La traición de Huda, de Hany Abu-Assad

DOS MUJERES.

“Más traiciones se cometen por debilidad que por un propósito firme de hacer traición”

François de La Rochefoucauld

Muchos conocimos el cine de Hany Abu-Assad (Nazaret, Israel, 1961), con la impresionante Paradise Now (2005), trabajo notabilísimo sobre la jornada de dos suicidas palestinos. Más tarde nos fijamos en Omar (2013), otro grandioso thriller político en que un joven enamorado tenía dificultades con su mejor amigo y la policía israelí. Después de algunas producciones más comerciales que le han llevado a filmar en EE.UU., entre otros lugares, nos llega La traición de Huda, que vuelve a transitar los caminos de las dos mencionadas, pero esta vez, a partir de dos mujeres. Dos mujeres que parecen muy alejadas en sus cotidianidades, pero reflejadas en el mismo espejo macabro, aunque descubriremos que las dos están metidas en el mismo agujero, muy a su pesar. Por un lado, tenemos a Huda, una peluquera que narcotiza a Reem, le hace unos fotos muy comprometidas para chantajearla y que colabore con el servicio secreto israelí. Aunque la cosa no termina ahí, porque la resistencia detiene a Huda y la interroga por sus actos en contra de la causa palestina.

El director palestino ya había profundizado en temas tan complejos como la traición y el heroísmo, entre la lealtad y la infidelidad, como les ocurría a los dos amigos desdichados suicidas, o al propio Omar, enfrentados a todos y todo, metidos, sin quererlo, en encrucijadas que los situaban en lugares solitarios y muy duros. Es inevitable pensar en el Tema del traidor y el héroe, de Borges. Un cuento que reflexiona sobre la finísima línea que separa estos dos conceptos muy oscuros, porque según la circunstancia, uno puede ser uno u otro, y esta sombra asfixiante es la que aborda en su cine Abu-Assad, pero no lo hace desde el prisma simplista y acomodaticio, sino que lo envuelve en una cotidianidad que asusta, a partir de las dos realidades de estas dos mujeres palestinas, cogidas al azar, que podrían ser cualquiera. La película se detiene en las dos realidades de las dos mujeres, dos tiempos que suceden a la vez. En una, Huda, es interrogada por Hassan, uno de los jefes de la resistencia, en un oscuro y sombrío agujero bajo tierra, donde prevalece el diálogo y también, el incesante juego de miradas, gestos, confidencias y sobre todo, un perverso juego del gato y del ratón.

En la superficie el mismo juego perverso, en la realidad que vive Reem, la otra mujer, metida en un inquietante laberinto en el que no encuentra escapatoria y huye como puede de su marido muy celoso que no la cree y la resistencia que quiere capturarla. Los mismos días, día y noche, y la misma oscuridad, en la que las dos mujeres están atrapadas, metidas en una ratonera sin salida, desplazándose a hurtadillas por esa finísima línea entre la tradición y la lealtad, empujadas a una guerra que ellas querían no librar. El magnífico trabajo de cinematografía del tándem Ehab Assal, que ya trabajó con Abu-Assad en Omar e Idol, y el finés Peter Flinckerberg, que tiene experiencia en películas de su país y en EE.UU., siempre de corte independiente, firman un glorioso ejercicio de luz en un trama que tiene dos formas y texturas diferentes, la oscuridad del sótano y la luz asfixiante del exterior, en el que logran el objetivo de tensionar el relato sin dejar respirar de angustia a los espectadores. El estupendo montaje de Ellas Salman, que también estuvo en Omar e Idol, condensa con una gran fuerza y inquietud, como si de una película de género de terror se tratase, los noventa y un minutos de intenso e inquietante metraje.

El director palestino, gran director de intérpretes, se acompaña de cuatro almas que destilan naturalidad, solidez y cercanía como Maisa Abd Elhadi como Reem, que ya se había puesto a las órdenes del director en Idol, y recientemente la vimos en Gaza Mon Amour, de Arab y Tarzan Nasser, dando vida a una mujer atrapada, en continua huida, a la que nadie cree y todos buscan con malas intenciones. Le sigue Ali Suliman como Hassan, que era uno de los inolvidables suicidas de Paradise Now, que vuelve con Abu-Assad dieciséis años después, un actor internacional que le ha llevado a trabajar con Ridley Scott y Peter Berg, amén de una enorme carrera en la cinematografía árabe, se mete en el cuerpo y la mirada de un tipo también oculto y perseguido, alguien que vive en las sombras, que mantendrá un juego tenso con el personaje de Huda, que interpreta Manal Awad, toda una eminencia en el cine palestino, que ya había trabajado con el director y en la citada Gaza Mon Amour, da vida a la mencionada Huda, una mujer también atrapada como Reem, que deberá luchar para resolver su encrucijada y victimismo. Y finalmente, Samer Bisharat como Said, que fue uno de los protagonistas de Omar, aquí hace el marido celosísimo de Reem, alguien metido en su cabeza y que no ve más allá de esos pensamientos negativos que son producto de su terrible inseguridad y malestar personal.

Hany Abu-Assad ha vuelto a construir una impresionante película, que toca temas tan duros como la traición, la lealtad, el chantaje, la extorsión, la mentira, la verdad, la complicidad, la maldad, y la libertad, y las diferentes causas por las que se lucha o se mueven las personas, y todo lo hace desde una cotidianidad e intimidad abrumadoras, introduciéndonos con sencillez y naturalidad en ese microcosmos que plantea la película, donde nada es lo que parece y la calle más tranquila puede albergar tensiones políticas de primer orden, en un gran juego donde toca diferentes géneros como la comedia de situación y costumbrista de la secuencia que abre la película, al drama social de vivir en un lugar ocupado por un invasor que lo controla y hostiga a todos, y el citado thriller político, donde el espionaje no tiene nada de aventurero y glamuroso como venden las producciones palomiteras, sino que aquí todo pende de un hilo, donde cualquiera puede ser un espía o víctima más, depende de que hace y cómo lo hace, donde la máscara está a la orden del día, en que la guerra sucia de los estados, como hablamos la semana pasada con Un escándalo de estado, de Thierry de Peretti, tiene aquí otro capítulo más, igual de siniestro y malvado. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Benediction, de Terence Davies

LA IMPOSIBILIDAD DE AMARSE.

“No hay necesidad de apresurarse. No hay necesidad de brillar. No es necesario ser nadie más que uno mismo”

Virginia Woolf.

Una tarde cualquiera y entrar en un cine para ver una película de Terence Davies (Ensington, Liverpool, Reino Unido. 1945), es una de las experiencias más maravillosas y especiales que puede tener un amante al cine. Porque el imaginario del cineasta británico es único, muy íntimo y cotidiano. Sus historias están llenas de individuos atrapados, seres que luchan en silencio contra los avatares de una sociedad castradora y simplista, profundamente dogmática, enajenada en sus codicias, estupideces y en despreciar a todo aquello que es diferente y personal. Podíamos, sin ánimo de ofender a nadie, agrupar la filmografía de Davies en dos grandes bloques. En uno, incluiríamos su cine más autobiográfico, aquel que arranca en 1976 con Children, le seguirá Madonna and child (1980) y cerrará con Death and Transfiguration (1983), tres películas cortas que siguen la vida de Robert Tucker en un barrio obrero de Liverpool, idéntico espacio en el que se desarrollarán sus largometrajes Voces distantes (1988), El largo día acaba (1992), y La biblia de Neón (1995), en los que se amontonan los recuerdos y las vivencias de la infancia de niños que viven experiencias parecidas a las del director. Con la entrada del nuevo siglo, comienza una nueva etapa en su cine, repleto de adaptaciones de novelistas tan ilustres como Edith Wharton con La casa de la alegría (2000), le seguirán The Deep Blue Sea (2011), del autor Terence Rattigan, Sunset Song (2015), de Lewis Grassic Gibbon, la biografía de la escritora Emily Dickinson en Historia de una pasión (2016). Todas ellas melodramas intensos, de gran calidad formal y estética, en la que Davies retrata personas encerradas en un universo de convicciones, prejuicios y maldad, personas que desean vivir y amar, a pesar de todo y todos los que le rodean.

En Benediction se centra en la figura del poeta Siegfried Sassoon (1886-1967), para contarnos una intensísima sobre la incapacidad de vivir y amar según tus convicciones. Un relato que también ahonda en la biografía de Davies, aunque alejados en el tiempo, sí, en la identidad, en la que tanto Sassoon como el director se reflejan en espejos que no estarían muy distantes. La acción arranca en plena Primera Guerra Mundial (1914-1918), con Sasoon criticando con dureza el conflicto bélico, que le llevará a ser diagnosticado con “neurosis de guerra” y apartado en un hospital de convalecientes. Su poesía se centrará en los horrores de la guerra y en la estupidez de los gobernantes de no detener semejante carnicería sin sentido. Mientras veremos la existencia de un hombre apasionado que no encuentra el amor de verdad en sus relaciones con hombres, en su mayoría artistas, escritores y cantantes narcisistas y superficiales que ven el amor como un pasatiempo sexual y promiscuo. El cineasta británico, aunque plantea casi toda su película desde la juventud de Sassoon, hay algunos pasajes del poeta en su edad madura, en el que vemos a una persona amargada y peleada con todos y consigo mismo.

El director recurre a las imágenes documentales de la guerra para generar esos dos mundos en continua colisión, el del poeta, completamente contrario a la locura y sinrazón de la guerra, y la guerra, ese caos de sangre, de vidas mutiladas y perdidas. Uno en un apagado color, donde destacan los rojos y verdosos, y el otro, en blanco y negro, borroso y terrorífico. La exquisita, abrumadora y detallista cinematografía de Nicola Daley, que ha trabajado en documentales y en series tan populares como The Letdown, Harlots: Cortesanas y El cuento de la criada, ayuda a crear ese mundo de sofisticación, bohemio y oscuro y triste, de pura apariencia y glamur de escaparate, bien acompañado por el grandísimo trabajo de montaje de Alex Mackie, con mucha experiencia en televisión y responsable de Mary Shelley (2017), de Haifaa Al-Mansour, entre otras, hace un delicado empleo de la elipsis, las transparencias y la concisión en un metraje que abarca los ciento treinta y siete minutos, en la que nos llevan por diferentes épocas, espacios y estados de ánimo con una ligereza asombrosa, casi sin darnos cuenta, como si de un viaje se tratase, con sus paradas, sus diferentes pasajeros, sus estaciones, sus pensamientos y sobre todo, con sus emociones, algunas alegres y otras, no tanto.

Sin olvidarnos de mencionar los otros apartados técnicos que, como ocurre en la filmografía, brillan por su perfección, sensibilidad y contención, no sobra nada ni falta nada, como la música de Ed Bailie y Abi Leland, el exquisito y detallista vestuario, el implacable y excelso trabajo de arte y caracterización, sublime en todos los sentidos. Qué decir del reparto de la película, otro de los elementos esenciales en el cine de Davies, porque no solo son intérpretes sumamente escogidos para los diferentes roles, sino que son actores y actrices británicos, posiblemente los más expertos en la concisión y en lenguaje corporal y en esas miradas y gestos que traspasan. Un elenco a aúna veteranos y experimentados con otros más jóvenes y con un interesante trayectoria como Jack Lowen en el piel del desdichado y atribulado Siegfied Sassoon en su juventud, y Peter Capaldi en su vejez, la gran Geraldine James como su madre, el experimentado Simon Russell Beale, y los jóvenes de gran trayectoria como Jeremy Irvine, Tom Blyth y Kate Phillips como Heter Gatty, la esposa del protagonista, amén de otros y otras intérpretes que ayudan a crear esa profundidad, cercanía y belleza que destilan las imágenes, las relaciones y los conflictos que cuenta la película.

Benediction no es solo la octava película de ficción de uno de los cineastas más impresionantes, respetados y maravillosos de nuestro tiempo, sino que tiene todo lo bello y triste de los relatos melancólicos del cine británico, con sus casas señoriales, sus días de campo, sus días de lluvia y sus amores inquietos, no correspondidos y apasionados, porque es más que una película, porque no solo habla de amor, de homosexualidad, de religión, de los difíciles caminos y formas de aceptación de los individuos, de la melancolía, tan presente en la cinematografía del director británico, sino que nos devuelve al cine, después de un lustro y una pandemia de por medio, la figura de Terence Davies, uno de esos cineastas únicos en la historia del cine, un maestro de contar historias, con la elegancia y la belleza que requiere un relato de esas características, donde tiempo y espacio van creando uno solo, una forma sublime y especial de acercarse a esos mundos, a esas personas y esos espacios. Un cineasta con mayúsculas como lo fueron y son Öphuls, Minnelli, Visconti, y alguno otro que ahora no recuerdo, cineastas de la belleza, la plasticidad, la elegancia, la cotidianidad, la melancolía, el amor y sobre todo, cineastas de la condición humana y de todo aquello que vivimos, que soñamos, y amamos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Un escándalo de estado, de Thierry de Peretti

LA GUERRA SUCIA DEL ESTADO.

“El ejecutivo del Estado no es otra cosa que un comité de administración de los negocios de la burguesía”

Karl Marx

Si hay una película por antonomasia sobre el thriller de investigación sobre las miserias del estado esa no es otra que Todos los hombres del presidente (1976), de Alan J. Pakula, en el que profundizan sobre las pesquisas de los periodistas del Washington Post, Bob Woodward y Carl Bernstein en el llamado “Caso Watergate”, que provocó la dimisión al presidente Nixon en el verano de 1974. La acción de Un escándalo de estado arranca sin más, con la noticia de la incautación de siete toneladas de cannabis en París. Ese día, Hubert Antoine, antiguo topo de la policía se pone en contacto con Stéphane Vilner, periodista del diario de “Libération”, y le explica que conoce todos los detalles de una trama de tráfico de drogas del estado, liderada por el alto cargo policial Jacques Billar. La película ya deja clara su camino, cuando en su inicio anuncia en dos frases que la película se basa en hechos reales pero inventados, dejando al espectador en la función de desenmascarar los propios hechos, en un interesante y enigmático juego basado en dilucidar si esos hechos relatados  sean reales o no, según su criterio e información.

El director Thierry de Peretti (Ajaccio, Córcega, Francia, 1970), del que conocíamos su faceta como actor en grandes películas como Saint-Laurent, de Bonello y Los que me quieran cogerán el tren, de Chéreau, entre otras, dirige su tercer largometraje como director, después de las interesantes Les apaches (2013) y A Violent Life (2017), donde indaga en las formas de violencia hacia los inmigrantes argelinos en Francia. En Un escándalo de estado, también se sitúa en las formas de violencia, pero en este caso va mucho más allá, porque se mete con las formas criminales del estado, una historia extraída del libro “L’infiltré”, de Hubert Anoine y Emmanuel Fasten, del que ha construido un guion junto a Jeanne Aptekman, en el que deja de lado los estereotipos del género, tan trillados últimamente, para profundizar en la relación entre el infiltrado y el periodista y en las investigaciones llevadas por ambos, o lo que es lo mismo, entre el que tiene información y el que debe corroborar toda esa información.

La trama se instala en París, y en algunos lugares epicentro de la droga como Marbella y Marsella, en el vamos viendo a todos los actores implicados en la guerra sucia del estado contra la droga o a favor de la droga, según se mire. Estamos ante un caso como los GAL en España contra la guerra contra ETA, o cualquier otro caso en que el estado ha dejado de ser un estado de derecho, democrático y transparente para sumirse en una organización fuera de la ley en el que hacer y deshacer a su antojo. De Peretti deja claras las miserias de la política y los gobernantes para someter e inducir a la policía a hacer y deshacer en temas de droga, para así conseguir sus beneficios y réditos de cara a sus influencias económicas y políticas bajo mano. La excelente cinematografía de una súper clase como Claire Mathon, que repite con De Peretti después de A Violet Life, de la ya habíamos disfrutado con sus grandes trabajos con Céline Sciamma y en El desconocido del lago, de Alain Guiraude y en Spencer, de Pablo Larraín, en el que consigue es luz tenue e intimista en que refuerza esa cotidianidad y la fuerza de los rostros y los cuerpos en una película muy física y verbal.

El extraordinario trabajo de montaje que firman conjuntamente Marion Monnier, la editora de Mia Hansen-Love, que ya estuvo en A Violen Life, y Lila Desiles, para construir una película compleja, con multitud de saltos hacia adelante y hacia atrás, muy bien estructurada y concisa en su información para un metraje de un par de horas, en el que no falta ni sobra nada y mantiene la tensión en todo momento. Una película de estas características necesita un par de intérpretes muy buenos, capaces de llevar una trama de investigación que no es nada fácil, y el director corso los encuentra en Roschdy Zem, que tiene en su filmografía directores/as tan grandes como Techiné, Garrell, Beauvois y Zlotowski, entre otros, metiéndose en la piel de Hubert Antoine, el topo de la policía, un ser muy ambiguo y extremadamente complejo, como esa aparición en el arranque saliendo de la oscuridad, un tipo del que dudaremos mucho, pero también, confiaremos en su testimonio tan esclarecedor e impactante. Una especie de Dr. Jekill y Mr. Hide, que parece muy cercano y en otras, muy alejado, uno de esos personajes increíbles que quedan almacenados en la memoria.

Frente a Zem, un actor enorme como Pio Marmaï, al que hemos visto hace poco en El acontecimiento, de Audrey Diwan, y en películas de Kaplisch, metido  en la piel de Stéphane Vilner, el periodista capaz de todo, el intrépido y sagaz reportero que recuerda a aquellos de las películas clásicas americanas, como por ejemplo, el Walter Burns de Luna nueva, capaz de todo para conseguir la información que sabe que será la hostia, en una muy difícil papeleta en su relación con un confidente del que duda, pero no tiene otra cosa, y cree que lo puede ayudar para desenmascarar la terrible corruptela que existe en el seno de la lucha contra la droga del estado francés. Les acompañan en breves presencias, el siempre ejemplar Vincent Lindon como el jefe de policía investigado, Valeria Bruni.Tedeschi, como una fiscal responsable, y Tristán Ulloa, entre otros. Un escándalo de estado habla de Francia y sus terribles tejemanejes, pero se puede extrapolar a cualquier estado occidental, que se vanaglorian de derecho, justicia, democracia y libertad, y optan por lo contrario cuando se les antoja, en fin, un sindiós de gobernantes y de todo. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Un novio para mi mujer, de Laura Mañá

QUERERSE O MORIR.

“Querer ser alguien más es malgastar la persona que eres”

Marilyn Monroe

La carrera de Laura Mañá (Barcelona, 1968), como actriz ha tenido a directores tan importantes como Antonio Chavarrías, Bigas Luna, Vicente Aranda, entre otros, hasta que en el año 2000 debutó como directora en el largometraje con la interesantísima Sexo por compasión, a la que siguieron otras tan valiosas como Palabras encadenadas, Morir en San Hilario, Ni Dios, ni patrón, ni marido y La vida empieza hoy. Relatos personales y agridulces sobre personas maduras en las que se profundiza en la muerte y el sexo, con grandes dosis de realismo mágico y esperpento. Un total de diez títulos a los que hay que añadir tres trabajos para televisión en los que aborda las figuras históricas de Clara Campoamor, Concepción Arenal y Federica Montseny, entre medias había rodado Te quiero, imbécil (2020), suerte de comedia actual sobre los devaneos sentimentales con mujeres fuertes y hombres débiles emocionalmente, con la que está muy emparentada Un novio para mi mujer, remake de la homónima argentina de 2008 dirigida por Juan Taratuto, con guion de Pablo Solarz.

La directora barcelonesa escribe junto a Pol Cortecans (del que hemos visto sus guiones para series como Cites, Sé quién eres y Benvinguts a la familia entre otras. Una historia que nos sitúa en la piel de Diego, un tipo que no aguanta a su mujer Lucía, una estúpida, insufrible y peleada con el mundo, peor es incapaz de decirle que se separen. Instigado por los amigos conoce al Cuervo Flores, una especie de mito sobre el amor y sus cosas, que le ayudará conquistando a su mujer y así poder quitársela de encima. La trama funciona a las mil maravillas, tiene chispa, situaciones divertidas y sobre todo, esa mirada agridulce a las relaciones sentimentales actuales, donde todos somos unos perfectos inválidos en las emociones, yendo de aquí para allá como pollos sin cabeza. Mañá conduce con acierto y simpatía una comedia al uso, pero dándole un toque personal, con esa otra Barcelona, que huye de la postal turística, que podría ser cualquier ciudad occidental, y esa comedia que se aleja de la risa fácil y del gag descacharrante y tontín, para profundizar en nuestras relaciones y sobre todo, en como afrontamos lo difícil, en una sociedad cada vez más automatizada y llena de superficialidades.

La cineasta catalana vuelve a contar con algunos de sus cómplices habituales como Sergio Gallardo en la cinematografía, y Paula González en el montaje, dos buenos profesionales que consiguen dotar a la acción de naturalidad y cotidianidad, y también, de ritmo y agilidad, tan importantes en cualquier comedia de libro que se precie. Algunos espectadores se preguntarán que tiene de novedoso una película de la que ya conocíamos su historia, y a parte de mirar su relato desde otro prisma, más cercano y de aquí y ahora, es su sobresaliente reparto. Unos intérpretes maravillosos que se meten con gracia y acierto en los roles de unos individuos al borde del precipicio emocional. Tenemos a una excelente Belén Cuesta en la piel de Lucía, esa mujer odiosa que se odia a sí misma y arremete con todo lo que se menea, resulta esclarecedor su mítica frase en el programa de radio: “La vida es un bajón”. A su lado, un estupendo Diego Martín, que heredó en el negocio de fotos de su padre y se ha quedado anclado en su rutina y tristeza, y se ve incapaz de afrontar sus problemas y lo que es más importante, está muy perdido con su vida, y por último, un desatado Hugo Silva, un hippie trasnochado, alguien perdido en la inmensidad de su nula existencia, alguien que cree saber y en realidad, sabe bien poco, alguien hundido por su propio mito y relegado a un barco como una especie de náufrago sin isla y sin nada.

Tenemos al trío protagonista, y luego, como toda buena comedia que se precie, nos gusta encontrar a ese otro “protagonista”, que nos es otro que los de reparto, tan importante como los primeros. Y ahí nos tropezamos con un interesante ramillete de buenos intérpretes como Enric Masip, Andreu Castro y Ángela Cervantes, y un “calvo” y estúpido tontín que hace un irreconocible Joaquín Reyes, el típico amigo que lo sabe todo, que va que lo sabe todo y es un pobre diablo. Mañá ha construido una comedia divertida y juguetona, que no recurre al chiste fácil ni al disparate infantil para hacer reír al personal, sino que va conformando una serie de situaciones cómicas del día a día, en la que bucea sobre el vacío existencial y la falta de valor para encarar la vida y los sueños que alguna vez fueron lo más importante, porque de eso nos habla esta nueva versión de Un novio para mi mujer, de lo que nos cuesta para enfrentarnos a nuestra propia vida, a esa que hacemos tan poco caso y luego, pagamos una factura demasiado costosa. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

La isla de Bergman, de Mia Hansen-Love

LOS ESPEJOS DE LA FICCIÓN.

“Ningún arte traspasa nuestra consciencia y toca directamente nuestras emociones, profundizando en los oscuros habitáculos de nuestras almas, como lo hace el cine”.

Ingmar Bergman

La isla de Farö, la isla donde Ingmar Bergman (1918-2007), rodó algunas de sus grandes obras como Como un espejo (1961) y Persona (1966), se convirtió en su lugar espiritual, un espacio donde creaba, pasaba largas temporadas y en el que murió y está enterrado. Un lugar de peregrinación para muchos cinéfilos, un lugar enigmático, anclado en un sitio remoto del mar Báltico, un espacio complejo, casi desértico, con muy pocos habitantes, un lugar para visitar, perderse y sobre todo, crear. La directora francesa Mia Hansen-Love (París, Francia, 1981), lleva desde el año 2015 visitando la isla de Farö, donde ha creado e imaginado sus películas, y donde nació La isla de Bergman, su séptimo largometraje. Una película que, al igual que ocurrían en sus anteriores trabajos habla de la vocación, en el que la naturaleza y el viaje vuelven a tener un protagonismo central, y sobre todo, las relaciones sentimentales.

La directora parisina ya nos había hablado del mundo del cine en aquella maravillosa y sensible que fue Le père de mes enfants  (2009), su segunda película. En esta ocasión, nos coloca en el centro, en el borde o vete tú a saber, de una pareja de cineastas que han viajado a la isla para encontrar inspiración, como muchos otros y otras, para sus próximas películas. Es una pareja que les mueve la pasión y la obsesión por el cine, peor que en el instante en que se desarrolla la trama, se encuentran muy alejados entre sí. Tony hace películas de terror comerciales y está a punto de empezar a rodar. En cambio, Chris, que hace películas de autor, no encuentra un final para su historia de amor en la que relata su primer enamoramiento, tan pasional y tan imposible. Hansen-Love nos cuenta varias películas en una, o quizás, podríamos decir que, nos cuenta una impresionante y enigmática fusión entre realidad y ficción, o lo que es lo mismo, entre cotidianidad e imaginación y sueño. En muchos momentos del relato no sabremos en qué situación o estado nos encontramos, si lo que está ocurriendo es real o no, y si estamos fuera o dentro o ambas opciones en la película, porque los procesos creativos tienen mucho de eso, de imaginar, de soñar, de construir una realidad ficticia, o simplemente dejarse llevar por unos personajes reales o no, que solo viven en la mente del creador o de aquello que nos imaginamos o creamos imaginarnos.

No es una película sobre la figura de Bergman, pero si sobre su legado, su huella en cada lugar de la isla, que va impregnándose en la realidad y ficción que vive e imagina la protagonista. Se habla del Bergman creador y también, del Bergman ausente, aquel que tuvo familia y no estuvo con ellos, aquel que amó a tantas mujeres y ninguna, al tipo que iba a la compra y no caía simpático, al creador famoso contra el mal padre y peor esposo. La dicotomía que tanto impregna el cine de la directora francesa, con esos profesores de filosofía, productores de cine, dj’s, periodistas, enfrentados a sí mismos, y al amor, a su trabajo, a sus vidas en constante construcción y deconstrucción, unas vidas en tránsito, que no cesan de caminar y emprender nuevas rutas y nuevas aventuras, pocas elegidas y muchas a su pesar. La isla de Bergman es una película que habla del cine, pero desde la trastienda, en el momento de creación, de las dudas, la vulnerabilidad, los miedos y demonios de los artistas, de todos los bloqueos creativos, y de la imaginación como motor indiscutible para la creación, y sobre todo, para vivir que, contamina toda la obra.

El cinematógrafo Dennis Lenoir, que ya trabajó con la directora en Edén (2014) y El porvenir (2016), amén de grandes del cine francés como Tavernier, Raoul Ruiz, Assayas y P. Claudel, vuelve a diseñar una luz tranquila y cálida, pero también inquietante y oscura, con el scope y en 35 mm, que no solo captura la indefinición de la citada isla, sino también, todas las tinieblas que se van pegando a los protagonistas y todo lo que les va sucediendo. El impecable y conciso trabajo de montaje de Marion Monnier, que ha estado en toda la filmografía de Hansen-Love, que consigue en sus ciento doce minutos de metraje, atraparnos desde su arranque, que recuerda al de El porvenir, y someternos a sus imágenes y todas las vidas y no vidas que se cuentan, así mismo como los diferentes tonos, texturas y miradas que se van moviendo por la película, como si se tratase de un laberinto-bucle infinito donde nunca sabemos cómo empieza y mucho menos como acaba, del que entramos y salimos o quizás, damos vueltas y vueltas completamente hipnotizados por la historia que nos cuentan.

Un reparto equilibrado y lleno de naturalidad encabezado por una maravillosa y encantadora, y dicho sea de paso, llena de demonios pasados y presentes, Vicky Krieps en la piel y el cuerpo y el alma de Chris, la directora de cine que no encuentra su final, bien acompañado del otro lado del espejo, de todos los espejos que coexisten en la trama, del tal Tony, la antítesis de Chris, o quizás su insensibilidad se acerca a una vulnerabilidad oculta, un sensacional Tim Roth, y los “otros”, los de ficción o realidad, según se mire, la fragilidad y el tormento de Mia Wasikowska en la mirada de Amy, otra directora o la misma, enganchadísima a Joseph, que hace tan bien y tan cercano como el resto, Anders Danielsen Lie, el intérprete fetiche de Joachim Trier. La isla de Bergman tiene mucho del cine del director sueco, o tal vez, de sus procesos creativos, de esa isla, tan llena de vida y de muerte, tan poderosa y tan frágil, tan fantasmal y demoniaca, porque se habla de su cine, de sus lugares en la isla, de todo ese mundo que sigue ahí, de las piedras, de los árboles, del mar, de las rocas esculpidas, de toda su sombra y toda su ausencia.

También tiene mucho de Viaggio in Italia (1054) de Rossellini, de ese matrimonio roto o a punto de romper, de esa mujer vagando y visitando la isla, sus monumentos, tropezándose con otros y otras fuera y dentro de ella, de sueños y vigilias, de una imaginación en diálogo constante y lucha contra la realidad, el pasado y lo que creemos haber vivido pero no vivimos, y en cambio, en aquello que vivimos y nos empeñamos en olvidar porque cuesta recordarlo o simplemente, hace tanto daño que lo hemos construido de otra manera, sin tanto dolor y tristeza, porque la película de Hansen-Love es otra muestra del rico universo de la cineasta parisina, de todos esos mundos e infiernos que la rodean, a ella y sus criaturas, a todo lo que nos muestra y todo lo que nos imaginamos, a sus personajes constantemente en una cuerda floja sentimental, creativa y vital, unos seres que aman y viven con pasión, anclados en sus mundos, ajenos al real, y ensimismados en sus espacios creativos, donde todo se mira de forma muy diferente, aunque como ocurría en el cine de Bergman, es inevitable que el paraíso que nos construimos, no tenga grietas por donde se cuelan nuestros demonios más ocultos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entre dos amaneceres, de Selman Nacar

KADIR Y SU FAMILIA.

“La humanidad tiene una moral doble: una que predica y no practica, y otra que practica y no predica”.

Bertrand Russell

El ruido ensordecedor de unas máquinas fabricando tejidos abre la película, inundando toda la pantalla. El movimiento y la agitación es frenético, tanto de máquinas como de empleados, todo es un continuo torbellino de idas y venidas. Entre todo ese caos, emergen las figuras de los patronos. Dos hermanos: Serpil, el heredero y el mano dura de la empresa, y Kadir, siempre en la sombra, más apartado. Y es en esa última figura, en que la película se posara para contarnos el conflicto. Porque todo se tuerce y de qué manera, cuando uno de los trabajadores se introduce en una máquina para limpiar y un chorro de vapor descontrolado lo quema y es trasladado al hospital. A partir de ahí, la película seguirá a Kadir que, instado por su padre, hermano mayor y abogado de la empresa, tendrá la dura misión de convencer a la familia del accidentado de firmar y así eximir a la empresa de cualquier responsabilidad. Además, ese jornada que sirve de marco y emplazamiento para la película, también, es un día muy importante para el devenir del protagonista, ya que irá a cenar con su novia Esma y los padres de ésta.

La primera película de Selman Nacar (Uçak, Turquía, 1990), cuenta un conflicto moral, pero lo hace como si de un thriller se tratara, muy al estilo de Asghar Farhadi, en el que las veinticuatro horas que dura toda la trama, sirven para ahogar al protagonista literalmente, en una especie de día a contrarreloj en que todo se vuelve del revés y la solución parece imposible. El director turco se acompaña de una cinematografía espectacular, donde priman los planos cortos y medios en sitios cerrados, que aún remarca el aislamiento en el que se ve sometido Kadir. Un gran trabajo del cinematógrafo Tudor Valdimir Panduru, que tiene en su haber películas tan importantes como Los exámenes, de Christian Mungiu y Malmkrog, de Cristi Puiu, entre otras. El detallado y rítmico montaje que firman Bugra Dedeoglu, Melik Kuru y el propio director, acentúa esa carrera de velocidad en el que está envuelto el protagonista, en una especie de laberinto kafkiano donde todo se vuelve en su contra, donde cada vez está más solo y desesperado.

Entre dos amaneceres nos habla muy profundamente de las escalas de poder en la sociedad y en la propia familia, donde los poderosos hacen lo que sea por mantener su estatus y su posición, aún transgrediendo la ley y sobre todo, la moral, que la usan según su conveniencia e intereses personales y económicos. Kadir, un tipo noble e integro que se verá entre la espada y la pared de las artimañas de su familia y de la clase social a la que pertenece, un antihéroe a su pesar, que se verá arrastrado por las miserias de los suyos. Nacar se aleja completamente de los subrayados narrativos y formales, creando un entramado cinematográfico donde prima la sutileza y el detalle, en que las interpretaciones de su poderoso reparto ayuda a manejar el conflicto y desarrollarlo con inteligencia y audacia. Un reparto entre los que destaca Mucahit Kocack que se mete en la piel del desdichado Kadir, un individuo preso de su familia y las circunstancias, alguien que creía que pertenecía a otro mundo y estaba rodeado de otras personas. A su lado, le acompañan Nezaket Erden como Serpil, el hermano, o dicho de otro modo, el otro lado del espejo, el heredero sin escrúpulos capaz de todo para seguir manteniendo su estatus de poder, y finalmente, Burcu Göldegar como Esma, la novia de Kadir, que lo ama y que está a su lado.

Nacar ha construido una ópera prima que brilla en cada plano y encuadre, y sobre todo, en su peculiar descripción de las múltiples oscuridades de la condición humana, alejándose en todos los sentidos de la peliculita moralista de buenos y malos, aquí no hay nada de eso, aquí hay intereses, poder y circunstancias y víctimas, ninguna se lo merece, ninguna ha hecho nada, solo existir y sobre todo, entorpecer, muy a su pesar, los caminos del poder, y sus ansias de riqueza y miseria. Porque lo que cuenta Entre dos amaneceres no es desgraciadamente, algo aislado, sino piedra común en estas sociedades occidentales en las que vivimos o simplemente, sobrevivimos, en las que los poderosos cada vez tienen más poder, y los trabajadores cada vez tienen menos visibilidad, tanta que poco a poco están desapareciendo sus derechos y sus libertades, si es que alguna vez las hubo completamente plenas y de verdad, aunque eso sería otro cantar, y el personaje de Kadir tendría mucho que hablar de su identidad, de cuál es su camino y sobre todo, porque se merece todo eso que le está pasando, sin él ser responsable directo, pero como decía aquel, hay cosas que nunca cambiarán y si lo hacen, siempre será para peor. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entre la vida y la muerte, de Giordano Gederlini

UN HOMBRE SIN PASADO.

“No desarrollas el coraje al ser feliz en tus relaciones todos los días. Lo desarrollas sobreviviendo a tiempos difíciles y desafiando la adversidad”

Epicuro

Si tienen algo en común los policíacos interesantes es que deben enganchar al espectador en los primeros minutos. El arranque de Entre la vida y la muerte es de manual. Nos sitúan en la noche, en la cotidianidad de Leo Castaneda, un conductor de metro sin más que tiene por delante una jornada más. El devenir le enfrenta al atropello mortal de un joven que se ha lanzado a la vía. Todo cambia cuando nos enteramos que el joven fallecido es Hugo, el hijo de Leo. Y será en ese instante, cuando la vida de Castaneda se convertirá en una huida hacia el peligro porque solo tiene en mente aclarar las circunstancias de la muerte de su único hijo. El segundo largometraje del director belga Giordano Gederlini (Santiago de Chile, 1971), al que conocemos por sus trabajos como guionista en películas tan importantes como Los miserables (2019), de Ladj Ly, y en Instinto maternal (2018), de Olivier Masset-Depasse, entre otras.

El nuevo trabajo de Gederlini es un film noir bien construido, lleno de detalles, con una absorbente atmósfera y sobre todo, con un grandísimo trabajo interpretativo por su enorme trío protagonista. El retrato duro y asfixiante, como debe ser, nos sitúa en Bruselas, o quizás podríamos decir, en esa Bruselas oscura, sucia y violenta, muy alejada de la estampita turista, en un espacio nocturno, donde por un lado hay delincuentes implicados en un atraco con muchas consecuencias negativas, por el otro, la policía, con una Virginie, encargada del caso y el comisario y padre, y en medio de todo, o alejado de ellos, Leo Castaneda, que trabaja por su cuenta, esquivando a unos y otros, sumergido en una espiral violenta del que no parece tener salida, en una carrera vertiginosa en el que solo quiere aclarar los sucesos que han llevado a la muerte a su hijo. Una parte técnica que brilla con luz propia como la impresionante cinematografía de Christophe Nuyens, con un amplio historial en series televisivas como Lupin y Cordon, entre muchas otras, que recrea con maestría ese mundo oscuro, lleno de sombras y almas perdidas, la atmosférica y angustiante música del mítico dj Laurent Garnier, y el exquisito y ágil montaje de Nicolas Desmaison, que conduce con acierto los noventa y seis minutos de una película en el que no cesan de suceder cosas, pero con cabeza y serenidad.

El trabajo de síntesis y audacia argumental de Gederlini está en cada encuadre y acción de la película, llevándonos con claridad hacia en encuentro de Castaneda con su destino o simplemente, con su verdad, porque la historia que se nos cuenta solo tiene una dirección, un viaje con billete solo de ida, de alguien que tiene un pasado que desconocemos, de alguien del que sabemos poco, de alguien que nos recuerda a todos esos tiempos muy propios del western crepuscular, cuando todavía no se llamaba así, que nos recuerda mucho a Jimmie Ringo, el personaje que interpretaba Gregory Peck en esa obra maestra que es El Pistolero (1950), de Henry King, alguien que no puede huir de quién es por mucho que se empeñe. Castaneda tampoco está muy lejos de esos antihéroes a su pesar que poblaban el cine negro estadounidense de casi todas las épocas, pero sobre todo, el de los setenta, donde unos tipos sin más, se enfrentaban a todos los maleantes por un motivo siempre muy personal e íntimo. Un noir en toda regla que se precie se basa mucho en la relación entre los personajes, unos personajes turbios, con poca vida a parte de la profesional o criminal, que se debaten entre aplicar la ley o transgredirla, independientemente del lado en que se encuentren.

El cineasta belga nacido en Chile, convoca un gran reparto, entre los que destacan un buen grupo de intérpretes de reparto que dan vida a seres con carácter y fuertes, y el espectacular trío protagonista, entre los que nos encontramos a Marine Vacth, del que muchos la recordamos en sendas películas de Ozon como Joven y bonita (2013) y El amante doble (2017), en la piel de Virginie, la encargada del caso que tiene que lidiar con su ímpetu y vulnerabilidad, amén de tratar con el comisario que es su padre, un padre fuerte y duro que interpreta un star del cine europeo como Olivier Gourmet, nada que añadir a uno de los actores fetiche de los Dardenne, siempre en su sitio, con un rostro muy característico y una mirada que destroza. Y finalmente, Antonio de la Torre en la piel del atribulado y oscuro Leo Castaneda, que debuta en el idioma francés con gran nota y demostrando que es uno de los intérpretes más importantes de la última década, no solo por ese look de tipo que vive en las catacumbas, casi una especie de espectro del inframundo, alguien que se enfrentará a sus miedos y a él mismo, alguien que lo ha perdido todo y nada tiene que perder. Gederlini ha construido una película auténtica, sin alardes narrativos ni formales, solo centrándose en este brutal descenso de los infiernos de un tipo común que nada tiene de común, uno de esos hombres que sin pasado tiene mucho pasado a sus espaldas, quizás demasiado, y que, por circunstancias, no solo se lanzará en su búsqueda, sino que después de todo, ya nada podrá ser igual. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

 

Moneyboys, de C. B. Yi

JÓVENES Y AMANTES.

“Todos los hombres son iguales en al menos un aspecto: su deseo de ser diferentes”

William Randolph Hearst

La película se abre de forma concisa y muy transparente, dejando claro desde su primer fotograma por donde irán los tiros. Liang Fei, un joven que lleva un tiempo en la gran ciudad, que podría ser cualquiera de Taiwán, se gana la vida ofreciendo su cuerpo a señores ávidos de compañía y sexo. Todo cambia, cuando conoce al experimentado y celoso JC Lin, con el que vive un tórrido romance, pero las cosas no van como se esperan. La opera prima de C. B. Yi, un cineasta chino-austriaco, que se graduó en la prestigiosa Vienna Film Academy bajo el auspicio de nombres tan ilustres como los de Michael Haneke y Christian Berger, es una obra a contracorriente, y mucho más si vemos el país que describe, porque China para nosotros es un país gigantesco de donde vienen la mayoría de productos que consumimos, o como explica la película, es un mosaico de grandes complejidades, donde podemos encontrar a personas como nosotros, con otras particularidades, pero no muy alejadas de nuestras realidades más cotidianas.

El cineasta asiático-europeo construye en Moneboys una película que va más allá de la relación gay de sus dos protagonistas, que ya es todo una modernidad en un país que persigue a las personajes del colectivo LGTB, porque también profundiza sobre los problemas económicos que se enfrentan muchos jóvenes en el mundo occidental, en la deriva de continuar en su pueblo en condiciones miserables o por el contrario, emigrar a la ciudad y realizar trabajos incómodos, como los de prostitución, pero en el que se gana muchísimo más. Hay otros temas como los de la identidad, las relaciones sentimentales volubles, liberales o convencionales, el recuerdo de los ausentes, la familia que agradece el dinero pero rechaza la condición gay del protagonista, y la necesidad de dejar el pasado para construir un presente diferente, y el más importante que rodea y agita al trío protagonista, el deseo y el amor que los lleva en volandas por esta película que describe esa China más moderna y ultraliberal frente a esa otra, más rural y anclada en costumbres ancestrales.

La película del cineasta chino-austriaco revela una forma muy característica del cine asiático, una composición visual muy trabajada y detalla, en la que predomina la estilización de los colores neones, con esos restaurantes donde se reúnen amigos para comer, y esos espacios sofisticados e íntimos, donde la luz juega a ensombrecer unas vidas demasiado agitadas que constantemente se mueven entre dos universos, en un gran trabajo del cinematógrafo Jean-Louis Vialard, que conocemos por sus trabajos en Tropical Malady, de Apichatpong Weerasethakul y con Christophe Honoré, entre otros, y el espectacular ejercicio de montaje de Dieter Pichler, del que hemos visto El gran museo, de Johannes Holzhausen, y con la directora Ruth Beckermann, que dota de ritmo y agilidad sus dos horas de metraje. Como ocurre en el grueso de la cinematografía asiática, en Moneyboys nos tropezamos con grandes trabajos del trío protagonista del filme, con Kai Ko a la cabeza, el hilo conductor del relato, un actor muy expresivo, cercano y atractivo, que vivirá una historia de amor que lo marcará y donde el pasado le pesa demasiado. A su lado, Yufan Bai, el chico del pueblo que llegará a la ciudad con la idea de ser un Liang Fei más, emulando al personajes que interprete Kai Ko, y el vértice de este triángulo singular y lleno de sombras, JC Lin en la piel de Han Xiaolai, un tipo que parece tenerlo todo bajo control, pero con la llegada de Liang Fei todo cambia. Y finalmente, la presencia de la actriz Chloe Maayan, que interpreta varios roles, y que recordamos de su participación en la magnífica El lago del ganso salvaje, de Diao Yian.

Moneyboys tiene el aroma de las buenas películas de temática homosexual, que no solo se centran en hablar de la diferencia de forma abierta y natural, sino que abordan otros temas humanos e íntimos, como ocurría en La ley del más fuerte, de Fassbinder, El hombre herido, de Chéreau y La ley del deseo, de Almodóvar, entre otros. Un cine que huye de estereotipos y prejuicios y plantea películas con homosexuales para todos los públicos mayores de edad. C. B. Yi ha construido una película que habla de su país de origen desde una perspectiva diferente e inusual, sumergiéndonos en esas formas de vida clandestinas y alejadas de la oficialidad, en un país en continuo desarrollo económico a costa de una población esclava e invisible, y lo hace a través de una historia de amor que vertebra toda su película, una historia que abarca un tiempo largo, un tiempo en el que las cosas evolucionan y van cambiando, o quizás, simplemente hacemos muchas cosas, porque hay cosas, como los sentimientos, que se resisten a los cambios, o tal vez, lo que sentimos profundamente no cambia nunca y sigue dentro de nosotros, y en cada cosa que hagamos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

 

Sinjar, de Anna M. Bofarull

TRES MUJERES ROTAS Y FUERTES.

“La fuerza no proviene de lo que puedes hacer. Viene de superar las cosas que alguna vez pensaste que no podías”

Rikki Rogers

No es la primera vez que la cineasta Anna M. Bofarull (Tarragona, 1979), mira hacia el mundo árabe, porque en Hammada (2009), su segundo largometraje, penetró en la vida de Dadah, un niño saharaui que vive en el campamento de refugiados de Dajla, y a través del cine descubre otros mundos. Esta vez, vuelve a situarnos en una situación difícil, mucho más que la anterior, porque nos enmarca en el universo del Estado Islámico, también llamado “Dáesh”, que en junio de 2014 proclamó el califato desde la ciudad iraquí de Mosul. Pero, la directora tarraconense no lo hace desde la historia general, sino desde la historia íntima, centrándose en tres mujeres que han sufrido las terribles consecuencias de la violencia extrema del Estado Islámico. Conocemos tres mujeres: Hadia, una mujer jazidíe que vive en Sinjar, en la región de la frontera entre Irak y Siria, y es secuestrada junto a sus tres hijos y llevada como esclava sexual y sirvienta. Arjin es una adolescente que escapa del terror y acaba como soldado en las milicias kurdas. Y finalmente, Carlota, una enfermera catalana que descubre horrorizada como su hijo Marc huye para enrolarse en el Estado Islámico.

La película juega a tres bandas, describiéndonos la cotidianidad de las tres mujeres, y lo hace desde la credibilidad, desde lo íntimo, y sobre todo, desde la verdad. La película de Bofarull tiene como espejo los trabajos de Comandante Arian, una historia de mujeres, guerra y libertad (2018), y El retorno: la vida después del ISIS (2021), sobre las mujeres kurdas que luchan contra el Estado Islámico, y las mujeres occidentales que se unieron al grupo terrorista, ambos de Alba Sotorra. Un gran trabajo de producción que les ha llevado a rodar en el Kurdistán iraquí, en el que sobresalen el magnífico trabajo de sonido de Elena Coderch, que ha trabajado con Isaki lacuesta, Neus Ballús y la citada Sotorra, en un inmenso trabajo de sonido en off con la guerra encima. Otros cómplices de la directora que vuelven a verse por el camino, como  el trabajo artístico de Laura Folch y Sebastián Vogler, que repiten con la directora, en un buen trabajo porque consiguen con lo mínimo hacer lo máximo, la excelente banda sonora de Gerard Pastor, que capta con sutileza todos los momentos intensos y sensibles que jalonan la trama, y el extraordinario montaje de Diana Toucedo, que crea un relato de gran fuerza dramática y lleno de tensión, con gran ritmo y agilidad, en una película complicada por sus ciento veintisiete minutos de duración.

Mención aparte tiene el excelente trabajo de cinematografía de Lara Vilanova, que estuvo en Trinta Lumes, de Toucedo, y en la citada El retorno: la vida después del ISIS, de Sotorra, en el que realiza un trabajo memorable, un inmenso trabajo que debería mostrarse en todas las escuelas de cine, porque la película filma una intimidad brutal, una intimidad que traspasa la pantalla, acercando una cámara invisible y muy observadora los rostros y gestos más cotidianos, en un grandioso ejercicio de precisión y detalle fílmico, y las impresionantes filmaciones de las secuencias bélicas, rodadas desde el punto de vista de la protagonista, creando todo ese campo bélico en off, donde el sonido juega una papel fundamental, donde lo físico y lo emocional nos atrapa en el caos de caos, disparos y explosiones. Sinjar nunca cae en el sentimentalismo ni la condescendencia, muestra el horror cotidiano sin esconderse, una extrema violencia física y emocional a las que están sometidas estas tres mujeres que duele y apabulla, pero que en ningún caso se recrea con el dolor ni la crudeza de lo que cuenta, todo está bien medido y muy pensado en todo lo que se muestra y lo que no, en un estupendo trabajo de concisión narrativa, construyendo una trama en continua tensión, llena de fuerza y vitalidad, donde los conflictos ahogan a sus tres principales personajes, mujeres que han perdido a sus seres queridos, a lo más importante de sus vidas, y el relato las sigue en sus respectivas construcciones emocionales y sus caminos difíciles y valientes.

Como ocurría en Sonata para violonchelo (2015), el reparto vuelve a brillar con fuerza, creando unos personajes complejos, pero tremendamente vivos y fieles a lo que sienten. Un trío protagonista impresionante encabezado por una Nora Navas como la desdichada Carlota, que poco hay que decir de su extraordinario talento para encarnar a mujeres rotas pero decididas. Su mirada y su gesto, tanto cuando habla como cuando calla es toda una lección de interpretación sin alardes y con la sutileza que requiere un personaje que recuerda a Julia, la violonchelista que también pierde lo que más quiere en la vida. Le acompañan Halima Ilter, una actriz turca que se mete en la piel de la esclava Hadia, una madre que sufre más por sus hijos que por ella, atrapada en el horror cotidiano del Estado Islámico, que sufre constantes abusos físicos, emocionales y sexuales, que lleva con toda la dignidad que puede. Una mujer que debe seguir a pesar de todo. Y finalmente, Eman Eido es Arjin, una adolescente yazidí que fue secuestrada en Sinjar durante cuatro años, desde los 9 a los 13, y logró escapar, y debuta en el cine. Una joven que deberá reconstruirse luchando contra aquellos que la han destrozado.

Nos encanta ver las interesantes presencias de dos intérpretes como Luisa Gavasa y Àlex Casanovas, en breves roles pero muy interesantes para la película, que contribuyen, al igual que el resto del reparto, a darle la profundidad necesaria que necesita una película de estas características, como Harit, el personaje árabe que interpreta el debutante Franz Harram. No pecamos de insensatez, cuando decimos que Bofarull ha hecho su mejor película hasta la fecha, porque no solo cuenta una historia de aquí y ahora, sino que lo hace con sabiduría y desde la intimidad, colocando la cámara en lo físico y lo emocional de sus tres criaturas, contándonos una cotidianidad que horroriza, pero haciéndolo desde lo humano, desde el interior, sin estridencias ni nada que se le parezca, con una sencillez y honestidad abrumadora que celebramos, con ese aroma que recuerda al western clásico en su forma de presentar la fortaleza femenina en situaciones duras, y el cine bélico del este, en su forma de representar la guerra y sus consecuencias emocionales, donde todo se sufre desde la soledad, el silencio y lo humano. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Mi mejor amigo, de Ferit Karahan

MI AMIGO ESTÁ ENFERMO.

“Desde la infancia nos enseñan; primero a creer lo que nos dicen las autoridades, los curas, los padres… Y luego a razonar sobre lo que hemos creído. La libertad de pensamiento es al revés, lo primero es razonar y luego creeremos lo que nos ha parecido bien de lo que razonamos”

José Luis Sampedro

El cineasta Ferit Karahan (Estambul, Turquía, 1983), se dio a conocer internacionalmente con La caída del cielo (2013), su opera prima que abordaba los conflictos personales entre turcos y kurdos. En su segunda película, con un título muy significativo, ya que en el original se llama Okul Tiraçi, traducido como “Corte pelo escolar”, no sitúa entre las paredes de un internado para niños kurdos, en una zona aislada en las montañas del este de Anatolia, y un relato intenso, asfixiante y muy corporal, acotado en apenas unas cuantas horas desde la noche al mediodía, en la piel de Yusuf, un chaval de 12 años que, al despertar ve a su compañero de litera inmóvil y con tez muy pálida, y lo lleva inmediatamente a la enfermería, ante la gravedad del asunto, el director y tres profesores implicados en el asunto, mantendrán el conflicto a medida que avanza la mañana y los problemas se les van amontonando.

La secuencia que abre la película, con esos pasillos atestados de niños dispuestos a disfrutar de su baño semanal, la cámara sigue sin descanso a Yusuf que es el encargado de introducirnos en el relato y a mirarlo a través de él, ya que está en casi todas las secuencias. Una disputa en el baño con tres chavales provoca que un profesor los castigue con bañarse con agua fría, situación que desencadenará el conflicto. Un guion que firman Acet de Gülistan y el propio director, aborda sin tapujos y de frente, temas tan universales como educar a través del miedo, la represión como norma para corregir conductas, la mentira como base de cualquier grupo social, y sobre todo, el sentimiento de culpa que va apareciendo en la trama a medida que la película va instalándose en una suerte detectivesca donde adultos y Yusuf intentan aclarar el asunto de Memo, el niño enfermo, en el que la cámara filma de forma enérgica y sin tregua los pasillos, las clases, el comedor, y ese exterior blanco por una nieve que no cesa de caer, y diferentes espacios que forman parte de las zonas laborales de la escuela.

 La mirada incisiva y expectante que filma sigue a Yusuf y sus desplazamientos, siempre en silencio, siempre ocultando algo, siempre con el alma en vilo por su amigo, siempre expectante. Un extraordinario trabajo del cinematógrafo Türksoy Golebeyi, que no adorna nada, todo es seco, abrupto y extremadamente cotidiano, en que el conflicto va avanzando y estrechando más a los personajes, que se encuentran en un callejón sin salida, porque los problemas se amontonan y no encuentran ayuda, el encargado ha salido, el médico se encuentra lejos y por culpa del temporal no puede desplazarse, al igual que el coche que no puede salir de la escuela por la acumulación de nieve. Un preciso y grandioso montaje que firman el propio director, Sercan Sezgin, el proprio director y Hayedeh Safiyari, toda una institución del cine iraní porque trabaja con los más grandes como Bahman Ghobadi y Asghar Farhadi, entre otros. Un magnífico trabajo de edición con sus ochenta y cinco minutos de metraje, breves y directos, que van generando esa tensión in crescendo con esos planos cortos y cortantes que se van produciendo sobre todo, en la enfermería, un espacio que acaba siendo la habitación de la verdad, o al menos, de su búsqueda, donde todos los presentes irán desvelando su participación en el estado el niño enfermo.

Mención aparte tiene el grupo de intérpretes que ha reclutado Karahan para su película, en la que mezcla los niños sin experiencia en el cine junto a actores adultos experimentados. Están el par de debutantes, los dos chavales que dan vida a los protagonistas. Por un lado, tenemos a Nurallah Álaca como Memo, y sobre todo, Samet Yildiz en la piel de Yusuf, todo un descubrimiento, porque es un personaje complejo, ya que habla poco y mira mucho, pero una mirada que dice todo sin decir nada, convertido en la pieza clave de la película, todo un acierto del equipo y en especial, a su director Ferit Karahan. Los intérpretes adultos son Ekin Koç como el profesor Selim, uno de esos educadores que cambiará muchas formas y maneras del centro, los profes Hamza y Kenan, encarnados por Cansú Firinci y Melih Selçuk, respectivamente, siendo esos profesionales disciplinados y obedientes que siguen a rajatabla las directrices opresoras de la institución, individuos que tanto escalan en la sociedad, y en este caso, en el internado. Y luego, está el director Müdür, el funcionario serio, duro y siniestro, que hace cumplir las órdenes y luego, no es capaz de solucionar los problemas.

Karahan como ya hiciera en su primer trabajo, vuelve a demostrar sus dotes para crear un relato con un conflicto cotidiano que logra encerrar al espectador y provocarle la angustia y la reflexión, combinan el cine de autor con el de género, como hace mucho del cine iraní. El director turco construye una película que es una crítica social al sistema educativo, y no solo de Turquía, sino de cualquier país occidental, donde se prima la obediencia y lo normativo, y se expulsa lo diferente, lo único y lo inteligente, si no sigues las normas injustas, no perteneces a la sociedad. También, es un relato sobre el miedo, porque todos los personajes, tanto niños como adultos, hacen y deshacen a través del miedo, generando mentiras e imponiendo una posición que se equivoca y provoca más miedo, y todo con el aroma de aquella maravilla que es ¿Dónde está la casa de mi amigo? (1987), de Abbas Kiarostami, donde había crítica social, fraternidad y trama detectivesca. Una delicia que es todo un espejo para Mi mejor amigo. Un cine humanista, cercano y sobre todo, un cine que profundiza en los temas tan importantes como la educación, la organización de la sociedad y las relaciones humanas. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA