Entrevista a María Esparcia, montadora de la película «Pastoris», en el marco del ciclo Assumpta Serna en el Cineclub Sabadell con la proyección de «Red de libertad», del propio director, en uno de los espacios de los Cines Imperial de dicha ciudad, el jueves 18 de junio de 2026.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a María Esparcia, por su tiempo, sabiduría y generosidad, y a Esteve Badia de Cineclub Sabadell, por sus gestiones, tiempo, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
Entrevista a Pablo Moreno, director de la película «Pastoris», en el marco del ciclo Assumpta Serna en el Cineclub Sabadell con la proyección de «Red de libertad», del propio director, en uno de los espacios de los Cines Imperial de dicha ciudad, el jueves 18 de junio de 2026.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Pablo Moreno, por su tiempo, sabiduría y generosidad, y a Esteve Badia de Cineclub Sabadell, por sus gestiones, tiempo, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“Uno no alcanza la iluminación fantaseando sobre la luz sino haciendo consciente la oscuridad… lo que no se hace consciente se manifiesta en nuestras vidas como destino”
Carl Jung
En El regreso de Martin Guerre (1982), de Daniel Vigne, un soldado, después de varias guerras, regresa a su pueblo natal donde nadie lo reconoce. Algo parecido le sucede a Domingo, un pastor que, después de la Guerra de la Independencia con los franceses de principios del siglo XIX, vuelve a su casa cansado, perdido y sin reconocerse, y se encuentra con un entorno extraño, donde es un desconocido para su mujer y su hijo. Alguien que ya no pertenece a ese lugar, alguien con heridas interiores, alguien que ni él mismo se reconoce. El terrateniente del lugar, instado por su mujer, le propone un viaje con su rebaño de ovejas desde su pequeño pueblo en el suroeste de Salamanca a través de las antiguas cañadas reales hasta los pastos de invierno de Extremadura. Un viaje difícil, muy peligroso y extraño en el que existen multitud de enemigos como el lobo, los hombres y las circunstancias que marcarán su destino.
El director Pablo Moreno (Ciudad Rodrigo, Salamanca, 1983) lleva desde hace 18 años en la que ha construido una interesante filmografía con 16 títulos, entre ficción y documental, en las que produce y dirige películas que recogen historias reales desconocidas, a partir de un gran rigor histórico, de carácter humanista y muy inspiradores. Con Pastoris se adentra en un período de reconstrucción después de la guerra, tanto a nivel físico como emocional, con aires de western crepuscular, acompañando a Domingo, un pastor que está desorientado y sin su lugar, porque él que tenía se ha ido o simplemente, ha sido expulsado. Seguimos la travesía de este pastor a través de una época donde impera una atmósfera de supervivencia, el hombre contra la naturaleza y sobre todo, el hombre contra el hombre, porque somos testigos de la bondad y la maldad humana. Un viaje físico y emocional recorriendo pueblos, lugares solitarios, y gente de toda índole, a través de un paisaje bello y salvaje, de grandes texturas agrestes en el que cada paso es una experiencia desconocida. También está el camino interior del personaje principal, un pastor que ha sido soldado, que arrastra los demonios de los horrores de la guerra, y sigue paso a paso intentando convertirse no ya en la persona que fue, sino en otra persona sin miedo.
El cineasta salmantino se ha vuelto a rodear de un equipo magnífico y cómplice que le ha acompañado en muchas de sus películas como el cinematógrafo Rubén D. Ortega, con 13 títulos compartidos, en un gran trabajo de cinematografía donde recoge con precisión y detalle cada espacio natural y sigue con audacia y solidez la andadura del pastor en el que vemos al hombre con y contra la naturaleza. La magnífica música de Óscar M. Leanizbarrutia, 9 películas con Moreno que, impregna de tiempo, memoria e historia cada acorde, consiguiendo una composición que recuerda a las de Milladoiro para La mitad del cielo (1986), de Manuel Gutiérrez Aragón, y la de Trevor Jones para El último mohicano (1992), de Michael Mann. El sonido corre a cargo de un grande como Juan Borrell, con más de 128 títulos en su extensa filmografía, otro colaborador del realizador de Salamanca, donde la pantalla se llena de cada leve ruido sumergiéndonos en toda su extensión. El montaje lo firma María Esparcia, 10 películas junto al director, amén de coproducir también en compañía, construyendo un ritmo reposado y en calma, en que se explica con atención cada gesto, mirada y silencio en sus 108 minutos de metraje.
Con el reparto sucede lo mismo que con el equipo técnico, porque está lleno de colaboradores de Moreno como Sergio Cardoso que compone un inolvidable protagonista Domingo, que también compone la música de los créditos. Un personaje que cala en lo más hondo, por su conflicto personal, por su pérdida, su soledad, su desgracia, su habilidad y su inmensa capacidad para seguir caminando a pesar de los pesares, y su profunda y sensible armonía con la naturaleza y su entereza para afrontar los peligros de la existencia. A su lado, otro de esos personajes que se clavan en el alma, como el que hace Laura Contreras, una mujer solitaria, valiente e inteligente, nada convencional que se tropezará con el protagonista dejando algo en su interior. Marian Arahuetes es la esposa de Domingo, una mujer que espera y hace lo imposible para mantener la casa y el sustento. Pablo Viña hace de padre del pastor, tan enfermo como terco como desagradable, Joaquín Reyes es el cacique de turno, esos que, pase lo que pase, siempre ganan, y la breve pero arrolladora presencia de Assumpta Serna que protagonizó la interesante Red de libertad, de Moreno.
No quisiera despedirme sin hacer mención especial a los excelentes trabajos que han salido de los departamentos de arte, vestuario y ambientación, porque no solo nos trasladan al rural, natural y salvaje siglo XIX, sino que construyen una atmósfera absorbente que nos va sumergiendo en las diferentes estaciones, la película se rodó durante un año en lugares reales, acompañadas de sus correspondientes jornadas donde asistimos a una experiencia muy física y también, muy emocional. Si están buscando una película diferente, y muy alejada de lo convencional, no se pierdan una historia como la que nos cuenta Pastoris, filmada en la zona del rebollar, que recupera la parla del Rebollar, una variante del asturleonés, que se encuentra en peligro de desaparición, que aún dota a la película de una veracidad y honestidad muy importantes. Una película como Pastoris, de Pablo Moreno, nos remite a cierto cine español que ya no se practica, donde se recogen historias rurales con un gran rigor histórico que ayudan a conocer cómo vivíamos, que hacíamos y sobre todo, observan con atención, profundidad y sensibilidad nuestra identidad como pueblo eminentemente rural, en contacto con la naturaleza, los animales y sus peligros como los que hicieron Ana Mariscal, el citado Manuel Gutiérrez Aragón, Mario Camus, Víctor Erice, Montxo Armendaríz… JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“La mayoría de los lujos y muchas de las llamadas comodidades de la vida no sólo no son indispensables, sino que resultan un obstáculo evidente para la elevación espiritual de la humanidad”.
Henry David Thoreau
El publicista Mathias Lefebure, residente en Quebec (Canadá), dejó su trabajo y se marchó a los Alpes franceses con la intención de empezar de nuevo, reconectarse consigo mismo y emprender una nueva vida como pastor de ovejas. La experiencia la escribió en su libro “D’où viens tu, berger?”, que ahora de la mano de la cineasta Sophie Deraspe (Rivère-du-Loup, Canadá, 1973), nos llega convertida en su tercera ficción que aboga por la sencillez, la honestidad y la capacidad del cine de volver a las historias tranquilas, que huyan de la narrativa efectista y hagan de lo convencional una seña de identidad que, en tiempos de algoritmos y de IA, todavía pueden emocionarnos con lo más pequeño, lo más simple y aquello tangible. En Hasta la montaña (en el original, “Begers”, traducido como “Pastores”), seguimos el itinerario del joven Mathyas, alguien que tiene un sueño, que no sabe nada de pastores, pero ante todo, sabe que no desea volver a su Canadá natal a seguir trabajando para otros, ahora quiere trabajar para sí mismo y volver a la naturaleza junto a los animales para ser y sentir.
La cosa no será como Mathyas creía, o seguramente, el joven aspirante a pastor no conocía toda la verdad de vivir en una granja como pastor y trabajar en un oficio en vías de extinción, que requiere un enorme esfuerzo, sacrificio, largas horas de trabajo, muchísima dedicación y sobre todo, jornadas extenuantes donde el ganado se muestra fiero y rebelde. Ante esa cruda realidad, Mathyas tiene su conexión con lo atávico, con lo más primario, la naturaleza y los animales, y sobre todo, muy alejado del mundanal ruido, las prisas, los ajetreos, las locuras y el consumismo salvaje de occidente donde todo está en compra y se vende. Un contraste que chocará con los lugareños que no lo ven capaz de realizar su hazaña, y también, contra sí mismo, que se verá envuelto en serias dificultades en los varios empleos que tiene en los que debe demostrar su capacidad para ser pastor. Como el hombre propone y Dios dispone, conocerá a Élise, una joven funcionaria que aprovechará la aventura del canadiense para enrolarse en la causa y le acompañará como pastora. Un guion partido en dos mitades coescrito por el propio Lefebure y la directora que, en su primera mitad, sigue a Mathyas y los tropiezos antes de ser pastor, y en la segunda, seguiremos a los jóvenes citados y su viaje por los Alpes transportando a un rebaño de 800 ovejas.
Una película bellísimamente filmada filmada en parajes naturales que nunca cae en la condescendencia de lo que tiene delante, y sabe extraer todo esa parte de problemas, tensiones y alegría de los dos jóvenes pastores y esa dualidad entre la belleza, lo salvaje y lo dificultoso de su nuevo oficio. El gran trabajo que firma el cinematógrafo Vincent Gonneville, que tiene en su haber trabajos con la cineasta tunecino-canadiense Meryam Joobeur, entre otros, donde no muestra la belleza sin más, sino que la contrasta con la dureza del trabajo como pastor. La excelente música de Philippe Brault, que conocemos por sus colaboraciones con Sebastien Pilote en Maria Chapdelaine, y con Sébatien Manier en El origen del mal. Una composición que consigue fusionar la belleza de los brutales paisajes de montaña con las dificultades y los conflictos propios de enfrentarse a una tarea como pastores primerizos. El estupendo y conciso montaje de Stéphane Lafleur que tiene en su filmografía más de 20 películas entre las que destaca Profesor Lazhar (2011), de Philippe Falardeau que, en sus casi dos horas de metraje, construye una cinta de viaje emocional y profundo en pos a el deseo y el sueño de alguien de ser pastor, y de comenzar de nuevo, de reinventarse y volver a la naturaleza y conocerla, disfrutarla y también, padecerla.
Con un reparto que tiene al casi desconocido Félix-Antoine Duval como Mathyas, en su segundo protagonista, y Solène Rigot, que hemos visto en Puppylove y Las cartas de amor no existen, entre otras, como los dos aspirantes a pastores. Guilaine Londez, Bruno Raffaelli, Younes Boucif, entre otros, integran un reparto que aboga por la credibilidad y la naturalidad en sus interpretaciones. Después de Les loups (2015) y Antigone (2019), la directora Sophie Deraspe ha construido una película que abraza la vida, y lo hace desde la perspectiva de un par de valientes, de dos almas cansadas y agobiadas por los males de la sociedad moderna, donde todo se hace por y para el dinero, y vive de espaldas a la naturaleza y sobre todo, a lo que somos, a nuestros sentimientos y nuestro pasado. Una historia como la que cuenta Hasta la montaña nos conecta con lo más simple, con aquello que nunca debimos dejar de ser, porque nuestra manía con ser lo que no somos, nos ha llevado a sobrevivir en ciudades que odiamos y que no nos entienden y que marginan lo humano y lo de verdad, pertrechadas en su mercantilismo feroz que expulsa a las personas y ayuda a aquellos consumidores feroces que viven por y para el dinero. Una verdadera tragedia. Quizás los expulsados deberíamos tomar las riendas de nuestras existencias y huir a la vida como hacen Mathyas y Élise y trabajar duro para ser pastores u otra cosa. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“En enero de 2007, el alcalde del pueblo calabrés donde estaba rodando Le Quattro volte, me llevó a dar una vuelta por el Pollino. “¡Tienes que ver las maravillas de estas montañas!”, me dijo. Me llevó a un sumidero en el que se veía un escaso corte en el suelo. Me quedé perplejo, decepcionado. El alcalde, en cambio, entusiasmado y orgulloso, lanzó una gran piedra a ese vacío. Se la tragó la oscuridad. El fondo era tan profundo que no se podía ver ni oír nada. Esa desaparición, esa falta de respuesta, me produjo una emoción muy fuerte. Ese extraño lugar se me quedó grabado, llamándome a volver a él años después, para cuestionarlo y crear un proyecto dentro de la silenciosa negrura del Abismo de Bifurto”.
Michelangelo Frammartino
Muchos de los que nos consideramos amantes del cine nos quedamos gratamente sorprendidos con la aparición de una película como Le Quattro volte (2203), del director Michelangelo Frammartino (Milán, Italia, 1968). Una bellísima película ambientada en el sur de Italia, en la región de Calabria, en los pequeños pueblos de Alessandria del Carretto, Caulonia y Serra San Bruno, sobre los ciclos naturales de la vida y la naturaleza, donde se hacia una profunda exploración y reflexión sobre los oficios y las vidas rurales que se perdían y la película dejaba huella de toda esa lenta e irreparable desaparición.
Siete años antes, el cineasta milanés ya había debutado con Il Dono, donde desde el mencionado Caulonia, ya advertía de la terrible despoblación. Con Alberi (2013), rodada en Armanto, también de la región calabresa, una película de veintiocho minutos que formaba parte de una instalación que pasó por el MoMA y el Pompidou, en la que recuperaba la antigua tradición de los Romiti, los hombres que se cubrían con hiedra, los hombres-árbol que pedían limosna y custodiaban los secretos del bosque. Un cine sobre el tiempo, las huellas del pasado, la naturaleza y la vida rural, campesina y pastoril, unas vidas que el tiempo va borrando, y el cine de Frammartino, con su peculiar estilo de fusión de ficción y documento, recupera esas vidas, esos lugares, esas actividades, y sobre todo, unas gentes y la memoria del territorio de Calabria. Sus estudios de arquitectura en que el espacio físico se convierte en terreno de estudio junto a las imágenes de cine y video, se han convertido en tema esencial de sus películas.
En Il Buco, en un guion de Giovanna Giuliani y el propio director, nos traslada a la Italia del milagro económico de los sesenta, más concretamente a 1961, en un contexto en que se había inaugurado el edifico Pirelli, entonces, el rascacielos más alto de Europa en 1958, en la ciudad de Milán, al norte del país. En el otro lado, en el sur, unos jóvenes se fueron, no a surcar los cielos, sino a sumergirse bajo tierra, en un agujero abierto en mitad de la meseta del Pollino, capitaneados por Giulio Gècchele y su joven grupo espeleológico de Piamonte. Los expedicionarios se adentraron en la grieta y descubrieron una cueva a 700 metros bajo tierra, la segunda cueva más grande de la Tierra en aquel momento. Frammartino recoge aquella historia real de la aventura espeleológica y filma con su peculiar fusión de realidad e imaginación, en el que no solo se sigue a la expedición bajo tierra, con las herramientas de entonces, donde cada metro se explora y se va descubriendo, en la más inmensa oscuridad, en un camino que es totalmente incierto lo que va a ocurrir y con lo que se van a encontrar. También, nos habla de la superficie y se centra en un anciano pastor que ha enfermado.
La película tiene el característico aroma del mejor Herzog, en sus aventuras-películas, en que lo imprevisto de la naturaleza y la vida salvaje se recoge con naturalidad y dejando constancia de la belleza y lo terrible de lo natural. También, encontramos ecos de la experiencia extrasensorial e inmersión absoluta que ya estaba en La ciudad oculta (2018), de Víctor Moreno, en la que se adentraba bajo la tierra de la urbe de Madrid, acompañando a los trabajadores del suelo. La oscuridad y el leve sonido de los espeleólogos se apodera de la pantalla, donde nos perdemos en el abismo profundo de la cueva, un universo por descubrir, un universo desconocido, y sobre todo, un mundo incierto, donde todo está por conocer y descubrir, en el que la imagen se construye a oscuras, en el que destaca con intensidad el grandísimo trabajo de cinematografía del legendario Renato Berta, toda una institución del cine europeo, ya que lleva trabajando hace más de medio siglo y con nombres tan ilustres como los de Godard, Gitaï, Resnais, entre otros. El ejemplar montaje de Bennie Atria, el maravilloso sonido de Simone Paolo Olivero, ambos en el equipo de Le Quattro Volte. La película usa pocos diálogos, deja todo al sonido natural del interior de la cueva, y algún leve diálogo entre los conquistadores de aquello que no vemos, entre estas personas que se lanzan hacia abajo a explorar ese submundo. Esa otra tierra, ese otro sonido y esa otra cosa, como una especie de monstruo que solo muestra la entrada y nunca la salida, la salida está ahí, pero no se sabe a qué profundidad.
Con Il Buco, el director italiano elabora un ejercicio no solo de memoria, sino de humanismo y de experimentación que el cine prodiga poco, porque la experiencia cinematográfica de ver una película de Frammartino es muy especial, y nos deja una huella donde hay tiempo para sombrarse, descubrir y sumergirse en el interior de la tierra y en el interior de uno mismo. Una experiencia que devuelve al cine la capacidad de asombro y magnificencia que tenía en sus orígenes, cuando todo estaba por hacer, y cuando todo lo que aparecía en la pantalla era una novedad, porque la experiencia filmada de Frammartino va más allá de su forma de reivindicación el trabajo de estos espeleólogos que, en su día pasó totalmente desapercibido por los medios y demás, sino que vuelve a detenerse y a mirar la región de Calabria, tanto en su superficie como en su interior, filmando cada detalle, cada mirada, cada suspiro, cada gesto, cada animal, con momentos mágicos y hermosísimos como ese de los recién llegados pasando de noche por una plaza donde unos lugareños miran la televisión atentamente, o ese otro de la cotidianidad de los propios espeleólogos y la rutina de los pastores y las gentes con sus trabajos y sus intimidades
Una forma de filmar y acercarse a lo rural y sobre todo, a sus gentes que, remite completamente a los trabajos en el campo documental de Vittorio de Seta entre 1955 y 1959, que pudieron verse el pasado febrero en la imperdible Filmoteca de Cataluña, o los más recientes de Raymond Depardon, donde lo rural, ese mundo atávico y extraño, adquiere su dimensión de cercanía, de belleza y de universo imborrable en la memoria de tantos, aunque la modernidad y los cambios constantes de la vida y de la mano del progreso se lleven por delante una forma de vida ancestral que andaba de la mano de la naturaleza, observándola y trabajándola, como una comunión perfecta entre humano y naturaleza. Nos alegramos enormemente que una distribuidora como La Aventura apueste por el cine de Frammartino y estrene una película de estas características, porque no solo engrandece la idea de hacer cine, sino que consigue llevarnos a otros mundos, a otros universos y lo más curioso de todo, es que se encuentran en este, bajo tierra, como aquel viaje que nos proponía Verne, un viaje que en ciertos momentos parece espacial, por toda esa oscuridad y ese silencio, y no es otro mundo que el que se encuentra bajo nuestros pies, en el interior de la tierra. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA