Guerra de mentiras, de Johannes Naber

EL HOMBRE DE IRAK.  

“¿Qué es la verdad? Obviamente, una ilusión. Pero… ¿En qué nos convertimos si dejamos de buscarla?”.

Todos, en mayor o menor media, sabemos que el gobierno de EE.UU. sustentó su ataque a Irak en el 2003 en un montón de mentiras, alimentadas en unos supuestos depósitos de armas químicas de destrucción masiva, ocultos en algún lugar del país. Pero… ¿Cómo se construyó esa información falsa?. La cuarta película de Johannes Naber (Baden-Baden, Alemania, 1971), que cuenta con un guión firmado por Oliver Keidel y el propio director, se basa en todo aquello que no nos contaron de la verdad de todo ese entramado político que hay detrás de esa mentira, centrándose en todos los detalles y las personas implicadas, todo aquello que nunca sale en los medios, la parte oscura y real de toda mentira. La película arranca con imágenes reales del ataque estadounidense a Irak, para inmediatamente pasar a una frase sentenciadora como: “Una historia real. Desafortunadamente”. De inmediato, nos ponen en 1997, en una trama que se alargará hasta el 2003, el año que empezó la guerra de Irak. Conoceremos a Wolf, un experto en armas químicas de Alemania, que, en 1997, junto a un equipo de expertos, no encuentran las citadas armas en Irak. Dos años después, aparece Radif Alwan, un refugiado iraquí que dice conocer el lugar exacto donde se encuentran las armas y como se almacenan.

Wolf, que recibe el nombre en clave de “Curveball” (título original de la película), es el hombre designado para interrogar al supuesto testigo iraquí que dice haber trabajado para el servicio secreto. Naber, que había hecho dramas sobre inmigración, comedias satíricas sobre el capitalismo o cuentos fantásticos, nos convoca en la sede del BND, el servicio secreto alemán, en un relato que consta de dos partes bien diferenciadas. En la primera, asistimos a todo el proceso de interrogatorio y testimonio del supuesto testigo Radif Alwan, y luego, en la segunda mitad del metraje, una vez descubierta la mentira, la trama estadounidense, por medio de la agente Leslie de la CIA, con la ayuda del la inteligencia alemana, de la construcción de la mentira y su difusión internacionalmente. Naber construye una trama sencilla y honesta, todo está contado a través de los personajes, sustentado en un gran protagonista como Wolf, una especie de hombre de paja en toda esta trama política, llena de intereses económicos, y sobre todo, de una guerra fratricida y muy desigual entre el individuo honesto que se niega a participar en las corruptelas gubernamentales y en cierta manera, se enfrenta a esa mentira y a su propio gobierno, y este dato es muy importante para adentrarnos en la trama que se nos cuenta.

Wolf no es ningún tipo extraordinario ni nada por el estilo, un grandísimo profesional en su trabajo, pero un tipo corriente, alguien que se levantará ante la injusticia, y dentro de sus posibilidades, intentará parar semejante maraña de falsedades. La película va de cara, sin titubeos ni argucias argumentales, todo se cuenta de frente, a través de una frialdad y distancia necesaria para que la empatía vaya en crescendo, sumergiéndonos en esa vorágine oscura y siniestra siguiendo el mismo proceso que el desdichado protagonista, con el magnífico trabajo de luz del cinematógrafo Sten Mede, que vuelve a trabajar con Naber después de su opera prima. El extraordinario elenco de la película entre los que destacan Sebastian Blomberg como Wolf, el científico atrapado en los intereses del estado, que no se quedará inmóvil ante la injusticia, bien acompañado por una gran Virginia Kull como Leslie, una amiga o no, en todo esta locura política, llena de mentiras y falsedades, Dar Salim es Radif Alwan, el pobre diablo que hará lo imposible para mejorar su existencia, aunque tenga que mentir, y Michael Wittenborn y Thorsten Merten, los dos hombres de estado, fieles funcionarios del gobierno, que anteponen todo a los intereses de su país, sea lo que sea y sirva para lo que sirva.

Tiene la película mucho del juego kafkiano que tenía El proceso, de Welles, o el aroma y la distancia que provocaban esas películas realizadas durante la guerra fría, tan estupendas como El espía que surgió del frío, Nuestro hombre en la Habana, El hombre de Mackintosh, Los tres días del cóndor u Odessa, entre muchas otras, con esos tipos del gobierno que resultan amables y cercanos, pero solo en apariencia, porque llegados el momento, se quitarán de encima a quién sea por seguridad del estado, sin olvidar, el rol de Leslie, la americana, que se sitúa en la mente y el cuerpo de Wolf, jugando a dos bandas, erigiéndose en ese tipo de femme fatale indispensables en este tipo de interesantes thrillers políticos que no solo hablan de los tejemanejes de los estados y sus corruptelas, sino de la condición humana, del aspecto psicológico entre quienes quieren salvar los intereses del estado, y su economía, en pos de la humanidad, porque si algo claro deja la película, es que hay intereses más importantes que la propia vida, y toda verdad o mentira, se utilizará según convenga y la circunstancia lo requiera, porque al fin y al cabo, todo puede ser verdad o mentira según quien la mire y la utilice. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

La decisión, de Mohamed Al-Daradji

EL ALMA DE LA TERRORISTA.

Estamos en Bagdad (Irak) el 30 de diciembre del año 20016, primer día del Eid al-Adha – la celebración del Sacrificio, una de las más sagradas festividades musulmanas – son las primeras horas del amanecer, la cámara cenital sigue el paso firme y sereno de una joven que se encamina en dirección a la estación central de Bagdad, donde ese día tiene previsto una ceremonia de reapertura, después de los tres años de guerra devastadores. La cámara se posa en el rostro de la joven que se llama Sara, impertérrita y decidida, se adentra en la estación y se sienta en uno de los bancos. El bullicio es enorme, las gentes se confunden con los viajeros apresurados, Sara mira a su alrededor, como expectante, como si algo tuviera que suceder de un momento a otro. Se sienta junto a ella un joven que se llama Salam, que intenta seducirla, Sara se levanta y Salam la sigue, y debido a su insistencia con Sara, esta lo acorrala contra la pared y le muerta un detonador que guarda celosamente en el bolsillo. Salam, sin respuesta y en silencio, no tiene más remedio que acompañar a Sara que se pierden hacia el exterior. El tercer largo de ficción de Mohamed Al-Daradji (Bagdad, Irak, 1978) vuelve a centrarse en la guerra de su país, pero ahora, bajo premisas diferentes, en su debut, Ahlaam (2005) se detenía en las vicisitudes de unos enfermos de un psiquiátrico mientras el ejército de EE.UU. llevaba a cabo su ofensiva, en la siguiente, Son of Babylon (2009) un niño kurdo buscaba a su padre desaparecido después de la caída del régimen de Saddam Hussein.

Ahora, en su nuevo trabajo se centra en la jornada de una terrorista suicida, un único día, y en su misión, en esa decisión que habla el título de la película, y sobre todo, en el encuentro fortuito con Salam, el cual intentará por todos los medios que desista de su empeño, abogándola hacia el sentimiento humano, hacia la estupidez de su plan, y sobre todo, de volver a sentirse persona después de la guerra, de volver a levantarse y mirar de nuevo, aunque para ello allá que arrastrar tantas pérdidas, tantas heridas sin cerrar y tanta miseria vivida. El cineasta iraquí centra su película en Sara y Salam, pero no olvida las microhistorias que pululan por el microcosmos de la estación, desde el niño limpiabotas, la niña vendedora de flores o aquel otro niño que vende cigarrillos, esa infancia desamparada y rota, que sobrevive con lo poco que puede, o aquel represaliado político que después de 20 años preso, toca el clarinete con su banda mientras lidia con su enamorada tantos años de angustia y terror, o la mujer huida de su familia que la quiere matar que intenta empezar de nuevo junto a su bebé, o esa niña que también escapa obligada a casarse por su familia, y entre tantas pequeñas o grandes dramas, los soldados estadounidenses que siguen dirigiendo y maltratando las vidas de tanta gente que ha sufrido.

Al-Daradji nos habla de política, pero sin hacer un discurso político ni nada por el estilo, sin posicionarse en ningún momento, dejando paso al humanismo, apelando al sentimiento humano, o a lo que queda en el almas de estas personas, sobre todo, en Sara, esa mujer joven de pasado traumático que ve en el atentado su forma de luchar contra la opresión y salvarse ella mismo, dirigida por otros, aleccionada por psicópatas en la sombra, y luego, tenemos a Salam, que quizás no destaca por su ejemplaridad como ciudadano, pero tiene buen corazón, él engaña a sus clientes, pero no es un asesino, a pesar de todo, cree en las personas, mira de frente a los demás e intenta, como todos en la estación, ganarse cuatro duros para seguir hacia adelante, con muy poco eso sí, pero al fin y al cabo, hacia delante, a mirar lo que vendrá con algo de más optimismo que ayer. El realizador iraquí no esconde sus influencias neorrealistas, sobre todo, en el Rossellini más humanista e íntimo, que miró a sus personajes heridos con sinceridad y honestidad, donde esas almas rotas intentaban seguir con la vida a pesar del horror cotidiano.

La película crece y se engrandece considerablemente cuando el rostro de Zahraa Ghandour, que da vida a Sara, agarra la historia, y con su mirada profunda y ese gesto de pérdida y soledad, se adueñan del encuadre, creando los momentos más extraordinarios de la película. A su lado, Amir Ali Jabarh consigue acompañar con aplomo su personaje, un tipo corriente, pero que se convertirá en la mejor compañía para Sara, en ese espejo deformado donde la realidad ya no parece de la misma manera que nosotros la creíamos, donde nuestra convicciones políticas y sociales, adquieren otra textura, otra piel, como si las cosas se transformarán en otra cosa, en el que nuestro camino se tambalea y podemos mirar más allá, a los demás, a los invisibles, a los que parece que no existen, pero andan de un lado a otro, trabajando con lo poco que tienen por su oportunidad, su momento, aunque nuestro alrededor parezca empeñarse en lo contrario, en lo más negro y oscuro. 

La última bandera, de Richard Linklater

NI HÉROES NI PATRIAS.

Después de Boyhood, donde a modo de biografía se sumergió en el proceso de la infancia a la edad adulta filmando durante 12 años la vida de una persona, y de Todos queremos algo, su revisión sobre aquellos años ochenta de ambientes universitarios, Richard Linklater (Houston, EE.UU., 1960) desvía su mirada hacia la guerra, o las consecuencias de la guerra, tanto las del pasado como las actuales, y para ello recurre a la novela Last Flag Flying, de Darryl Ponicsan (que sirvió en la Marina en los años 60) también coautor del guión, para relatar un viaje de tres veteranos del Vietnam, que vuelven a reencontrarse, ya que uno de ellos ha perdido a su hijo en la guerra de Irak y demanda su compañía para afrontar este difícil trance. Linklater afronta su cine desde la mirada y conflictos de sus personajes, el relato lo cuentan ellos, y los acontecimientos exteriores adquieren un profundo análisis por parte de los personajes que se retratan, acumulando sus diferentes puntos de vista y siguiendo las formas de actuar ante los conflictos que la trama va generando, nada camina en una sola dirección, todo se enmaraña, y las discusiones y posiciones enfrentadas arrecian en cada uno de sus filmes, en sus diferentes formas de encarar la vida, los problemas y demás situaciones personales.

Aquí, lo que parece un viaje de duelo en el que aparentemente no aparecerán problemas, una vez que llegan para recoger el cadáver, y tras escuchar la versión oficial de los acontecimientos relacionados con la muerte del soldado, Larry “Doc” Shepherd, el padre del soldado muerto, decide no enterrar a sus hijo en Darlington, el cementerio oficial de los caídos por la patria, y llevárselo a su tierra natal en Portsmouth, New Hampshire. A partir de ese instante, los tres compañeros de la guerra iniciarán una aventura que les llevará por diferentes ciudades y hablarán, dialogaran e incluso discutirán, y en algún momento, se enfadaran. “Doc” es el más reflexivo y callado, militar de profesión hasta que fue expulsado, y ahora intenta llevar una vida tranquila a pesar de los palos de la vida, Sal Nealon, es un alcohólico que regenta un bar en una de esas ciudades tranquilas y solitarias, donde aparte de levantar algún ligue de tanto en tanto, sigue fiel a su estilo de soledad y tertulia de barra, y finalmente, Mueller, que ha dado un giro a su vida radical, y se ha convertido en reverendo, en el que pasa el tiempo como pastor y llevando una vida familiar.

El cineasta texano con su habitual descripción de personajes y con brillantez,  nos habla en profundidad de las consecuencias terribles de la guerra (tanto la de ahora, la de Irak, que se asemeja a la de Vietnam, por sus continuas bajas y calamidades en su nefasta estrategia) en el que nos desvelarán que los tres veteranos soldados acarrean un episodio trágico durante la guerra que no han podido olvidar. La película es un drama agridulce, donde también hay espacio para el humor, recordando los viejos tiempos en la guerra, y las variantes de estupideces que vivieron y sintieron, a través de una road movie interesante y sencilla, donde tres hombres deberán enfrentarse a sus ideas, reflexiones y dudas ante las formas de política que envía a jóvenes estadounidenses a morir en la otra parte del mundo, a países que ni quisiera conocen, y además, son incapaces de mostrar en un mapa. El estupendo trío protagonista de la película (otra de las claves del cine de Linklater) capitaneados por la paz y la tristeza que desprende el personaje de Steve Carrel, como el padre del soldado muerto, acompañado por la irreverencia y golfería de Bryan Cranston, el eterno rebelde, y finalmente, el lado opuesto, el reverendo Mueller, que después de años de inquietud sexual, se ha quitado las botas y ahora, tiene una vida muy alejada de todo aquello, una existencia que por el camino ha abrazado la palabra de Dios.

La habilidad y sinceridad con la que nos cuenta la película Linklater, enmarcando a sus personajes en un estilo naturalista e íntimo (no es casual que la película este ambientada en diciembre del 2003, cuando fue capturado Saddam Hussein) convocando a los viejos amigos a volver en cierta manera, a lo vivido en la guerra, aquella en la que se conocieron, aquella en que les tocó compartir aquel episodio secreto y horrible. Unos personajes muy diferentes entre sí, casi extraños, con posiciones totalmente alejadas, y vidas que nada tienen que ver las unas con las otras, emprenderán no solo un viaje más, porque no lo es, sino que vivirán la experiencia del reencuentro de forma real, como si la vida les diese una nueva oportunidad para enfrentarse a aquello que les dolió, aquello que sigue latiendo en su interior, una forma de compartir el dolor junto a los que lo vivieron. Cada uno de ellos encontrará en este viaje-entierro una manera de reflexionar sobre sus vidas, sus años en la guerra de Vietnam, y sobre todo, el orden de las cosas actuales, sobre las decisiones tomadas y las que se dejaron de tomar, la vida vivida y las vidas que no se vivieron, aunque quizás, hay cosas que desgraciadamente, no cambian, o simplemente, solo transmutan para seguir igual, como las malditas guerras que siguen llevándose vidas inútiles que en el fondo no sirven para nada.