Vida en pausa, de Alexandros Avranas

EL ESTADO CONTRA EL CIUDADANO. 

“Todos somos iguales ante la ley, pero no ante los encargados de aplicarla”. 

Stanislaw Lem

De las cinco películas que ha dirigido Alexandros Avranas (Larisa, Grecia, 1977), cuatro de ellas están estructuradas a través de la familia, situados en entornos aislados y muy domésticos, todo contado a través de una intimidad nada empática, con una atmósfera fría, concisa y alejada, que sume a los espectadores en una trama inquietante, más cerca del terror, pero de lo oscuro de lo cotidiano, de la manera de los cineastas polacos, donde lo más cercano se va convirtiendo en algo extraño, confuso y asfixiante. A partir de un guion que escriben Stavros Pamballis y el propio director donde tenemos a la familia rusa que integran Sergei y Natalia, y sus dos hijas, Alina y Katja, se han visto desplazados de su país natal y llegan a Suecia de 2018 en busca de refugio y asilo. Las niñas entran en coma porque padecen el Síndrome de Resignación infantil, una dolencia postraumática que afecta a los niños de padres obligados a dejar sus país de origen. En ese instante, los padres se ven separados de sus dos hijas, llevando su situación al límite por las continuas restricciones del estado que los trata como criminales. 

El cuidadoso y detallado trabajo de diseño de producción de Markku Pätilä, habitual del gran Aki Kaurismäki, resulta fundamental para crear ese ambiente asfixiante y claustrofóbico en los que se ven inmersos los cuatro protagonistas, a la manera kafkiana, donde se ven envueltos en una maraña legal y terrorífica, donde sus vidas se ven completamente suspendidas como reza el título Vida en pausa (“Quiet Life”, en el original). Una no vida que pasa entre funcionarios implacables, más próximos a una dictadura sudamericana que una democracia occidental, que los ametrallan a cuestiones de todo tipo acusándolos por el mero hecho de estar ahí y no convencerles la historia que cuentan por la que decidieron dejar Rusia. A pesar de su aparente frialdad y distancia, muy cerca del cine de Haneke y de Lanthimos, la película consigue sumergirnos en esa especie de parábola maquiavélica más próxima a una distopía de ciencia-ficción orwelliana que a una realidad en la que se ven inmersos gran cantidad de refugiados cada momento. Estamos ante una obra que quiere explicar una situación muy real y que parece invisible para la mayoría de ciudadanos, sin caer en la consabida película-denuncia, la cinta de Avranas huye del panfleto y se sitúa en lo emocional y la cotidianidad de la familia.

Amén del mencionado gran trabajo en el arte, la película tiene la espectacular cinematografía de Olimpia Mytilinaiou, que ya estuvo en otra de las importantes cintas de Avranas Miss Violence (2013), y vuelve a brillar en un trabajo nada fácil, que integran varios elementos y texturas dándole ese toque de naturalidad agobiante, basados en una demoledora sobriedad y un milimétrico cálculo de cada plano y encuadre resulta esencial para contar la historia demencial que viven los protagonistas. La música del compositor finlandés Tuomas Kantelinen se adapta como una segunda piel a las imágenes sin estorbar ni tampoco acompañar sin más, sino dándole ese aspecto de terror cotidiano que demanda tanto la película. El montaje de 99 minutos de metraje que firma Dounia Sichov, que tiene en su haber grandes cineastas como Mikhaël Hers, Denis Coté, Sârünas Bartas y Abel Ferrara, entre otros, compone una sobriedad que inquieta muchísimo, y que encuentra ese limbo intermedio donde vemos una cotidianidad que duele y un ambiente de constante amenaza en el que cada mirada y cada gesto resultan de un dolor insoportable, donde sentimos el dolor y el miedo monstruoso a cada instante.

El cuarteto protagonista de Vida en pausa construyen unos personajes verosímiles y muy cercanos encabezados por los padres de nacionalidad rusa como Chulpan Khamatova, con una extensa trayectoria junto a cineastas de la talla de Valery Todorovsky, su participación en la exitosa Goodbye, Lenin!, Alexey German Jr., Jôao Nuno Pinto, Krzysztof Zanussi, Kiril Serebrennikov, entre otros, y Grigoriy Dobrygin, al que hemos disfrutado en películas de Anton Crobijn y Semih Kaplanoglu, entre otros, y las niñas, Naomi Lamp y Miroslava Pashutina, y la presencia de Eleni Roussinou, en su tercera película que hace con Avranas, la sueca Elena Endre, vista en películas de Bille August, Daniel Bergman, Liv Ullmann, Paul Thomas Anderson, y la última de Thomas Alfredson, y Alicia Eriksson, vista en la extraordinaria El triángulo de la tristeza, de Östlund. Un reparto heterogéneo que debe mucho al gran esfuerzo de producción que ha tenido la película en la que participan compañías procedentes de seis países como Francia, destacada por la presencia de la productora Sylvie Pialat, Alemania, Suecia, Estonia, Grecia y Finlandia. 

Podría parecer que una película como Vida en pausa, como ya hemos mencionado, perteneciera a una sociedad inventada, aunque desgraciadamente, muchos refugiados de aquí y de allá, deben pasar por estos controles exhaustivos y terroríficos por los llamados países occidentales y civilizados y democráticos que, en el fondo y en su apariencia, usan sus métodos legales e ilegales pero apoyados por la ley de unos pocos contra unos muchos, para demoler al otro, y criminalizar cualquier ciudadano que venga de esos países enemigos o supuestos enemigos. Si el cine es una herramienta eficaz para desenterrar los monstruosidades que hacen nuestros estados, ésta película es un buen ejemplo, porque nos habla del Síndrome de Resignación Infantil, que desconocía por completo, y además nos vuelve a recordar que sólo vivimos en el mejor de los mundos aparentemente, hasta que das con tus huesos con la ley, con las leyes, y las personas que la aplican, tan funcionarios, tan rectos, tan serios, y sobre todo, tan seguros de aplicar una ley justa e igualitaria para todos los ciudadanos, sin reflexionar, sólo ejecutores de la legalidad, que nada tiene que ver con la necesidad humana, que nada tiene que que ver con la empatía, con el dolor y el sufrimiento del extraño. En fin, el terror siempre tiene forma de funcionario obediente. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Un hombre libre, de Laura Hojman

EL POETA SILENCIADO. 

“Uno no se rebela por odio, sino por amor”. 

De la novela “El cordero carnívoro”, de Agustín Gómez Arcos

Un desierto rocoso y árido nos da la bienvenida a Un hombre libre, de Laura Hojman (Sevilla, 1981), acompañada del potente sonido de los Derby Motoreta’s Burrito Kachimba. Un lugar y una canción para hablar de la vida y obra de Agustín Gómez Arcos (Enix, Almería, 1933 – París, Francia, 1998), un hombre libre, como reza el título, un tipo diferente que nació en una España que tuvo una cruenta guerra y una feroz y violenta dictadura y expulsó a tantos como él, tantos que creían y luchaban por una España diferente, una España plural, abierta y para todos y todas. Un poeta que lidió contra la ira del fascismo, que tuvo que exiliarse a Francia, y sobre todo, tuvo que vivir con el resentimiento hacía un país que nunca lo quiso, que nunca lo miró y encima, lo silenció y olvidó. Esta es la historia de muchos como Agustín, que la historia los abandonó, aunque también es la historia de los que lucharon contra el olvido y los devolvieron a la vida, a la literatura y a destacarlos y darles su lugar en la historia, su lugar en el mundo que tanto tiempo se le negó. 

De Hojman conocemos tres películas anteriores, todas ellas dedicadas a novelistas andaluces o con Andalucía como telón de fondo: la primera fue Tierras solares (2018), que recogía el periplo del nicaragüense Rubén Darío por la Andalucía de principios del XX, después vimos Antonio Machado. Los días azules (2020), siguiendo la travesía vital del genial escritor andaluz, más tarde hizo A las mujeres de España. María Lejárraga (2022), que, al igual que sucede con Un hombre libre, se propuso dar voz contra el silencio de grandes autores olvidados por la historia o por lo que fuese. La propuesta de la cineasta sevillana se basa en un viaje muy bien documentado en la que se acoge al archivo, ya sea documentado, audiovisual, sonoro y la aportación de expertos y figuras de la literatura que ayudan a contar y reflexionar las posiciones sociales, políticas y culturales de los protagonistas y la época que les tocó vivir y sufrir. También, hay elementos de ficción, pocos eso sí, que le dan la profundidad necesaria. Podríamos decir que sus cuatro películas abordan diferentes personajes a lo largo y ancho del siglo XX de la Historia de España, donde apareció la modernidad, la República, la Guerra, la dictadura, y la oscuridad: la violencia, el exilio, y el silencio.  

En las cuatro obras de Hojman destaca una concisa y sobria imagen y sonido que detallan con inteligencia y profundidad gran cantidad de detalles que abordan con transparencia la complejidad de cada uno de los autores. La cinematografía de Jesús Perujo, que ya estuvo en la mencionada Antonio Machado. Los días azules, amén de Una vez más (2019), de Guillermo Rojas, coproductor de la cine, con que no se embellece lo que se cuenta ni mucho menos se obvian los detalles menos agradables, aquí se habla de verdad, de frente y sin tapujos. La excelente música de la artista Novia pagana, da ese calado de luz y oscuridad que recorre la vida y obra de Gómez Arcos. El montaje de Mer Cantero, que tiene en su haber películas con Antonio Cuadri y documentales, impone un fantástico y sobrio ritmo pasando por las diferentes texturas, conceptos y marcos de una vida agitada, en continuo movimiento y siempre de escape y a la carrera y vertiginosa, como el huido qué era, en sus interesantes y brillantes 88 minutos de metraje, que no dejan indiferentes y además, ayudan a conocer su carácter y su alma de forma apasionante y descubriendo a un tipo que vivió a pesar de los de siempre. 

Ya hemos hablado de las presencias en formas de testimonios que aparecen en las películas de la directora andaluza. En Un hombre libre tenemos a Pedro Almodóvar, Paco Bezerra, Alberto Conejero, Antonio Maestre, Marisa Paredes, a la que está dedicada la película en su memoria, Bob Pop y Eric Vuillard, entre otras personalidades de la cultura y la sociedad que hablan de Agustín Gómez Arcos, de quién fue, de sus poderosos libros, de su homosexualidad, de su infancia en la Almería empobrecida, de sus años de aprendizaje en Barcelona, de su tiempo que no le dejaron hacer teatro en Madrid, de sus experiencias difíciles en Londres, de su exilio en París, la publicación y éxito de sus libros como el citado “carnívoro”, “el niño pan”, “Ana no”, “Escena de caza (furtiva)”, y “María República”, y muchos más que lo convirtieron en un escritor español que escribía en francés con grandes reconocimientos y aplausos en el vecino país, y tantas historias y demás que nos explican y sobre todo, sacan del baúl del olvido a uno de los más grandes autores que han habido en España, con un sello muy personal, que habla de homosexualidad, de exilio, de dolor, de heridas, de tantas heridas, y de la vida que, a veces, la mayoría de las veces, resulta muy cruel con aquellos y aquellas que sienten, piensan y hacen diferente, aunque tanto Cabaret Voltaire que ha publicado en castellano sus novelas como la película de Hojman ayudan a que la vida y obra de Agustín Gómez Arcos sigan latiendo y cada vez más. Así que, como decían en la secuencia más memorable de El ministerio del tiempo, con Lorca: “Hemos ganado”. Ya saben de que les hablo. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Desmontando un elefante, de Aitor Echeverría

CUIDARNOS PARA CUIDAR.  

“¿Qué es lo que me ha ocurrido en mi vida que me ha convertido en un inválido en el plano de los sentimientos?.

Frase recogida en “Cuaderno de trabajo”, de Ingmar Bergman

La película se abre con una imagen reveladora donde vemos a Marga, la madre echada en un sofá durmiendo la mona y en la cocina se ha producido un fuego que vemos borroso en segundo plano. En ese instante, irrumpe en la casa Blanca, la hija, que intenta infructuosamente despertar a su madre y se dirige con premura a la habitación de al lado a intentar apagar el fuego. Dos figuras, la madre y la hija, son las que se asienta la primera película de Aitor Echeverría (Barcelona, 1977), al que conocíamos por su faceta como cinematógrafo junto a interesantes cineastas como Nely Reguera, Jo Sol y Cesc Cabot y Pep Garrido. Su ópera prima nace en el cortometraje Morir cada día (2010), en el que vimos los primeros pasos de una familia que debe enfrentar un problema al que todos sus miembros deciden no afrontar por su incapacidad emocional. En Desmontando un elefante, que nos remite a eso mismo, se centra en la familia y en esas dos figuras de madre e hija, de cómo actúan cuando el problema es tan grande que ya no hay manera de esconderlo por más tiempo. 

El cineasta barcelonés firma un guion junto al citado Pep Garrido, en el que nos plantea una película de muy pocos escenarios, en que la magnífica casa familiar con jardín emerge como el epicentro de la trama. Un relato marcadamente frío, elegante y nada empático, porque el director nos propone una mirada muy íntima y para nada sensiblera, sino todo lo contrario, a través de una historia donde vemos como actúa cada miembro de esta familia, tan diferentes y tan esquivos para relacionarse con el problema del alcohol que padece la madre. Habíamos visto muchas películas sobre el tema del alcoholismo, pero pocas, muy pocas, ahora yo no recuerdo ninguna, que nos habla que ocurre después de la desintoxicación, de esos días y meses después de salir del problema, de ese período de adaptación a la vida, al trabajo y a tu entorno. No se busca la empatía con el espectador y sí la reflexión, donde la emoción se resignifique y sea una espiral que nos lleve a hacernos preguntas sobre nuestra inútil forma de relacionarnos ante los problemas de los que nos rodean. De nuestra incapacidad emocional, como citaba Bergman, de todo lo que no somos emocionalmente hablando, de la terrible incomunicación entre los más cercanos, y la estúpida capacidad para centrarnos en temas menos incómodos, menos duros y sobre todo, menos dolorosos. 

Echeverría opta por el cinematógrafo Pau castejón Úbeda, que ya trabajó en el mencionado cortometraje, amén de los hermanos Pastor, Elena Trapé y Alejo Levis, entre otros, en una luz fría y belle a la vez, que usa con inteligencia todos los espacios de la casa, muy cortados y segmentados, para generar todas las barreras físicas y sobre todo, emocionales que separan a los integrantes de esta familia. La ausencia de música original también ayuda a crear esa atmósfera de película polaca, es decir, de construir casi un thriller psicológico, lleno de miradas, silencios y gestos donde la intimidad cotidiana se torna oscura y terrorífica como hacían los Zuwalski, Skolimowski, Polanski y Kieslowski, entre otros. En los mismos términos juega un gran papel el fantástico trabajo del montaje de Sofi Escudé, habitual de Pilar Palomero, Liliana Torres, Mar Coll y Elena Trapé, porque logra ajustar una cinta que se va a los 82 de metraje sólido y sobrio, en el que se mantiene una especie de calma en apariencia que está apunto de estallar. El sonido sutil y nada invasor, pero muy efectivo, obra del tándem Marianne Roussy, que tiene a Costa-Gavras, Ferrara y Chema García Ibarra, entre sus directores, y Philippe Grivel, toda una institución con más de 200 títulos.

En el campo artístico, el director catalán ha escogido muy bien, porque Emma Suárez como Marga es una gran elección en otro de sus grandes interpretaciones, porque casi sin hablar lo dice todo con ese rostro y mirada tan rotos, dando vida a una madre que acaba de salir de la clínica de desintoxicación y debe aprender a vivir sin alcohol, retomando su vida, o lo que queda de ella, su familia, en la que todos deben ayudarse, y su trabajo, evitando todos los juicios de los otros. Frente a Suárez, encontramos a una siempre generosa y estupenda Natalia de Molina es Blanca, la hija que no sabe cómo ayudar a su madre, a la que sobre protege, descuidando su vida y su trabajo con el baile, donde la danza se erige como contraplano para exorcizar todos los elementos interiores que bullen sin encontrar una salida catalizadora. Les acompañan unos formidables Darío Grandinetti como padre, más metido en su trabajo y en el arreglo de la cocina, para de esa manera hacer que como que nada ha cambiado, cuando en realidad, todo ha cambiado. Y por último, la presencia de Alba Guilera, que nos encantó en Un año, una noche (2022), de Isaki Lacuesta, aquí es la hermana mayor que vive en París y acaba de ser madre y opta por una actitud diferente. 

Me ha hecho reflexionar mucho Desmontando un elefante, de Aitor Echeverría, porque dentro de su modestia y de su primera vez, nos habla desde el corazón y el alma, sin caer en una historia demasiado explicativa y sensiblera, sino en todo lo contrario, en un relato que mira de cerca y de verdad a sus personajes, y nos obliga a los espectadores a mirar en ese reflejo que nos devuelve la película, en cómo nos relacionamos con los que tenemos más cerca, en cómo afrontamos los problemas de los otros, y cómo evitamos los conflictos aunque nos pisoteen la vida, en cómo no miramos al elefante, que hace referencia el título, aunque nos esté aplastando nuestra vida. Una película que en cierta manera, tiene el aroma de la magnífica Tots volem el millor per a ella (2013), de Mar Coll, porque la Geni, que ha sufrido un accidente y debe volver a su vida, se parece a la Marga que interpreta Emma Suárez, porque las dos sufren la incapacidad de la familia, porque no saben cómo ayudarla y encima, actúan como si nada hubiese ocurrido, un desmadre que tiene consecuencias fatales. Celebramos la primera vez de Echeverría y su coraje para hablar de temas que nos duelen demasiado, y sobre todo, hacerlo desde la mirada y la emoción que lo hace. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

 

 

Anselm, de Wim Wenders

ANSELM SOBRE KIEFER. 

“Ruinas, para mí, son el principio. Con los escombros, se pueden construir nuevas ideas. Son símbolos de un principio”. 

Anselm Kiefer 

Del más de medio siglo que Wim Wenders (Düsseldorf, Alemania, 1945), ha dedicado a su gran pasión del cine nos ha regalado grandes obras de ficción como Alicia en las ciudades (1974), El amigo americano (1977), París, Texas (1984), El cielo sobre Berlín (1987), Tierra de abundancia (2004), hasta llegar a su última maravilla Perfect Days (2023). En el campo del documental tampoco se ha quedado corto en su brillantez como lo atestiguan magníficas películas como Tokio-Ga (1985), sobre las huellas de Yasujiro Ozo en la ciudad de sus películas, Buena Vista Club Social (1999), que describe unos ancianos músicos cubanos y su relación con Ry Cooder, en Pina (2011), filmaba en 3D un homenaje a la gran coreógrafa a partir de un espectáculo y el testimonio de sus colaboradores, y en La sal de la tierra (2014), codirige una aproximación a la figura del fotógrafo Sebastiâo Salgado. Con Anselm vuelve al retrato fílmico construyendo una bellísima y profunda película sobre uno de los artistas más transgresores y brillantes del último medio siglo. 

Resulta revelador el arranque de la película con Kiefer subido a una bicicleta mientras pasea por los pasillos y espacios de su gran taller-almacén donde trabaja y deposita sus grandes obras: pinturas, esculturas y toda clase de objetos se amontonan en un orden preciso y muy detallado donde vemos las herramientas de trabajo e infinidad de objetos-materia prima y demás piezas de todo tipo, tamaño, textura y demás. El director alemán no se nutre esta vez de testimonios, todo lo contrario, aquí escuchamos a hablar al artista, en los que repasa sus comienzos, sus trabajos, sus almacenes y el impacto o no de sus obras, relacionándolas entre sí, contextualizando cada una de ellas, acompañadas de calculadas imágenes de archivo que ayudan a ilustrar todo el relato. La película se adapta al personaje, y no lo hace para embellecerlo sin más, sino que hay un recorrido de verdad, es decir, de forma muy íntima, alejada de los focos, y capturando lo humano por encima de todo, sin caer en la sensiblería ni en la película del fan. Wenders es el primer admirador de Kiefer, y acoge su cámara a la mirada del observador que está fascinado por una obra capital, una obra gigantesca en todos los sentidos, una obra política que ha querido ser testigo de su tiempo y también de ese oscuro pasado nazi del país en el que ha crecido. 

Para ello, se ha relacionado con cómplices como el cinematógrafo Franz Lustig, que ya hecho cinco películas con el cineasta alemán, que ha vuelto a rodar en 3D (aunque la versión que vi es la 2D), imprimiendo esa cámara que no sólo registra, sino que se convierte en un espectador inquieto, altamente curioso y reflexivo. La música de Leonard KüBner capta con atención y detalle toda la singular obra de Kiefer, así como sus tiempos, sus texturas, sus complejidades y sus posicionamientos políticos y sociales. El sonido de Régis Muller, que ya estuvo en la citada La sal de la tierra, ejemplar y fundamental para adentrarse en la obra de Kiefer y captar toda la fusión que existe en su trabajo. El montaje de Maxine Goedicke, también en La sal de la tierra, en sus intensos 93 minutos de metraje, y anda fáciles, por el hecho de recorrer toda la vida y obra de un artista tremendamente inquieto y consumado trabajador que ha tocado tantos palos no sólo la pintura, la escultura, la ilustración y las visuales, añadía una dificultad grande porque había que contar muchas cosas y hacerlo de forma singular, nada aburrida y encima generar interés a todos aquellos espectadores que no conocían la obra del artista (como es mi caso), y han construido una cinta espectacular, tanto en su forma como en su relato, sin embellecer ni adular en absoluto. 

Menudo año de Wenders  en el que se ha despachado con dos grandes obras como la mencionada Perfect Days, en el campo de la ficción, y con Anselm, no iba a ser menos en el terreno del documental. Dos bellísimas obras sobre la capacidad del ser humano de encontrar su lugar en el mundo siendo lo que quiere ser, es decir, siendo fiel así mismo, sin importar lo que el resto quiera o opine. Dos obras que nos hablan sobre la libertad, y el derecho que tenemos todos los seres humanos, eso sí, cuando nos dejan las leyes estúpidas y convencionalismos, de ser libres, de encontrar ese lugar en el mundo e instante en la existencia de estar bien con tu entorno y contigo mismo. Anselm nos devuelve al mejor Wenders, en un viaje extraordinario que retrata de forma íntima y profunda al hombre y al artista y a su obra, y sus circunstancias, en una película que se ve con muchísimo interés independiente que el espectador tenga o no interés en el trabajo de Kiefer, porque la película a modo de investigación y análisis propone un increíble viaje al alma de un hombre y artista haciendo un recorrido exhaustivo y nada convencional, con múltiples saltos en el tiempo y en la historia. No se la pierdan y podrán ver todo lo que les digo y no lo hagan con prisas, porque la película quiere que seamos observadores inquietos y muy curiosos, pero con pausa y en silencio. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Los restos del pasar, de Luis (Soto) Muñoz y Alfredo Picazo

EL PAISAJE Y SU REPRESENTACIÓN. 

“La representación de la vida y de la muerte es infinitamente más desgarradora que la vida y la muerte mismas. Ello sucede porque las imágenes nos dan las cosas, pero nos las dan en tanto que perdida. Ahí radica la verdadera patética verdad de la imagen. La imagen está siempre por algo que fue, pero que ya no es”. 

Ricardo Menéndez Salmón en la novela “Medusa” (2012)

En el universo cinematográfico de Luis (Soto) Muñoz (Baena, Córdoba, 2000) predomina lo oscuro y lo oculto, lo que no vemos, las grietas de la vida o quizás, la muerte, donde la periferia, noche y el paisaje filmado juegan un protagonismo primordial, siempre jugando con las estructuras propias de lo representado y su representación. En El cuento del limonero (2021), película de 50 minutos filmada durante la pandemia y en Baena,  mostraba a su abuela en un interesante dispositivo en el que había texturas y mezclas muy diferentes. En Sueños y pan (2023), partiendo de Los golfos (1960), de Carlos Saura, retrataba a dos marginados envueltos en un robo y en sus ilusiones que iban marchitándose a medida que avanzan sus circunstancias en un fascinante blanco y negro. 

En Los restos del pasar vuelve a Baena, junto a la codirección de Alfredo Picazo, también del 2000 y de Baena, que hizo el montaje del citado El cuento del limonero, por supuesto, para volver a experimentar con las infinitas posibilidades de la imagen y su formas de representación, porque nos sitúa en un lugar reconocible pero en un tiempo indeterminado, en el que rueda la semana santa del pueblo, con sus ritos, su tradición y sus gentes, como si estuviéramos frente a un documental etnográfico, fusionado con la historia de Antonio adulto que recuerda en off su infancia y su encuentro trascendental con Paco, un pintor que le hablará de la vida, la muerte y la forma de mirar el entorno y aprender de él. El paisaje de Baena actúa como santo y seña, en una mirada que transforma su idiosincrasia y su no tiempo, donde hace un profundo análisis y reflexión sobre el tiempo, nuestro paso por la vida y por todas las presencias y ausencias que nos rodean. La película fusiona con acierto la liturgia religiosa, la excepcional comunión de los habitantes del pueblo y la trama de la infancia perdida, rodeada de olivos, de tradiciones y de observar la vida y entender la muerte a través de lo terrenal, representado por el pintor, y la místico, que representa la religión en las conversaciones con el párroco. 

El blanco y negro, que recuerda a aquel cine español de los “Nuevos Cines” de los sesenta, del que los autores se consdieran deudores, no sólo por afinidad cinéfila sino también por su creatividad, y algunos momentos en color, en un gran trabajo del cinematógrafo Joaquín García-Riestra Guhl, con el formato 1:1:66, tan característico de aquella época del Cine Español, que ya hizo la imagen de la mencionada Sueños y pan, en el que crea una atmósfera de tiempo no tiempo, de una infancia envuelta en la bruma del recuerdo y la fábula. El montaje de Rafael Cano, que ha trabajado con (Soto) Muñoz en sus películas y en Cuando se hundieron las formas puras (2021), cortometraje de Alfredo Picazo sobre el asesinato de Lorca, genera esa idea de gazpacho que reina en toda la película, donde la naturalidad se impone proque se va creando un documento sobre el tiempo, la vida, la muerte y la infancia en sus 83 minutos de metraje. La fuerza de la música procesional que casa a las mil maravillas con la música del dúo Pedro Catalán y Juan Marpe nos van sumergiendo en una Baena real e inventada, donde todo es posible. El magnífico trabajo de sonido de Laura Gantes, que consigue convertirnos en un baenense más, o incluso, nos conduce por sus tiempos y sus fantasmas, los presentes y ausentes. 

Las tres películas que hemos visto de Luis (Soto) Muñoz, al que hay que añadir a Alfredo Picazo en esta última, emergen como tres cintas donde existe una idea muy profunda de la representación tanto de la imagen como los diferentes elementos cinematográficas, tanto en su búsqueda como en su experimentación, en la que no hay límites ni caminos trillados, sino todo lo contrario, una travesía de descubrimiento, muy sorpresivo y de ir encontrándose con los paisajes y escenarios a filmar, y sobre todo, las formas en que serán representados, en una eterna fusión de formas y texturas a priori muy alejadas, pero en su materialización casan de forma muy expresiva, intensa y espectacular, en una cadena de imágenes reveladoras y tremendamente significativas, no sólo en su exterior sino socavando todos los matices y detalles que se van manifestando, componiendo una sinfonía de almas, intimidades y revelaciones, donde las diferentes procesiones de Semana Santa de Baena consiguen una fuerza brutal acompañadas de la voz en off de Antonio adulto que recuerda a las películas de Val del Omar. No dejen de ver Los restos del pasar y sobre todo, dejense llevar por su historia, su verdad y su viaje por el tiempo y el no tiempo, por la muerte y los fantasmas que habitan en los paisajes de nuestra memoria y nuestra infancia, aquel tiempo que siempre pasa y siempre se recuerda. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Sala de profesores, de Ilker Çatak

CARLA NOWAK Y EL COLEGIO. 

“Idealismo es la capacidad de ver a las personas como podrían ser si no fueran como son”

Kurt Goetz

Érase una vez una maestra llamada Carla Nowak que lleva un semestre en su nuevo destino: un colegio en el que imparte matemáticas y gimnasia. El colegio lleva un tiempo sufriendo unos misteriosos robos que ocurren en la sala de profesores. A partir de una idea que, aparentemente, es brillante, Carla descubrirá quién comete esos robos, aunque cuando lo denuncia, el colegio se sumergirá en una serie en cadena de conflictos cada vez más violentos que tienen en liza a unos alumnos solidarizados que atentan contra la maestra, un colegio sometido a su lema de “tolerancia cero”, tomando decisiones erróneas e injustas, y unos compañeros de trabajo cada vez más indignados y en su contra. La joven maestra deberá lidiar con una situación tensa in crescendo que nadie puede detener. Una situación que destapa la frágil moral y la gran diferencia entre la teoría y la práctica para resolver conflictos de compleja solución, así como la rivalidad, la incapacidad y la confusión de unos docentes que se supone capaces para encarar con dignidad y humanismo los problemas que surgen en un centro de enseñanza. 

El director Ilker Çatak (Berlín, Alemania, 1984), con su cuarto largometraje, a partir de un guion escrito junto a Johannes Duncker, con el que lleva colaborando desde sus cortometrajes y ya trabajaron en I Was, I Am, I Will Be (2019), en el que construyen un magnífico thriller situado entre las cuatro paredes de un colegio cualquiera de Alemania, a partir de un hecho que no parece de difícil resolución, pero que desembocará en una guerra interna entre la maestra, sus alumnos y la dirección del colegio. Ayuda mucho el formato 4:3 que contribuye a esa sensación de asfixia y prisión en la que va derivando la trama, en un gran trabajo de la cinematógrafa Judith Kaufmann, con casi cuarenta películas, de la que hemos visto por aquí de nacionalidad alemana como Cuatro minutos, Dos vidas, Entre mundos, 13 minutos para matar a Hitler, El orden divino y La emperatriz rebelde, entre otras, al igual que el estupendo montaje de Gesa Jäger, habitual del cineasta teutón Jakob Lass, a partir de pequeños planos secuencias cortantes que imprime agilidad, cercanía y la tensión que nos coge del pescuezo y no nos suelta en sus agobiantes 99 minutos de metraje. 

La afilada y rasgante música de Marvin Miller, en su tercera colaboración con Çatak, contribuye a la idea de lo íntimo y lo colectivo, por el que tanto se mueve la historia, donde el personaje principal se desdobla entre la firmeza y la vulnerabilidad que la hace caer con esos momentos de puro terror donde sale el grito mudo. Aunque nada de esto funcionaria sin la inmensa interpretación de Leonie Benesch, que la conocimos en La cinta blanca (2009), de Haneke, o en El profesor de persa, y otros trabajos para Thomas Berger, Uli Edel, etc… Su Carla Nowak no es un personaje, es el personaje, y lo digo así, porque su composición es digna de estudio, con un personaje que parece muy firme y directo en sus convicciones personales y profesionales, y debido a las circunstancias que se van produciendo, va limitándose y enfrentada a sí misma, a los demás, al colegio y a sus alumnos, en un alucha encarnizada en la que va perdiendo inexorablemente. Viviendo situaciones nuevas para ella, que la superan y que, además, no encuentra la forma de darles solución. Un personaje cotidiano, cercanísimo y humano, con sus ideas, sus miedos e inseguridades y sus equivocaciones, como cualquier docente que ahora mismo está en la función de su empleo. 

Le acompañan Eva Löbau, la secretaria del colegio que hemos visto en películas de Maren Ade y Quentin Tarantino, y muchos más, Michael Klammer y Rafael Stachoviak como maestros mediadores de conflictos, una confusa directora de colegio Anne-Kathrin Gummich, una compañera solidaria como Kathrin Wehlisch, y otra compañera, más crítica como Sara Bauerett, el niño Leonard Stettnisch, y los demás chavales, que hacen creíbles unos personajes que asumen una actitud de solidaridad al acusado del conflicto (madre de uno de ellos) y mucha hostilidad al colegio. Sala de profesores es una película que evidencia la importancia de los festivales de cine, en su caso, se presentó en la Berlinale del año pasado, en la sección Panorama, y a partir de ahí, sigue con un recorrido espectacular de certámenes que le ha llevado a encumbrar cotas tan impresionantes como infinidad de premios y estar entre las cinco candidatas en los Premios Oscar en la categoría de película internacional. Todo un logro para una película sencilla, sobria y social, que cogiendo un espacio tan cotidiano y cercano, construye de forma transparente, y alejada de artificios y estridencias argumentales, un excelente retrato sobre la condición humana, sobre nuestros claros y oscuridades, sobre aquello que idealizamos, el trato que damos a los demás, y sobre todo, es una cinta que habla de nosotros mismos, de cómo somos como seres humanos, y las relaciones que tenemos, cómo resolvemos nuestros conflictos y lo frágiles y vulnerables que somos ante los otros y ante nosotros mismos, ante esos espejos que nos miramos y nos juzgamos, de todo aquello que hacemos diariamente, todo aquello que somos y deseamos, que raras veces acabamos consiguiendo. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Disco Boy, de Giacomo Abbruzzese

LA HISTORIA DEL OTRO. 

“Vivimos igual que soñamos: solos”.

Frase de “El corazón de las tinieblas”, de Joseph Conrad

Hay abundante cine bélico, pero hay muy poco que nos hable de la guerra desde las dos miradas en ciernes, es decir, que nos muestre los dos puntos de vista, que no solo nos hablen del invasor sino también del invadido, que la mirada no sea únicamente de aquí, sino también del de allá. Disco Boy, la ópera prima de Giacomo Abbruzzese (Taranto, Apulia, Italia, 1983), con formación en la prestigiosa escuela de cine Le Fresnoy, es una de esas películas que nos habla directamente de la guerra, pero huye de las escenas bélicas para adentrarse en el alma de los combatientes, de los verdugos y víctimas a la vez, y lo hace de una forma muy estética, pero sin caer en el efectismo ni mucho menos en lo bello, sino en lo que no vemos, en el alma de los soldados. Un face to face que junta a un legionario francés, que es un inmigrante bielorruso llamado Aleksei (del que somos testigos de su periplo hasta llegar a Francia, en un inmenso  prólogo), y por el otro lado, tenemos a un guerrillero convertido en activista ecologista en el río Níger que recibe el nombre de Jomo. 

Una historia que arranca en un bus de bielorrusos con destino a un partido de fútbol. Dos de ellos, el mencionado Aleksei y Mikhail, dos jóvenes que ven en Francia y su legión una forma de huir para encontrarse con un futuro mejor. Estamos ante una película muy física y naturalista en su primera mitad, donde abundan los cuerpos, los rostros y el continuo movimiento de los soldados franceses y su preparación, y luego, en su segundo segmento, entramos en un estado diferente, donde lo físico deja pasó a lo emocional, a lo onírico, a las alucinaciones y a los fantasmas, donde el horror y sinsentido de la guerra se vuelve contra Aleksei y lo encierra en una vorágine de sufrimiento, soledad y espectral. Una película apoyada en una estética oscura y nocturna, donde priman los destellos de luz fluorescente, las sombras y los espectros que no se ven pero ahí están, en un grandísimo trabajo de una de las grandes de la cinematografía actuales como Hélêne Louvart (que tiene en su haber nombres tan potentes como Varda, Doillon, Denis, Recha, Rosales, Rohrwacher, Wenders y Hansen-Love, entre otros), con una luz que evidencia el estado emocional que sufre el protagonista, y como todo su alrededor se va convirtiendo en un universo dentro de este plagado de monstruos acechantes que son los que provoca nuestra mente cuando no estamos bien. 

El magnífico trabajo de montaje que firman Fabrizio Federico, del que conocemos por sus películas con Pietro Marcello y Gianfranco Rosi, Ariane Boukerche (que ya estuvo en Il Santi, el cortometraje de Abbruzzese), y el propio director, en un estupendo ejercicio donde priman las secuencias profundas e  hipnóticas para someternos tanto al personaje como a los espectadores a ese estado entre la vida y la muerte escenificados en la terna de los ríos fronterizos por donde deambulará Aleksei: Oder (que separa Polonia de Alemania), Níger (que separa de las empresas petrolíferas que lo contaminan frente a los autóctonos que lo necesitan para vivir, y el Sena (que convierte a París en ese mundo donde hay gente que se va de fiesta y otra que vive en condiciones infrahumanas). La música del dj y productor de música electrónica Vitalic, del que conocíamos su única soundtrack para la película La leyenda de Kaspar Gauser, de Davide Manuli en 2012, ayuda a crear ese universo de sombras y fantasmas, en que nos movemos al paso aletargado y doloroso de Aleksei, con la añadidura de otros temas que generan esa sensación de miedo, locura y soledad en el que está el protagonista. 

Una película muy visceral, donde lo sonoro y lo visual se fusionan para construir un relato donde prima lo invisible y lo oculto, que bebe mucho de la literatura de Joseph Conrad y más concretamente su memorable novela “El corazón de las tinieblas”, en esa no aventura en que el horror se va apropiando de los seres convirtiéndolos en meros desechos completamente deshumanizados sin razón y sin alma. Disco Boy es un viaje hacia lo más profundo de cada uno de nosotros, siguiendo el itinerario de Aleksei, magníficamente interpretado por Franz Rogowski, que nos cautivó junto al director Christian Petzold, y en algunas otras como A la vuelta de la esquina y Great Freedom, que define mucho la Europa actual, que no cesa de construir muros y leyes en contra de inmigrantes y por otro lado, sigue su abusiva política internacional donde permite que sus empresas sigan destrozando vidas y ecosistemas en pos de una riqueza explotadora y esclavista. Le acompañan dos intérpretes muy desconocidos para el que suscribe, el actor gambiano Morr Ndiaye como el activista ecológico Jomo, y la influencer feminista activista Laëtitia Ky como Udoka, la hermana de Jomo. Dos personajes que tendrán mucho que ver con Aleksei, en ese frente al otro, donde todos son víctimas de un sistema occidental podrido y lleno de basura, hipócrita y salvaje con los otros. También encontramos al actor serbio Leon Lucev, que conocemos por haber trabajado con nombres tan interesantes como los de Jasmila Zbanic, Ognjen Glavonic y Dalibor Matanic, entre otros, dando vida a un duro instructor legionario, el italiano Matteo Olivetti, como compañero de fatigas de Aleksei, y el actor polaco Robert Wieckiewicz en un rol muy inquietante. 

Si están interesados en películas nada complacientes, con una imagen muy atmosférica y densa, que habla de la guerra desde el rostro y sus cuerpos y sus almas como lo hacía la citada Denis en la impresionante Beau travail (1999), con la que la cinta de Abbruzzese tiene muchas conexiones, que escarban en lo más oculto e invisible del alma humana, todo aquello que no mostramos a los demás, y que lo haga de forma tan poética y de verdad. Un film que nos habla de nosotros y de la Europa que vivimos, donde se profundiza en las oscuridades que perpetran nuestros gobiernos en países que nunca salen en el informativo, y de los horrores que ocasiona la guerra en el individuo, en todo su engranaje no científico, sino más bien, en todo lo que le sucede en la mente, en el alma al enfrentarse a una situación muy hostil en pos de la paz de unos blancos con dinero que creen que el mundo se divide en los que explotan y los explotados. Una película de una estética alucinógena, que nos va sometiendo a la psicosis de Aleksei, un tipo que viaja en el mismo tren que Juan, el exiliado que volvía en busca de “El Andarín”, en El corazón del bosque (1978), de Manuel Gutiérrez Aragón, y que el capitán Willard de Apocalypse Now (1979), de F. F. Coppola. Tres individuos que se perderán en los horrores de la guerra y el sinsentido de la condición humana, y se perderán en lo más profundo y oscuro del alma. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Los hijos de otros, de Rebecca Zlotowski

LA OTRA MADRE. 

“Madre es un verbo. Es algo que haces, no algo que eres”.

Dorothy Canfield Fisher

Si exceptuamos la serie Los salvajes (2022), las cuatro películas que componen la filmografía de Rebecca Zlotowski (París, Francia, 1980), se centran en mujeres metidas en historias que las sobrepasan, aunque ellas no se rinden y siguen hacia adelante como la chica rebelde de Belle épine (2010), la joven y su amor prohibido en Grand Zentral (2013), las hermanas que se comunican con fantasmas en Planetarium (2016), y la adolescente en busca del amor en Una chica fácil (2019). Películas que forman parte de una especie de continuidad coherente en la que la directora francesa va acercándose a los cambios que va produciendo la vida y sus circunstancias. Así, que en su quinto trabajo, hablarnos de Rachel era un paso natural en su cine, porque la heroína cotidiana de esta película es una mujer de cuarenta años, sin hijos, profesora implicada en chicos con problemas y con una vida aparentemente plena. Un día conoce a Ali del que se enamora perdidamente y comienza una historia. Una historia que le llevará a entablar relación con Leila, la hija de cuatro años  en custodia compartida. La vida de Rachel da un vuelco considerable, porque además de disfrutar de un amor intenso, bello y sexual, también es madre cada dos semanas.

Zlotowski construye su drama íntimo y cotidiano mirando a aquellas mujeres fuertes y honestas que poblaron el cine estadounidense de los setenta, las Sally Field, Jill Clayburgh, Meryl Streep, Ellen Burstyn, Diane Keaton, protagonistas de historias en las que se enfrentaban a problemas de toda índole que rompían los estereotipos de esposa y madre feliz. Rachel es una digna heredera, porque es una mujer con su trabajo, una vida acomodada, y además, ha encontrado un amor en el que se siente dichosa. El conflicto que plantea la película no es grandilocuente ni nada espectacular, tampoco lo necesita, porque hurga en esas pequeñas grietas que aparentemente son invisibles para nuestros ojos, pero que revelan todo el problema que se cierne sobre los personajes principales. Podrías dividir la película en dos mitades bien diferenciadas. En la primera estaríamos siendo testigos de ese amor y esa convivencia con la hija de Ali con sus pequeños conflictos pero sin nada que resaltar. En la segunda la cosa va cambiando, porque aparece en escena la ex de Ali, y la cosa adquiere más tensión y preocupación.

La directora se acompaña de algunos de los cómplices que le han acompañado durante su carrera como el músico Robin Coudert, con esas melodías casi invisibles pero que ajustan todo el entramado emocional en el que viven los personajes, el cinematógrafo George Lechaptois, que también ha trabajado en películas tan destacadas como Los perros (2017), de Marcela Said y Próxima (2019), de Alice Winocour, entre otras, componiendo una luz tan cercana y tangible en el que nos invitan a ser uno más, siendo testigos sin manipular lo que está ocurriendo, y finalmente, la montadora Géraldine Mangenot, a la que hemos visto en películas tan interesantes como Mi hija, mi hermana, Porto y El acontecimiento, entre otras, con un ritmo pausado y sin aspavientos, consigue condensar de forma intensa los ciento cuatro minutos de metraje en una película que no dejan de suceder cosas. Zlotowski siempre se ha rodeado de grandes intérpretes en su cine, nos acordamos de Léa Seydoux, que protagonizó sus dos primeras películas, Natalie Portman, Amira Casar, Olivier Gourmet, Denis Ménochet y Marina Foïs, ahora muy actuales por protagonizar la estupenda As Bestas, entre otros. 

En Los hijos de otros vuelve a rodearse de grandes como Roschdy Zem, que recupera después de protagonizar la serie de Los salvajes, con una extensísima carrera al lado de nombres ilustres como Techiné, Bouchareb, Desplechin, y demás, en la piel de un tipo enamorado de Rachel, buen padre de Leila, que deberá decidir lo mejor para su hija cuando las cosas cambian de tono. A su lado, una mujer valiente y llena de amor como Virginie Efira como Rachel, con esa lucidez y brillo que tienen las actrices que saben dónde van y tienen esa capacidad para imprimir veracidad, humanidad y sensualidad a sus personajes, unos individuos que traspasan la pantalla y que construyen sus roles a través de aquello que se ve, a partir de lo invisible, mediante miradas, gestos y detalles ínfimos pero muy importantes. Resaltamos dos apariciones, una más breve que la otra, la de Chiara Mastroianni como la ex de Ali, y el gran cineasta Frederik Wiseman en el papel de un entrañable, divertido y peculiar ginecólogo.

Zlotowski nos invita a mirar a sus personajes y sus vidas cotidianas como si estuviéramos viéndolos desde una mirilla, siendo testigos privilegiados de sus alegrías y angustias, de sus deseos y frustraciones, de todo lo que les ocurre en compañía y en soledad, en la que todo está reposado, un drama tejido con honestidad y humanismo un relato muy actual, una historia en la que tarde o temprano la viviremos o la tendremos muy cerca, con un conflicto tremendamente cotidiano pero muy bien presentado y mejor desarrollado, donde una mujer que desea ser madre y está en el límite de poder serlo de forma convencional, se siente que siempre será la otra madre de la pequeña Leila, y se debate en una historia de amor en la que disfruta y siente con intensidad, pero por otra parte, tiene esa necesidad de ser madre por primera vez, de sentirlo de otra manera, y la película explica con sabiduría este conflicto con sus luces y sombras, con sus pequeñas felicidades y tristezas, con sus silencios, tan incómodos y tan asfixiantes, con todos esos detalles que hacen de Los hijos de los otros una película que nos lanza muchas cuestiones y algunas de difícil resolución, pero hay que seguir como hace Rachel que no se detendrá ante nada ni nadie. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Reyes contra Santa, de Paco Caballero

PESADILLA EN NAVIDAD.

“A veces nos volvemos locos porque olvidamos que somos diferentes, porque el amor no es una competencia para que cada uno supere la fuerza del otro, sino una cooperación que necesita de esas diferencias”.

“El puente hacia el infinito” (1984), de Richard Bach

No sé si recuerdan la película Babe, el cerdito valiente (1995), de Chris Noonan, aquella en que un cerdito se empeñaba en ser perro pastor con el objetivo de librarse de ser la cena de Navidad. La película australiana es también una de las primeras películas que se acordaba de los adultos que acompañaban a los niños y niñas al cine, porque tenía muchas situaciones que solo comprendían los mayores, amén de ser una cinta destinada al público más pequeño. Reyes contra Santa, el cuarto trabajo de Paco Caballero (Madrid, 1980), se mueve por esos mismos derroteros, porque es una película infantil, pero también tiene esas dosis gamberras que solo entenderán los adultos. El director madrileño siempre se ha movido por la comedia, ya sea en televisión donde ha trabajado en series como Cites, y Benvinguts a la familia, en TV3, o en su largometrajes, Perdiendo el este (2019), Donde caben dos (2021), y Amor de madre, de este mismo año. Comedias destinadas al gran público, donde el objetivo es entretener al personal y sobre todo, hacer reír.

Reyes contra Santa sería una película diferente en la trayectoria de Caballero, porque es la primera que va destinada al público infantil, sin olvidar esos momentos que hemos mencionado tan gamberros, con esa apertura en plena frontera del estrecho, tan real como triste, como esa organización de los personajes de las Navidades llamada con las siglas de C.H.U.S.M.A., y sus curiosos personajes que son creencias de las diferentes tierras del mundo, donde hay animales, árboles con forma humana que recrea el tió, y humanos, con ese Santa Claus, con esa entrada muy yanqui con música rock, y hablando en inglés, con su trineo tuneado y patrocinado, toda una horterada y gilipollez americanada. Mezcla con mucho acierto la fantasía, con ese otro mundo invisible al nuestro, con esas pequeñas dosis de realidad, en una lucha por la hegemonía de la Navidad entre los tres Reyes Magos y Santa Claus, con un inesperado y maléfico invitado que lo pondrá todo patas arriba, en una historia que tiene mucho de esa maravilla que es Pesadilla antes de Navidad (1993), de Henry Shelick y concebida y producida por Tim Burton.

Un guion escrito a cuatro manos por Benjamín Herranz y Jelen Morales, surgidos de la serie Aida, Carmen López-Areal y Eric Navarro, que acompaña a Caballero desde sus cortometrajes, así como el director de fotografía David Valldepérez, y la presencia del gran montador Nacho Ruiz Capillas, con más de 140 títulos en su filmografía, que repite después de la experiencia de Amor de madre. Un reparto encabezado por los tres Reyes Magos que son Karra Elejalde, David Verdaguer y Janick, el Santa es Andrés Almeida, Isa Montalbán es Ana, esa especie de D’ artagnan, aquí convertida en una pizpireta y sagaz paje en prácticas, Eva Ugarte es Amelia, esa mujer y madre soltera que espera a Melchor cada Navidad, y cada Navidad espera que algo pase, y Adal Ramones es el malo de turno. Reyes contra Santa pretende acercarse a los más pequeños, a dar un toque de ilusión y alegría para que la Navidad, la primera Navidad sin restricciones de ningún tipo se disfrute de verdad, que recuperen ese entusiasmo por los regalos, da igual si los traen Santa o los Reyes, o los dos, porque los niños no piensan en esas cosas, esas son cosas de adultos, como casi todo.

El director madrileño sale airoso del envite, porque no era sencillo hacer una película de estas características, con tanta competencia que existe en este mundo de las películas, o del audiovisual como algunos pretenden llamarlo, donde cada semana hay muchos estrenos, y siempre es de agradecer que el cine que se hace para los más pequeños y pequeñas no sea tan ñoño y siempre venga de Estados Unidos, con ese aire de superioridad y esa falsa ilusión por la Navidad, que oculta una mercantilización de todo, porque Reyes contra Santa también aboga por valores que, desgraciadamente, andan en vías de extinción, como la fraternidad, la amistad, la cooperación y el amor, dejando desterrados esos otros aspectos como la competitividad, el individualismo y el consumismo, donde todo está en venta y todo tenemos un precio barato. Disfruten de Reyes contra Santa y vayan con sus pequeños y pequeñas, ya sean suyos o ajenos, porque ellos disfrutarán con las aventuras y desventuras de estos tres tipos peculiares por ese Madrid más de barrio y obrero, y los adultos se reirán de esos toques de gamberrada y doble sentido, que agradecen tanto aquellos que acompañan a los niños y niñas a los cines, porque durante mucho tiempo los creadores olvidaban ese pequeño detalle, que los niños no van solos a las salas. Ah! Por cierto!. Feliz Navidad!. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

La leyenda del Rey Cangrejo, de Alessio Rigo de Righi y Matteo Zoppis

LA HISTORIA DE AMOR DE LUCIANO Y EMMA.

“Historia es, desde luego exactamente lo que se escribió, pero ignoramos si es lo que sucedió”

Enrique Jardiel Poncela

Para hablar de la primera película de ficción de Alessio Rigo de Righi y Matteo Zoppis, italoamericanos nacidos en 1986, nos tenemos que remontar hasta Vejano, un pueblo de la Toscana italiana, y detenernos en la figura de Ercolino, un hombre que dejó Roma para instalarse en el pueblo. En su casa de campo se reúne con cazadores de la región para comer, beber y contar historias de la zona. De esos encuentros y tertulias nacieron Belvanera (2013), un cortometraje que los dos directores codirigieron juntos, y Il solengo (2015), en que el tándem se detenía en la historia de Mario de Marcella, un ermitaño que vivía en el bosque cerca de Roma. Ahora, nos llega La leyenda del Rey Cangrejo, también surgida de los encuentros de Escolino, en la que la pareja de directores nos llevan a finales del XIX y principios del XX, para hablarnos de Luciano, un tipo perdido, alcohólico e inadaptado, que no encaja en una sociedad de gentes de la tierra sometidos a la voluntad del príncipe de turno. Los días pasan y Luciano se pierde en deambulaciones, borracheras y demás. Solo el amor que tiene en Emma, una bella y sencilla mujer del pueblo, a la que también pretende el dueño y señor.

A través de una historia que nace de Tommaso Bertani, uno de los productores, Carlo Lavagna y los propios directores, componen un relato nacido de la tradición oral y las leyendas y mitos de los pueblos, donde predomina un paisaje frondoso que rodea a los personajes, entre esa naturaleza bella y salvaje que entronca con esas rígidas normas sociales impuestas por el príncipe y las durísimas vidas de las gentes de la tierra. Aunque, la película se centra en la vida y desgracia de Luciano, todo se mueve por Emma, la autentica heroína del relato, la esperanza y la vida del propio protagonista, en una película estructurada a través de dos capítulos. En el primero, estamos en Vejano, el pueblo italiano alrededor de la fecha citada anteriormente, en el que se desarrolla el amor de Luciano y Emma, y los conflictos con el príncipe por la oposición del propio protagonista, en un marco de drama rural convincente donde se evoca lo etnográfico y lo antropológico, y una mirada crítica y testimonial de los acontecimientos que suceden.

En la segunda mitad, nos trasladamos hasta el fin del mundo, y más concretamente a Tierra del Fuego, en Argentina, donde seguimos a Luciano, ahora convertido en buscador de oro en una tierra donde el entorno es duro, rocoso, gélido y lleno de peligros y codicia y egoísmo. A través de una marcada atmósfera de western, pero en sus diferentes variantes, porque en la primera parte, estaríamos en el western clásico, donde el héroe debe enfrentarse al cacique de turno, con el amor de por medio, y también, las injusticias contra los más débiles. En la segunda, el western sería más crepuscular, más de viaje, de itinerario, donde siguiendo el mismo ritmo pausado y emocional, vamos con una letanía acompañando a un grupo de hombres que siguen un tesoro escondido, a través de un cangrejo, que funciona como símbolo mágico y extraño porque los guía hasta el codiciado premio. Otro animal en el cine de Rigo de Righi y Zoppis, como la pantera de Belvanera, y el jabalí de Il solengo, que funcionan como bestias de otro mundo que sirven de guía a los humanos.

Un equipo formado por técnicos cómplices que han participado en todos los trabajos del tándem de directores, como el músico Vittorio Giampetro, ayudando a crear ese mundo físico y espiritual por el que se mueve el relato, y el cinematógrafo Simone D’Arcangelo, que ha estado en los equipos de cámara en películas de Carlos Saura y Woody Allen, entre otros, consigue esas maravillosas luces cálidas que contraponen la miseria moral de las leyes impuestas en el pueblo italiano, y esa otra luz mortecina y dura de Tierra del Fuego. Con la entrada de dos aportaciones de la coproducción argentina con nombres tan ilustres como los del editor Andrés Pepe Estrada, que ha estado en películas de Trapero, Mitre y Schnitman, entre otros, dando forma a una película de varias formas, texturas y registros y condensando un ritmo pausado y lento en sus ciento seis minutos, y el increíble sonido de Catriel Vildosola, que tiene en su haber directores de la talla del mencionado Trapero, Lisandro Alonso, Amat Escalante y Anahí Berneri, entre otros.

Una película que apela en todo momento a la tradición oral, a las ancestrales historias y relatos que no están escritos y forman parte de las leyendas, mitos y cuentos de los pueblos y sus habitantes, tiene en su elenco buena parte de esos lugareños del pueblo de Vejano, que dan vida a sus antepasados y aquellas gentes que vivieron antes, en una idea de cine de los lugares, contando con la participación de los habitantes como actores no profesionales, que retrotrae al imaginario de Renoir, Rossellini y Kiarostami, donde la vida y el cine se fusionan de forma maravillosa. Para la pareja protagonista se cuenta con Maria Alexandra Lungo que da vida a Emma, que recordamos como la protagonista de la película El país de las maravillas (2014), de Alice Rohrwacher. Emma es una mujer encerrada en esa sociedad patriarcal, solo se siente libre junto a Luciano, aunque la cosa será dificultosa. Frente a ella, Luciano al que da vida Gabrielle Silli, un artista plástico y performativo que vive en Roma, que compone un magistral y furioso tipo que está en un lugar al que no pertenece. Dos interpretaciones naturales y cercanísimas que se funden con la naturaleza en contrapunto con la sociedad inmoral e injusta. Celebramos con energía que la distribuidora Vitrine Filmes se aventure a traernos películas de esta naturaleza, porque tienen cine, vida y sobre todo, humanismo, esa parte tan importante que la sociedad y sobre todo, el cine olvida demasiado. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA