propuesta procedente del País Vasco que se suma a esta terna de cine bien ejecutado y sobre todo, cine muy profundo e interesante. El responsable es Imanol Rayo (Pamplona-Iruña, 1984), del que ya habíamos visto Bi Anai (Dos hermanos) (2011), basada en la novela homónima de Bernardo Atxaga, que nos contaba la cruda historia de un joven que debe hacerse cargo de su hermano deficiente.

Ahora, nos llega su segundo largo, que, al igual que su primer trabajo, se basa en una novela, la de 33 ezki de Miren Gorrotxategi, adaptada por el escritor Joanes Urkixo, responsable del guión de Lasa y Zabala, entre otros, en un cuento marcado por el pasado y el odio entre dos hermanos muy diferentes, también ambientado en el rural vasco, y que nuevamente, tiene a dos hermanos en liza, pero aquí la cuestión cambia soberanamente. El cineasta navarro nos convoca a un relato poliédrico, que abarca más tres décadas en el seno de una familia, y más concretamente, en la relación difícil y oscura de dos hermanos enfrentados, Fermín y Estanis, contada en tres tiempos, con los hermanos siendo jóvenes a principios de los setenta, con el conflicto con Karmen, amante de Estanis. Luego, veinte años más tarde, con los hermanos gemelos, Néstor y Aitor, nacidos de Karmen, que se ha casado con Fermín, y la marcha a casa de Estanis del joven Aitor, y finalmente, en el años 2004, en la que la aparición de los restos de una joven desaparecida, hará explotar las viejas heridas y enfrentará a los personajes en litigio familiar y emocional.

Aunque, la parte central de la trama se desarrolla en el año 2004, la película va yendo de un tiempo a otro para conseguir entender el conflicto fraternal y su andadura en el tiempo, y lo ejecuta de forma brillante y sobria, a través de esas miradas y ojos, como en el caso de Karmen, que cortan el aire con unos silencios que hacen mucho ruido, y haciendo un ejemplar uso del fuera de campo, a través de los sonidos que van y vienen durante el metraje. Un drama familiar profundo y terrorífico, contado como un thriller rural y familiar, con sus misterios, sus mentiras, sus silencios y todo lo que cada personaje oculta, individuos que hablan muy poco, callan más, y miran demasiado. La cinematografía de Javier Agirre, un cómplice habitual en todo ese cine vasco, con esa cámara quieta, en la que apenas hay movimiento, enmarcando con inteligencia y tensión cada encuadre y mirada de los personajes, con toda esa dureza y negrura que arrastran los personajes, como ocurría en Trote (2018), de Xacio Baño, otra historia familiar rasgada por lo rural y la opresión.

La excelente composición de Fernando Velázquez, con ese maravilloso coro, que ayuda a catalizar toda la tragedia que va consumiendo a esta familia rota y resquebrajada, llevados por un destino marcado y violento. La ejemplar y cuidadosa  edición de Raúl López, otro habitual en este cine vasco en euskera, convierte la película en un estilizado drama rural, que nos va sumergiendo y destapando un pasado muy oscuro y violento, que desatará toda la violencia en un presente demasiado cargado, lleno de amargura y rabia. El grandísimo plantel que ha reunido Rayo brilla con gran intensidad y resuelven sus roles de manera excepcional, encabezados por Itziar Ituño como Karmen, una composición de las grandes de la temporada, dotada de una mirada que rompe el alma, Eneko Sagardoy en un doble papel, interpretando los hermanos gemelos, vuelve a demostrar la capacidad para desarrollar personajes difíciles y complejos, Yon González como el policía Kortazar, un testigo invitado a esta tragedia sin remedio, y después, las inmensas presencias de Kandido Uranga (que ya estaba en la opera prima de Rayo), toda una institución en la cinematografía vasca, Josean Bengoetxea, Asier Hernández como Estanis, el “otro” hermano, Iñigo Aranburu, el hermano “cobarde”, Dorleta Urretabizkaia como pareja profesional de Kortazar, y las colaboraciones de intérpretes tan buenos como Patricia López Arnaiz (protagonista de Ane), Itsaso Arana y Andrés Gertrudix.

Rayo ha construido un drama familiar con reminiscencias clásicas, con la tragedia griega de fondo, con ese aire de western rural, como los que hacían Peckinpah o Frankenheimer, llenos de cadáveres, miedo, ruido, furia y violencia, una violencia seca, que desconoces cuando se producirá ni por donde aparecerá, como ocurre en la película, con esas campanadas que inevitable anuncian la tragedia inminente. El director pamplonés cocina  a fuego lento y con paciencia, una película elegante, bella y nada manierista, sensible y dura, un drama rural y familiar oscuro y perturbador, lleno de sombras y almas heridas, como un fuerte golpe en el alma, algo que te persigue constantemente, algo que no sabes o puedes quitarte de encima, como un fantasma inquietante que continuamente amenaza tu voluntad y tu rabia, tus deseos de venganza, de acabar con todo, algo que sabes que tarde o temprano estallará, y es una idea que solo espera su momento, un instante en el que nada ni nada podrá parar, un instante que irremediablemente lo cambiará todo, un instante que será único, irremediable, donde todos los personajes se cruzarán y no habrá vuelta atrás. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Enjambre, de Mireia Gabilondo

LA CAJA DE LOS TRUENOS.

“La amistad es más difícil y más rara que el amor. Por eso, hay que salvarla como sea.”

Alberto Moravia

En algún lugar del norte, cerca de la montaña, entre el 6 y 7 julio, un grupo de amigas de toda la vida se reúnen para celebrar la despedida de soltera de una de ellas. Las presentes son Leire, la homenajeada, enamoradísima de Juanma, Maialen, que ha superado un cáncer, Nerea, una casada y madre de tres hijos, Irati, que huyó a Argentina, y vuelve de tanto en tanto, Amaia, la “camella” y más pasota del grupo, y finalmente, Garazi, que se ha presentado con su bebé a la fiesta. Todas parecen listas para pasarlo bien y disfrutar de la compañía, bebiendo, riendo, drogándose, cantando las canciones de juventud, recordando las juergas y lo inocentes que eran, pero, sin querer o no, abren la caja de Pandora, y comienzan a salir a borbotones todos los secretos y mentiras de tantos años de amistad y confidencias. Primero fue una obra de teatro de éxito, El enjambre, escrita por Kepa Errasti, y dirigida por Mireia Gabilondo (Vergara, Guipúzcoa, 1965), que lleva más de tres décadas como actriz y directora, tanto en cine, teatro y televisión.

Ahora, y de la mano del mismo equipo, llega la adaptación cinematográfica que firman Errasti y la propia directora, que la vuelve a dirigir en el celuloide, contando con el mismo grupo de actrices, Aitziber Garmendia como Leire, Itziar Atienza es Maialen, Getari Etxegarai como Nerea, Leire Ruiz es Irati, Naiara Arnedo como amaia y Sara Cozar es Garazi. El relato es sencillo y directo, en la que estas seis mujeres y amigas, en un momento dado, no podrán salir de la casa, y sobre todo, del salón, ya que no aparece la llave, y justo en el instante que una de ellas, lanza la primera bomba, el primer reproche al que el seguirán otros, y será un no parar, donde las seis amigas se enfrentarán a sus propias verdades y mentiras, a todo aquello, que por miedo o necesidad, han ocultado a las otras, y el terremoto de reproches, acusaciones y golpes, se convertirán en el centro de la acción. Enjambre, que hace referencia a todas las abejas del mismo enjambre que siempre permanecen juntas, pase lo que pase, es una claro reflejo a este grupo que pondrán a prueba los límites y la amistad que se tienen unas a las otras, desnudándose emocionalmente, mostrándose ante el resto como son realmente, sin tapujos ni medias verdades, quitándose las máscaras y afrontando la verdad que esconden, y desenterrando todas aquellas disputas e intimidades que tanto tiempo han callado por no molestar a las otras y sobre todo, no poner en peligro la amistad que tenían.

Gabilondo construye una ejemplar y magnífica comedia ácida, negrísima, con un ritmo frenético y apabullante, donde no ah nunca descanso, simplemente reposo, para volver nuevamente al ataque, en el que el espacio acaba convirtiéndose en un pozo sin salida, cargado con un ambiente denso y claustrofóbico, donde antes o después, cada una de las amigas deberá enfrentarse a su verdad ante las demás, en un acto de verdadera amistad, sinceridad y honestidad a ella misma, y sobre todo, con las demás, donde la película reivindica la verdadera amistad, la relación sincera entre unas y otras, donde no debería haber secretos ni nada que se le parezca. Tiene el aroma de Reencuentro (1983), de Lawrence Kasdan, Marta y alrededores (1989), de Nacho Pérez de la Paz y Jesús Ruiz, Los amigos de Peter (1991), de Kenneth Branagh, la mala uva de Very Bad Things (1998), de Peter Berg, y Perfectos desconocidos (2017), de Álex de la Iglesia, relatos de amigos, o desconocidos, que el encuentro los hará destapar aquello que ocultan y la situación generada los pondrá frente al espejo, un reflejo que deberá rendir cuentas a sí mismos, y a los demás, donde la amistad no solo es una fachada para verse y disfrutar, sino una relación de sinceridad y sobre todo, de verse en el otro y ayudarse.

Enjambre funciona de forma extraordinaria, sin dejar ningún cabo suelto, pasando por varios géneros con una inteligencia y una energía digna de los mejores retratos sobre la amistad, desde la comedia rosa, la negrísima, la ácida, la que duele, la que no se esconde, el thriller psicológico, el drama interior, el suspense, y el terror, donde nada deja sin decirse, donde todo va de cara, sin atajos, de frente, a lo bruto, con todas las armas al alcance para ir sorteando las diferentes capas de los personajes, ayudadas por un reparto maravilloso y natural, que compone sus personajes de manera brillantísima y estupenda, mostrando y mostrándonos todo lo que son, lo que eran, lo que les hubiera gustado ser, y lo que son finalmente, que seguramente no era lo que esperaban, y ahora, junto a las otras amigas, revelarán sus verdaderas inquietudes, sentimientos, derrotas, aciertos y sobre todo, mantenerse siendo amigas, a pesar de los errores, las contradicciones y las torpezas, porque seguramente nadie será perfecto, pero si son personas capaces de afrontar el dolor y la pérdida de lo que no han podido ser y tener la capacidad humana de compartirlo con las demás y seguir siendo amigas. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

First Love, de Takashi Miike

LOS AMANTES DE LA NOCHE.

“La fuerza más fuerte de todas es un corazón inocente”

Víctor Hugo

Leo es un joven boxeador prometedor que acaban de diagnosticarle un cáncer irreversible. Mientras camina desesperado y sin rumbo una noche por los suburbios de Tokio, se tropieza con Mónica, una joven prostituta adicta, que huye de un policía corrupto y un yakuza traidor. Leo se implica y los dos huyen bajo las sombras de una noche japonesa que no tendrá fin, perseguidos por los citados, a los que se unirán los compañeros del yakuza y una asesina enviada por las tríadas chinas. Takashi Miike (Yao, Osaka, Japón, 1960) fue asistente de dirección del gran cineasta Shohei Imamura. En 1991 debutó como director realizando películas en el sistema V-Cinema, cintas destinadas al prolífico y demandado universo del vídeo doméstico, debido a su éxito pudo debutar en el cine a mediados de los 90, en una carrera que ya sobrepasa la friolera de 100 títulos, entre los que ha subvertido y transgredido todos los géneros habidos y por haber, desde la perversión a la mafia, la comedia burlesca, el drama íntimo, el western, el terror, adaptaciones manga singulares y muy personales, cintas “Tokusatsu” (superhéroes al estilo japonés) o acción pura y dura.

Desde su primer éxito internacional, aquel Audition (1999), Miike ha sido fiel a su estilo, por decirlo de alguna manera, porque también lo transgrede y pervierte a su antojo, con películas que han seguido gustando al público fuera de su país, como  Dead or Alive (1999) del mismo año, a los que siguieron otros como  Ichi the Killer (2001), One Missed Call y Gozu, ambas del 203, remakes de grandes títulos de samuráis de los sesenta como 13 asesinos (2011) o Hara-Kiri: Muerte de un samurái (2013) o incluso películas presentadas en el prestigioso Festival de Cannes como Blade of the Inmortal (2017). Un grupo reducido y representativo del estilo Miike, un marco personal e intransferible en que el cineasta nipón pervierte y transforma cualquier tipo de género, llevándolo a su universo, donde reina la oscuridad, los bajos fondos, y la hiperviolencia, una violencia tratada desde múltiples miradas y aspectos, siempre dotándola de toques negrísimos, donde hay cabida para el gore, el surrealismo o la crítica social.

En First Love, Miike nos envuelve en la oscuridad y la violencia de una noche en Tokio, rodeados de gentuza sin escrúpulos, desde yakuzas ambiciosos y asesinos, polis corruptos que se asocian con mafiosos traidores, maleantes narcotraficantes, amantes despechadas sedientas de venganza, o asesinas profesionales frías y retorcidas, y en mitad de todo ese universo de muerte y destrucción, nos encontramos a la pareja protagonista, dos jóvenes inocentes, lastrados por un destino cruel y caprichoso, envueltos en una madeja donde solo les vale correr y huir de tan siniestro grupo. Todos emprenden una persecución adictiva y violenta, detrás de un importante alijo de droga que se convierte en el macguffin ideal de este retrato crítico y cargado de ironía sobre los bajos fondos japoneses. Un grupo que se mueve por esos lugares siniestros y deshumanizados de una ciudad adicta al juego, al consumo y a la velocidad como Tokio, donde sus vidas pende de un hilo, donde cada instante es crucial, en el que cada detalle marcará sus destinos. El cineasta japonés envuelve su película en un trhiller intenso y bien filmado, con un ritmo endiablado, y unos personajes complejos y llenos de capas, con una gran carga de tensión y profundidad en sus casi dos horas de metraje.

Miike se vuelve a reunir con muchos de sus cómplices habituales como Masaru Nakamura en labores de guión, Nobuyasu Kita en la cinematografía, o Koji Endo en la música, para construir ese universo personal y transgresor de uno de los directores más prolíficos de la historia, con ese estilo muy marcado y reconocible, que ha hecho un cine libre, sin ataduras y nada acomplejado, con una misión clara de entretener, y sobre todo, de lanzar críticas a todos los estamentos japoneses, enfurecido contra una sociedad sin alma, donde impera la estupidez, el materialismo y la violencia, pero no lo hace de una forma cruda y realista, sino optando por un camino contrario, desde el humor negro y la singularidad de sus situaciones, mostrándolas desde aspectos ridículos, grotescos y surrealistas, a través de personajes reconocidos de la sociedad y cultura japonesas, pero dotándolos de un tono cómico, patético y exagerado, mofándose de ese afán asiático de las costumbres o tradiciones que choca con sus formas de vida tan occidentalizadas y consumistas.

Un estilo absorbente y brutal que nos atrapa desde lo más profundo, dejándonos llevar por esta nueva mirada del maestro Miike, con un thriller intenso, de esos en los que nos puedes pestañear un solo segundo, lleno de vitalidad, brutalidad y espectacular, como la secuencia que mejor define el cine de Miike, la de la gigantesca ferretería donde todos los implicados acaban enfrentados unos a otros, con la pareja de huidos por las circunstancias, que recuerda y mucho a aquellas parejas huidas como las Sólo se vive una vez, de Lang, Los amantes de la noche, de Ray, o la de Malas tierras, de Malick, parejas marcadas por un destino fatalista del que intentan huir por todos los medios. Una secuencia en la que Miike hace gala de ese estilo donde en cualquier instante pasa de un género a otro, de una forma libre y transparente, con un gesto del personaje o un leve movimiento de cámara o ángulo, siempre con esa comedia negra, donde todo es factible a la crítica, al esperpento o la ridiculez.

First Love vuelve a demostrarnos la capacidad innata de un cineasta único en su especie, sin término medio, con el aroma de los Roger Corman, Jess Franco o Russ Meyer, entre otros, donde lo que prima es la libertad absoluta en la creación, la transgresión absoluta de los géneros, manipulándolos y presentándolas de las formas más imprevistas y personales, quitándoles toda la ceremoniosidad que otro defienden a pies juntillas como si fuese la biblia cinematográfica. Miike construye una película de género negro, con ese romanticismo joven y libre, que representan la pareja atrapada y enamorada, mostrando esa inocencia enfrentada a esa otra cara siniestra de la sociedad, la de ese universo de malvados, sangre y gentuza, que vive del delito y el asesinato. El cineasta japonés sabe construir historias potentes, de marcado estilo visual (como esos insertos del manga japonés a través de la animación más visual y espectacular) entretiene de manera magnífica, ajusticia a sus maleantes, y divierte, sin pretensiones ni esa aura de autor profundo, sino en ocasiones llegando mucho más allá con productos aparentemente nada profundos ni personales. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Los miembros de la familia, de Mateo Bendesky

PAISAJE EN LA NIEBLA.   

“La adolescencia representa una conmoción emocional interna, una lucha entre el deseo humano eterno a aferrarse al pasado y el igualmente poderoso deseo de seguir adelante con el futuro”

 Louise J. Kaplan

La adolescencia es un tiempo de incertidumbre, un tiempo de buscarse, de perderse y de encontrarse constantemente, un tiempo lleno de nubarrones, eso sí, pasajeros, de sentir por primera vez ciertas emociones incomprensibles, tan ajenas y extrañas a nosotros, pero en realidad, tan cercanas e íntimas, un tiempo de cambios, tanto corporales como emocionales, de mirar aquello que nunca mirábamos, a ver las cosas desde otra posición, un tiempo de descubrir y sobre todo, descubrirnos, un tiempo que cuando queremos darnos cuenta se convierte en un mero recuerdo lleno de niebla y muy lejano. En el tiempo de la adolescencia instala Mateo Bedesky (Buenos Aires, Argentina, 1989) su segundo trabajo, que recoge alguno de las situaciones ya apuntadas en su opera prima Acá dentro (2013) en la que exploraba el aislamiento y proceso interior de David, un joven porteño al que escuchamos divagar sobre cuestiones vitales, laborales o sentimentales.

En Los miembros de la familia, Bendesky convoca a dos hermanos. Por un lado, Gilda, 20 años, recién dada de alta de un proceso de rehabilitación emocional, enfrascada en su sentido a la vida y experimentando con adivinaciones y terapias, obsesionada con su “mala energía”, en cambio, Lucas, de 17 años, obsesionado con el fitness, y con su cuerpo y la lucha, experimenta a través de sus pulsiones sexuales. Dos hermanos que realizan un viaje a la costa, al lugar de veraneo de la madre, fallecida de suicido, para llevar a cabo la última voluntad de ésta, depositar sus restos en el mar, aunque lo único que les han entregado es su mano prostética. Llevada a cabo la operación, se ven obligados a permanecer en ese lugar de veraneo en invierno (como aquel triste y vacío hotel de Whisky) ya que hay huelga de autobuses y las alternativas cuestan un dinero que no tienen. Gilda y Lucas tendrán que convivir en una casa que no soportan, llena de fantasmas, inventados o no, y de espacios a los que no se atreven a entrar, además, de su dificultosa relación que los enfrenta constantemente, debido a sus diferencias de carácter y el duelo por el que atraviesan.

El cineasta argentino construye un espacio cinematográfico sencillo, lleno de silencios y vacíos, con una cámara que filma esa intimidad con la distancia y la prudencia del que mira con atención, pero deja espacio para captar la soledad y el proceso interior de cada personaje, situándolos en una especie de limbo muy físico peor a la vez emocional, donde cada uno lleva lo que lleva como puede o siente. Los (des) encuentros de los dos hermanos, y a través de ese espacio silencioso, roto por el mar, y esa situación de prisión, escenifica con sensibilidad y creatividad todo ese conflicto emocional que atraviesan los dos personajes principales, atados y experimentando la adolescencia y el duelo por la madre fallecida, una especie de dos náufragos emocionales varados en una isla demasiado ajena y alejados de una realidad muy jodida y un futuro lleno de incertidumbre, como si todo lo que les ocurre, les estuviera sucediendo a otros que se les parecen mucho.

Bendesky necesitaba a dos intérpretes jóvenes que supieran transmitir el tsunami emocional que sufren los dos hermanos, y los ha encontrado en la capacidad transmisora de Laila Maltz (que habíamos visto esplendorosa en las imprescindibles Kékszakállú (2016), de Gastón Solnicki, y en Familia sumergida (2018), de María Alché) componiendo un personaje muy perdido, sin rumbo, experimentado con las energías alternativas, el amor y la sexualidad, desesperada por encontrar ese camino lleno de niebla que no logra atajar, y Tomás Wicz, otro joven talentoso, que arma con sabiduría e intensidad ese Lucas, lleno de energía y pulsión sexual que quiere desatar cuanto antes mejor. Dos hermanos, dos almas perdidas y sin rumbo, dos formas diferentes de enfrentarse al duelo en la adolescencia, rodeados de una casa ajena y extraña, llena de recuerdos y la memoria de los ausentes, de vivencias demasiado lejanas, demasiado perdidas en el tiempo, llenos de miedo y de inseguridades con respecto a la madre fallecida, en ese doloroso proceso de duelo, en que la película también introduce interesantes elementos de un humor negro para aliviar la tensión que viven los dos hermanos, unos Robinson Crusoe atrapados en una costa en invierno, en una luz tenue y apagada, y una casa llenas de demasiados sombras y lugares oscuros. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Víctor Cabaco y Mikel Iglesias

Entrevista a Víctor Cabaco y Mikel Iglesias, director y actor de la película “Vitoria 3 de marzo”, en el marco del BCN Film Fest, en el Hotel Casa Fuster en Barcelona, el martes 23 de abril de 2019.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Víctor Cabaco y Mikel Iglesias, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Marina Cisa y Sílvia Pujol de Madavenue, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño.

Vitoria 3 de Marzo, de Víctor Cabaco

EL PUEBLO EN LUCHA.

“A corazón suenan, resuenan, resuenan
las tierras de España, en las herraduras.
Galopa, jinete del pueblo,
caballo cuatralbo,
caballo de espuma.

¡A galopar,
a galopar,
hasta enterrarlos en el mar! ”

(Fragmento de “Galope”, de Rafael Alberti)

Fue a las cinco y diez de la tarde, de un miércoles 3 de marzo de 1976, en la ciudad de Vitoria, cuando unos botes de humos sacaron a los miles de trabajadores que se habían alojado en asamblea en la Iglesia de San Francisco, en el barrio obrero de Zaramaga. En la calle, les recibieron a tiros agentes de la policía armada, utilizando pelotas de goma y fuego real. El saldo fue demoledor, cinco trabajadores asesinados y cientos de heridos. Los hechos nunca se investigaron y nadie fue enjuiciado. Hacía tres meses y medio que el dictador había muerto y el país todavía arrastraba las barbaridades de la dictadura franquista, con sus líderes todavía en el poder como Fraga como Ministro de gobernación o Martín Villa, Ministro de asuntos sindicales. Vitoria 3 de marzo hace un recorrido histórico y humano de aquellos hechos, aquellas personas que se levantaron contra la tiranía de la patronal que los ahogaba con salarios y condiciones laborales precarias.

Una película que arranca un 25 de febrero, cuando los huelguistas ya llevan casi dos meses de protestas y reivindicaciones. La puesta de largo de Víctor Cabaco (Santander, 1967) con experiencia como ayudante de gente como Kepa Sojo o Koldo Serra, y batallado en las series de televisión, es una crónica de aquellos trágicos sucesos de Vitoria del 3 de marzo, pero desde el lado humano de algunas de aquellas personas, ficcionadas para la ocasión, donde conoceremos a Mikel, un joven líder de la huelga y alma mater de los trabajadores rebelados, que conocerá a Begoña, una estudiante que verá en Mikel la voz de la conciencia, tan alejada a su realidad cotidiana, aquella fuerza soñadora y luchadora para hacer un mundo mejor. El padre de Begoña, José Luis, un periodista de una radio local, sigue el transcurso de la huelga e intenta darles la voz que otros medios generalistas y afines al régimen no les proporcionan, su mujer, Ana, hará lo impensable, como sonreír y algo más a Eduardo, un viejo amigo de la familia, que tiene un puesto de responsabilidad en la gobernación.

Cabaco echa mano a la canción “A galopar”, de Paco Ibáñez, que pone música y cante al poema de Alberti, y a un tema de Georges Moustaki, el de “17 ans”, que aparte de reivindicar un tiempo de lucha y arrastrado del mayo del 68, explica aquellos primeros sentimientos de ese amor adolescente puro y romántico, cuando todo está por hacer y todo es posible. El director santanderino aúna con brillantez y naturalidad los hechos ficticios y la intimidad de los trabajadores, con las relaciones que se van construyendo entre unos y otros, explorando sin manierismo los conflictos internos entre ellos y los conflictos entre las altas esferas, esos empresarios cansados de tanta huelga y las presiones de Madrid para que el gobernador ataje con contundencia tanta algarabía obrera. Además, la película se cuenta a través de una familia, la familia de Begoña, con sus formas de ver su adolescencia, su primer amor, su recién nacida conciencia de clase, y las relaciones difíciles de sus padres que luchan entre el compromiso obrero y el miedo por el trabajo y por su hija. La película arranca esos días antes, con esos colores apagados que irán haciéndose más sombríos a medida que van avanzando los hechos y la explosión final.

A pesar de que conocemos los hechos, la película logra sumergirnos en los hechos y las circunstancias que plantea, construyendo con acierto y brillantez todos los pormenores que llevaron a ese día, cociendo a fuego lento todo lo que estallará esa fatídica tarde del 3 de marzo. Un momento cumbre de la película, astutamente bien filmado, en la que echan mano de las imágenes reales que se conservan de los hechos, las imágenes ficticias construidas de la película, y finalmente, las grabaciones reales de la policía armada, los temidos “grises”, todo ello dentro del caos bélico y humano que se desarrolló aquella tarde, con carreras, gritos, tiros, sangre y muerte. Un reparto alejado de las caras conocidas que transmiten humanidad y complejidad a una serie de personajes que se mueven en la lucha por mejorar unas vidas difíciles y perseguidas, bien encabezado por Mikel Iglesias como Mikel, uno de los líderes obreros, a su lado, Amaia Aberasturi como Begoña, y los adultos como Ruth Díaz y Alberto Berzal como los padres de Begoña, y el malcarado José Manuel Seda como Eduardo, el esbirro del estado, y un buen puñado de intérpretes que saben transmitir esa humanidad y conciencia que requiere la película.

Relato tristemente emparentado con los terribles sucesos de 1972 en Derry, Irlanda del Norte, cuando el ejército británico asesinó a 14 personas que protestaban a favor por los derechos civiles, que el grupo irlandés “U2” reivindicó en la canción “Bloody Sunday”, llevados al cine en la película homónima de 2002, dirigida por Paul Greengrass. Cabaco y su equipo han construido una película humanista, política y honesta, que reivindica la memoria de todos aquellos trabajadores y en especial, a los fallecidos, como da buena cuenta los espectaculares títulos de créditos acompañados por las imágenes reales de los entierros mientras suena el “Campanades a morts”, de Lluís Llach. Un tiempo y una memoria que el cine mira con sinceridad y alma, un tiempo y una memoria que necesita recordase para que no vuelva a ocurrir, para acordarse de todos aquellos que lucharon por un mundo mejor, más justo y más humano. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Fernando Bernués

Entrevista a Fernando Bernués, director de la película “El hijo del acordeonista”, en el Hotel Eurostar Ramblas en Barcelona, el miércoles 10 de abril de 2019.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Fernando Bernués, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño,  y a Emilia Esteban de Olaizola Comunica,  por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño.

El hijo del acordeonista, de Fernando Bernués

LAS CICATRICES NO SE BORRAN.

Los aficionados a la lectura quizás recordarán la novela corta Reencuentro, de Fred Uhlman (1901-1985) en la que exploraba los males del nazismo y sus terribles secuelas en la mirada de Hans, judío, y Konradin, nazi, dos amigos adolescentes que la guerra separó, y su posterior reencuentro en los años sesenta. Mucho de aquella novela encontramos en el libro El hijo del acordeonista, de Bernardo Atxaga (Asteasu, País Vasco, 1951) en la que el escritor vasco se sumerge en la amistad entre David y Joseba, dos chavales que crecen en Obaba, pueblo mítico e imaginario en el universo de Atxaga (una especie de Macondo particular) a mediados de los setenta. Un lugar dividido entre los que ganaron la guerra, el padre y los amigos de David, y los perdedores, el entorno de Joseba, a los que el pueblo asfixiante y conservador se les ha quedado muy pequeño. Este desolador panorama de rivalidades y heridas demasiado abiertas, se convierte en el caldo de cultivo perfecto para que David, por mediación de Joseba, lo deje todo y se convierta en un soldado clandestino que luchará con armas por la causa vasca, junto a su amigo del alma.

El director Fernando Bernués (Donosti, 1951) reconocido en el teatro, televisión y cine, con la que ha codirigido dos películas, debuta en solitario adaptando la novela más personal de Atxaga, que ya tuvo una adaptación teatral en el 2013, dirigida por el propio Bernués. Cuarta novela de Atxaga que llega al cine, con guión de Paxo Telleria (también adaptador en el teatro) en un relato que se divide en dos etapas, en la primera, centrada en los setenta, vemos como David y Joseba viven en ese pequeño pueblo donde las envidias, la miseria moral y lo tradicional mellan a una parte de la población, la vencida de la guerra, la que vive sometida ante el régimen franquista. Y una segunda etapa, la de finales de los noventa, cuando David, gravemente enfermo, recibe la visita de su amigo Joseba, ya adultos, dispuestos a enfrentarse cara a cara y hablar del pasado, cerrar heridas y marchar en paz.

La película viaja de un lugar a otro continuamente, mostrando todos aquellos aspectos oscuros de la vida cotidiana de los setenta, en una atmósfera irrespirable y opresiva en que habitan dos bandos, y donde aumentará la radicalización de David y Joseba cuando son testigos de las injusticias y asesinatos que cometen las autoridades franquistas. Después, nos contarán la vida clandestina perteneciendo a ETA, sus actividades y las diferencias entre los miembros del comando, para finalmente, saltar en el tiempo y llevarlos hacia su reencuentro, a rememorar aquellos años y todo lo que ocurrió entre ellos, mirándose y confesando todos los errores y aciertos que cometieron en unos tiempos convulsos y llenos de miedo, donde coger las armas significó para ellos un antes y después en sus vidas. Bernués opta por una luz enigmática y natural obra del gran Gonzalo Berridi (responsable de películas de Medem, Uribe, Gutiérrez Aragón…) creando esa atmósfera turbia y opresiva que tanto demanda el pueblo de Obaba, una extensión de la emocionalidad de los personajes, que se encuentran perdidos y encerrados entre tanto miedo y opresión, con la excelente música de Fernando Velázquez, que sin subrayar ni acompañar, ayuda a crear esos ambientes de luz que tiene la película, aunque sean muy pocos, crean esa tensión interior entre lo que sienten los personajes y el ambiente de terror en el que se mueven, y finalmente, el ágil y estupendo montaje de Raúl López (autor de Loreak o Handia, entre otras) que viaja de un tiempo a otro, sin que resulte pesado o tedioso.

Un relato duro y lleno de aristas emocionales que recupera el aroma de películas como En el nombre del padre o The Boxer, ambas de Jim Sheridan, dedicadas a explorar el terrorismo del IRA y sus graves consecuencias en la población. Bernués nos habla de la herencia paterna, del miedo de aquellos años de franquismo, de las tensiones entre lo que se debe hacer y lo que se siente, la violencia moral que se vive cuando las cosas se hacen mal, y la violencia física como único recurso ante tantas injusticias. Una narración brillante y laberíntica, nos lleva a la cotidianidad de unos personajes marcados por una guerra, la de los padres, y todo aquello que dejó en el ambiente, esa mugre y podredumbre entre unos y otros, hablándonos de frente de la culpa, el remordimiento, el rencor, el odio y la violencia que ha azotado durante tantos años una tierra bella, pero llena de cadáveres. Un estupendo y contundente reparto de caras poco conocidas encabezados por Aitor Beltrán y Cristian Merchán, dando vida a David de adulto y joven, respectivamente, al igual que Iñaki Rikarte y Bingen Elortza, dan vida a los Joseba, Frida Palsson es la mujer americana de David, y las otras mujeres como Mireia Gabilondo, Miren Arrieta y Laia Bernués, dando vida a esas miradas que sufren y padecen los avatares de tanta tensión entre los hombres, José Ramón Argoitia como el tío Eusebio, tan alejado de su padre, el acordeonista oficial del pueblo y franquista, que también hace el oficio del gran Joseba Apaolaza, con el instrumento musical como objeto de controversia y tensión entre padre e hijo, ya que significa obedecer y seguir los pasos de los vencedores y asesinos.

Una película que se sumerge en nuestra historia reciente, la más oscura, en aquella que todavía no está cerrada, en la que tantos recuerdan a aquellos que ya no están, que murieron porque unos y otros decidieron que la muerte significaba luchar contra la opresión y a favor de la libertad. Tiempos de miedo, de terror, de enemigos propios y ajenos, de amigos y traidores, de política, de violencia, de enemistades, de hombres corrientes que se lanzan a la lucha armada, de tiempos oscuros y llenos de sangre, de un tiempo que recordarán los amigos en los noventa, cuando ha llegado el tiempo de recordar, de mirarse a los ojos, de sumergirse en el interior del otro, y perdonar, confesar tantas verdades y acciones que en su día no encontraban explicación, de hablar sin tapujos, de contarlo todo, de construir el presente a través de confesar los errores del pasado, sin miedo y con profundidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA