Entrevista a Giordano Gederlini

Entrevista a Giordano Gederlini, director de la película «Entre la vida y la muerte», en el Instituto Francés en Barcelona, el lunes 11 de julio de 2022.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Giordano Gederlini, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Katia Casariego de Vasaver, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entre la vida y la muerte, de Giordano Gederlini

UN HOMBRE SIN PASADO.

“No desarrollas el coraje al ser feliz en tus relaciones todos los días. Lo desarrollas sobreviviendo a tiempos difíciles y desafiando la adversidad”

Epicuro

Si tienen algo en común los policíacos interesantes es que deben enganchar al espectador en los primeros minutos. El arranque de Entre la vida y la muerte es de manual. Nos sitúan en la noche, en la cotidianidad de Leo Castaneda, un conductor de metro sin más que tiene por delante una jornada más. El devenir le enfrenta al atropello mortal de un joven que se ha lanzado a la vía. Todo cambia cuando nos enteramos que el joven fallecido es Hugo, el hijo de Leo. Y será en ese instante, cuando la vida de Castaneda se convertirá en una huida hacia el peligro porque solo tiene en mente aclarar las circunstancias de la muerte de su único hijo. El segundo largometraje del director belga Giordano Gederlini (Santiago de Chile, 1971), al que conocemos por sus trabajos como guionista en películas tan importantes como Los miserables (2019), de Ladj Ly, y en Instinto maternal (2018), de Olivier Masset-Depasse, entre otras.

El nuevo trabajo de Gederlini es un film noir bien construido, lleno de detalles, con una absorbente atmósfera y sobre todo, con un grandísimo trabajo interpretativo por su enorme trío protagonista. El retrato duro y asfixiante, como debe ser, nos sitúa en Bruselas, o quizás podríamos decir, en esa Bruselas oscura, sucia y violenta, muy alejada de la estampita turista, en un espacio nocturno, donde por un lado hay delincuentes implicados en un atraco con muchas consecuencias negativas, por el otro, la policía, con una Virginie, encargada del caso y el comisario y padre, y en medio de todo, o alejado de ellos, Leo Castaneda, que trabaja por su cuenta, esquivando a unos y otros, sumergido en una espiral violenta del que no parece tener salida, en una carrera vertiginosa en el que solo quiere aclarar los sucesos que han llevado a la muerte a su hijo. Una parte técnica que brilla con luz propia como la impresionante cinematografía de Christophe Nuyens, con un amplio historial en series televisivas como Lupin y Cordon, entre muchas otras, que recrea con maestría ese mundo oscuro, lleno de sombras y almas perdidas, la atmosférica y angustiante música del mítico dj Laurent Garnier, y el exquisito y ágil montaje de Nicolas Desmaison, que conduce con acierto los noventa y seis minutos de una película en el que no cesan de suceder cosas, pero con cabeza y serenidad.

El trabajo de síntesis y audacia argumental de Gederlini está en cada encuadre y acción de la película, llevándonos con claridad hacia en encuentro de Castaneda con su destino o simplemente, con su verdad, porque la historia que se nos cuenta solo tiene una dirección, un viaje con billete solo de ida, de alguien que tiene un pasado que desconocemos, de alguien del que sabemos poco, de alguien que nos recuerda a todos esos tiempos muy propios del western crepuscular, cuando todavía no se llamaba así, que nos recuerda mucho a Jimmie Ringo, el personaje que interpretaba Gregory Peck en esa obra maestra que es El Pistolero (1950), de Henry King, alguien que no puede huir de quién es por mucho que se empeñe. Castaneda tampoco está muy lejos de esos antihéroes a su pesar que poblaban el cine negro estadounidense de casi todas las épocas, pero sobre todo, el de los setenta, donde unos tipos sin más, se enfrentaban a todos los maleantes por un motivo siempre muy personal e íntimo. Un noir en toda regla que se precie se basa mucho en la relación entre los personajes, unos personajes turbios, con poca vida a parte de la profesional o criminal, que se debaten entre aplicar la ley o transgredirla, independientemente del lado en que se encuentren.

El cineasta belga nacido en Chile, convoca un gran reparto, entre los que destacan un buen grupo de intérpretes de reparto que dan vida a seres con carácter y fuertes, y el espectacular trío protagonista, entre los que nos encontramos a Marine Vacth, del que muchos la recordamos en sendas películas de Ozon como Joven y bonita (2013) y El amante doble (2017), en la piel de Virginie, la encargada del caso que tiene que lidiar con su ímpetu y vulnerabilidad, amén de tratar con el comisario que es su padre, un padre fuerte y duro que interpreta un star del cine europeo como Olivier Gourmet, nada que añadir a uno de los actores fetiche de los Dardenne, siempre en su sitio, con un rostro muy característico y una mirada que destroza. Y finalmente, Antonio de la Torre en la piel del atribulado y oscuro Leo Castaneda, que debuta en el idioma francés con gran nota y demostrando que es uno de los intérpretes más importantes de la última década, no solo por ese look de tipo que vive en las catacumbas, casi una especie de espectro del inframundo, alguien que se enfrentará a sus miedos y a él mismo, alguien que lo ha perdido todo y nada tiene que perder. Gederlini ha construido una película auténtica, sin alardes narrativos ni formales, solo centrándose en este brutal descenso de los infiernos de un tipo común que nada tiene de común, uno de esos hombres que sin pasado tiene mucho pasado a sus espaldas, quizás demasiado, y que, por circunstancias, no solo se lanzará en su búsqueda, sino que después de todo, ya nada podrá ser igual. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

 

El amante doble, de François Ozon

LOS DESEOS OCULTOS.

La apertura de la película es muy significativa y no deja lugar a dudas a una constante narrativa en el cine de Ozon. Una vagina se adueña de la pantalla y se funde con el ojo de Chloé, la protagonista del relato, que se encuentra tendida en la consulta de un hospital. Dos elementos como el sexo y la mirada, que trascienden nuestro deseo convirtiéndonos en esclavos de nuestras pasiones más íntimas y bajas. La película número 17 de François Ozon (París, 1967) después de Frantz, una película de corte clásico en la forma que también experimentaba con la identidad y el amor como motor de enfrentarse al dolor. Ahora, cambia totalmente de registro, centrándose en Chloé (una nueva chica perdida en su viaje de búsqueda interior, un elemento habitual en el cine de Ozon) empleada de museo, un lugar donde observa y mira a los demás, sin moverse, sólo mirándolos, rodeada de obras de arte. Chloé (la inolvidable Isabelle de Joven y bonita, del propio Ozon) deja su mirada inocente y perversa que lucía con agrado encarnando a la joven prostituta, para introducirse en el mundo de una joven neurótica, con graves problemas depresivos que acude a terapia. Allí, conoce a Paul, su psiquiatra, se enamoran y se van a vivir juntos. Aunque, las sospechas de Chloé sobre la identidad de Paul comienzan a florecer y descubre que tiene un hermano gemelo, Louis, con el que da rienda suelta a sus deseos más ocultos, aquellos que es incapaz de mostrar a Paul.

Ozon siempre interesado en las historias cotidianas que trasgreden los límites de cada uno de nosotros, mezclando con audacia géneros antagónicos, en los que el thriller y el suspense tienen un espacio reconocible, donde reformula los espacios de realidad y fantasía, que logra confundir y crear una nueva dimensión, en la que salen a flote el interior de cada uno de nosotros, esas emociones oscuras, perversas, y sobre todo, sinceras, aquellas que ocultamos a los demás. El director parisino se inspira en una novela corta “Vidas gemelas” de la escritora estadounidense Joyce Carol Oates, para dar rienda suelta a nuestros deseos sexuales más íntimos, componiendo una trama erótica, muy sexual, en el que hay espacio para uno de los temas favoritos del director francés, la identidad, haciéndose las preguntas que tanto nos obsesionan a los seres humanos, ¿Quiénes somos? ¿De dónde venimos? ¿A dónde vamos? Preguntas que se hace Chloé, la depresiva crónica, la mujer de apariencia débil, pero que encierra una boma sexual en su interior, aquella que oculta a Paul, el reservado y silencioso, que parece guardar algún que otro misterio, pero encuentra la horma de su zapato en Louis, el hermano gemelo, que es pura pasión, energía, y radia sexo por todos sus poros. Dos almas iguales físicamente, pero completamente diferentes en su interior, que describen a Chloé, una mujer atrapada en su sexo, en lo que siente, arrastrada a una pasión sexual oscura y terrible.

Ozon construye una mise en scene elegante y sofisticada, llena de contrastes y perversiones, incluso en los objetos, como esos gatos disecados, o la calidez que desprende la consulta de Paul, frente a la frialdad que destila la de Louis,  o las obras que cuelgan del museo, que si al principio ofrecen esteticismo, lentamente, y a medida que la neurosis de Chloé va en aumento, vemos obras más orgánicas y rompedoras, situándonos en un ambiente urbano vacío, de calles sin personalidad, y pisos modernos pero carentes de vida, automatismo y predecibilidad, para una vida insulsa, solo rota por los juegos sexuales de Chloé y el otro. Un thriller erótico de fuerza expresiva e intensidad narrativa, que se ve con pausa y que va perforando nuestra psicología adentrándose en terrenos privados donde cada uno se muestra tal y como es, sin prejuicios, amabilidad y respeto, sólo dejándonos llevar por lo que sentimos, por aquello que nos excita y se apodera sexualmente de nosotros.

Ozon se inspira en los maestros como Hitchcock, un cineasta que también supo explorar los espacios oscuros y perversos de los seres humanos a través de inquietantes y terroríficas tramas, o su discípulo más aventajado, Brian de Palma, que recogió su testigo y cosecho buenos thrillers con la firma del maestro, o Cronenberg, en sus relatos psicoanalíticos, donde sus personajes se mueven entre lo real, lo fantástico y sus miedos, donde su Inseparables, protagonizada por Jeremy Irons, sería un espejo transformador y malvado dónde las criaturas de Ozon podrían mirarse, aunque el reflejo que le respondería no sería de su agrado. Marine Vacht compone una Chloé fascinante y muy sexual, una mujer adicta a sus pasiones como vía para escapar de su neurosis, y de esa manera entender lo que no logra con la terapia, aunque en ocasiones no hay nada que comprender, sino dejarse llevar, aunque el viaje sea doloroso, frente a ella, Jérémie Renier (el actor fetiche de los Dardenne, que hemos visto crecer en el cine) juega un doble papel, encarnando a los dos hermanos, diferentes entre sí, pero los dos igual de misteriosos y peligrosos. En un papel breve pero también sumamente interesante encontramos a Jacqueline Bisset, con su madurez que aparece en la vida de Chloé de manera inquietante y para descubrirle aún más el pasado oculto de Paul. Ozon ha vuelto a sumergirnos en un relato complejo y muy oscuro, donde el psicoanálisis ejecuta los elementos en juego, dotando a cada personaje de varias identidades, aquella que vemos, aquello que ocultan, y sobre todo, aquella otra que ni ellos mismos conocen.

Joven y bonita, de François Ozon

El despertar sexual de Isabelle

Tarde de cine en los Mèlies. La elegida es Joven y bonita (Jeune & jolie, 2013), de François Ozon. La cámara del cineasta francés tiene especial debilidad por su mirada a la adolescencia. El difícil tránsito que nos lleva de la infancia hacía la etapa de la madurez juega un papel fundamental en el cine de Ozon. En todas sus películas se desarrollan argumentos de la complicada relación entre adolescentes y adultos Y los problemas que acarrean esas relaciones. Su anterior película, En la casa (Dans la maison, 2012), -basada en el texto teatral de Juan Mayorga y galardonada con la Concha de Oro- estaba ambientada en un Instituto y planteaba la compleja relación que mantenían un profesor y uno de sus alumnos más aventajados, a través de un juego epistolar donde se destapaban los miedos y los anhelos ocultos.  Joven y bonita se desarrolla en el seno familiar y la historia que cuenta es sumamente sencilla. Isabelle, una joven de 17 años descubre el sexo un verano con un alemán que pasaba por allí. A partir de ese instante, la chica vivirá una doble vida, por las mañanas es una estudiante y el resto del tiempo se convierte en una prostituta de lujo. Ozon plantea su película a través de las estaciones, arranca en verano con un breve prólogo, para pasar luego a otoño, invierno y deja la primavera para resolver el conflicto. Isabelle es de familia acomodada, así que no se prostituye por dinero, de hecho todo lo que saca, lo guarda celosamente en un rincón de su armario. No conocemos sus razones, Ozon tampoco nos las cuenta. Isabelle le gusta el sexo y encuentra una manera de practicarlo con hombres maduros que la puedan guiar en su camino hacía el deseo y el placer. Ozon conoce los sutiles mecanismos para adentrarnos en su planteamiento. Los espectadores nos vemos sumergidos en un terreno que a ratos es muy inquietante, y en otros juega con su habitual humor cínico e irónico. Estaríamos frente a una película que nos acomete moralmente, para dibujar un discurso sobre la tesitura de unos progenitores que se enfrentan a su hija que disfruta de su cuerpo a través de un sexo sin complejos y ataduras. Isabelle vendría a ser una alumna aventajada de Sévérine, la bellísima y frígida aburguesada que retrató magníficamente la mirada de Luis Buñuel en Belle de jour (1967). Aunque las dos películas plantean historias parecidas, sus caminos toman direcciones opuestas. La película de Don Luís es más cínica y sobretodo, más perturbadora. Comparten eso si, la detallada descripción que hacen de una burguesía acomplejada y vacía. Marine Vacht, la actriz protagonista, se suma a otras jóvenes como  Joe, -interpretada por Stacy Martin- la heroína de Nymphomniac (2013), de Lars von Trier. Adolescentes que encuentran en el sexo un manera de liberación, que se aleja de los postulados de la sociedad. Isabelle es un espíritu libre que choca frontalmente con una sociedad hipócrita, que se encuentra más pendiente de la apariencia y  lo correcto que de dar rienda suelta a lo que siente.