Salvador, de César Heredia Cruz

EL SASTRE Y LA ASCENSORISTA.

“La vida es muy peligrosa. No por las personas que hacen el mal, sino por las que se sientan a ver lo que pasa”.

Albert Einstein

Estamos en la ciudad de Bogotá, en Colombia, en 1985, donde seguimos la apacible y solitaria existencia de Salvador, un sastre que tiene su espacio de trabajo en uno de esos edificios llenos de oficinas. Su vida taciturna y sin más, se ve fuertemente revolcada con la llegada de Isabel, la nueva ascensorista, que es todo lo contrario a él, extrovertida y bien parecida. Entre viajes, idas y venidas, nace una incipiente historia de amor entre ambos, aunque las dudas y miedos de Salvador cambiarán su rumbo. Mientras tanto, asistimos a la inseguridad y violencia creciente en la ciudad, donde hay disturbios, luchas internas y un continuo conflicto donde reina el miedo y el temor al otro. Después de trabajos tan interesantes como la película corta Elefante (2015), César Heredia Cruz (Bogotá, Colombia), debuta en el largometraje con una película que bebe mucho de esos tipos de vidas corrientes y silenciosas que vemos tanto en el cine de Kaurismäki, con aroma del amor de la pareja de desdichados de El apartamento (1960), de Wilder, y de los ambientes de Whisky (2004), de Juan Pablo Rebella y Pablo Stoll, y Gigante (2009), de Adrián Biniez, con esos personajes entre medias de ningún lugar, entre la vida y el amor, entre el deseo y la responsabilidad, en un tiempo suspendido y sin ilusiones, entre el trabajo y la nada.

El director colombiano compone una sutil y callada fábula de aquel tiempo, mediados de los ochenta, con esas películas de acción de Rambo II y de Chuck Norris, que tanto le gustan a Isabel, con esas dos personas que se aman, pero él, sobre todo, él, se muestra sorprendido, y llevado por la desaparición del hijo de su prima y la incertidumbre creada, acabará tomando una decisión con consecuencias traumáticas, porque no siempre la vida y sus regalos pasan cuando uno lo desea, sino cuando sucede. La luz mortecina e íntima de la cinematógrafa Juana González, que ya había trabajado en sus anteriores películas cortas, ayuda a una película de pocos espacios y escasos exteriores, porque nos quieren contar un relato de únicamente dos personas, dos almas solas, pero tan diferentes, que la vida y el destino hacen para que se conozcan e intimen, a ritmo de bolero, de viajes de ascensor, películas de acción, y comiendo helado en una colina mientras vemos la inmensidad y el peligro de la ciudad de Bogotá a sus pies, con esa pareja de grandes intérpretes muy populares en la televisión colombiana y buenas intervenciones en la gran pantalla, en el papel de Salvador tenemos a Héctor García y Fabiana Medina da vida a Isabel, una pareja como las demás, pero que el destino les tiene reservado una papeleta comprometida.

La vida envuelta en la difícil situación social y política, con una policía corrupta y la tensión violenta creciente, son los elementos que hilvanan esta película que huye de las filigranas narrativas y los golpes de efecto, para centrarse en una cinta muy sencilla, de personajes de carne y hueso, que deben lidiar y no siempre con orden y reflexión ante los avatares sociales y políticos que sufre su país, donde la toma del Palacio de Justicia por parte del grupo Movimiento 19 de abril, el “M-19”, un grupo guerrillero urbano, será la catarsis que pondrá a los dos personajes en una tesitura emocional de consecuencias imprevisibles. Un par de personajes más, clientes de Salvador, como el abogado que intenta seducir a Isabel, o un policía de esos que es mejor tener lejos, ayudan a crear ese clima de tensión y violencia que se vive en la ciudad donde transcurre la película, generando ese ambiente de miradas ocultas, donde gobierno juega a dos bandas, entre hacer ver que protege a la sociedad, y también, investigar a todo el mundo porque cualquiera puede ser un miembro crítico al que hay que eliminar.

Salvador es una película magnífica, de esas que se quedan dentro de nosotros, porque de forma sencilla y directa, plantea problemas emocionales muy humanos, de los que tarde o temprano tendremos que dar cuenta. Una historia que nos habla de nuestra verdadera naturaleza, de cómo nos enfrentamos a los acontecimientos que ocurren a nuestro alrededor, de en qué lugar nos posicionamos cuando nuestras decisiones afectan a aquellos que más queremos, y sobre todo, habla de valentía y la actitud ante la vida, la sociedad, la política y todo aquello que gira alrededor de nosotros, porque nunca podemos ser indiferentes a lo que ocurre y sobre todo, a lo que nos ocurre, y debemos ser capaces de mirar con detenimiento, reflexionar profundamente, y tomar la decisión más correcta para nosotros, porque quizás genera un catarata de acciones que se nos escapan de nuestras verdaderas intenciones, nunca es fácil tomar una decisión, pero lo que es peor no involucrarse en lo que ocurre y podemos perder a personas que de verdad son importantes para nosotros, nunca es fácil, porque la vida no lo es, y nadie nos dijo que intentando solucionar un problema inexistente, acabamos creando algunos que no tienen solución. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA 

Virus tropical, de Santiago Caicedo

PAOLA (Y LOS DEMÁS).

La voz en off de Paola, que todavía no ha nacido, nos explica su propia historia, a modo de narradora, para darnos la bienvenida a la película que arranca con el prólogo del embarazo de su madre, que algún que otro médico demasiado “Avispado” lo diagnostica como “Virus Tropical”, ahí es nada, entre lo esperpéntico y absurdo del comienzo se inicia la película, con ese magnífico plano que tras las nubes encuadra aquel Quito (Ecuador) de 1976, cuando Paola, la protagonista dará a luz, y conocerá, primero a su madre, Hilda, que se gana la vida como vidente, a su padre, Uriel, que fue sacerdote y en muchas ocasiones, ejerce como tal en su casa. Y sus hermanas mayores, Claudia, que pronto despertará su rebeldía y su coqueteo con las drogas, amén de su independencia y alejamiento de su familia, y por último, Claudia, reacia, en primera instancia a la recién llegada, peor con el tiempo se convertirán en una especie de madre-hija no declaradas. La novela gráfica Virus Tropical vio la luz en 2011 de la mano de Paola Gaviria, alias “Powerpaola” (Quito, Ecuador, 1977) donde hablaba de primera mano su vida en la capital ecuatoriana, infancia, adolescencia y el traslado a Cali (Colombia) a través de las relaciones familiares, propias, personales, amores y descubrimiento de un entorno en ocasiones demasiado hostil y extraño.

El director caleño Santiago Caicedo (Cali, Colombia, 1976) autor de varios cortometrajes de animación, y uno de ellos, Uyuyui¡ (2011) donde trabajó mano a mano con Powerpaola. Después de aquella experiencia fructífera arrancaron el proyecto de llevar al cine Virus Tropial, escrita por Enrique Lozano, que también estuvo en el cortometraje, en forma de un largometraje de animación de 96 minutos, donde han optado por una animación inocente y cálida, llena de matices y formas, y en blanco y negro, muy artesanal y directa, donde seguimos los pasos de Paola desde su nacimiento, sus años de descubrimiento, tanto en su entorno como en el personal, su adolescencia y primeros amores en Cali, y su llegada a la edad adulta. Caicedo nos cuenta un relato agridulce sobre la vida, con sus sinsabores y alegrías, eso sí, con humor perspicaz, inteligente e irónico, donde nos habla de una familia muy disfuncional, familia que podría recordar a las que retrata Wes Anderson, con sus peculiaridades, sus formas diversas de abordar la cotidianidad y la extrañeza de su vida y demás, y sobre todo, la idiosincrasia tan diferente de abordar sus problemas.

Todo se nos cuenta a través de la mirada inquieta y curiosa de Paola, entre la extrañeza propia de cuando eres niño, y poco a poco, se irá abriendo a ese mundo desconocido, superficial en muchos momentos y divertido en otros, en una versión femenina de Antoine Doinel, muy cercana a la adolescencia que experimentaba la Lady Bird, de Greta Gerwig, sintiendo o sufriendo las primeras salidas nocturnas con sus colegas, los primeros canutos, los besos robados o no, su primera vez y esa forma peculiar y rara de enfrentarse al mundo, a su entorno, y a todo aquello que siente por primera vez, sabiéndose alguien que encaja poco o nada en esa sociedad que parece ir muy deprisa, y en otros momentos, pareciendo todo de una vulgaridad y vacío enormes. Caicedo nos implica de forma natural y savia en su película y en las sensaciones diversas y extrañas de su personaje Paola, vivirá una infancia solitaria, en un principio, para luego verse protegida y guiada por su hermana Patricia, en una relación en la que sentirá el amor y la pérdida cuando la hermana abandona el hogar familiar para irse a Cali, y luego, el reencuentro con la Patricia, y una nueva vida, ya de adolescente en el Cali de finales de los 80 y sobre todo, en los 90, un mundo diferente, con otro acento y otras formas de vida, como se sentirá Paola, como una extraterrestre recién llegada, donde todo vuelve a empezar, donde todo nunca termina de acomodarse.

La película está envuelta en un fuerte ritmo, donde no dejan de suceder cosas, con idas y venidas en el seno familiar, como la separación de los padres, las continuas huidas y pérdidas de Claudia, de mal asiento, que proporcionará tantos disgustos a la madre, una mujer que deberá reinventar su vida constantemente, intentando vivir su vida o lo que queda de ella. La narración está llena de humor, ese humor corrosivo, genial y cínico, que se adapta al relato de forma natural, sin forzarlo ni utilizarlo de forma insustancial, sino todo lo contrario, donde convive de forma sencilla y honesta con el drama, incluso en muchos momentos, pasando de uno a otro, o mezclándolos, en la misma conversación o en los múltiples detalles y capas que abundan en todo el metraje, como ese padre ex sacerdote, esa madre vidente, esa hermana rebelde, o la otra, agria y luego amorosa, o la actitud de Chavela, la criada ecuatoriana, que parece una más o no.

Una adaptación magnífica y ejemplar de la novela de Powerpaola, donde ya se evidenciaban los temas y argumentos que exploraba con sabiduría y sencillez como la sexualidad, el feminismo, la familia o la identidad personal, en que recoge aquel aroma que ya residía con fuerza y magnetismo en Persépolis, de Marjane Satrapi y Vincent Paronnaud, otra novela gráfica que ya siguió el mismo camino ahora trazado por Virus Tropical, donde también nos explicaban con todo lujo de detalles la infancia y adolescencia de una niña en el Irán de los 80 dominado por los Ayatolás, la misma mirada irreverente y personal de la que hace gala Paola, eso sí, en un mundo diferente, pero también, intransigente con aquellos que piensan diferente al resto, en una sociedad que Paola descubrirá desde muchos puntos de vista diferentes y formas extrañas, creciendo en el Quito de los 80 y haciéndose persona y mujer en el Cali de los 90, una mujer independiente, sencilla, audaz en el dibujo, y enérgica en sus decisiones, en sus amistades, en el sexo, y en las relaciones con su peculiar familia, sus amigos, y con ella misma. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA


<p><a href=”https://vimeo.com/240558114″>Virus Tropical – Trailer</a> from <a href=”https://vimeo.com/timboestudio”>Timbo</a&gt; on <a href=”https://vimeo.com”>Vimeo</a&gt;.</p>