Cry Macho, de Clint Eastwood

ELEGÍA DEL COWBOY.

“El secreto de una buena vejez no es otra cosa que un pacto honrado con la soledad”.

Gabriel García Márquez

Después de Mula (2018), parecía que Clint Eastwood (San Francisco, EE.UU., 1930), dejaba de actuar y dirigir en sus películas. Tres años después, la cosa no ha sido así, y el bueno de Clint nos ofrece una de sus películas. En Cry Macho, sigue con esa mirada hacia los perdedores y olvidados que tanto llenan sus casi cuarenta títulos como director. Basándose en la novela homónima de N. Richard Nash, que además firma el guion con Nick Schenk, guionista de Gran Torino y Mula, el grandísimo cineasta californiano nos sitúa en el año 1979, en Texas, en la piel de Mike Milo, una vieja gloria del rodeo ahora retirado en su casa añorando un tiempo que jamás volverá. La cosa anda así: su antiguo jefe, un tipo al que parece que le debe su vida cuando los malos tiempos apretaban de lo lindo, le pide que vaya a México y traiga de vuelta a su hijo Rafo. Milo viaja hacia el otro lado, cruza la frontera y el Río Grande a lomos de su vieja camioneta. Da con el chaval y Macho, su gallo de pelea, y emprende el camino de vuelta. Hay será cuando empiecen los conflictos, con los esbirros de la madre pisándoles los talones y atrapados en los distintos pueblos fronterizos pasaran el tiempo como pueden.

El director estadounidense maneja el cine de manera formidable, coloca la cámara en el lugar que mejor retrata los personajes y los paisajes por los que van, con ese aire clásico que tenían los grandes westerns, si bien las grandes praderas y aventuras han pasado a mejor vida, y la película retrata pequeños pueblos donde la vida parece detenida, muy olvidados de todos y todo, con esas cantinas regentadas por viudas amables que están dispuestas a echar una mano o dos, o esos propietarios de caballos que necesitan que un viejo y experimentado cowboy le eche un cable con sus nuevos animales. Eastwood nunca se sale de su camino, sabe hacia dónde se dirige su película, construyendo con pausa y reposo, como una brizna de aire, la relación de sus personajes, en este caso, la del viejo cowboy y el niño mexicano, muy diferentes y distantes, pero que irán acercándose más de lo que creen, y sin dejar de lado las otras historias, aquellas que ayudan a alimentar la película y sobre todo, a dotarla de profundidad, como la de la viuda mexicana y la historia de amor que va fraguándose.

El realizador americano sigue admirando a los clásicos, sin perder de ojo las nuevas circunstancias que les ha tocado vivir, porque si formalmente su cine tiene un aroma indiscutible de los westerns crepusculares que arrancaron a finales de los cincuenta hasta finales de los setenta, donde El último pistolero (1976), de su admirado Don Siegel, tiene mucho que ver con el tono y sobre todo, en el que Milo sería un reflejo muy cercano del protagonista, un John Wayne muy envejecido decía adiós al cine y a la vida, despidiéndose con una forma de hacer cine que ya no existía. La habilidad de Eastwood de construir un relato donde coexisten de forma natural y calmada, el drama íntimo, el thriller elaborado, la road movie personal y profunda, y el western, no solo nos felicitamos por volver a ver al gran cineasta tanto delante como detrás de la cámara, sino que, si Cry Macho, sin pretenderlo, resulta una película muy redonda, llena de grandes hallazgos formales y un gran vestido para la vuelta a la actuación de un tipo demasiado grande para el cine que se hace ahora.

La exquisita y cálida cinematografía de Ben Davis, la delicadísima música de Mark Mancina, y el magnífico ejercicio de montaje de David S. y Joel Cox, que lleva editando las películas de Eastwood desde Ruta suicida (1977), acompañándolo en casi toda su filmografía como director. El reparto vuelve a ser creíble, conciso y soberbio, empezando por el propio Eastwood, que además de cimentar un personaje digno y honesto, se acerca a la vejez no desde la enfermedad, sino desde la vida, desde la mirada tranquila y experimentada del que debe cumplir su cometido, mirando a los demás sin juzgar a unos ni a otros. Un tipo de los que ya no quedan, un tipo que arrastra su pena pero no la contagia a los demás. Un gran tipo, que sabe que su tiempo ha finalizado, y ahora debe ayudar a los demás para seguir su vida. Bien acompañado por Eduardo Minett, el joven debutante que da vida al rebelde Rafo. Dwight Yoakam, como su amigo y padre del niño mexicano, uno de esos intérpretes de reparto que hemos visto en las mil y una películas, la actriz chilena Fernanda Urrejola como la madre del chaval, Natalia Traven como la cantinera mexicana.

Quizás Cry Macho sea la última película que veamos del genial cineasta, deseamos que no sea así, y que podamos disfrutar de algo más, solo el tiempo lo dirá. En todo caso, es un gran privilegio seguir viendo películas de este señor del cine. Un tipo que arrancó su carrera de actor a finales de los cincuenta, y la de director doce años después, o dicho de otra manera, de los ciento veinte años de historia del cine, Eastwood ha estado más de la mitad, toda una proeza para un hombre que se moría en una serie de televisión, y una llamada de un tal Sergio Leone, no solo le cambió la vida como intérprete, sino que lo llevó con el tiempo a ponerse tras las cámaras y convertirse en uno de los grandes cineastas del siglo XX, y por lo que todavía podemos disfrutar, del primer tercio del nuevo siglo. Solo nos queda desear buena salud a Mr. Eastwood y que siga alimentando el cine con sus relatos de hombres maduros y mayores, personajes perdidos en el infinito, paisajes olvidados que todavía tienen vida y qué vida, y sobre todo, miradas hacia todo ese cine que hizo grande el cine, y nos hizo mejores personas. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Fauna, de Nicolás Pereda

REPRESENTAR LA VIOLENCIA.

“El mundo, para nosotros, es representación, como decía Schopenhauer; no es una realidad absoluta, sino un reflejo de ideas esenciales”

Pío Baroja

El cineasta Nicolás Pereda (Ciudad de México, 1982), es uno de los directores mexicanos más potentes de la actualidad, al igual que otros nombres como los de Carlos Reygadas, Michel Franco, Lila Avilés, Amat Escalante, Julia Hernández Cordón, Tatiana Huezo, Luis Estrada, Diego Quemada-Diez, entre otros. Miradas contemporáneas sobre su país, miradas críticas, profundas, muy personales, que inciden en mostrar la realidad social, económica y cultural mexicana muy alejada del conservadurismo oficialista. Un cine para observar, un cine que no solo plantea relatos durísimos, de carne y hueso, muy cercanos, de gentes como nosotros, sino que, también, se plantean desde una búsqueda interesante sobre la planificación, una mise en scene llena de grandes hallazgos formales, donde cada plano y encuadre obedece a una forma en la que tanto lo que se cuenta, como lo que se cuenta van completamente de la mano, generando una serie de ideas sobre cómo representamos la sociedad y las formas infinitas de hacerlo.

Pereda ha dirigido cuatro cortos y nueve largometrajes, moviéndose indistintamente entre la ficción y el documental, y en las múltiples variaciones de los distintos géneros y formas. Su cine, siempre en ese presente del aquí y el ahora, en la que sus metrajes rondan los setenta minutos, como la que aquí nos ocupa, profundiza en el entorno rural, donde abundan las relaciones familiares, siempre bajo el marco de un tono minimalista y profundamente íntimo, en la que hay pocos personajes, y siempre con la ayuda del colectivo teatral Lagartijas tiradas al sol, presentes en toda su filmografía, encabezados por Luisa Pardo, Gabino Rodríguez y Francisco Barreiro, en la que sus historias son un mero marco para desarrollar conflictos familiares entre padres e hijos, la representación como línea de trabajo, donde se detiene en la historia mexicana, en todo su imaginario, y la violencia, tema que expone en Fauna, su última película. El cineasta mexicano usa un dispositivo singular, y extraordinariamente sencillo, donde abundan los planos secuencias largos, con unos encuadres quietos donde coloca a sus personajes y donde se desarrollará la acción. Una trama en la que las situaciones que se van generando están pegadas a la realidad, pero también, al extenderlas, se van generando situaciones extrañas, surrealistas e hilarantes, donde la metaficción se va colando en una especie de muñecas rusas donde todo es representación, todo es ficción, pero también, realidad, una realidad cotidiana y muy cercana.

Fauna nos cuenta la llegada de Luisa y su novio Paco a un pueblo minero del norte, donde se encontrarán con Gabino, el hermano de ella, de visita a casa de sus padres. Con ese arranque donde la pareja se extravía, la espera cuando llegan, el suceso con los cigarrillos, y después, en el bar, cuando Gabino y el padre de Luisa le piden a Paco que interprete una de las escenas de su trabajo en la serie Narcos. A la mañana siguiente, una conversación de Gabino y Luisa, nos introducirá en otra ficción, la del libro que está leyendo Gabino, protagonizado por ellos mismos, donde un hombre busca a otro hombre desaparecido, mientras se va involucrando en una trama de espionaje, crimen organizado y mujeres fatales. Vida que se confunde con la ficción, y aún más, ficción dentro de otra ficción, y en realidad, una especie de falso documental donde se habla de cine, de interpretación, de la representación, y en este caso como el imaginario colectivo se va impregnando de la ficción televisiva en un país azotado por la violencia, como la ficción falsa, llena de convencionalismos y atada al espectáculo de la violencia, va contaminando a la población, y va cambiando su imaginación, donde la violencia real, cruda y oscura, acaba siendo sustituida por una más amable, más irreal y sobre todo, más cómoda, donde todo se suaviza y regla una idea completamente falsa de la violencia que campa a sus anchas en un país como el mexicano.

Pereda ha construido una película magnífica, donde todo es verdad o no, donde propone un magnífico y laberíntico juego que plantea es rompedor, seco y veraz, donde desconoces en qué lugar empieza y acaba, en el que se toma muy en serio la representación de la violencia, y nos ofrece muchos puntos de vista acerca de ella, en una película que pretende hacernos reflexionar como la ficción más comercial y popular, con su apariencia de entretenimiento, acaba resultando una fuente de propaganda donde todo la violencia resulta gratuita, donde carece de una reflexión profunda y donde los matones resultan simpáticos, toda una monstruosidad en la que la película contraataca con su sencillez, profundidad y humor, porque siempre queda la última palabra del espectador, la credibilidad que le da a lo que ve y cómo lo ve, y sobre todo, a rechazar todos esas ficciones visuales y apabullantes que bajo esa apariencia de espectáculo sin más, encierran amenazas que pervierten al espectador y todo su imaginario. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Laura Herrero Garvín

Entrevista a Laura Herrero Garvín, directora de la película “La Mami”, en su domicilio en Barcelona, el miércoles 24 de marzo de 2021.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Laura Herrero Garvín, por su tiempo, generosidad y cariño, y a mi querido Óscar Fernández Orengo, por su generosidad al retratar el encuentro.

La Mami, de Laura Herrero Garvín

LAS MUJERES QUE TRABAJAN DE NOCHE EN EL BARBA AZUL.

“Para empezar no es ni la palabra. Porque te voy a decir una cosa. Aquí hay chicas trabajando. Pero para nosotras no son putas. Para nosotras son trabajadoras sociales. ¿Sí? O damas de compañía. Damas de compañía porque tienen que estar soportándolas. Y estar aguantando muchas cosas. Trabajadoras sociales porque aguantan desde la persona más fina, más decente, más educada, hasta el más patán”.

La película se abre con Doña Olga, una mujer que trabajó casi medio siglo en el cabaret y ahora, retirada, se encarga de los baños, y el guardarropía del “Barba Azul”, un famoso cabaret de la colonia obrera de Ciudad de México. Doña Olga, a la que todas llaman “La Mami”, está limpiando de energías el lugar  mediante un ritual de purificación. Inmediatamente después, llegan las chicas que entre maquillaje y plática se preparan para otra noche más de trabajo, rodeadas de clientes para bailar y tomar. Esa noche llega Priscila, es su primer día, necesita dinero porque su hijo tiene cáncer y el tratamiento es muy elevado. La Mami la tranquiliza y le anima, como una madre protectora que ayuda a sus “niñas”. Priscila se arma de valor y baja las escaleras en dirección al local, la cámara se queda con ella, la música en directo suena y algunas chicas salen a bailar.

La cineasta y fotógrafa Laura Herrero Garvín (Toledo, 1985), formada en el Máster en Documental de Creación en la UPF en Barcelona, y con una veintena de cortometrajes a sus espaldas, ha vivido en México durante ocho años, país en el que debutó en el largometraje con El remolino (2016), filmada en una pequeña comunidad rural de Chiapas, en la que conocemos a dos hermanos, a Pedro que defiende su identidad, y a Esther, que trabaja incansablemente por una vida mejor de su hija, dos hermanos que luchan contra los elementos sociales y naturales. La Mami es su segundo trabajo, y se sitúa en la relación de esta mujer-madre para todas las chicas del cabaret, La Mami las escucha, las cuida, las reza, las ayuda, las mira, las aconseja, y las centra, lo mismo hará con Priscila, la recién llegada. Herrero Garvín centra su mirada y su cámara en La Mami, a través de ella descubriremos a las demás y al lugar, centrándose en los baños, en ese ir y venir de cada noche, entre maquillaje, confidencias, intimidades, y demás.

Nunca salimos al exterior, a la calle, si exceptuamos un plano de Priscila apurando un pitillo, todo ocurre en el interior, apenas alguna que otra secuencia en el local, y sobre todo, en el territorio de La Mami, una mujer que solo viendo como dobla el papel higiénico, se trata de una persona cercana, que abraza a sus chicas, que las entiende y la defiende, como ese magistral momento en que explica su trabajo a una clienta metiche, que recuerda a aquella inmensa secuencia de Vivir su vida, de Godard, en la que relatan las funciones de la prostitución que ejercía la protagonista. El sonido de las chicas mientras se preparan como artistas antes de “actuar”, con ese nombre cambiado, y sus conversaciones, con el rumor del sonido de la música, que viene de abajo, contrasta con esos dos mundo dentro del “Barba Azul”, abajo donde actúan y son otras, las que trabajan de noche para ayudar a su familia, y arriba, con La Mami, donde pueden ser ellas mismas, con sus verdades e intimidades. La cámara de Herrero Garvín, que se encarga de la cinematografía, escruta y se mueve entre las mujeres y sus miradas, cogiendo de aquí y allá, entre retazos y partes de un todo, que nunca veremos en su totalidad, creando esa sensación de troceado que tiene el lugar y las propias mujeres, en un juego de apariencias, mentiras y ocultaciones.

El exquisito y preciso montaje que firman el mexicano Lorenzo Mora Salazar, habitual en el documental que ya firmó la edición de El remolino, y Ana Pfaff (editora de nombres tan importantes como los de Carla Simón, Meritxell Colell, Carolina Astudillo, Adrián Orr, entre otros), capturan el ritmo que se vive y se palpa en el lugar, creando ese espacio doméstico, fragmentado y sonoro siempre desde la mirada callada, observadora y expectante de La Mami. La directora toledana ha construido una película intensa, vibrante y emocionante, desvelando la vida de las mujeres de la noche que, por necesidad acaban trabajando para entretener a hombres que apenas veremos, porque la idea de La Mami es mirar hacia dentro, hacia lo más profundo de todas estas mujeres, a sus vidas, a sus pasados, y sus presentes inmediatos, los que cada noche abren y cierran en el “Barba Azul”, huyendo de cualquier atisbo de sordidez o sentimentalismo, porque la película sabe muy bien hacia dónde va y que quiere contarnos, acogiéndonos en el universo de La Mami, es ese espacio de los baños y el guardarropía, ese lugar que nunca vemos, que apenas nos percatamos, esos lugares donde la vida, el pasado, y todo lo que somos, confluyen en cuatro paredes encerradas en pocos metros cuadrados, donde la existencia y nuestras intimidades y sombras pueden encontrar un poso de paz, de intimidad y sobre todo, de puentes, de acercamientos, y así de paso,  para que nos sintamos un poco menos solos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

El diablo entre las piernas, de Arturo Ripstein

DEL AMOR Y SUS DEMONIOS.

“Lo viejo es bello por feroz, por real… Reivindico la vejez y los cuerpos cuando el tiempo los ha vuelto fláccidos”

“El deseo sexual no se acaba, se modifica; cambian las fuerzas y la forma de encauzarlas”

Arturo Ripstein

Seres amargados y solitarios, gentes de mal vivir, movidos por sus bajos instintos, condenados al abismo, olvidados por todos, incapaces de cambiar su carácter, enjaulados en sus propios destinos, tan negros como los ambientes decadentes y sucios por los que se mueven, con oficios y trabajos, por así llamarlos, que los han llevado a la tristeza y el rencor, arrastrados por sus pasiones enfermizas, esclavos de amores difíciles (el recordado y triste “amor fou”, que acuño Don Luis Buñuel),  llenos de razones y amarguras que, en ocasiones no tienen otra salida que la locura o el crimen, o ambas a la vez. Tipos y viejas de corazón sombrío, de pasiones desatadas y odios deshumanizados, perpetrados en una miseria moral que los debilita y los empuja al abismo.

Desde que debutase en el largometraje allá por el 1965 con Tiempo de morir, un atípico western que escribieron Gabriel García Márquez y Carlos Fuentes, el universo cinematográfico de Arturo Ripstein (Ciudad de México, 1943), se ha llenado de personajes tristes y solitarios, cargados de atmósferas sucias, sombrías y decadentes, seres que luchan con todas sus fuerzas para desviar un destino condenado al olvido y la tragedia, sumidos a espacios llenos de mugre, vacíos y cargados de odio, rencor y mala suerte. Una carrera cinematográfica que abarca casi los sesenta años, con más de treinta títulos, en los que ha habido de todo, desde trabajos con los guionistas “mexicanos” de Buñuel como Luis Alcoriza y Julio Alejandro, producciones internacionales con Peter O’Toole, adaptaciones de novelas con autores del prestigio como G. Gª Márquez, Guy de Maupasant, Mahfuz, Aux o Flaubert, y demás pulsiones cinematográficas que han curtido y sobre todo, convertido a Ripstein en uno de los cineastas mexicanos más importantes de la historia, mundialmente reconocido en certámenes internacionales.

Ripstein es uno de los mejores cronistas de su Ciudad de México, con la inevitable y extraordinaria compañía de Paz Alicia Garciadiego, su guionista y mujer, que lleva desde 1986 con El imperio de la fortuna, escribiendo sus guiones, construyendo con una mirada crítica, feroz y humana sus relatos, mostrando todos esos lugares incómodos, oscuros y malolientes, esos espacios donde la vida pende de un hilo, donde cada paso puede ser el último, donde abundan prostitutas enamoradas del tipo menos recomendable, amas de casa aburridas y deseosas de un amor loco que las saque de su inexistente vida, tipos alimentados de odio, llenos de celos, perdidos en los abismos de la existencia y del deseo, pobres diablos que se arruinan la existencia por un fajo de billetes marcados por un destino fatal, en definitiva, gentes de vidas sombrías, aquellas que se reflejan al otro lado del espejo, el que nadie quiere ver, los que resultan “invisibles”, los que nadie quiere cruzarse, los que están como si no estuvieran, porque malviven en esas zonas donde nadie quiere conocer, esos lugares donde habitan los males humanos, lo que no gusta, lo que aparece en los noticiarios siempre por motivos criminales.

Ahí están sus grandes títulos como El lugar sin límites, La mujer del puerto, Principio y fin, Profundo carmesí, El coronel no tiene quien le escriba o Así es la vida…, entre otros. Con La perdición de los hombres (2000), abre una nueva etapa en que el blanco y negro se impondrá en casi todas sus películas, porque de las cinco que hará hasta la actualidad, tres están filmadas en B/N, donde sigue manteniendo sus señas de identidad evidentes: los incisivos planos secuencia que abren y cierran las secuencias y siguen con transparencia a sus personajes, el espacio doméstico como lugar donde se desatan las pasiones y todos los demás infiernos, historias acotadas en poco espacio de tiempo, algunas pocas jornadas, personajes sedientos de deseo, arrastrados por atmósferas decrepitas y viles, que antaño tuvieron su leve esplendor, y una obsesión certera por interesarse por los más miserables, tanto físicamente como moralmente, componiendo tragicomedias sobre la oscuridad de la condición humana, esa que la mayoría no quiere ver, no quiere saber, y sobre todo, alejándose completamente de esa idea del “buenismo” o “positivismo”, que tanto daño hacen a los tiempos actuales, como si siendo así, el resto ya no existiese.

En Las razones del corazón (2011), nos envuelve en Emilia, una mujer frustrada en un matrimonio vacío, cree encontrar su salvación en un amante cubano que acaba asfixiando de amor. En La calle de la amargura (2015), dos prostitutas de mala muerte acaban encontrando su tabla de subsistencia con dos enanos de la lucha libre. En El diablo entre las piernas (con ese cartel que recoge la composición de “El origen del mundo”, de Courbet), nos enfrentamos a un matrimonio que llevan casados la intemerata y pasan de los setenta. Un matrimonio que convive y apenas se cruzan por la vieja y olvidada casona, y cuando la hacen, estalla la tormenta de reproches de él. El viejo, un tipo malcarado, comido por los celos, que mata su pobre tiempo con una amante tan triste y solitaria como él. Beatriz, que en sus años mozos, fue una devoradora de hombres, ahora, se lame sus heridas y se reconcome con su cuerpo viejo y plegado, aguantando las embestidas verbales de un marido que la despelleja cada vez que se le antoja. Una mujer que mata su tiempo con clases de tango, para sentirse deseada y sobre todo, deseable. Entre medias de todo, Dinorah, la criada que, al igual que Emilio Gutiérrez Caba en La caza, de Saura, es el testigo joven de esta truculenta y malsana historia de amor fou, o quizás sería, un relato sobre el amor y sus demonios esos que no entienden de razones ni nada que se le parezca, llevados y consumidos por la bilis del odio, de la incapacidad de soportar el paso del tiempo, ese tiempo que todo lo reconcome, que todo lo mata, o quizás lo cambia de perspectiva, porque Beatriz, ante tantas injurias del marido podrido, acaba despertándose su deseo, sus “ganas de coger”, su humedad entre sus piernas y se lanza a saciar su sexo. Ripstein.

David Mansfield, el compositor de Cimino, vuelve a poner música, que colabora intermitentemente con el cineasta mexicano desde Profundo carmesí. Mariana Rodríguez se encarga de la edición, y la luz de Alejandro Cantú, vuelve a registrar las sombras y los reflejos desde Las razones del corazón, con sus encuadres llenos de vida y alma, como esos esos espejos de tocador en las habitaciones, en los que se refleja la vida, el pasado y la tristeza más infinita, o los grandes aciertos de composición, como la maravillosa sala de baile, con las tiras de papel brillante, que escenifica la vida por el baile, y unos barrotes de la cárcel en la que se encuentran atrapados sus personajes. No podemos olvidar todo su reparto, transmitiendo verdad y vida, con sus eternos y cómplices intérpretes como Patricia Reyes Espíndola y Daniel Giménez Cacho, con importantes roles, y los de última hornada como Alejandro Suárez y Silvia Pasquel, como la pareja veterana y carcomida, y Greta Cervantes, esa criada metomentodo. Ripstein habla desde lo más profundo del alma, sin artificios, sin maquillaje y sin nada que enturbie la mirada del espectador, rasgado de vida, de carne y sus demonios, de vida ajada y reventada, de pasados revueltos, y presentes descarnados, de purita miseria, de celos que enloquecen y de amor que da vida y muerte a la vez, de sexo en la vejez, mostrando los cuerpos envejecidos de forma directa y sin tapujos, como rara vez se ha visto en el cine, reivindicando la vida y la ancianidad como un paso más en la vida (con esa idea tan interesante de Los olvidados, de Buñuel, donde la pobreza no era síntoma de bondad, sino todo lo contrario), con una vejez sincera, donde hay fealdad y resistencia al olvido, en la que puede haber de todo, pasiones, amores, sexo y lujuria. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Nuevo orden, de Michel Franco

LIBERTAD O MUERTE.

“La igualdad tal vez sea un derecho, pero no hay poder humano que alcance jamás a convertirla en hecho”.

Honoré de Balzac

La película se abre con la imagen del mural “Sólo los muertos han visto el final de la guerra”, de Omar Rodríguez-Graham, una pintura collage llena de vistosos colores, que refleja una sociedad muy injusta, en el que conviven, pero sin tocarse, los enriquecidos y explotadores, y los otros, los invisibles, los que sufren esa desigualdad tan profunda y arraigada. Otras imágenes, casi como destellos, impactantes, desgarradoras y violentas, nos van alumbrando a lo que vendrá después. Vida y muerte, violencia verbal y física, desigualdad institucionalizada, un mundo arrogante, vacío y completamente deshumanizado es en el que vivimos diariamente, con tanta distancia y falta de empatía entre los cuatro que tienen y el resto, la mayoría, que lo sufre, son los elementos que arman la sexta película de Michel Franco (México, DF, 1979), que forma parte de esa generación de cineastas mexicanos que indagan en esa sociedad enferma e injusta con nombres como los de Lila Avilés, Amat Escalante, Carlos Reygadas, Gabriel Ripstein y Diego Quemada-Diez, entre otros.

El cine de Franco nos habla directamente y de frente de los problemas acuciantes de la sociedad mexicana totalmente extrapolables al resto del mundo occidental. La violencia y su uso como elemento de poder y sometimiento ya eran temas que encontramos en el cine de Franco, una filmografía plagada de relatos anclados en el ámbito familiar, de pocos personajes, donde un conflicto genera un caldo de cultivo para una violencia dura y seca, ejercida bajo el amparo de unos individuos sin escrúpulos que optan por una actitud deleznable. El director mexicano muestra comportamientos horribles, pero no convierte esa violencia en espectáculo sin más, profundiza en ella, y la muestra sin alardes de ningún tipo, solo la presenta para provocar las consecuencias de esas actitudes, de mostrar a ese animal salvaje que todos llevamos en nuestro interior. Con Nuevo orden, el cine de Franco da un salto hacia delante en todos los sentidos, construyendo una película más grande, tanto en medios como en reflexiones, nos volvemos a topar con la familia como eje estructural de su trama, pero incluyendo más personajes y más tramas.

El argumento es simple y muy directo, arranca con la celebración de una boda en una de esas casas lujosas de un barrio lujoso, todo un síntoma de desprecio y frivolidad ante lo que ha estallado en la calle con un grandísimo levantamiento popular donde la pintura verde se torna el elemento castigador, como irá apareciendo en la ropa de algunos invitados retrasados por el alud de protestas, como esa impresionante momento cuando la dueña de la casa abre el grifo y sale agua verde, síntoma y mal augurio de lo que está a punto de explotar en sus narices. De repente, en mitad de la fiesta aparecen unos asaltantes y reducen a los invitados a tiro limpio, desatándose una violencia cruel y desorbitada, donde el caos de fuera se apodera de la casa. Mientras, Marian, la futura esposa (excelente la interpretación de Naian González Norvind, su deshumanización contada al detalle), se ha ido a la calle a ayudar a una antigua empleada que necesita dinero para curarse, casi una aventura suicida, dado el peligro de las calles.

Franco no se anda por las ramas, resuelve su historia mostrando la violencia y el caos de las calles, con situaciones muy detallistas donde vemos robos, asaltos, disparos, etc… A la mañana siguiente del estadillo popular, el ejército se hace cargo de la situación y controla las calles llenas de los restos de la tumultuosa protesta, pero Marian ha sido secuestrada por el ejército. Los 88 minutos de esta parábola política y social se mueve con una primera parte a ritmo vertiginoso con planos cortos y muy breves, para luego, pasar a planos más largos y generales, exceptuando los del cautiverio de la protagonista, llenos de oscuros y muy cercanos, con un gran trabajo de Yves Cape, el cinematógrafo francés que vuelve a trabajar con Franco después de Chronic y Las hijas de Abril, uno de los grandes que ha trabajado con gente como Claire Denis y Leos Carax. El exquisito y bruto montaje de Gabriel Figueroa Jara, que vuelve a trabajar con el director después de Daniel & Ana (2009), debut de Franco, que firma con el propio Franco, también ayuda a mostrar ese “Nuevo orden”, título totalmente irónico que juega a aquella frase de Tancredi, “Si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie”, el personaje aristócrata de El gatopardo, la novela de Giuseppe Tomasi di Lampedusa.

Una nueva estructura estatal que se levanta después del otro, que no es otra cosa que el “Viejo orden” de siempre, con los militares en el poder y ocultando sus miserias. Con esa orden que la violencia con más violencia se corta, dejando así las injusticias más acuciadas y profundas. Franco muestra de manera valiente y sincera la actitud de sus personajes, entre esa clase dominante blanca que somete a los desfavorecidos que son indígenas, menos a Marta (magnífica Mónica del Carmen que vuelve a aparecer en el cine de Franco después de la inolvidable A los ojos), y su hijo, que se encuentran en una especie de limbo, apartados por los suyos, y acogidos, en cierta manera por los de arriba. Una película directa y febril, muy visceral, pero que recoge un análisis certero y demoniaco en su planteamiento moral, y propone una serie de preguntas y quizás, alguna que otra advertencia, aunque la conclusión sigue siendo la misma, el cine como arte debe plantear cuestiones que nos hagan reflexionar sobre la sociedad que construimos cada día, quizás las posibles respuestas no parecen tan sencillas, y la injusticia y desigualdad reinantes en el mundo, acabaran explosionando, las consecuencias quizás no sean muy diferentes a las que plantea la película de Franco, o tal vez, esas consecuencias nos devuelven más terror o no, en cualquier caso, los explotadores encontrarán la forma de seguir explotando, eso seguro. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA 

Entrevista a Lila Avilés

Entrevista a Lila Avilés, directora de la película “La camarista”, en el Soho House en Barcelona, el jueves 7 de noviembre de 2019.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Lila Aviles, por su tiempo, generosidad y cariño, y a Eva Herrero de Madavenue, por su tiempo, amabilidad, generosidad y cariño.

La camarista, de Lila Avilés

LA SOLEDAD DE LA EMPLEADA DE HOTEL.

“Los trabajadores seguimos siendo el pariente pobre de la democracia”

Marcelino Camacho

Eve entra en una habitación a oscuras, levanta la persiana automática, y empieza a limpiar el lugar. Sus actos y movimientos son mecánicos, vaciados de cualquier atisbo de pasión en lo que hace, la mujer se esfuerza y no se detiene en su quehacer. De repente, cuando recoge las sábanas del suelo, descubre a un anciano que se despierta y atónita le pregunta, el señor no contesta, simplemente la mira y responde con gestos, en una actitud de indiferencia total. Eve tiene 24 años y es camarista en un hotel lujoso en la Ciudad de México. La primera secuencia con la que se abre La camarista, opera prima de Lila Avilés (Ciudad de México, 1982) expone con precisión y sobriedad, elementos que nos acompañarán durante todo su metraje, las estructuras en las que se sustentan la propuesta de la cineasta mexicana. Una mise en scène basada en dos características principales, el nulo movimiento de los planos, donde abundan los cuadros intensos y agobiantes, acompañado del vacío y la desnudez de los espacios, de colores grises oscuros, como el uniforme de Eve, y blancos, como las habitaciones, colores apagados y faltos de vida, y la ausencia total de música diegética, en una banda sonora de grandes silencios, solo rota por el trabajo cotidiano de Eve.

Eve es muy observadora e introvertida, de pocas palabras, invisible y ausente, con dos objetivos principales en su trabajo, conseguir un vestido rojo que alguna clienta del hotel olvidó, y sobre todo, hacer méritos para conseguir un puesto mejor como camarista limpiando las suties principales, para eso hace larguísimas jornadas laborales, que le impide estar junto a su hijo pequeño con el que se comunica vía teléfono. Avilés nos encierra literalmente entre las paredes del hotel lujoso, como si fuesen las murallas de una fortaleza para Eve, pero consiguiendo el efecto contrario, porque más bien parece una prisión donde vive y duerme Eve. Eve limpia las habitaciones de forma robotizada, consumida en su cotidianidad laboral, deteniéndose en los objetos de los clientes, imaginando unas vidas que ella nunca tendrá, perdiéndose en esos espacios en los que la vida ajena ayuda a paliar una realidad bien difícil y muy solitaria.

Entre los empleados del hotel hay poquísima camaradería, la misma indiferencia y hostilidad que Eve recibe de los clientes del hotel las pocas veces que coinciden, se ve muy bien reflejada en el trato con los demás empleados, en los que Eve le cuesta encajar y se siente una extraña, aunque ella lo intenta, haciendo alguna que otra amistad que a la postre será frustrante y vacía, apuntándose a clases para adultos, o coqueteando con algún empleado, que tampoco la llevará a ningún lugar, como demuestra la significativa secuencia de Eve con el limpiador de cristales. Avilés se inspira en el trabajo de la artista visual Hotel, de Sophie Calle, que fotografió la basura y los objetos olvidados de los clientes de un hotel, convirtiendo a Eve en una especie de náufraga que se mueve sin descanso por un universo ajeno y abstracto, proyectando todas esas vidas mediante los restos de esos huéspedes que la utilizan para sus fines.

La película muestra el otro lado del espejo, deteniéndose en aquellos que no se ven, pero están, como Eve, observando sin condescendencia pero con humanidad, a todos esos trabajadores que diariamente cumplen con un trabajo extenuante e invisible, pero importante, siguiendo sin descanso a una empleada encerrada en un espacio de cristal, encerrada y asfixiada por esas habitaciones, pasillos, comedores, ascensores o esos cuartuchos donde almacenan los repuestos, mirando como un voyeur esas otras vidas, o esa ciudad en la siempre hay un obstáculo que las separa, como las ventanas o esa línea invisible que divide el mundo en posiciones sociales, los que se hospedan en el hotel y los otros, como Eve, que limpian sin descanso sus desechos, donde convergen en espacios ajenos y vacíos de humanidad, en el que unos viven y respiran y cuentan sus conflictos, mientras el resto, los empleados como Eve, se limitan a trabajar, a callar y a imaginar las vidas que no tendrán a través de esos otros que si las tienen.

La inmensa capacidad interpretativa de Gabriela Cartol, componiendo una inconmensurable y magnífica Eve, transmitiendo todo ese mundo interior deseando salir y explayarse, pero limitado a su trabajo y a ese vacío y soledad en la que vive, deseando momentos que se quedan dentro, una actriz que demuestra su capacidad para transmitir desde lo más difícil, casi sin expresar palabras y mediante los gestos y las acciones, y sobre todo, las miradas que va proyectando a lo largo de la película, como esos maravillosos instantes donde se queda traspuesta mirando la ciudad a través de esos grandes ventanales  o aquellos otros donde juega a mirar esas vidas y a jugar con los objetos en su intimidad. Avilés ha construido una película imponente e inteligente, apoyándose en lo mínimo, encerrándose con Eve en esa caja de cristal brillante, que esconde demasiados silencios y soledades, en un mundo cada vez más incapaz de mostrar un mínimo de humanidad y empatía hacía el otro. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Presentación de LA AMERICANA FILM FEST con Steve James y Denis Côté

Presentación de LA AMERICANA  FILM FEST con la presencia de los cineastas Steve James y Denis Côté, Xavi Lezcano y Josep Maria Machado (directores del festival) y Mireia Sanahuja de la Filmoteca, en la Filmoteca de Catalunya, el lunes 2 de marzo de 2020

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Steve James y Denis Côté, por su tiempo, generosidad y cariño, a la fantástica labor como intérprete de Carlos Ulecia, a Ana Sánchez de Trafalgar Comunicació y a Jordi Martínez de Comunicació Filmoteca, por su tiempo, paciencia y cariño.

Las niñas bien, de Alejandra Márquez Abella

SE ACABÓ EL PASTEL.

“Los cubiertos de plata. El gran Magnier. Las copas de vino blanco. No me convencen los alcatraces, quiero que me los cambien por tulipanes. Le pido a Mari que le pegue sesenta veces al pulpo porque si no queda duro y es una tristeza. Hay una mariposa negra en la pared de la sala. El jardinero me dice que hay que dejar que se salga sola si no es de mala suerte. Es mi fiesta de cumpleaños. Traigo el vestido marfil que me compré en Nueva York. La casa está preciosa. Llena de gente. Todos me miran. Entre los invitados está Julio Iglesias, se me acerca, me dice que me ama, me toma la mano, me lleva con él a España y vivimos en El Corte Inglés”.

La protagonista de la película se llama Sofía de Garay, casada con un heredero acaudalado y madre de tres hijos pequeños. Sofía es la perfecta anfitriona, ambiciosa, altiva, soberbia y obsesionada con las apariencias y los bienes materiales y la imagen personal. Su vida se reduce a contentar a su marido, ordenar a su servicio, jugar al tenis en el club con sus amigas, asistir a eventos sociales y sobre todo, comprar con el dinero del marido, cuidando al detalle en la burbuja que habita.

Un día, la crisis económica estalla en el México de 1982, encendiendo la mecha de que todo ese mundo de Sofía de Garay tiene los días contados, ha empezado a desmoronarse, pero Sofía seguirá aparentando tranquilidad y paz ante sus conocidas, como si nada estuviera pasando, como si todo su universo quedase intacto ante los problemas económicos. Después de Semana santa (2015) primer largo de Alejandra Márquez Abella (San Luis Potosí, México, 1982) en el que retrataba un viaje familiar que sacaba a la luz tantos secretos reprimidos, que tuvo un gran recorrido internacional, vuelve a la dirección con Las niñas bien, basada en la novela homónima de Guadalupe Loaeza, en la que se lanza al convulso año 1982 para contarnos a modo de crónica social y personal la decadencia de una señora de altos vuelos, contando al detalle las miserias de una clase pudiente mexicana autodestructiva y derrochadora, que ve impotente desmoronarse su castillo de marfil, con un marido inmaduro y cobarde en pleno colapso mental y físico, y unos hijos que empiezan a hacer demasiadas preguntas incómodas con las que Sofía nunca llegó a imaginar.

La directora mexicana nos cuenta su película a través de la mirada de Sofía de Garay, una de esas señoronas insoportables y superficiales que tanto habitan en esos espacios de riqueza abundante y poco más. Una mujer que cuida todos los detalles superfluos y aparentes que tanto se valoran en su mundo, en ese universo alejado de la realidad, ajeno a todos los problemas, o quizás no tanto, como demostrarán los acontecimientos que Sofía se niega a ver, a continuar con su mentira cuando la realidad comienza a ser devastadora. Ese mundo de cuento, de pétalos de rosas, música romántica y champán, al ritmo de la música de Julio Iglesias, con el que Sofía fantasea con una vida al lado del cantante y viviendo en hoteles de lujo, caviar y en El Corte Inglés. La estética naif y pop alimentan el mundo de Sofía, y le quitan amargura y oscuridad a la película, llevándola a ese terreno donde los personajes resultan caricaturas de sí mismas y constantemente el relato cuida los detalles para no caer en la burda crítica o el ensañamiento gratuito, sino describiendo con precisión quirúrgica y aplomo los distintos movimientos y conflictos en los que se va encontrando la caída sin remedio del mundo de Sofía.

Una actriz elegante, inmensa y cercana como Ilse Salas era la guinda del pastel, llevándonos con esa naturalidad que nos sobrepasa, conduciéndonos desde el primer instante, como ese espectacular arranque con esa voz en off, la peluquería y la descripción de los detalles de la fiesta, así como sus movimientos y su forma de mirar a esos invitados que tanto odia, pero a la vez, tanto necesita para seguir reinando en su trono. Márquez Abella ha conseguido hilvanar una película grandiosa a partir de los pequeños detalles, de aquellos que son imperceptibles para el espectador, creando ese universo de apariencias, superficialidad y de vacíos, peor haciéndolo con elegancia, clase y sobriedad, sin convertir a sus personajes en meras figuras, sino yendo mucho más allá y describiendo con valentía y profundidad todo ese mundo clasista que tanto ha vivido en México, y desgraciadamente, en tantos otros países, donde viven ajenos a toda la realidad social, y es de agradecer que la película retrate a una mujer y su reino de cristal romperse, desmoronarse y caerse sin remedio, y cómo la va afectando y lo que trata de mentir y falsear en su círculo social, haciendo creer lo inevitable, agarrándose a la última puerta lujosa aunque ya no quede ni rastro material de la vida que tuvo y sobre todo, de ella misma. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA