Los informes sobre Sarah y Saleem, de Muayad Alayan

LA CONVIVENCIA IMPOSIBLE.

La puesta de largo de Muayad Alayan (Palestina, 1985) fue Love, Theft and Other Entanglements (2015) un thriller apasionante donde un vulgar ladrón de coches palestino se veía envuelto en un lío de mil demonios cuando descubría que el vehículo que había robado contenía en el maletero un militar judío secuestrado. El conflicto palestino-israelí, como no podía ser de otra manera, vuelve a centrar su segundo trabajo Los informes sobre Sarah y Saleem, en la que vuelve a jugar con los caprichos del destino, situándonos en la ciudad de Jerusalén, dividida entre el oeste, espacio judío, y el este, espacio palestino pero militarmente ocupado por el ejército israelí. En esa atmósfera represiva y asfixiantes Saleem, un palestino casado a punto de ser padre que reparte pan, mantiene una relación extraconyugal con Sarah, dueña de una cafetería y esposa de un militar israelí. Los encuentros clandestinos de los amantes mantienen su cotidianidad sin que las respectivas parejas tengan constancia de tales hechos. Pero, todo cambia, cuando una noche en la zona palestina Saleem se pelea con un tipo que acosa a Sarah.

A partir de esos instantes, las existencias de Sarah y Saleem se convertirán en una lucha ciega e intensa para salvar sus vidas y sobre todo, salir airosos del incidente que cuando entra el ejército israelí en materia comienza a aumentar su alcance y peligrosidad, sobre todo para Saleem, que es acusado de terrorista. Alayan, que creció en la zona que retrata, se apoya en un excelente guión escrito por su hermano Rami Alayan, para mezclar con intensidad y agilidad los momentos de terror cotidiano a los que deberán enfrentarse sus personajes, convirtiendo esa atmósfera inquietante y naturalista que recorre todo el metraje, en una de sus mejores armas, tanto formales como argumentales, situando al espectador en el centro de la cuestión, sin tomar partido por el cuarteto de personajes que dirime en los hechos. Los ya mencionados Sarah y Saleem, y sus respectivas parejas, Bisan, esposa de Saleem, embarazadísima que busca incansablemente alguna pista que permita la libertad de su marido, y David, el honorable y patriota militar que antepondrá su carrera a su vida y sobre todo, a la traición de su mujer.

El relato va cambiando de punto de vista según va sucediendo los hechos en cuestión, observando con minuciosidad las estrategias y perspectivas morales de cada uno de los implicados, unos anteponiendo sus razones contra las de los otros, en ese clima prebélico en el que vive una ciudad como Jerusalén, un espacio donde las divisiones entre judíos y palestinos no son solo ideológicas, sino sociales, políticas, económicas y casi en todo. Dos formas de verse, de vivir y de compartir una ciudad donde la convivencia resulta imposible, donde unos dominan y otros, los dominados se quitan esa presión como pueden, en la que la vida y la muerte están demasiado cercanas, incluso mezcladas, donde todos intentan salir adelante en un lugar oscuro y terrorífico, donde la cotidianidad de las personas se funde en esa tensión constante y brutal entre unos y otros, donde nadie se fía de nadie y donde las cosas nunca son lo que parecen.

La película con ese aroma de drama psicológico bien construido y sumergiéndonos en ese ambiente político oscuro y tenebroso se suma a títulos como El Cairo confidencial, de Tarik Saleh, y El insulto, de Zarid Doueiri, dos sendos thrillers donde describen con exactitud y brillantez todas las tensiones habidas y por haber que se manifiestan en los países árabes atenazados por los climas y conflictos políticos de difícil resolución por los múltiples intereses económicos, sociales y demás. Un excelente y brillante cuarteto protagonista que de forma naturalista e íntima, elevan el conflicto de la película a través de esas miradas y gestos tensos y profundos que describen con minuciosidad todo lo que va ocurriendo en este drama psicológico en el que nos revelan un cuento moral donde se dirimirá las cuestiones emocionales de unos y otros.

Una película que en lo narrativo y descripción de personajes se asemeja a Muerte de un ciclista, de Juan Antonio Bardem, donde a raíz de un suceso sin más, hacía un retrato prufundo y sincero de todas las cuestiones emocionales y sociales que se vivían en aquella España franquista, gris y represiva, como ocurre en ese Jerusalén invadido y convertido en cárcel para unos e invasor para otros, con la peculiaridad de toda la carga emocional de unos personajes complejos y algo sombríos, dejando a tras luz todo aquello que anteponemos en la vida en relación a unas personas con otras cuando la situación se torna peligrosa, cuando debemos decidir hacia adonde nos encaminamos, poniendo en cuestión nuestra vida, nuestros valores personales, y sobre todo, nuestros ideales, entrando en tromba a la naturaleza de las personas y aquello que bulle en su interior, sin trampa ni cartón. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

El hotel a orillas del río, de Hong Sangsoo

MIENTRAS CAE LA NIEVE.

La inmensa capacidad creativa de Hong Sangsoo (Seúl, Corea del Sur, 1960) con más de la veintena de títulos en 22 años desde que dirigiese en 1996 su debut con El día que un cerdo cayó a la nieve, ya no asombra a nadie, convertida en una de sus señas de identidad como cineasta, emulando a otros colegas como Fassbinder, Woody Allen o Jess Franco, autores que han hecho de su inagotable producción una de las formas más definibles de su universo cinematográfico. Sangsoo se centra en conflictos emocionales, donde los relatos sentimentales serían uno de sus centros de observación, situados en la periferia de las ciudades o en pequeñas poblaciones, donde sus personajes, gentes dedicadas al cine o al arte, a partir de conversaciones cotidianas y triviales, esparcen sus rupturas emocionales y sus incapacidades para encontrar el amor y sobre todo, para mantenerlo. A través de una forma sencilla y ligera, en el que se cuela lo poético de modo suave y sin estridencias, donde los encuadres obedecen siempre al movimiento y al gesto de los personajes, incluso utilizando el zoom como recurso narrativo, en la que el autor surcoreano indaga en los males modernos de una sociedad cada vez más aislada, perdida y enferma.

En El hotel a las orillas del río, Sangsoo nos convoca en una pequeña ciudad, que apenas veremos, en el interior de un hotel cerca de un río, en mitad del invierno, donde somos testigos del frío que padecen sus personajes, implacable metáfora de los estados emocionales en los que se encuentran. Por un lado, tenemos a un viejo poeta que convoca a sus dos hijos, a los que hace tiempo que no ve,  para despedirse de ellos, ya que sueña con su muerte cercana. Por el otro, tenemos a una joven que pasa su luto junto a su amiga del alma, después de que su chico la abandonará. Dos relatos independientes, que llegarán a cruzarse en algún momento del metraje, componen un relato intimista, sincero y veraz sobre las formas de decir adiós cuando uno sabe que su tiempo ha llegado a su fin, y otra, que también necesita decir adiós y cerrar esa etapa de su vida, ese amor que no fue, para seguir adelante con su vida. Sangsoo mira su película de adentro hacia afuera, a través del interior del hotel, un espacio aislado en el que apenas se divisan los cinco personajes en liza y la recepcionista, personaje que hila los dos relatos y pone esos instantes cómicos en los que asalta a sus huéspedes para solicitarles un autógrafo.

Todo sucede en el salón y las habitaciones del hotel, exceptuando tres momentos de un paseo en la nieve, el trayecto hacia el restaurant y la comida en el restaurant. El cineasta surcoreano evidencia una pureza de estilo que encaja a la perfección con el tipo de historias que cuenta, con ese luminoso y triste blanco y negro, en que la luz natural se cuela invadiendo los espacios de la película, que acompaña aún más si cabe la situación emocional de los dos personajes protagonistas, almas en la nieve, a la deriva, situados en mitad de la nada, en un lugar que hiela el alma, los sentimientos y los sentidos, un espacio no lugar, blanco, sin tiempo ni ubicación, vacío y aislado, como si todo el mundo fuese acorde con lo que ellos sienten, esos sentimientos confusos, de pérdida, de dolor, de final del camino, de no hay nada más, de empezar de nuevo o acabar de una vez. La película se interroga constantemente lanzando ideas e hipótesis, interpelando directamente a los espectadores porque bajo ese manto blando y esas conversaciones sin más, existe un poco oscuro y sin fondo de bandazos emocionales donde los personajes se desplazan sin rumbo, sin voluntad, atados a sus emociones rotas, resquebrajadas y vacías.

Un plantel de intérpretes en estado de gracia donde destacan las presencias de Kim Minhee, musa del director, que vuelve a componer ese personaje ajado, roto  y fantasmal que se mueve por inercia, y cuando lo hace, porque la mayoría del tiempo está tumbado, dormido y sin fuerzas, roto en todos los sentidos, intentando avanzar y a cada paso que da parece dar dos para atrás, y Ki Joobong, ese poeta cansado y triste, que ya no escribe, que anda por un hotel vacío y perdido en el tiempo, invitado por un desconocido, alguien casual en un lugar en el que nada tiene que hacer, quizás sí, quizás tiene que despedirse de los suyos por eso los convoca, o quizás, siente que su vida ya alcanzado su tiempo, y ya nada más tiene que decir ni hacer. Sangsoo vuelve a alimentar nuestra alma con su cine sencillo y honesto, con su capacidad asombrosa e inagotable para seguir sumergiéndose en la psique humana y todas sus contradicciones y demás, a través de aquello más cotidiano y superficial, como compartir una comida, mientras sus personajes conversan de grafología, del tiempo pasado, de la amistad como pilar fundamental en las relaciones humanas, y sobre todo, la incapacidad emocional, como mencionaba Ingmar Bergman en su cine, mal de todos los tiempos, donde los seres humanos no somos capaces de encontrar aquello que nos hace estar bien, y cuando lo encontramos, somos incapaces de valorarlo, de expresarlo a los demás y compartir lo que sentimos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Una íntima convicción, de Antoine Raimbault

LA OBSESIÓN POR LA VERDAD.

“Conocemos la verdad no solo por la razón, sino por el corazón”.

Blaise Pascal

“La justicia es un error milenario que quiere que atribuyamos a una administración el nombre de una virtud”

Tolosano Alain Furbury

En la película El juez, el magistrado interpretado por Fabrice Luchini, arrancaba el juicio con la siguiente aseveración: “Nos encontramos aquí no para conocer la verdad de los hechos, sino para aplicar la ley a través de las siguientes pruebas presentadas”. Semejante afirmación constituye en el fondo una tarea harto complicado para aquellos profesionales de la “justicia”, hombres y mujeres que se visten con toga y dirimen entre aquellos que defienden y acusan al acusado o acusado, trabajando para encontrar aquellas posiciones que lo declaren inocente o culpable de los hechos por el que es juzgado o juzgada. La llamada “justicia” siempre se mueve entre conjeturas, hipótesis y en sus verdades que convenzan al juez o jueza de turno o al jurado popular, en la que la maestría de unos y otros decantará la balanza para un lado u el otro.

El director francés Antoine Raimbault que tiene experiencia como montador y coguionista con Karim Dridi, con él que firma el guión de la película, conoció al letrado Eric Dupond-Moretti y se interesó por el caso de Jacques Viguier, amén de estudiar los juicios a través de su creciente interés en los tribunales de su país. Raimbault ha hecho una película basado en hechos reales, ciñéndose a los hechos acaecidos sobre el famoso caso, en el que un hombre es acusado del asesinato de su mujer desaparecida, absuelto una primera vez, el relato cinematográfico se centra en el segundo juicio que se celebró nuevamente después del recurso presentado. Pero, el cineasta francés opta por un punto de vista ficticio inventándose el personaje de Nora, el único rol de ficción de la película. Nora, cocinera de profesión y madre de un hijo, y amiga íntima de la hija del acusado emprende su propia cruzada personal trabajando en la contra-investigación contratando a un abogado defensor Dupond y proveyéndole de datos y hechos que ayuden en la defensa de Viguier, como las interminables escuchas de los implicados en el caso, haciendo hincapié en el amante de la mujer.

Raimbault debuta en la gran pantalla a lo grande, con un thriller judicial de primera categoría, una de esas historias inteligentes, magníficas y llenas de complejidad, recovecos argumentales y personajes llenos de intuición, humanos y difíciles, siguiendo a Nora, una mujer en busca de la verdad, en busca de un imposible, abducida por una obsesión que la lleva a desafiar sus propias creencias y su propia vida, poniendo en peligro todo aquello que forma parte de su vida. En frente, el letrado Dupond, un hombre justo y honorable, con una amplísima experiencia en los tribunales, batallando a brazo partido por devolver su vida a sus defendidos, como clamará el acusado Jacques Viguier, después de más de diez años con el caso. La cinta no se dirige a un solo camino, se mueve en muchas y variadas direcciones, donde en su primera mitad se mueve entre la pausa y la racionalidad, para más tarde, el reposo y la pausa del inicio dejan paso al ritmo trepidante y fragmentado del exquisito montaje obra de Jean-Baptiste Beaudoin.

La película se mueve entre aquello que sentimos, donde la verdad se convierte en algo secundario, donde las fuerzas del juicio van a la par, donde ya no se trabaja para conocer la verdad sino simplemente en salvar al acusado de un homicidio en primer grado, en que la historia de la heroína en pos de la verdad y la justicia deja paso a alguien que conoce las limitaciones propias del sistema judicial y también, de ella misma, de alguien que cambia de estrategia y trabaja en igualdad de fuerzas para conseguir sus objetivos. Raimbault nos habla del poder de la convicción sobre la razón, de ese proceso que vive Nora, una mujer como cualquiera de nosotros que emprende una búsqueda invisible y desconocida hacia algún objeto o hecho al que agarrarse para fortalecer la inocencia en la que cree, como sus enemigos, aquellos que acusan, que también se mueven en hipótesis y conjeturas para acusar, valiéndose del informe oficial policial que acusa sin pruebas constituyentes. Con una excelente y maravillosa pareja protagonista con la imponente interpretación de Marina Foïs bien acompañado del siempre convincente Olivier Gourmet.

El realizador francés cuestiona el sistema judicial desde dentro, desde lo más profundo de sus entrañas, mostrándonos toda la falta de veracidad y justicia que impera en los casos, donde ambas partes trabajan para acusar o defender sin pruebas reales, siguiendo unos el modelo oficial, en este caso dar fuerza y solidez al informe policial, aunque éste lleno de agujeros, y los otros, aquellos que defienden la inocencia, basándose en certezas inventadas o ficticios en las que apoyar su defensa y convencer al tribunal y al jurado de la inocencia de su defendido. Una íntima convicción nos devuelve el aroma de los grandes dramas judiciales que tan buenos títulos ha dado el cine estadounidense como el acusado humanista que se defendía de los nazis en Esta tierra es mía, o el recto juez que era manipulado en Testigo de cargo, o el audaz letrado defensor en Anatomía de un asesinato, o el inteligente abogado antirracista en Matar a un ruiseñor, o el decadente abogado que quemaba su última bala en pos de la inocencia en Veredicto final, o por afinidad argumental sobre el acusado el thriller judicial de El misterio Von Bülow. Títulos encomiables y magníficos a los que se le añade desde ya la película de Raimbault, por su identidad, por su poderosa trama, por unos personajes inolvidables y tenaces, humanos por su coraje y debilidades, y por un relato que nos convierte en testigos, defensores, acusadores y jueces del devenir de Jacques Viguier. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Déjame caer, de Baldvin Zophoníasson

HERMOSAS Y MALDITAS.

 “Así que nos dirigimos hacia la muerte en el crepúsculo”

Francis Scott Fitzgerald

Magnea es una adolescente bien parecida, ejemplar estudiante y destacada deportista. Pero, cuando conoce a Stella, de su misma edad, de vida disoluta y peligrosa, y amistades poco recomendables, la vida de Magnea da un giro de 180 grados y todo se tambalea, introduciéndose en el sórdido mundo de las drogas y frecuentando una existencia degradante y periférica. Tercer largometraje de ficción de Baldvin Zophoníasson (Akureyri, Islandia, 1978) después de los interesantes Órói (2010) en el que describía la confusión de identidad de un adolescente gay. Le siguió La vida en una pecera  (2014) en el que ya tocaba los elementos de adicciones y vidas errantes relatando el miserable destino de tres vidas de Reykjavik. Hizo un alto en el camino en sendos documentales y series, como Case (2014) donde volvía a adentrarse en problemas sociales de adicciones y obsesiones, o Trapped, del mismo año, donde se centraba en el thriller para contarnos el desmoronamiento de un jefe de policía local. En Déjame caer sigue interesado en esas atmósferas turbias, oscuras y denigrantes donde nos cuenta el descenso a los infiernos de personas con vidas acomodadas y respetables, en este caso es la vida de Magnea que conocerá a Stella y todo su mundo cambiará de color, adentrándose en un infierno de graves consecuencias para la salud, su familia y su existencia, que se sumirá en un viaje sin retorno donde Magnea se convertirá en una toxicómana manipulada por Stella, como también describe la película en su arranque, donde la mencionada Stella obliga a Magnea a venderse por sexo con la intención de cobaya para desplumar al vejestorio de turno, instante que recuerda a la película La carnaza, de Bernard Tavernier.

El cineasta islandés bajo un forma naturalista y enérgica, donde la cámara de Jóhann Máni Jóhansson, habitual colaborador del director, sigue sin descanso a los personajes, convirtiéndose en una sombra impertérrita que no solo nos describe los hechos de forma íntima y brutal, sino que funciona como un testimonio psicológico de la degradación, casi al minuto, de una adolescente, que parece vivir entre algodones. Peor, la película en su afán de retratar un mundo ajeno a la realidad cómoda y bien pensante, divide la narración en dos tiempos. En el primero, vemos a Magnea como va introduciéndose en el mundo de las drogas junto a Stella, describiéndonos todo ese universo de desfase en las fiestas, mentiras a los padres, los primeros “picos”, el sexo desinhibido y la manipulación de esos hombres más maduros que además de camellos son miserables que las convierten en una especie de concubinas a cambio de droga (en el que conforman un espejo de miseria con el personaje de Eik, la madre soltera que ejercía la prostitución den La vida en una pecera) y en el segundo, menos amplio que el anterior, seguimos a Magnea ya adulta y los desencuentros que mantiene con Stella, en el que la película se convierte en un relato de redención donde las cuentas del pasado siguen vigentes.

Zophoníasson filma un demoledor y crudísimo drama social sobre la juventud perdida y espectral de Reykjavik, alejándose de esa idea de país moderno y democrático que tanto se empeñan algunos gobernantes, lanzando proclamas muy alejas de una realidad que se oculta, pero que existe y se mueve entre las sombras, mutilándose las existencias y entrando en una espiral de drogas, sexo y violencia, de constantes humillaciones y perversiones inimaginables. El estupendo reparto de la película, haciendo mención especial al prodigioso y potentísimo trabajo de la joven Elín Sif Halldórsdóttir, que ya había estado en la serie Case, dando vida a la desdichada Magnea en su juventud, y la sobriedad de Eyrún Björk Jakobsdóttir haciendo de la pérfida Stella, bien acompañadas por su reflejo en la vida adulta con la presencia inquietante y brutal de Sólveig Arnarsdóttir como Magnea y Lára Jóhanna Jónsdottir como Stella, intérpretes que destilan muchísima naturalidad, oscuridad y cercanía.

El relato es sincero y directo, dentro de la incomodidad irrespirable que cuenta, aunque en algunos instantes puede resultar muy deprimente, la obra muestra toda esa crudeza y realismo sin tratar de ocultarlos, como vehículo necesario para mostrar una realidad que existe y se mueve y puede afectar a algunos de nosotros, en que interpela directamente al espectador, sumergiéndonos en un relato donde, siempre existe un resquicio, por menudo que sea, en el que hay un espacio para rendir cuentas con el pasado y quizás para ver la vida con otra mirada, aunque a veces cueste tanto. Un drama social de carácter y abrumador, que en algunos momentos se acoge a las narrativas del documental, también muestra la historia de una amistad, la de Magnea y Stella, con sus idas y venidas, con sus momentos de fura y amor infinito con otros menos complacientes, donde la verdad y la mentira parecen confundirse y alejar a las dos amigas, aunque quizás muchos pensarán que su “amistad” es producto de la manipulación de una sobre otra, de cómo el tiempo a veces coloca las cosas en su sitio, y la perspectiva de las cosas va cambiando la textura y las formas, y los no futuros de dos jóvenes yonquis puedan cambiar tanto que puedan cambiar de vida o simplemente, llevar una vida con más dignidad y alejándose de esos tiempos oscuros y malvados. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

La (des)eduación de Cameron Post, de Desiree Akhavan

RECONSTRUIRSE LA IDENTIDAD.

“Lo terrible es eso, que la identidad pasa a ser definida por el sexo. Es decir, una banalidad pasa a definir lo esencial”.

Manuel Puig

La primera película de Desiree Akhavan (Nueva York, EE.UU, 1984) Appropriate Behaviour (2014) plasmaba muchas inquietudes personales de la propia directora, ya que hablaba de Shirin, una joven estadounidense bisexual de padres iraníes que tenía que volver a reconstruirse la identidad sexual después de terminar con su novia. En su siguiente trabajo, la serie The Bisexual (2018) volvía a las mismas cuestiones sobre la identidad sexual. En su segundo largometraje, sigue profundizando sobre estos mismos temas, aunque si en los anteriores trabajos los contextos históricos eran actuales, de aquí y ahora, en este trabajo rompe con esa tendencia para situarnos en la Montana de 1993, sumergiéndonos en la cotidianidad de Cameron, una estudiante de éxito que la noche del baile de graduación es sorprendida por su novio en actitud sexual con una compañera. El revuelo es impresionante y más en el hogar de Cameron, con sus tíos como tutores de fuertes creencias evangelistas, y al cosa no pinta bien para ella, ya que la trasladan a “La promesa de Dios”, un centro de terapia para reorientar la sexualidad de jóvenes homosexuales, dirigido por la Dra. Lydia Marsh que reconvirtió a su hermano gay en heterosexual y ahora es el reverendo del centro.

Un centro que emplea terapias agresivas basadas en la reorientación sexual para odiar la propia identidad homosexual y abrazar la heterosexualidad que consisten en terapia individualiza, el dibujo de un iceberg en el que tendrán que escribir todo aquello gay que les ha llevado a confundir su orientación, sesiones de gimnasia de fuerte contenido religioso, rock cristiano donde se alza la heterosexualidad, o terapias de grupo del tipo de alcohólicos anónimos donde se discrimina la homosexualidad. Acciones para eliminar de raíz el AMS (Atracción del mismo sexo) y reconvertir en personas cristianas a todos los adolescentes encerrados emocionalmente en ese siniestro lugar. Akhavan con su guionista habitual, Cecilia Frugiuele encontraron la historia en la novela epónima de Emily M. Danforth, para construir un relato en el que se critica con dureza este tipo de centros fascistas y ultra católicos, pero no lo hace de forma siniestra y cómo una película de terror se tratase, huyendo completamente de ese tratamiento que convertiría la historia en algo parecido en un panfleto, la película no juzga, se limita a retratar a sus personajes de forma humanista y buceando en sus conflictos y contradicciones para construir un mosaico de diferentes personajes complejos que lidian con sus traumas y experiencias personales muy oscuras.

El personaje de Cameron nos ayuda a descubrir los métodos siniestros del centro, y también a los demás internos, en la que hace estrecha amistad con Jane Fonda, una chica que creció en una comuna de hippies y ahora cultiva clandestinamente marihuana y además, se mantiene un poco al margen de los métodos del centro, junto a ella, como una sombra le sigue Adam Red Eagle, de origen indio navajo, que al igual que Jane son los inadaptados del centro que harán buenas migas con Cameron. También, conoceremos a otros personajes que viven su homosexualidad a escondidas del centro, donde los encuentros homosexuales se van sucediendo. La directora iraní-estadounidense profundiza con acierto y brillantez en como un grupo de adolescentes se ve sometido al juicio implacable de su identidad sexual a tan temprana edad, situación que los arrastra a sentirse mal consigo mismos y a aprender a odiarse a sí mismos, como en un momento estallará el personaje de Cameron.

La película mantiene el espíritu del cine indie estadounidense, y se refleja, tanto en su forma como en su fondo al universo adolescente de John Hugues, un autor magnífico y profundo en su mirada hacia la adolescencia, mostrando todos sus aspectos y peculiaridades. Un reparto maravilloso, cercano y natural encabezado por la impresionante capacidad tanto de gesto como de mirada de Chloë Grace Moretz llevando a buen término el difícil trayecto vital de Cameron, con su momentazo musical interpretando el What’s up?, de los 4 Non Blondes, un hit sobre la identidad de aquellos principios años noventa, bien acompañada por Sasha Lane (que nos había fascinado como prota de American Honey, de Andrea Arnold) con ese espíritu rebelde y libre, Forrrest Goodluck da vida al introvertido e inteligente Adam Red Eagle, que además de su identidad sexual tiene en lucha otra identidad, la de su origen indio navajo, y por último, Jennifer Ehle que interpreta con aplomo y detalle a la siniestra y rígida “ama de llaves” de la función, manteniendo su oscuro y horrible centro con al religión como medio.

Akhavan plantea un relato humano y de verdad, que interprela constantemente al espectador, sin subterfugios ni sentimentalismos, siguiendo la estela de Huges, donde todo lo que se cuenta tiene vida y complejidad, acertando de lleno en su exploración sincera e íntima de su mirada hacia la adolescencia y sus conflictos, a todo aquello que sienten, que desean y las múltiples trabas de los adultos a impedirles ser como ellos sienten, en una lucha fratricida entre unos adultos que corrigen y condenan a sus hijos para que sean personajes amargadas y ocultas, y unos adolescentes en el otro lado del ring, deseando un poco de paz y tranquilidad, y sobre todo, sentirse libres en una sociedad que se empeña a seguir un orden establecido que daña a los seres humanos y les coarta su vida en pos del autoengaño y la cárcel interna que quieren mantener a toda costa, convirtiendo en tristeza e infelicidad la vida de unos adolescentes en una etapa de descubrimiento y libertad de sus vidas. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Touch Me Not, de Adina Pintilie

EL CUERPO, SUS DESEOS Y MIEDOS.

“Vivo todos los días con mi cuerpo. Pero supongo que no lo conozco. Aparte de las varices, la cicatriz. Cuando me dijo: Háblame de tu cuerpo. No tenía nada que decirle. – Tal y como yo lo veo, eres tu cuerpo, en este mismo instante. Y hablas de tu cuerpo como si fuera un desconocido”.

El cuerpo. Los cuerpos. Sus miedos, sus deseos, sus formas, sus expresiones. La intimidad de cada uno, lo que anida en lo más profundo de nuestro interior, aquello que en realidad somos, aunque nos neguemos a verlo, a ser, que, en ocasiones, se convierte en nuestro más ferviente enemigo, en aquello contra lo que luchamos, en lo nos impide disfrutar de nuestro cuerpo, de nuestra intimidad, de nuestro sexo, en realidad, de nosotros mismos, de lo que somos. La puesta de largo de Adina Pintilie (Bucarest, Rumania, 1980) es una película-híbrido que maneja formas y texturas tanto de la ficción como el documental, para sumergirnos en un relato sobre los cuerpos y nuestra relación con ellos, a partir de varios personajes que, de un modo u otro, experimentan su cuerpo y su intimidad de formas muy diferentes, desde el rechazo, desde la incapacidad, desde el descubrimiento de placeres ocultos e intensos, desde el propio yo y demás.

A partir de un marcado y especial estilo visual que podríamos decir casi desnudo, donde predomina el blanco y sus tonalidades, Pintilie nos invita un viaje a la psique humana, como en sus anteriores trabajos, para descubrirnos y descubrir a Laura, una mujer que ha pasado la cincuenta y se muestra incapaz de descubrir su cuerpo y sobre todo, el de los demás. Por su vivienda pasaran una serie de personajes que intentarán ayudarla sacándola de esa prisión interior en la que se encuentra, desde jóvenes acebos que se masturban delante de ella, un trans de su misma edad que vive su cuerpo y su sexualidad de forma libre y sin ataduras de ningún tipo, un acompañamiento sexual que a partir de contactos corporales le hará expulsar todo aquello que la ata a sus miedos que le impiden expresarse a través de su cuerpo, su intimidad y su sexualidad, y finalmente, seguirá y se acostará con Tomas, un joven que no puede olvidar a su ex y además, participa en talleres psicoemocionales sobre el cuerpo y cómo tocarlo con discapacitados, donde conoceremos a Christian, un joven con una severa discapacidad que se muestra ante la cámara con una desnudez emocional impresionante y reflexionará sobre su cuerpo, su sexualidad y sus deseos más íntimos.

La directora rumana fusiona con acierto y veracidad sus entrevistas, pero huyendo de la forma convencional para adentrarse en aspectos más emocionales e íntimos, con la pericia de Laura, el de Tomas y el de Christian, individuo que escenifican la realidad oscura de tantos seres que todavía albergan infinidad de tabúes y problemas personales acerca de cómo debe ser nuestro cuerpo y la relación que tenemos con él, como experimentamos nuestra intimidad y como nos tocamos a nosotros mismos a los demás, y que deseos ocultos y profundos albergamos en cuestiones sexuales. Pintilie lanza un grito de libertad y amor hacia nosotros mismos, a levantarnos, a auto descubrirnos cada poro de nuestra piel, de nuestros cuerpos, sin miedo ni convecciones sociales o históricas, sino simplemente dejándonos llevar por aquellos que estamos sintiendo, por aquello que nos arrebata el alma, por nuestra libido, sea cual sea, sin más, tocándonos y tocando a los demás y sobre todo, disfrutar del sexo como si fuera nuestra primera vez, descubriéndolo y descubriéndonos a nosotros mismos, materializando esos placeres y deseos ocultos que nos harán estar mejor con los demás y con nosotros mismos, que cuerpo y mente sean uno sólo, un solo espacio de diversión, placer y sexo.

Un reparto que mezcla con sabiduría y acierto los intérpretes profesionales como Laura Benson (que ha tenido a sus órdenes a cineastas tan importantes como Altman, Frears o Chéreau) compone un personaje complejo y difícil, solitario, lleno de miedos y conflictos interiores, se convertirá en nuestra guía, tanto espiritual como física, porque a partir de ella y sus procesos, físicos y emocionales, iremos descubriendo la película y los demás personajes, las diferentes formas, tácticas y estrategias para abordar los problemas con nuestro cuerpo y todo lo que conlleva, Tomas Lemarquis (al que lo hemos visto en películas como Blade Runner 2049 o Snowpiercer) un aspecto distante y frío, nos toparemos con alguien que necesita despegarse del amor frustrado para abrazar una vida más intensa y exenta de prejuicios sexuales.

Y los intérpretes no profesionales, que nos regalan sus vivencias y sus experiencias más íntimas sobre su cuerpo y su sexualidad, en el que sobresale la honestidad y capacidad de Christian, un discapacitado que no sólo a descubierto su cuerpo y el sexo, sino que ha experimentado una vida sexual placentera y llena de infinitas posibilidades, Hannah, un transexual que después de la cincuentena ha descubierto su verdadero yo y ahora disfruta de quién es, su cuerpo y el sexo, o Seani, el acompañamiento sexual que ayuda a los demás, a aquellos que se sienten desplazados por sus traumas sexuales y rechazan y desconocen su cuerpo. Una película magnífica y fascinante, que nos lleva a un viaje hipnótico y muy íntimo para descubrir el cuerpo, los cuerpos, sus intimidades, sus procesos, sus miedos, sus deseos, sus sexualidades, y sobre todo, una mirada crítica y feroz a esa sociedad tan superficial y mercantilizada que olvida a aquello que somos, que desplaza los cuerpos a una mercancía más, algo que se vende, y oculta su verdadero lugar en nuestras vidas, un espacio de experimentación muy personal y profundamente íntima para vencer aquello que nos produce temor y lanzándonos a un viaje de autodescubrimiento especial y bello para disfrutarlo y experimentar con sus formas, texturas y sexualidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

La cámara de Claire, de Hong Sangsoo

CUENTO DE PRIMAVERA.

“Hago fotos porque para cambiar las cosas hay que volver a verlas lentamente”

Si leemos la definición de variación musical, nos explica que:   Se trata de una composición por contener un tema musicalizador que se imita en otros subtemas o variaciones, los cuales guardan el mismo patrón armónico del tema original, y cada parte se asocia una con la otra. Difieren entre ellas los patrones melódicos y el tempo de cada variación” Dicho esto, si mirásemos el cine de Hong Sangsoo (Seúl, Corea del Sur, 1960) como una partitura musical, encontraríamos en la variación su espíritu, esa naturaleza irreductible que emanan las imágenes de un cineasta peculiar, intenso y natural, en la que todas sus películas se mueven en un marco parecido, tragicomedias sobre la vida y el amor, a saber, personajes relacionados con el mundo del cine, conversaciones infinitas sobre el cine, la vida y el amor, y todas sus “variaciones” sentimentales, desde la fragilidad de las emociones, los combates internos entre aquello que deseamos o sentimos, la vulnerabilidad de los affaire amorosos, y la incapacidad de enfrentarse a aquello que sentimos y la torpeza en las relaciones sentimentales, y todo estos elementos nos lo cuenta mientras sus criaturas comen y beben, y a través de una planificación extremadamente sencilla, emulando a sus referentes franceses de la Nouvelle Vague, donde la cámara quieta se muestra desde la distancia, a modo de observadora, de testigo impertérrito que captura todo aquello que acontece frente a su objetivo, a los que acompañan leves movimientos como esos característicos zooms, muy populares en el cine de antaño, así como otros movimientos que van, tanto a izquierda como a derecha, como en una forma de corregir el plano o mostrarnos algo que ha quedado fuera de campo.

La incansable y prolífica carrera de Sangsoo parece no tener descanso, porque acumula más de 20 títulos desde su primer largometraje allá por 1996 (casi a película por año) sólo el año pasado presentó En la playa sola de noche, en la Berlinale, y otros dos títulos en Cannes, The day after y La cámara de Claire (alusión explicita a la película La rodilla de Clara, de Rohmer). En su nuevo trabajo, recupera a Isabelle Huppert (con la que ya trabajó en En otro país, de 2012, donde la imbuía en un fascinante juego de dobles, en el que la maravillosa actriz francesa juega a ser quién no era y viceversa). El juego del doble, en el que los personajes asumen un doble rol, el que tienen en la vida real, y luego el que SangSoo les da en la ficción, en el que vida y cine, o lo que es lo mismo, realidad y ficción se fusionan, donde todo lo que vemos parece tener origen en la vida propia de SangSoo, para luego, transmutarse en una película donde se reflexiona profundamente sobre lo acontecido en la vida real, a modo de terapia personal para el director y aquellos que lo rodean.

Las consencuencias derivadas del sonado romance vivido por el propio Sangsoo y su actriz fetiche Kim Min-Hee, roto por el matrimonio del director, ha sido reflejado en varias de sus últimas películas. Aquí, vuelve a ese mismo esquema, pero mirado desde otro ángulo, dando otra visión, y sobre todo, en otro país, en la ciudad de Cannes, en que el festival cinematográfico actúa como marco invisible, porque apenas se aprecia, en el que Jeon Manhee (interpretada por Kim Min-Hee) que está trabajando en la comunicación de un director coreano que presenta una película, es despedida por su jefa, después que está se ha enterado que ha tenido un romance con el director, que a su vez tiene una relación con la productora, jefa de Jeon. A partir de ese instante, y de modo fugaz, la joven coreana se encuentra con Claire (el personaje de Isabelle Huppert) y entre las dos nace una amistad, a los que hay que añadir que Claire también se encuentra casualmente con el director. Todos estos encuentros fugaces durante el festival, nos conducen por una ciudad donde todos sus personajes están de paso, vemos la vitalidad y la naturalidad de Claire, frente a la melancolía y la desazón de Jeon Manhee, y los diferentes encuentros con otros personajes, se mostrarán íntimas y emocionales, abriéndose entre ellas y reconociéndose entre esos dos mundos que las separan en un instante, y después, las acerca.

Sangsoo sólo necesita de 69 minutos para hablarnos de lo más profundo de nuestras emociones, pero enmarcado desde la más pura sencillez, desde esa naturalidad de unos personajes que hablan de cine, de literatura (ese mágico momento en la biblioteca ojeando un libro de Duras) de fotografía (la alusión a esa fugacidad que queda impregnada en las polaroids que dispara con amor y sencillez la Claire) y sobre todo, de sentimientos, emociones y amor, y todas esas variaciones y devaneos intensos y ambiguos que sentimos. Los personajes de Sang-Soo hablan de todo aquello que sienten de manera abierta, sin lanzar discursos pesados, y sin encontrar respuestas a tantas preguntas y males sentimentales, sólo se mueven enfrentándose a aquello que sienten, de forma torpe, natural y humilde, provocándonos esa afinidad que consigue el cine de Sangsoo sin en ningún instante caer en la artificialidad, la impostura o la falsa intelectualidad, su cine respira vida, cercanía, amor y sobre todo, esa sensación que todo fluye y todo puede cambiarse si sabemos mirar la vida desde un tiempo quieto, lento y sin prisas, donde todo a nuestro alrededor es maravilloso y especial, dejándonos llevar por aquello más leve e íntimo.