Madres verdaderas, de Naomi Kawase

LAS MADRES DE ASATO.

“Yo no te parí, pero te di la luz”

(Frase de la tía abuela en Nacimiento y maternidad)

Si hay una película que define la mirada como cineasta de Naomi Kawase (Nara, Japón, 1969), esa no es otra que Nacimiento y maternidad (2006), un documento de cuarenta minutos, donde la directora condensa su vida del pasado y el presente, contando su propio embarazo y nacimiento de su hijo, y dialoga con su tía abuela, persona que la crió cuando fue abandonada por sus padres. Una obra en la que profundiza en los temas existenciales que ha vivido la propia Kawase y luego ha trasladado a su filmografía. La búsqueda de los orígenes, la construcción de la identidad, la aceptación de la pérdida, el proceso de la maternidad, y esa intensa relación entre las emociones humanas con la naturaleza. Un cine sobre la intimidad, donde las relaciones personales y sus conflictos son tratados desde una sensibilidad estremecedora, sin caer en ningún sentimentalismo donde agradar en exceso al espectador, sino todo lo contrario, acercándose al dolor y la pérdida de forma madura y natural, donde la vida y la muerte continuamente se dan la mano, en que el vacío y la ausencia van estructurando la existencia en un solo espacio, en la que sus personajes viven entre el pasado y el presente, donde vida y muerte se mezcla, se funde y conviven en armonía.

Kawase ha construido una extensa filmografía que roza la treintena de títulos en casi tres décadas. Una carrera en la que nos encontramos tanto cortos como largometrajes, rodados indistintamente, donde conviven obras documentales como de ficción. En Madres verdaderas encontramos los temas y los elementos que constituyen su mirada, esa forma de plantear relatos cotidianos, done el tiempo desaparece y se conforman muchas y variadas capas donde pasado y presente conviven entre los personajes, en que el viaje tanto físico como emocional estructuran fábulas de nuestro tiempo donde las heridas deben acompañarse y cicatrizarse. La maternidad observada desde varias perspectivas, forman la línea argumental de la película, basada en la novela homónima de Mizuki Tsujimura, en un espléndido guion que firman Izumi Takahari junto a Kawase, en un relato construido al detalle y excelentemente bien estructura, donde el tiempo viaja al pasado y circula por el presente indistintamente, en que vamos conociendo los detalles y pormenores del conflicto en el tiempo y la forma que desea la directora para generar esa red de emociones entrecruzadas.

La historia es bien sencilla: Satoko y Kiyokazu Kurihara desean ser padres pero no pueden. Encuentran una empresa que se dedica a la adopción plenaria (acogen a chicas jóvenes en su hogar, las acompañan en su embarazo y cuando dan a luz, la criatura es adoptada por parejas que no pueden tener hijos). La pareja adopta a Asato, hijo de Hikari Katakura, una niña de 14 años que se ha quedado embarazada del compañero de clase con el que sale. Con el tiempo, Hikari quiere conocer a su hijo. Como ocurren en todas las películas de Kawase, el conflicto que se plantea es muy íntimo, corporal y sensorial, donde las emociones tienen mucho que ver, en el que las derivas del tiempo y las circunstancias azotarán a la actitud y gesto de los personajes. Unos individuos en cierta manera desamparados y perdidos, que buscan incesantemente algo de amor, un hogar, un lugar en el que sentirse escuchados y sobre todo, arropados, como le sucede a Hikari, cuando el alud de acontecimientos y experiencias la llevan a volver al hogar de Hiroshima.

Tanto Satoko como Hikari son dos mujeres con una carencia, la primera no puede ser madre, y la segunda, es madre pero no puede cuidar de su hijo por su temprana edad. Las dos son mujeres, las dos son madres, y es ahí, donde Kawase plantea la cuestión principal de su película, la maternidad en todos sus aspectos, tanto en el nacimiento como en el cuidado, sujetadas a las derivas emocionales y sociales con las que deben lidiar los personajes. Una luz mágica, brillante, que traspasa y oscurece que firma Yûta Tsukinaga, dan esa forma donde todo se cuenta desde esa verdad que tanto caracteriza al cine de la japonesa, como ese sutil y conmovedor montaje de una cómplice como Tina Baz, y Yôichi Shibuya, que ya estuvo en Viaje a Nara, en un extraordinario ejercicio de orfebrería donde el tiempo se dilata y la película salta del pasado al presente trazando un intenso y especial forma de encarar el conflicto y sobre todo, en el transcurso del tiempo, una de las características más importantes, ya no solo del cine de Kawase, sino de mucho del cine japonés. La directora japonesa cuida mucho sus detalles y trata con pausa y serenidad el desarrollo de su conflicto, anteponiendo las razones y las circunstancias de sus personajes, donde somos conscientes del paso del tiempo y las emociones que van viviendo sus personajes, cuidando con extrema sensibilidad y delicadeza todo lo que se cuenta y como se cuenta, donde la naturaleza, donde el viento y el agua esenciales como elementos físicos que explican más de los personajes que cualquier línea de diálogo que vayamos a escuchar, detallando toda la complejidad del interior de unos seres que deben lidiar con todo aquello que nos habían contado sobre la maternidad y la adopción.

Otro de los aspectos donde destacan las películas de la cineasta japonesa es la elección y la dirección de su reparto. Hiromi Nagasaku da vida a Satoko, una mujer y madre que deberá enfrentarse al pasado de su hijo, el pequeño Asato, en forma de la visita de su madre biológica, Aju Makita (que hemos visto en varias películas de Hirokazu Koreeda), da vida a Hikari, esa niña madre que con el paso del tiempo, y las hostias de la vida y el desamparo, querrá conocer al hijo que tuvo y no puede olvidar. Y finalmente, Arata Iura como Hiyokazu como el marido de Hiromi, un personaje más testigo de todo el conflicto, porque Kawase nos habla desde la profundidad, sobre el deseo de ser madre, ya sea de forma biológica o desde el cuidado, y de cómo adaptarse a todos los conflictos que vendrán, ya sea internos como exteriores, ya sean provocados por uno o por otros, y como aceptamos todo eso, desde una perspectiva emocional y de aceptación, no de enfrentamiento, porque Kawase lanza una conclusión extraordinaria y humanista en su cine, porque abandona la lucha y al tristeza, proponiendo algo muchísimo más vital y honesto, proponiendo mirar al otro, acompañar, compartir y sobre todo, abrazar. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Una pastelería en Tokio, de Naomi Kawase

EL SABOR Y AROMA DEL DORAYAKI.

En El sabor del té verde con arroz (1952), de Yasujiro Ozu, la suculenta receta servía para que un matrimonio en crisis Taeko y Mokichi, se acercarán, preparando el delicioso manjar y disfrutando de su sabor. En la película número 8 de Naomi Kawase (1969, Nara, Japón) otra receta culinaria, en este caso un dulce, los “dorayaki” (pastelitos rellenos de salsa de frijoles rojos y dulces llamada “an”) sirve para acercar a dos personas aisladas y encerradas en sí mismas debido a las heridas que arrastran. Kawase se vale de la novela “An”, de Durian Sukegawa (que participó como actor en Hanezu, de 2011) para volver a situarnos en los márgenes de una ciudad, como hiciera en Shara, el escenario es una calle y el epicentro de la acción se desarrolla en las cuatro paredes de una pequeña pastelería donde Sentaro, un joven de unos 40 años, fabrica de forma industrial los deliciosos dorayakis.

Un día, aparece por el establecimiento Tokue, una anciana que se ofrece para el puesto de trabajo que se oferta, Sentaro la rechaza, pero acabara aceptándola después de probar su pasta de judías, ingrediente primordial de los sabrosos pastelitos. A estos dos personajes, se les juntará Wakana, una adolescente triste que no soporta ni a su madre ni a la escuela. Kawase vuelve a los temas que cimentan su filmografía: la relación que se establece entre ancianos y jóvenes, la tradición contra la modernidad (igual que el maestro Ozu), la especial manera de filmar la naturaleza (en este caso los cerezos, metáfora de la vida de las personas, que florecen cada primavera para pronto perder sus flores) y sus accidentes, como la lluvia o el viento, y sobre todo, un elemento recurrente en toda su carrera, la transición entre la vida y la muerte, y una dedicación emotiva y delicada por las cosas sencillas y los momentos fugaces que se disfrutan en compañía.

Puede mirarse como una metáfora del Japón actual, donde Tokue representa ese Japón antiguo, donde la tradición y el deber forman parte de su vida, ella otorga la sabiduría de lo artesanal, del amor por continuar haciendo las recetas de forma ancestral y delicada, y sobre todo, con mucho amor, la anciana arrastra la enfermedad de la lepra, (el instante del libro de fotografías de los enfermos, resulta imposible no recordar el documental La casa es negra, de Forough Farrokhzad) , dolencia que la ha encerrado en un sanatorio y la aislado de los demás. Sentaro, por su parte, es el Japón actual, el que ha perdido la ilusión por vivir, se encuentra atado en un negocio que no ama, que hace para pagar una deuda, que lo realizada de modo monótono e industrialmente, sin esperanza ni pasión, y finalmente, Wakana, el futuro, que se siente triste por esa falta de cariño y pérdida que padece, y no encuentra consuelo ni amparo. Tres formas de mirar diferentes, pero que encontrarán su afinidad y compañía abriéndose entre ellos, limarán sus heridas, y se contarán lo que les entristece para acercarse más y romper las barreras que les separan y aíslan. Una bellísima y poética cinta de Kawase, llena de pequeños e instantes momentos de puro amor y delicadeza que encadena de forma sencilla y humana, filmando de manera especial y muy personal, acariciando y susurrando, sin necesidad de sentimentalismo. Una historia durísima de almas heridas y tristes, que al encontrarse encuentran lo que les hacía falta, lo que no tenían. Kawase nos muestra un mundo invisible, un universo que se pierde por la velocidad de nuestras vidas, nos invita a mirar, a observarnos, y a observar todo lo que nos rodea: los árboles, las plantas, la brizna de viento, el sol bañando las calles, el olor de las flores en primavera, y nos recuerda que toda la felicidad o desdicha de nuestras vidas se encuentra en nuestro interior, y sólo nosotros tenemos la capacidad de revertirlas y cambiarlas para verlas de distinta manera.

Aguas tranquilas, de Naomi Kawase

DESPERTANDO A LA VIDA

En Las vacaciones del cineasta (1974), el cineasta Johan van der keuken hacía referencia a la reflexión del crítico André Bazin, que aseveró en cierta ocasión que el cine es el único medio capaz de mostrar el paso de la vida a la muerte. Esta ha sido una de las constantes del cine de Naomi Kawase (Nara, Japón. 1969), desde sus primeras películas, su objetivo ha sido filmar esa línea invisible y trascendental que separa los dos mundos. Ese lugar inherente a la vida y la muerte, ese espacio efímero, espiritual, ese tránsito entre lo que vivió y lo que acaba de morir, una grieta para abordar la ausencia y la pérdida de los seres que ya no están, sin olvidar otro de sus elementos indispensables y fundamentales en su cine, la naturaleza, esa fuente inagotable que rodea a sus personajes, esa fuerza invisible que envuelve todo y a todos, que se manifiesta de las formas más extraordinarias, inundando todo con su exquisita belleza, o por el contrario, emergiendo con toda su rugido y fuerza para arrasar con todo.

Dos estados y dos miradas, cauces por los que Kawase construye sus poemas visuales, su mirada inquieta y observadora, desde sus trabajos más íntimos y profundos, en los que coge su cámara y se filma a sí misma, y a los suyos, en Nacimiento y maternidad (2006), Genpin (2010) o Chiri (2012), o sus otras obras, las que confieren inquietudes más ambiciosas, como Shara (2003) o El bosque del luto (2007), dos trabajos de una calidad ejemplar que elevaron la obra de Kawase hasta los altares del cine contemporáneo, comparando su cine con otros nombres de la cinematografía japonesa como Nobuhiro Suwa o Kirokazu Kore-eda.

Su última película,  Aguas tranquilas (coproducida por Lluís Miñarro, última aventura, antes del cierre, de este afamado e imprescindible mecenas del cine más arriesgado, personal y a contracorriente del panorama contemporáneo internacional, que ha levantado películas de Guerín, Serra, Weerasethakul, Oliveira, etc…), entraría en esa segunda vía, en esta ocasión la directora nipona ha viajado hasta la isla de Amami-Oshima (lugar de origen de sus ancestros) para contarnos un cuento sobre dos adolescentes, Kyoko y Kaito, y su relato de iniciación a la vida (recuerdan al chaval de Verano del 42), un viaje donde conocerán el amor, el sexo, la vida y la muerte. El germen de la historia nació hace 8 años, cuando Kawase descubrió sus raíces familiares, (la realizadora fue abandonada por sus padres cuando era un bebé), a partir de ese hallazgo, acompañado del reciente fallecimiento de su madre de adopción, Kawase apoyándose en elementos de la cultura Yaorozu (en la que no existe un solo dios, sino muchos dioses sintoístas, en la que se acepta todo tipo de creencias, reduciéndolo todo a un estado de vacío llamado “MU” –nada-), vuelve a indagar en su memoria personal y familiar para reflexionar y profundizar sobre los ciclos vitales, la condición humana, y el proceso de duelo, de cómo afrontamos las alegrías y las tristezas que conforman nuestras vidas. La cineasta se adentra en las familias de los dos jóvenes, en las existencias cotidianas de los personajes de manera delicada y suave, desde una mirada contenida y en silencio, casi rozando sus cuerpos, escuchando sus alientos, explorando los pliegues de sus cuerpos, mirando lo que ellos miran, y sintiéndolos en cada instante.

Un cine parido desde lo más profundo, de luz cadente y mirada sobrecogedora, un cine que emociona y que nos muestra el lado humano, como nos enfrentamos a la muerte de alguien, y a la ausencia de ese ser, el terrible sentimiento que nos invade, y como nos relacionamos con nosotros mismos y los que nos rodean. Un cine reflexivo, que quiere atrapar lo invisible, el espíritu de las cosas, la naturaleza que se manifiesta con belleza y maldad, atrapar una brisa del viento, el rumor de las olas, un paseo en bicicleta, el primer encuentro sexual, un baño en libertad en las profundidades del mar, -el agua como elemento purificador y perturbador- a un anciano que se prepara para marcharse, el mar que nos descubre un cadáver, y un tifón que asolará la isla, dejando todo al descubierto, tanto lo emocional, lo físico y lo espiritual, desatando la contención de sus personajes. Cine poético, a flor de piel que nos envuelve entre lo vivido, lo soñado, lo intangible y sobre todo, la extraordinaria capacidad de los seres humanos de seguir viviendo a pesar de todo y todos.