Alcarràs, de Carla Simón

LA MEVA TERRA FERMA, CASA AMADA.  

“Si el sol fos jornaler, no matinaria tant. Si el marquès hagués de batre, ja ens hauríem mort de fam. Jo no canto per la veu, ni a l’alba, ni al nou dia, canto per un meu amic que per mi ha perdut la vida”. (…) “Canto per la meva terra ferma, casa amada”.

De “La cançó del pandero”.

Dos de los momentos más recordados de Alcarràs, la segunda película de Carla Simón (Barcelona, 1986), son cuando el abuelo Rogelio comienza a cantar espontáneamente “La canço del pandero”, y los niños le siguen. Más adelante, se repetirá ese instante, pero a la inversa, cuando en la función que interpretan los niños, Iris, la pequeña de la casa, comienza a cantarla y el abuelo la sigue. Dos momentos que resumen la historia que nos cuenta la película. Por un lado, vemos el legado que dejan los mayores en las futuras generaciones, y por otro, los niños acogen esa sabiduría y la hacen suya. La pertenencia a una tierra, un lugar y un modo de vida, el legado de los que estuvieron antes que nosotros, y los conflictos familiares entre padres e hijos y hermanos son los temas principales que explica la historia.

Con Estiu 1993  (2017), Simón volvía su memoria al verano que quedó huérfana y se fue a vivir con sus tíos al campo. Una película filmada en diversas localizaciones de La Garrotxa (Girona). Ahora, se ha ido unos kilómetros al oeste, a la comarca del Segrià, en Lleida, para hablarnos de la familia Solé, agricultores que llevan tres generaciones trabajando la tierra y cultivando melocotones. Pero, una orden de desahucio cae sobre sus vidas y a finales de verano deben dejar las tierras, porque el dueño quiere instalar placas solares. En esta ocasión, la directora mira a su abuelo fallecido, su legado, y sus tíos y primos agricultores de la zona, y construye la película a cuatro manos, junto a Arnau Vilaró (Bellvís, Lleida, 1986), conocedor del lugar. Un relato que arranca de forma profética, sin dejar lugar a dudas del fatal desenlace de los Solé. Unos niños juegan en un dos caballos abandonado en mitad del campo. De repente, el sonido de una excavadora los alerta y salen corriendo a avisar a Mariona, la hermana más mayor. Todos vuelven y la máquina se lleva el dos caballos. Más adelante, unos camiones de la empresa de placas solares pondrá en alerta nuevamente, a toda la familia y desde la colina, todos mirarán en silencio como lo inevitable de sus no futuros está de camino.

Carla Simón ya demostró en Estiu 1993 como en sus otros trabajos, su interés por retratar un pedazo de vida de sus personajes, filmándolos de forma natural e íntima, mirando sus existencias y vidas muy alejadas del tumulto y las prisas de la gran ciudad. Observando de un modo sencillo y poderoso el universo rural, donde los conflictos siempre se registran de forma naturalista y sin estridencias, tampoco hay autocomplacencia, ni mucho menos, sino un trabajo detallado y conciso de sus realidades, ya sean amables y conciliadoras, como difíciles y complejas. Alcarràs es la crónica de una muerte anunciada, y el relato de un naufragio, eso sí, la historia de los Solé es una fábula sobre la derrota, sobre los vencidos, pero con dignidad, porque ellos son los que mueren con alma, con resistencia, como veremos en su lucha porque la última cosecha sea buena, entre todos y con todos. Los Solé se van a quedar sin trabajo y por consiguiente, sin vida, y deben lidiar con sus conflictos domésticos, entre los que el epicentro es Quimet, el padre, que se está enfrentado al problema de un modo egoísta y alzando muros contra los suyos. Y luego, están los problemas sociales, la lucha por la agricultura ecológica frente a la de las grandes multinacionales, el bajo precio de la fruta, completamente inviable para los pequeños payeses, y el cambio de una forma de vida que se muere por otra avasalladora que arrasa con lo tradicional, sin importarle nada ni nadie.

Muchos de los cómplices de Estiu 1993, repiten en Alcarràs, como son Eva Valiño en el sonido, Arnau Vilaró, que en la otra estuvo en el equipo de dirección, Ana Pfaff en el montaje, Mónica Bernuy en el arte, Mireia Juárez en el casting, y demás. Se incorpora en la cinematografía Daniela Cajías, que la conocimos en su gran labor en Las niñas, de Pilar Palomero. Y qué decir del inmenso trabajo del reparto no profesional de la película, personas de la zona, agricultores en su mayoría, con su peculiar acento, hablando su dialecto catalán muy propio de la zona, reclutadas de las zonas donde se ha rodado la película. Los Josep Abad como Rogelio, el abuelo, Jordi Pujol Dolcet como Quimet, el padre, Anna Otín es Dolors, la madre, Xènia es Mariona, una de los hijos, al igual que Albert Bosch como Roger, Ainet Jounou es Iris, que es una especie de reencarnación de la Frida de Estiu 1993, por su liderazgo entre los primos pequeños, su inteligencia y madurez, Montse Oró es Nati, y Carles Cabós es Cisco, que son la hermana y el cuñado de Quimet, sus hijos, los gemelos Joel e Isaac Rovira que son Pere y Pau, y Berta Pippó, tía de Carla Simón como Glòria y Elna Folguera, sobrina de uno de los productores, son la hermana y sobrina de Quimet, y Antònia Castells como Pepica, entre otros.

Alcarràs tiene, tanto en su forma como en su fondo, y en el sentido humanista el aroma del cine de Renoir, como en su Toni (1934) y en El hombre del sur (1945); con esa idea de retratar desde el alma y la profundidad unas vidas y circunstancias nada complacientes. No podemos olvidar la herencia del neorrealismo, en su idea de registrar lo íntimo y lo social, desde un forma naturalista, honesta y con personas interpretando a personajes muy cercanos a ellos, como ocurría en La terra trema, de Visconti, y en Ladrón de bicicletas, de De Sica, ambas de 1948. Y más adelante, pero con el espíritu neorrealista, la magnífica El árbol de los zuecos (1978), de Ermanno Olmi, en la que también se retrata las duras condiciones de vida de los campesinos de finales del siglo XIX, con mucha naturalidad, con actores no profesionales y con gran dignidad, en que los Solé serían unos herederos muy cercanos, de vidas complejas y difíciles, tanto en la tierra como en la familia, como les ocurría a los intérpretes de La gente del arrozal (1994), de Rithy Panh, la primera película del genio camboyano.

Nos alegramos porque exista una película como Alcarràs, triste y alegre por igual, como es la vida, vamos, y llena de vida, de humanismo y de celebración de la vida, el trabajo y el cine, que tiene de todo, que a veces, es maravillosa, y otras, duele mucho. Porque hay que celebrar con fuerza que en nuestra cinematografía se sigan produciendo historias que hablen de nosotros, de lo que fuimos y desgraciadamente, no seremos, porque los tiempos cambian, y no como nos gustarían, en muchas ocasiones. El pedazo de vida de los Solé que retrata y registra Carla Simón, no es solo sus vidas, el final de sus vidas como payeses, sino que también es un pedazo de su dignidad, o dicho de otra forma, la manera que tienen de enfrentarse a sus miedos, sus inseguridades, y sobre todo, sus pérdidas, porque la directora catalana en el fondo nos está hablando de todo lo que somos, la identidad que le debemos a tantos otros que nos precedieron, y sobre todo, las formas en las que afrontamos todo lo que vamos a dejar de ser, y eso, nunca es fácil, ni para los Solé ni para nadie. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

 

Entrevista a Chema García Ibarra

Entrevista a Chema García Ibarra, director de la película «Espíritu sagrado», en el Hotel Casa Gracia en Barcelona, el martes 16 de noviembre de 2021.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Chema García Ibarra, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Eva Calleja de Prismaideas, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Espíritu sagrado, de Chema García Ibarra

TODO SUCEDIÓ EN UN BARRIO DE ELCHE…

“Yo no tengo la culpa de que la vida se nutra de la virtud y del pecado, de lo hermoso y de lo feo”.

Benito Pérez Galdós

Todavía se recuerda el impacto que ocasionó Uranes (2013), la opera prima de Chema García Ibarra (Elche, Alicante, 1980), en la sección “Un impulso colectivo”, comisariada por Carlos Losilla, del  D’A Film Festival de Barcelona. Una peculiar historia, filmada con actores no profesionales, familiares y amigos del propio director, que iba sobre una invasión extraterrestre cotidiana, cruzada con una cruenta historia familiar. Luego, vinieron otros trabajos más cortos del cineasta ilicitano, como El ataque de los robots de Nebulosa-5 (2008), y Misterio (2013), siempre con el mismo espíritu transgresor, naturalista y rompedor, donde mezclaba con muchísimo acierto y brillantez la ciencia ficción con la comedia costumbrista y cotidiana. Con La disco resplandece (2016), una película de 16 minutos, su cine cambiará de tercio, filmada en 16mm por el cinematógrafo Ion de Sosa (que recordamos por sus estupendos largometrajes True Love y Sueñan los androides), la cinta se centraba en una noche cualquiera de un grupo de jóvenes y una fiesta que recordaba a aquella otra, ahora llena de polvo y edificios abandonados. El binomio repetiría con Leyenda dorada (2019), en la codirección, rodada nuevamente en 16mm, en un relato que volvía a jugar con el naturalismo y la ciencia ficción.

Para su segundo largo, Espíritu sagrado, que sigue la vitola de títulos llenos de ironía y estupendos. García Ibarra sigue investigando todo aquello que ya estaba en sus anteriores trabajos. El formato de 16mm, en el que Ion de Sosa vuelve a operar, que consigue esa cercanía que traspasa y ese grano tan característico del celuloide, que ayuda a penetrar de forma espacial en el interior de los personajes, de sus casas y sus vidas, la economía de planos y encuadres, casi siempre quietos, en un laborioso trabajo de forma, marca de la casa en toda su filmografía, que hace aún más evidente toda esa idea de ver la película desde una mirada directa, sin juzgar, y sobre todo, a la misma altura de los protagonistas. El ejemplar trabajo de arte de Leonor Díaz Esteve, que consigue adaptar todos los objetos tan característicos de las viviendas ochenteras a la actualidad, jugando con lo de ayer y lo de ahora, el inmenso trabajo de montaje de Ana Pfaff, en otra brillante ejecución de planificación y tempo, donde todo funciona de manera perfecta.

La ciencia ficción vuelve a estar presente, ahora en calidad del grupo Ovni-Alicante, una serie de individuos de vidas y caracteres dispares, aficionados al mundo de los extraterrestres, y sin olvidar, ese costumbrismo tan de aquí, anclado en un barrio de la zona norte de Elche, donde lo doméstico, lo cotidiano y lo transparente se dan la mano. La inclusión de actores no profesionales, que dan a la película toda esa verosimilitud, esa concentración y esa profundidad, de forma muy clara y concisa, sin necesidad de grandes aspavientos argumentales ni nada que se le parezca, porque el director alicantino construye una película sencilla y muy íntima, donde todo lo que ocurre está contado desde la verdad, como si de un documental se tratase, sin serlo, con esa ficción mínima que hace posible que todo lo que se cuenta, y el cómo, adquiera todo su férreo armado y su brillante naturalismo, donde todo es posible, hasta lo más inverosímil y extraño, porque dentro de esa cercanía, en la que vemos a personas como nosotros, la película y su trama se van introduciendo de forma natural, en el que todo convive y se mezcla poderosamente, lo cotidiano con lo inquietante, donde cada individuo, cada espacio y cada objeto adquiere características misteriosas y reveladoras.

García Ibarra bebe del cine de Corman, de aquella ciencia ficción de los cincuenta y sesenta, donde lo humano trascendía a la técnica, donde siempre se profundizaba en lo emocional, a partir de un hecho sobrenatural, también, encontramos huellas del costumbrismo y la tradición española, el de Valle-Inclán, Larra, Baroja, Galdós, Azcona-Berlanga, el universo de Mariano Ozores, o esa rareza y estupenda El astronauta, de Javier Aguirre, y demás, donde la convivencia entre la tradición choca con lo moderno, y donde el más allá convive de forma pacífica con la cotidianidad diaria. Un reparto que brilla desde lo íntimo y lo cercano, donde hay pocos diálogos y donde todo se explica más porque lo que hacen que por lo que dicen. Tenemos a Nacho Fernández, el hilo conductor de la historia, que da vida a José Manuel, que regenta un bar de barrio, que habla nada, y escucha poco, y es el nuevo director del Ovni-Alicante, después del fallecimiento de Julio, que vive con su madre, a la que da vida Rocío Ibáñez, una médium retirada ahora enferma de alzheimer , que cuida de su sobrina, a la que interpreta Llum Arques, gemela de una niña desaparecida, que tiene desesperada a su hermana, que hace Joanna Valverde, y otros personajes como esa señora chismosa que todo lo sabe y habla por los codos, o los variopintos componentes de la asociación extraterrestre, como una chica que no para de hacer cursillos subvencionados, un joven garrulo, y demás individuos que creen más en el espacio exterior que en sus vidas diarias.

García Ibarra ha construido una película magnífica y especial, toda una rareza muy bienvenida, donde mezcla y fusiona de forma brillante cosas tan alejadas como la ciencia ficción, muy terrenal y de andar por casa con lo cotidiano, lo sobrenatural con lo más cercano, con ese tono de humor negro, donde nunca encontramos esa mirada condescendiente hacia los personajes, sino una idea de retratar a los diferentes individuos desde su humanidad y complejidad, de frente, contando unas vidas sencillas y asquerosamente cotidianas, como las de todos nosotros, eso sí, con sus peculiaridades, rarezas y extrañezas, que también, todos las tenemos, algunas más extravagantes que otras. En Espíritu sagrado se fusionan lo  fantástico y lo doméstico, de forma excéntrico, cutre, feo, naif y artesanal, siempre desde lo íntimo, despojándolo de todo oropel y efectismo, aquí está entre nosotros, conviviendo como una cosa más, donde los personajes lo acogen, lo tratan de forma sencilla y completamente natural, donde cada personaje parece esconder y esconderse, donde cada cosa que ocurre se llena de incertidumbre, inquietud y diferente, donde todo parece ser de otro mundo, pero en este. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Irene Moray

Entrevista a Irene Moray, directora de la película «Suc de Síndria». El encuentro tuvo lugar el lunes 28 de octubre de 2019 en la vivienda de la directora.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Irene Moray, por su tiempo, amistad, generosidad y cariño, y a Eva Herrero y Marina Cisa de Madavenue, por su tiempo, amabilidad, generosidad y cariño.

Entrevista a Eloy Domínguez Serén

Entrevista a Eloy Domínguez Serén, director de la película «Hamada», en el marco del D’A Film Festival, en el Hotel Pulitzer en Barcelona, el viernes 3 de mayo de 2019.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Eloy Domínguez Serén, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, al equipo del D’A Film Festival, y a Javier Asenjo de Elamedia Estudios, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño.