Morir, de Fernando Franco

EL AMOR ENFERMO.

“El amor es exigente”.

Tanto el arranque como el cierre de la película, filmados en los mismos escenarios, indican de forma necesaria y ejemplar el camino tortuoso y brutal que sigue ella, Marta, la mujer de este relato, donde la trama se posará para contarnos, a través de su mirada inquieta y rota, este drama que casi podríamos hablar de drama otoñal, porque los cielos grises y nublados del norte acapararán no sólo el ambiente donde se desarrollan los acontecimientos, sino el ánimo de sus dos personajes. Porque la cinta nos cuenta un año en la vida, o podríamos añadir, la no vida, o la despedida de Luis, novio de Marta, que sufre una enfermedad terminal. Después de someternos a la existencia de Ana, la enferma de TLP que se hacía daño a ella y a todos los de su entorno, en un durísimo drama sobre las consecuencias de las depresiones y la ansiedad, en La herida (2013), interesante debut de Fernando Franco (Sevilla, 1976) como director después de una larga trayectoria como montador, en los que ha trabajado en títulos de Armendáriz, Berger, Sorogoyen o Ángel Santos, entre muchos otros.

Franco vuelve a sumergirnos en un durísimo drama de andamiaje sobrio, cocido a fuego lento, y contenido sobre dos personajes, el enfermo y su cuidadora, mientras su amor libre de ataduras y emocionante, se ve sometido a este duro camino, donde resucitarán los miedos e inseguridades, no sólo de cada uno, sino del amor que sienten. Un enfermo que se esconde de los demás, que le cuesta aceptar su enfermedad y deterioro, y una compañera, que deberá asumir la voz y la palabra del sufrimiento, mintiendo a los demás, haciendo ver que el problema que viven, no les afecta a ellos. Franco y su coguionista Coral Cruz (que firmó la adaptación de Incerta glòria) se inspiran en la novela corta de Arthur Schnitzler para envolvernos en un drama íntimo, que se desarrolla casi en la totalidad de cuatro paredes, el piso de la ciudad y la casa junto al mar de las vacaciones otoñales, donde aflorarán las mentiras, la culpa y el miedo, en unos personajes que lidian como pueden ante la adversidad de la enfermedad, ante la fractura de su vida, ante ese amor que no pueden retener y tienen que despedir.

La luz tenue y desnuda, con tonos opacos y muy suaves de Santiago Racaj ayuda a crear ese paisaje frío de dolor y silencio que se ha instalado en sus vidas, unas vidas que ya no tienen futuro ni proyectos, sino instaladas, muy a su pesar, en un continuo enfrentamiento con la enfermedad en este peculiar y doloroso descenso a los infiernos cotidiano, que casi podemos sentir y tocar, como si estuviéramos presentes en las habitaciones del piso, el hospital o esa casa junto al mar, excelentemente confeccionadas por el arte de Miguel Ángel Rebollo, que dota a las estancias de esa frialdad incómoda y automatizada que se ha quedado en estas vidas. Franco acota su película en un año, 365 días en la que seremos testigos de ese tiempo enfermo, en el que plantea su película desde la mirada observadora, el cineasta que mira y filma con detalle y tiempo su película, sin caer nunca en ningún sentimentalismo ni excesiva empatía con sus espectadores, aquí todo sucede en un tempo candente, todo sucede sin sobresaltos, como si la enfermedad hubiese contaminado no sólo su alrededor, sino a ellos mismos, como si hubiese penetrado en su espíritu y ahora tuviesen que arrastrarlo con mucha dificultad y sufrimiento.

Las contadas localizaciones exteriores de la película, enfatizan aún más si cabe, el deterioro de los personajes, sumiéndolos en un entorno agreste y rocoso, como sucede con los exteriores urbanos, donde Marta encuentra esos espacios ajenos a ella, pero necesarios para disfrutar de un leve alivio ante lo que le espera en su hogar, que además describen su interior, esa rotura del alma que debe vivir esta enfermedad que va a transformar sus vidas, y ya nada volverá a ser igual. Franco instala su cámara en esa enfermedad contada como un diario, con sus horas, minutos y segundos, donde parece que el tiempo no existe, sólo el tiempo entre inyecciones, desesperaciones y la terrible agonía, acercándose en forma y planteamientos a Elena, de Andrei Zvyagintsev o Amor, de Haneke,  sendos dramas muy sobrios de perfecta ejecución formal y emocional, donde la distancia y la prudencia emocional revisten las experiencias en emocionantes sin ser emotivas, y en capturar la intimidad, lo que queda tras la puerta, de esas frágiles vidas que se van lentamente.

La admirable composición de la pareja protagonista, que vuelven a trabajar con Franco después de La herida, unos contenidos y sobrios Marian Álvarez que vuelve a enfundarse un personaje difícil y doloroso que tiene que lidiar con un novio enfermo que no pone las cosas fáciles, sino todo lo contrario, inventarse un sufrimiento frente a los demás, y sobrevivir al que tiene en casa, y a su lado, Andrés Gertrudix como el enfermo, sacando esa decrepitud y desaliento que le exige un personaje que se oculta tras su pareja, ese amor resquebrajado, ausente y enfermo que le ayuda a no sentirse sólo, aunque esto a veces no resulte lo más apropiado. Franco lo ha vuelto a hacer, nos ha sumergido en una película compleja, que se dirige a todos nosotros, desde la sinceridad, adoptando un tono serio y ajustado, donde todo respira en su tempo, donde las cosas suceden de forma sencilla y austera, centrándonos en un amor que deviene en otra forma de amar, en otra forma de sentir, y sobre todo, en otra forma de cuidar y a pesar de todo, continuar escuchando el leve aliento de tu amor que se va perdiendo, cada día un poco más…


<p><a href=”https://vimeo.com/231870512″>MORIR_TRAILER_INTERNET_PRORESHQ_5.1_25_</a&gt; from <a href=”https://vimeo.com/kowalskifims”>Kowalski Films</a> on <a href=”https://vimeo.com”>Vimeo</a&gt;.</p>

El apóstata, de Federico Veiroj

Poster El apóstata A4EL ESPÍRITU Y LA RAZÓN

El director uruguayo Federico Veiroj (Montevideo, 1976) debutó en la gran pantalla con Acné (2008), una fábula sobre el despertar romántico de Bregman, un chaval de 13 años, que lucha contra los cambios de su cuerpo, además de soportar la descomposición familiar, y con el único deseo de besar a la chica que adora. Una teen movie muy alejada de las comedias juveniles convencionales que, planteaba ciertos temas interesantes que exploraban cambios en la mirada de acercarse a un problema clásico. Su siguiente filme, La vida útil (2010), nos hablaba de Jorge, un tipo de 45 años, que después de trabajar en la Cinemateca uruguaya durante 20 años era despedido por los problemas de la institución en la actualidad. Veiroj huía de la melancolía del amor incondicional al celuloide e indagaba de forma austera y honesta del cine como elemento activador en la nueva vida que arrancaba.

Su tercera película, El apóstata, (proyecto nacido de la experiencia real de Álvaro Ogalla, que debuta como actor, además de tener experiencia en el  cine empleado en la filmoteca y festivales), sigue el camino iniciado por las anteriores, nos vuelve a contar una fábula, un problema muy relacionado con la actualidad, donde volvemos a encontrarnos a un antihéroe que no encuentra su sitio, que huye de sí mismo, que escapa de su pasado e intenta encontrarse sin mucha suerte, un individuo infantil, o incapaz de madurar, alguien que todavía se siente perdido sin el nido familiar, alguien sin pareja estable, y sobre todo, un tipo que desea algo, una cosa que parece inalcanzable, pero no es más que un grito de esperanza y un camino que le sirva de guía para escapar de una existencia vacía que le incómoda, pero que a la vez le cuesta abandonar. Ahora, Veiroj se centra en las inquietudes huidizas de Gonzalo Tamayo, que emprende el camino de apostatar, más como un deseo de dejar su pasado familiar, lleno de imposiciones y traumas, que de convicciones claras de espiritualidad. El joven se gana la vida dando clases a Antonio, un niño que vive dos pisos más abajo que el suyo, al que le une una relación a medio camino entre amistad y fraternal. Sus relaciones con las mujeres distan de ser placenteras y tranquilas, con Maite, la madre de Antonio, existe atracción, pero nada más, y con Pilar, su prima, a la que desea sexualmente desde que eran niños, tampoco acaba de cuajar. Tamayo sigue sin aprobar la dichosa filosofía, que le impide acabar la carrera, quizás no es más que otro síntoma que le ayuda en continuar en ese estado vegetativo emocional, un lugar útil, un espacio en el que no tiene que tomar las decisiones sobre su vida y existencia. Las conversaciones con el obispo que lleva el proceso de su apostasía resultan muy interesantes en las que Gonzalo se esfuerza en rebatir al clérigo todas sus argumentaciones, aunque parece que el representante de Dios se muestra inamovible, y achaca todo al espíritu y la intratable fe. Toda esta existencia frustrada le lleva a soñar despierto con delirios fantásticos relacionados con un deseo sexual reprimido y poco explorado, que le enfrentan con su pasado y a sus miedos sobre lo que está haciendo y lo que vendrá. Una comedia a ratos absurda, existencialista, otros surrealista, y con dosis de fantasía, de realismo profundo que juega con elementos como el cinismo, la culpa, la fe o el deseo.

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Co-producida por Fernando Franco (el director de La herida) también en labores de edición, tiene en la música uno de sus puntos fuertes, con una variedad que va desde Lorca, Prokofiev, y piezas tomadas de documentales en color del NoDo en el período entre 1943-1981, e incluso se desata con el tema de la Estrella del fallecido Enrique Morente. Una luz que recorre la película, que ilumina un Madrid diferente, filmado en calles grises y apagadas, imbuidos en esa falsa poética que laboriosamente ha logrado el excelente trabajo de Arahuco Hernández Holz (en su segunda colaboración con Veiroj después La vida útil, donde realizaba un sutil trabajo en blanco y negro). Una fábula minimalista que se sumerge en las inquietudes espirituales de un joven que deambula por su vida como un funambulista sin cuerda y esperando que suceda algo que quizás no le seducirá ni le atraerá, y aún más, no le sacará de ese letargo emocional en el que se encuentra. Una cinta que respira del universo de la obra de Galdós, con sus antihéroes audaces y perdidos que pueblan su imaginario, y el cine de Buñuel y su Don Lope de Tristana, y  demás tipos que no renunciaban a sí mismos a pensar de todo lo adverso que los rodeaba, sin olvidarnos de los filmes del Saura de finales de los 60 y la década de los 70, el Luis de La prima Angélica, y los personajes ambivalentes y sin lugar que retrató el genio del cineasta aragonés, la indefensión del hombre contra el poder que veíamos en la obra de Kafka en El proceso y la imponente adaptación que realizó Welles. Referencias que demuestran la madurez de Veiroj dotándole de un sentido ético y moral que impregnan sus tres filmes, y nos ilusiona enormemente para futuros trabajos.