La consagración de la primavera, de Fernando Franco

LAURA CONTRA SÍ MISMA.

“Tu mirada se aclarará solo cuando puedas ver dentro de tu corazón. Aquel que mira hacia afuera, sueña; aquel que mira hacia adentro, despierta”.

Carl Jung

La tercera película de Fernando Franco (Sevilla, 1976), vuelve a transitar por las cotidianidades incómodas y oscuras que ya estructuraban sus dos anteriores trabajos. En La herida (2013), conocíamos a una mujer muy trabajadora pero con un grave déficit para relacionarse con los demás, y tendencias depresivas y de autolesión. En Morir (2017), una pareja se veía sumamente resquebrajada por la enfermedad de uno de ellos. En La consagración de la primavera, que acoge su título de la famosa composición de Ígor Stravinski, en un guion escrito por el propio director y Begoña Arostegui, con la que ha codirigido un par de cortometrajes de animación, nos lleva al rostro, a la piel y el cuerpo de Laura, un joven de Manacor, que ha llegado a Madrid para estudiar Químicas y está alojada en un Colegio Mayor de Monjas. Laura está sola, no conoce a nadie, deambula por la ciudad, por la Universidad, y una noche, de casualidad, conoce a David, un joven con parálisis cerebral, al que hará de asistente sexual.

Franco construye relatos muy cercanos y cotidianos, con muy pocos personajes, donde abunda la profundización de los aspectos psicológicos de los personajes. El director sevillano consigue sin aspavientos ni piruetas argumentales, sumergirnos en su microcosmos y enfrentarnos a situaciones difíciles y diferentes, accediendo a esos universos tremendamente incómodos, de los que huimos, a los que nos cuesta enfrentarnos, ya sea por educación, por moral, por miedo o simplemente, por desconocimiento. Laura está en un período de descubrimientos y experiencias nuevas, ya no está al amparo de una familia conservadora y cerrada, sino que ahora deberá enfrentarse a todo aquello que rechaza, a todo aquello que le atemoriza, enfrentarse a su entorno y sobre todo, así misma, una tarea que no le resultará nada fácil, una tarea donde se sorprenderá de todo lo que descubrirá de su interior. Un gran trabajo técnico empezando por esa luz mortecina y otoñal que firma el cinematógrafo Santiago Racaj, que ha estado en las tres películas de Franco, amén de trabajar con nombres tan importantes como los de Javier Rebollo, Jonás Trueba, Carlos Vermut y Carla Simón, entre otros.

El detallista y preciso trabajo de montaje de Miguel Doblado, fogueado en mil y una serie de televisión como las de Gran Reserva, Víctor Ros y Antidisturbios, entre otras, que consigue imprimir un ritmo pausado y cadencioso al relato, en el que no pasan de suceder cosas en sus ciento nueve minutos de metraje. Uno de los aspectos muy trabajados en el cine de Franco es la música, siempre diegética y tremendamente variada: música actual como techno y disco, y rock antiguo o el tema de Stravinski, un mosaico de piezas que pertenecen a ese mundo interior y complejo de los personajes, de as diferentes sensaciones, pensamientos y reflexiones de cada uno de los individuos que presenta la película. La consagración de la primavera guarda muchos paralelismos con Vivir y otras ficciones (2016), de Jo Sol, en su tratamiento de abordar aquello diferente, no normativo, en enfrentarse a los propios miedos y prejuicios y salir de tanto juicio moral y lanzarse a experimentar, a buscarse y sobre todo, a crecer sin miedo.

No estaríamos analizando con justicia la película de Franco, si solo nos quedásemos en el drama íntimo que en apariencia propone, porque la película va mucho más allá, y profundiza en muchos aspectos, usando diversas texturas y aspectos, como ese humor negro que tanto tiene, donde le da la vuelta a algunas situaciones y generando esa mirada donde todo tiene su lado cómico, o el revestimiento de comedia romántica, pero no al uso trillado de ciertos productos, sino con la maestría y la elegancia que las hacía Rohmer, en esas idas y venidas entre fiestas en pisos, cruzándose por los pasillos de la facultad y demás, y sobre todo, en el aspecto moral, donde la tolerancia y la apertura en todos los sentidos que se encuentra Laura con Isabel, la madre de David y el propio David, tan alejados al conservadurismo que trae de su familia. Laura encuentra su lugar en el mundo descubriendo que hay muchos mundos en este, que solo hace falta abrirse, atreverse y sobre todo, experimentar en libertad, abandonarse a esos universos de experimentación, de objetos sexuales y de pieles y cuerpos tocándose y sintiendo más allá de todo, de los prejuicios, miedos, inseguridades y mierdas.

Como ocurrían en sus anteriores películas, el grandísimo trabajo del equipo artístico es enorme, dotando a cada personaje de una magnífica naturalidad, a los que alguna vez no les hace falta ni tan siquiera hablar para expresar todo aquello que ocultan. Una Emma Suárez maravillosa y cercanísima, dando vida a Isabel, esa mujer que ha tenido que abrirse a los deseos de su hijo con parálisis cerebral y ser una madre tolerante y muy abierta, como deberían ser todas. Telmo Irureta un versátil intérprete, tanto en cine como en teatro, que ha dirigido varios cortometrajes, es el mejor David posible, con ese humor, esa música, y esos momentazos que nos regla a lo largo y ancho de la película, que consigue una comunicación espiritual y muy emocional con el personaje de Laura, que hace una fabulosa Valèria Sorolla, su primera vez en el cine, después de haberse curtido en el teatro y en televisión. Su Laura es uno de esos personajes de pocas palabras, todo lo expresa con esa mirada que nos atrapa, que nos hechiza, que encierra demasiadas oscuridades, y la seguiremos por su periplo emocional, por su travesía por todo aquello que debe dejar en el pasado para crecer de forma libre y sin ataduras en el futuro. No dejen de ver La consagración de la primavera, porque se alegrarán y mucho de conocer su historia y sus personajes, y sobre todo, les ayudará a cuestionarse muchas estupideces que todavía piensan y ya es tarde para abandonarlas y empezar a mirar las cosas desde otros ángulos y perspectivas, porque se están perdiendo un mundo asombroso y está muy cerca de todos nosotros. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Miguel Ángel Jiménez

Entrevista a Miguel Ángel Jiménez, director de la película «Una ventana al mar», en el marco del BCN Film Fest, en los Cines Verdi Park en Barcelona, el viernes 26 de junio de 2020.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Miguel Ángel Jiménez, por su tiempo, generosidad y cariño, y a Eva Herrero de Madavenue, por su tiempo, amabilidad, generosidad y cariño.

Entrevista a Gaizka Ugarte

Entrevista a Gaizka Ugarte, actor de la película «Una ventana al mar», de Miguel Ángel Jiménez, en el marco del BCN Film Fest, en los Cines Verdi Park en Barcelona, el viernes 26 de junio de 2020.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Gaizka Ugarte, por su tiempo, generosidad y cariño, y a Eva Herrero de Madavenue, por su tiempo, amabilidad, generosidad y cariño.

Una ventana al mar, de Miguel Ángel Jiménez

MARÍA SE ATREVE A VIVIR.

“La vida no se ha hecho para comprenderla, sino para vivirla”.

George Santayana

María tiene cincuenta y cinco años, trabaja de funcionaria en Bilbao, donde vive, se pasa los días ausente y ensimismada en todo aquello que podría haber sido y nunca será. Sus fieles amigas, su hijo y sus nietos pequeños llenan algo de ese vacío que siente. Toda su vida se pone patas arriba, cuando le diagnostican cáncer, hecho que no le impide viajar a Grecia con sus amigas. Bajo esa premisa sencilla, la película sigue el recorrido emocional de una persona que, la vida, como tantos otros, ha pasado por encima, como si no fuera con ellos, incapaces de sentirla en toda su plenitud, de seguir peleándola, de no darse por vencido. El director Miguel Ángel Jiménez (Madrid, 1979), que habíamos conocido con Ori (2009), y Chaika (2012), dos cintas filmadas en antiguas repúblicas soviéticas, relatos duros y complejos, donde habitaban personajes con fuertes heridas emocionales, le siguió The Night Watchman. La mina (2016), rodada en EE.UU., bajo el atuendo de film independiente y de thriller psicológico.

Ahora, con Una ventana al mar, Jiménez realiza su película más personal e íntima, que nace de una experiencia real, y vuelve a contar con parte de su equipo técnico colaborador como Luis Moya, que escribe el guión, junto a Luis Gamboa y él mismo, la cinematografía de Gorka Gómez Andreu, la música de un grande como Pascal Gaigne, y el montaje de otro grande como el recientemente desaparecido Iván Aledo. Un equipo de primera división para contarnos la vida de María, que en su peor momento vital, decide soltar amarras y lanzarse al mar, pero dejando el oscuro y frío mar Cantábrico, y descubrir el luminoso y cálido mar Mediterráneo, cambiando el lluvioso Bilbao por la soleada isla de Nysiros, en Grecia, un lugar que emana paz, tranquilidad y descanso, y lo hará junto a Stefanos, un maduro marinero, de aspecto rudo, y de corazón enorme, que arrastra cicatrices, y pasa sus días pescando a bordo de su barco. El relato viaja tranquilo, se olvida de sobresaltos y argucias argumentales, para dejarnos tiempo para mirar, para sentir la isla griega, para seguir los pasos, cada vez más lentos, de María, alguien que ha decidido vivir, haciendo caso omiso a las advertencias de Imanol, ese hijo obstinado con la cura de su madre, alguien que no acepta, que se obceca en una pared sin puerta.

María ha tomado una decisión, el tiempo que le quede, quiere vivir, disfrutar la vida, sentirse bien y hacer lo posible para conseguirlo, dejándose llevar por el viento mediterráneo, por la vida apacible y serena que tiene Nysiros. La cinta de Jiménez habla sobre la vida, de su condición efímera, de disfrutar del aquí y el ahora, de aceptar la muerte, de no luchar cuando ya es inútil, de dejarse llevar por el viento y la luz, de bañarse en el mar desnuda, de sentir que no hay un mañana, de tomarse la enfermedad con dignidad y tranquilidad, de luchar por vivir, por sentir la vida en toda su plenitud, escuchando agradables canciones griegas que hablan del alma, de quiénes somos, olvidarse del tiempo, caminar por el pueblo, recorriéndolo y recorriéndonos a nosotros mismos, descubriéndonos a cada instante, a cada detalle, sabiendo que toda nuestra existencia puede concentrarse en un instante, y ese instante pasará, y quedaremos nosotros, o aquello que fuimos cuando ya no estemos.

Una película que habla sobre la muerte, peor a través de la vida, de la sensación única e incomparable de vivir, de sentir, de emocionarnos, de amar y ser amados, de comprender, y que nos comprendan, de hacer con nosotros mismos, todas aquellas cosas que nunca nos atrevimos, a veces por miedo, por falta de tiempo, o llevados por nuestro entorno y al vida que nos habíamos construido, que a la postre, no era nunca aquella con la que soñamos cuando éramos más jóvenes. La presencia de una grandísima Emma Suárez, dando vida a María, una actriz especialmente dotada por una magnética e hipnotizante mirada, que no le hace falta pronunciar una sola palabra, para transmitir todas las emociones que está sintiendo su personaje, como camina bajo la luna, y como se baña desnuda en el mar, o esos instantes donde se habla con su hijo, o esos otros, donde Stefanos y ella, sienten que la vida les ha brindado una oportunidad de estar bien, de disfrutar de la compañía y de sentir un amor puro, sereno y especial.

Akilar Karazisis da vida a Stefanos (actor que ha trabajado con cineastas tan importantes como Yorgos Lanthimos, entre otros), un intérprete que también mira con aplomo y sobriedad, ese compañero de viaje para María, la persona que aparecerá para conducirla por esa isla fascinante, no por su belleza, otras lo son más, sino por todos los sentimientos que une siente cuando la mira y al disfruta, y finalmente, Gaizka Ugarte es Imanol, el hijo de María, que también, necesitará su viaje personal para comprender la actitud de su madre y dejarla vivir. Miguel Ángel Jiménez ha construido una película brillante y llena de paz, como es la isla de Nysiros, como es la actitud de María, la compañía de Stefanos, como son las canciones de Mikel Balboa, un relato de llenos de silencios, de miradas, de gestos que se cogen al vuelo, de mirar al mar, de sentirlo, de dejarse llevar por su belleza, por su azul, por su sonido, descubriendo todos los tesoros que oculta y que tanto tiempo hemos esperado, sin saberlo. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Invisibles, de Gracia Querejeta

PASEANDO CON LAS AMIGAS.

“Gracia, aún no lo sabes, pero llega un día en que te vuelves invisible para los hombres”

(Mercedes Sampietro a Gracia Querejeta durante el rodaje de Cuando vuelvas a mi lado)

Tres amigas quedan todos los jueves para pasear en un parque céntrico de la ciudad donde residen. Un paseo para estirar las piernas, contarse las semanas, y hablar del tiempo, o quizás, para contarse algo más personal y profundo, para hablar de frente, de sus cosas, de sus miedos, de sus problemas, de aquello que ocultan, lo que se guardan para ellas. El noveno trabajo tras la cámara de Gracia Querejeta (Madrid, 1962) se desmarca en cierta manera de sus trabajos anteriores, no en el sentido de relatos íntimos y agrupados en entornos familiares, porque en Invisibles, sigue habiendo cercanía e intimidades, sino en el despojo de contar sus reflexiones a través de otros.

En su nueva película, la directora madrileña nos habla de sí misma, sin intermediarios, de manera clara y transparente, de todas esas cosas que le rondan el alma, a través de tres mujeres que bordean o traspasan la cincuentena, tres mujeres de su misma edad y tres mujeres con sus mismas inquietudes, miedos y problemas. Julia es una profesora de mates, que anda metida en un matrimonio largo que ya no le entusiasma, como tampoco su trabajo, además, el acoso a una alumna introvertida le inquietará y la convertirá en más esquiva de lo que es. Elsa es una ejecutiva de armas tomar, atraída por su jefe lanza el cebo para llevárselo a la cama, es de esas mujeres que todavía se siente atractiva y deseada por los hombres, aunque quizás, ya no tanto, cosa que tampoco quiere admitir. Y por último, Amelia, metida en una relación en la que tiene que lidiar con la borde de la hija de su pareja, que le hace la vida imposible y le pone mil trabas para que se acabe la relación.

En esos jueves que Querejeta acota su película, y más concretamente, en las primeras horas de los jueves, en esos par de meses, arrancando el jueves 7 de marzo, caminaremos con estas tres mujeres, conoceremos sus vidas personales e intransferibles, y paso a paso, iremos escuchándolas y descubriendo aquello que ocultan en su interior, sus días, sus problemas, sus miedos sobre el peso de la edad, a la “invisibilidad” a la que se refiere el título, los problemas laborales, los de pareja, los cambios físicos, el amor, la soledad, el sexo, o la amistad, y demás cuestiones que la película aborda desde su maravillosa transparencia, apoyado en un inmenso y sencillo guión firmado por Antonio Mercero (habitual colaborador de Querejeta) y la propia directora, con una luz natural y penetrante que realiza Juan Carlos Gómez, otro cómplice habitual de Querejeta, y el montaje armónico y suave que firma Leyre Alonso, otro nombre de la factory Querejeta.

En ese caminar de los jueves por ese parque tranquilo y alejado de todos y todo, incluso de sus propias experiencias personales, se va convirtiendo en un espejo en el que reflejar todas las miserias y preocupaciones de sus vidas con las amigas confidentes, las que siempre te escucharán y estarán, o al menos por ahora, porque también aparecerá Mara, la amiga deprimida que cambia radical de vida y también, de “amigas”. Querejeta ha construido su película más sencilla y reposada a nivel formal, peor la más ambiciosa y compleja a nivel argumental, en el que el relato empieza suave y acabe encontrando su verdadero espíritu en la palabra, convertida aquí en la pieza fundamental de la película, una palabra vehicular en la que las amigas se irán descubriendo, abriéndose y contando y contándose todo aquello que anida en lo más profundo de sus almas, con ese aroma cercano de las películas de Bergman, Altman o Woody Allen, donde a través de la palabra y el (des) encuentro vamos conociendo lo que se cuece en el espíritu de unas almas solitarias, desesperanzadas y medio alegres o medio tristes, quizás como todos a esas edades.

Y si el magnífico e intenso guión es una pieza capital en el relato, las maravillosas interpretaciones de las tres actrices es la otra mitad de este estupendo y sensible juego de espejos, confidencias e intimidades, un reparto compuesto por Adriana Ozores, Emma Suárez y Nathalie Poza, tres almas y cuerpos en estado de gracia, que brillan con luz propia en cada instante de la película, en este laberinto de emociones que conforma una película valiente, necesaria y profunda, en la que Querejeta no solo habla de sí misma, sino de todas esas mujeres invisibilizadas por una sociedad sometida y narcotizada por lo joven, lo convencional y lo lineal, dejando fuera de ese orden social neoliberal a todas aquellas personas, en este caso, mujeres que ya no reúnen los cánones establecidos, olvidándose de otros y vitales valores humanos como la experiencia, la serenidad y la capacidad de mirar la vida, sin estar atadas por el éxito materialista o la belleza física que dicta la sociedad materialista, solo caminando con las amigas, acompañadas y relacionándose con la vida con paciencia y equilibrio, caminando paso a paso. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Hugo Silva

Entrevista a Hugo Silva, actor de la película «70 binlandens», de Koldo Serra, en los Cines Renoir Floridablanca en Barcelona, el martes 5 de marzo de 2019.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Hugo Silva, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Eva Herrero y Marina Cisa de Madavenue,  por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño.

Entrevista a Emma Suárez

Entrevista a Emma Suárez, actriz de la película «70 binlandens», de Koldo Serra, en los Cines Renoir Floridablanca en Barcelona, el martes 5 de marzo de 2019.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Emma Suárez, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Eva Herrero y Marina Cisa de Madavenue,  por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño.

Entrevista a Koldo Serra

Entrevista a Koldo Serra, director de la película «70 binlandens», en los Cines Renoir Floridablanca en Barcelona, el martes 5 de marzo de 2019.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Koldo Serra, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Eva Herrero y Marina Cisa de Madavenue,  por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño.

70 binladens, de Koldo Serra

MUJERES DE ARMAS TOMAR.

Un binladen son 500 euros. 70 son los binladens, es decir, 35000 euros son los  que necesita Raquel ya, dinero que le ayudará a recuperar a su hija, ahora de acogida con otra familia. Su último recurso es pedir un préstamo bancario, cuando el acuerdo está cerrado y todo está a punto, un par de atracadores irrumpen en la sucursal y todo cambia. Lo que era una salida para Raquel se convierte en un túnel oscuro en el que todo se torna imprevisible y complejo. El tercer largo de Koldo Serra (Bilbao, 1975) se enmarca en el thriller, género en el que el realizador bilbaíno se siente muy cómodo, no olvidemos que su debut con Bosque de sombras (2006) se arraigaba en un áspero y crudísimo drama rural lleno de violencia con ecos de Peckinpah y el Furtivos, de Borau. En su siguiente trabajo, Gernika (2016) enmarcado en el trágico suceso de la Guerra Civil, también había aroma de thriller romántico con espías en un ambiente de desolación y desesperanza. Ahora, en su película más urbana y realista, que podría estar ambientada en las noticias de sucesos actuales nos habla de Raquel, estupenda Emma Suárez, con una racha de excelentes películas que le ha llevado a trabajar con Pedro Almodóvar en Julieta y con Isa Campo e Isaki Lacuesta en La próxima piel, en una especie de trilogía no consciente sobre la maternidad y sus consecuencias.

Raquel es una mujer sola y desesperada, sin salida, una mujer en una encrucijada en la que le va la vida, es un sí o sí, no hay marcha atrás, a pesar del entuerto en el banco con los atracadores, tiene que salir con sus 70 binladens como sea. Frente a ella, los atracadores, Lola, imprevisible y psicópata con más tiros pegados que nadie y desquiciada (con la brillante interpretación de Nathalie Poza, con ese ojo blanco y esa chulería y mala leche) a su lado, el Jonan (magnífico Hugo Silva, en una caracterización brutal como yonqui, en la que está afeado, chupado y malcarado, tipos sin suerte y batalladores de la vida, que recuerda a sus roles en Dioses y perros o Las brujas de Zugarramurdi) y por si eso no fuera poco, Raquel tiene la policía fuera, el jefe del dispositivo académico y racional (genial Dani Pérez-Prada, en un rol muy diferente al del guardia civil con acento yanqui que hacía en la reciente Tiempo después) con Bárbara Goenaga como su ayudante perspicaz y fiel (que repite con Serra después de Gernika) y Kandido Uranga (que vuelve con Serra después de la experiencia de Bosque de sombras) interpretando a ese policía de toda la vida con métodos muy distintos a los nuevos jefes.

Serra ha tejido un sobrio y magnífico thriller actual y realista, con ese tono tan característico que lo acerca al policíaco norteamericano de los setenta que cineastas tan grandes como Lumet, Pakula, Boorman o Siegel hicieron tan excelso, bien mezclado con el cine quinqui ochentero de gente como Saura, De la Iglesia y demás, con esos personajes de atracadores, y más aún, cierto thriller surgido en los noventa que se mira en el setentero al estilo de Sospechosos habituales, de Bryan Singer o los policíacos de Tarantino con Jackie Brown o Kill Bill, en el que este tipo de heroínas fuertes y valientes se parecen al ímpetu tanto de Raquel como de Lola. Una localización en una ciudad como Bilbao, tan industrial y sombría, arrecia en ese tono opresivo y angustioso que recorre toda la película, con esos planos generales bien mezclados con ese aire asfixiante que se respira en el interior de la sucursal, muy setentera, con esos tonos cálidos y a la vez, con esa luz mortecina y pálida.

Una luz sombría, de día nublado que amenaza lluvia, obra de Unax Mendia, colaborador de Serra, con ese ambiente realista y muy urbano, nos somete a una película de una sola jornada, de unas cuantas horas, en que las horas pesan cada vez más. Un buen equipo técnico encabezado por la música de Fernando Velázquez, que cuenta sin estridencias, el sobrio y contenido montaje de Josu Martínez, explicando con detalle todos los puntos de vista, tanto de los de dentro como los de fuera, y un trabajo interesante de arte, obra de Mónica Ausín, todos ellos colaboradores en el trabajo de Serra. Serra construye un brillante y audaz juego de espejos, de reflejos, de dobles, en el que todo se refleja y se convierte en un antagonista, con esa Raquel, convertida en la mirada y alma mater de la película, desde el interior, donde encontramos a Raquel y sus otras yo, la propia Raquel enfrentada a Lola, Lola y Jonan, y los de fuera, los jóvenes jefes de policía salidos de la universidad con nuevos métodos de actuación enfrentados a la vieja guardia, con otras maneras de hacer, más a las “bravas”, y si aún no es suficiente, las relaciones que se establecen entre Raquel y los polis, en ese juego maravilloso de capas, insinuaciones, caleidoscopios varios, en el que el espectador deberá dilucidar qué diantres está ocurriendo, conociendo de primera mano todo lo que está pasando al instante.

El cineasta vasco nos lleva en volandas de un lugar a otro, sin soltarse en ningún momento, tejiendo minuciosamente, como solo los grandes narradores saben hacer, todo el entramado de la película, a través de detalles, con esas miradas de Raquel, o esos encuadres enclavados de ventanas y marcos de cada personaje, llenos de múltiples capas, en el que nunca sabremos que esconden y qué pretenden, tanto Raquel, los atracadores como los rehenes, en una trama que recorre cada espacio, yendo del banco a la calle y viceversa, manteniéndonos en tensión constante, sabiendo cómo manejar los puntos de vista de sus personajes en una narración magnífica, in crescendo, en el que de forma reposada se van entretejiendo las relaciones y los mensajes ocultos, en que cada personaje nos lleva a su terreno sigilosamente, ocultándonos su verdadero objetivo y sus intenciones, tantos unos como otros, en un brillante thriller con sorprendentes giros de guión en una trama de gran ritmo y excelente, que no sólo hará las delicias de los amantes del género en su más primigenia esencia, sino a todos aquellos que devoran los relatos femeninos de carácter, realistas, violencia física como emocional, sociales y sobre todo, humanistas. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

El amor y la muerte, de Arantxa Aguirre

GRANADOS Y SU TIEMPO.

“¿Qué es lo que ha interpretado usted, don Enrique? No podría explicarlo…: ese jardín, esas flores, su aroma, el perfume de los naranjos, la paz de los jazmines, el cielo de tonalidades rojizas, el momento… ¡Eso toco!”

Un mar en calma con su sonido apacible y emocionante nos recibe en los primeros minutos del arranque de la película, un mar parecido nos despedirá, un mar que engulló una fatídica tarde de un 24 de marzo de 1916 al pianista y compositor Enrique Granados (1867-1916). El nuevo trabajo de Arantxa Aguirre (Madrid, 1965) vuelve a tener la música como su motor principal, centrándose en la figura de uno de los compositores más importantes de la historia de la música, siguiendo cronológicamente su vida desde su nacimiento en Lleida hasta aquel trágico día en el Canal de la Mancha. El universo de Aguirre tiene mucho que ver con la música y la danza, como dejaba patente en su anterior trabajo Dancing Beethoven (2016) en el que planteaba una película que recogía los ensayos de la Compañía Maurice Béjart (que ya había retratado en El esfuerzo y el ánimo) con la novena sinfonía de Beethoven, así como las relaciones personales y humanas de sus componentes.

Ahora, y recogiendo el testigo que supuso el trabajo de Una Rosa para Soler (2009) donde recuperaban la biografía y el legado de un músico clérigo del siglo XVIII, y con la compañía nuevamente de la pianista Rosa Torres-Pardo (en labores de producción y pianista) nos invitan a un viaje a aquel siglo XIX para seguir las andanzas y desventuras de Enrique Granados, de sus años mozos pasando penurias económicas que lo llevaron a tocar en un café, o aquel viaje a París de veinteañero que le hizo conocer la bohemia, su amor con Amparo y sus seis hijos, o esos tiempos en Madrid de desconsuelo y tristeza, o la vuelta a Barcelona y los años de prestigio después de “Las Goyescas” (1911) y el viaje a Nueva York y estrenar en el Metropolitan y conseguir un gran éxito, amén de sus amistades fieles y entregadas con Albéniz, Falla, Casals, Apel.les Mestres, con el que trabajó en diversas operetas, y su profesor Felip Pedrell, y sus años de reconocimiento y la apertura de su Academia musical.

Toda su vida y los hechos más significativos son narrados con especial sensibilidad y delicadeza por Aguirre, haciendo un magnífico trabajo de archivo en el que nos muestran fotografías, y nos van leyendo las cartas y textos en voz de intérpretes como Jordi Mollà que ofrece la voz a Granados, o Emma Suárez que hace lo propio con Amparo, la mujer del compositor, o las pinturas de Goya, Rusiñol, Casas, Fortuny o Monet, entre otros, junto a las maravillosas ilustraciones de Ana Juan, con animación, del mar o el humo, y los sonidos ambientales, para contrarrestar la falta de imágenes que se conservan del músico, en el que escucharemos constantemente su música, sus delicadas y absorbentes composiciones como las “Danzas españolas” o los valses, o las citadas “Goyescas”, interpretadas por la pianista Rosa Torres-Pardo en solitario, o con un quinteto, o con el cantaor Árcangel, y otros pianistas con el acompañamiento de la cantaora Rocío Márquez, o el arte de Juan Manuel Cañizares en la guitarra, , incluso veremos el ballet de Maurice Béjart a ritmo de la “Danza oriental”, o la bailaora Patricia Guerrero al compás de la “Danza de los ojos verdes”, y muchos más, que interpretarán el maravilloso legado musical de Granados, devolviéndolo a la vida a través de su arte, de sus composiciones y su existencia.

Aguirre ha creado una pieza de cámara maravillosa, una fantasía romántica, contribuyendo a ese aire poético y trágico que tuvo la vida, la música y la muerte de Granados, en un trabajo primoroso de una cineasta que crea magia y fantasía con lo cotidiano y cercano, envolviéndonos en esa proximidad hacia el músico, penetrando en su vida, y sobre todo, en su alma, en aquello más profundo y oscuro de su condición humana, narrándonos con suma delicadeza todas las alegrías y tristezas que conmovieron al músico, sus penurias, frustraciones, decepciones o su amor Amparo y sus hijos, todas las huellas alejadas y próximas que siguen latiendo del músico, construyendo una figura brillante pero humana, con sus reflexiones y dudas, sus abatimientos y risas, con sus miedos y tristezas, y narrando con maestría aquel tiempo modernista de finales del XIX y los nuevos tiempos que parecían venir con el nuevo siglo XX, que truncó estrepitosamente la 1ª Guerra Mundial, y fatalmente, se llevó la vida de uno de los grandes compositores de la historia, porque aquellos miedos que explicaba en vida acerca de los viajes pro mar, acabaron siendo ciertos, ya que fue el mar el que finalmente se llevó a él y su querida esposa, ese mar que le tenía preparado ese trágico final. Aunque, como cuenta la película, a modo de cuento, su legado continúa muy vigente en nuestro tiempo, un tiempo que para Granados y su música, siempre seguirá latiendo y muy vivo.