Rocambola, de Juanra Fernández

LA GUARIDA DEL LOBO.

“Abandonad toda esperanza quienes aquí entráis”

La Divina Comedia. Dante Alighieri

El cineasta Roger Corman (Detroit, EE.UU., 1926) se ha hecho un nombre importantísimo en la historia del cine con películas de género, con presupuestos ajustadísimos y extrayendo todo lo posible a las historias, sus personajes y las tramas de terror y psicológicas. El director Juanra Fernández (Cuenca, 1970) ha construido sus dos películas a partir de los códigos de Corman. En Para Elisa (2013) nos introducía en un inquietante cuento de terror que protagonizaban una joven y la niña que cuidaba, y el misterio oculto en una de las viviendas del edificio. Ahora, en Rocambola (título inspirado en un ladrón de guante blanco, un personaje literario creado por el novelista francés del siglo XIX Ponson du Terrail) vuelve a sumergirnos en un relato psicológico, en el interior de una casa aislada, y pocos personajes, bajo la estructura de La divina comedia, de Dante Alighieri, partiendo su historia a través de tres episodios o tres cantos, pero en orden inverso: Paraíso, Purgatorio Infierno.

El director conquense nos presenta a Dante, un joven ladrón profesional que llega a una casa que presumiblemente parece cerrada y vacía. Su sorpresa será mayúscula cuando descubre a una pareja que parece los dueños, Saeta, un antiguo militar e Ingrid, su novia. Lo que parecía un golpe fácil, llevará a Dante a un maléfico juego del gato y el ratón, en que Saeta necesita que Dante le abra la caja fuerte donde hay tres lingotes de oro. Fernández saca provecho a los dos personajes, como sus roles van cambiando a medida que avanza el metraje, y conociendo realmente sus verdaderas personalidades, la inteligencia y la astucia de Dante, que se mueve como un lince por la casa, frente a Saeta, un despiadado y malvado psicópata sin ningún tipo de escrúpulos que hará lo que sea para conseguir su objetivo. La casa, con sus diferentes niveles y gran patio, es otro elemento esencial para el relato, convirtiéndose en un laberinto lleno de escondites, trampas y pasadizos ocultos, en que tanto Dante como Saeta empezarán una persecución violenta en que los dos tratarán de conseguir sus necesidades.

La luz angustiosa y cercana de Juan Miguel Morante, que también firma el montaje, ayuda a conseguir esa atmósfera malsana y penetrante que tanto declama la película, así como la edición, cortante y asfixiante que consigue amordazarnos y ser uno más en esta potente y sólida trama que maneja con soltura aspectos de thriller psicológico, de terror y misterio, así como una aventura doméstica de supervivencia, donde la vida pende de un hilo constantemente. Un relato que basa su base en dos personajes, en una especie de duelo al sol, necesitaba de dos intérpretes solventes y carismáticos para llevar dos roles nada sencillos como son Juan Diego Botto, magnífico en su papel de Saeta, un psicópata mal nacido y despreciable, con ese parche en el ojo que aún lo ayuda a dar esa facha desagradable, acompañada de esa voz seca y bronquítica de tíos duros y violentos con muy malas pulgas que necesitan de muy poco para segar una vida. A su lado, Jan Cornet como Dante, la antítesis de Saeta, enfundado en su ropa negra, sigiloso, callado y listo, que se mueve veloz y hace menos ruido que una pluma (como demostrará en los instantes iniciales de la película, cuando se mueve como un pantera por la casa) atrapado en la boca del lobo, y demostrando su carisma para enfrentarse a Saeta e intentar salir con vida.

El vértice de este duelo a muerte lo protagoniza Ingrid (protagonizada por Sheila Ponce, actriz fetiche del director) la novia de Saeta, que también tendrá su transformación desbordaba por los acontecimientos en el interior de la casa. Fernández, además de novelista, se ha convertido con dos películas, en un autor de género a tener en cuenta, sabiendo sortear las limitaciones presupuestarias, ha construido una cinta de terror psicológico de primer nivel, seduciendo al espectador con ese tono seco y violento que arroja la película, sumergiéndonos en una cinta diurna, donde no es necesaria la noche para crear esa atmósfera llena de miedo y dolor, en que sus personajes parecen una cosa y en realidad son otra bien distinta, donde cada segundo cuenta, en que una casa aislada, cerrada y aparentemente vacía, puede no estarlo, y albergar los más siniestros sucesos, la violencia más atroz y ocultar un tesoro en forma de oro, porque al fin y al cabo, tanto Dante como Saeta tienen algo en común, conseguir ese preciado dinero, aunque utilicen formas muy diferente de conseguirlo. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Itziar Castro

Entrevista a Itziar Castro, actriz de la película «Matar a Dios». El encuentro tuvo lugar el miércoles 19 de septiembre de 2018 en el hall de los Cinemes Girona en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Itziar Castro, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, a Toni Espinosa de los Cinemes Girona, por su tiempo, generosidad, paciencia y cariño, y a Sandra Ejarque y Ainhoa Pernaute de Vasaver, por su tiempo, generosidad y paciencia.

Entrevista a Caye Casas y Albert Pintó

Entrevista a Caye Casas y Albert Pintó, directores de la película «Matar a Dios». El encuentro tuvo lugar el miércoles 19 de septiembre de 2018 en el hall de los Cinemes Girona en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Caye Casas y Albert Pintó, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, a Toni Espinosa de los Cinemes Girona, por su tiempo, generosidad, paciencia y cariño, y a Sandra Ejarque y Ainhoa Pernaute de Vasaver, por su tiempo, generosidad y paciencia.

Matar a Dios, de Caye Casas y Albert Pintó

SÓLO PUEDEN QUEDAR DOS.

Se imaginan ustedes que se reúnen con su familia, eso sí, una familia harto peculiar, para celebrar la Nochevieja en una casa aislada en mitad del campo, y de repente, sin comerlo ni beberlo, sale del baño un tipo enano y mugriento con pinta de vagabundo, que dice ser Dios, y esa noche, deben elegir dos personas que se convertirán en los únicos seres que se salvarán de la humanidad, porque el resto morirá. Este es el arranque de la opera prima de Caye Casas (Terrassa, 1976) y Albert Pintó (Terrassa, 1985) que sigue la estela de sus anteriores trabajos, Nada S.A. y RIP, un par de cortometrajes con más de un centenar de premios. En su debut en el largometraje, convocan a una curiosa familia que según se mire está bien avenida o nada, un grupo familiar compuesto por Carlos, un tipo típico español, machista, cenutrio, con bigotito, pero de buen corazón (con el aroma de los personajes mendrugos que hacía López Vázquez en las españoladas) le sigue su esposa Ana, todo corazón, que arrastra un matrimonio de muchos años, que aunque le reporta pocas alegrías, sigue sin más, como si no tuviera fuerzas para empezar de nuevo, Santi, el hermano de Carlos, atraviesa un período depresivo, con tintes suicidas, ya que es incapaz de olvidar a su ex que se ha liado con un argentino y negro, y finalmente, el patriarca del clan, un setentón a vueltas de todo que disfruta de la vida fumando y bebiendo como un cosaco y gastándose la paga en putas, a pesar de sus problemas de corazón (un personaje que nos recuerda a los abuelos que pululan por las novelas y películas de David Trueba).

Aunque podrían parecer un grupo muy heterogéneo que se prepara para dar el golpe de su vida, el golpe se lo dan a ellos, con la llegada de Dios (un tipo cabroncete, malhablado y bebedor) y semejante dilema. Casas y Pintó han construido una comedia negra, negrísima, que bebe de innumerables fuentes, arrancando con el mundo de Azcona y Berlanga, donde seres cotidianos y mundanos desean cambiar de existencia y todo lo que idean les lleva a un túnel aún más oscuro, con esa peculiaridad de retratar el sentir cañí, donde el surrealismo, el esperpento de Valle-Inclán, o la miseria moral de Pérez Galdós, se daban la mano creando universos peculiares, extraños y tragicómicos, donde hablaban certeramente de la sociedad cutre y miserable que reinaba en la España franquista de celibato, tradicionalista y pobre. También, encontramos la mala uva de las películas de los estudios Ealing (en la que El quinteto de la muerte, de Mackendrick sería la más abanderada) el universo de los hermanos Coen, con esas almas en pena que creen haber encontrado su gran fortuna y desconocen que eso les llevará al peor de los abismos, o la atmósfera de títulos tan emblemáticos como Delicatessen, de Jeunet y Caro, donde payasos depresivos sueñan con enamorar a la hija miope de bestias inmundas, o los personajes grotescos del cine de Alex de la Iglesia, con esa amalgama de seres tupidos y descerebrados que pretenden convertirse en uno más.

Los directores terrasenses convierten su relato negro y enfermizo en una parábola sobre la sociedad y la incapacidad de relacionarnos que tenemos, en los que nos cuesta hablar de lo que sentimos y lo mal que tratamos a aquel que tenemos más cerca, evidencia que queda reflejada en la conversación que tienen los dos hermanos, donde se sinceran profundamente, y en la otra charla, entre suegro y nuera, donde hablan abiertamente de los problemas y las situaciones emocionales. La película se acota a esa noche, esa larga noche donde todo cambiará o no, y todo será diferente o no, ese dilema que los cuatro personajes deberán dilucidar arropados por la oscuridad de la noche, y rodeados de los extraños objetos de una casa llena de animales disecados (con claras referencias al terror clásico y al universo Carroll).

El quinteto protagonista luce con energía y soltura, dotando tanto al relato como a los personajes, la hondura y la comicidad necesaria, donde cuatro seres con sus problemas a las espaldas, deberán decidir el destino de la humanidad, con un fantástico Eduardo Antuña, con esa empanada mental y ese carácter que lo aparta de todos, a pesar de su buen corazón, bien acompañado por Itziar Castro (que ya había protagonizado RIP) que después de años como actriz de reparto en películas de género, se consagra como una actriz de fuerza y enigmática, David Pareja convierte a su Santi en el ser más sincero y  racional de todo el grupo, que quiere lo mejor para los demás aunque sea él el perjudicado, el aplomo y la amargura que destila Boris Ruiz planteando un personaje de final del camino que quiere pasárselo en grande aunque le perjudique.

Y finalmente, el quinto pasajero, Dios que en este caso, actúa como el maligno, porque va a destruir a todo el mundo, sin ton ni son, sin saber porque, interpretado por Emilio Gavira (que protagonizó el primer corto de los directores) un ser siniestro, muy oscuro y comilón y bebedor, que rompe con esa solemnidad que nos tienen acostumbrados cuando presentan a altísimo, aquí, se rompe con todo eso, y se busca otra comicidad más mundana y cercana. Los 93 minutos de esta fábula negra y moral que nos construyen Casas y Pintó tiene fuerza, risas y nos hace pensar, donde el ritmo no decae, y donde sus personajes, entre disputas y miedos, logran inmiscuirnos en sus reflexiones e ideas para dar con sus elegidos, enmarañándonos en tamaña elección, con sus cuitas y mentiras, con sus inseguridades y testimonios, en un relato que gustará a los amantes del género y a todo aquel que quiera reflexionar sobre las cuestiones trascendentales de la vida, pero con humor y cercanía, eso sí.