Winter Flies, de Olmo Omerzu

LA ESCAPADA DE NUESTRAS VIDAS.

El arranque de la película deja bien claro por dónde irán los tiros y nunca mejor dicho. Vemos a Hedus, un chaval de 12 años vestido de camuflaje y con fusil en mano, en plan de misión secreta por el bosque y buscando una posición cómoda que encuentra en unos grandes tubos de obra. Se acomoda y apunta a los automóviles que vienen de frente, y seguidamente, descargará toda su rabia agitando el gatillo con vehemencia. La ráfaga de disparos sale despavorida en forma de ruido incesante, propio de las armas de imitación. Quizás podríamos pensar que se trata de una chiquillada sin más, aunque la acción esconde algo más, la propia naturaleza escondida del chaval, el sueño de Hedus de convertirse en un soldado profesional en misiones secretas. De repente, Hedus salta de su escondite y detiene a un automóvil, y se dirige a su conductor,  Marek, un chaval de 14 que ha robado el coche, un viejo audi y se dispone hacerle kilómetros. Finalmente, Hedus sube al vehículo y los dos desaparecen carretera abajo. El cineasta Olmo Omerzu (Ljubljana, Eslovenia, ex Yugoslavia, 1984) arrancó su carrera en el largometraje con A night too young (2012) en la que se centraba en la primera experiencia sexual de dos adolescentes en una gélida celebración de Nochevieja, le siguió tres años después, Family Film, en la que exploraba una tragedia en el seno familiar.

Ahora, vuelve a mirar al mundo de la adolescencia y los deseos e ilusiones que ese tiempo comportan en dos chavales que sueñan con alistarse a la Legión francesa. Ahí es nada. Y lo hace a bordo de un viaje por el gélido invierno de la República Checa, por esas carreteras comarcales, cruzando pueblos y pequeñas ciudades perdidas en el mapa, deteniéndose en esos lugares de las afueras donde pasar la fría noche, y soñando con una realidad menos dura o más amable. Omerzu se centra en dos adolescentes, Marek y Hedus, uña y carne, amigos para siempre, o al menos a esa edad así se siente, que han cogido carretera y manta y se han lanzado a su aventura, con la inconsciencia y el ímpetu propios de la edad, entre juegos y la valentía de esa edad en que empiezas a dejar la infancia para convertirte en un adulto, un tiempo de transición, donde todavía no has decidido que serás, porque todavía lo desconoces, un tiempo incierto, en el que te sientes mayor, pero todavía no lo eres.

El director esloveno plantea una road movie, una película de carretera, que tiene mucho de aventura sin fin, o de realidad más dura, a modo de Llueve sobre mi corazón (1969) en que aquella Nat embarazada y perdida emprendía un viaje en coche sin rumbo fijo y se iba topando con individuos a cual más perdido que ella, como les ocurre a los dos adolescentes, cuando se cruzan con un adulto insensato que se deshace de su perro y los niños lo adoptan después de salvarlo, o con Bára, una adolescente de su misma edad, que tiene problemas con su novio y hace autostop, y la recogen con la ilusión que se acueste con ellos dos. Omerzu plantea una narración sobria y sincera, sin estridencias, sobre el choque entre deseo contra realidad, en la que estos dos jóvenes recién salidos del cascarón, desbordan una imaginación sorprendente, inventándose su propia realidad y los hechos de su aventura, como podremos escuchar cuando Marek explica los detalles de su escapada a la oficial de policía Freiwaldova cuando es interrogado, porque la película pivota entre esos dos tiempos, la escapada y el interrogatorio a Marek, en el que vemos antes o después las explicaciones del chico que poco o nada tienen que ver con lo que hemos visto o veremos.

Marek y Hedus son dos chavales que se muestran inocentes en sus ideas y sueños, que chocan irremediablemente con la realidad que se van encontrando, como esas moscas, a las que alude el título, que escapando del frío acaban encontrando su destino. Aunque toda la inocencia que despiertan en sus ilusiones, se ve contrariada por su forma de empatizar con los otros seres que se van encontrando en dificultades, tienden su apoyo a ese perro abandonado o socorren a Bára que encuentran sola en mitad de una carretera solitaria, no podríamos decir que se muestren malvados, sino todo lo contrario, su escapada y el robo del coche son fruto de su edad, de esas ansías de ver mundo, de salir de su entorno desangelado y anodino, de enfrentarse al mundo, de encontrar una aventura que les lleve a otros lugares, aunque acaben siendo igual de fríos y poco reales a como ellos los habían imaginado.

Omerzu se ha acompañado de un buen trío de jovencísimos intérpretes como Tomás Mrvík que da vida a Marek, que todo lo que sabe es por su abuelo, Jan Frantisek Uher interpreta a Hedus, rechoncho y fiel escudero de Marek, al que sigue a pie juntillas, y la tercera en discordia Bára, interpretada por Eliska Krenková, convertida aquí en objeto de deseo sexual de los dos adolescentes, aunque ella tiene otros planes acerca de su relación con ellos. Y la participación de Lenka Vlasáková dando vida a la oficial de policía (a la que ya vimos no hace mucho como amargada cajera de supermercado en Nunca estamos solos, de Petr Vaclav). El cineasta esloveno ha construido una película sobre los sueños e ilusiones de unos adolescentes cuando se tiene toda la vida y el mundo por delante, cuando todavía todo es posible, en ese tiempo en que nada nos detiene, para bien o para mal, un tiempo en que todo es posible, aunque luego la realidad nos contradiga, peor mientras tanto, son nuestros y muy posibles, donde la amistad lo es todo, donde los amigos son nosotros, donde las cosas están ahí para nosotros. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA


<p><a href=”https://vimeo.com/303666557″>Winter Flies Trailer VOSE</a> from <a href=”https://vimeo.com/user92268680″>ramon vidal</a> on <a href=”https://vimeo.com”>Vimeo</a&gt;.</p>

Donde caen las sombras, de Valentina Pedicini

LA BESTIALIDAD HUMANA.

Desde tiempos inmemoriales, el fascismo ha querido erradicar a las razas y etnias diferentes, consideradas por ellos como inútiles, seres viles y tarados mentales que eran necesarios exterminar de la faz de la tierra con el fin de zanjar su extirpe y borrarlos del mapa. A lo largo de la humanidad muchos han sido los casos conocidos y los que quedan por conocer, como en el caso que practicó el gobierno suizo durante más de medio siglo, en el periodo comprendido entre los años 20 hasta los años 70, cuando lanzó una operación secreta llamada “Children of the Road”, que consistía en eliminar a los Jenisch (un grupo sedentario que se instaló en varios países de la Europa central que provenían de clases pobres y marginadas) centrándose en sus vástagos, entre 700 y 2000 niños fueron separados de sus padres y llevados a la fueza a centros de reeducación e incluso cambiándoles la identidad y ser donados a familias de la burguesía (mismo método practicado por la dictadura franquista y tantos regímenes fascistas). Métodos clandestinos que servían para depurarlos, vejarlos con experimentos de toda índole como sumergirlos en agua helada, electroshocks, humillarlos y torturarlos, llegando a la esterilización.

La directora italiana Valentina Pedicini (Brindisi, 1978) después de foguearse en el campo documental, debuta en la ficción con una película dedicada a Mariella Mehr (escritora Jenisch que sufrió los malos tratos de este tipo de instituciones estatales)  abordando de frente y sin recovecos, los traumas del alma de un par de niños que sufrieron los males de aquel programa inhumano y terrorífico, centrándose en la figura de Anna, convertida en enfermera de un geriátrico y su fiel asistente Hans, un ser discapacitado intelectual debido a las secuelas de los experimentos. Los dos trabajan en el mismo centro que 14 años atrás albergaba el siniestro orfanato para los niños Jenisch. La digamos armonía de la cotidianidad del centro se ve alterada con la llegada de Gertrud, la doctora y jefa responsable del orfanato. La realizadora italiana plantea una película que navega por varios territorios, por un lado, tenemos esa mirada documental para mostrar la realidad del geriátrico, con sus horarios, normas y rutinas establecidas entre Anna y los internos, conociendo una muestra de alguno de los problemas que padecen.

Por otro lado, la película está contada a través de dos tiempos, el pasado, donde asistiremos a continuos flashbacks, en el que Anna, Hans y Franziska (la mejor amiga de Anna) con unos 10 años de edad, reciben las continuas humillaciones y torturas por parte de Gertrud y su equipo, y el tiempo actual, en el que Anna tiene que vivir con sus fantasmas, en el que sufre sus traumas en silencio, convirtiéndola en una mujer rota interiormente, recta y seria en sus formas, y sobre todo, de existencia frustrada y sexualmente reprimida, que utiliza a Hans como amante y compañía de sus males, y la relación con Gertrud, que las dos mujeres rememorarán aquellos años de mal recuerdo. Ahora, las tornas han cambiado, Anna se ha convertido en una mujer que quiere información, y frente a ella, tiene a la mujer represora (como ocurría en La muerte y la doncella, que escenificaba el encuentro de la torturada con su torturador años después) a la mujer que la ha convertido así, una mujer fría, vacía y llena de terribles recuerdos.

Pedicini ha construido una película de denuncia, sin caer en sentimentalismos ni heroísmos, sino profundizando en el terrorismo de estado de forma inteligente y audaz, destapando un caso olvidado que necesita ser recordado y contado. El relato crea una narración sobria y contenida, todo se resuelve de forma pausada y siniestra, cada movimiento y paso nos lleva a recordar, a ver el mal una vez y otra, como si fuese una película de terror, pero muy alejada de los cánones convencionales del género, en que el drama se mueve entre las sombras (como hace referencia el título) y esos siniestros recuerdos que atormentan al personaje de Anna y toda su existencia, como esa ánima que la sigue sin descanso, torturándola sin cesar, como aprisionada en una cárcel de recuerdos. La película se mueve dentro de una forma austera y sencilla, unos encuadres que juegan magníficamente con el espacio y el movimiento de los personajes, que parecen avanzar un paso y atrasar dos más, como si no pudiesen abandonar ese limbo de dolor y recuerdos que los mantienen inmóviles y desesperanzados.

La magnífica interpretación de Federica Rosellini que da vida a Anna, en que la película descansa casi en su primer plano y sus movimientos robotizados y deshumanizados, ayuda a crear esa atmósfera opresiva y cerrada, casi toda la película se desarrolla en las cuatro paredes del centro, apenas alguna secuencia en el exterior, todo se ve y se intuye desde dentro, como si de una cárcel se tratara, bien acompañada por la veterana Elena Cotta que interpreta a la malvada Gertrud, en un malévolo juego de espejos donde la anciana sufrirá los mismos tormentos que hizo sufrir a los niños, y finalmente, Josafat Vagni dando vida a Hans, un tipo inocente e infantil, fiel siervo de Anna, que lo convierte casi en un ser indefenso que la ayuda en todo lo que se le mande, como cavar en el jardín para encontrar restos de un pasado infame y terrorífico que sufrieron cientos de niños. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Peret, yo soy la rumba, de Paloma Zapata

EL HOMBRE Y EL ARTISTA.

Fue a finales de los sesenta, más concretamente en 1968, cuando una canción arrasaba en cada sitio que se escuchaba, convirtiéndose en un éxito sin precedentes, la canción era “Borriquito”, y la cantaba y tocaba a la guitarra un tal Peret (1935-2014) acompañado de dos palmeros, su inconfundible estilo de guitarreo a ritmo del ventilador, el repiqueo de las palmas y una música nueva y diferente, nacida del rock de los cincuenta de Elvis Presley o Chuck Berry, los ritmos caribeños y el flamenco o música gitana, iba a convertirse en la década de los setenta la banda sonora para muchos, tanto propios y extraños. La directora Paloma Zapata (Murcia, 1979) después de Casamance: La banda sonora de un viaje (2016) un viaje por la música africana a través de Senegal, vuelve al género musical haciendo un recorrido por la vida del artista gitano Peret, desde los corrales de Mataró donde el artista nació en los albores de la Guerra Civil, pasando por la famosa calle de la Acera en el barrio del Raval de Barcelona, cuna de los gitanos, hasta recorrer medio mundo con sus rumbas, pasando por películas, éxitos y otros sinsabores que la vida le tenía guardados. Conoceremos a Pedro Pubill Calaf, al Peret más íntimo, más desconocido, más familiar y más sencillo, cuando era un niño que se ganaba la vida engañando en los mercadillos, o aquel que enamoraba a putas y chicas de Barcelona, o aquel otro que se ganaba unos duros divirtiendo a turistas alemanes en Lloret, o el que empezaba a asombrar a propios y extraños con su ritmo diferente y muy divertido. Del niño con penurias al artista consagrado, al desconocido, mitad gitano mitad payo, sus raíces, los suyos y otros que lo conocieron, lo trataron y lo amaron.

La directora murciana, afincada en Barcelona, mezcla varios tiempos y miradas para contarnos la vida de Peret. Desde el presente, a través de su familia, su mujer, sus hijos y sus nietas, en que nos hablan de la terrible vacío dejado por el músico, lo que se le añora y recuerda, hablándonos entre susurros de su intimidad, de aquel artista sin focos, sin luces, solo con los suyos en el ámbito doméstico, del hombre que había detrás o delante, del padre, del esposo, del patriarca que escuchaba, que hablaba con serenidad y el que ayuda a todos. También, desde el pasado, con imágenes de archivo donde vemos al Peret de niño, con sus primeras motocicletas, su caída que le arrastró una dolencia de por vida, sus primeras actuaciones cuando era uno más, sus grandes éxitos, su carisma como músico, como cantante, como virtuoso de la guitarra, que la utilizaba a modo de percusión, y sus letras que nos hablaban de alegría, tristeza, de amor, de los sinsabores de la vida. Canciones sentidas y propias que dibujaban un sentir muy íntimo de la vida, de aquellos duros años del franquismo y los otros, menos duros y más placenteros, donde la familia guardaba una parte de su gran corazón.

También, escucharemos a los músicos de su entorno, a aquellos que todavía quedan como el percusionista Petitet o la bailaora La Chana y otros músicos, arreglistas, productores, representantes que acompañaron a Peret en su periplo artístico, y por último, veremos unas ficciones que recorren algunos asuntos de la vida y milagros de Peret, filmados en un excelente blanco y negro y narrados por Andreu Buenafuente, al que se le asemeja la voz con el artista. Y claro, no podía faltar la banda sonora de la película, donde escucharemos las canciones más famosas de Peret y algunas de su primera etapa menos populares. La estructura de la película va hacia delante y hacia atrás, de un lado para otro, sin detenerse, con un ritmo acorde con las canciones rumberas de Peret, sin descanso, recorriendo su vida y todos aquellos que lo rodearon, o el momento cuando a principios de los ochenta, el artista decidió dejar su carrera musical exitosa y abrazar la fe de Dios haciendo pastor de una iglesia evangélica. Labor que se alargó hasta la década de los noventa en que el músico volvió a los ruedos musicales y volvió a su éxito, después vinieron los últimos éxitos, los homenajes, el reconocimiento de los más jóvenes y recién llegados, y finalmente, su enfermedad, su despedida y fallecimiento.

Zapata nos lleva en volandas de un espacio a otro y de un tiempo a otro, en sus 90 minutos frenéticos, donde hay tiempo para todo, para cantar, tocar la guitarra, palmear el ritmo, disfrutar de la vida y del éxito, pero también, hay tiempo para estar con los tuyos, para mirar atrás, para acordarse de aquellos que ya no están, o para recogerte en tu interior y ver el camino recorrido y todo lo hecho hasta ahora, sin rencores ni tristezas, sino viendo todo lo vivido y dejado, todos aquellos que conocisteis y todos aquellos que te auparon. La película tiene ese aroma de reivindicación, de devolver a una figura la importante de su tiempo y su legado a los nuevos tiempos, mismo proyecto que hicieron con la película Rumba Tres, de ida y vuelta (2015) de Joan Capdevila y David Casademunt, que rescataba del olvido al famoso grupo rumbero de Barcelona, o las recientes La Chana (2016) de Lucija Stojevic y Petitet (2018) de Carles Bosch, éstas dos últimas, junto a Peret, yo soy la rumba, podrían ser una especie de trilogía sobre figuras de la música gitana que revolucionaron la escena musical a través de lo más profundo del alma. Una película biográfica de uno de los artistas más grandes de la música gitana o rumbera, alguien que nunca abandonó sus raíces, a pesar de todo lo que le vino encima, que recoge lo mejor y lo peor de una época oscura, en la que quizás cantar y bailar era el mejor refugio para olvidar las tristezas de una realidad demasiado negra y horrible. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Mula, de Clint Eastwood

UN TIPO DURO Y SOLITARIO.

En 1992, Clint Eastwood (San Francisco, EE.UU., 1930) interpretó y dirigió Sin Perdón, un western sombrío y crepuscular sobre la venganza y la dignidad de los perdedores, homenajeando al género que encumbró su carrera como actor, un género casi en extinción, además, el Sr. Eastwood dedicaba la película a dos de sus mentores cinematográficos: a Sergio Leone, que lo sacó del anonimato con la famosa trilogía del dólar, Por un puñado de dólares, La muerte tenía un precio y El bueno, el feo y el malo, y a Don Siegel, que lo devolvió a Hollywood en los años 60 con La jungla humana, Dos mulas y una mujer, Harry el sucio o Fuga de Alcatraz, títulos que lo convirtieron en un actor de renombre capacitado para interpretar a tipos duros, solitarios y con ideas sobre la justicia y la violencia muy peculiares que chocaban con las formas legales. Fueron Leone y Siegel que empujaron a Eastwood a colocarse tras las cámaras allá por 1971 en Escalofrío en la noche, una aventura en la que el director californiano ha construido una carrera sólida y magnífica que abarca los casi 40 títulos, tan importante como su carrera de actor, tareas que ha compaginado con astucia y energía, interpretando a tipos muy solitarios, tipos inadaptados, tipos con sus propias reglas y moral, quizás demasiado austeros y alejados de todos y todo, eso sí, pero nunca exentos de empatía y generosidad frente a los más débiles.

El cineasta estadounidense encontró en el western crepuscular, ese que hizo tan grande gente como Peckinpah, Hellman o Ford, en sus películas con John Wayne en Centauros del desierto, el hombre que mató a Liberty Balance o La legión invencible, o el Gregroy Peck de Yo vigilo el camino, un personaje que se asemeja al que ha construido Eastwood tantos años en tantas películas, como en sus westerns de Infierno de cobardes, El fuera de la ley, El jinete pálido o la citada Sin Perdón, donde encarnaba a tipos, algunos sin nombre, sin vida, cansados de todos y de todo, y con sed de venganza, justicieros contra la maldad, la injustica y la insolidaridad, que llegaban a un lugar ajeno, hacían su trabajo y marchaban como si se tratara de un fantasma. Incluso en sus dramas más íntimos y urbanos, el western ha seguido siguiendo el marco espiritual o emocional de sus personajes, tipos retirados del mundanal ruido, con sus pequeñas existencias que se ven alborotadas por el enemigo o la injusticia externa imposibles de tolerar para la buena convivencia.

El William Munny de Sin Perdón sentó unas bases formales y argumentales que ha seguido manteniendo el cine de Eastwood, al que todos esos polis retirados, periodistas cansados, cantantes de country venidos a menos, o empleados en las acaballas luchaban sin cesar en su idea más justa y diferente a la del resto, no sin meterse en más de un lío por su obstinación y carácter, enfrentado a todos, todo, incluso a él mismo. Un sosías del tal Munny, podría ser Walt Kowalski el veterano de la Guerra de Corea que interpreta en Gran Torino (2008) enviudado y con vida alejada de su familia y peleado con todos, interviene en la injusticia de aquellos que atentan contra una inmigración asiática en esa América odiosa con lo diferente que marcó Busch bajo su mandato. Earl Stone el protagonista de Mula, la vuelta a la interpretación de Eastwood desde Gran Torino, no estaría muy lejos de la senda de Munny y Kowalski, aunque este octogenario y dedicado al negocio de la floricultura, se muestra más rancio, árido y solitario, alguien que ha antepuesto su trabajo y el reconocimiento al de su familia, que ahora lo rechaza y lo aparta.

El guión de Nick Schenk, el mismo autor que Gran Torino, está inspirado en un artículo del New York Times Magazine titulado Una mula de la droga de 90 años en los cárteles de Sinaloa escrito por Sam Dolnick. Un relato que nos habla de Stone, un octogenario que su negocio de flores venido a menos por la competencia online, está amenazado de desahucio, con ese panorama y en la ruina, encuentra por casualidad un trabajo que consiste en llevar paquetes de un lugar a otro con su vieja camioneta, así, sin más, los portes irán aumentando, los paquetes cada vez serán más grandes, y podrá salvar su negocio, acercarse a su familia vía nieta, y ayudar a sus amigos y conocidos, convertido algo así como un “Robin Hood”. Aunque todo se enturbiará cuando descubre que esos paquetes son cocaína y se ha convertido en una “mula” de uno de los cárteles más importantes de México. A través de un montaje (obra de Joel Cox, con el que Eastwood lleva casi 40 años trabajando) con la música de Arturo Sandoval, protegido del gran Dizzy Gillespie, con esa música de jazz, country y demás baladas que acompañan con amor esta road movie.

Una planificación que recuerda a los grandes westerns que tanto ha amado Eastwood, ahora ha cambiado los caballos por las rancheras, pero siguen habiendo tipos duros, difíciles, mal encarados, ambientes depresivos, solitarios y de pocos amigos, y situaciones donde más de un destino se cruzan, tanto dentro como fuera de la ley. Por un lado, tenemos la peripecia de Stone, con sus más y sus menos, sus complicados relaciones con su familia, la enfermedad de su mujer incluida, y el acercamiento a través de la nieta, y esos “regalos” de los que todos desconocen la procedencia del dinero, el ambiente del cártel, que Stone conocerá y lo harán sentir uno más de todo el tinglado montado, y finalmente, la ley, los agentes de la DEA, que andan ojo avizor para capturar a los narcos del cártel, incluido Stone, al que todos desconocen su identidad y su “trabajo”.

Eastwood sabe construir clásicos al instante, dotar a sus narraciones de una fuerza extraordinaria, construir dramas fuertes y valientes, con la certeza que no dejarán indiferentes, donde dispara a todo lo que se mueve, como esas secuencias que crítica la idea de Trump contra el extranjero, sabiendo sacar humor y sinceridad en lo que toca, o el narrador clásico a la hora de cruzar todas las tramas de la película, que no son pocas, convertido en un maestro del ritmo y el drama in crescendo, rodeado de un equipo de producción que lo lleva acompañando hace décadas, y un reparto ajustado, sincero y lleno de naturalidad, empezando por él mismo, en que esas miradas que son marca de la casa, y esos movimientos del que sabe transitar por ambientes hostiles y difíciles, bien acompañado, como suele ser habitual, por interpretes de la talla de Bradley Cooper (con el que ya había trabajado en El francotirador) Laurence Fishburne (otro que repite después de Mystic River) como también Michael Peña (que ya estuvo en Million Dollar Baby) que interpretan a los agentes de la DEA, o los nuevos fichajes de Dianne Wiest, como la ex mujer, que lo adora y lo odia a la vez, Alison Eastwood como la hija que no lo puede ni ver, y la eficacia de un Andy García como Laton, jefe del cártel, extraordinario con esa voz rota que podría salir de alguna de gánsteres de Scorsese.

Una película magnífica y sobria, un drama íntimo, sobrio e intenso, sin estridencias ni sentimentalismos, lleno de garra y fuerza, una película que nos arranca lo mejor y lo peor de la humanidad, dirigida por uno de los grandes del cine y también, de la vida, donde nos habla de forma pausada y susurrándonos, sobre los avatares de la vida, las segundas oportunidades, sobre aquello que somos y lo que no, lo que amamos y lo que renunciamos, sobre tipos “loosers”, perdedores de la vida y de los sueños malgastados, que tanto les gustaban a cineastas como Fuller o Ray, enfrascados en existencias duras y solitarias, dentro de esa América blanca e insolidaria, que trata a los diferentes, a los raros y a los que no siguen el camino trazado como mala bestias, peor que ganado, aunque ellos, cabezones y fuertes, siguen dando caña, pese a quién pese y pase lo que pase, porque tenemos una vida para bien y para mal, y hay que vivirla según nuestra conciencia, guste o no al resto.

Maya, de Mia Hansen-Love

EL PAISAJE INTERIOR.

El universo cinematográfico de Mia Hansen-Love (París, 1981) está planteado a través de un personaje imbuido en una catarsis emocional de grandes dimensiones, personajes atrapados en una vida que se les escapa, que pasa por encima de ellos, hecha a retazos, incompleta, encaminada a lugares que no desean y que tampoco saben cómo enfrentarse a ellos, perdidos en su realidad, acosados por el entorno, tanto físico como emocional, esperando ser capaces de salir de ese embrollo emocional, aunque les llevará a renunciar a muchas cosas importantes para ellos. Le ocurría a Pamela, de 17 años, que buscaba a un padre en Todo está perdonado (2007) su debut en la dirección, o las vicisitudes emocionales a las que se enfrentaba Gréoire Canvel, el productor de cine en la bancarrota que no sabía enfrentarse a sus problemas y menos explicarlos a su familia en La père de mes enfants (2009) o la Camille de Un amour de jeunesse (2011) que conocía al amor de su vida siendo adolescente, y años después, se lo volvía a reencontrar cuando su vida andaba por otros derroteros emocionales, o el Paul de Eden (2014) que en plena efervescencia del house se debatía entre el romanticismo de la juventud y al cruda realidad, y finalmente, la Nathalie de El porvenir  (2016) una profesora que renuncia al amor después que su marido la deje por otra. Todos ellos personajes, femeninos en su mayoría, que deben lidiar con situaciones graves emocionales, que han puesto patas arriba sus vidas, situaciones inesperadas y complejas que los sume en un letargo vital del que ellos mismos deberán salir.

Ahora, la cineasta francesa se centra en Gabriel, un periodista de 30 años, que vuelve a París después de 4 meses de cautiverio. Gabriel se siente perdido, extraño y sin querer abrir y contar su terrible proceso, así que decide irse a Goa, en la India, donde pasó buena parte de su infancia. Allí, en otro ambiente y actividades se reencontrará con su padrino y Maya, la hija de éste. Entre los dos se iniciará una amistad que derivará en una historia de amor. Hansen-Love filma la India huyendo de lo turístico, de esa postal bienintencionada de la mirada occidental, nos muestra un país diferente, lleno de contrastes, con su ruido, su música, sus gentes, su calor asfixiante, y la vida que parece escaparse a cada instante. La cámara sigue a Gabriel, un tipo independiente, extrovertido, vital, y sin ataduras, genes impuestos de su trabajo como reportero de guerra, una vida sin vida, de un ir y venir para aquí y para allá, sin casa fija ni lugar estable. Así es Gabriel, un joven que, después de su experiencia catastrófica, decide buscar en sus orígenes su identidad, a rearmarse emocionalmente hablando, y continuar su camino, siempre hacia adelante, sin reprocharse nada del pasado. En la India, se reencontrará con su madre, aunque la experiencia no es satisfactoria, y Gabriel decide seguir buscando en solitario y en compañía de Maya, una joven india que tiene la parte más tradicional de la India, pero también, la más moderna, aquella que quiere ver mundo, que estudia en el extranjero y no quiere vivir en la tierra de sus padres. Esa mezcla de ideas, de emociones y libertad individual ayudará en el proceso de renacimiento que necesita Gabriel después de su terrible experiencia.

Hansen-Love coloca su cámara en el interior de Gabriel y Maya, y los sigue desde la cercanía, pero sin agobiarlos, dejándolos que ellos mismos descubran en sus excursiones y salidas ese entorno ancestral y maravilloso que van recorriendo, entre monumentos católicos e hinduistas, entre lo bello de un país y su parte más fea, su pobreza y demás catástrofes, y filmándolos a través de 16mm y la mirada de Hélène Louvert (una auténtica especialista en el formato cine convencional que ha trabajado con cineastas tan importantes como Wenders, Marc Recha, Alice Rohrwacher, Jaime Rosales, etc…) que penetra en el alma de los protagonistas, en sus sentimientos y emociones de manera sencilla y natural, mientras el entorno los lleva de un lugar a otro, en que el paisaje se muestra en nuestro interior, como si pudiéramos tocarlo. Y el exquisito montaje de Marion Monnier, que ha trabajado en todas las películas de Hansen-Love, nos lleva con esa ligereza y ese ritmo donde días y noches se van debatiendo con absoluta armonía y belleza frente a nuestros ojos.

La música también actúa de manera tranquila y pausada para contarnos esta historia de sentimientos escuchando temas de orígenes muy variopintos desde lo clásico “Lied”, de Schubert, que actúa como leit-motiv, escuchándolo en varios instantes de la película, como lo más moderno con el tema pop “Distant Sky”, de Nick Cave, o la música india de “Come Closer”, de Bappi Labiri, ayudan a describir y a sentir todas las emociones (des) encontradas que va teniendo el personaje de Gabriel. La elección de Roman Kolinka como Gabriel, en la tercera película junto con Hansen-Love, imprime esa fuerza interior de un personaje roto y desvalido, que necesita reconstruirse y buscarse para seguir su camino, para volver a lo que era, pero con esa sutilidad que caracteriza el cine de Hansen-Love, y el debut de Aarshi Banerjee, la jovencísima actriz india que aporta ese lado más romántico y sencillo de la historia, el contrapunto que necesita el personaje de Gabriel para resarcirse de su traumática experiencia y volver a su vida.

Hansen-Love ha vuelto a contarnos una película sencilla y honesta, donde todo ocurre con su habitual naturalidad, un espacio emocional que nos lleva casi sin notarlo, hacia esos mundos interiores que tanto le interesan a la directora francesa, con un personaje que se debate entre sus dos grandes pasiones vitales, el amor hacia su trabajo y el amor que siente por Maya, en una narración humanista con ecos de El río, de Jean Renoir. La cineasta francesa sabe imprimir el ritmo adecuado a sus relatos, imprimiendo personalidad tanto a sus paisajes como a sus personajes, en su tercera incursión en el extranjero después de la Viena de su debut, y el New York de Eden, ciudades y lugares vistos por una cineasta que sabe conjugar aquello que cuenta con lo que estás viendo, creando una simbiosis perfecta de emociones que vivimos junto al personaje, creando ese estado emocional que sienten sus individuos, mirándolos desde la cercanía, pero con la distancia apropiada, sin inmiscuirse en sus planes ni juzgarlos, estando junto a ellos, pero dejándolos que vivan su catarsis personal e intransferible, y cómo afecta a los demás. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Les Unwanted de Europa, de Fabrizio Ferraro

EL HOMBRE CON SU MALETA.

“La historia es objeto de una construcción cuyo lugar no lo configura ese tiempo vacío y homogéneo, sino el cargado por el tiempo-ahora.”

Walter Benjamin (1892-1940)

En un instante de la película, mientras Benjamin camina junto a dos mujeres y un niño por los caminos pedregosos y difíciles del Pirineo en su huida, una de las mujeres se acerca al filósofo, la que guía al reducido grupo, y le pregunta por la maleta que porta. Benjamin la mira y le explica que es el objeto más valioso que tiene, incluso más que su propia vida. Ante esta aseveración, nos vienen varias reflexiones muy oportunas: la maleta y lo que hay en su interior tiene que ver con el pensamiento, actitud necesaria e imprescindible para la vida en tiempos de barbarie e injustica, toda aquella que deja en la Francia invadida por los nazis, la segunda remitiría más al propio ser físico, que ante las adversidades y la imperiosa necesidad de huir deprisa y corriendo, toda tu vida cabe en una maleta, sin más, todo se reduce a ese objeto que puedes trasportar por esos caminos, y finalmente, la maleta como objeto metafórico, en que se convierte en un objeto con un valor mucho más allá del suyo propio, en el que la maleta escenifica ese hilo vital, la excusa para seguir viviendo, que mantiene al pensador todavía con algo de esperanza, aunque sea muy mínima, de que las cosas pueden cambiar, y la maleta es esa ilusión porque así sea.

La quinta película de ficción del italiano Fabrizio Ferraro se centra en dos momentos históricos desplazados en el tiempo en un año, en Febrero, uno en 1939 y el otro, un años después, y situada en una misma localización, el sureste de Los Pirineos, entonces frontera entre España y Francia. En el 39 seguimos a tres milicianos que, después de finalizada la Guerra Civil Española con la derrota de la República, cruzan las montañas fronterizas para salvar la vida en el país vecino, aunque fueron apresados y hacinados en campos de refugiados en condiciones miserables. Un año después, y haciendo el camino a la inversa, Walter Benjamin acompañado de dos mujeres y un niño cruzan la frontera escapando de la Francia invadida por el fascismo. Dos momentos que se cruzan en el tiempo figurado, como un perverso giro del destino destino de espejos con reflejos deformantes y malvados, que transitan por los mismos caminos (los impresionantes y complejos escenarios reales de La Vajol, Banyuls y Portbou) los mismos espacios, con las mismas sensaciones, dos grupos huyendo de la barbarie, del sinsentido que se adueño de Europa a finales del primer tercio del siglo pasado.

Ferraro nos convoca en un retrato austero y sencillo, en el que apenas escuchamos diálogos, sino conversaciones sobre pensamiento, arte, reflexión y demás sobre los tiempos que se avecinan y están condenando a todos. El cineasta italiano, también responsable de la cinematografía, encuadra su narración en un tenso blanco y negro que daña e imprime la dureza, tanto del camino como el sentimiento de amargura y dolor que recorre al filósofo y sus acompañantes, él siempre más lento y con paso más pesado, debido a sus problemas de corazón, y siempre portando la maleta. Los personajes se mueven en ese ambiente opresivo y asfixiante, donde no hay salida, solo un camino lleno de piedras, de tristezas y huidos, unos huidos con la vaga esperanza de una vida mejor, o al menos con algo más de aliento, sin tanto dolor y tristeza, en unos tiempos sombríos y oscuros, como esas figuras que avanzan sin descanso, individuos derrotados y cansados, meros cuerpos avanzando a no se sabe dónde, espejismos de lo que fueron, sensaciones de una vida que ya no está, que se fue, que tuvo que huir, llena de miedo e incertidumbre, con esa luz en blanco y negro que acentúa aún más esas sombras que se desplazan como fantasmas, espectros sin rumbo, soportando los avatares del propio camino, el cansancio y ese viento que amarga, el sol abrasador, esa lluvia que duele, las almas de la noche, y el hambre que nunca cesa, y el miedo a ser vistos, capturados, a convertirse en presos del fascismo.

Todas esas emociones dolorosas y amargas recorren cada poro de su piel, sus miradas sin mirada, sus maltrechos alientos que buscan algo de luz, algo de paz, algo de descanso. Ferraro invoca a los fantasmas de todos aquellos que sufrieron el fascismo, entre los que se encuentra Bejamin, con su voz crítica y pensamiento clarificador ante tanto ignominia y horror, como escucharemos sus acertadas reflexiones sobre el tiempo que le ha tocado vivir, como esa grandiosa conversación con el bibliotecario, con reminiscencias al Umberto Eco de El nombre de la rosa, o el magnífico trabajo de sonido en un equipo capitaneado por Amanda Villavieja, el arte, vestuario y escenografía de Sebastian Vogler (colaborador de Albert Serra) y la música de John Cage escuchando sus cuartetos, y también, el tema Conrades d’exili, de Pau Riba (que se reserva el rol de uno de los milicianos) que actúa como final o inicio de esos capítulos imaginarios en los que se estructura la película.

Euplemio Macri, actor de teatro, da vida a un Benjamin cansado, enfermo y fantasmal, con pocas fuerzas, casi a rastras, sin más ilusión que la huida, la fuga, como si fuese un apestado, alguien no querido, indeseable (como marca el título de la película). A su lado, Catarina Wallenstein, su fiel guía, que se convirtió en la última musa de Manoel de Oliveira en Singularidades de una chica rubia, producida por Lluís Miñarro (Barcelona, 1949) que vuelve con su compañía Eddie Saeta a deleitarnos con una de sus producciones marca de la casa, con la coproducción italiana, insigne productor que ha levantado películas de gran calidad artística a directores de la talla de Guerín, Weerasethakul, Kawase, Recha, Lisandro Alonso, etc… o Albert Serra en Honor de caballería (2006) y El cant dels ocells (2008) dos películas que dialogarían con la de Ferraro, en su forma de afrontar la historia y el mito, centrándose más en lo humano y las emociones que en la épica y el triunfalismo, huyendo de las estridencias y demás, así como el cine de Béla Tarr en Sátántangó (1994) la larguísima odisea de sietes horas y media de duración con esos caminantes y caminos incesantes donde el peso del tiempo y la reflexión actúan en cada uno de los personajes, o El caballo de Turín (2011) en que un padre y una hija se resisten al final del mundo siguiendo con sus avatares diarios, el mismo fin del mundo que sentía Benjamin en su lento y doloroso caminar por esos Pirineos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA


<p><a href=”https://vimeo.com/248993596″>Les Unwanted de Europa – Teaser</a> from <a href=”https://vimeo.com/user12040697″>Eddie Saeta</a> on <a href=”https://vimeo.com”>Vimeo</a&gt;.</p>

Yommedine, de A. B. Shawky

LOS OLVIDADOS.

“Los nadies: los hijos de nadie, los dueños de nada. Los nadies: los ningunos, los ninguneados, corriendo la Liebre, muriendo la vida, jodidos, rejodidos: Que no son, aunque sean. Que no hablan idiomas, sino dialectos. Que no hacen arte, sino artesanía. Que no practican cultura, sino folklore. Que no son seres humanos, sino recursos humanos.Que no tienen cara, sino brazos. Que no tienen nombre, sino número. Que no figuran en la historia universal, sino en la crónica. Roja de la prensa local. Los nadies, que cuestan menos que la bala que los mata”.

(extracto del poema “Los nadies”, de Eduardo Galeano)

 

En La casa es negra (1962) de Forugh Farrokhzad, nos contaba de forma poética y humanista la cotidianidad de una colonia de leprosos en Irán, en apenas 22 minutos de metraje, la cineasta y poetisa iraní se adentraba en la enfermedad y en todo aquello que anidaba en su interior, sus rostros y sus miradas de una forma íntima y extraordinaria, a través de una película que denunciaba el abandono a los que se veían sometidos estas personas, y también, de toda la humanidad que se ocultaba en su interior, si traspasábamos las cicatrices exteriores. A. B. Shawky (El Cairo, Egipto, 1985) dedicó uno de sus cortometrajes a una colonia de leprosos de su país, The Colony (2008) la de Abu Zaabal, al norte del país, una auténtica comunidad con más de 1500 habitantes, entre enfermos, curados y familiares, un lugar donde muchos de ellos, después de curados, porque la lepra en pocos años será totalmente erradicada, se quedaban en el lugar por miedo al rechazo por culpa de sus cicatrices. A. B. Shawky debuta en el largometraje con Yomeddine (que significa “El día del juicio final”, en árabe) una película protagonizada por un habitante de una colonia de leprosos al norte del país, Beshay, que ya curado, vive de la venta de objetos que encuentra en un vertedero cercano, y se relaciona con otro desahuciado de la sociedad, Obama, un niño huérfano que lo sigue a todas partes.

La rutina de ambos cambiará cuando la mujer de Beshay, recluida en una institución mental, fallece. Entonces el hombre de unos cuarenta años decide buscar sus orígenes, viajar hasta su pueblo y reencontrarse con los suyos, que no ve desde que siendo un niño fue dejado en la colonia de leprosos. Beshay emprende su viaje al sur, bordeando el río Nilo, con su maltrecho carro, su burro fiel y sus contadas pertenencias, y la compañía de Obama, que a modo de polizonte, se oculta en el carro. El cineasta egipcio usa el viaje a modo de itinerario emocional, en el que estos dos apartados del mundo, Beshay como Obama entablarán una relación paterno-filial e iremos descubriendo ese Egipto alejado de los trayectos turísticos, un país desértico, basto y muy cálido, donde se irán tropezando con seres de toda índole, aquellos que les tienden la mano y otros, que les quieren robar lo poco o nada que tienen, en un viaje en el que verán de todo, y se sentirán queridos y también rechazados, debido a las cicatrices, y conocerán la intolerancia religiosa ya que Beshay es cristiano, y pertenece a esa minoría de católicos del país, y sobre todo, el estigma de la lepra, donde veremos el amor, la ignorancia y demás valores de los seres humanos, en un mundo demasiado egoísta e individualista.

A. B. Shawky ha contado con dos actores no profesionales como Rady Gamal como Beshay y Ahmed Abdelhafiz como Obama que desprenden vitalidad, ilusión y sencillez,  a pesar de ser olvidados por todos y todo, como aquellos que relata Buñuel, unos actores que se convierten en las almas que nos acompañarán por una película muy íntima y humanista, como lo eran El chico, de Chaplin, Ladrón de bicicletas, de De Sica, el segmento de Paisà, de Rossellini, protagonizado por el soldado norteamericano y el niño limpiabotas o Mi tío Jacinto, de Vadja, todas ellas películas de adulto con niño, tiernas y sensibles, que huyen del sentimentalismo y la condescendencia habituales en otras producciones, en éstas todo es amor y delicadeza, pero explicando las alegrías y desdichas de la vida, sin ahondar en el miserabilismo, sino creando una película sobre la vida, la vitalidad, hablando de seres humanos que se enfrentan a los estigmas de la sociedad, en este caso, la enfermedad, y cómo afrontan de manera vital esos infortunios y tanto rechazo, sabiendo encontrar el lado bueno de las personas, la humanidad que anida en muchas personas, y el carácter cercano y fraternal de algunos individuos que se encuentran por el camino, como esos tres discapacitados que les dan todo aquello que tienen, compartiendo con ellos sus verdades y miserias, pero siempre con valentía y aplomo ante la vida y sus circunstancias.

A. B. Shawky nos sumerge en un viaje larguísimo donde viajaremos en un carro tirado por un burro, nos pararemos a ver una gran pirámide abandonada que no visitan ni los turistas, nos bañaremos en un río a pesar de las miradas intolerantes de los demás, nos montaremos en trenes soportando el rechazo de los demás viajeros, incluso en barcas ayudados por unos y otros, pediremos limosna para subsistir y descansaremos con la ilusión intacta de recorrer medio país para buscar a los nuestros, a lo somos verdaderamente, nuestros orígenes a lomos de un hombre que estuvo enfermo y lucha por tirar para adelante, y un niño que no conoce ni su nombre ni su pasado, pero sabe que le gusta estar con Beshay, al que adora y respeta, sin juzgarlo, rompiendo con esa frase maléfica que escuchamos más de una vez: Huye del leproso como si huyeras de un león furioso. El director egipcio ha realizado una película magnífica y sencilla, un canto a lo diferente y a la vida, seas quién seas y vengas de dónde vengas, en el que vemos aquello de las personas que siempre se nos escapa, que bajo la apariencia física, sea de la índole que sea, hay una persona con sentimientos, ilusiones, miedos e inseguridades, personas que sobreviven en un mundo cada vez más difícil y ajeno a la diferencia, que aísla todo aquello que considera inútil o enfermo, que hay muchos mundos dentro de éste, y en todos ellos, hay muchas vidas que sienten y padecen. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA