Entrevista a Carolina Astudillo

Entrevista a Carolina Astudillo, directora de la película «Canción a una dama en la sombra», en su domicilio en Badalona, el miércoles 27 de julio de 2022.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Carolina Astudillo, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Canción a una dama en la sombra, de Carolina Astudillo

LAS MUJERES QUE NO OLVIDARON.

“Sólo nosotras esperamos aún, con una espera de todos los tiempos, la de las mujeres de todos los tiempos, de todos los lugares del mundo: la espera de los hombres volviendo de la guerra”.

Marguerite Duras

“Nadie sabrá de ti, Penélope, más que el diseño que te forjaron los homeros y las mitologías”

Olga Zamboni

En el imaginario de Carolina Astudillo (Santiago de Chile, 1975), cualquier imagen, sonido o texto escrito, sea cual sea su procedencia, casi siempre ajena, se descontextualiza por completo, como si la imagen se tratase de un objeto orgánico, un espacio que se abre, se profundiza y sobre todo, se resignifica, transformándose, en un minucioso trabajo de montaje, en otra imagen, y un significado completamente diferente al de su origen. Todo este proceso de Astudillo nos devuelve, no solo a reinterpretar constantemente el pasado de la historia, sino a resituarnos en relación a todas esas “nuevas” imágenes y como no, a todo el discurso que generan después de su vuelta a nacer.

Desde el primer trabajo que vi de la directora chilena afincada en Barcelona, aquel De monstruos y faldas (2008), y los posteriores siguientes, la mirada de la cineasta siempre se muestra atenta a la memoria, un cine que lucha contra el olvido, no solo de las imágenes, sino de todas aquellas personas que se vieron olvidadas por el discurso oficial. Su opera prima El gran vuelo (2014), ya buceaba en la historia de Clara Pueyo Jurnet, militante del Partido Comunista que desaparece sin dejar rastro después de su etapa en la cárcel, a través de otras imágenes que hacía suyas, y las voces que nos contaban su vida. Después de Ainhoa, yo no soy esa (2018), donde recuperaba la vida de joven y su desencanto vital, a través de sus huellas, en forma de diario, videos y voz. En Canción a una dama en la sombra, vuelve a la vida de Clara Pueyo i Jurnet, pero esta vez, en la peripecia vital de su hermano Armand, y la esposa de éste, Soledad Tartera, y nos convoca a las vidas olvidadas y fantasmales de una pareja separada por la guerra, un amor truncado por el exilio y la espera, que es como se divide la película, solamente esperanzada en las cartas que recibe la mujer desde el exilio francés, entre el septiembre del 39 a mayo del 40 cuando dejó de recibirlas.

El cine de Astudillo, siempre inquieto y curioso con la propia materia cinematográfica, en su incesante de búsqueda de imágenes, objetos y textos del pasado, va mucho más allá, adentrándose en otros espacios, en otras miradas. En primer lugar, vuelve a rodar material propio, como hiciera en la mencionada Ainhoa, yo no soy esa, eso sí, con una cámara de Súper 8, en el que acoge a dos actrices, Alicia González Laá y Padi Padilla, de reconocida trayectoria teatral, para que lean, respectivamente, las cartas de Armand a Soledad, y fragmentos de textos como el de El dolor, de Marguerite Duras, en el que escribía sobre la espera de su amor que fue encerrado en un campo nazi, y otros como los de Marcela Terra, entre otras. La realizadora chilena vuelve a sumergirnos en un profundo y magnífico caleidoscopio de imágenes, textos, sonidos, texturas y demás, en el que nos va envolviendo en una época triste, difícil y sumamente angustiosa, donde se juega a un elemento característico de la directora como la presencia-ausencia, y todo ese espacio límbico que queda, donde hay tiempo para la ilusión y la esperanza aunque sean efímeras y muy débiles.

Estamos ante la película de mayor duración de Astudillo, casi las dos horas de metraje, donde seguimos el periplo de una mujer, Soledad, que espera la vuelta de su marido, Armand, y un hombre que no puede volver a su vida, a su patria, y sobre todo, a una forma de vida que el fascismo ha roto. La directora vuelve a contar con dos de las cómplices más íntimas en su cine, Ana Pfaff en la edición, haciendo un grandioso trabajo de montaje, donde toda esa mezcla de imágenes, sonidos y textos de orígenes diversos, acaba adquiriendo una armonía increíble, llena de sensibilidad y reflexión, y Alejandra Molina en el diseño sonoro, una de las partes fundamentales en el cine de la chilena, porque el juego de diferentes y complejas capas, adquiere ese tratamiento sonoro capital que no resulta de acompañante, sino que va más allá, creando todo un espacio donde todo se desenvuelve hacia otros lugares. Destacamos las incorporaciones en el universo de Astudillo del cinematógrafo Américo Voltio, en el que consigue dotar de textura orgánica a las imágenes de Súper 8, y la excelente música de Carles Mestre que sabe dotar de intimidad y delicadeza a la dureza del tema que se trata en la película.

La cineasta chilena no habla de mujeres que solo esperan, como la Penélope de Homero, sino en ese sentido, también hay una mirada diferente al clásico, descontextualizándolo y creando una forma, más actual y feminista, donde Soledad, la mujer que espera en Canción de una dama en la sombra, espera activamente, trabajando en la fábrica y tirando hacia adelante a sus hijos, donde su historia es la historia de muchas mujeres que la guerra dejó solas pero no muertas, sino completamente resistentes, valientes, madres y mujeres, que la emparenta con Penélope (2017), de Eva Vila, donde hay también hay una mirada desde aquí al clásico, reinterpretándolo y sobre todo, situándolo en una visión más feminista y humanista. Astudillo crea imágenes muy potentes y reveladoras, porque dentro de su fusión de imágenes, sonidos, textos y texturas, construye un demoledor discurso sobre la importancia de la memoria, rescatando a tantas personas que se pierden en el olvido de la historia, desenterrando sus vidas, luchando ferozmente contra ese olvido que tantos gobiernos han pretendido inculcar.

Viendo el cine de Astudillo pensamos en la labor del cine o la idea del cine en los tiempos actuales, porque el cine, aparte de contar historias, debe generar reflexión, porque si no es cine, es otra cosa, es espectáculo y entretenimiento vacuo y superficial, y el cine de la directora chilena e mantiene firme y convencido en todo lo que quiere conseguir en el espectador, devolverle la historia de verdad, aquella que nos han ninguneado desde las élites poderosas, que no les conviene el pasado, porque rastrea sus orígenes que nunca son honestos ni humanos. El cine de la cineasta chilena lucha contra todo eso, desenterrando fantasmas, dándoles el espacio que otros les negaron, y sobre todo, devolviéndoles su dignidad, su valor, su valentía y su humanismo, para que las personas de ahora sepamos quienes fueron y además, rescatar la lucha en las sombras de tantas mujeres como Soledad, antes Clara, y tantas y tantas que desconocemos, porque también ellas hicieron su guerra, no en el frente, sino en casa, sobreviviendo y sobre todo, alimentando a sus hijos e hijas, las personas del mañana, y soportando una sociedad triste, beata, conservadora y militar, una vida que no fue nada fácil, y ellas también sufrieron su exilio y ausencia, sin amor, sin consuelo y sin vida. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Dúo, de Meritxell Colell

LOS ESCOMBROS DEL AMOR.

“¿Has dicho nuestro mirto, el árbol nuestro? En un idéntico bis que se desenvuelve hasta la trémula frase final, ¿Nosotros dos?”

Delirio (2004), de Laura Restrepo

El personaje de Mónica, una bailarina que volvía a construir lazos rotos con su familia y reencontrarse consigo mismo en sus raíces, que habíamos conocido en la película Con el viento (2018), ópera prima de Meritxell Colell (Barcelona, 1983), vuelve a cruzarse en nuestras vidas, ahora siguiendo el itinerario del mismo personaje en su vuelta a Argentina: Un reencuentro con ella, en otro viaje, ahora junto a Colate, su pareja artística y sentimental con el que lleva veinticinco años de relación. Como ocurría en su primera película, lo rural vuelve a ser el escenario del viaje por el norte del país, atravesando la cordillera de los Andes, mostrando su pequeño espectáculo de danza, textos y música. Su dúo se ha alejado de todos y todo, mostrando su arte a las pequeñas comunidades andinas con las que se van cruzando, desde el final del verano hasta el frío invierno. Desde la primera secuencia, íntima y reveladora, donde somos un espectador más del espectáculo itinerante de la pareja, asistimos a un amor en penuria, envuelto en lo que ya no es. Dos almas que se (des) encuentran, se tropiezan, se callan y sobre todo, se han dejado de mirar y sentir el uno con el otro.

La cámara de Sol Lopatin, magnífica cinematógrafa que ha trabajado con gente tan ilustre como Albertina Carri y Eliseo Subiela, entre otros, se convierte en una espectadora activa e invasora porque se mete entre ellos, como una piel más, pegada a ellos, una más de su entorno e interior cambiante y en silencio, con esa forma de desubicación que tenemos durante toda la película, donde todo lo que vemos se nos presenta fragmentado como una especie de puzle donde las piezas no encajan o están perdidas. El relato se desdobla constantemente, ya desde su título Dúo, como en su forma, donde la ficción y el documento se fusionan y se mezclan de forma admirable, con una naturalidad asombrosa y sin darnos cuenta, creando un espacio único en el que todo sucede de forma transparente y muy íntima. Una forma que se apoya en lo digital y el Super8mm, en el que uno sigue ese amor roto, la no historia de ellos, y su encuentro con los lugareños, y otra, el celuloide, actúa como diario intimo de Mónica, con el mismo aroma con el que se construían muchas de las piezas audiovisuales de Transoceánicas (2020), la película de misivas entre Lucia Vassallo y la propia directora. Un diario filmado por Colell junto a Julián Elizalde, cinematógrafo de Con el viento, en el que la protagonista reflexiona sobre sus orígenes, su madre, sobre su actual realidad, sobre el amor, sobre lo que queda de él, y por encima de todo, en el que hay tiempo para pensar en sus emociones, en su trabajo y en aquello que sintió y ya no.

En este sentido, el extraordinario trabajo de sonido que firma Verónica Font, que ha estado presente en todos los trabajos de la directora catalana, resulta crucial para crear esa atmósfera de diferentes sonidos, generando esa doblez que marca toda la película, de dentro a afuera y viceversa, donde todo se muestra y todo tiene su reflejo. Dúo sufrió los embates de la pandemia y dejó su rodaje a la mitad, hecho que provocó reinventar la película, por eso el preciso y brillante trabajo de montaje que firman la propia directora junto a Ana Pfaff (que poco hay que decir de una editora que ha trabajado en películas tan importantes como Alcarràs, Libertad, Espíritu sagrado, Ainhoa, yo no soy esa y Trinta Lumes, entre otras), que vuelve al cine de Colell, resulta un trabajo arduo, donde se encaja con sabiduría los ciento siete minutos que abarca la película, lleno de aciertos, detalles y compuesto por esa dualidad que atraviesa todo el relato, donde todo está envuelto en una suerte de viaje muy físico, donde sentimos y escuchamos cada piedra, cada diálogo y cada obstáculo, y muy interior, donde el silencio y el susurro se apoderan de todo, en un continuo contrapunto entre lo que se dice y lo que no, lo que se siente y no.

Dos poderosos intérpretes, dos almas a la deriva, náufragas de ese amor derrotado, de ese amor que se aleja sin remedio. Dos cuerpos que se abrazan pero ya no como antes, dos sentimientos tan cercanos como opuestos. Una Mónica García en la piel y el alma de Mónica, que después de su retiro de un año en su pueblo burgalés, vuelve, pero ya transformada y en constante cambio, caminando por esa delicada línea entre lo terrenal y lo emocional, en la incertidumbre de estar y no, con su especial intimidad con las mujeres del altiplano, donde se ve, se reconoce y se reconforta ante tanta soledad y tristeza.  Frente a ella, que no junto a ella, Colate en la piel de un inmenso Gonzalo Cunill, un actor de raza, carácter, de aspecto marcado y salvaje, una especie de Vincent Cassel, al que hemos visto en películas tan estupendas como Stella Cadente, La silla, Occidente, Arnugán, entre otras. Aquí dando vida al otro, al hombre, al que fue el guía, el compañero y todo para Mónica, ahora perdido en esa inmensidad que les separa, en ese adiós que tanto cuesta, en todas esas cosas que han vivido juntos y ya no viven, estando sin estar.

Una película que tiene el aroma de los silencios y las soledades que tanto capturaban Bresson, y Antonioni en sus almas perdidas de La aventura, El eclipse y El desierto rojo, en que el personaje de la Vitti no estaría muy lejos del de Mónica, o los solitarios y callados individuos que no formaban la pareja de Viaggio in Italia, de Rossellini, o esa no pareja, también de viaje, que se perdía por Copia certificada, de Kiarostami. No nos cansamos de sumergirnos en el cine de Meritxell Colell, al contrario, cada vez nos fascina muchísimo más, porque construye películas muy íntimas, muy cercanas, llenas de inteligencia y sobriedad, donde todo se cuenta desde el alma, desde la profundidad, sintiendo cada plano, cada encuadre, cada silencio, cada mirada, donde el viaje es visible e invisible, en el que se nos habla de memoria, de dónde venimos, hacia donde vamos, qué somos, y sobre todo, dónde estamos, que hemos dejado atrás, hacía donde nos movemos y sobre todo, que sentimos y que no. En fin, toda la incertidumbre de la vida y la existencia. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Alcarràs, de Carla Simón

LA MEVA TERRA FERMA, CASA AMADA.  

“Si el sol fos jornaler, no matinaria tant. Si el marquès hagués de batre, ja ens hauríem mort de fam. Jo no canto per la veu, ni a l’alba, ni al nou dia, canto per un meu amic que per mi ha perdut la vida”. (…) “Canto per la meva terra ferma, casa amada”.

De “La cançó del pandero”.

Dos de los momentos más recordados de Alcarràs, la segunda película de Carla Simón (Barcelona, 1986), son cuando el abuelo Rogelio comienza a cantar espontáneamente “La canço del pandero”, y los niños le siguen. Más adelante, se repetirá ese instante, pero a la inversa, cuando en la función que interpretan los niños, Iris, la pequeña de la casa, comienza a cantarla y el abuelo la sigue. Dos momentos que resumen la historia que nos cuenta la película. Por un lado, vemos el legado que dejan los mayores en las futuras generaciones, y por otro, los niños acogen esa sabiduría y la hacen suya. La pertenencia a una tierra, un lugar y un modo de vida, el legado de los que estuvieron antes que nosotros, y los conflictos familiares entre padres e hijos y hermanos son los temas principales que explica la historia.

Con Estiu 1993  (2017), Simón volvía su memoria al verano que quedó huérfana y se fue a vivir con sus tíos al campo. Una película filmada en diversas localizaciones de La Garrotxa (Girona). Ahora, se ha ido unos kilómetros al oeste, a la comarca del Segrià, en Lleida, para hablarnos de la familia Solé, agricultores que llevan tres generaciones trabajando la tierra y cultivando melocotones. Pero, una orden de desahucio cae sobre sus vidas y a finales de verano deben dejar las tierras, porque el dueño quiere instalar placas solares. En esta ocasión, la directora mira a su abuelo fallecido, su legado, y sus tíos y primos agricultores de la zona, y construye la película a cuatro manos, junto a Arnau Vilaró (Bellvís, Lleida, 1986), conocedor del lugar. Un relato que arranca de forma profética, sin dejar lugar a dudas del fatal desenlace de los Solé. Unos niños juegan en un dos caballos abandonado en mitad del campo. De repente, el sonido de una excavadora los alerta y salen corriendo a avisar a Mariona, la hermana más mayor. Todos vuelven y la máquina se lleva el dos caballos. Más adelante, unos camiones de la empresa de placas solares pondrá en alerta nuevamente, a toda la familia y desde la colina, todos mirarán en silencio como lo inevitable de sus no futuros está de camino.

Carla Simón ya demostró en Estiu 1993 como en sus otros trabajos, su interés por retratar un pedazo de vida de sus personajes, filmándolos de forma natural e íntima, mirando sus existencias y vidas muy alejadas del tumulto y las prisas de la gran ciudad. Observando de un modo sencillo y poderoso el universo rural, donde los conflictos siempre se registran de forma naturalista y sin estridencias, tampoco hay autocomplacencia, ni mucho menos, sino un trabajo detallado y conciso de sus realidades, ya sean amables y conciliadoras, como difíciles y complejas. Alcarràs es la crónica de una muerte anunciada, y el relato de un naufragio, eso sí, la historia de los Solé es una fábula sobre la derrota, sobre los vencidos, pero con dignidad, porque ellos son los que mueren con alma, con resistencia, como veremos en su lucha porque la última cosecha sea buena, entre todos y con todos. Los Solé se van a quedar sin trabajo y por consiguiente, sin vida, y deben lidiar con sus conflictos domésticos, entre los que el epicentro es Quimet, el padre, que se está enfrentado al problema de un modo egoísta y alzando muros contra los suyos. Y luego, están los problemas sociales, la lucha por la agricultura ecológica frente a la de las grandes multinacionales, el bajo precio de la fruta, completamente inviable para los pequeños payeses, y el cambio de una forma de vida que se muere por otra avasalladora que arrasa con lo tradicional, sin importarle nada ni nadie.

Muchos de los cómplices de Estiu 1993, repiten en Alcarràs, como son Eva Valiño en el sonido, Arnau Vilaró, que en la otra estuvo en el equipo de dirección, Ana Pfaff en el montaje, Mónica Bernuy en el arte, Mireia Juárez en el casting, y demás. Se incorpora en la cinematografía Daniela Cajías, que la conocimos en su gran labor en Las niñas, de Pilar Palomero. Y qué decir del inmenso trabajo del reparto no profesional de la película, personas de la zona, agricultores en su mayoría, con su peculiar acento, hablando su dialecto catalán muy propio de la zona, reclutadas de las zonas donde se ha rodado la película. Los Josep Abad como Rogelio, el abuelo, Jordi Pujol Dolcet como Quimet, el padre, Anna Otín es Dolors, la madre, Xènia es Mariona, una de los hijos, al igual que Albert Bosch como Roger, Ainet Jounou es Iris, que es una especie de reencarnación de la Frida de Estiu 1993, por su liderazgo entre los primos pequeños, su inteligencia y madurez, Montse Oró es Nati, y Carles Cabós es Cisco, que son la hermana y el cuñado de Quimet, sus hijos, los gemelos Joel e Isaac Rovira que son Pere y Pau, y Berta Pippó, tía de Carla Simón como Glòria y Elna Folguera, sobrina de uno de los productores, son la hermana y sobrina de Quimet, y Antònia Castells como Pepica, entre otros.

Alcarràs tiene, tanto en su forma como en su fondo, y en el sentido humanista el aroma del cine de Renoir, como en su Toni (1934) y en El hombre del sur (1945); con esa idea de retratar desde el alma y la profundidad unas vidas y circunstancias nada complacientes. No podemos olvidar la herencia del neorrealismo, en su idea de registrar lo íntimo y lo social, desde un forma naturalista, honesta y con personas interpretando a personajes muy cercanos a ellos, como ocurría en La terra trema, de Visconti, y en Ladrón de bicicletas, de De Sica, ambas de 1948. Y más adelante, pero con el espíritu neorrealista, la magnífica El árbol de los zuecos (1978), de Ermanno Olmi, en la que también se retrata las duras condiciones de vida de los campesinos de finales del siglo XIX, con mucha naturalidad, con actores no profesionales y con gran dignidad, en que los Solé serían unos herederos muy cercanos, de vidas complejas y difíciles, tanto en la tierra como en la familia, como les ocurría a los intérpretes de La gente del arrozal (1994), de Rithy Panh, la primera película del genio camboyano.

Nos alegramos porque exista una película como Alcarràs, triste y alegre por igual, como es la vida, vamos, y llena de vida, de humanismo y de celebración de la vida, el trabajo y el cine, que tiene de todo, que a veces, es maravillosa, y otras, duele mucho. Porque hay que celebrar con fuerza que en nuestra cinematografía se sigan produciendo historias que hablen de nosotros, de lo que fuimos y desgraciadamente, no seremos, porque los tiempos cambian, y no como nos gustarían, en muchas ocasiones. El pedazo de vida de los Solé que retrata y registra Carla Simón, no es solo sus vidas, el final de sus vidas como payeses, sino que también es un pedazo de su dignidad, o dicho de otra forma, la manera que tienen de enfrentarse a sus miedos, sus inseguridades, y sobre todo, sus pérdidas, porque la directora catalana en el fondo nos está hablando de todo lo que somos, la identidad que le debemos a tantos otros que nos precedieron, y sobre todo, las formas en las que afrontamos todo lo que vamos a dejar de ser, y eso, nunca es fácil, ni para los Solé ni para nadie. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

 

Entrevista a Chema García Ibarra

Entrevista a Chema García Ibarra, director de la película «Espíritu sagrado», en el Hotel Casa Gracia en Barcelona, el martes 16 de noviembre de 2021.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Chema García Ibarra, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Eva Calleja de Prismaideas, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Espíritu sagrado, de Chema García Ibarra

TODO SUCEDIÓ EN UN BARRIO DE ELCHE…

“Yo no tengo la culpa de que la vida se nutra de la virtud y del pecado, de lo hermoso y de lo feo”.

Benito Pérez Galdós

Todavía se recuerda el impacto que ocasionó Uranes (2013), la opera prima de Chema García Ibarra (Elche, Alicante, 1980), en la sección “Un impulso colectivo”, comisariada por Carlos Losilla, del  D’A Film Festival de Barcelona. Una peculiar historia, filmada con actores no profesionales, familiares y amigos del propio director, que iba sobre una invasión extraterrestre cotidiana, cruzada con una cruenta historia familiar. Luego, vinieron otros trabajos más cortos del cineasta ilicitano, como El ataque de los robots de Nebulosa-5 (2008), y Misterio (2013), siempre con el mismo espíritu transgresor, naturalista y rompedor, donde mezclaba con muchísimo acierto y brillantez la ciencia ficción con la comedia costumbrista y cotidiana. Con La disco resplandece (2016), una película de 16 minutos, su cine cambiará de tercio, filmada en 16mm por el cinematógrafo Ion de Sosa (que recordamos por sus estupendos largometrajes True Love y Sueñan los androides), la cinta se centraba en una noche cualquiera de un grupo de jóvenes y una fiesta que recordaba a aquella otra, ahora llena de polvo y edificios abandonados. El binomio repetiría con Leyenda dorada (2019), en la codirección, rodada nuevamente en 16mm, en un relato que volvía a jugar con el naturalismo y la ciencia ficción.

Para su segundo largo, Espíritu sagrado, que sigue la vitola de títulos llenos de ironía y estupendos. García Ibarra sigue investigando todo aquello que ya estaba en sus anteriores trabajos. El formato de 16mm, en el que Ion de Sosa vuelve a operar, que consigue esa cercanía que traspasa y ese grano tan característico del celuloide, que ayuda a penetrar de forma espacial en el interior de los personajes, de sus casas y sus vidas, la economía de planos y encuadres, casi siempre quietos, en un laborioso trabajo de forma, marca de la casa en toda su filmografía, que hace aún más evidente toda esa idea de ver la película desde una mirada directa, sin juzgar, y sobre todo, a la misma altura de los protagonistas. El ejemplar trabajo de arte de Leonor Díaz Esteve, que consigue adaptar todos los objetos tan característicos de las viviendas ochenteras a la actualidad, jugando con lo de ayer y lo de ahora, el inmenso trabajo de montaje de Ana Pfaff, en otra brillante ejecución de planificación y tempo, donde todo funciona de manera perfecta.

La ciencia ficción vuelve a estar presente, ahora en calidad del grupo Ovni-Alicante, una serie de individuos de vidas y caracteres dispares, aficionados al mundo de los extraterrestres, y sin olvidar, ese costumbrismo tan de aquí, anclado en un barrio de la zona norte de Elche, donde lo doméstico, lo cotidiano y lo transparente se dan la mano. La inclusión de actores no profesionales, que dan a la película toda esa verosimilitud, esa concentración y esa profundidad, de forma muy clara y concisa, sin necesidad de grandes aspavientos argumentales ni nada que se le parezca, porque el director alicantino construye una película sencilla y muy íntima, donde todo lo que ocurre está contado desde la verdad, como si de un documental se tratase, sin serlo, con esa ficción mínima que hace posible que todo lo que se cuenta, y el cómo, adquiera todo su férreo armado y su brillante naturalismo, donde todo es posible, hasta lo más inverosímil y extraño, porque dentro de esa cercanía, en la que vemos a personas como nosotros, la película y su trama se van introduciendo de forma natural, en el que todo convive y se mezcla poderosamente, lo cotidiano con lo inquietante, donde cada individuo, cada espacio y cada objeto adquiere características misteriosas y reveladoras.

García Ibarra bebe del cine de Corman, de aquella ciencia ficción de los cincuenta y sesenta, donde lo humano trascendía a la técnica, donde siempre se profundizaba en lo emocional, a partir de un hecho sobrenatural, también, encontramos huellas del costumbrismo y la tradición española, el de Valle-Inclán, Larra, Baroja, Galdós, Azcona-Berlanga, el universo de Mariano Ozores, o esa rareza y estupenda El astronauta, de Javier Aguirre, y demás, donde la convivencia entre la tradición choca con lo moderno, y donde el más allá convive de forma pacífica con la cotidianidad diaria. Un reparto que brilla desde lo íntimo y lo cercano, donde hay pocos diálogos y donde todo se explica más porque lo que hacen que por lo que dicen. Tenemos a Nacho Fernández, el hilo conductor de la historia, que da vida a José Manuel, que regenta un bar de barrio, que habla nada, y escucha poco, y es el nuevo director del Ovni-Alicante, después del fallecimiento de Julio, que vive con su madre, a la que da vida Rocío Ibáñez, una médium retirada ahora enferma de alzheimer , que cuida de su sobrina, a la que interpreta Llum Arques, gemela de una niña desaparecida, que tiene desesperada a su hermana, que hace Joanna Valverde, y otros personajes como esa señora chismosa que todo lo sabe y habla por los codos, o los variopintos componentes de la asociación extraterrestre, como una chica que no para de hacer cursillos subvencionados, un joven garrulo, y demás individuos que creen más en el espacio exterior que en sus vidas diarias.

García Ibarra ha construido una película magnífica y especial, toda una rareza muy bienvenida, donde mezcla y fusiona de forma brillante cosas tan alejadas como la ciencia ficción, muy terrenal y de andar por casa con lo cotidiano, lo sobrenatural con lo más cercano, con ese tono de humor negro, donde nunca encontramos esa mirada condescendiente hacia los personajes, sino una idea de retratar a los diferentes individuos desde su humanidad y complejidad, de frente, contando unas vidas sencillas y asquerosamente cotidianas, como las de todos nosotros, eso sí, con sus peculiaridades, rarezas y extrañezas, que también, todos las tenemos, algunas más extravagantes que otras. En Espíritu sagrado se fusionan lo  fantástico y lo doméstico, de forma excéntrico, cutre, feo, naif y artesanal, siempre desde lo íntimo, despojándolo de todo oropel y efectismo, aquí está entre nosotros, conviviendo como una cosa más, donde los personajes lo acogen, lo tratan de forma sencilla y completamente natural, donde cada personaje parece esconder y esconderse, donde cada cosa que ocurre se llena de incertidumbre, inquietud y diferente, donde todo parece ser de otro mundo, pero en este. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Irene Moray

Entrevista a Irene Moray, directora de la película «Suc de Síndria». El encuentro tuvo lugar el lunes 28 de octubre de 2019 en la vivienda de la directora.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Irene Moray, por su tiempo, amistad, generosidad y cariño, y a Eva Herrero y Marina Cisa de Madavenue, por su tiempo, amabilidad, generosidad y cariño.

Entrevista a Eloy Domínguez Serén

Entrevista a Eloy Domínguez Serén, director de la película «Hamada», en el marco del D’A Film Festival, en el Hotel Pulitzer en Barcelona, el viernes 3 de mayo de 2019.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Eloy Domínguez Serén, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, al equipo del D’A Film Festival, y a Javier Asenjo de Elamedia Estudios, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño.