Los pasajeros de la noche, de Mikhaël Hers

UNAS VIDAS DURANTE LOS OCHENTA.

“Quedará lo que fuimos para otros. Trocitos, fragmentos de nosotros que quizá creyeron entrever. Habrá sueños de nosotros que ellos nutrieron. Y nosotros no éramos nunca los mismos. Cada vez éramos esos magníficos desconocidos, esos pasajeros de la noche que ellos se inventaron, como sombras frágiles, en viejos espejos olvidados en el fondo de las habitaciones”.

El universo del cineasta Mikhaël Hers (París, Francia, 1975), pivota sobre la idea de la ausencia, la que sufrían Lawrence y Zoé, novio y hermana de la fallecida Sasha en Ce sentiment de l’eté (2015), y David, que perdía a su hermana mayor y debía hacerse cargo de la hija de esta, Amanda en Mi vida con Amanda (2018). El mismo vacío que padece Élisabeth, una mujer a la que su marido acaba de dejar para irse a vivir con su novia en el lejano 1984. Un guion de libro, bien detallado que firman Maud Ameline, que vuelve a trabajar con el director después de Mi vida con Amanda, Mariette Désert y el propio director, que recoge el ambiente de aquellos años con sutileza, con momentos felices, tristes y agridulces.

La película arranca con unas imágenes reales, las de aquel 10 de mayo de 1981, el día que Mitterrand ganaba las elecciones francesas y se abría una etapa de euforia y felicidad. Inmediatamente después, nos sitúan en 1984, en el interior de las vidas de la citada Élisabeth y sus dos hijos, Judith, una revolucionaria de izquierdas en la universidad, y Matthias, un adolescente de 14 años, pasota y perdido. La llegada de Talulah, una chica de 18 años, que vive sin lugar fijo y frecuenta mucho la noche, cambiará muchas cosas en el seno de la familia, y sobre todo, los hará posicionarse en lugares que jamás habían imaginado. La mirada del director, que en la época que se sitúa su película era un niño, es una crónica de los hechos de verdad, muy humana y cercanísima, alejándose de esa idea de mirar el pasado de forma edulcorada y sentimentalista, aquí no hay nada de eso, sino todo lo contrario, en los que nos cuentan la idea de empezar de cero por parte de Élisabeth, una mujer que debe trabajar y tirar hacia adelante su familia, con la inestimable ayuda de un padre comprensivo y cercano.

La historia recoge de forma extraordinaria la atmósfera de libertad y de cambio que se vivía en el país vecino, con momentos llenos de calidez y sensibilidad, como esos momento en el cine con los tres jóvenes que van a ver Las noches de luna llena, de Éric Rohmer, protagonizada por la mítica actriz Pascal Ogier, desaparecida en 1984, una referencia para Talulah, con la que tiene muchos elementos en común, el momento del baile que da la bienvenida a 1988, y qué decir de todos los instantes en la radio con el programa que da título a la película, “Los pasajeros de la noche”, para todos aquellos que trabajan de noche, y todos aquellos otros que no pueden dormir, y necesitan hablar y sentirse más acompañados. A través de dos tiempos, en 1984 y 1988, y de dos miradas, las de madre e hijo, la película nos habla de muchas cosas de la vida, cotidianas como el despertar del amor en diferentes edades, la soledad, la tristeza, la felicidad, la compañía, aceptar los cambios de la vida, aunque estos no nos gusten, y demás aspectos de la vida, y todo lo hace con una sencillez maravillosa, sin subrayar nada, sin dramatizar en exceso los acontecimientos que viven los protagonistas.

Como ya descubrimos en Mi vida con Amanda, que se desarrollaba en la actualidad, Hers trabaja con detalle y precisión todos los aspectos técnicos, donde mezcla fuerza con naturalidad como la formidable luz que recuerda a aquella ochentera, densa y luminosa, que firma un grande como Sébastien Buchman, con más de 70 títulos a sus espaldas, un exquisito y detallista montaje de otra grande como Marion Monnier, habitual en el cine de Mia Hansen-Love y Olivier Assayas, que dota de ritmo y ligereza a una película que abarca siete años en la vida de estas cuatro personas que se va casi a las dos horas. Un reparto bien conjuntado que emana una naturalidad desbordante y una intimidad que entra de forma asombrosa con un excelente Didier Sandre como el padre y el abuelo, ayuda y timón, que en sus más de 70 títulos tiene Cuento de otoño, de Rohmer, Megan Northam es Judith, la hija rebelde que quiere hacer su vida, la breve pero intensa presencia de Emmanuelle Béart haciendo de locutora de radio, solitaria y algo amargada.

 Mención aparte tiene el gran trío que sostiene de forma admirable la película como Quito Rayon-Richter haciendo de Matthias, que encuentra en la escritura y en Talulah su forma de centrarse con el mundo y con el mismo, con esos viajes en motocicleta, que recuerdan a aquellos otros de Verano del 85, de Ozon, llenos de vida, de juventud y todo por hacer, una fascinante Noée Abita, que nos encanta y hemos visto en películas como GénesisSlalom y la reciente Los cinco diablos, entre otras, interpretando a Talulah, que encarna a esa juventud que no sabe qué hacer, y deambula sin rumbo, sola y sin nada, que conocerá el infierno y encontrará en esta familia un nido donde salir adelante, y finalmente, una deslumbrante Charlotte Gainsbourg, si hace falta decir que esta actriz es toda dulzura y sencillez, como llora, como disfruta, ese nerviosismo, esa isla que se siente a veces, como mira por el ventanal, con ese cigarrillo y esa música, que la transporta a otros tiempos, ni mejores ni peores, y ese corazón tan grande, que nos enamora irremediablemente. Nos hemos a emocionar con el mundo que nos propone Mikhaël Hers, que esperemos que siga por este camino, el camino de mirar a las personas, y describiendo con tanta sutileza y sensibilidad la vida, y sus cosas, esas que nos hacen reír, llorar y no saber lo que a uno o una les pasa. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Mi vida con Amanda, de Mikhaël Hers

LAS VIDAS DAÑADAS.

«El cine debe apropiarse de los atascos, encontrar una manera de incluirlos, hacerlos hermosos o conmovedores. Tengo la sensación de acercarme más a la verdad a través de momentos de calma y digresión que a través del ojo de la tormenta»

François Truffaut

Erase una vez una niña llamada Amanda que tenía siete años. Un día, esperaba sentada en los escalones de entrada a su colegio a su tío David, un joven de 24 años, despreocupado y ligero como su vida acotada al presente efímero. Esta es la primera secuencia de la película Mi vida con Amanda, ese primer instante en que descubrimos la relación entre los dos personajes que protagonizarán el grueso del relato. La tercera película de Mikhaël Hers (París, Francia, 1975) después de las interesantes Memory Lane (2010) sobre un grupo de amigos parisinos, y Ce sentiment de l’été (2015) sobre el duelo compartido entre un joven, novio de la fallecida, y la hermana de ésta. En su nuevo trabajo vuelve a hablarnos de duelo, de cómo afrontar la pérdida, la ausencia, vivir con el vacío del ausente, a través de David y Amanda, tío y sobrina, que después de un atentado en un parque, pierden a Sandrine, hermana y madre, respectivamente.

Hers plantea una película que, en su primera media hora es una comedia ligera de relaciones familiares y personales, donde conoceremos a esta peculiar familia y también a Léna, una amiga especial de David. A partir de la tragedia, la película se encamina al drama, pero no a ahondar en el melodrama, sino en un drama vital e íntimo, en el que nos sumergiremos en las vidas de los que sobreviven a la tragedia, a esas existencias dañadas, a su cotidianidad, a aquello que no sale en los medios, al día después de la noticia, a ese día a día que, a veces se hace oscurísimo y otras, sin venir a cuento, se llena de luminosidad, a esas emociones a ritmo de crucero, a una mezcla de sentimientos que van del odio al amor y viceversa, a esos llantos y risas que nacen desde lo más profundo en los lugares más insospechados, junto a un amigo, en mitad de una estación de tren abarrotada o explicándole a su sobrina de 7 años que nunca volverá a ver a su madre.

Y en mitad de ese cúmulo de sensaciones, tristezas y alegrías, esta la ciudad de París, con sus idas y venidas, sus ajetreos diarios, y su inmensa población llenándola de vida y también, de ausencias, sensación que quedará muy reflejada cuando David va a visitar a Léna a su pueblo, donde el tiempo se calma y las cosas parecen tener otra naturaleza, una materia más cercana y diferente. Hers vuelve a contar, como ha hecho en sus anteriores trabajos, con el cinematógrafo Sébastien Buchman para capturar esa luz parisina y el tumulto de esos trayectos en bicicleta, que también describen esa pulsión emocional que tienen los personajes y las relaciones que los unen. El montaje obra de Marion Monnier (colaboradora de nombres tan importantes como Hansen-Love o Assayas, entre otros) componiendo ese ritmo entre ligero y tenso que tanto requiere el drama que nos cuenta la película.

Para transmitir ese mana de emociones contradictorias y la tragedia cotidiana con la que deben convivir los diferentes personajes se requería intérpretes cercanos y transparentes como Vincent Lacoste (que habíamos visto en Eden, de Hansen-Love, o en Vivir deprisa, amar despacio, de Honoré) con ese aire de ligereza y despreocupación que tiene David, recordándonos tanto por su aspecto físico como emocional al Gaspard que hacía Melvil Poupad en la maravillosa Cuento de verano, de Rohmer. Bien acompañado por la niña Isaure Multrier como Amanda, en su primera aparición en el cine, protagonizando con el personaje de Lacoste los momentos más intensos de la cinta. Con las agradables presencias de Stacey Martin como Léna, transmitiendo la tristeza después de la tragedia, y un buen contrapunto con el personaje de David, y finalmente, a Greta Scacchi en un personaje interesante que nos descubrirá aspectos actuales.

Hers ha construido una película magnífica y cálida, llevándonos por unos personajes en proceso de reconstrucción, en vidas dañadas, en existencias detenidas en seco, en vidas que deben volver a vivir y sentir, sin miedo, apoyándose mutuamente, porque no hay otra, compartiendo emociones, tristezas y alegrías, porque ahora es todo lo que tienen el uno y el otro. Mi vida con Amanda se hermana con Verano 1993, de Carla Simón, en su forma de presentar y construir el duelo, la ausencia y la amalgama de emociones que se sienten después de la tragedia, la convivencia con el dolor, en un mundo diferente, extraño, que huele de otra manera y sobre todo, se refleja con otro aire, un aire que nos ha cambiado, que nos ha transformado, que ha dejado a lo que éramos y ahora, debemos empezar a caminar a ser lo que dejamos, a valorar todo aquello que tenemos y sobre todo, cuidarnos mutuamente en compañía de los que nos quieren y queremos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA