Bajo el mismo sol, de Ulises Porra

ÉRASE UNA VEZ DURANTE EL COLONIALISMO…

“El colonialismo visible te mutila sin disimulo: te prohíbe decir, te prohíbe hacer, te prohíbe ser. El colonialismo invisible, en cambio, te convence de que la servidumbre es tu destino y la impotencia tu naturaleza: te convence de que no se puede decir, no se puede hacer, no se puede ser. 

Eduardo Galeano 

De unos años para acá, las películas que han abordado la representación del colonialismo en la gran pantalla han partido de una base principal: la de la desmitificación, siguiendo la importante senda abierta en los años setenta/ochenta en dos películas claves sobre el tema: Aguirre, la cólera de Dios (1972), y Fitzcarraldo (1982), ambas del cineasta alemán Werner Herzog. Dos películas basadas en historias reales, en las que el explorador fantasioso dejaba paso a una forma de antihéroe de carne y hueso, muy vulnerable y azotada por los demonios ajenos y propios. La primera película en solitario de Ulises Porra (Barcelona, 1982), Bajo el mismo sol, anclada en la isla de La Española durante 1819, se asienta sobre los mismos elementos herzogianos para mostrar un colonialismo desmitificador, donde la supervivencia y la violencia rigen unas vidas con miedo y devastadas. 

El director barcelonés, que conocimos por sus películas codirigidas junto a Silvina Schnicer Tigre (2017), y Carajita (2021) y cómo montador para Schnicer en La quinta, de recién estreno. Un retrato sobre Lázaro, el heredero de un comerciante de seda, que continúa el trabajo de su padre: hacer seda con gusanos en plena selva haitiana, tan densa, calurosa y pegajosa, y llena de peligros, tensiones y enemigos. Le acompañan a tamaña y psicótica empresa la tejedora y silenciosa china Mey, y luego, se cruzarán con Baptiste, un haitiano que ha desertado del ejército francés. Tres formas diferentes de vivir, pensar y sentir que, por azares del destino, se ven envueltos en un negocio que no será nada fácil. Siguiendo la estela de las películas de Lisandro Alonso en Jauja (2014) y Eureka (2023), y Lucrecia Martel en Zama (2017), Lázaro, de nombre insigne y revelador, Mei y Baptiste se van trazando unas relaciones que los confrontan en unas idas y venidas sobre el poder, la codicia, el clasismo, y la idea de una convivencia entre interesada y oscura que se va forjando entre tres personas que pertenecen a mundos opuestos, en una historia donde el entorno asfixiante e inquietante, ayuda a construir una historia que se cuenta de forma reposada, sin artificios ni malabarismos, sino a través de la psicología de los personajes, de sus mundos interiores y exteriores. 

La impecable y poderosa cinematografía de Sebastián Cabrera Chelin, que suele trabajar en la cinematografía dominicana, construida a partir de planos cerrados y cercanos, donde se evidencia la fuerza y avasallador entorno, en un paisaje que es un elemento primordial, por su salvajismo, por su pureza y su confrontación constante. La música que firma la argentina Josefina Barreix es una interesante mezcla de los sonidos ambientales de la jungla espesa y agobiante que acompaña una composición que nos transmite con seguridad y sin alardes, todo el complejo emocional del trío protagonista con una fina sutileza y generando los conflictos que van surgiendo tanto del entorno tan hostil como el débil equilibrio que se teje entre los tres. El montaje lo firman Gina Ciudicelli, Carlos Cañas Carreira (del que conocemos por su trabajo en series como La reina del Sur, y los largometrajes Hija del volcán y de la reciente Yo no moriré de amor), y el propio director que cierra una terna de un montaje que se va a los 103 minutos de metraje por una historia de altibajos emocionales que nos mantiene en constante tensión y una inquietud desde el primer minuto donde el peligro de no lograr la seda y de los ataques, las tensiones con los autóctonos y las relaciones con la iglesia son el caldo de cultivo diario. 

Un magnífico reparto encabezado por un extraordinario David Castillo, surgido de la serie de humor Aída, aquí metido en la piel del introvertido y codicioso Lázaro, que carga sobre sus espaldas un legado que es su peor enemigo. La debutante Valentina Shen Wu hace de la misteriosa Mei, un personaje vital que generará varios conflictos, y Jean Jean es Baptiste, el Viernes de la película, intérprete habitual del cine dominicano con alguna experiencia internacional, se convierte en el tipo de la selva, tan misterioso como colaborador. La película Bajo el mismo sol, de Ulises Porra ha nacido del esfuerzo de tres países como España, República Dominicana y Argentina para tratar un tema tan controvertido como el colonialismo pero haciéndolo desde una mirada poco visitada, la de los seres de identidades diferentes que, por azares, deben convivir, trabajar, sentir y relacionarse, bajo el foco de un lugar hostil, rodeados de grandes amenazas y con el sueño de levantar un negocio de seda con gusanos en el lugar menos adecuado, en el que surgen las diferencias de poder, de codicia, de miedo, vulnerabilidad, y sobre todo, la complejidad del comportamiento humano cuando los diferentes caminos chocan y las múltiples formas de convivencia, necesidad y soledad que todos tenemos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Ernest Cole: Lost and Found, de Raoul Peck

EL FOTÓGRAFO EXILIADO. 

“Sí, Sudáfrica es mi país, pero también es mi infierno”. 

Ernest Cole

La trayectoria de Raoul Peck (Puerto Príncipe, Haití, 1953), ha pasado por el periodismo, la fotografía y el Ministerio de Cultura de su país hasta el cine con el que arrancó a finales de los ochenta con Haitian Corner (1988), sobre un exiliado que cree tropezarse con su torturador. Los expulsados, exiliados y apátridas enfrentados a las injusticias sociales ya sean en su país natal, África o Estados Unidos son los activistas y luchadores que pululan en una filmografía que se centra en rescatar del olvido a personas que se pusieron de pie ante la injusticia de los pdoerosos en una carrera que ronda la veintena de títulos entre la ficción, el documental y las series, con títulos como los que ha dedicado al líder anticolonialista congoleño en Lumumba, la muerte de un profeta (1990), L`homme sur les quais (1993), El camino de Silver Dollar  (2023), y los estrenados por estos lares como El joven Karl Marx (2017), y I Am Not Your Negro (2016), sobre el activismo del escritor afroamericano James Baldwin. 

Si pensamos en Sudáfrica nos vienen a la mente los nombres de Nelson Mandela (1918-2013), que se pasó 27 años de su vida en prisión por luchar por los derechos de su gente, o el de Steve Biko (1946-1977), otro líder contra el apartheid que fue asesinado por el gobierno. De la figura de Ernest Levi Tsoloane Kole, conocido por el nombre de Ernest Cole (Eersterust, Pretoria, Sudáfrica, 1940 – New York, EE. UU., 1990) no sabíamos nada, así que la película Ernet Cole: Lost and Found se torna fundamental porque viene a rescatar la importancia de su figura y legado, ya que fue el primer fotógrafo que documentó los horrores del apartheid sudafricano a través de unas bellísimas y poderosas fotografías publicadas en el libro “House of Bondage” (Casa de esclavitud), publicado en 1967 con sólo 27 años que le obligó a exiliarse a Estados Unidos, donde siguió capturando la vida: “Para mí la fotografía es parte de la vida y cualquier fotografía que valga la pena mirar dos veces es un reflejo de la realidad, de la naturaleza, de las personas, del trabajo de los hombres, desde el arte hasta la guerra”, y sobre todo, esperando que su país cambiase y los negros tuviesen el derecho de ser personas de pleno derecho y no súbditos de segunda, pisoteados y vilipendiados diariamente por la minoría blanca encabezada por De Klerk. 

El dispositivo de Peck es muy sencillo y a la vez, brillante, porque nos convoca a un viaje maravilloso en el que nos cuenta la vida de Cole a través de dos pilares: sus magníficas fotografías, tanto las que hizo en Sudáfrica como en EE. UU., mostrando la realidad más cruda de muchas personas que vivían sometidas al gobierno y la injusticia social. Acompañando todas esas imágenes escuchamos la voz del actor afroamericano Laketih Stanfield, en inglés, (el propio director hace la versión francesa), como si fuese el propio Ernest Cole que nos contase su propia historia, recuperando textos y documentos que dejó el fotógrafo. También, vemos otras imágenes del propio Cole y otras que documentan la vida y la muerte en los dos países, así como el descubrimiento de sus fotografías. Un estupendo trabajo de cinematografía del trío Moses Tau, Wolfgang Held, del que conocemos su trabajo en Joan Baez: I Am A Noise, y el propio director, así como la excelente música que firma Alexei Aigui, que ha trabajado con Peck en 9 ocasiones, además de nombres comos los de Todorovsky, Serebrennikov y Bonitzer, que ayuda a paliar la triste historia de Cole, que nunca pudo volver a su país, y el interesante montaje de Alexandra Strauss, seis películas con el director que, logra darle constancia y solidez a la amalgama de imágenes y narración en los estupendos 106 minutos de metraje.  

El trabajo de Cole quedó en el olvido y él siguió malviviendo por New York hasta que un cáncer de páncreas acabó con su vida. Fue en 2017 cuando se encontraron en un banco de Suecia más de 60.000 negativos que se creían perdidos y su nombre volvió a recuperarse como uno de los combatientes más relevantes contra el apartheid, cómo refleja con sobriedad la película de Peck que, vuelve a asombrarnos con sus relatos contundentes y políticos sobre personas que han quedado relegadas a un olvido injusto y triste, aunque su cine se niega y lucha contra esa ausencia y quiere dejar constancia del legado de tantos fantasmas que vagan por las cavernas de la historia en este planeta que corre demasiado y se para muy poco, siempre pensando en un futuro que nunca llegará y olvidando el pasado, ese lugar real porque ha existido y es de dónde venimos todos. Todos los espectadores ávidos de conocer las tantísimas historias olvidadas que existen, no deberían dejar pasar una película como Ernest Cole: Lost and Found, del director Raoul Peck, y no sólo eso, sino que nos encontramos con uno de los más grandes fotógrafos que, impulsado por la fotografía de Henri Cartier-Bresson, cogió una cámara y empezó a disparar a diestro y siniestro ante la realidad social en la que vivía, un horror que era olvidado por los países enriquecidos, como sucede ahora con Palestina. En fin, siempre nos quedará el arte. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA