¡Caigan las rosas blancas!, de Albertina Carri

VIAJE A NINGÚN LUGAR.   

“En el laberinto de mis pensamientos, encuentro la belleza en la oscuridad, la luz en la sombra, la esperanza en el abismo”. 

Alejandra Pizarnik 

El universo de Albertina Carri (Buenos Aires, Argentina, 1973), está construido en base a la constante exploración de las herramientas de lo cinematográfico, es decir, cada trabajo de la cineasta bonaerense nace de dos vías. En la primera, cuenta un relato o algo que se le parezca a esa definición, y en el segundo, somos testigos del proceso de ese no relato, donde la película continuamente muestra sus herramientas al natural, en que el descarte se convierte en materia fílmica y viceversa, en un continuo juego donde la película va cambiando, va yendo hacia lugares desconocidos que la hacen viva, de su tiempo y la convierten en un poderoso viaje lleno de cuestiones y nada convencional. De sus siete largometrajes, el puñado de cortometrajes y serie podemos decir que la mirada de la directora de la fascinante Los rubios (2003) ha navegado por todo tipo de mares: el documental, el archivo, la ficción, en que cada obra suya tiene de todo y se nutre de todo para crear un mundo único, profundo, inteligente y lleno de poesía y política, porque su cine es bello y trágico a la vez. 

En ¡Caigan las rosas blancas!, que podría encajar como díptico junto a Las hijas del fuego (2018), donde exploraba las posibilidades de la representación del porno a partir de un viaje en el que varias mujeres practican sexo poliamoroso y explicito en un hermoso canto feminista sobre la necesidad de compartir en libertad y en paz. En su nueva película, a partir de un guion que firman Agustín Godoy, la propia Carri y Carolina Alamino, la actriz que hace de Viole, la protagonista, en la que cuenta a través de Viole, la directora que, después del éxito de la anterior, es contratada para hacer un porno mainstream que la lleva a una crisis y acaba por renunciar, yéndose con tres amigas que trabajan en la película lanzándose a un viaje sin causa ni efecto. La película nos lleva por una travesía en el que continuamente va mutando en géneros y texturas, con el aroma de La flor (2018), de Mariano Llinás, a modo de episodios en los que transita por la road movie, la comedia disparatada y negra, el musical, el documental, el metacine, el melodrama, la de aventuras, el terror y el thriller y el fantástico, en la que volvamos a encontrarnos con las formas de representación y las diferentes miradas a estructuras, formatos y texturas, en que el video doméstico y el Súper 8 entran en escena, en una película en continua ebullición, a punto de explotar, como sucedía con Las hijas del fuego, donde la experimentación estaba cruzada con lo que se cuenta, en este caso, la crisis tanto profesional como existencial de Viole, la directora que ha perdido la ilusión del cine y de vivir. 

La magnífica cinematografía que firman el dúo Sol Lopatin (que ya estuvo en La rabia (2008), amén de Dúo, de Meritxell Colell y en películas de Daniela Goggi), y la brasileña Wilssa Esser, que ha trabajado con Anna Muylaert, y en la reciente Levante, de Lilah Halla, que contribuye a dar ese aroma de inmediatez que tiene toda la película, de una naturalidad asombrosa y una forma de contar que todo está pensado pero sin parecerlo, como si fuese todo espontáneo. La música de la española Paloma Peñarrubia, que tiene en su filmografía a cineastas como Samu Fuentes, Juan Schnitman y Rocío Mesa, entre otras, ayuda a fusionar el frenético y caótico viaje junto a lo poético y lírico que anidan en el alma de todo lo que sucede. El montaje de lautaro Colace, que ya trabajó con Carri en la serie 23 pares (2012), y cuatreros (2016),  con sus 122 minutos de metraje, que avanzan a muchas velocidades, con ese aire de western crepuscular a lo Monte Hellman, en que el viaje es una mera excusa para contar y contarnos las diferentes crisis tanto de la cineasta como de sus acompañantes, en una travesía que parece enroscarse y sin salida, en ese estado de soledad, pérdida y sin reconocerse a uno mismo, como sucedía en películas como Jauja (2014), de Lisandro Alonso, y Zama (2017), de Lucrecia Martel.  

El magnífico cuarteto protagonista empezando por la mencionada Carolina Alamino, siguiendo por Mijal Katzowicz, Rocío Zuviría y María Eugenia Marcet, que ya deslumbró en Las hijas del fuego, donde daban rienda suelta a sus pasiones y deseos sexuales en un desenfreno alucinante y contestatario. Ahora, también viven un viaje de aúpa donde les ocurre de todo, que recorre lo más rural de la Argentina hasta llevarlas hasta un lugar que mejor no desvelar para disfrute del espectador/a. Las cuatro actrices se atreven con todo, transmitiendo una naturalidad que traspasa la pantalla y nos devuelve a ese cine sin tanta impostura ni artificio. Les acompañan dos grandes como Laura Paredes, una actriz muy “pampera” que era una de las protagonistas de la citada La flor, aquí transformándose en un rol muy alejado de ella pero dándolo todo, una presencia tan brillante como la de Érica Rivas en Las hijas del fuego, en dos personajes en las antípodas. Destacada la presencia de la española Luisa Gavasa, en un rol que es mejor no desvelar, porque adquiere una importancia capital en la trama ya que es uno de esos personajes que no dejan indiferente, y sobre todo, nos habla de la raíz primigenia del cine, ya verán. 

Resulta muy agradable encontrarse con el cine de Albertina Carri y cada nuevo trabajo es una gran alegría para el cine y para su constante mutación, para preguntarse constantemente por qué se hacen películas y porqué se hacen como se hacen, y muchas más cuestiones que hacen del cine una herramienta en constante movimiento y evolución, donde siguen habiendo caminos y lugares por explorar, por indagar y por investigar. ¡Caigan las rosas blancas! es una de esas películas tan originales e irreverentes cargada de belleza, de poesía, de política, de cine, de su tiempo y de cualquier tiempo, que se atreve con aguas de todo tipo, y pasa de sofisticaciones ni de estridencias que tanto se llevan, para crear su propio mundo, tan cercano como extraño, tan natural como diferente, por donde pasa la vida, el erotismo, el sexo, las dudas, las crisis, las de allí y las de allá, en que el espectador sigue muy atento a todo lo que ocurre y cómo ocurre, porque en el cine de Carri nada es esperado y en el fondo, si, porque ella, al igual que le ocurre a Viole, emprende un viaje hacia adelante sin olvidar los orígenes, la propia esencia del cine, lo más básico y artesanal, encontrando la pureza de las cosas, lo primigenio, aquello que con tanto pompa e inmediatez, olvidamos y perdemos y debemos recuperar para seguir viviendo y soñando el cine. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Misericordia, de Alain Guiraudie

JÉRÉMIE HA VUELTO A SAINT-MARTIAL. 

“Todas las novelas son historias en las que nos contamos lo que somos, lo que nos gustaría ser y lo que no sabemos que somos”. 

Michel Schneider

La película se abre como un western fronterizo y crepuscular con el protagonista Jérémie llegando en coche a su pueblo. La cámara opta por un punto de vista subjetivo en esos primeros minutos, nosotros somos el personaje, y seguramente, estamos experimentando unos espacios del pasado que ahora, vemos como extraños, la vida y agitación de antaño han pasado a mejor vida y estamos ante un lugar casi deshabitado y desolado. Es otoño, un tiempo intermedio, Jérémie regresa a lo que fue su casa para ir al entierro de Jean-Pierre, su antiguo jefe en la boulangerie del pueblo. Allí se reencontrará con viejos fantasmas que irá desenterrando como Martine, la viuda, Vincent, el hijo, con él que fue amigo antaño pero que ahora es todo diferente. También, con el cura extraño y callado, y Walter, alguien con quién no tuvo mucha relación. El joven que parece en mitad de la nada, se quedará unos días, todavía no sabe cuántos, y comenzará a deambular por el bosque a la caza de setas y entablar ciertas compañías. 

Al director Alain Guiraudie (Villefranche-de-Rouergue, Francia, 1964), lo conocemos por su inolvidable El desconocido del lago (2013), un interesante cruce de amores homosexuales y thriller asfixiante alrededor de un lago en un pequeño pueblo apartado. En Misericordia, su séptimo largometraje, sigue la línea de un cine que mezcla géneros, texturas y formatos, cogiendo un poco de cada cosa y creando un conjunto que juega al desconcierto y la confusión a partir de unos personajes nada convencionales de los que conocemos muy poco y donde el pasado se sugiere de una forma intrigante. Un cine con una trama inquietante que le acerca a Chabrol, tanto en sus atmósferas como tempos y lugares, en que el deseo, ya sea correspondido como ocultado es el motor de sus protagonistas, donde vemos mucho el cine de Buñuel, porque la historia dentro de una cotidianidad aplastante y una sucesión de lugares comunes y repetitivos, se va creando una red de relaciones cada vez más turbias, raras y muy oscuras. El director francés nos sumerge en una trama que se va componiendo a través de los personajes, de todo lo que vemos de ellos y lo que no, en un juego complejo de espejos-reflejos donde lo noir es una excusa para que podamos conocer el ambiente que se respira o no. 

El formato 2;35 ayuda a crear ese halo de misterio que cruzado con lo doméstico va tejiendo una atmósfera “real” pero con sombras alrededor. Una cinematografía que firma Claire Mathon, en su tercera película juntos, que tiene en su haber cineastas como Maïwenn, Céline Sciamma y Pablo Larraín, entre otros, donde el frío y gris otoño genera ese aire cercano y alejado a la vez, donde lo rural con el bosque omnipresente va creando ese lazo invisible entre los diferentes personajes con Jérémie como hilo conductor. El gran trabajo de sonido formado por Vasco Pedroso, Jordi Ribas, Jeanne Delplancq y Branko Nesko, donde cada detalle resulta importante para el devenir de todo lo que se cuenta. La música de Marc Verdaguer aporta el halo de incertidumbre y agobio que sobrevuela toda la trama. El montaje de Jean-Christophe Hym, también con 3 títulos con Guiraudie, en una filmografía con titanes como Raoul Ruiz y Hou Hsiado-Hsien, realiza un ejercicio metódico y calculado del tempo cinematográfico de la película con sus desapasionados y concisos 103 minutos de metraje en que pivotan apenas cinco personajes a los que se añadirán otros que irán creando ese retrato de unos personajes que callan mucho, hablan poco y miran aún más. 

Los repartos de las películas del cineasta galo están muy bien escogidos porque sus películas están cruzadas por muchos aspectos y elementos y son sus intérpretes los que las hacen más profundas y diferentes. Tenemos a un impresionante Félix Kysyl en la piel de Jérémie, uno de esos personajes tan cercanos como alejados, nada empáticos, que es el narrador de la historia o quizás, es un invitado que nos muestra ese lugar atemporal entre el pasado y el presente, en una especie de limbo que conocemos, y a la vez, nos resulta totalmente desconocido. Le acompañan Catherine Frot como Martine, una actriz curtida en más de 50 títulos hace de una mujer que le coge cariño a Jérémie y le ayuda a pasar el duelo, Vincent, el hijo malcarado de Martine y del fallecido lo interpreta Jean-Baptiste Durand, uno de esos personajes con actitudes violentas que tiene mucho rencor a Jérémie de un pasado en el que fueron amigos y algo ocurrió que ahora ya no pueden volver a serlo. Jacques Develay, un actor sobrio y estupendo hace del cura, un personaje vital en la historia y lo es porque tendrá una parte esencial en su transcurso, de esas presencias que difícilmente se olvidan en una película de este tipo. Tenemos a David Ayala dando vida a Walter, otro “amigo” del pasado con el que el protagonista mantiene algo o quizás, no. Y finalmente, otras presencias que no desvelaremos para no anticipar interesantes sorpresas. 

No deberíamos dejar de ver Misericordia, de Alain Guiraudie, con un título al que el director nos remite al cine de Bergman, un término en desuso pero muy necesario en estos tiempos actuales donde se juzga muy a la ligera y se nos olvida la empatía. Destacar la presencia de Andergraun Films de Albert Serra y Montse Triola como coproductores de la cinta, a los que añade la contribución de los mencionados Jordi Ribas y Marc Verdaguer, en uno de los títulos del año y no lo digo porque de vez en cuando hay que expresarse en términos lapidarios, ni mucho menos, lo digo porque es una película de las que hacían Lang, Huston y demás, donde se profundiza en valores como la moral, la ética y lo que significa la bondad y la maldad en nuestro tiempo, y donde se cuestionan las estructuras y convenciones sociales en lo referente a todo aquello de la conducta, el deseo y demás acciones y sentimientos. Una película que tiene el amor fou buñueliano como motor de su trama, amores ocultos, invisibles y nunca expresados, también aquellos otros consumados y ocultados a los demás, en las diferentes vidas vividas y no vividas en una película que juega a preguntarse y no hacer juicios de sus personajes y muchos menos de lo que hacen, ese matería, tan difícil se la deja a los espectadores, pero tengan cuidado, que alguno de ellos podría ser usted. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Cristian Beteta

Entrevista a Cristian Beteta, director de la película «Mi zona», en una de las aulas de la EASD Josep Serra i Abella en L’Hospitalet de Llobregat, el lunes 9 de diciembre de 2024.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Cristian Beteta, por su tiempo, sabiduría, generosidad, y a Eva Calleja de Prismaideas, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Hasta el fin del mundo, de Viggo Mortensen

HISTORIA DE UN AMOR. 

“Cuando nos vimos por primera vez, no hicimos sino recordarnos. Aunque te parezca absurdo, yo he llorado cuando tuve conciencia de mi amor hacia ti, por no haberte querido toda la vida”

Antonio Machado 

Me gusta pensar que Hasta el fin del mundo (“The Dead don’t Hurt”, en el original), la segunda película de Viggo Mortensen (Watertown, New York, 1958), nace de dos películas que protagonizó el actor danés-estadounidense como Appaloosa (2008), de Ed Harris y Jauja (2014), de Lisandro Alonso. Dos western crepusculares, o como a mi me gusta describirlos: “No Westerns”, es decir, historias donde la épica y el heroísmo de los primeros años del género ha desaparecido, donde sus protagonistas son almas de vuelta, entrados en los cincuenta y sesenta, seres que fueron y ya no son, individuos perdidos y solitarios que ya no encuentran su lugar y mucho menos su paz, tipos que la modernidad materialista ha pasado muy por encima. Hombres a caballo que arrastran demasiadas derrotas, demasiados recuerdos y sobre todo, demasiados amores perdidos. En definitiva, fantasmas vagando por unos territorios ajenos, raros y vacíos. 

Mortensen se aleja de su primera película o quizás, se sitúa en otra perspectiva sobre el significado de amar. si en aquella Falling (2020), se centraba en la imposible relación entre un autoritario padre y su hijo homosexual. Ahora, el amor que nos explica es un amor maduro, un amor inesperado, y un amor entre dos seres independientes, libres y valientes. Dos almas que se encuentran o reencuentran, quién sabe. Durante la mitad del XIX, tenemos a Holger Olsen, un inmigrante danés que se agencia una abandonada y pequeña granja en Elk Falts en Nevada, un pueblo cerca de la frontera.  Un día, conoce a Vivienne Le Coudy, otra desplazada pero francesa, que es su alma gemela y los dos se enamoran, o lo que es lo mismo, los dos aceptan sus soledades y sus formas de compartirla. Tiene la película el aroma de Doctor Zhivago (1965), de David Lean, tanto en un amor imposible y una coyuntura política y violenta difícil de soportar. No voy a entrar en detalles del argumento, pero pueden imaginarse que la película está estructurada a través de los arquetipos del género: un pueblo miedoso, los típicos caciques, dueño del banco y del salón, que controlan el cotarro, y además, el matón de turno. Almas oscuras que, desgraciadamente, se verán las caras con la paz en la que viven Holger y Vivienne. Sólo decir que el guion, también de Mortensen, está dividido en dos tiempos, el presente y el pasado, o lo que es lo mismo, lo vivido y lo recordado, con la guerra de Secesión en la trama, aparta a él de ella y la deja sola, como si fuera Penélope esperando a Ulises, pero en una espera quieta sino muy activa, centrándose en su cotidianidad, en su trabajo, en su carácter y en la transformación de una granja sin más en un agradable hogar. 

Mortensen se ha rodado de dos grandes productores como Jeremy Thomas, toda una institución en la industria cinematográfica con más de 70 títulos a sus espaldas al lado de extraordinarios cineastas como Bertolucci, Wenders, Cronenberg, Frears y Skolimowski, entre muchos otros, y Regina Sólorzano, detrás de éxitos recientes como La isla de Bergman (2021), de Mia Hansen-Love y El triángulo de la tristeza (2022), de Ruben Östlund, amén de parte del equipo que ya estuvo con él en Falling como el director de fotografía Marcel Zyskind, habitual de Michael Winterbottom, consiguiendo esa luz tenue y acogedora en la que no sólo se detallan los pliegues de la intimidad, sino aquella leve brisa donde nada ocurre y en realidad, ocurre la vida o eso que llamamos vida, la edición de Peder Pedersen, que debuta con esta película, en una obra nada fácil que se va a los 129 minutos de metraje, pero que no es un hándicap, ni mucho menos, porque se cuenta sin prisa, con las debidas pausas, y sin embellecer nada, hurgando en las vidas pasadas y presentes de sus dos protagonistas y demás almas que se encuentran, y tres cómplices como los diseñadores de producción Carol Spier y Jason Clarke, y la diseñadora de vestuario Anne Dixon. 

Un reparto encabezado por la magnífica Vicky Krieps que, a cada película que vemos de ella, no sólo incrementa su altura como actriz, sino que nos deja alucinados con sus múltiples registros y detalles, en unos interpretaciones basadas en la mirada y el gesto, comedidos y sin estridencias, desde dentro, transmitiendo sin hablar todo el peso y la memoria de sus respectivos personajes. Estoy enamorado de la calidad interpretativa de una mujer que añade profundidad a cada gesto de la inolvidable Vivienne Le Coudy, tan misteriosa como sencilla, tan cercana como de verdad, un personaje que está a la misma altura de Lara que hacía Julie Christie en la antes mencionada obra cumbre de Lean. Dos almas enamoradas, dos almas inquietas, dos almas independientes y sobre todo, dos almas humanas. Mortensen que, a parte se encarga del guion como he comentado, de la coproducción, de la música, excelente composición, como ya hizo en las citadas Jauja y Falling, y de partenaire de la Krieps, en la piel de Olsen, un tipo maduro, un tipo que ha cabalgado mucho tiempo, y ya cansado quiere estar tranquilo y en paz consigo mismo, aunque todavía le quede algo de aventura y acción, con la misma sobriedad que su compañera de reparto, en el mismo todo y con la mirada llenando el cuadro. Les acompañan un elenco comedido y profundo, que con poco hacen mucho, como el chaval, que recuerda cuando el actor hizo La carretera (2009), de John Hillcoat y la compañía de grandes actores como los Danny Huston, Garret Dillahunt y Solly McLeod, el trío calavera de la cinta, volvemos a encontrarnos con Lance Henriksen que fue su padre en Falling, y los veteranos Ray McKinnon y W. Earl Brown, entre otros. 

No se pierdan una película como Hasta el fin del mundo, según el distribuidor, porque es una película que recuerda a aquellos westerns como El árbol del ahorcado, de Delmer Deaves, El hombre que mató a Liberty Valance, de Ford, Érase una vez el oeste, de Leone, La balada de Cable Hogue, de Peckinpah, El juez de la horca, de Huston, Sin perdón, de Eastwood, y muchas más, que arrancó a finales de los cincuenta y cayó a finales de los setenta, con alguna excepción. Sólo son unas pocas porque los amantes del género sabrán muchas más, y tendrán sus favoritas. Un cine que dejó el falso heroísmo, tan propagandístico en el Hollywood que vendía felicidad, y comenzó a mirar el no western con nostalgia, centrándose en sus mayores, en lo quedaba después de años de deambular por el desierto y los pueblos, y por tantas llanuras y desafíos, que quedaba de esos hombres a caballo, pistola en el cinto y sin más hogar que el que cabía en las alforjas de su caballo. Hombres convertidos en meras sombras y espectros de lo que fueron, alejados de la leyenda y siendo hombres viejos, cansados y con ganas de paz y por qué, no, enamorarse. Quizás es mucho pedir, pero viendo sus biografías, era lo que desearíamos cualquiera de nosotros. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Aina Picarolo

Entrevista a Aina Picarolo, actriz de la película «Nina», de Andrea Jaurrieta, en el hall del Room Mate Gerard Hotel en Barcelona, el lunes 6 de mayo de 2024.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Aina Picarolo, por su amistad, tiempo, sabiduría, generosidad, y a Eva Calleja de Prismaideas, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Andrea Jaurrieta

Entrevista a Andrea Jaurrieta, directora de la película «Nina», en el marco del D’A Film Festival, en la Sala Raval del Teatre CCCB en Barcelona, el viernes 12 de abril de 2024.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Andrea Jaurrieta, por su amistad, tiempo, sabiduría, generosidad, y a Eva Calleja de Prismaideas, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Nina, de Andrea Jaurrieta

LA VENGANZA TIENE NOMBRE DE MUJER.   

“¿Estás de su lado o del nuestro, Vienna? 

– Yo no estoy del lado de nadie”

Frase de Johnny Guitar (1954), de Nicholas Ray 

Si pensamos en westerns donde las mujeres llevan la voz cantante, por desgracia, encontramos muy pocos. Hay dos grandes excepciones: la Altar Keane que hacía Marlene Dietrich en Rancho Notorious (1952), de Fritz Lang, y la Vienna con Joan Crawford en Johnny Guitar (1954), de Nicholas Ray. Dos mujeres que no se amedrentaban por las sacudidas machistas de pistoleros y se hacían valer y de qué manera. Las directoras contemporáneas han venido a hacer cine, y sobre todo, a contar sus historias, muchas de ellas con mujeres fuertes y rotas, valientes y con miedo, y sobre todo, mujeres que se enfrenten a quién haga falta, mujeres que sientan el peso de la historia, como tantas veces a ocurrido con los hombres. Porque ellas también están, ellas no se esconden, como le ocurre a Nina, la protagonista de la película homónima de Andrea Jaurrieta (Pamplona, 1986), una mujer que viene de un pasado muy oscuro, que vuelve a su pueblo natal, al lugar de los hechos, a un paisaje hostil y frío, vuelve a la niña que fue, a la niña que se atacó, vuelve a recuperar lo perdido, pero ahora adulta, con ganas de justicia y de todo. 

Partiendo del texto “Nina”, de José Ramón Fernández, que a su vez, ya adapta libremente el clásico “La Gaviota”, de Chéjov, la directora navarra lo lleva a su terreno, y lo sitúa en el norte que conoce tan bien, en el pequeño pueblo costero de Arteire, arrancando en una noche negra y lluviosa, donde la citada Nina llega a lo que fue su vida hasta los 15 años. La película navega por los dos tiempos indistintamente, con la Nina adolescente del pasado y la Nina adulta en la actualidad. Un entramado narrativo en el que Jaurrieta no oculta sus referencias, el western y su clasicismo, con su amigo que le ayuda y la escucha como Blas, un pueblo ocupado en sus tradiciones y fiestas, y un objetivo: Pedro, el escritor, el maduro que se aprovechó de su ingenuidad y su soledad con un padre tan ausente. Un western con tintes de melodrama, un western contemporáneo sin caballos pero con venganza, con pasado tortuoso, donde se arrastran muchas cargas y mucho dolor. Segundo trabajo de la directora, después de su sorprendente Ana de día (2018), donde investigaba los aspectos psicológicos sobre la identidad de una mujer enfrentada a una réplica idéntica. 

Con Nina no se aleja de su aspecto psicológico, aunque añade otros elementos como lo espiritual y lo filosófico, en una interesante mezcla de género con profundidad y complejidad, en una intenso y detallista trama que se agarra y no te suelta, con mucha tensión y oscuridad, con la inquietante atmósfera gélida y silenciosa de su entorno y personajes, con ese estado de ánimo tan propio de los tipos que pululan las películas de Melville, tan callados y tan torturados, porque Nina es un personaje muy melvilleniano, tanto en su aspecto, su silencio y su dolor. Una parte técnica que brilla con ejemplaridad, con dos cómplices que ya estuvieron en la mencionada Ana de día, como el cinematógrafo Juli Carné Martorell, donde el rojo copa la película que contrasta con ese tono frío y neutro del norte, un rojo que acapara el sentir de su protagonista, como ocurría en el cine de Sirk, ahí volvemos al melodrama, que también capturó Fassbinder, y desarrolló Almodóvar en su obra cumbre Mujeres al borde de un ataque de nervios, un rojo de la pasión, de la sangre, del corazón y sobre todo, de la venganza. El otro habitual es el editor Miguel A. Trudu, que mantiene el ritmo entre el reposo y la agitación en un relato de poquísimos días pero muy intensos donde nunca hay respiro, o lo que hay poco, en un trama que se va a los 105 minutos de metraje. 

La nueva incorporación al universo de la navarra es la gran Zeltia Montes, como nos gustaron sus trabajos para Que nadie duerma y El buen patrón, tan diferentes y tan geniales, que compone una soundtrack que debería estudiarse al detalle en cualquier lugar con estudiantes de música, porque sus cuerdas y su composición son magníficas, creando la mejor compañía para la historia que quiere contarse, con esa lija que incómoda y aturde yendo al compás de la protagonista. Si en Ana de día, Ingrid García Jonsson tenía un reto por delante que solventaba con claridad y naturalidad, no digamos de la Nina que hace Patricia López Arnaiz, otro reto mayúsculo encarnar a un personaje que habla tan poco, que siempre está en silencio, que mira mucho y desprende muchas sombras sombras e inquietud, pero la actriz lo agarra del pescuezo con firmeza y valentía, en una composición memorable, otra más de l actriz vitoriana, que bien interpreta, con tanta sutileza, con tanta carga y con tanta fuerza, y tanta tristeza, como los pistoleros que cabalgaban meses para volver a su casa, con todo lo que habían dejado atrás y con tantas derrotas, y si no que le pregunten al Jeff McCloud de Hombres errantes (1952), otra vez volvemos a Ray, y a Ethan Edwards de The Searchers (1965), de Ford, dos tipos que si hubiesen sido mujeres serían interpretados por actrices como López Arnaiz. 

Bien acompañada por un enorme y sobrio Darío Grandinetti, ¿alguna vez está mal este inmenso actor?, haciendo el “malo”, pero no un villano público, sino uno que se esconde, que son los peores, que además no se siente malvado, que es mucho peor, porque entonces era un maduro escritor, cuando se aprovechó impunemente de una adolescente y ahora un anciano venerado en el pueblo, un monstruo bien considerado como suele pasar, que la gente no quiere ver ni escuchar. La joven Aina Picarolo hace de Nina adolescente, que vimos en un papel corto en La casa entre los cactus, en una gran interpretación, con todo ese candor e inocencia de su edad, de gran parecido con su Nina adulta, en una composición estupenda de una actriz que le deseamos un gran futuro, porque se lo ha ganado con creces con su espectacular Nina, con su sutileza y esa sonrisa que llena todo el cuadro. Como buen western que se tercie, la película tiene esos individuos de reparto tan bien compuestos como Iñigo Aramburu como Blas, que hemos visto en películas vascas tan interesantes como Handia, HIl Kanpaiak e Irati, entre otras, Mar Sodupe, Ramón Agirre y Silvia de Pé, entre otros. 

No dejen escapar una película como Nina, y no lo digo para que acuden al cine a verla, que sí, pero también, porque se atreve a romper muchas cosas, y a tejer con paciencia y angustia un relato noir, de los que se recuerdan mucho más con los años, un western con la rabia, la melancolía y la pérdida que tenían los crepusculares que empezaron a adueñarse de las carteleras a partir de los cincuenta, cuando el cine dejó de épicas y empezó a mirar el alma de sus cowboys, unos tipos solitarios, alejados de todo, y empeñados en luchar por un amor perdido que nunca llegaron a tener. La Nina de Andrea Jaurrieta también nos habla de alguien con alma oscura, no porque no haya intentado olvidar, pero es un olvido que duele demasiado, y el destino le tiene guardada un último aliento, una vuelta a los hechos, a su pasado, a ese pasado que un día huyó de él, un pasado que grita mucho, incluso demasiado, y ella sólo sabe que podrá callarlo haciendo lo que tiene que hacer, o quizás no, vean la película para salir de dudas, y si pueden, hablen de ella, porque les aseguro que la experiencia de ver esta película queda en el alma, y su protagonista y su viaje no deja nada indiferente. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Montse Germán

Entrevista a Montse Germán, actriz de la película «Ruta salvatge», de Marc Recha, en los Cines Verdi en Barcelona, el miércoles 15 de noviembre de 2023.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Montse Germán, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Núria Costa de Trafalgar Comunicació, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Marc Recha

Entrevista a Marc Recha, director de la película «Ruta salvatge», en los Cines Verdi en Barcelona, el miércoles 15 de noviembre de 2023.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Marc Recha, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Núria Costa de Trafalgar Comunicació, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Ruta salvatge, de Marc Recha

LAS FRONTERAS INTERIORES. 

“Hay una frontera que sólo nos atrevemos a cruzar de noche: la frontera de nuestras diferencias con los demás, de nuestros combates con nosotros mismos”.

Frase de “Gringo viejo”, de Carlos Fuentes 

Los que amamos los westerns sabemos que se sustentan a través de dos pilares fundamentales: el rostro y el paisaje. En la película 9 y media de Marc Recha (Hospitalet de Llobregat, 1970), se rige por estos dos conceptos, porque el rostro de Montse Germán, que debuta con el director, es la película, y no lo digo en plan estético, sino porque el rostro de la actriz convertida aquí en una jardinera, es el rostro que da todo el sentido a la trama. Ella es Ona, una mujer que pasa de los cincuenta, con un pasado difícil. Una mujer herida, un dolor que oculta con su ameno empleo y el cuidado de su hijo adolescente. Su sueño es pilotar la avioneta que con tanto mimo cuida Jordi, un amigo de esos de siempre. Su vida es tranquila, en uno de esos pueblos de la Cerdanya, en uno de esos sitios que nunca pasa nada. Pero he aquí, la aparición de dos ex combatientes serbios reciclados en ladrones de joyas, cambiará no sólo la fisonomía de paz del lugar, sino que implica a Ona y los suyos, a los que cuida y ama. 

El director hospitalense, que firma el guion con Nadine Lamari, tres películas juntos, sigue siendo fiel así mismo, y continúa escarbando en aquellos elementos que caracterizan su mirada: el citado western, que desmitifica, lo torna sucio, cotidiano y muy íntimo, con la frontera como acompañamiento sine qua non, lugar de paso, de idas y venidas, en los que concentra a personajes de pasados oscuros, huidos y sin rumbo. La infancia y la adolescencia siempre presentes en sus relatos, en esos gestos de iniciación y crecimiento a la adultez, y el paisaje, un espacio, ya sea urbano o rural, donde la naturaleza y los animales funcionan como reflejos de la carencia de unos humos demasiado ensimismados en ellos mismos que han olvidado sus orígenes y su relación con su entorno. Los conflictos de sus películas no son grandilocuentes ni nada sorprendentes, sino todo lo contrario, están sujetos a esa realidad diaria, a la que hay que detenerse para mirarla y descubrirla, porque ahí reside su talento, en mirar esos pequeños dramas de cada día, donde pululan gentes muy sencillas, a los que un hecho totalmente accidental y alejado de ellos, les sacará esas cosas del pasado que permanecían ahí pero dormidas. 

Como es costumbre, la parte técnica de la película es de gran factura técnica, como la cinematografía que, después de cinco películas con Hélêne Louvart, el testigo pasa a Núria Roldós, que ha trabajado con Antonio Chavarrías, María Ripoll y Alba Sotorra, realiza un espectacular trabajo donde la luz tenue y oscura se combinan para crear esa sensación de fusión y confusión entre la naturaleza que vemos y la que sentimos que describe con audacia el estado emocional de Ona, en la misma línea trabaja la edición de Judith Miralles, que también debuta con Recha, donde la pausa y el reposo que caracterizan el tono de la película componen una trama que se va a las dos horas de metraje sin prisas sin trucos y con mucha veracidad en todo lo que acontece. La música de Alfred Tascott, que tiene películas para Sílvia Quer y estuvo en La vampira de Barcelona, de Danés, y de Pau Recha, en su quinto trabajo con el director, que recordamos de Dies d’agost (2006), consiguen captar las complejidades emocionales que chocan con lo físico y la naturaleza y los animales del entorno, ajenos a toda esa oscuridad que recorre a los personajes. Como ocurría en Furtivos (1975), de Borau, donde el reflejo de paz del exterior peleaba con la oscuridad del alma. 

Si la técnica de la película es sobresaliente, la parte interpretativa no se queda atrás, porque los intérpretes de Recha se confunden en sus espacios, con esos rostros marcados por la vida, naturales y de verdad, como el de Montse Germán, que gran acierto en el personaje de Ona, que nos recuerda al de la Mónica en la inolvidable Ficció (2006), en su vuelta al entorno rural por la puerta grande, como mira esta mujer, como se mueve, que recuerda a la Melissa Leo de Frozen River, y a la Marina Foïs de As bestas, que también interpretan mujeres que deben enfrentarse a aquello que les da miedo y les supera, pero lo hacen con valentía y coraje, y acarreando un pasado que les golpea demasiado. a su lado, Sergi López como Robert, el amigo fiel, con su cuarta película con Recha, que recuerda al Olivier Gourmet de Les mans buides (2003), un actor dotado porque es capaz de tipo con pasta y tipo del campo, con esa transparencia y cercanía. Un fenómeno. Tenemos a los jóvenes debutantes, vecinos de la comarca y escogidos en un casting, Àlex Bolet como Sergi, el hijo rebelde de Ona, y su chica Clara, que hace Maria Martínez. Y los Marc Martínez, uno de esos tipos nómadas, como el que hacía Eduardo Noriega en la mencionada Les mans buides, que tendrá su importancia en la vida de estos lugareños, la pareja de matones que interpretan dos actores serbios como Sergej Trifunovic, que tiene películas con Paskaljevic y Kusturica, y Boris Isakovic, con mucha carrera en su país. Y luego, los Lluis Soler como un “empresario” metido en negocios turbios, y Raquel Ferri, una misteriosa chica. 

No dejen de ver una película como Ruta salvatge porque es una excelente muestra de hacer cine de lo rural desde la empatía y la emocionalidad, mirando desde la sencillez y lo humano, donde se puede combinar el género como el western fronterizo y el thriller más inquietante, en el que las fronteras tanto físicas como emocionales entran en juego, en el que unos personajes, los de aquí y los de allá, y los otros, los que no se saben de donde pueden ser, con esas líneas difusas que confunden y traspasan nuestros propios miedos e inseguridades, y reabren heridas que creíamos cicatrizadas o quizás, sólo esperaban su momento, ese momento en que las cosas del pasado adquieren su significado en el presente, un presente en el que debemos dejar de huir y enfrentarnos, por fin, a todo aquello que nos culpabiliza y nos deja en dique seco, es decir, nos deja maniatados a nuevas experiencias emocionales con aquellos a los que amamos y aquellos otros que entrarán en nuestras vidas, porque la película 9 y media de Recha es un viaje hacia lo más profundo de su protagonista Ona, una mujer herida, rota, llena de dolor, pero también fuerte, valiente y capaz, que no se arrugará ante la embestida que le está dando de nuevo la vida, y esta vez, no podrá hacer caso omiso, y si, esta vez deberá ponerse de pie y luchar. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA