Host, de Rob Savage

HAY ALGUIEN CONMIGO

“Una de las peores cosas que puedes hacer es tener un presupuesto limitado y tratar de hacer una película grandiosa. Ahí es cuando terminas con un trabajo malísimo”

Roger Corman

El género de terror actual poco o nada tiene que ver con aquel otro género clásico, el que creó toda una legión de millones de seguidores alrededor del mundo. Un género que envolvía al espectador en un espacio en off, en todo aquello que no se veía, que simplemente se escuchaba, en mitad de la oscuridad, la imaginación del público era esencial para sorprenderlos no con sustos o subiendo el volumen del sonido, como se hace ahora, sino creando un espacio de misterio, de miedo y de auténtico terror, donde la máxima no era mostrar, sino todo lo contrario, no mostrar, sugiriendo todo aquello que el espectador inventaría, género de bajo presupuesto en que el estadounidense Roger Corman fue su máximo exponente. Host (que podemos traducir como “Anfitrión”), del joven director británico Rob Savage, es una de esas películas que siendo muy de ahora, se enclava completamente en los parámetros del terror clásico.

Savage empezó precozmente en el cine, ya que dirigió a los 17 años el largometraje Strings, luego continuó dirigiendo cortometrajes de terror, incluso ha dirigido algunos episodios de la serie Britannia. El director norteamericano grabó un video que se convirtió en viral a principios de este fatídico 2020, y en plena pandemia provocada por el Covid-19, ideó una película de terror puro, basada en la exitosa idea, convocando a un grupo de amigas actrices encabezadas por una antigua conocida como Haley Bishop, a la que se unieron Radina Drandova, Jemma Moore, Caroline Ward y Emma Louise Webb, con el añadido de Edward Linard, todos ellos forman el grupo de amigos y amigas que se reúnen para hacer una video llamada conjunta a través de zoom, y consiguió producir una película, un relato sobre una sesión de espiritismo que se va a ir de las manos, y en que las participantes vivirán fenómenos poltergeist en sus hogares. Savage nos encierra en la pantalla de ordenador, en la que miramos a las cinco mujeres en sus respectivas casas, con ese primer arranque en que conocemos brevemente la situación de cada una de ellas, y alguna pincelada de su carácter.

La película entra en acción con la sesión de espiritismo, que empieza como una cosa animada y sin más, para después, adentrarse en otro ámbito, en un espacio donde la realidad ya no existe, donde cada una de las cinco mujeres experimentará el terror en carne propia, donde los objetos de su casa saldrán volando, y su integridad física y psíquica se pondrá gravemente en peligro. Savage juega a sugerir, a través de sonidos, y el movimiento de los objetos, con un espectacular montaje de Breanna Rangot, que va cambiando la perspectiva según la tensión, pasando de las pantallas de las cinco amigas, a una sola, y centrándose en aquella que está experimentando el fenómeno, mientras las otras, completamente aterrorizadas, siguen, desde sus casas, todo lo que le va ocurriendo a su amiga. La película, sencilla hasta la extenuación, consigue clavarnos en la butaca, haciéndonos participes de la experiencia aterradora de las chicas, provocando el mismo estado de nervios, ansiedad y miedo que tienen las mujeres. Host bebe completamente de películas que en su día aterrorizaron al personal, utilizando el mismo dispositivo del fuera de campo y el sonido, donde los espectadores éramos el giro de cámara, como The Blair Witch Project (1999), de Daniel Myrick y Eduardo Sánchez, auténtico fenómeno de masas, que inauguró un sinfín de películas con la misma estructura, la cámara al hombro, el “fake” como bandera, y una innovadora campaña de marketing en internet, cuando las redes no eran lo que son ahora.

La película estadounidense es hija de las circunstancias de la crisis sanitaria de la Covid-19, donde lo virtual ha sustituido a la reunión social, donde internet se ha convertido en aliado para paliar la falta de encuentros, ya que la pandemia nos ha encerrado en casa, con las llamadas zoom como reunión virtual para sobrevivir al aislamiento y la soledad. Una película que, seguramente, generará la aparición de muchas otras imitando su dispositivo, pero Savage ha conseguido que, pese a las enormes dificultades que supone hacer una película desde la distancia, lograr su objetivo, y no solo terminarla, sino convertir la película en un auténtico fenómeno, por su increíble osadía, la valiosísima composición de sus intérpretes y sobre todo, por la asombrosa calidad de sus fx, hechos por las actrices bajo la supervisión de Savage, que las aleccionó para conseguirlo. Host, a través de sus impresionantes 56 minutos, nos habla del miedo, pero sobre todo, de nuestros miedos, de los de cada uno, y sobre todo, también nos habla que hay según que puertas que es mejor no entrar, ni siquiera a atreverse a mirar por la mirilla, porque seguro que nos arrepentiremos lo que podemos encontrar al otro lado. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

 

Bosque maldito, de Lee Cronin

TU HIJO ES EL MAL.

“Are you a witch, or are you a fairy? Or are you the wife of Michael Cleary?”

[«¿Eres una bruja? ¿Eres un hada? ¿Eres una mujer que murió asesinada?»]

(Canción infantil irlandesa)

Sara es una mujer que quiere huir de un pasado de maltrato y para ello, junto a su hijo Chris decide instalarse a las afueras de un pueblo de leñadores, donde tanto ella como su vástago empezarán una nueva vida entre su trabajo en una tienda de objetos y el nuevo colegio de su chaval. Aunque, todo lo que parece tranquilo y en paz, se torna diferente, extraño, como si su hijo estuviese cambiado, como si fuese otro. Sara deberá enfrentarse a sus problemas internos de olvidar su pasado y hacer frente a un presente endiablado en el todo parece indicar que se debe a un gigantesco cráter en mitad del bosque. El director irlandés Lee Cronin que ya había despuntado en el mundo del cortometraje con películas como Ghost Train (2013) en el que nos contaba una historia sobre dos hermanos, un parque de atracciones abandonado y una misteriosa muerte del pasado, con el que arrasó en premios por los festivales. Ahora nos llega su puesta de largo con un relato intimista y doméstico que protagonizan dos personajes, una madre que intenta construirse una nueva vida huyendo de la violencia y un hijo Chris que empieza en una nueva escuela, en otro ambiente y en otra casa.

El director irlandés construye una atmósfera arquetípica con esa casa alejada del pueblo y ese bosque frondoso y apabullante tan cerca, como deja bien claro en sus interesantes títulos de crédito iniciales con esos planos cenitales y amenazantes sobre el automóvil que transporta a los protagonistas que recuerda a aquellos homónimos de El resplandor. Cronin juega bien sus cartas y sabe extraer de lo mínimo lo máximo, moviéndose por un paisaje conocido que ya había transitado por sus anteriores trabajos, cuidando la estética para realzar ese ambiente opresivo y siniestro que amenaza constantemente a las vidas de los protagonistas, y en esa idea de menos es más, como los demás personajes, breves pero muy intensos, que saben mucho más de lo que cuentan o aparecen para crear más confusión a la protagonista, en la disyuntiva de la película, entre el mito y la realidad, entre la realidad y la ficción, entre lo que arrastra ella y lo que realmente sucede en el lugar.

Cronin no oculta sus referencias, de hecho la película no esconde sus huellas cinematográficas, sino todo lo contrario, las renombra construyendo un sincero y mágico homenaje a todas ellas, como el hijo pródigo que recuerda la herencia magnífica del padre, en la que la ciencia-ficción estadounidense de los cincuenta y sesenta tienen una especial relevancia en sus imágenes con esa idea de la invasión extraterrestre silenciosa, la que llega sin hacer mucho ruido como Vinieron del espacio (Llegó del más allá), La invasión de los ladrones de cuerpos o El pueblo de los malditos, entre otras, o algunos grandes títulos de los setenta en la que se hace referencia a esos niños malvados como aparecían en La semilla del diablo, El exorcista o La profecía, el mal convertido en lo más cercano, en lo más querido y la lucha encarnizada contra esas fuerzas malignas e invisibles. El director irlandés nos conduce pausadamente por su relato sin hacer mucho ruido, en una trama misteriosa in crescendo, como ese personaje de la vecina, la tal Doreen (interpretada por Kati Outinen, fiel actriz del universo de Kaurismäki) una mujer rota y ausente, una especie de zombie o fantasma, que vaga por el recuerdo de la muerte de su hijo, que viene a advertir a la protagonista que no se deje guiar tanto y busque en su interior, en aquello que siente, en lo más visceral, o la siniestra conversación con el marido de Doreen donde descubrimos una verdad que se oculta por miedo o simplemente por desconocimiento de la auténtica verdad.

Una película que tiene a sus intérpretes en otra baza esencial en un cuento de terror que inquieta y abruma, como la excelente interpretación de Seána Kreslake dando vida a Sara, una mujer atormentada que escapa de un fuego para meterse, muy a su pesar, en un infierno maligno y desconocido, bien acompañada por James Quinn Markey, que debuta en el cine con el personaje Chris, el pequeño adorable convertido en un demonio terrible, que nos recuerda a la pinta que hacía el chaval de El cementerio viviente, la versión del 89, basada en una novela de Stephen King, especialista en crear relatos donde el terror suele ser doméstico y muy cercano, donde la maldad nos acaricia y se desata en nosotros o muy cerca. Una película de terror convencional que consigue lo que se propone con pocos elementos y mucho acierto, hacernos pasar un rato de miedo, un rato lleno de intriga, un rato tenebroso, donde todo se debate entre aquello que somos y en quién nos podemos convertir, entre la leyenda y la realidad, entre lo que sentimos y lo que vemos, entre aquello desconocido y oculto, sea o no de este mundo, o en realidad, pertenezca a nuestras peores pesadillas, la película y su relato nos invita a descubrirlo. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Andrés Goteira

Entrevista a Andrés Goteira, director de la película “Dhogs”, en el marco del D’A Film Festival. El encuentro tuvo lugar el martes 1 de mayo de 2018 en el hall del Teatre CCCB en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Andrés Goteira, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, al equipo del D’A Film Festival, y a Laura Doval, productora de la película, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño.

El ataúd de cristal, de Haritz Zubillaga

NUNCA TE VOY A MENTIR.

Amanda es una actriz treintañera considerada en la profesión. Esta noche, es su gran noche. La industria la homenajea. Pero, la noche empieza a torcerse. Primero, su novio le llama excusándose que no podrá asistir debido a un contratiempo en el viaje de vuelta. Aunque, lo peor está por llegar. La limusina que la recoge no es una limusina cualquiera, en el interior del vehículo le esperan fantasmas del pasado que vienen a rendirle cuentas y para nada de forma amistosa, sino todo lo contrario, en una espiral profunda y terrorífica donde sus peores pesadillas se harán realidad. El director Haritz Zubillaga (Bilbao, 1977) firma su primer largo, después de una exitosa carrera en el cortometraje, donde su trabajo titulado Las horas muertas (2007) entre muchos otros, siempre dentro del género de terror, se alzó con numerosos premios internacionales, una pieza de terror sobre unos incautos, su caravana y un francotirador. Zubillaga vuelve a un único espacio, el interior de la limusina (como ocurría en Cosmopolis, de Cronenberg) pero el director bilbaíno adopta la cobertura de thriller terrorífico, en el que ese espacio de interior se convertirá en el lugar de la película, donde Amanda tendrá que someterse a las exigencias sexuales y macabras de una voz distorsionada que la vigila.

A medida que avanza el metraje, descubriremos quién anda detrás de esa voz y el vínculo terrorífico que tiene con Amanda. Zubillaga echa mano de todos los clichés habidos y por haber del género, pero sin sobarlos ni rendirles pleitesía, su película los recoge y los transforma dentro de su dispositivo de ese espacio en el que aparentemente le rodea el éxito y la sofisticación, aunque Amanda y su pesadilla, lo acabaran convirtiendo en todo lo contrario, en un espacio de horror y de supervivencia. Se agradece también la duración de la película, unos 77 minutos, que nos recuerda a aquellos ejercicios de suspense nacidos en la RKO y Universal que rondaban la hora y algo de metraje. El cineasta bilbaíno saca partido a su reducido espacio con la aparición de nuevos objetos y situaciones que provocan tensiones, lesiones y demás problemas para la integridad de Amanda, retorciendo aún más si cabe la trama, en la que nos enfrentamos a nuestro pasado, a aquellos pecados olvidados o que quisiéramos olvidar, y a esas personas que de un modo u otro, formaron parte de nuestro pasado y nuestro destino, aunque nosotros no le dimos importancia.

Un thriller tenebroso y con un extraordinario juegos de luces, a través de las miserias del cine, del lado oscuro, en una sociedad competitiva y deshumnizada, que nos interpela sobre las consecuencias de nuestros actos y hacía donde estos nos pueden llevar, y sobre todo, un relato donde nos enfrentamos a nosotros mismos, al reflejo deformado y oscuro de nuestra alma (como ocurría en la novela de El retratro de Dorian Grey, de Oscar Wilde) en un juego macabro entre nosotros y aquello que nos culpabiliza, en un poderoso y asfixiante ejercicio del más puro terror, en el que la joven desdichada, que pronto la conoceremos realmente, se ve envuelta en una pesadilla horrible en la que parecía que iba a ser su gran noche. Una película que bebe y con acierto de muchas ramas del terror, desde el más clásico, donde nos van descubriendo el artefacto de la pesadilla hasta el “Giallo italiano”, donde hermosas mujeres se ven traumatizadas por dementes incontrolados, con esa voz terrorífica que nos devuelve a aquella de Hall 9000, la inteligencia artificial que dominaba a los hombres, que escuchábamos en 2001: Una odisea en el espacio, o más reciente la voz de Moon, que atormentaba y confundía al astronauta solitario que deseaba volver a su casa.

El grandísimo trabajo de la actriz Paola Bontempi (vista en breves papeles en numerosas series televisivas) que interpreta a la protagonista absoluta de la función, dando vida a Amanda, en el que destaca ese rostro desencajado y furioso, y su cuerpo magullado y herido, en una composición difícil y compleja de la que sale muy airosa de esta gran oportunidad, revelándose como una actriz de garra y fuerza, primero metiéndose en la piel de una actriz elegante y presuntuosa, para terminar como una superviviente nata en la que deberá mantenerse firme y también, porque no decirlo, enfrentarda a sus males, porque el pasado ha decidido tocar a su puerta y nos e va a ir así como así. Zubillaga ha construido una película con hechuras y valiente, de una tensión in crescendo, donde la pesadilla de horror se va sumergiendo en una terrible jungla de horror sin fin, sacando un partido extraordinario al reducido espacio, y a su único personaje, que sufre la violencia de ese engendro que si bien parece mecánico, pronto descubrirá su verdadero rostro, y será entonces cuando nuestras pesadillas más profundas emergerán a la superficie más cotidiana.