Los miserables. El origen, de Éric Besnard

UN HOMBRE LLAMADO JEAN VALJEAN. 

“No hay malas hierbas ni hombres malos, sólo hay malos cultivadores”.

Frase de “Los miserables”, de Víctor Hugo 

Existen alrededor de medio centenar de adaptaciones al cine de la clásica novela “Los miserables”, de Victor Hugo publicada en 1862. Encontramos cine mudo, sonoro, series de televisión y musicales. Aunque la nueva película de Éric Besnard (París, Francia, 1964), no es una adaptación total de la citada novela, sino de sus primeras 150 páginas ambientadas en la Francia de 1815 en la que nos habla de la vida de Jean Valjean, recién salido de presidio después de una condena de 19 años. El individuo vaga sin rumbo, cansado y señalado por todos. Sólo encuentra consuelo en la casa, que antes fue corral, del obispo Myriel, un hombre concienciado que dejó la riqueza de su posición para compartirla con los más necesitados y miserables. A pesar de los recelos de Magloire, la sirvienta no ve con buenos ojos la presencia del ex reo, que contrasta con la aceptación de Baptistine, la hermana viuda que no encuentra conflicto alguno con Jean. Un encuentro y una noche que cambiará sus vidas, aunque los personajes todavía lo desconocen. 

De los diez títulos como director hasta la fecha de Besnard, de los últimos cuatro, tres están situados entre finales del XVIII, en la que situaba Delicioso (2021), sobre la creación del primer restaurante. Un siglo después encontramos La primera escuela (2024), que retrata la apertura de una pequeña escuela rural y laica, y ahora, nos vamos al mencionada 1815, en el primer tercio del XIX, donde se desarrolla esta historia sobre la bondad, en que lo humano tiene una presencia capital en la historia, porque nos habla de la circunstancias vitales que llevan a las personas actuar de una forma u otra. En el acertado guion del propio director no se juzga ningún comportamiento, sino que se muestran unos hechos, unas circunstancias y sobre todo, la parte invisible de cada ser humano, aquello que no se ve pero que dicta las conductas y las decisiones que tomamos. El director francés, como ya había hecho en las citadas, opta por un planteamiento sencillo y muy íntimo, a través de unos encuadres concisos y llenos de detalles, en que la cámara se acerca enormemente a los personajes, observando sus miradas, gestos y silencios. La magnífica estructura de western con la llegada del forastero a un lugar desconocido,  apartado por todos y que encuentra refugio en el representante de Dios que ha dejado la hipocresía para convertirse en un hombre que ayuda al necesitado, con esa atmósfera y tono tan característico del cine de Fritz Lang en EE.UU., donde también profundiza sobre los temas de la moral y la estigmatización.

Como sucedía en las anteriores películas de Besnard, el apartado histórico y técnico está cuidado hasta el más mínimo detalle, construyendo todo un universo con pequeños detalles y desde la intimidad del hogar y de un pequeño lugar. El cineasta parisino se ha vuelto a rodear de técnicos cómplices como el cinematógrafo Laurent Dailland, que ya estuvo en La primera escuela, planteando unos planos que aboga por lo físico, por lo tangible, en un gran trabajo de sonido, en el que cada cosa que vemos y escuchamos tiene la autenticidad que necesita una película de tales características. La música de Christophe Julien, seis películas con el director, que sin ser invasiva, consigue puntualizar y marcar todo aquello que lo necesita, dejando el adecuado espacio para que los espectadores podamos ver y sentir cada cosa que sucede, en una trama que se cuenta con paciencia y despojada de artificios. El montaje de Lydia Boukhrief, tercera colaboración con el realizador después de Delicioso y La primera escuela, en otra película con menos metraje, 98 minutos, que están contados de forma tranquila y reposada, sin prisas, generando esa ambivalencia instalada en el personaje de Valjean, que ayuda a conseguir esa idea de inquietud y serenidad por la que se sitúa la noche en cuestión. 

Como ocurre con el equipo técnico, en el apartado artístico, el director también ha contado con sus “cómplices habituales” entre los que destaca la presencia de Grégory Gadebois, protagonista de sus últimas cuatro películas, metiéndose en la piel del desafortunado Jean Valjean. Un actor con un temple brutal, capaz de ser lo que requiere el desdichado personaje, que parece sacado de alguna película de Peckinpah, diendo alguno de aquellos tipos estigmatizados por una sociedad que no piensa y juzga muy a la ligera, llevada por las mentirosas apariencias. Le acompañan Bernard Campan metido en el rostro y el gesto del peculiar obispo Myriel, un actor con muchas comedias en su filmografía aquí destacado en un rol de gesto silencioso, poca palabra y mirada que traspasa, acompañada de una actitud que deja a cuadros a Valjean, con una bondad y una confianza que no ha conocido el expresidiario. Las dos mujeres de la función son Isabelle Carré, la hermana del obispo, que ya estuvo en Delicioso, convertida en una mujer enamorada de las hierbas y su recogimiento, frente al personaje que hace Alexandra Lamy, la criada malhumorada que no se fía del recién llegado, muy a las antípodas de la maestra sensible que hizo en La primera escuela.

Seguramente los muchísimos lectores de “Los miserables”, estarán expectantes para ver esta adaptación, que como menciona su título español Los miserables. El origen (en el original, Jean Valjean), la película escarba el comienzo de todo, o quizás sería más conveniente aclarar que su comienzo se remonta mucho antes, como se explica en certeros y adecuados flashbacks, cuando el joven Valjean se ve envuelto en una miseria atroz y decide robar un trozo de pan y así, la impecable e insensible mal llamada justicia, le destroza la vida y lo condena a 19 años de prisión. La película arranca con esa salida, con la “libertad” de alguien condenado de antemano. Una película que antepone lo que somos como seres humanos y cómo castigamos los delitos, como la bondad, ese gesto de pura antipatía tan olvidado en los tiempos que vivimos, siga teniendo un significado, como se expone en la trama, en un hipotético enfrentamiento entre lo humano y lo irracional, o lo que es lo mismo, los que ayudan al otro, y los que se ayudan del otro para pisotear, escalar y convertirse en seres altivos y clasistas y amparados por una ley injusta y atroz que sólo dignifica lo humano a través de lo material y la posición social. Como pueden observar, la película no pasa de actualidad, porque los temas que tratan son sobre el alma humana, esa parte invisible de todos que, en demasiadas ocasiones, es muy negra. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Idilia, de Hermanos Sepúlveda

DIANA FRENTE A LA IA. 

“Vivimos en una sociedad profundamente dependiente de la ciencia y la tecnología y en la que nadie sabe nada de estos temas. Ello constituye una fórmula segura para el desastre”. 

Carl Sagan 

En la década de los setenta surgieron en Estados Unidos varias películas de corte de ciencia-ficción tales como  La amenaza de andrómeda (1971), de Robert Wise, THX 1138 (1971), de George Lucas, Naves misteriosas (1972), de Douglas Trumbull, El mundo conectado (1973), de Fassbinder y Engendro mecánico (1977), de Donald Cammell, entre otras muchas. Un cine que anunciaba las terribles consecuencias humanas en pos de una máquina pensante que sustituye lo humano y crea seres artificiales que se convierten en una amenaza destructora para nuestra especie. Un cine que huía de lo físico para plantear distopías psicológicas donde la emoción prevalecía a la acción. Una forma de hacer cine diferente que intentaba advertirnos de los caminos oscuros que podría optar una ciencia demasiado ensimismada en la creación y el futuro y en la riqueza que menosprecia la vida y las necesidades humanas. 

La primera película de José Taltavull Sepúlveda y Javier Canales Sepúlveda (Mallorca, 1972/1984), que firman la película como Hermanos Sepúlveda, no está muy lejos de ese cine setentero mencionado, porque su película, dentro de su evidente modestia, quiere ir más allá y alejarse del tono y atmósfera imperantes del género actual, poco dado al riesgo y sí mucho a los meros productos para entretener al personal. Ya desde su novedosa historia que nos habla de Idilia, una organización que se dedica a reclutar niños/as superdotados y educarlos en sus centros con la última tecnología (todo esto se cuenta en el interesante prólogo que abre la película). La trama se centra en 30 años después, centrándose en Diana Leiva, una de aquellas niñas inteligentes autora de un manifiesto que advertía sobre la proliferación incesante de la IA en nuestra cotidianidad. La joven ha decidido recluirse en su apartamento, donde sucede la mayor parte de la trama, devastada por la deriva de los políticos que han creado una sociedad altamente contaminante en que la población sufre las condiciones de miseria y soledad. Tres visitas recibirá Diana: Sinclair, el artífice de Idilia, Carlos, su hermano y un grupo de soldados. 

La película tiene un gran trabajo de diseño, ambientación y sonoro que ha contado con la impecable cinematografía de Beñat Belaza, que ha estado en los equipos de Carmen y Lola y Letters to Paul Morrissey, entre otros y debuta con Idilia creando un mundo frío y distante con colores oscuros contrastados con otros etéreos que ayudan a crear esa idea de falta de emociones que sobrevuela por ese mundo futurista y tan cercano. Un gran trabajo de arte de Joan Català Roig, Albert Pinya y Sylvia Sánchez para crear un espacio único, totalmente irreal y muy inquietante, que recuerda a la publicidad, espacio donde se han fogueado la pareja de hermanos-directores, al igual que el vestuario de Carlos Marán, Marta Gil, y la firma Cortana, dando ese look artificioso y cotidiano en esa sociedad donde todo parece de otro planeta.  La magnífica música de Elias Fabré, con esas melodías electrónicas que ayudan a sumergirnos en esa sociedad tan diferente y a la vez, tan igual que la nuestra, además de los quejíos del gran Niño de Elche, dándole una forma nada convencional. El montaje de Albert Andreu Sánchez que debuta con la película, en sus concisos y breves 73 minutos de un metraje asfixiante, lleno de diálogos cortantes que nos va atrapando a través de su sinceridad y transparencia.

Un gran reparto encabezado por Norma Ruiz que hace de la misteriosa Diana Leiva, que tiene en Raúl Prieto como su hermano, en el alter ego perfecto, donde el pasado y los conflictos familiares saltarán a la lona. Andrew Tarbet es Sinclair, algo así como el creador de Diana, un momento que recuerda a aquel tan archiconocido de Blade Runner. Eva Isanta tiene su momento cuando habla por televisión de Idilia, y los demás intérpretes que muestran cercanía, fuerza y valentía. Una película como Idilia es una rara avis dentro de la cinematografía española, porque bebe de las fuentes del cine estadounidense tales como los estupendos maravillosos de Alex Garland, todo un revolucionario de la ciencia-ficción actual, de películas como Hijos de los hombres, otra piedra angular que dirigió Cuarón, y demás autores que quieren hacer del género un vehículo que ayuda a entender e investigar la proliferación de tantas máquinas artificiales en nuestra sociedad y cómo todo eso va a ayudarnos o por el contrario, va a acabar con nosotros. El dilema está aquí y ahora, mientras tanto podemos ver películas como Idilia que, a pesar de sencillez, construye un universo único, con personajes interesantes y deambula por varios géneros como el policíaco, el drama personal y familiar, el bélico, y sobre todo, la distopía que ya no está tan lejos, quizás tan cerca que no somos capaces de ver su verdadero rostro tan oscuro y maligno. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Hasta la montaña, de Sophie Deraspe

MATHYAS Y ÉLISE QUIEREN SER PASTORES. 

“La mayoría de los lujos y muchas de las llamadas comodidades de la vida no sólo no son indispensables, sino que resultan un obstáculo evidente para la elevación espiritual de la humanidad”. 

Henry David Thoreau

El publicista Mathias Lefebure, residente en Quebec (Canadá), dejó su trabajo y se marchó a los Alpes franceses con la intención de empezar de nuevo, reconectarse consigo mismo y emprender una nueva vida como pastor de ovejas. La experiencia la escribió en su libro “D’où viens tu, berger?”, que ahora de la mano de la cineasta Sophie Deraspe (Rivère-du-Loup, Canadá, 1973), nos llega convertida en su tercera ficción que aboga por la sencillez, la honestidad y la capacidad del cine de volver a las historias tranquilas, que huyan de la narrativa efectista y hagan de lo convencional una seña de identidad que, en tiempos de algoritmos y de IA, todavía pueden emocionarnos con lo más pequeño, lo más simple y aquello tangible. En Hasta la montaña (en el original, “Begers”, traducido como “Pastores”), seguimos el itinerario del joven Mathyas, alguien que tiene un sueño, que no sabe nada de pastores, pero ante todo, sabe que no desea volver a su Canadá natal a seguir trabajando para otros, ahora quiere trabajar para sí mismo y volver a la naturaleza junto a los animales para ser y sentir. 

La cosa no será como Mathyas creía, o seguramente, el joven aspirante a pastor no conocía toda la verdad de vivir en una granja como pastor y trabajar en un oficio en vías de extinción, que requiere un enorme esfuerzo, sacrificio, largas horas de trabajo, muchísima dedicación y sobre todo, jornadas extenuantes donde el ganado se muestra fiero y rebelde. Ante esa cruda realidad, Mathyas tiene su conexión con lo atávico, con lo más primario, la naturaleza y los animales, y sobre todo, muy alejado del mundanal ruido, las prisas, los ajetreos, las locuras y el consumismo salvaje de occidente donde todo está en compra y se vende. Un contraste que chocará con los lugareños que no lo ven capaz de realizar su hazaña, y también, contra sí mismo, que se verá envuelto en serias dificultades en los varios empleos que tiene en los que debe demostrar su capacidad para ser pastor. Como el hombre propone y Dios dispone, conocerá a Élise, una joven funcionaria que aprovechará la aventura del canadiense para enrolarse en la causa y le acompañará como pastora. Un guion partido en dos mitades coescrito por el propio Lefebure y la directora que,  en su primera mitad, sigue a Mathyas y los tropiezos antes de ser pastor, y en la segunda, seguiremos a los jóvenes citados y su viaje por los Alpes transportando a un rebaño de 800 ovejas.

Una película bellísimamente filmada filmada en parajes naturales que nunca cae en la condescendencia de lo que tiene delante, y sabe extraer todo esa parte de problemas, tensiones y alegría de los dos jóvenes pastores y esa dualidad entre la belleza, lo salvaje y lo dificultoso de su nuevo oficio. El gran trabajo que firma el cinematógrafo Vincent Gonneville, que tiene en su haber trabajos con la cineasta tunecino-canadiense Meryam Joobeur, entre otros, donde no muestra la belleza sin más, sino que la contrasta con la dureza del trabajo como pastor. La excelente música de Philippe Brault, que conocemos por sus colaboraciones con Sebastien Pilote en Maria Chapdelaine, y con Sébatien Manier en El origen del mal. Una composición que consigue fusionar la belleza de los brutales paisajes de montaña con las dificultades y los conflictos propios de enfrentarse a una tarea como pastores primerizos. El estupendo y conciso montaje de Stéphane Lafleur que tiene en su filmografía más de 20 películas entre las que destaca Profesor Lazhar (2011), de Philippe Falardeau que, en sus casi dos horas de metraje, construye una cinta de viaje emocional y profundo en pos a el deseo y el sueño de alguien de ser pastor, y de comenzar de nuevo, de reinventarse y volver a la naturaleza y conocerla, disfrutarla y también, padecerla. 

Con un reparto que tiene al casi desconocido Félix-Antoine Duval como Mathyas, en su segundo protagonista, y Solène Rigot, que hemos visto en Puppylove y Las cartas de amor no existen, entre otras, como los dos aspirantes a pastores. Guilaine Londez, Bruno Raffaelli, Younes Boucif, entre otros, integran un reparto que aboga por la credibilidad y la naturalidad en sus interpretaciones. Después de Les loups (2015) y Antigone (2019), la directora Sophie Deraspe ha construido una película que abraza la vida, y lo hace desde la perspectiva de un par de valientes, de dos almas cansadas y agobiadas por los males de la sociedad moderna, donde todo se hace por y para el dinero, y vive de espaldas a la naturaleza y sobre todo, a lo que somos, a nuestros sentimientos y nuestro pasado. Una historia como la que cuenta Hasta la montaña nos conecta con lo más simple, con aquello que nunca debimos dejar de ser, porque nuestra manía con ser lo que no somos, nos ha llevado a sobrevivir en ciudades que odiamos y que no nos entienden y que marginan lo humano y lo de verdad, pertrechadas en su mercantilismo feroz que expulsa a las personas y ayuda a aquellos consumidores feroces que viven por y para el dinero. Una verdadera tragedia. Quizás los expulsados deberíamos tomar las riendas de nuestras existencias y huir a la vida como hacen Mathyas y Élise y trabajar duro para ser pastores u otra cosa. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Historias del buen valle, de José Luis Guerin

LOS QUE HABITAN LA PERIFERIA. 

“Mis películas son una celebración de la realidad, de la vida, de mis amigos, de la vida cotidiana que pasa y mañana desaparece y no le prestamos atención cuando sucede”. 

Jonas Mekas

Ha pasado un cuarto de siglo desde que vimos En construcción, en la que José Luis Guerin (Barcelona, 1960), situaba su mirada-cámara en las entrañas del barrio Raval de Barcelona mientras sufría su mayor cambio urbanístico de su historia. A través de las historias más mínimas y cotidianas de sus gentes descubrimos el espacio humano más invisible, el que se instala en los márgenes, y sobre todo, el olvidado. Su película no sólo hablaba de una urbe en constante psicosis de construcción y cambio, sino en una forma de hacer y deshacer donde los ciudadanos importan poco o nada. A partir de un encargo del Macba bajo el título de “Una ciudad escondida bajo la niebla”, el cineasta barcelonés despachó una pieza en blanco y negro y muda, con música, filmada en super 8 sobre otro barrio, el de Vallbona, en el distrito de Nou Barris, seguramente el barrio más aislado, periférico y olvidado de la ciudad. Algunas imágenes de la pieza y varios testimonios nos dan la bienvenida a la película del título fordiano Historias del buen valle, donde el cineasta menciona su “Work in Progress”, una película en continuo movimiento, tanto físico como emocional. 

El cine es un arte de la subjetividad y la fragmentación, y Guerin sigue esas premisas desde el más absoluto respeto de aquello que tiene delante y primero, lo mira, más tarde, habla con sus habitantes, y posteriormente, lo filma desde la lejanía, acercándose desde el cuidado, desde la honestidad y sobre todo, sin pretender que olvidemos la mirada del cineasta, el forastero que llega para retratar un lugar y sobre todo, retratarse a sí mismo. A partir de la cinematografía de Alicia Almiñana construye una fragmentación totalmente cuidadosa y muy trabajada, en la que cada encuadre y plano obedece a una extensión del que observa, del que mira, de una curiosidad infinita, donde lo que importa no es lo que sucede, sino la carga de memoria que hay en cada mirada, gesto y palabra. Vemos un barrio a trozos, como una especie de caleidoscopio en que lo más local y cotidiano se confunde con aquello más complejo e inherente en cada uno de los habitantes que nos vamos encontrando. Una película que sabe recoger con paciencia y sin prisas, situándonos a los espectadores en una especie de tempo donde todo va mucho más tranquilo, un espacio apartado de todo y todos, rodeado de “enemigos” como las infinitas estructuras del mal llamado progreso que no cesa en su psicosis de construir carreteras y vías férreas que van consumiendo el espacio del barrio y aislando aún más, amén del canal-río que lo vertebra. 

Guerin sabe que el foco nunca está en la primera vista, sino que hay que observar con más profundidad para que aquello más oculto y difícil se revele, porque el tiempo presente del cine escarbe lo que sucede y cómo, ahí aparecen los más ancianos del lugar testimoniando el barrio de antes, sus costumbres y sus historias, venidos del sur del país, y los de ahora, venidos de muchos países como India, Marruecos, Ecuador, Portugal, Ucrania y demás, recogiendo su historia de inmigración, de refugio, de vida y de conflictos. Los habitantes-personajes hablan de frente, de todas las edades y procedencias, como le hablasen a un amigo, como atestiguan los tres años de proceso de filmación, y lo hacen emocionados amontonando recuerdos, vivencias y demás. La película capta con mucha naturalidad y transparencia todas las escenas que se van produciendo: las diferentes reuniones a la vera del bar mientras hablan de lo suyo, mientras cantan los gitanos y portugueses las rumbas y melodías que describen sus existencias, amores, sus frustraciones y tristezas. Las reuniones en el canal usado como baño municipal, donde la música, la alegría y las risas forman parte, así como las realidades de cada uno. Una arquitectura que se mueve entre lo urbano y lo rural, fragmentos de vida y verdad que se van intercalando con diferentes espacios del barrio y sus alrededores, con el omnipresente sonido del tren que lo circunda, y la excelente y concisa música de Anahit Simonian, que nos remite a lo más puro de la imagen.  

Una película que, entre otras muchas más cosas, viene a documentar un barrio que jamás había sido filmado, reflejo de su olvido por su condición de espacio para desheredados. Guerin rompe esa condición maldita a la que el barrio y sus habitantes han sido relegados, y cómo sucede en su cine, su cámara está para escucharlos y filmarlos para dejar su testimonio y dar validez y sobre todo, dotar la importancia que se merece como individuo en que el cine le devuelve la dignidad y la humanidad arrebatada. Uno de los personajes mayores del lugar, le menciona al cineasta: “Que la película sobre Vallbona podría ser un western”. Si que hay de eso en la cinta, y mucho más, porque la imágenes filmadas viajan por muchos lugares: la ficción, el documento, lo social, y lo humanista, donde los diferentes humanos y sociales van emergiendo de forma natural, sin pretender ni ajustar nada, tomándose el tiempo necesario para que los rostros y sus testimonios se sientan importantes y se expresen con transparencia a través de la cámara que los filma. La acumulación de personas, historias y vidas de antes y ahora están sumamente cuidadas y respetadas y funcionan con ese tempo cinematográfico donde la mirada y la palabra escenifican lo universal del relato, porque cada retrato es mucho más de lo que vemos, atrapando su esencia más profunda y sensible.  

Guerin construye un relato que se alimenta del cine en su más pura esencia y ornamento, en que el cine mudo, ya presente en su fantástico prólogo, va apareciendo remitiéndose a aquellos maestros como Flaherty, Renoir, Murnau y Grierson, y cómo no, sus anteriores trabajos, como esas fantasmagorías que construyen a los ausentes en relación con los presentes que ya estaba en la mítica Tren de sombras (1997), y esos encuadres que van delimitando las diferentes personas, espacios y edificios que ya vimos en Inisfree (1999) y Guest (2010) y sus celebradas piezas como Le Saphir de Saint-Louis (2015) y De una isla (2019), entre otros. Un prodigio y conciso montaje del propio Guerin, muy trabajado y elegante, que nada está al azar, como ese tramo final, donde el cine se eleva a cotas que muy pocos cineastas pueden conseguir, que nos hace viajar por cualquier tiempo, espacio, memoria, presente y demás, y cómo no, todos los presentes y fantasmas que habitan en cada espacio y en nuestro interior en los 122 minutos de metraje que nos devuelven el cine de verdad, aquel que mira, que observa, que filma y sobre todo, que cuenta y se cuenta con lo más mínimo, la materia física y sobre todo, invisible que está llena de emoción y de vida. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

La tarta del presidente, de Hasan Hadi

ÉRASE UNA VEZ EN… IRAK. 

“Si mal no recuerdo, la infancia consistía en tener ganas de aquello que no se podía conseguir”. 

Audur Ava Ólafsdóttir

A finales de los ochenta apareció ¿Dónde está la casa de mi amigo? (1987), de Abbas Kiarostami, en el que a través de una sencilla y profunda historia sobre dos niños, se retrata el estado de ánimo de un país como Irán. Se abrió una forma diferente de hablar de ciertos temas incómodos y políticos a través de la mirada de la infancia. Le siguieron El globo blanco (1995), de Jafar Panahi, con guion del citado Kiarostami, y otras cómo Buda explotó por vergüenza (2007), de Hana Makhmalbaf, que dejaron miradas sensibles e interesantes de una población que sobrevivía en situaciones muy difíciles con la mirada de una infancia que reflejaba todo ese desgarro emocional. Un cine muy aplaudido internacionalmente que traspasó fronteras y derribó estereotipos occidentales en pos a un cine humanista que se acercaba de frente y de forma natural a los conflictos internos que sufría la población iraní. 

La ópera prima del iraquí Hasan Hadi, La tarta del presidente, está muy emparentada en ese cine iraní con niños porque su protagonista, Lamia tiene 9 años y en pleno régimen de Sadam Hussein, en los años noventa, su maestro le encarga que haga el pastel del cumpleaños del dictador. En ese instante, empieza una odisea para la niña en la ciudad de Bagdad, con la ayuda de su inseparable amigo Saeed, y su gallo Hindi, en la que irán de aquí para allá, intentando reclutar los ingredientes de la citada tarta. Los niños ayudan a retratar un país lleno de escasez, restricciones, en estado de alerta de guerra permanente y demás destrozos físicos y anímicos. El cineasta nacido en Najaf, al sur de Irak, nos sitúa a la altura de la mirada de Lamia, y nos explica los acontecimientos que la niña experimenta desde su inocencia e ignorancia en un mundo ajeno para ella, donde todo se mueve demasiado rápido y es imposible de entender. Estamos en una especie de “Alicia en el país de las maravillas” en el que hay mucha crudeza, suciedad y violencia, pero sin entrar en esa explicitud que hubiese restado al contenido de la historia, situándonos en ese espacio de testigos en el que no hace falta verlo todo para entender.

Resulta muy admirable la luz natural, cercana y transparente que firma el cinematógrafo rumano Tudor Vladimir Panduru, que tiene en su haber más de 27 títulos junto a directores tan importantes como Cristian Pungiu, Cristi Puiu, Radu Muntean y Selman Nacar, entre otros. Una luz que penetra en cada rincón a través de la mirada despierta e intensa de Lamia, explorando las miserias de una sociedad que oculta sus oscuridades y verdades. El montaje lo hace otro rumano Andu Radu, el colaborador más estrecho del mencionado Rau Muntean, con el que ha trabajo en seis ocasiones, en una edición que mantiene la incertidumbre y lo laberíntico en toda la acción en sus intensos 102 minutos de metraje que nos va atrapando a base de sencillez, alejándose de lo estridente y lo convencional, y adentrándose en territorios más complejos, menos evidentes y más de verdad. No podemos olvidar el impecable trabajo de sonido del hungaro Tamas Sanji, que ha trabajado en El hijo de Saúl y Atardecer, ambas de László Nemes, consiguiendo acercarnos de manera directa y sin concesiones, a todo lo que escuchamos, se vea o no, lo cuál nos hace estar más adentro de todo lo que se cuenta. 

Como solía ocurrir en las películas citadas iraníes, el reparto está lleno de intérpretes naturales, como la pareja de niños que hace Baneen Ahmed Nayyef como Lamia, que nos recuerda a Razieh, la niña de 8 años que protagonizaba El globo blanco, y Sajad Mohamad Qasem es Saeed, Bibi lo hace Waheed thabet Khreibat y Rahim Aihaj es Jasim, y muchos más. Unos actores que se convierten a base de honestidad y una gran naturalidad que nos lleva a sus situaciones complejas y aquel aire prebélico en el que se desarrolla el Irak de entonces. No deberían perderse una película como La tarta del presidente, de Hasan Hadi, porque verán que siempre hay un espacio para hablar de la violencia y el dolor y además, dejar el espacio necesario para la reflexión, para conocer la cotidianidad de todos aquellos que vivían en aquel Irak, bajo el terror del dictador, como por ejemplo, una niña con pocos recursos que debe ir a la capital para hacer un pastel a alguien que no conoce y le obligan a rendir pleitesía, como demuestran las imágenes de la escuela. Una película magníficamente filmada que tiene momentos muy duros y bellos, como los viajes en barca de los niños en su ir y venir por su pueblo que rodea un río. Una película que evidencia que la textura más frágil del cine sigue intacta y la emoción puede aparecer con lo más mínimo, con una niña caminando por unas calles, con su gallo y detrás de un poco de azúcar, huevos y leche. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Aída y vuelta, de Paco León

EL HUMOR ANTE EL ESPEJO. 

“La comedia es tragedia más tiempo”. 

Carol Burnett 

Primero fue la serie 7 vidas (1999-2006), donde nació el personaje de Aída, que más tarde se convierte en la serie Aída, producida por Globomedia y emitida por Telecinco, estuvo diez temporadas en antena, del 2005 hasta 2014, en el que se emitieron 237 capítulos y 8 especiales, cosechando un grandioso favor del público. Muchos de sus fervientes seguidores, entre los que no me incluyó, han demandado durante mucho tiempo un reencuentro de sus protagonistas. Muchos de estas vueltas suelen basarse en los restos del naufragio, es decir, en volver a las formas y texturas del pasado, cosa que, en muchos casos, se acaba convirtiendo en un pastiche que no agrada a los admiradores de entonces ni posibles de ahora. En contadas ocasiones, el reencuentro no se centra en volver a recordar los mejores éxitos, sino en darles la vuelta por completo y mirar la esencia de la serie a partir de los momentos actuales, no para sacar las vergüenzas de entonces, sino para mirarla de frente, con cabeza fría y abriendo las posibles costuras, y sobre todo, observar cómo han cambiado las cosas de entonces y cómo son ahora, como hace Aída y vuelta

El director Paco León (Sevilla, 1974), que se graduó con nota en el díptico que le dedicó a su madre Carmina Barrios en Carmina o revienta (2012) y su secuela Carmina y amén, dos años después. Deslumbró con la comedia sexual Kiki, el amor se hace (2016) y deslumbró con la serie Arde Madrid (2018), que contaba las andanzas en blanco y negro de Ava Gardner y su peculiar servicio. En Aída y vuelta nos vuelve a sorprender para muy bien, a partir de un guion que firman Fer Pérez, un guionista que estuvo en Aída y en Kiki y la serie, y él mismo, con una comedia que tiene de todo, porque acoge los personajes de la mencionada Aída, e inventa una ficción en un juego magnífico de meta cine y lenguaje, donde los intérpretes se interpretan a sí mismos, y tramas que han vivido o vivirán, y situándonos en un 2018 donde la mencionada serie continúa con un gran éxito, pero con el handicap que Carmen Machi ha comunicado que dejará la serie, en la semana que se filma el último episodio de la temporada. Siete días que arrancan con la lectura de guion, los dimes y diretes de unos y otros, y los consabidos conflictos que se van generando. La trama reflexiona sobre los límites del humor, la bacanal de odio que son las redes, la salud mental, y demás aspectos que se van desgranando en esa semana llena de agitación.   

El director sevillano se hace acompañar de técnicos muy conocidos como el gran cinematógrafo Kiko de la Rica, que ya lo acompañó en Kiki, el amor se hace, amén de haber trabajado con grandes nombres como Medem, Berger y Álex de la Iglesia, con el formato 35 mm para traspasar cada situación y personaje, impregnando la película de un tono muy cercano e íntimo, con una cámara en continuo movimiento que no para nunca, mostrando las diferentes realidades y ficciones por los que se mueve sin reparos la historia, en una película que se desarrolla en el set donde se graba la famosa serie. La música corre a cargo de Lucas Vidal, el compositor que trabajó con León en el cortometraje Vaca Paloma (2015), y películas de Balagueró, Coixet y series como Celeste y la reciente Yakarta, que ilustra la película, con la compañía de una selección de canciones estupendas, que transmiten el malestar y la pelea constante que se va agrandando a medida que van pasando los días. El montaje es de Ana Álvarez Ossorio, que trabajó con el cineasta sevillano en las dos Carminas y la citada Arde Madrid, además de Colomo, Paz Vega y Vicente Villanueva. Su edición funciona con un ritmo vertiginoso, como una especie de vodevil pesadillesco de una semana en sus rítmicos y agitados 98 minutos de metraje.

El reparto de la película, a excepción de alguna presencia ya confirmada, repiten todos los intérpretes que ya estaban en la serie, no con aquellos roles, sino con otros nuevos, haciendo de ellos en una película que es el rodaje de aquella serie. Tenemos a la gran Carmen Machi, eje de la película, haciendo un personaje que, en algún momento, recuerda a la Gena Rowlands de Opening Night. Paco Léon es el atizador en un instante, y luego los Eduardo Casanova, Miren Ibarguren, Mariano Peña, Melani Olivares, Pepe Viyuela, Secun de la Rosa, Pepa Rus, Canco Rodríguez, Marisol Ayuso, David Castillo, Emilio Gavira en un extraño rol y demás. La cosa era entrar y salir de forma inmediata en el personaje y en la vida real dentro de una ficción, un lenguaje de muñecas rusas y al revés y de lado que la película borda con total naturalidad y tranquilidad proponiendo un juego constante donde el humor está continuamente en entredicho, si si o si no, como el correr de los tiempos, totalmente enfrentado al humor que se hacía en la serie o qué se viene haciendo, muy alejado de los tiempos de ahora. El grupo de actores y actrices se meten de lleno en el juego de verdad y ficción y mentira y realidad por el que juega la trama de modo tan peculiar y divertido. 

No me cabe duda que muchos cientos de miles seguidores de la serie irán corriendo a los cines para ser testigos de primera fila en el reencuentro esperado, y seguramente, muchos de ellos volverán a reírse a pecho descubierto repitiendo los mismos chistes de entonces, como sucede en las interesantes secuencias cuando los susodichos se encuentran con admiradores y las curiosas reflexiones que se crean. Habrá otros, que no éramos seguidores de la serie, que se encontrarán con Aída y vuelta, una película muy interesante y reflexiva, que bajo sus múltiples capas tiene aquella que va sobre el humor, sobre qué significa ayer y hoy, de cómo han cambiado las cosas, para bien y para mal, y sobre todo, cómo las j*****s redes sociales han creado una infinidad de malhechores de la red que atizan sin escrúpulos a todo aquel que resbala sin pensar en el contexto y sin tener la información necesaria para emitir cualquier opinión y mucho menos tan desagradable. Estamos ante una nueva vuelta de tuerca en la filmografía como director de Paco León, que huyendo del reencuentro baboso que practican muchos, ha parido una película que gustará a los fans de la serie y a otros, como el que escribe este texto, ha salido convencido de la sala, porque además de construir una mirada muy crítica sobre el humor y las redes, encima es una comedia divertida, reflexiva y muy entretenida. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Hamnet, de Chloé Zhao

EN EL AMOR Y EN LA MUERTE. 

“¡Morir…, dormir! ¡Dormir!… ¡Tal vez soñar! ¡Sí, ahí está el obstáculo! ¡Porque es forzoso que nos detenga el considerar qué sueños pueden sobrevenir en aquel sueño de la muerte, cuando nos hayamos librado del torbellino de la vida!”. 

Fragmento de la obra “La tragedia de Hamlet”, de William Shakespeare

Si recuerdan Shakespeare in Love (1998), de John Madden, nos situaban en el Londres de 1593, en la que retrataban al dramaturgo en horas bajas, intentando volver al éxito de sus obras, y se cruzaba una joven Lady Viola que hacía que su comedia sobre piratas se convertiría en “Romeo y Julieta”. En Hamnet nos hacen un recorrido exhaustivo sobre el joven William antes de ser Shakespeare, pero desde la mirada de su amada Agnes, donde la creación de La tragedia de Hamlet tiene especial relevancia. Somos testigos del amor de la pareja de jóvenes, de un amor en contra de todos y todo, entre una joven alimentada por el bosque y sus secretos y un joven diferente, rebelde y escritor. Después, vendrá la boda y sus tres hijos, Susanna, y los gemelos Hamnet y Judith. Más tarde, vendrá la muerte del pequeño Hamnet con tan sólo 11 años, que ocasionará el alejamiento de Agnes y William, y la vida se tornará muy oscura y dolorosa. 

La reconocida novela “Hamnet” de la norirlandesa Maggie O’Farrell. publicada en 2020, que tuvo una adaptación en las tablas, llega al cine con un brillante y conciso guion que firman O’Farrell junto a la directora Chloé Zhao (Pekín, China, 1982), en una magnífica producción que nos traslada a la segunda mitad del siglo XVI hasta principios del XVII. Miramos la historia a través de Agnes, una criatura del bosque, donde ha aprendido todos sus secretos y sabidurías, en una primera mitad de la trama donde la naturaleza y la libertad y el amor se imponen en unos personajes llenos de vida, valentía y humanos. En el segundo tramo, con la muerte del hijo, la cosa se tornará de un color muy oscuro y las tormentas internas se impondrán en las difíciles relaciones entre los personajes. La directora que nos deslumbró con títulos como The Rider (2017), y Nomadland (2020), entre otros, en las que retrata a unos seres que vivían al margen de las normas en consonancia con la naturaleza y sus animales, en unos sentidos y profundos westerns que rompían los cánones establecidos. Su Hamnet bebe de ese cine histórico británico donde todo está en su sitio y hay poco espacio para lo diferente, aunque la asiática sabe que dentro de cierto clasicismo, hay espacio para construir personajes diferentes que rompan lo establecido y se enfrenten a zonas oscuras que poco se dan en una película. 

La producción de la película no tiene ni un pero y está planteada a partir de un gran esfuerzo de producción y un equipo de altos vuelos empezando por la cinematografía excelsa que firma un grande como el polaco Lukasz Zal, responsable de la luz de las películas de Ida y Cold War, de Pawel Pawlikowski, y La zona de interés, de Jonathan Glazer, entre otros. Su imagen capta el espíritu revolucionario de Agnes y una época de la campiña británica en la que abundan los colores y tonos ocres, grisáceos y verdosos. La música ayuda a navegar por esos lados de alegría y amor, y esos otros, más tristes y oscuros que firma otro gigante como el británico Max Richter, que ha trabajado en más de 60 títulos con Ari Folman, André Téchiné, Schlöndorff, James Gray, entre otros. El montaje construido a dúo por la propia directora, como ya había hecho en Songs My Brothers Taught Me y en la citada Nomadland, y el editor brasileño Affonso Gonçalves, que tiene en su haber nombres tan importantes como Tod Williams, Todd Haynes, Ira Sachs y Jim Jarmusch, y otro de los grandes títulos de la temporada pasada Aún estoy aquí, de su compatriota Salles. Un montaje conciso, excelente y de verdad en sus 125 minutos de metraje por esta montaña rusa de emociones que traspasan la pantalla desde el corazón, alejado de la complacencia y el manierismo. 

Elegir a la actriz que encarnará a una mujer como Agnes no era tarea nada fácil, por eso una elección como la de Jessie Buckley es muy acertada, porque la intérprete irlandesa, con unos 30 títulos en su filmografía, se ha erigido en una actriz bestial en todos los sentidos. Su Agnes es puro corazón, alma, naturaleza, animalidad y todo amor, como mira a William, como cuida y habla a sus hijos. A Buckley ya le pueden ofrecer cualquier rol, que ella lo hace suyo y lo transmite de una forma humanista y nada convencional, expresando toda esa alma libre y oscura cuando llega la tragedia. A su lado, Paul Mescal, que sabe manejar la pasión y la oscuridad de su personaje, alguien que está muy ausente y que pasa su duelo de forma muy diferente a su mujer, cosa que alimenta los aspectos del alma humana. Como ocurren en este tipo de producciones, tenemos a un reparto estupendo, que no son intérpretes sino personajes que te crees sólo con su mirada y su forma de moverse como la maravillosa Emily Watson, madre del dramaturgo, el padre que hace David Wilmot, metido en muchas batallas pero siempre desde la verdad y la cercanía. sin olvidar al trío de hijos y demás intérpretes que componen unas almas de verdad y cercanas. 

Muchos espectadores que se aproximen a ver una película como Hamnet seguramente no les convencerá el academicismo que desprende la película y no conectarán con la intimidad de sus personajes. Estoy seguro que otros espectadores, más ávidos a un cine donde el personaje y el actor se convierten en el alma de la función, acompañarán la película y la verán con entusiasmo y llenos de emoción debido a los tristes y trágicos acontecimientos que suceden en su trama. Aplaudimos con vehemencia el carrerón de Chloé Zhao, porque ya sea desde la producción indie estadounidense o lo clásico británico, sabe sacar partido a sus historias y sobre todo, a sus personajes, que los hace muy de verdad, llenos de vida, acogiéndolos en esa zona donde vivir y morir pende de un hilo, en el que trata temas tan fuertes como el amor pasional, desbordante y sexual, las dificultades de la creación artística y lo creativo como herramienta para sacar la mierda y enfrentarse a nuestros monstruos y debilidades y traumas, y las formas de duelo, que ya había tocado en sus anteriores películas, en que los personajes se enfrentan al dolor, pérdida, ausencia y la tristeza de formas muy diferentes y enfrentadas, tan válidas como de verdad, en que la película hay hace una reflexión profunda, sincera y desde lo más intrínseco y sin juzgar. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Yunan, de Ameer Fakher Eldin

EL PAISAJE INTERIOR. 

“Nadie llega sólo a ningún lado, mucho menos al exilio… Cargamos con nosotros la memoria de muchas tramas, el cuerpo mojado de nuestra historia, de nuestra cultura”. 

De “Pedagogía de la esperanza”, de Paulo Freire

La película se abre de una forma contundente y directa ya que vemos al protagonista sometiéndose a unas pruebas médicas. El diagnóstico es claro: no es físico, sus ahogos los provoca su estado emocional. Los primeros minutos nos sitúan en la tristeza de Munir, un escritor árabe exiliado en la fría y fea Hamburgo, que vive aislado, y no puede escribir, además, está preocupado por el bienestar de su familia y su país. Sólo le queda el suicidio y con esa intención viaja a una isla remota del Mar del Norte. En ese lugar de naturaleza salvaje y hostil y un mar a punto de devorarlo todo, conocerá a dos de sus pocos habitantes: Valeska, una octogenaria que es su casera, silenciosa, afable y cercana, y Karl, el hijo de ésta, más gruñón, malcarado y hostil con el forastero. Munir, sumido en su terrible desesperación, y extranjero de todo y todos, vivirá una existencia de mucha introspección y reflexión. 

Segunda película de la trilogía sobre el exilio y el sentido de hogar que se inauguró con The Stranger (2021), del director de origen sirio Ameer Fakher Eldin (Kiev, Ucrania, 1991), situada en los Altos del Golán ocupados y la relación que se establece de un médico rebelde y un soldado sirio herido. En esta ocasión, reflexiona sobre la soledad y la depresión de un escritor sólo en Alemania, y lo hace con una película que recuerda en tono y forma al cine de Angelopoulos y Nuri Bilge Ceylan, que retratan el desarraigo y la desesperación del huido, con un tempo entrelazado con la atmósfera y el paisaje como reflejo del alma triste y solitaria, atrapada en una rutina que se torna insoportable y sin salida. El paisaje de la isla, en mitad de la nada y alejado de todo, simboliza ese estado de expulsado que persigue a Munir, donde sus habitantes tan diferentes y con diferente estado de ánimo, ayudarán al escritor que no escribe a sentirse menos sólo y sobre todo, menos incapaz de sobrellevar su pesada y asfixiante existencia. El director impone un ritmo pausado, muy tranquilo y apacible, donde la trama es invisible, inexistente, porque todo gira en torno a lo que no vemos, a esas locuras internas que nos someten a una vida carente de vida, a una no vida muy oscura y pesada.

La cinematografía pesada y concisa que firma Ronald Plante, con más de 34 películas en su filmografía junto a directores como Winterbottom, Falardeau, y series reconocidas como Heridas abiertas, entre otras. Una luz tenue y apagada, con tonos sombríos, llena de colores apagados y en un estado de grisáceo recurrente ayudan a retratar un lugar y sobre todo, un estado de ánimo. El gran trabajo de sonido del dúo Markus Stemier y Song Kuen-Il recoge con intensidad todo el detallado espacio sonoro de la isla, donde los agentes atmosféricos tienen una relevancia cumbre en el devenir de la trama. La música de Suad Lakisic Bushnaq, con experiencia en el cine, nos sitúa y desgrana con sutileza y sin complacencia el estado emocional de Munir, y lo hace con unas composiciones llenas de agitación y magnífica. El preciso y complejo montaje que firma el propio director nos lleva a los 124 minutos de metraje que se ven sin grandes acontecimientos, quizás, aquellos tan invisibles que, en realidad, son los que nos hace humanos de verdad, esas cotidianidades tan necesarias como comer, beber, contarse o estar en silencio con la compañía adecuada, la que sabe escuchar, sentir y querer sin ataduras.

Un reparto de pocas palabras que se apoya en lo esencial, es decir, la mirada y el gesto, en el que destaca un trío excelente empezando por Georges Khabbaz en la piel de Munir, un actor libanés que conocimos como un profesor de música en Ghadi (2013), de Amin Dora. Después la maravillosa presencia de una gran del cine europeo como Hannah Schygulla, con más de 80 películas en casi 60 años de carrera al lado de Fassbinder, con el que hizo 20 títulos, amén de Godard, Wenders, Scola, Saura, Wajda, Ferreri, casi nada. Y el peculiar trío lo cierra el actor alemán Tom Wlaschiha, visto en series tan exitosas como Juego de tronos y Das Boot, y la pareja que forman el gran actor palestino israelí Ali Suliman, que tiene en su haber nombres tan importantes como Hany Abu-Assad, Eran Riklis, Elia Suleiman, Ziad Doueri y Ridley Scott, y la actriz turco alemana Sibel Kekilli, la inolvidable protagonista de Gegen Die Wand (2004), de Fatih Akin. La extraordinaria Yunan, de Ameer Fakher Eldin nos habla de exilio, de desarraigo, de viajes no deseados, de soledad, de locura, de depresión, y sobre todo, de la pérdida y la oscuridad, pero también, nos habla de la incertidumbre de la existencia que, a veces, puede ser muy mala, y en cambio, en otras, quizás sea nuestra última tabla para encontrar un resquicio de lo que sea, que se convierta en algo inesperado, accidental, como cuando la naturaleza impone su presencia salvaje, libre y bella. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

El secreto del herrerillo, de Antoine Lanciaux

LA CURIOSIDAD DE LUCIE. 

“Recuerde que las cosas no son siempre como parecen ser… La curiosidad crea posibilidades y oportunidades”.

Roy T. Bennett

Ante el apabullamiento y el esteticismo exacerbado de ciertas producciones de animación, la cinematografía francesa se ha declarado en rebeldía y ha abdicado de las tendencias establecidas, para buscar nuevas herramientas, más tradicionales y artesanales, en las que va construyendo la película-acontecimiento porque ya no busca la artificialidad porque sí, sino, miradas menos contaminadas, optando por un modelo de animación con buenas historias, que miren a los niños de forma directa, sin tantos sobresaltos ni artificialidad, generando una historia sencilla, honesta y muy humana. En ese sentido, se mueve una película como El secreto del herrerillo (en el original, “Le secret des mésanges”), una magnífica y profunda historia sobre Lucie, una niña de 9 años que visita por primera vez la pequeña localidad de Bectoile, con ese precioso prólogo a bordo del tren, como la primera mirada del cine. Una visita durante un verano en el que le sucederán situaciones extraordinarias debido a su innata curiosidad. 

El director francés Antoine Lanciaux debuta en solitario con la película, después de una interesante andadura en la animación como guionista en La profecía de las ranas, Las cuatro estaciones de Léon y Vainilla, como artista de story board en Ma petite planète chérie y Mine de rien, como animador en Un gato en París y Mia y el Migou, y la codirección junto a Sophie Roze y Benoït Chieux del largometraje Nieve y los árboles mágicos, entre otros. En El secreto del herrerillo, la mallerenga en català, opta por la técnica de figuras de papel y recortables (cut out) de modo tradicional en el estudio Folimage de Valença, en el que se impone una maravillosa imaginación donde no hay límites, donde se crea un mundo cotidiano, rural y muy anclado en la realidad, eso sí, con espacio para los sueños e imaginaciones de la protagonista. Un decorado que respira autenticidad, cercanía y vida, en que cada personaje es único, en una trama que nos llevará al pasado, a rebuscar en la historia, y sobre todo, la memoria personal tan importante en el devenir de los hechos. La película está estructurada como un cuento con elementos como un castillo derruido durante la guerra en la que se lleva a cabo una excavación arqueológica, un molino que fue pasto de las llamas y un extraño personaje oculto en lo profundo del bosque. 

Un gran equipo de técnicos entre los que destaca Pierre Luc Granjon, coguionista junto al director, y animador experimentado en películas como Le Château des autres, La gran bestia, El invierno y la primavera en el reino de Escampeta y  L’enfant sans bouche, amén de codirigir Leonardo, el maestro. La citada Sophie Rozie, creadora gráfica y directora de artes plásticas, especialista en cut out, con la que ha trabajado con la mencionada técnica en diversas películas producidas por Folimage, y también es director y guionista de películas como Los caracoles de Joseph, y la codirección de Nieve junto a Lanciaux y demás. Samuel Ribeyron, reconocido ilustrador de cuentos infantiles con 17 libros publicados, amén de   creador gráfico y director artístico de las películas Las cuatro estaciones de León, Nieve y Wardi, y muchos otros trabajos. La excelente música de Didier Falk, otro profesional de la animación francesa, ayuda a mantener esa mezcla de cotidianidad, misterio y relaciones humanas que tiene la cinta. La magnífica cinematografía de Sara Sponga, llena de colores, texturas y sencillez que ayuda a acercarse y traspasar todo el universo creativo, que la conocemos por su gran trabajo en la estupenda No se admiten perros ni italianos (2022), de Alain Ughetto, otra delicia de la stop motion con muñecos. 

Los breves pero maravillosos 77 minutos de metraje de El secreto del herrerillo hacen, no sólo son una delicia para los más pequeños, sino que sus “acompañantes” adultos, si son capaces de dejar sus quehaceres, prisas y demás estupideces de esta sociedad psicótica, la disfrutarán de verdad, porque les devolverá a su infancia, a aquellos veranos calurosos en el pueblo, descubriendo una forma de vivir tan diferente a la ciudad, y sobre todo, volverán a sentirse niños una vez más, porque es la época más maravillosa e intensa de la existencia, cuando todo se vive y experimenta por primera vez, y las ganas de descubrir y curiosidad nunca se terminan. Nos quedamos con el nombre de su director, Antoine Lanciaux por su audacia, maravillosa imaginación y por trasladarnos al universo de la infancia, de la naturaleza, de los pueblos y de todo aquello que nos hace vivir intensamente, junto a una madre arqueóloga que busca un cripta en un castillo que cuenta mucho el pasado, un amigo Jan que es un manitas con los motores, y el inseparable perro Mandros, tan decidido, rebelde, inquieto y curioso como nuestra protagonista Lucie. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA