A la vuelta de la esquina, de Thomas Stuber

CHRISTIAN SE ENAMORA DE MARION EN EL TRABAJO.

“Cuando salíamos del hipermercado al acabar el turno, afuera todo era diferente. Cuando cada uno volvía a su vida. Era como si todos cayéramos en un profundo sueño y regresáramos a casa el día siguiente”.

Sam y Jonathan, los dos vendedores de artículos de broma que pululaban por Una paloma se posó en una rama a reflexionar sobre la existencia, de Roy Andersson, o los Santa, Jose, Reina o Amador de Los lunes al sol, de Fernando León de Aranoa, y también, Marcel Marx, el artista sin suerte de La vida de bohemia y más tarde el limpiabotas humilde de Le Havre, a los que podríamos añadir Ilona y Lauri, los desafortunados enamorados de Nubes pasajeras, o incluso a Koistinen, el guardián nocturno apocado de Luces al atardecer, todas de Aki Kaurismäki, pertenecen a ese nutrido grupo de individuos solitarios, invisibles, ausentes de sí mismo, tipos que se mueven entre los márgenes, solitarios y cabizbajos, empeñados en la mala suerte, escapando de turbios pasados, y sobre todo, muy silenciosos, con vidas rutinarias, empleos tediosos y aspiraciones ausentes, pero eso sí, cuando hablan se vuelven personas coherentes, sinceras, reflexivas y acogedoras, como Christian, el protagonista de la película A la vuelta de la esquina.

Christian es alguien que huye de su pasado oscuro, de los que todavía conserva un sinfín de tatuajes que adornan su torso y brazos, alguien que empieza de nuevo, alguien que empieza en su nuevo trabajo en un hipermercado mayorista en el turno de noche como reponedor de bebidas junto a Bruno. Una maraña de interminables estanterías, llenos de pasillos, donde se amontonan palés de bebidas en su caso, pero llenas de productos diversos para los clientes. Las jornadas nocturnas se desenvuelven en su rutina particular, conociendo el producto, los espacios y demás compañeros, como Marion, una atractiva rubia al que todos llaman “la chica de los dulces”,  que llama la atención del callado Christian, mientras toma un café frente a la máquina. A partir de ese momento, las jornadas cambiarán de tono y aspecto, y los encuentros fortuitos y no tanto, con la adorada Marion se irán sucediendo en los meses.

Thomas Stuber (Leipzig, Alemania del Este, 1981) se enfrenta a su cuarto largometraje como director basándose en un cuento del libro Todas las luces, de Clemens Meyer, coautor junto a Stuber del guión, donde Christina se convierte en el hilo conductor de la narración, ya que junto a él, conoceremos ese mundo laboral nocturno, donde el bullicio y el trasiego del día en el hipermercado desaparece para adentrarse en un mundo silencioso, roto por algún ruido mecánico, muy espacioso, donde los trabajadores son casi meras sombras que se mueven mecánicamente en su quehacer nocturno, llevando palés a su ubicación y vuelta a empezar, parando para echar un cigarrillo en los lavabos, atrapar a hurtadillas un bocado del producto que se tira, o compartir alguna que otra broma con los compañeros de los demás pasillos. Stuber abre la película con el “Danubio Azul”, de Johan Strauss, creando esa atmósfera peculiar y extraña, casi de película de terror,  donde reina una oscuridad y  silencio sepulcrales que se genera en el hipermercado durante el turno de noche, solo roto por el ruido de las carretillas manuales y elevadoras, instrumentos que se convertirán en un aprendizaje y adaptación para Christian, en el que su manejo ocultará algo mágico para el devenir de la historia.

El cineasta que creció en la RDA, tiene un hermoso homenaje al trabajo en el país extinto a través del personaje de Bruno, alguien que guarda celosamente su vida, o podríamos decir aquello que hace cuando no trabaja. Una película que encierra una hermosa y profunda historia de amor entre dos solitarios, entre dos personas que una, Christina huye de su pasado, de quién fue, y otra, Marion, con un matrimonio infeliz, clama en silencio por un poco de paz y tranquilidad, dos seres sensibles y espectrales en el trabajo, que encuentran el amor en el lugar más insospechado, entre pasillos, cajas y productos que otros compraran. El cineasta alemán acota su película en las cuatro paredes del hipermercado, a excepción de alguna que otra secuencia en el exterior, sumergiéndonos en la idea de belleza y profundidad en un lugar donde la mecanización se apodera de los movimientos de las personas, donde todo está previsto, en que la humanidad se abre camino entre tanta máquina y cotidianidad laboral, donde estos seres sencillos, de vidas rutinarias y emociones dormidas, despertarán a la belleza de los sentidos, a la pequeña alegría de tomar un café en compañía, a escuchar al compañero y sus problemas, a la ayuda de alguien que lo necesita, a ese consejo que solo la madurez sabe dar, o a esos pequeños momentos, casi sin relevancia, que cada día se suceden mientras trabajamos.

Una pareja protagonista magnífica que destila sensibilidad y humanismo a unos personas corrientes, de esos que nos cruzamos a diario, de los que se suben al autobús después de una larga y dura jornada laboral nocturna, o que se toman una cerveza entre amigos, excepcionalmente interpretados por Franz Rogowski (que hemos visto en la última de Haneke, o en filmes de Malick o Petzold) como Christian y Sandra Hüller como Marion (que estaba extraordinaria en Toni Erdmann, de Maren Ade, una de las últimas revelaciones del cine alemán) bien secundados por Peter Kürth que da vida al noble y honesto Bruno, y actores de gran reputación como Henning Peker o Matthias Brenner, entre otros. Una película sencilla y honesta, que ahonda de manera sincera y brillante en el trabajo y todo aquello que rodea una parte esencial en la vida de las personas en el mundo, con todas sus peculiaridades, con todos esos mundos únicos y extraños que se generan, las soledades compartidas o las relaciones profundas y no tanto que se van generando entre unos y otros. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

 

La sombra del pasado, de Florian Henckel von Donnersmarck

NO APARTES LA MIRADA.

Hace trece años, la película La vida de los otros, sorprendió a propios y extraños con una historia ambientada en la RDA de los años 80, en la que un agente de la Stasi espiaba a la pareja formada por un reconocido escritor y una actriz. Una película que describía un tiempo, un lugar y las relaciones oscuras y contradictorias que se vivían en una atmósfera opresiva. Detrás de todo esto descubrimos a su director, Florian Henckel von Donnersmarck (Colonia, Alemania, 1973) que recibió elogios de todo el mundo. Sorprendió con su siguiente película The Tourist (2010) lanzándose al mercado de Hollywood con un producto sin más acompañando a dos star como Jolie y Depp. En su tercera película, La sombra del pasado, vuelve al marco de La vida de los otros, en una película que recorre casi treinta años de la historia de Alemania que arranca en el año 1937 con los nazis en el poder, seguirá con la Segunda Guerra Mundial, el fin del Tercer Reich, la temible posguerra, el exilio en la Alemania del Oeste, y finalmente, la consagración como artista en 1966 del protagonista Kurt Bartnert, personaje basado en la figura del artista alemán Gerhard Ritcher, si bien la película no es una biografía al uso, se recogen varios momentos de su agitada existencia desde su infancia hasta su edad adulta.

El cineasta alemán nos convoca en una película de 190 minutos, en la que abarca varios temas como la familia, donde se instala el cariño y la comprensión, pero también, la mentira y la hipocresía, las consecuencias de los errores del pasado, en la figura del Professor Seeband, antiguo médico nazi que asesinó y esterilizó a cientos de mujeres aquejadas de problemas mentales o físicos, que intenta limpiar su pasado alimentando su nueva posición política en esa Alemania del Este, ahora socialista y hermanada con los soviéticos. Y finalmente, el arte visto desde varios prismas, como propaganda y recuerdo histórico en la RDA cuando empieza el joven Kurt, y más tarde, en Dresde, como expresión artística y humanista que habla de nosotros y todo aquello que nos rodea, como herramienta eficaz y necesaria para enfrentarse a los males que nos acechan y así encontrarnos con nosotros mismos y perdonarnos.

El relato se centra en las relaciones personales, arrancando con la de Kurt de niño y su tía, Elisabeth May, que le abre el mundo al conocimiento del arte y su valor como pintor, una tía que, debido a sus problemas mentales, será internada en un centro y posteriormente, esterilizada y asesinada por el equipo del Professor Seeband, y más tarde, cuando el joven Kurt estudia en la escuela de arte conocerá a Ellie, una hija de Seeband, de la que se enamorará, desconociendo los dos el terrible secreto que los acecha. Una película de idas y venidas, de personajes que constantemente tienen que empezar otra vez, hacerse su propio camino dentro de la desestabilización que primero provocaron los nazis, la guerra, y después la división en dos de un país, y las dos zonas delimitadas entre un mundo y otro, y como los individuos vivían, o más bien, sobrevivían en ese caos social, económico y cultural.

Henckel von Donnersmarck centra su película en la figura de Kurt Bartnert, sobrino de tía asesinada por los nazis, hijo de profesor represaliado por haber sido nazi y desahuciado en la posguerra, y los descubrimientos del joven en la escuela de arte, destacando en la sobriedad y delicadeza en su trazo y erigido por la RDA como un gran muralista de propaganda política, luego el exilio y descubriendo otro mundo en la RFA y convirtiéndose en uno de los artistas más reputados de su tiempo, yendo cada vez más allá y sabiendo que en el arte no hay reglas, ni normas, sólo emociones y profundidad, creando un arte libre, humanista y comprometido. La película maneja con audacia el tempo histórico, como la síntesis explicativa que hace del período de la Segunda Guerra mundial, con esos aviones sobrevolando el pequeño pueblo donde vive Kurt y su familia, o los grandes cambios sociales y culturales que se van desarrollando tanto en una Alemania como otra, sumergiéndonos con naturalidad en esa atmósfera cotidiana y familiar con tintes de thriller, en el que sabremos constantemente el peligro y la terrible verdad que acecha a la joven pareja que protagonizan una delicada y sensible historia de amor, viviendo en esa buhardilla como los enamorados de Cold War, en el que su sencillez y austeridad material contrasta con esas ansias de libertad personal y creativa que mantiene Kurt.

El director alemán opta por el excelente músico Max Richter (autor de obras tan maravillosas y contundentes como Vals avec Vashir, de Folman, Sutter Island, de Scorsese, o los trabajos de Villeneuve, entre otros) en una partitura que sabe manejar con soltura los momentos más alegres con los amargos, sin caer en estridencias ni nada que se le parezca, haciendo de la sutileza su mejor aliado, en un relato duro y amargo sobre el olvido y lo necesario de recordar, en la que nos habla de frente a los males pasados e invita a la reflexión, a no apartar la mirada, a mirarlos de frente, a hacer examen de conciencia, a enfrentarlos y enfrentarse a uno mismo, a construirse constantemente sin obviar ese pasado oscuro y terrible que también nos ha llevado al momento justo en el que estamos, en una película llena de laberintos históricos y personales, donde la historia y la vida cotidiana se mezclan y confunden en un fresco histórico que recuerda a Heimat – La otra tierra (2013) de Edgar Reitz, en la que se recorría la historia de Alemania del siglo XIX a través de unas familias de un pueblo ficticio.

Un reparto magnífico que dan vida a unos personajes humanos, unos y ambiguos, otros, encabezados por Tom Schilling dando vida a Kurt, un espíritu libre que se ha ido labrando su vida y su arte desde abajo, confiando en su instinto y en el amor hacia Ellie, Sebastian Koch interpreta al Professor Seeband, que ya fue el escritos espiado en La vida de los otros, un ser oscuro que oculta un oscuro pasado e intenta lavar su imagen en el nuevo país socialista, y Paula Beer, que fue la joven que espera pacientemente a su enamorado de La Gran Guerra en Frantz, de Ozon, interpreta a la hija de Seeband, que desconoce el pasado del padre, y mantiene un amor puro y libre con Kurt, dos enamorados en ese mundo que oculta tantas barbaridades, el amor convertido en ese paraíso indomable para soportar los males del ser humano, o al menos llevarlos de de la mejor manera posible. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

La revolución silenciosa, de Lars Kraume

UN GESTO POLÍTICO.

No hay ningún gesto inocente, cualquier gesto, por ínfimo que sea, siempre esconde otra intención, y en algunos casos, una intención mayor, porque ese gesto pretendidamente inocente, tiene dos situaciones completamente diferentes, una, el propio gesto en sí, y el otro, aún mayor, el escenario elegido, el lugar donde se perpetran los hechos, que provoca que ese gesto inocente alcance dimensiones políticas de primer orden, porque el gesto en sí se convierte en un acto de protesta contra algo o alguien, y el contexto histórico del momento, será el que finalmente elija las consecuencias políticas de ese gesto. El nuevo trabajo de Lars Kraume (Chieti, Italia, 1973) se enmarca en un escenario político, como su celebrada película El caso Fritz Bauer (2015) en que el Fiscal General trabajaba en detener criminales nazis en la Alemania de los cincuenta, con especial dedicación a la localización de Adolf Eichmann. El cineasta alemán se inspira en la novela autobiográfica La revolución silenciosa, escrita por Dietrich Garstka (uno de los alumnos protagonista de los hechos reales) para volver a los cincuenta, y más concretamente al 1956, a la Alemania del Este, la conocida RDA, donde un grupo de alumnos de último curso escuchan en una radio clandestina y prohibida, la RIAS (la emisora de la Alemania del Oeste) los terribles acontecimientos de Hungría, cuando la población se levantó contra el invasor soviético, hechos que produjo unas represalias terribles en el que murieron 25000 y provocó el exilio de unos 250000 más. Los alumnos de último curso, ante estos hechos, se comprometen a realizar un minuto de silencio en mitad de una clase, en solidaridad con los húngaros. Este gesto en principio inocente, provoca un cisma político que llega a los dirigentes de la RDA, que emprenden una exhaustiva investigación para aclarar los hechos ocurridos.

Kraume nos sitúa en una atmósfera política de primer orden, en el que nos sumergimos en un país quebrado y dividido, con los acontecimientos cercanos del levantamiento del 53, donde se respira una agitación política entre sus ciudadanos (para muestra el significativo arranque de la película, en el que los dos protagonistas pasan al otro lado para visitar la tumba del abuelo nazi de uno de ellos). Estamos ante una película de corte político, un thriller de grandísima tensión y fuerza, con nervio y objetiva, explorando todos las posiciones que se explican en la película, una de ellas, el poder de la información mediante la propaganda, ahora llamada “fake news”, donde tantos unos como otros, la utilizan para sus propios beneficios, manipulando a sus ciudadanos y agitándolos hacia el lado que más les convenga, y sobre todo, el miedo en el que conviven unos alumnos y sus familias, adeptos al nuevo régimen, y esa mirada inquisidora y oculta del pasado nazi, donde unos y otros, tienen mucha culpa que tapar, como explicaba Borges en su célebre cuento Tema del traidor y héroe, donde daba buena cuenta de las múltiples interpretaciones del pasado, sus protagonistas y los hechos ocurridos.

Kraume ha hecho una película magnífica, brutal y de grandes hechuras, donde sus jóvenes protagonistas, sin quererlo, se enfrentan al aparato del estado, que elimina cualquier atisbo de resistencia, sean del origen y naturaleza que sea, convirtiéndose en enemigos del estado, en aquella Alemania rota, todavía sin muro, que será construido cinco años después de estos hechos, pero en la que podemos alumbrar ese ambiente social y político que se palpaba en cada rincón del país, en el interior de los hogares, en las casas apartadas de aquellos resistentes silenciosos (como el tío de uno de los alumnos, aquel que no se habla con nadie, el apartado, el apestado, el que piensa diferente) o en los pasillos y clases de un instituto, donde seguir las reglas y las obligaciones te convierten en uno de ellos, y no en un enemigo al que hay que eliminar.

Kraume da buena cuenta de todos los puntos de vista de los personajes, sin caer en el maniqueísmo de ciertas películas de índole político, donde hay unos buenos, y otros que son malísimos, aquí, nos cuentan las argucias de unos y otros, y todos salen mal parados, donde la definición de libertad acaba siendo un estado de ánimo, muy personal, muy alejado de lo que proponen los respectivos estados. El director teutón combina un excelente reparto en el que sobresalen los jóvenes protagonistas que dan vida a los alumnos, Tom Gramenz, Leonard Scheicher, Jonas Dassler y Lena Klenk, entre otros, bien mezclados por los intérpretes adultos, Jördis Triebel, Ronald Zehrfeld o Florian Lukas… Kraume nos sumerge en años de oscuridad, años de terror, años de miedo, a través de unos estudiantes valientes y de coraje, que pensaron en la solidaridad y el compañerismo, y en el grupo, como arma contra el estado, sin estudiar sus consecuencias, y sobre todo, el ejemplo de lucha y resistencia política como única arma del ciudadano contra la injusticia ya sea del ideario político del estado, porque sea de donde venga, el ciudadano siempre se verá encadenado a aceptar las reglas de los estados, privándolos de su vida, su tiempo y sus ideas, y claudicando a las reglas impuestas.

Encuentro con Jean-Gabriel Périot

Encuentro con Jean-Gabriel Périot, director de “Une jeunesse allemande”, con motivo de la sesión organizada por el colectivo OVNI (Observatori de video no identificat). El acto tuvo lugar el domingo 18 de junio de 2017 en el CCCB en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Jean-Gabriel Périot, por su tiempo, conocimiento, y generosidad, y al colectivo OVNI, por su organización, generosidad, paciencia, amabilidad y cariño.

Al otro lado del muro, de Christian Schwochow

al-otro-lado-del-muroLA LIBERTAD VIGILADA

Desde la aparición en el 2006 de La vida de los otros, de Florian Henckel von Donnersmarck, otros cineastas jóvenes han planteado sus películas abordando temas y situaciones de cómo era la vida cotidiana de los habitantes de la RDA. En el año 2012, Christian Petzold con Bárbara, y la pareja Georg Maas y Judith Kaufman en Dos vidas, retrataron aquellos años duros y oscuros de la Alemania del este. Ahora, se suma a esta terna el cineasta Christian Schowochow, nacido en la RDA en 1978, que junto a su madre, Heide Schowochow, escribieron el guión basándose en la novela Lagerfeuer, de Julia Franck. La tercera película dirigida por el realizador arranca con Nelly Snef, una mujer joven y atractiva, que huye de la RDA junto a su hijo Alexej. Ambos llegan a la Alemania del oeste y son internados en un centro de acogida hasta que sean capaces de regularizar su situación.

Entre 1949 y 1990 abandonaron la RDA aproximadamente unas cuatro millones de personas para empezar una nueva vida occidental. Nelly y su hijo Alexej escapan para deshacerse de recuerdos, para olvidar, como dice Nelly. Su vida en la RDA, que siempre la conoceremos en off, se ha convertido en un infierno, Wassilij, su marido, soviético de nacimiento, ha muerto en un accidente, y la Stasi, servicio secreto del este, no la ha dejado en paz,  y Nelly ha tomado la decisión de traspasar el muro e iniciar una nueva vida de cero. Pero, si había dejado el este huyendo de la persecución estatal, en el oeste se tropieza con el servicio secreto aliado, con los agentes estadounidenses al frente, que también quieren saber cosas sobre su ex marido fallecido. La atosigan a preguntas, retienen sus documentos para obtener información de su pasado en el este. Nelly y su hijo, se sienten perseguidos y espiados constantemente, las dificultades con las que tiene que lidiar a diario se alejan considerablemente de la idea que tenía de Alemania del oeste, de un país libre y democrático. Nelly encontrará apoyos con otros refugiados que esperan con esperanza que la maldita burocracia les deje respirar y así tener una vida mejor. Algunos de los internos se debaten en volver a la RDA o seguir en el centro esperanzados en salir de allí con un trabajo. Tiempo de tránsito y de amargura en la que Nelly y su hijo encontrarán ayuda y comprensión en Hans, un interno que lleva dos años en el centro, y muchos sospechan que se trata de un espía de la RDA. Ante estas hostilidades, la fuerza y la lucha constante de la joven serán necesarias para seguir en pie y no desfallecer en ningún momento.

Película contundente y sobria, que realiza un retrato realista y crítico con la forma de gestionar la llegada del inmigrante (problema tristemente de actualidad) y sobre todo, la actitud fascista de los gobiernos, presumiblemente demócratas hacía los recién llegados. Una cinta cruda y fascinante a la vez, que goza de la hermosísima interpretación de Jördis Triebel, que aporta a su personaje toda la desnudez (en algunos casos de la trama completamente explícita) y la complejidad de un personaje que arranca derrumbado pero que a medida que avanza la película se destapará y empezará a decir no, a ponerse en pie y que se respete su decisión de olvidar y no conocer la verdad, dejando atrás un pasado que pertenece a la RDA, y no quiere que nada ni nadie le quite el sueño de seguir luchando por una vida mejor en paz y tranquila.